Sunday, May 12, 2019

Leighs Acres. Fort Myers. (2).- Publix.



Para entonces ya yo era "un tipo de Supermercados". Habían pasado los tiempos en que las Emisoras de Radio en Español de Miami me inundaron con nombres tan rimbombantes como Sedano's o como Presidente. Años después serían nombres como Líder, como Ekono, entre tantos, en la gran madeja comercial de Santiago de Chile. También en la radio, en la tevé y en los frontis. Recuerdo que mi amiga Katy Dibán se había asombrado de que yo "no me hubiera asombrado" cuando me llevó al primer Supermercado de verdad - el antiteórico - en Santiago. En realidad siempre fui una persona muy apegada a la memoria de lo teórico y de alguna manera había podido asistir a toda la gogantomaquia de un Supermercado de Corte Occidental a través de mi pasión por "saber de todo". Entonces la memoria teórica era la sustituta natural  de la memoria emotiva. De modo que en el interior del Supermercado Americano yo solo era un tipo que estaba "dentro de una nave inmensa" donde el slogan de rutina rezaba "sírvase usted mismo pero no se olvide de pagar". La  desbordada abundancia de los anaqueles no me impactaba para nada. Porque la abundancia de los anaqueles supermercadistas era lo mismo - por tanto, la antítesis - de la brutal escacés de las diminutas naves de mi Patria. Por tanto ni siquiera tuve que prepararme para enfrentar a Publix. Porque el nombre "Publix" también destacaba entre la retahila de comerciales que radiaban las emisoras de radio en español de Miami. Publix y Windixie eran los nombres que mejor había asimilado mi cerebro de isleño cuartomundista. Me sonaban musicales y muy alegres en mi oído de escuchador de oscuridades. En honor a la verdad el nombre Supermercados WaltMart no navegaba en mi disco duro en los años de Cuba. Sabría de él cuando llegué a Chile. Por cierto, durante mis últimos meses en Santiago Walmart compró a Líder e incluso tuve la posibilidad de hacer algunas compras en el Líder "reformado".  Publix en Leighs Acres, Fort Myers, Florida.
Todavía desconozco en qué punto cardinal respecto a la casa está el Publix al que me llevó Onel aquel Junio del año 2010. Solo recuerdo que rodábamos por una carretera de dos vías por entre bosques y residencias solitarias bajo un sol de trópico inundado. Entonces Onel tenía un pisicorre - yipe, le llamaba él - Nissan, muy grande y en excelente estado, de color aceituna. De pronto, desde dentro de la selva floridana, emergió la gran nave americana rodeada de amplios jardines, parterres perfectamente diseñados y la vegetación ornamental de siempre debajo del gran letrero. Todo quirúrgico, suprahigiénico y sobriamente utilizable. También el modo americano de comprar. Porque el slogan seguía siendo eterno: Publix, donde comprar es un placer. De toda suerte si alguien me obligara a localizar el Supermercado diría que está en el suroeste de la residencia de Onel. Debo admitir que el único impacto causado a mis ojos dentro de las instalaciones de Publix está relacionado con los trabajadores. Considero que más del noventa por ciento de ellos eran negros y negras. Sobre todo aquellas negras  cajeras, preciosas, trabajando a ritmo frenético, en silencio, como ausentes. Negros y negras americanas, en un sitio floridano en donde en verdad la comunidad latina no es protagonista. Onel pagó con tarjeta de crédito la compra magra y regresamos muy pronto. Nunca había usado una tarjeta de crédito. Pero el joven universo de las dichosas tarjetas también había sido parte de mi interés teórico en el espacio del Todo. Además, yo venía de la tierra de un "ganador" llmado Sebastián Piñera, el magnate - presidente que había introducido el mundo Visa en Chile desde los Estados Unidos en la reciente novedad. Desde donde - se decía - los peruanos de la diáspora siempre estaban al acecho para desbaratar tus planes de comprar con seguridad. Como harían casi todos los cubanos después - amigos y familiares - Onel manejaba en silencio, casi serio, pensando en otras cosas ajenas al viaje al Supermercado. No me hagas caso, este es tu carro, imaginé que pensaría. Porque como Publix, él también había creado sus slóganes desde que se despidió del inframundo de Yaguey. Poco antes de llagar a casa observé que extrajo su billetera del bolsillo del short. Andar en short en Estados Unidos también es un slogan al que pocos se resisten. No me costó trabajo adivinar. Me tendió 100 usd. Una cifra para "recién llegados" que también es otro slogan. Vamos a ver cuanto reunimos para tí, no dijo. Era el único que conocía de la estafa monumental que me había ocasionado la Migra Fronteriza Legal en el alero de la ciudad de Reynosa, México. Mi instinto natural para negarme a recibir regalos esta vez me falló. Además, sabía que no hubiera podido. Es lo normal y nadie rechaza plata contante y sonante si acabas de llegar con una mano detrás y otra detrás a los Estados Unidos. Ciertamente yo no tenía ni siquiera cien dólares. Pero el motivo de aceptar el obsequio - más los que sabía vendrían después - estaba relacionado con la verguenza que me daba rechazarlos. Porque el orgullo es otra cosa y mis planes para comenzar de cero en Miami sin "molestar a nadie" se habían estrellado contra la codicia de un par de delincuentes mexicanos en la Frontera. Gracias, compadre, dije. Se trató del primer "presente" que me harían en los Estados Unidos. Recuerdo que Onel volvió a recordarme lo mucho que había sentido "no haber podido reunir los malditos 5000 usd" que me hacían falta para salir de Chile hacia México porque él "no podía solo" y "tus primos no pudieron colaborar". Pero ya estás aquí y eso es lo que importa, agregó. Yes, sr, dije.
Mientras nos bajábamos del Nissan recordé los tiempos en que Onel era un muchacho flaco y desgarbado, con la cara comida de espinillas y con tendencia a convertirse en un chico de espalda curvada. Aunque vivíamos a menos de tres kilómetros de distancia solo había oído hablar de su familia "Vega - Chaviano" y de que era un tipo zurdo que "pitcheaba sin mucha velocidad pero con suficiente control". Muy pronto comenzó a pitchear con el Segundo Equipo de Plateros bajo la batuta de Mecho Manso y poco después se incorporó al primero bajo las órdenes de Tite González y de otros Directores que se turnaban para comandar a un Team magnífico, que ganaba y perdía ante cualquier contrincante en los tiempos en que la pelota de campo - decían de "segunda categoría" - era tremendamente competitiva en Cuba. Yo era la Primera Base del Equipo y generalmente le sugería lanzamientos desde mi posición así como cualquier otra variante que se me fuera ocuriendo durante el juego. Había hecho lo mismo cuando decidía ampayar detrás de él los domingos en que solo jugaba el Segundo Equipo o cuando había doble juego y ellos jugaban en el segundo turno. Onel casi siempre me hacía caso y generalmente las cosas nos salían bien. Onel creció, los años le volvieron un joven stándar y nos convertimos en excelentes amigos. Tantas veces visitaba mi casa de campo en unión de Mantequilla y de Vicente - amigos peloteros de Yaguey - en los tiempos en que uno de ellos - se aseguraba - estaba enamorado de mi hermana. Negada esta "realidad" el run run siempre terminaba entre bromas. Por cierto, nunca se produjo ningún enlace sentimental. Que yo sepa. Cuando me mudé para Caibarién en 1987 la relación se truncó hasta cierto punto. En la ciudad supe que se había "ido, escondido" para el "Norte" y que "le iba muy bien". Pero cuando llegué a Chile fue que me enteré de que había tenido una hija - ahora mayor - con una chica que era hermana de un amigo que había pasado el Servicio Militar conmigo. Onel se enteró de que yo estaba en Chile y consiguió mi teléfono y enseguida me llamó. Los detalles de este reecuentro están documentados en las treinta y seis crónicas de El último bisonte. Mañana vamos a donde tengo el camión, lo estoy reparando, dijo. Ok, expresé. Todavía no nos habíamos percatado de que al lado del Chevy beige de Mirelia había un auto negro de media vida. Ah, mira eso, si el Suave está aquí, apuntó. Yo no sabía quién era el "Suave". Por la puerta frontal salió un tipo grande, con tandencia a gordo, sonriendo, con una expresión sui géneris que  yo conocía demasiado. Así que este es el Suave, me pregunté.

Mayo 11 del 2019.
Sweetwater. Miami. 
Usa.
Luis Eme Gonzalez.


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