Matanza artesanal o matanza industrial. Cuál es la diferencia?.
Perdón de todas formas. A pesar del recurso del método.
Hoy hay matazón en casa del Hombre de la Ciénaga.
La Gata.
A veces el padre zafaba la soga con la que estaba amarrada la puerca de una estaca de guamá o de una de bienvestido o de una malva suficientemente gruesa como para que el animal no pudiera arrancarla mientras trataba de extender su boca hasta la comida y la arrastraba hasta más allá del río pero para el niño el acto no era más que la rutina diaria de amarrar a la puerca. Cuando se acababa el palmiche y el maíz seco y el salcocho no alcanzaba para todos los animales de la casa sus padres llevaban a la puerca madre hasta lugares lejanos en busca de cualquier cosa que pudiera llevarse a la boca. Poco después de que la última camada se destetara la puerca madre se ponía tan flaca que parecía un espinazo de bijaca o un "spinfle" como decía Gaby González. La puerca caminaba en zig zag como si estuviera borracha y al niño le parecía que bailaba un baile desconocido por entre los malvizales extinguidos. Con sus costillares ovalados, el rabo sucio y desgreñado y aquella cabeza de orejas tristes y mandíbulas interminables la puerca se asemejaba mucho a los animales prehistóricos de que hablaba la maestra en la clase de Ciencias después de mostrar ilustraciones en el portaláminas que estaba al lado del pizarrón. Hasta que un día la puerca amanecía con el bollo más grande de lo normal y moviendo constantemente la cola como si no deseara que sus celdas percudidas ni siquiera lo rozaran. De pronto la puerca engordaba como por arte de magia, porque la comida era exactamente la misma en medio de la escacez crónica, y la madre decía "Rafael, la puerca está alborotada" y el padre contestaba que ya se había dado cuenta y que antes de que se le pasara el alborotamiento la llevaría a donde ella quería. El niño no pudo traducir nunca este lenguaje subliminar hasta que siguió al padre la mañana en que el Hombre de la Ciénaga le dijo a su mujer que salía para la casa de Justino. El padre se subió a la palma tendida sobre el río y caminó sobre ella hasta el otro lado. El río estaba casi seco en medio del invierno cobarde de Febrero. La puerca le siguió sobre los pantanos pestilentes y sobre las yerbas brujas marchitas y llegaron juntos hasta al camino poniente que custodiaba el cañaveral de Mikel. El niño se apostó detrás de los guamases que estaban a la izquierda de la ranfla del río y vio como el padre arrastraba a la puerca por la guardarraya entre los dos cañaverales. Cuando se perdió del otro lado de la mata de mango macho decidió que su padre iría hacia la casa de Justino por los caminos de las fincas interiores y por mucho que lo intentó no pudo disernir si aquel viaje tan largo con una puerca al retortero tenía que ver con la palabra "alborotada" o con el hecho de que posiblemente en casa del Testigo de Jehová hubiera comida sobrante para la puerca y Dios hubiera ordenado a su Representante en Plateros que compartiera alimentos en tiempos de hambrunas.
La madre estaba planchando la ropa cuando el niño regresó. Pensaba preguntarle que si "ese pantalón era de Ventoso" pero consideró que la pregunta que tenía que hacerle era otra. Mami, tú sabes por casualidad si Justino le dijo a papi que llevara a la puerca a comer malvas a su casa. No lo sé pero no lo creo, respondió Laniña, mientras levantaba de nuevo la plancha artesanal y volvía a golper su base ardiendo con su dedo índice humedecido en el agua de la latica de leche condensada. El niño vio el humo tenue que salía desde debajo de su dedo mojado y se preguntó que cómo era posible que su madre no se abrazara la yema del dedo a pesar de la humedad. Y entonces a qué carajo fue a la casa del Hombre de las Charlas, insistió el niño. La madre estiró el papel amarillo que descansaba sobre la frazada con las palmas de sus manos y después lo alisó. Colocó la plancha con la base levantada sobre los trapos que hacían de soporte y le miró sin saber exactamente qué responder. El niño sintió el agradable olor a quemado de los trapos manchados. La puerca quiere preñarse otra vez y en casa de Jehovadiós es donde único hay berraco ahora porque los gucende salieron del suyo para comprar uno más grande. El niño sabía lo que era un berraco y lo que era una puerca preñada. Pero desconocía el ritual. La madre seguía sin encontrar las palabras adecuadas. Los berracos tienen una semillita en su cuerpo y cuando las puercas están listas para salir preñadas ellos se la ponen en su barriga y de ahí salen los puerquitos en tres meses y pico. Como el niño no tenía ni las más pequeña información relacionada con la cigueña transportadora de niños desde París no le quedó otra alternativa que remontarse a la mañana en que el toro padre de Pablo Gocéndez se encaramó arriba de una vaca del otro lado de la cerca del potrero y después de estarle metiendo como dos minutos una vara de aguijón muy roja y muy larga en el culo la sacó brillosa e inquieta y chorreando a cuentagotas un líquido blanco y espeso y el padre había dicho "cien por ciento preñada". Un berraco es como un toro padre, eh, mami. Igualitico. Entonces aquel día la vaca de gucende estaba alborotada. Cien por ciento alborotada. Desde entonces el niño pudo explicarse mejor por qué los perros se subían sobre las ancas de las perras, por qué los gallos pisaban a las gallinas y por qué cuando las gatas chillaban en las noches oscuras su padre decía "esa gata está alborotada y desea que un gato le pase el rastrillo espinoso". Desde entonces el niño también se ocupó de tratar de sorprender a un palomo y a una paloma haciendo cosas para procrear semejentes. De sorprender a un bijaco y a una bijaca en sus faenas íntimas. Pero nunca pudo lograrlo porque al parecer no todos los animales eran tan descarados como los toros y las vacas. Se preguntó si el berraco de Justo Justino Gaspar Baltazar y la puerca de la casa se pondrían a retozar delante de todo el mundo. Entonces el niño recordó los escarceos extraños que se producían a su lado en la cama de sus padres y optó por no preguntarle a la madre que cómo era el asunto entre personas. Porque le parecía bien que algunas cosas se realizaran en la oscuridad. Meses después, cuando el niño al fin se había enterado de todo lo relacionado con preñazones de puercas el padre lo mandó, solo, a la casa de Justino. Uno de los puerquitos será para tí, le dijo. Para entonces el niño también sabía que casi siempre nace un puerquito rabuja en la camada y que generalmente se entrega como regalo a la persona que haya llevado la puerca al berraco o al niño más pequeño de la casa. Y qué pasará si no nace ninguno que sea rabuja, preguntó. No importa, igual tú escoges entonces el que más te guste. El niño decidió que su puerquito escogido sería para la venta. Estaba loco por comprar naylons y anzuelos, ligas coloradas, balines de colores y un par de zapatos avellanados con su propio dinero. Porque no siempre su primo Raúl le regalaría bolsas de balines del rancho de desahogo, porque no siempre el Negro Tata estaría vivo para regalarle aquellos pellejos de ligas coloradas y porque no siempre sus padres tendrían dinero disponible. Incluso el niño pensó en comprarse una verdadera gallina de raza fina para no tener que escuchar decir al padre todo el tiempo que la gallina fina que le había regalado Tionene era en realidad una gallina capirra y también dejar de oír su risa socarrona cuando él pronunciaba mi gallina "capinga". El niño no estaba seguro si con el dinero de la venta de su puerco alcanzaría para comprarle otra yegua al Padre ahora que Perica se había convertido en alimento para los animales del Zoológico de Caibarién.
Sus padres decidieron que no fuera a casa de Justino por los caminos de las fincas interiores porque tendría que cruzar muchas cercas de alambre y porque había muchas yerbas malas en el camino que podrían darle picazón y porque si la puerca se zafaba de sus manos difícilmente podría recapturarla y no se podía perder ni un minuto cuando una puerca estaba lista para quedar preñada. Entonces por dónde cojo, preguntó el niño. Por el camino sur de la cuneta de la carretera, dijo el padre, cuando llegues a la cantarilla de Pito pasas por debajo al otro lado que no queda casi agua en la cañá y llegas hasta la casa de Justino por la cuneta norte para que no tengas que cruzar la carretera frente a su casa. Por ahí la gente se reirá de mi cuando me vean con la puerca, sabrán que la llevo al berraco. Que se rían, agregó la madre, seguro que todos ellos han tenido que hacer ese trabajo algunas veces. No les hagas caso, puntualizó el padre, si vez que la puerca no quiere berraco todavía la dejas allá que ya yo hablé con Justino, no hay problemas. Y regresa enseguida por el mismo camino, ordenó Laniña. En Agosto el río estaba rebosante de agua y el padre colocó a la puerca, atada de patas, delante suyo, sobre el pescuezo de la yegua prestada y a él lo subió a la zanca. Aguántate bien de mí, le pidió. Del otro lado del río el niño se bajó y el padre le entregó la soga de la puerca después de desatar sus patas. Cógela y sujétala bien fuerte. Entonces bajó la puerca con calma. Dale, llévala detrás tuyo y si notas que se resiste, déjala que descanse y que coma lo que quiera y no la golpees ni la arrastres a la fuerza porque ella sabe muy bien hacia donde va y enseguida seguirá tus pasos. Está bien, papi, estáte tranquilo. La puerca lo siguió cabresteando con normalidad hasta la cerca que dividía el potrero del cañaveral. Allí siempre había yerba bruja, yerba de guinea fresca y algunas malvas ocasionales porque el terreno era más bajo y conservaba la humedad. El niño se sentó en el suelo contra la madre esquinera de la cerca y dejó que la puerca comiera sin soltar la soga. Tenía un gran bollo rosado debajo del rabo, que al niño se le antojaba una semilla gigante de marañón, y sonrió al pensar que el padre le llamaba la "sortija". El niño calculó que el berraco le metería su tranca por allí y no por el culo como pensaba al principio que hacían los toros padres porque lo que le crecía a las puercas alborotadas era el bollo y no el culo. Imeldo le había dicho que la picha del berraco era larguísima y que parecía una barrena de hacer huecos como las de su padre Pepeelcarpintero. Debajo del ateje de Pepesiverio había un grupo de muchachos jugando balines. Cuando Pelencho lo vio arrastrando a la puerca le gritó "oye, préñala tú mismo y así no tendrás que caminar tanto". No, Pele, déjalo que llegue hasta allá mismo para que los viejos de Lacotica le metan una charla de la Biblia, agregó Luisenrique. Y si te invitan a almorzar no les vayas a decir que no porque podrás reventarte al lado de Cotorrón cuando Ofelia y Justino estén rezando con la cabeza mirando para el suelo antes de comer y el hijo empiece a tragarse toda la comida, dijo Milagros. El niño sintió un poco de asco porque había oido decir que en casa de Ofelia le echaban tomeguines a los frijoles negros. Ese que va ahí es el berraquito de Rafael, apostilló Cagatrillo Mayor. El niño no les hizo caso y dobló hacia la cuneta sur cuando llegó a la madre de la cerca del potrero en donde se recostaba Bura a meditar. Oye, Luisma, le gritó Imeldo, no trates de singarte a la puerca en el camino porque no podrás preñarla. El niño consideró que la burla era demasiado fuerte y que lastimaba su amor propio. Por qué coño no podría preñarla, inquirió. Porque tú todavía no meas dulce. El coro de risas de los balineros mayores enmudeció al niño. Porque él sabía que "mear dulce" significaba que ya se era un hombrecito según la opinión de Tionofre y era verdad que aún de su picha no salía aquella baba blanca que había salido de la vara de dagame del toro padre de gucende cuando estaba preñando a la vaca. Váyanse al carajo, les gritó y la respuesta de los balineros de la tarde fue más risas multiplicadas sobre el frito circular en la ceniza, sobre la raya stándar y sobre las rayas de pase que cercaban el terreno de jugar balines.
La puerca se negó a caminar a la altura de la ranfla de Tíopito. El niño esperó a que descansara. Poco después trató de halarla pero la puerca no se movió. Esperó otro rato. La puerca parecía imantada al suelo. El niño recordó que no debía golpearla y no lo hizo aunque le dieron ganas de darle unos cuantos chuchazos. Aleidaladepito venía por el camino del potrero. Espérate, le dijo cuando lo vio intentando halarla. Se dirigió a una mata de ateje que había en la cuneta y partió un gajo. La llevas al berraco de Tiojustino, verdad. Sí, dijo el niño. Con ella no tenía pena. Qué estás haciendo a esta hora por aquí, le preguntó. Estoy siguiendo a una gallina jabá que siempre me engaña porque canta como si hubiera puesto un millón de huevos y cuando llego al nido nananina. Será que todavía no está preñada, la has visto con el gallo. Aleida se echó a reír. Mira qué tienes cosas, Lachy, dijo, a ver, le voy a dar unos golpecitos en el lomo y tú verás como se para enseguida. La puerca solo se paró cuando Aleida la hincó en los hijares con la punta de la rama de ateje. Echala un rato por delante y después le coges tú alante y la sigues halando, explicó. De modo que la puerca lo precedió con normalidad y la prima regresó a su casa. De pronto se escuchó un cacareo ensordecedor de gallina y el niño volvió la vista. Aleida se encaminó al nidal, se agachó sobre él y cuando se levantó tenía un huevo en su mano derecha y una gran sonrisa satisfecha en su boca agradecida. Ahora sí que la mentirosa puso al fin, Lachy, le gritó. Ves, estaba preñada, sé que la habías visto con el gallo. Es verdad, dijo Aleida sonriendo, con cuatro huevos más haremos la tortilla del siglo. El niño pasó por debajo de la cantarilla de Tíopito chapoteando en el agua escasa del arrollo, pasó por frente a la casa de Alfredo, sobre la ranfla de los Larrosa a la altura de la Tienda y llegó a la puerta de madera con alambres cruzados de la cerca de Justino. Justino estaba reparando la cerca del left field del terreno de pelota y le dijo que entrara y que lo siguiera hasta debajo de la mata de mamey amarillo porque allí estaba el berraco en un corral. Justino sacó tres tablas de una de las paredes del corral y empujó a la puerca hacia dentro. El niño no sabía si marcharse o quedarse allí porque le daba verguenza. Pero se moría por quedarse porque nunca había asistido al acoplamiento de un berraco y de una puerca. Berto no está aquí, preguntó. No, anda con Ofelia dando sermones para Yaguey. Nunca le decía Ausberto ni Cotorrón como casi todo el mundo. Desconocía por qué su nariz de pico de cotorra no le provocaba pronunciar el sobrenombre pero en el fondo conocía de sobra que era porque no le gustaba burlarse de su compañero de aula. El niño se separó de la pared oeste del corral. El berraco estaba hociqueando a la puerca en los perniles y estaba comenzando a bufear. La puerca no se movía y al niño le pareció que cuando lo hacía era a favor del hocico del berraco y que mantenía el rabo enroscado como un tirabuzón todo el tiempo. Tenía la sortija al explotar y el berrraco comenzó a sacar la barrena roja pálido de una bolsa rara que tenía debajo de la barriga. El niño dio otros tres pasos hacia el gran patio de tierra colorada - en donde también se jugaba balines - que había debajo de la mata de mamey amarillo. No te vayas, muchacho, quédate para que veas cómo se inicia el gran milagro de la vida, no hay nada malo en ello, Dios es grande, dijo el Predicador. El niño regresó al tablado del corral. Nunca habías visto un berraco montando a una puerca, indagó. No. Pues lo verás ahora mismito, yo me voy que tengo que seguir remendando la cerca de los files. El niño se encaramó en un pedazo de palo de aguacate y cruzó los brazos sobre la última tabla del corral en el instante justo en que el gran berraco de pelos carmelitosos con manchas negras terminó de extraer su larga barrena roja pálido. El niño calculó que aquella vara de tumbar gatos llegaría hasta la garganta de su puerca. El berraco levantó las patas delanteras y las encaramó sobre el lomo de la puerca. Mientras trataba de centrarla comenzó a echar espuma por la boca y acabó por acomodarse sobre la puerca en tanto la barrena entraba y salía del bollo de la puerca como si fuera un hizopo de algodón limpiando una botella de luz brillante. La puerca solo miraba hacia un lugar indefinido en el suelo del corral, inmóvil, dejando que el berraco hiciera su trabajo entre movimientos rítmicos y aquel espumaraje en su boca que parecía una explosión de Fap en el centro de la tarde de Agosto. El niño sintió un cosquilleo agradable en sus genitales y se rascó pensando que una hormiga lo había picado. Justino llegó un segundo antes de que su puerco padre terminara el palo. Puedes llevártela, dile a Rafael que quedó preñada al cien por ciento. La pareja comía palmiche plácidamente y el niño esperó a que se hartara. Cuando pasaba por frente a la puerta del comedor Justino salió con la Biblia en la mano. Entra para que escuches aunque sea un versículo del Profeta Jeremías. El niño sabía muy bien lo que significaba "escucha solo un segundito" y más cuando se trataba de lo que decía "Juruminga". No, Justino, es que va a llover y no quiero que me coja el agua en el camino, será otro día o cuando vayan por la casa. Está bien, hijo, alabao sea el Señor. El niño creyó que tenía que repetir "alabao" y lo dijo. Muy bien, serás bendecido. Con la rabuja, pensó el niño.
Tres meses y veinte días después la puerca negra y barrigona de Rafael y Laniña parió una camada de siete lechoncitos. Uno de ellos era un puerquito tan pequeño que parecía un ratón. La rabujita tenía el pelo acarmelitado de su padre y las manchas negras de su madre. Durante la primera mamada colectiva la madre se acercó a los bajos de la mata de aguacates verdinos acompañada de sus dos hijos. Los seis lechoncitos mamaban atropellándose, desesperados, como si la leche de las tetas de su madre se fuera a acabar y la rabujita apenas se veía en la última teta debajo de la mole de sus hermanos. Ustedes verán como los alcanza enseguida, las rabujas llegan a ser puercos muy grandes, dijo la madre. Es mía, apuntó Tery. No, es mía, aseguró el niño, papi me lo dijo cuando llevé la puerca al berraco. Es verdad, niña, que es de Luisín, pero la próxima sí que será tuya. Eso no va a pasar nunca, mami, porque ella no llevará puercas al berraco. Tery comenzó a gimotear. No importa que no las lleves, no llores, igual la rabujita del otro parto será para tí. Bueno, deja de llorar, entonces será de los dos, dijo el niño. Así se habla entre hermanos, la madre se agachó sobre la camada que mamaba y levantó a la rabujita por el rabo. La miró de cerca. Y no le digan más rabujita porque es macho. Entonces es un rabujito, dijo el niño.
Se llamará Pintico, dijo Tery.
Muy pronto Pintico se acomodó en su teta de atrás y a los pocos meses ya estaba casi del tamaño de sus hermanos. Cuando la familia comenzó a vender los puercos más presentables el niño se preguntó que qué pasaría con Pintico si es que terminaban por venderlos todos o se comían alguno. El niño sabía muy bien que de cada camada generalmente se vendían la mayoría de los lechones, se consumían dos o tres y siempre se dejaba uno para cebarlo y matarlo para el consumo cuando ya no pudiera levantarse del suelo de tanta gordura. Llegó un momento en que solo quedaba Pintico y un lechón que siempre había tenido muy buena pinta. El niño calculaba que era este puerco el elegido para la ceba y estaba listo para que el padre buscara un comprador para Pintico. El niño pensaba que Pintico podía valer como sesenta pesos y se pasaba las noches calculando lo que podría comprar con el dinero. Vera Obregón le había dicho que con solo la mitad de su valor podría comprarse como veinte cámaras coloradas de paquete en el taller de Tata. Cuando el niño le dijo que también se quería comprar otras cosas Vera le sacó una cuarteta para demostarle que con sesenta pesos se podían adquirir muchísimas boberías.
Sé que son buenos los besos
de tu mamá con amor.
Pero es mucho mejor
comprar con sesenta pesos.
Un oscurecer, cuando el niño y su hermana llegaron de la casa de Mary en donde habían estado jugando con Floritaladelidia y con Pitíneldebelillo se encontraron con dos hombres que estaban tasajeando a un puerco sobre la mesa del comedor que habían colocado contra la pared occidental. Los hombres eran jóvenes y cantaban y bailaban mientras abrían el puerco. El padre del niño les miraba hacer y a veces les acompañaba en su alegría con una risa ligera. El niño se quedo abismado porque si se trataba de Pintico el padre no le había consultado y si se trataba del otro lechón pues entonces no quedaba otra alternativa que cebar a Pintico y eso quería decir que todos sus sueños financieros debían esperar hasta el próximo parto de la puerca madre. El niño cogió a la hermana por el antebrazo y se la llevó hasta donde dormían los puercos al lado del corral del palmiche debajo de la mata de aguacates verdinos. Todavía había suficiente luz como para poder ver a Pintico echado sobre su lado menos pintado de negro, recostado contra el corral. Comenzó a gruñir cuando ellos le acariciaron el lomo. Bueno, se jodió mi dinero, dijo el niño en voz alta. Por qué se jodió tu dinero Taty, le preguntó la niña. Porque el puerco que papi está vendiendo no es mi puerco y tendremos que ver de aquí a un tiempo como Pedrogucende le mete el cuchillo a Pintico hasta el mismo corazón. De pronto los niños sintieron que sus ojos se estaban aguando y regresaron a la casa en donde ahora los hombres de Caibarién estaban echando grandes pedazos de puerco en un saco de azúcar. Los hombres terminaron por despedirse y los niños se lavaron las manos y se sentaron a la mesa porque la madre les dijo que la comida estaba lista. Los niños estaban como ausentes y en silencio y el padre se dio cuenta de que su mutismo estaba acompañado por una seriedad muy fácil de adivinar. Así que se sentó en su taburete de la parte más estrecha de la mesa y les dijo que había tenido que vender al puerco porque necesitaba dinero urgente y que había elegido al otro para que ellos no se quedaran sin Pintico y agregó que todavía quedaban muchos meses para que Pintico estuviera suficientemente gordo como para matarlo y que él no estaba seguro todavía si lo mataban para la casa o lo vendían para que el niño y la niña pudieran comprarse lo que quisieran. Entonces se metió la mano en el bolsillo de la camisa y sacó dos billetes de cinco pesos. Le extendió uno a cada uno y antes de que los niños movieran sus brazos para cogerlos los depositó sobre el mantel de tela de la mesa. Lo siento mucho, niños, dijo. El niño se paró y fue hacia la tarima de noche del cuarto en donde estaba su alcancía al lado de la Cajita de Pangastrol y del Credo y metió el billete por la ranura de la casita de guano amarilla y azul fabricada con yeso. Cuando regresó la niña le estaba diciendo a la madre que le regalaba su billete para que se comprara una caja de cigarros amarillos y la madre le besó la cabeza y le dijo que gracias, que ella tenía dinero para sus cigarros y que era mejor que los echara en la alcancía de su hermano para cuando llegara el día de su cumpleaños.
Para cuando la puerca tuvo su próxima camada ya Pintico estaba amarrado muy corto por una de sus patas traseras al bienvestido de la cerca de Mikel y solo se dedicaba a comer palmiche medio podrido pasado por agua, salcocho y maíz seco desgranado. Cuando los puercos comenzaban a engordar la soga se les metía en el pescuezo y casi siempre terminaban lastimados y con gusanos en la zanja que se formaba entre la carne. Por ese motivo el Hombre de la Ciénaga había decidido cebar a sus puercos atados por una de sus patas a un tronco y de esa manera podía controlar mejor el apretamiento de la soga. Los niños se habían acostumbrado ya al hecho de que Pintico estaba condenado a muerte y estaban tratando de tomarlo como se tomaban a la muerte segura de los tantos puercos cebados que se habían matado siempre en la casa. Los niños desgranaban el maíz en la palangana y lo echaban en el hueco lleno de agua que había al lado del bienvestido cuando el padre terminaba de verter las palas repletas de palmiche. A veces el palmiche estaba tan descompuesto que los granos tenían una pullita verde y los niños sabían que se trataba de un pichoncito de palma real. El palmiche es la comida que le da la manteca, el salcocho es la que lo pone gordo y barrigón y el maíz seco hace que la manteca salga igualitica a la miel de abeja de los Perdomo, les decía el padre. Cuando Pintico alcanzó las doscientas libras y pico apenas se podía parar y comía extendido sobre sus manos y el hocico solo le llegaba hasta la parte más alta del hueco con los alimentos. Entonces el padre dijo que ya estaba listo para quitarle la pluma y agregó que lo matarían el próximo sábado. El niño repasó en su mente la rutina de la matazón.
Lo primero que hacía el padre era ir a Caibarién y tratar de conseguir una lata de aceite vegetal para echar la manteca del puerco. Las latas de aceite eran cúbicas, grandes y muy bonitas y eran casi tan blancas y brillosas como los guardafangos niquelados de la bicicleta Tóper de Luxe de Leonardo. Casi siempre venían con dos huecos en sus esquinas opuestas y el padre terminaba por quitarles la tapa golpeando con el martillo el lomo de un pedazo de machete viejo que las cortaba contra los bordes cuadrados. La madre la lavaba con Fap, la ponía a escurrir en el patio y luego la guardaba hasta el día de la matazón. La lata de aceite servía para echar la manteca del puerco y para echar las masas, los huesos con fibra y las costillas fritas. El padre siempre llamaba "píldoras" a las masas de puerco y el niño había comprobado que mientras más tiempo pasaban en la lata de aceite más sabrosas se ponían. Decía que era porque estaban "añejadas como el vino gallego". Aunque al niño le encantaba comérselas acabadas de sacar de la lata y sentir cómo la manteca le chorreaba por las comisuras de su boca la madre siempre las calentaba antes de servirlas en la mesa. Si el puerco era demasiado grande en ocasiones se necesitaban un par de latas de aceite y entonces en la segunda podían echarse el resto de los chicharrones que no cupieron en los calderos destinados para ello. Los tenderos amigos del padre siempre tenían alguna lata vacía de reserva para él y él siempre les llevaba de regalo un pollo cantón o tal vez algunas libras de frijoles o de arroz a cambio de aquélla. Cuando las latas se oxidaban o simplemente se ponían muy viejas la madre las cogía para hervir la ropa. La maestra le había dicho al niño que el aceite de comer que venía en las latas se fabricaba con las semillitas de las flores de girasol y había agregado que en el poblado de Jinaguayabo, muy cerca de Remedios, había una fábrica de aceite a partir del palmiche. Cuando el niño le preguntó al padre, Rafael le dijo que, en efecto, había oído hablar de esa fábrica, pero que no estaba seguro si todavía estaba produciendo y dijo además que en Jinaguayabo había un gran chalet de dos pisos cuyo dueño había sido un millonario fallecido de apellido Capestani. El niño nunca había visto una mata de girasol y preguntó al padre que si era verdad que la flor del girasol siempre estaba mirando al sol como decía la maestra. Eso dicen, pero yo tampoco he visto una mata de girasol en mi vida, nada más en pintura, igual que tú, respondió el padre.
Lo segundo que hacía el padre era subir a la loma y buscar dos o tres sacos de leña seca para calentar el agua con la que se iba a pelar y a freír el puerco. Se necesitaba mucha leña seca durante una matazón y por eso el padre siempre tenía alguna leña de reserva secándose al sol. Generalmente el niño le acompañaba pero si se quedaba en casa se la pasaba recogiendo gajos gruesos de bienvestido de la cerca de Gocéndez. Los gajos más gordos estaban debajo de las balseras de las campanillas y estaban allí desde que el padre y tíoneno habían desmochado los árboles para que no le diera sombra a las plantas de maíz y de frijoles. Entre las balseras de campanilla había muchas ramas de jías que también habían sido cortadas durante la desmocha de los bienvestidos. El niño le tenía mucho miedo a las espinas de la jía porque cuando lograban meterse en su carne la hinconaban fácilmente y entonces la madre tenía que bajarle la hinchazón y sacarle el pus acumulado y a veces hasta la propia espina con un trapo untado con manteca caliente de carnero. Al niño no le gustaba el olor del cebo de carnero. Pero le gustaba un poco más que el dolor producido en su carne por una espina de jía. En las balseras de campanilla también anidaban algunos caballitos del diablo. Pero el niño no les tenía tanto miedo porque podía batearlos con un pedazo de palo mientras levantaban el vuelo.
Lo tercero que hacía el padre era pedirle el gran caldero de freír a Pablo Gocéndez porque en la casa no había calderos grandes de freír puerco y usando el gran caldero de los gucende el puerco se podia freír en dos o tres fritadas. De paso el padre le informaba a Pedrogucende el día en que debía venir para que matara al puerco. Porque el padre jamás habia apuñalado a un puerco y Pedrogucendeelhermanodepablo era el mejor matarife que él hubiera conocido jamás. Pedrogucende siempre traía su cuchillo especial de matar puercos. El padre tenía cuchillos viejos y pedazos de machete deshauciados para pelarlo y un buen cuchillo para cortar la carne y una lima Bellota para sacarle filo cuando los huesos lo mellaran. Los huesos grandes los picaba con un hacha recortada o con un machete descontinuado. También tenía dos o tres ladrillos para restregar sobre el pellejo del puerco cuando se acabara de pelar porque el ladrillo le sacaba todo el churre y lo dejaba blanquísimo.
Lo cuarto que hacía el padre era cortar un par de yaguas de palma caídas la noche anterior a la matazón porque sobre las yaguas se ponía el puerco muerto para pelarlo y después de pelado se colocaba con la barriga hacia arriba para comenzar a prepararlo.
Cuando Pedrogucende llegó la familia ya había desayunado pero la madre había tenido la precaución de dejarle un buchito de café en una tacita blanca de porcelana. Pedrogucende se lo tomó de un trago cuando Laniña se lo calentó y dijo "esto si es café y no la zambunbia culecona que hace tu marido por la madrugada". Pedrogucende sacó enseguida su pérfilo cortante de una jaba de saco que traía colgada del hombro y lo asentó con una limita Bellota que le habían mandado a Ventoso de Galicia la zafra antespasada. El niño se dio cuenta de que era muy largo y muy punteagudo y de que tenía como un centímetro de filo y sintió lástima por Pintico. Cómo va esa agua Rafael, preguntó y entró a la cocina para mirarla. La puse hace como una hora, debe estar al hervir. El gran bracero crepitaba debajo de los raíles del fogón y el agua estaba comenzando a ponerse a punto. El niño se colocó al lado del matarife y se percató de que casi era de su mismo tamaño. Observó su cara arrugada de viejo permanente y su pelo canoso y volvió a preguntarse qué cuántos años tendría Pedrogucende porque estaba seguro de que era mucho más viejo que su papá. Y como cada vez que veía a Pedrogucende montado en su yegua bermeja camino de la Tienda ahora también recordó la conversación que había escuchado en la sala de cierta casa de la vecindad. Algunas mujeres aseguraban que el "chiquitico de los gucende" se había cogido a Cuka la Isleña cuando eran más jóvenes y otras agregaban más información acerca de sus posibilidades como amante. Parece que el matarife de los gucende también le había pasado la mandarria a la mujer del hermano de Mikel y que toda aquella historia de la niña que salía desnuda desde la puerta esquina de la casa de Emhy y que se paseaba entre la mata de aguacate y la de mango antes de desaparecer como tragada por la tierra eran tan falsa como la del conejito blanco que salía de la puerta esquina de la casa de Gaby y llegaba dando saltos hasta la mata de limón antes de desaparecer como tragado por la tierra y por tanto solo un pretexto para que la familia se distrajera y no cayera en la cuenta de que Pedrogucende estaba haciendo zafra con las mujeres de los isleños. El niño recordó, además, que los primos hermanos del Cagatrillo Menor, cuando se berreaban con él le llamaban "hijodepedrogucende" y que el muchacho se ponía muy bravo y finalmente el niño apreció que tal acusación quería decir que probablemente Pedrogucende también se había cogido a la mujer del otro hermano de Mikel, cosa que era muy posible teniendo en cuenta lo lejana que estaba la casa de Capdad de la de Gaby y lo cerca que estaba del potrero de Los Gocéndez en el faldeo de la loma, sitio que el acuchillador de puercos frecuentaba cada tarde durante la recogida del ganado. Comoquiera que el niño veía a Pedrogucende como a un hombre mayor casi enano no podía creer que tuviera una morronga tan grande como decía la gente. Pedrogucende preguntó por las yaguas y salió precedido del Hombre de la Ciénaga. Las yaguas estaban juntas, recostadas contra la pared sur de la casa, debajo del puntal. Están muy buenas, dijo el matarife. Cayeron ayer por la tarde, dijo el padre, por eso están fresquitas. El Hombre de la Ciénaga le dio una voz a su mujer para recordarle que estuviera atenta al hervor del agua. Traéte al puerco ya, Rafael, dijo Pedrogucende. El niño le pidió que por favor no hablara muy alto porque la familia no quería que Tery se despertara y tuviera que ver cómo los hombres le metían el cuchillo a Pintico. Pero después de que esté bien muerto sí que la niña se comerá una buena píldora, eh, agregó Pedrogucende en voz baja. El niño percibió que había pronunciado "niña" con ironía. Rafael caminó hasta el bienvestido y zafó el nudo de la soga que estaba amarrada a la pata derecha de Pintico. Pintico apenas se podía parar de tanta gordura pero logró hacerlo cuando el padre del niño le rascó la barriga. Pintico lo siguió dócilmente cuando él haló la soga y al niño le pareció que el puerco se acordaba de cuando era una rabujita y se pasaba el día detrás de la familia y le dio mucha pena porque Pintico no tenía la menor idea de lo que le pasaría en solo unos minutos. El padre lo volvió a atar en el tronco de la mata de aguacates morados y buscó una de las yaguas. Pedrogucende reasentó el filo de su matavaca con la lima de Ventoso. El agua ya está que pela, dijo Laniña desde la cocina. Arriba, dijo Pedrogucende. Pintico se había mantenido de pie a duras penas y hozaba en el tronco de la mata de aguacates como si no hubiera nadie a su alrededor. Cógelo por la pata izquierda, Rafael, que yo lo cojo de la misma mano y vamos a virarlo casi a bocarriba para que el corazón me quede ahi mismo, dijo Pedrogucende. Pintico se dejó coger por sus patas como si se tratara de un juego pero cuando el Hombre de la Ciénaga le colocó su rodilla sobre el interior del muslo y le levantó la pata contra su cuerpo comenzó a gritar y a tratar de zafarse. Pedrogucende hizo lo mismo con la mano zurda y colocó su pierna derecha sobre el pescuezo de Pintico. El puerco gritaba con alaridos estrepitosos pero de nada servían sus intentos por zafarse de las manos y de las rodillas de los hombres. De pronto se tranquilizó y sus ojos se cerraron un minuto y parecía que no respiraba. El niño consideró que estaba agotado y sintió que las lágrimas se salían de sus ojos porque pensó que el puerco sabía ya que estaba condenado a muerte y no se explicaba cómo podían hacerle eso una gente que lo había querido todo el tiempo como si fuera parte de la familia. El niño se separó de los hombres y del puerco porque no podia contener los gemidos y los hombres no dijeron nada porque entendieron que no eran momentos para hacer bromas. Los hombres se comen a los puercos y los gusanos después se comen a los hombres y no te preocupes, Rafael, que alguien también se comerá a los malditos gusanos, dijo Pedrogucende con voz queda, mientras trataba de poner la punta del cuchillo en el lugar exacto. Lo tenía sujetado muy fuerte por el cabo de madera y el codo de su mano derecha hacía un ángulo de 45 grados. Pedrogucende empujó con fuerza y Pintico saltó de su modorra y casi se les escapa de sus rodillas. Gritó con un gran grito seco y siguió haciéndolo mientras el cuchillo de Pedrogucende entraba en su carne gorda en busca del corazón. La sangre comenzó a salir del agujero y de pronto fue como un torrente rojo que dejó de ser acuoso para volverse cuajarón y todavía Pedrogucende siguió pinchando a Pintico en busca de su corazón hasta que Pintico dejó de moverse en tanto respiraba con mucha dificultad y los cuajarones de sangre brotaban con intervalos de veinte segundos y finalmente sus ojos se quedaron en blancos, fijos en la nada, debajo del asesino de los gucende y del hombre que lo había engañado, engordándolo, con el único de fin de comérselo algún día. Entonces el niño regresó al lugar del crimen y le dijo a Pedrogucende que le diera el cuchillo para meterlo en el cubo de agua y quitarle la sangre. Cuidado no te cortes, mételo en el cubo y déjalo ahí, que yo me encargo después, le pidió Pedrogucende. Niña, ven con el agua, anda, llamó el padre. Laniña se acercó con un jarro de cinco libras mediado de agua hirviendo y la echó sobre la cabeza de Pintico en donde trabajaba Pedrogucende con un pedazo de machete viejo sin filo porque lo que se buscaba ahora era librar a Pintico de su pelambrera. Cuando el niño quiso ayudar a la madre, el padre le dijo que de eso nada, que esperara para cuando le tocara el turno al agua fría y le recordó a su mujer que sujetara bien el pedazo de trapo que evitaba que el asa del jarro la quemara. De modo que el niño se limitó a mirar cómo la madre regresaba siempre con el jarro mediado de agua que pelaba y la vertía, bien bajito, en el sitio que los hombres le señalaran. Cuando Pintico estuvo completamente pelado al niño le pareció que había crecido porque su barriga flácida se veía enorme. Niña, ahora traéme la máquina de afeitar de Rafael, pidió Pedrogucende. La máquina de afeitar era la misma con la que se afeitaba el padre y con la que rasuraba al niño para que la lana de su cara "se volviera barba muy pronto" y ahora tenía una cuchilla rusa del Viejo Llorando, nuevecita de paquete. Pedrogucende la pasó por todo el cuerpo muerto de Pintico y cuando se la devolvió a Laniña el puerco había quedado chino. Esta basura rusa no servirá para tu barba, Rafael, pero es un batazo para terminar de pelar a un puerco, dijo y continuó ahora sí puedes echar tú el agua, muchacho,. Así que el niño comenzó a traer agua fría en latas de pera de los cubos de la cocina y Rafael cogió el ladrillo que tenía debajo del banco de los cubos y comenzó a restregar el cuerpo de Pintico hasta dejarlo reluciente. Oye, isleño, qué bien lo haces, parece que estás lavando ropa, yo creo que el gallego debe cambiar de lavandera, dijo Pedrogucende. Estoy haciendo esto desde que andaba a gatas y hasta sé lavar culos de matadores de puerco, agregó el Hombre de la Ciénaga. Eso pensé, está bien, ganaste, ahora vamos a cambiar al puerco de yagua para empezar a abrirlo, mira, ahí viene Mikel, a ver si esa Gata nos ayuda a mantenerlo bocarriba. Claro que Lagata nos ayudará, dijo el niño y pensó que muy poca gente se atrevía a decirle La Gata a Mikel a boca de jarro, sobrenombre que le había puesto su padre después que se casó con Mary. La Gata le pidió un cigarro a Laniña antes de agacharse para ayudarlos a cambiar al puerco de yagua. Niño, coge la yagua y recuéstala contra el puntal y tírale latas de agua fría hasta que quede limpiecita que esa es la yagua de repuesto, ordenó el padre.
Pedrogucende le pidió a Mikel que se escarranchara sobre la barriga de Pintico y que cogiera sus dos manos con las suyas y que las abriera todo lo que pudiera. Le pidió lo mismo a Rafael para con las patas y él se encorvó sobre la cabeza del puerco y comenzó a despellejarla. A medida que Pedrogucende iba separando el cuero de los huesos de la cabeza Pintico iba dejando de parecerse al puerco que todos habían conocido. Los huesos de la cabeza eran de color blanco lechoso y al niño se le parecían a las cabezas de las vacas muertas que había visto en los potreros de Los Curros cuando iban a visitar a Tiaobdulia a Yaguey. El niño encontró mayor parecido aún con las cabezas de vaca que habían perdido los tarros. Los dos ojos de Pintico simulaban un par de balines beige y sus dientes se apretaban como si estuvieran soldados y no pudiera aguantar el dolor incluso muerto. Cuando Pedrogucende terminó de separar el cuero del puerco de su cabeza le ordenó a Mikel que se cambiara de puesto. Así que Lagata se colocó en el sitio que había ocupado Pedrogucende sin que su trabajo de abrir las manos de Pintico sufriera cambio alguno. Pedrogucende se escarranchó sobre la barriba de Pintico, empinó el culo hacia Rafael y comenzó a cortar el pescuezo haciendo un corte recto que buscaba la línea de la barriga. Muy pronto trozó el hueso del esternón y siguió cortando hasta la picha de Pintico. Cortaba con mucho cuidado para no dañar al mondongo y de esa manera evitar que el puerco se cagara. Dos pulgadas después de la picha de Pintico se detuvo y regresó al fondo del pescuezo. Entonces metió sus dedos índice y del medio debajo de la carne de la barriga y fue cortando con mucha paciencia y separando todo el sistema de vísceras con el cabo del cuchillo y con la propia mano de los dedos abiertos. El niño estaba esperando que cortara debajo del corazón y lo sacara para comprobar qué tal había sido la puntería del matarife enano. Pero Pedrogucende no tenía apuro. Hizo dos cortes alrededor de la picha de Pintico y continuó cortando hasta el hueso que separa a los dos perniles en donde tuvo necesidad de ayudarse con el machete de Rafael. Entonces le pidió al padre del niño que lo dejara trabajar solo y él mismo hizo fuerzas contra las patas traseras del puerco y enseguida se escuchó el sonido que hizo el hueso al quebrarse. Después localizó las tripas que eran la picha y el culo de Pintico y cortó debajo de ellas y en la tripa del culo había como tres mojone que extrajo apretando y empujando la tripa con sus dedos de cortar barrigas y le hizo un nudo a la tripa para que no siguiera cagando la yagua. Las tripas del culo y de la picha estaban rodeadas de manteca. Se levantó para mirar al niño. El niño estaba mirando para el sitio en que debía estar el corazón herido de su puerco. Vamos a verlo, dijo Pedrogucende. Por lo menos Pintico está muerto y no habrá que seguir criándolo como dicen que te pasó una vez, el niño sabía que la historia no la había protagonizado Pedrogucende. Tú sabes que yo soy el mejor, muchacho, y no es verdad eso de que Peperramos le dio como veinte puñaladas a un puerco y no le pudo partir el corazón y los dueños prefirieron coserlo y seguir criándolo. Pues todo el mundo dice que es verdad. Es mentira, la verdad es que yo pasaba por esa casa y el dueño me mandó bajar de la yegua para ver si lograba cogerle el corazón y cuando decidí hacerlo - no me gusta abochornar a los matarifes malos - el padre del dueño le dio un hachazo en la cabeza y acabó de matarlo, aunque sí es cierto que el hombre dijo, jodiendo, que con un matarife como Peperamos cualquier puerco se salvaba. Bueno, está bien, Pedrogucende, tú eres el caballo, pero acaba de sacar el dichoso corazón de Pintico. Ya Pedrogucende lo tenía en la mano. Mira, le dijo. El gran corazón del puerco que había comenzado su vida de puerco como lechón rabuja tenía un solo corte limpísimo en su parte alta. Y por qué lo julgaste tanto entonces si tenía con una sola puñalada. No lo estaba julgando, es que yo limpio el cuchillo de esa manera para que no se le peguen los coágulos. Rafael lo miró en silencio. Ñok, dijo. Ni Arenilla te hace ná, Pedrogucende, dijo el niño. Tú me preguntas y yo respondo, así de simple. Quién es mejor matador para tí, Cisco o Peperramos. Ninguno de los dos sirve para nada, solo sirven para hacer sufrir a los puercos, así como matan ellos mata cualquiera, yo soy un profesional, Peperramos no tiene puntería y Cisco parece tenerle lástima a los puercos que mata. Vamos, Pedrogucende, tómate otro buche de café y no te des tanto tono que donde único tú eres bueno de verdad es en otros sitios, según las malas lenguas, dijo Mikel y Pedrogucende se dio un punto en la boca porque con La Gata nunca se sabía si sus frases eran pronunciadas con tono de advertencia. Café, preguntó Laniña, tendré que hacerlo porque el otro se acabó, y no se hagan muchas ideas porque puede ser hasta de guanina. Rafael, dame un cigarro ahí, dijo La Gata. También soy muy bueno ruchándote al burro, Mikel, se acordó Pedrogucende y excamó "gaaata" cuando el gato de la casa se enredó en sus pies tratando de alcanzar algún bocado. Algún dia te dejaré como una nalga, descuida. Es un gato Pedrogucende, aclaró el niño. Los padres apenas pudieron contener su hilaridad. Lo sé, dijo Pedrogucende.
Lagata dijo que se iba porque ya no hacía falta su ayuda y el niño y la madre se miraron con una sonrisa cómplice. Lagata solo había venido a la matazón con el objetivo de picar un par de cigarros y lo había logrado como siempre. Entonces Pedrogucende picó las vísceras de Pintico y las echó en la lata donde se había calentado el agua. Ahí tienes, Luvigildo, el corazón, el bofe, la pajarilla, los pulmones y el gran hígado sanito que tanto te gusta, le dijo al niño. Después, ayudado por el padre, ladearon al puerco y le hizo un corte limpio sobre la columna vertebral, desde la cabeza hasta el rabo. Allí las bandas tenían como dos pulgadas de manteca. Estaba bien cebado el cabrón, dijo. Se comió un pilón de maíz y un corral de palmiche, dijo la madre. Y como cien cordeles de malvas, agregó el niño. El Hombre de la Ciénaga trasladó la yagua con el mondongo hasta la mesa del comedor en donde Laniña le sacaría toda la madeja de manteca que lo rodeaba. Los piélagos de manteca se parecían al bordado festonado de los pañales de los niños, pensaba el niño. Pedrogucende comenzó a cortar las costillas por la base de la columna vertebral y cuando su cuchillo no podía con tanto hueso como palo de yaya se ayudaba con el machete del Hombre de la Ciénaga. Muy pronto Pintico se convirtió en dos bandas de carne sin cabeza y en un largo espinazo de hueso y de carne con cabeza y el matarife perforó cada una a la altura del pescuezo con la punta de su cuchillo. El padre del niño le ayudó a subir cada banda hasta la punta del mecate que colgaba del primer gajo de la mata de aguacates morados. El mecate estaba anudado sobre la rama por la mitad, de modo que las dos puntas caían hacia abajo. Las bandas eran tan pesadas que el niño y la madre tuvieron que dar una mano hasta que Rafael pudo pasar la punta de la soga por los huecos que había abierto Pedrogucende en la carne y anudar cada banda. Para qué dejaron ir a Lagata si seguía haciéndonos falta su ayuda, preguntó el niño. Para que pudiera fumarse el Veguero solo, dijo la madre, de esa manera no tiene que darle ni el cabito a Mary. Ya está, dijo el matarife, que alguien traiga tres o cuatro jarros de agua fría para acabar de limpiar la carne. El niño sabía a qué se refería el enano de los gucende y salió para la cocina en donde todavía quedaba un cubo de agua. Regresó con un jarro de cinco libras y lo lanzó contra las bandas del puerco. Pedrogucende pasaba el cuchillo por la carne como si la estuviera afeitando detrás del agua y el agua caía al suelo enrojecida por la sangre que todavía quedaba en el cuerpo de Pintico. Es todo por mi parte, así que me voy. Volvió a lavar su cuchillo y envolvió la lima de Ventoso en un trapo viejo y la echó en la jaba de saco. Muchas gracias, hombre, dijo el padre del niño y le tendió dos tabacos de los que daban en la Tienda por la cuota. Gracias a tí. Pedrogucende solo fumaba tabacos. Allí mismo comenzó a morder la punta de uno como haría un ratón para hacerle el huequito por donde tenía que pasar el humo cuando chupara la breva. Al niño le gustaba mirar su rutina. Después que le hacía el huequito con sus dientes, comenzaba a ensalivarlo mientras le daba vueltas entre sus dedos y golpecitos con las yemas de la mano libre en la punta por donde habría de prenderlo. Cuando estaba en su punto Rafael le daba una caja de fósforos y él rayaba uno en la lija y acercaba la llama a la punta del Reloba y mientras la breva cogía candela él seguía dándole vueltas entre sus dedos como si no quisiera que se le escapara ni un gramo de fuego. Después de algunas chupadas con el consiguiente caudal de humo que inundaba el comedor de la casa Pedrogucende se iba con sus pasos cortos y el niño lo seguía hasta que se agachaba para pasar por entre los pelos de alambre. Mami, dijo el niño, por qué tú no le mandas el pedazo de carne de Adolfina con Pedrogucende. Porque todavía no sé qué le voy a mandar y además a él no le gusta andar con nada en la mano después que ha matado un puerco. No será porque tienes miedo de que diga como dicen que dice Cisco cada vez que abuela le da su pedazo de carne cuando le mata algún puerco. Laniña miró a Rafael. Rafael sonrió. Y qué es lo que dice Cisco, policía de reparto, preguntó. Cuando Cisco va por la carretera para su casa con el pedazo de carne de puerco guindando de una gaza de arique va hablando solo y diciendo "cuando llegue a la casa se lo echo al perro cuando llegue a la casa se lo echo al perro" porque le parece que lo que le dio la abuela es una chinguita. Eso lo dicen las malas lenguas, Cisco puede hablar solo pero es incapaz de decir nada semejante, aseguró el padre, no es verdad Niña. Laniña miró al chico. Las malas lenguas no siempre son tan malas, Rafael. El niño sacó su lengua y le hizo una mueca al padre. No siempre, dijo el niño.
Sobre las diez de la mañana Laniña termino de limpiar el mondongo y Rafael se lo llevó, arastrándolo arriba de una de las yaguas, hasta la orilla del almácigo. Ya las auras tiñosas estaban esperándolo y enseguida que el hombre regresó a la casa los primeros pájaros negros se tiraron desde el jaguey para iniciar su propio banquete. Muy pronto el gran caldero de Pablogucende estaba crepitando sobre la leña del fogón, repleto de chicharrones, la primera banda de Pintico estaba sobre la mesa para ser trozada y repartida entre familiares y amigos cercanos, el primer pedazo de hígado, asándose a fuego lento en su sal y en su limón sobre las dos limas al lado del caldero de freír y las agujas reposando en un cubo con agua a la espera de que llegara la tarde para ser sometidas a la magia de Laniña. La familia comenzó el trabajo de siempre con el puerco matado y se preparó para los primeros visitantes que llegarían atraídos por la otra Ley de la Gravedad para comer chicharrones y quizás para pegarse la gorra a la hora del almuerzo. El niño se declaró listo para comenzar a llevar los repartos a cada casa y para llevar el agregado de un plato de masas y de chicharrones fritos a la abuela Keta. Mientras la madre preparaba el pedazo de carne de Tiocisco - que siempre incluía la cabeza con un pedazo de carne del pescuezo - el niño volvió a pensar en su hermanita. Mami, parece que Tery tiene tiricia, dijo. No se ha levantado porque tiene una espina de adormidera clavada en el calcañal derecho y le tengo puesto un parchito con cebo de carnero, explicó la madre. Yo no la ví cojeando cuando se levantó para desayunar. Pues estarás ciego como Tomasón porque sí estaba cojeando. La madre no lo miraba cuando hablaba y el niño le dijo que iba a mear debajo de la mata de chirimolla. Pero lo que hizo fue salir por la puerta norte del comedor y entrar al cuarto por la puerta esquina que estaba sin el clavo pasado. Tery dormía de lado en la camita columbina que les había regalado Abuela Prudencia y que estaba detrás de la cama matrimonial y el niño se acercó para preguntarle que cómo se sentía de la pata hincada porque le pareció que su hermanira estaba despierta. Tery tenía la mirada fija contra la pared oriental del cuarto. Cuando el niño le miró la cara se dio cuenta de que tenía los ojos aguados.
La sábana estaba mojada de sus lágrimas.(1).-
Glosario mínimo.
# Malva...Planta pequeña silvestre que tiene una hoja ovalada y es un aperitivo para los puercos. Y una solución en tiempos de hambruna.
# Spinfle...Springfield "cubanizado". El rifle americano.
#...Alborotada...En celo.
#...Guardarraya...Camino entre dos campos de caña.
#...Retortero...Andar acompañado de algo todo el tiempo.
#...Capirra(o)... Resultado del cruzamiento entre un animal de raza pura y uno doméstico.
#...Cantarilla... Puente cubierto en las carreteras que se construye para no interrumpir el flujo de agua.
#...Cañá...Arrollo pequeño.
#...Zanca...Anca. Parte trasera del lomo de la yegua.
#...Marañon...Fruta mediana de color amarillo parecida a una pera que tiene la semilla por fuera.
#...Frito...Círculo que se marca en la tierra para colocar los balines durante el juego.
#...Chuchazos...Golpes sobre algo con ramas de plantas.
#...Jabá...Gallina con plumas grisazuladas.
#...Left Field...Files...Sección izquierda, fuera del campo interior de un terreno de beisbol.
#...Lechón...Puerco joven.
#...Mandarria...Instrumento de trabajo que consta de un mango de madera y de una base de hierro fundido. Usado para quebrar cosas muy duras. Connotación fálica en Cuba.
#...Morronga...Pene.
#...Luvigildo...Leovigildo. Hermano de Mary, famoso por su estómago insaciable y asiduo tertuliano de las matazones.
#...Reloba...Marca de tabaco cubano de los primeros años de la Revolución.
#...Tiricia...Sueño crónico.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Noviembre 29 del 2015.
Muy pronto Pintico se acomodó en su teta de atrás y a los pocos meses ya estaba casi del tamaño de sus hermanos. Cuando la familia comenzó a vender los puercos más presentables el niño se preguntó que qué pasaría con Pintico si es que terminaban por venderlos todos o se comían alguno. El niño sabía muy bien que de cada camada generalmente se vendían la mayoría de los lechones, se consumían dos o tres y siempre se dejaba uno para cebarlo y matarlo para el consumo cuando ya no pudiera levantarse del suelo de tanta gordura. Llegó un momento en que solo quedaba Pintico y un lechón que siempre había tenido muy buena pinta. El niño calculaba que era este puerco el elegido para la ceba y estaba listo para que el padre buscara un comprador para Pintico. El niño pensaba que Pintico podía valer como sesenta pesos y se pasaba las noches calculando lo que podría comprar con el dinero. Vera Obregón le había dicho que con solo la mitad de su valor podría comprarse como veinte cámaras coloradas de paquete en el taller de Tata. Cuando el niño le dijo que también se quería comprar otras cosas Vera le sacó una cuarteta para demostarle que con sesenta pesos se podían adquirir muchísimas boberías.
Sé que son buenos los besos
de tu mamá con amor.
Pero es mucho mejor
comprar con sesenta pesos.
Un oscurecer, cuando el niño y su hermana llegaron de la casa de Mary en donde habían estado jugando con Floritaladelidia y con Pitíneldebelillo se encontraron con dos hombres que estaban tasajeando a un puerco sobre la mesa del comedor que habían colocado contra la pared occidental. Los hombres eran jóvenes y cantaban y bailaban mientras abrían el puerco. El padre del niño les miraba hacer y a veces les acompañaba en su alegría con una risa ligera. El niño se quedo abismado porque si se trataba de Pintico el padre no le había consultado y si se trataba del otro lechón pues entonces no quedaba otra alternativa que cebar a Pintico y eso quería decir que todos sus sueños financieros debían esperar hasta el próximo parto de la puerca madre. El niño cogió a la hermana por el antebrazo y se la llevó hasta donde dormían los puercos al lado del corral del palmiche debajo de la mata de aguacates verdinos. Todavía había suficiente luz como para poder ver a Pintico echado sobre su lado menos pintado de negro, recostado contra el corral. Comenzó a gruñir cuando ellos le acariciaron el lomo. Bueno, se jodió mi dinero, dijo el niño en voz alta. Por qué se jodió tu dinero Taty, le preguntó la niña. Porque el puerco que papi está vendiendo no es mi puerco y tendremos que ver de aquí a un tiempo como Pedrogucende le mete el cuchillo a Pintico hasta el mismo corazón. De pronto los niños sintieron que sus ojos se estaban aguando y regresaron a la casa en donde ahora los hombres de Caibarién estaban echando grandes pedazos de puerco en un saco de azúcar. Los hombres terminaron por despedirse y los niños se lavaron las manos y se sentaron a la mesa porque la madre les dijo que la comida estaba lista. Los niños estaban como ausentes y en silencio y el padre se dio cuenta de que su mutismo estaba acompañado por una seriedad muy fácil de adivinar. Así que se sentó en su taburete de la parte más estrecha de la mesa y les dijo que había tenido que vender al puerco porque necesitaba dinero urgente y que había elegido al otro para que ellos no se quedaran sin Pintico y agregó que todavía quedaban muchos meses para que Pintico estuviera suficientemente gordo como para matarlo y que él no estaba seguro todavía si lo mataban para la casa o lo vendían para que el niño y la niña pudieran comprarse lo que quisieran. Entonces se metió la mano en el bolsillo de la camisa y sacó dos billetes de cinco pesos. Le extendió uno a cada uno y antes de que los niños movieran sus brazos para cogerlos los depositó sobre el mantel de tela de la mesa. Lo siento mucho, niños, dijo. El niño se paró y fue hacia la tarima de noche del cuarto en donde estaba su alcancía al lado de la Cajita de Pangastrol y del Credo y metió el billete por la ranura de la casita de guano amarilla y azul fabricada con yeso. Cuando regresó la niña le estaba diciendo a la madre que le regalaba su billete para que se comprara una caja de cigarros amarillos y la madre le besó la cabeza y le dijo que gracias, que ella tenía dinero para sus cigarros y que era mejor que los echara en la alcancía de su hermano para cuando llegara el día de su cumpleaños.
Para cuando la puerca tuvo su próxima camada ya Pintico estaba amarrado muy corto por una de sus patas traseras al bienvestido de la cerca de Mikel y solo se dedicaba a comer palmiche medio podrido pasado por agua, salcocho y maíz seco desgranado. Cuando los puercos comenzaban a engordar la soga se les metía en el pescuezo y casi siempre terminaban lastimados y con gusanos en la zanja que se formaba entre la carne. Por ese motivo el Hombre de la Ciénaga había decidido cebar a sus puercos atados por una de sus patas a un tronco y de esa manera podía controlar mejor el apretamiento de la soga. Los niños se habían acostumbrado ya al hecho de que Pintico estaba condenado a muerte y estaban tratando de tomarlo como se tomaban a la muerte segura de los tantos puercos cebados que se habían matado siempre en la casa. Los niños desgranaban el maíz en la palangana y lo echaban en el hueco lleno de agua que había al lado del bienvestido cuando el padre terminaba de verter las palas repletas de palmiche. A veces el palmiche estaba tan descompuesto que los granos tenían una pullita verde y los niños sabían que se trataba de un pichoncito de palma real. El palmiche es la comida que le da la manteca, el salcocho es la que lo pone gordo y barrigón y el maíz seco hace que la manteca salga igualitica a la miel de abeja de los Perdomo, les decía el padre. Cuando Pintico alcanzó las doscientas libras y pico apenas se podía parar y comía extendido sobre sus manos y el hocico solo le llegaba hasta la parte más alta del hueco con los alimentos. Entonces el padre dijo que ya estaba listo para quitarle la pluma y agregó que lo matarían el próximo sábado. El niño repasó en su mente la rutina de la matazón.
Lo primero que hacía el padre era ir a Caibarién y tratar de conseguir una lata de aceite vegetal para echar la manteca del puerco. Las latas de aceite eran cúbicas, grandes y muy bonitas y eran casi tan blancas y brillosas como los guardafangos niquelados de la bicicleta Tóper de Luxe de Leonardo. Casi siempre venían con dos huecos en sus esquinas opuestas y el padre terminaba por quitarles la tapa golpeando con el martillo el lomo de un pedazo de machete viejo que las cortaba contra los bordes cuadrados. La madre la lavaba con Fap, la ponía a escurrir en el patio y luego la guardaba hasta el día de la matazón. La lata de aceite servía para echar la manteca del puerco y para echar las masas, los huesos con fibra y las costillas fritas. El padre siempre llamaba "píldoras" a las masas de puerco y el niño había comprobado que mientras más tiempo pasaban en la lata de aceite más sabrosas se ponían. Decía que era porque estaban "añejadas como el vino gallego". Aunque al niño le encantaba comérselas acabadas de sacar de la lata y sentir cómo la manteca le chorreaba por las comisuras de su boca la madre siempre las calentaba antes de servirlas en la mesa. Si el puerco era demasiado grande en ocasiones se necesitaban un par de latas de aceite y entonces en la segunda podían echarse el resto de los chicharrones que no cupieron en los calderos destinados para ello. Los tenderos amigos del padre siempre tenían alguna lata vacía de reserva para él y él siempre les llevaba de regalo un pollo cantón o tal vez algunas libras de frijoles o de arroz a cambio de aquélla. Cuando las latas se oxidaban o simplemente se ponían muy viejas la madre las cogía para hervir la ropa. La maestra le había dicho al niño que el aceite de comer que venía en las latas se fabricaba con las semillitas de las flores de girasol y había agregado que en el poblado de Jinaguayabo, muy cerca de Remedios, había una fábrica de aceite a partir del palmiche. Cuando el niño le preguntó al padre, Rafael le dijo que, en efecto, había oído hablar de esa fábrica, pero que no estaba seguro si todavía estaba produciendo y dijo además que en Jinaguayabo había un gran chalet de dos pisos cuyo dueño había sido un millonario fallecido de apellido Capestani. El niño nunca había visto una mata de girasol y preguntó al padre que si era verdad que la flor del girasol siempre estaba mirando al sol como decía la maestra. Eso dicen, pero yo tampoco he visto una mata de girasol en mi vida, nada más en pintura, igual que tú, respondió el padre.
Lo segundo que hacía el padre era subir a la loma y buscar dos o tres sacos de leña seca para calentar el agua con la que se iba a pelar y a freír el puerco. Se necesitaba mucha leña seca durante una matazón y por eso el padre siempre tenía alguna leña de reserva secándose al sol. Generalmente el niño le acompañaba pero si se quedaba en casa se la pasaba recogiendo gajos gruesos de bienvestido de la cerca de Gocéndez. Los gajos más gordos estaban debajo de las balseras de las campanillas y estaban allí desde que el padre y tíoneno habían desmochado los árboles para que no le diera sombra a las plantas de maíz y de frijoles. Entre las balseras de campanilla había muchas ramas de jías que también habían sido cortadas durante la desmocha de los bienvestidos. El niño le tenía mucho miedo a las espinas de la jía porque cuando lograban meterse en su carne la hinconaban fácilmente y entonces la madre tenía que bajarle la hinchazón y sacarle el pus acumulado y a veces hasta la propia espina con un trapo untado con manteca caliente de carnero. Al niño no le gustaba el olor del cebo de carnero. Pero le gustaba un poco más que el dolor producido en su carne por una espina de jía. En las balseras de campanilla también anidaban algunos caballitos del diablo. Pero el niño no les tenía tanto miedo porque podía batearlos con un pedazo de palo mientras levantaban el vuelo.
Lo tercero que hacía el padre era pedirle el gran caldero de freír a Pablo Gocéndez porque en la casa no había calderos grandes de freír puerco y usando el gran caldero de los gucende el puerco se podia freír en dos o tres fritadas. De paso el padre le informaba a Pedrogucende el día en que debía venir para que matara al puerco. Porque el padre jamás habia apuñalado a un puerco y Pedrogucendeelhermanodepablo era el mejor matarife que él hubiera conocido jamás. Pedrogucende siempre traía su cuchillo especial de matar puercos. El padre tenía cuchillos viejos y pedazos de machete deshauciados para pelarlo y un buen cuchillo para cortar la carne y una lima Bellota para sacarle filo cuando los huesos lo mellaran. Los huesos grandes los picaba con un hacha recortada o con un machete descontinuado. También tenía dos o tres ladrillos para restregar sobre el pellejo del puerco cuando se acabara de pelar porque el ladrillo le sacaba todo el churre y lo dejaba blanquísimo.
Lo cuarto que hacía el padre era cortar un par de yaguas de palma caídas la noche anterior a la matazón porque sobre las yaguas se ponía el puerco muerto para pelarlo y después de pelado se colocaba con la barriga hacia arriba para comenzar a prepararlo.
Cuando Pedrogucende llegó la familia ya había desayunado pero la madre había tenido la precaución de dejarle un buchito de café en una tacita blanca de porcelana. Pedrogucende se lo tomó de un trago cuando Laniña se lo calentó y dijo "esto si es café y no la zambunbia culecona que hace tu marido por la madrugada". Pedrogucende sacó enseguida su pérfilo cortante de una jaba de saco que traía colgada del hombro y lo asentó con una limita Bellota que le habían mandado a Ventoso de Galicia la zafra antespasada. El niño se dio cuenta de que era muy largo y muy punteagudo y de que tenía como un centímetro de filo y sintió lástima por Pintico. Cómo va esa agua Rafael, preguntó y entró a la cocina para mirarla. La puse hace como una hora, debe estar al hervir. El gran bracero crepitaba debajo de los raíles del fogón y el agua estaba comenzando a ponerse a punto. El niño se colocó al lado del matarife y se percató de que casi era de su mismo tamaño. Observó su cara arrugada de viejo permanente y su pelo canoso y volvió a preguntarse qué cuántos años tendría Pedrogucende porque estaba seguro de que era mucho más viejo que su papá. Y como cada vez que veía a Pedrogucende montado en su yegua bermeja camino de la Tienda ahora también recordó la conversación que había escuchado en la sala de cierta casa de la vecindad. Algunas mujeres aseguraban que el "chiquitico de los gucende" se había cogido a Cuka la Isleña cuando eran más jóvenes y otras agregaban más información acerca de sus posibilidades como amante. Parece que el matarife de los gucende también le había pasado la mandarria a la mujer del hermano de Mikel y que toda aquella historia de la niña que salía desnuda desde la puerta esquina de la casa de Emhy y que se paseaba entre la mata de aguacate y la de mango antes de desaparecer como tragada por la tierra eran tan falsa como la del conejito blanco que salía de la puerta esquina de la casa de Gaby y llegaba dando saltos hasta la mata de limón antes de desaparecer como tragado por la tierra y por tanto solo un pretexto para que la familia se distrajera y no cayera en la cuenta de que Pedrogucende estaba haciendo zafra con las mujeres de los isleños. El niño recordó, además, que los primos hermanos del Cagatrillo Menor, cuando se berreaban con él le llamaban "hijodepedrogucende" y que el muchacho se ponía muy bravo y finalmente el niño apreció que tal acusación quería decir que probablemente Pedrogucende también se había cogido a la mujer del otro hermano de Mikel, cosa que era muy posible teniendo en cuenta lo lejana que estaba la casa de Capdad de la de Gaby y lo cerca que estaba del potrero de Los Gocéndez en el faldeo de la loma, sitio que el acuchillador de puercos frecuentaba cada tarde durante la recogida del ganado. Comoquiera que el niño veía a Pedrogucende como a un hombre mayor casi enano no podía creer que tuviera una morronga tan grande como decía la gente. Pedrogucende preguntó por las yaguas y salió precedido del Hombre de la Ciénaga. Las yaguas estaban juntas, recostadas contra la pared sur de la casa, debajo del puntal. Están muy buenas, dijo el matarife. Cayeron ayer por la tarde, dijo el padre, por eso están fresquitas. El Hombre de la Ciénaga le dio una voz a su mujer para recordarle que estuviera atenta al hervor del agua. Traéte al puerco ya, Rafael, dijo Pedrogucende. El niño le pidió que por favor no hablara muy alto porque la familia no quería que Tery se despertara y tuviera que ver cómo los hombres le metían el cuchillo a Pintico. Pero después de que esté bien muerto sí que la niña se comerá una buena píldora, eh, agregó Pedrogucende en voz baja. El niño percibió que había pronunciado "niña" con ironía. Rafael caminó hasta el bienvestido y zafó el nudo de la soga que estaba amarrada a la pata derecha de Pintico. Pintico apenas se podía parar de tanta gordura pero logró hacerlo cuando el padre del niño le rascó la barriga. Pintico lo siguió dócilmente cuando él haló la soga y al niño le pareció que el puerco se acordaba de cuando era una rabujita y se pasaba el día detrás de la familia y le dio mucha pena porque Pintico no tenía la menor idea de lo que le pasaría en solo unos minutos. El padre lo volvió a atar en el tronco de la mata de aguacates morados y buscó una de las yaguas. Pedrogucende reasentó el filo de su matavaca con la lima de Ventoso. El agua ya está que pela, dijo Laniña desde la cocina. Arriba, dijo Pedrogucende. Pintico se había mantenido de pie a duras penas y hozaba en el tronco de la mata de aguacates como si no hubiera nadie a su alrededor. Cógelo por la pata izquierda, Rafael, que yo lo cojo de la misma mano y vamos a virarlo casi a bocarriba para que el corazón me quede ahi mismo, dijo Pedrogucende. Pintico se dejó coger por sus patas como si se tratara de un juego pero cuando el Hombre de la Ciénaga le colocó su rodilla sobre el interior del muslo y le levantó la pata contra su cuerpo comenzó a gritar y a tratar de zafarse. Pedrogucende hizo lo mismo con la mano zurda y colocó su pierna derecha sobre el pescuezo de Pintico. El puerco gritaba con alaridos estrepitosos pero de nada servían sus intentos por zafarse de las manos y de las rodillas de los hombres. De pronto se tranquilizó y sus ojos se cerraron un minuto y parecía que no respiraba. El niño consideró que estaba agotado y sintió que las lágrimas se salían de sus ojos porque pensó que el puerco sabía ya que estaba condenado a muerte y no se explicaba cómo podían hacerle eso una gente que lo había querido todo el tiempo como si fuera parte de la familia. El niño se separó de los hombres y del puerco porque no podia contener los gemidos y los hombres no dijeron nada porque entendieron que no eran momentos para hacer bromas. Los hombres se comen a los puercos y los gusanos después se comen a los hombres y no te preocupes, Rafael, que alguien también se comerá a los malditos gusanos, dijo Pedrogucende con voz queda, mientras trataba de poner la punta del cuchillo en el lugar exacto. Lo tenía sujetado muy fuerte por el cabo de madera y el codo de su mano derecha hacía un ángulo de 45 grados. Pedrogucende empujó con fuerza y Pintico saltó de su modorra y casi se les escapa de sus rodillas. Gritó con un gran grito seco y siguió haciéndolo mientras el cuchillo de Pedrogucende entraba en su carne gorda en busca del corazón. La sangre comenzó a salir del agujero y de pronto fue como un torrente rojo que dejó de ser acuoso para volverse cuajarón y todavía Pedrogucende siguió pinchando a Pintico en busca de su corazón hasta que Pintico dejó de moverse en tanto respiraba con mucha dificultad y los cuajarones de sangre brotaban con intervalos de veinte segundos y finalmente sus ojos se quedaron en blancos, fijos en la nada, debajo del asesino de los gucende y del hombre que lo había engañado, engordándolo, con el único de fin de comérselo algún día. Entonces el niño regresó al lugar del crimen y le dijo a Pedrogucende que le diera el cuchillo para meterlo en el cubo de agua y quitarle la sangre. Cuidado no te cortes, mételo en el cubo y déjalo ahí, que yo me encargo después, le pidió Pedrogucende. Niña, ven con el agua, anda, llamó el padre. Laniña se acercó con un jarro de cinco libras mediado de agua hirviendo y la echó sobre la cabeza de Pintico en donde trabajaba Pedrogucende con un pedazo de machete viejo sin filo porque lo que se buscaba ahora era librar a Pintico de su pelambrera. Cuando el niño quiso ayudar a la madre, el padre le dijo que de eso nada, que esperara para cuando le tocara el turno al agua fría y le recordó a su mujer que sujetara bien el pedazo de trapo que evitaba que el asa del jarro la quemara. De modo que el niño se limitó a mirar cómo la madre regresaba siempre con el jarro mediado de agua que pelaba y la vertía, bien bajito, en el sitio que los hombres le señalaran. Cuando Pintico estuvo completamente pelado al niño le pareció que había crecido porque su barriga flácida se veía enorme. Niña, ahora traéme la máquina de afeitar de Rafael, pidió Pedrogucende. La máquina de afeitar era la misma con la que se afeitaba el padre y con la que rasuraba al niño para que la lana de su cara "se volviera barba muy pronto" y ahora tenía una cuchilla rusa del Viejo Llorando, nuevecita de paquete. Pedrogucende la pasó por todo el cuerpo muerto de Pintico y cuando se la devolvió a Laniña el puerco había quedado chino. Esta basura rusa no servirá para tu barba, Rafael, pero es un batazo para terminar de pelar a un puerco, dijo y continuó ahora sí puedes echar tú el agua, muchacho,. Así que el niño comenzó a traer agua fría en latas de pera de los cubos de la cocina y Rafael cogió el ladrillo que tenía debajo del banco de los cubos y comenzó a restregar el cuerpo de Pintico hasta dejarlo reluciente. Oye, isleño, qué bien lo haces, parece que estás lavando ropa, yo creo que el gallego debe cambiar de lavandera, dijo Pedrogucende. Estoy haciendo esto desde que andaba a gatas y hasta sé lavar culos de matadores de puerco, agregó el Hombre de la Ciénaga. Eso pensé, está bien, ganaste, ahora vamos a cambiar al puerco de yagua para empezar a abrirlo, mira, ahí viene Mikel, a ver si esa Gata nos ayuda a mantenerlo bocarriba. Claro que Lagata nos ayudará, dijo el niño y pensó que muy poca gente se atrevía a decirle La Gata a Mikel a boca de jarro, sobrenombre que le había puesto su padre después que se casó con Mary. La Gata le pidió un cigarro a Laniña antes de agacharse para ayudarlos a cambiar al puerco de yagua. Niño, coge la yagua y recuéstala contra el puntal y tírale latas de agua fría hasta que quede limpiecita que esa es la yagua de repuesto, ordenó el padre.
Pedrogucende le pidió a Mikel que se escarranchara sobre la barriga de Pintico y que cogiera sus dos manos con las suyas y que las abriera todo lo que pudiera. Le pidió lo mismo a Rafael para con las patas y él se encorvó sobre la cabeza del puerco y comenzó a despellejarla. A medida que Pedrogucende iba separando el cuero de los huesos de la cabeza Pintico iba dejando de parecerse al puerco que todos habían conocido. Los huesos de la cabeza eran de color blanco lechoso y al niño se le parecían a las cabezas de las vacas muertas que había visto en los potreros de Los Curros cuando iban a visitar a Tiaobdulia a Yaguey. El niño encontró mayor parecido aún con las cabezas de vaca que habían perdido los tarros. Los dos ojos de Pintico simulaban un par de balines beige y sus dientes se apretaban como si estuvieran soldados y no pudiera aguantar el dolor incluso muerto. Cuando Pedrogucende terminó de separar el cuero del puerco de su cabeza le ordenó a Mikel que se cambiara de puesto. Así que Lagata se colocó en el sitio que había ocupado Pedrogucende sin que su trabajo de abrir las manos de Pintico sufriera cambio alguno. Pedrogucende se escarranchó sobre la barriba de Pintico, empinó el culo hacia Rafael y comenzó a cortar el pescuezo haciendo un corte recto que buscaba la línea de la barriga. Muy pronto trozó el hueso del esternón y siguió cortando hasta la picha de Pintico. Cortaba con mucho cuidado para no dañar al mondongo y de esa manera evitar que el puerco se cagara. Dos pulgadas después de la picha de Pintico se detuvo y regresó al fondo del pescuezo. Entonces metió sus dedos índice y del medio debajo de la carne de la barriga y fue cortando con mucha paciencia y separando todo el sistema de vísceras con el cabo del cuchillo y con la propia mano de los dedos abiertos. El niño estaba esperando que cortara debajo del corazón y lo sacara para comprobar qué tal había sido la puntería del matarife enano. Pero Pedrogucende no tenía apuro. Hizo dos cortes alrededor de la picha de Pintico y continuó cortando hasta el hueso que separa a los dos perniles en donde tuvo necesidad de ayudarse con el machete de Rafael. Entonces le pidió al padre del niño que lo dejara trabajar solo y él mismo hizo fuerzas contra las patas traseras del puerco y enseguida se escuchó el sonido que hizo el hueso al quebrarse. Después localizó las tripas que eran la picha y el culo de Pintico y cortó debajo de ellas y en la tripa del culo había como tres mojone que extrajo apretando y empujando la tripa con sus dedos de cortar barrigas y le hizo un nudo a la tripa para que no siguiera cagando la yagua. Las tripas del culo y de la picha estaban rodeadas de manteca. Se levantó para mirar al niño. El niño estaba mirando para el sitio en que debía estar el corazón herido de su puerco. Vamos a verlo, dijo Pedrogucende. Por lo menos Pintico está muerto y no habrá que seguir criándolo como dicen que te pasó una vez, el niño sabía que la historia no la había protagonizado Pedrogucende. Tú sabes que yo soy el mejor, muchacho, y no es verdad eso de que Peperramos le dio como veinte puñaladas a un puerco y no le pudo partir el corazón y los dueños prefirieron coserlo y seguir criándolo. Pues todo el mundo dice que es verdad. Es mentira, la verdad es que yo pasaba por esa casa y el dueño me mandó bajar de la yegua para ver si lograba cogerle el corazón y cuando decidí hacerlo - no me gusta abochornar a los matarifes malos - el padre del dueño le dio un hachazo en la cabeza y acabó de matarlo, aunque sí es cierto que el hombre dijo, jodiendo, que con un matarife como Peperamos cualquier puerco se salvaba. Bueno, está bien, Pedrogucende, tú eres el caballo, pero acaba de sacar el dichoso corazón de Pintico. Ya Pedrogucende lo tenía en la mano. Mira, le dijo. El gran corazón del puerco que había comenzado su vida de puerco como lechón rabuja tenía un solo corte limpísimo en su parte alta. Y por qué lo julgaste tanto entonces si tenía con una sola puñalada. No lo estaba julgando, es que yo limpio el cuchillo de esa manera para que no se le peguen los coágulos. Rafael lo miró en silencio. Ñok, dijo. Ni Arenilla te hace ná, Pedrogucende, dijo el niño. Tú me preguntas y yo respondo, así de simple. Quién es mejor matador para tí, Cisco o Peperramos. Ninguno de los dos sirve para nada, solo sirven para hacer sufrir a los puercos, así como matan ellos mata cualquiera, yo soy un profesional, Peperramos no tiene puntería y Cisco parece tenerle lástima a los puercos que mata. Vamos, Pedrogucende, tómate otro buche de café y no te des tanto tono que donde único tú eres bueno de verdad es en otros sitios, según las malas lenguas, dijo Mikel y Pedrogucende se dio un punto en la boca porque con La Gata nunca se sabía si sus frases eran pronunciadas con tono de advertencia. Café, preguntó Laniña, tendré que hacerlo porque el otro se acabó, y no se hagan muchas ideas porque puede ser hasta de guanina. Rafael, dame un cigarro ahí, dijo La Gata. También soy muy bueno ruchándote al burro, Mikel, se acordó Pedrogucende y excamó "gaaata" cuando el gato de la casa se enredó en sus pies tratando de alcanzar algún bocado. Algún dia te dejaré como una nalga, descuida. Es un gato Pedrogucende, aclaró el niño. Los padres apenas pudieron contener su hilaridad. Lo sé, dijo Pedrogucende.
Lagata dijo que se iba porque ya no hacía falta su ayuda y el niño y la madre se miraron con una sonrisa cómplice. Lagata solo había venido a la matazón con el objetivo de picar un par de cigarros y lo había logrado como siempre. Entonces Pedrogucende picó las vísceras de Pintico y las echó en la lata donde se había calentado el agua. Ahí tienes, Luvigildo, el corazón, el bofe, la pajarilla, los pulmones y el gran hígado sanito que tanto te gusta, le dijo al niño. Después, ayudado por el padre, ladearon al puerco y le hizo un corte limpio sobre la columna vertebral, desde la cabeza hasta el rabo. Allí las bandas tenían como dos pulgadas de manteca. Estaba bien cebado el cabrón, dijo. Se comió un pilón de maíz y un corral de palmiche, dijo la madre. Y como cien cordeles de malvas, agregó el niño. El Hombre de la Ciénaga trasladó la yagua con el mondongo hasta la mesa del comedor en donde Laniña le sacaría toda la madeja de manteca que lo rodeaba. Los piélagos de manteca se parecían al bordado festonado de los pañales de los niños, pensaba el niño. Pedrogucende comenzó a cortar las costillas por la base de la columna vertebral y cuando su cuchillo no podía con tanto hueso como palo de yaya se ayudaba con el machete del Hombre de la Ciénaga. Muy pronto Pintico se convirtió en dos bandas de carne sin cabeza y en un largo espinazo de hueso y de carne con cabeza y el matarife perforó cada una a la altura del pescuezo con la punta de su cuchillo. El padre del niño le ayudó a subir cada banda hasta la punta del mecate que colgaba del primer gajo de la mata de aguacates morados. El mecate estaba anudado sobre la rama por la mitad, de modo que las dos puntas caían hacia abajo. Las bandas eran tan pesadas que el niño y la madre tuvieron que dar una mano hasta que Rafael pudo pasar la punta de la soga por los huecos que había abierto Pedrogucende en la carne y anudar cada banda. Para qué dejaron ir a Lagata si seguía haciéndonos falta su ayuda, preguntó el niño. Para que pudiera fumarse el Veguero solo, dijo la madre, de esa manera no tiene que darle ni el cabito a Mary. Ya está, dijo el matarife, que alguien traiga tres o cuatro jarros de agua fría para acabar de limpiar la carne. El niño sabía a qué se refería el enano de los gucende y salió para la cocina en donde todavía quedaba un cubo de agua. Regresó con un jarro de cinco libras y lo lanzó contra las bandas del puerco. Pedrogucende pasaba el cuchillo por la carne como si la estuviera afeitando detrás del agua y el agua caía al suelo enrojecida por la sangre que todavía quedaba en el cuerpo de Pintico. Es todo por mi parte, así que me voy. Volvió a lavar su cuchillo y envolvió la lima de Ventoso en un trapo viejo y la echó en la jaba de saco. Muchas gracias, hombre, dijo el padre del niño y le tendió dos tabacos de los que daban en la Tienda por la cuota. Gracias a tí. Pedrogucende solo fumaba tabacos. Allí mismo comenzó a morder la punta de uno como haría un ratón para hacerle el huequito por donde tenía que pasar el humo cuando chupara la breva. Al niño le gustaba mirar su rutina. Después que le hacía el huequito con sus dientes, comenzaba a ensalivarlo mientras le daba vueltas entre sus dedos y golpecitos con las yemas de la mano libre en la punta por donde habría de prenderlo. Cuando estaba en su punto Rafael le daba una caja de fósforos y él rayaba uno en la lija y acercaba la llama a la punta del Reloba y mientras la breva cogía candela él seguía dándole vueltas entre sus dedos como si no quisiera que se le escapara ni un gramo de fuego. Después de algunas chupadas con el consiguiente caudal de humo que inundaba el comedor de la casa Pedrogucende se iba con sus pasos cortos y el niño lo seguía hasta que se agachaba para pasar por entre los pelos de alambre. Mami, dijo el niño, por qué tú no le mandas el pedazo de carne de Adolfina con Pedrogucende. Porque todavía no sé qué le voy a mandar y además a él no le gusta andar con nada en la mano después que ha matado un puerco. No será porque tienes miedo de que diga como dicen que dice Cisco cada vez que abuela le da su pedazo de carne cuando le mata algún puerco. Laniña miró a Rafael. Rafael sonrió. Y qué es lo que dice Cisco, policía de reparto, preguntó. Cuando Cisco va por la carretera para su casa con el pedazo de carne de puerco guindando de una gaza de arique va hablando solo y diciendo "cuando llegue a la casa se lo echo al perro cuando llegue a la casa se lo echo al perro" porque le parece que lo que le dio la abuela es una chinguita. Eso lo dicen las malas lenguas, Cisco puede hablar solo pero es incapaz de decir nada semejante, aseguró el padre, no es verdad Niña. Laniña miró al chico. Las malas lenguas no siempre son tan malas, Rafael. El niño sacó su lengua y le hizo una mueca al padre. No siempre, dijo el niño.
Sobre las diez de la mañana Laniña termino de limpiar el mondongo y Rafael se lo llevó, arastrándolo arriba de una de las yaguas, hasta la orilla del almácigo. Ya las auras tiñosas estaban esperándolo y enseguida que el hombre regresó a la casa los primeros pájaros negros se tiraron desde el jaguey para iniciar su propio banquete. Muy pronto el gran caldero de Pablogucende estaba crepitando sobre la leña del fogón, repleto de chicharrones, la primera banda de Pintico estaba sobre la mesa para ser trozada y repartida entre familiares y amigos cercanos, el primer pedazo de hígado, asándose a fuego lento en su sal y en su limón sobre las dos limas al lado del caldero de freír y las agujas reposando en un cubo con agua a la espera de que llegara la tarde para ser sometidas a la magia de Laniña. La familia comenzó el trabajo de siempre con el puerco matado y se preparó para los primeros visitantes que llegarían atraídos por la otra Ley de la Gravedad para comer chicharrones y quizás para pegarse la gorra a la hora del almuerzo. El niño se declaró listo para comenzar a llevar los repartos a cada casa y para llevar el agregado de un plato de masas y de chicharrones fritos a la abuela Keta. Mientras la madre preparaba el pedazo de carne de Tiocisco - que siempre incluía la cabeza con un pedazo de carne del pescuezo - el niño volvió a pensar en su hermanita. Mami, parece que Tery tiene tiricia, dijo. No se ha levantado porque tiene una espina de adormidera clavada en el calcañal derecho y le tengo puesto un parchito con cebo de carnero, explicó la madre. Yo no la ví cojeando cuando se levantó para desayunar. Pues estarás ciego como Tomasón porque sí estaba cojeando. La madre no lo miraba cuando hablaba y el niño le dijo que iba a mear debajo de la mata de chirimolla. Pero lo que hizo fue salir por la puerta norte del comedor y entrar al cuarto por la puerta esquina que estaba sin el clavo pasado. Tery dormía de lado en la camita columbina que les había regalado Abuela Prudencia y que estaba detrás de la cama matrimonial y el niño se acercó para preguntarle que cómo se sentía de la pata hincada porque le pareció que su hermanira estaba despierta. Tery tenía la mirada fija contra la pared oriental del cuarto. Cuando el niño le miró la cara se dio cuenta de que tenía los ojos aguados.
La sábana estaba mojada de sus lágrimas.(1).-
Glosario mínimo.
# Malva...Planta pequeña silvestre que tiene una hoja ovalada y es un aperitivo para los puercos. Y una solución en tiempos de hambruna.
# Spinfle...Springfield "cubanizado". El rifle americano.
#...Alborotada...En celo.
#...Guardarraya...Camino entre dos campos de caña.
#...Retortero...Andar acompañado de algo todo el tiempo.
#...Capirra(o)... Resultado del cruzamiento entre un animal de raza pura y uno doméstico.
#...Cantarilla... Puente cubierto en las carreteras que se construye para no interrumpir el flujo de agua.
#...Cañá...Arrollo pequeño.
#...Zanca...Anca. Parte trasera del lomo de la yegua.
#...Marañon...Fruta mediana de color amarillo parecida a una pera que tiene la semilla por fuera.
#...Frito...Círculo que se marca en la tierra para colocar los balines durante el juego.
#...Chuchazos...Golpes sobre algo con ramas de plantas.
#...Jabá...Gallina con plumas grisazuladas.
#...Left Field...Files...Sección izquierda, fuera del campo interior de un terreno de beisbol.
#...Lechón...Puerco joven.
#...Mandarria...Instrumento de trabajo que consta de un mango de madera y de una base de hierro fundido. Usado para quebrar cosas muy duras. Connotación fálica en Cuba.
#...Morronga...Pene.
#...Luvigildo...Leovigildo. Hermano de Mary, famoso por su estómago insaciable y asiduo tertuliano de las matazones.
#...Reloba...Marca de tabaco cubano de los primeros años de la Revolución.
#...Tiricia...Sueño crónico.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Noviembre 29 del 2015.
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