Saturday, August 22, 2015

PUEBLO SIOUX: ESTACION SOUTH DAKOTA.-





Los golpes que estaba escuchando la madre no eran golpes de esos que parecen destrozar paredes o derribar mansiones. Los golpes "extraños" llegaban desde la habitación del hijo en el fondo occidental de la casa. La madre se acercó lentamente hasta la puerta y pegó su oreja a la madera. Los golpes sonaban pesados y caían como sobre alguna superficie acolchonada y a la madre le pareció que incluso los golpes pudieran ser los del mismo chico rebotando sobre las coberturas de invierno de su cama. Cuando la madre había decidido tocar a la puerta y mencionar el nombre de su hijo antes de decir te ocurre algo los golpes cesaron de improviso. La madre se separó de la puerta y esperó tres minutos. Antes de marcharse a la sala esbozó una sonrisa. Parece una manera casi bestial de inaugurar la pubertad, pensó. Seis pasos más allá una voz profunda sustituyó a los golpes del pasado. Búfalo blanco, cinco octavos sioux, oyó. Entonces la madre supo que su hijo acababa de soñar un sueño nativo por la simple razón de que su marido era seis octavos lakota y que no siempre las primeras ráfagas de los doce años tienen por qué ser hormónicas.
El hombre llegó a la casa al filo de la media noche porque el Gran Contenedor de Bethesda había llegado tarde a los almacenes del puerto y la orden decía que nadie podía marcharse hasta que no hubieran descargado todas los sistemas de radar de última generación que sustituirían a los viejos mecanismos utilizados durante el Recate de Kuwait. El hombre sabía que solo el próximo lunes los portaviones de Norfolk comenzarían a recibir el portentoso paquete tecnológico. Su mujer estaba en la sala mirando el tráiler independiente de Legalmente rubia III y cuando lo sintió tan rematadamente cansado optó por no contarle nada del sueño del chico en medio del Armagedón de Golpes. En la madrugada, desde el segundo piso, las arenas blancas de Virginia Beach refulgían como esmeraldas tratadas con ámbar de secuoya y las luces de los grandes mercantes que surcaban las aguas del Atlántico a lo lejos, se le antojaban al hombre gigantescos bisontes adornados con cocuyos de Dakota del Sur. Cuando el hombre habló con idioma de símiles la mujer le quitó su mano de la cadera y le pidió vamos a dormir porque acababa de convencerse de que los sueños telepáticos eran tan verdaderos como el pastel de manzana. Me parece que el chico no va a querer ningún juego de consolas estas vacaciones, dijo el hombre mientras le echaba el brazo derecho sobre sus hombros. Entonces comprémosle lo que desee. Quizás un ternero de búffalo blanco. La mujer se estremeció debajo de su abrazo. Por qué no, concedió. Delante de sus ojos la mujer era una mujer de una hermosura soberbia y ella tuvo esperanzas. Deja el bulto con la pipa sobre el sofá y vamos a la cama, agregó el hombre. Desde el cuarto del chico otra vez la voz quebrada búfalo blanco cinco octavos sioux. Déjalo que sueñe desde tu tolerancia celtíbera, le pidió. Te amo Gran Ponedor de Tecnología Para Portaviones. Déjame deshacerte de tu nube gris.
En la trastienda del desayuno el chico dijo que se había pasado la noche soñando con búfalos blancos pero que el último de sus sueños no había tenido nada que ver con bisontes. Una mujer de una belleza indescriptible salida de una burbuja de hierba en el centro del techo le había pedido que cambiara sus intenciones de tener las últimas consolas de Sonny por algunos viajes hasta los escenarios en donde los bisontes americanos habían sido protagonistas y trataban de continuar siéndolo en medio de una porción innominada de indiferencia humana. Estoy muy orgullosa de su sangre lakota, dijo la mujer, así que viajemos hacia esos escenarios en donde los búfalos marrones pastan por su respeto. Tres portaviones más y estamos tomando autopista, apuntó el hombre. Las vacaciones no tienen siempre por qué ser de verano, el chico se paró de la mesa y preguntó que por qué los bisontes de su sueño eran blancos. Trataré de explicártelo en el camino del Bronx, dijo el padre.




Mientras dos jóvenes cazadores de búfalos del pueblo lakota se toman un descanso en el centro del día se percatan de que un ternero blanco de búfalo se acerca hasta el lugar donde descansan. De pronto el ternero blanco se convierte en una bellísima mujer que camina y que canta y que se contonea para que ellos puedan darse cuenta de su entorno sagrado. Uno de los chicos lakota no puede creer lo que está ocurriendo delante de sus propios ojos de cazador de búfalos y percibe como que su cuerpo vibra de una manera conocida. De modo que le pide a la mujer que se acerque. Entonces una gran nube gris lo cubre todo y cuando se hace de nuevo la luz donde hubo un cazador de búfalos incrédulo y ardiente solo queda una pila de huesos amontonados con nostalgias de esqueleto. El chico lakota que solo se había maravillado de la conversión no puede evitar hincarse de rodillas y comenzar a rezar. La mujer le pide que se marche y que le diga a su gente que regresará en cuatro días para traerles un bulto sagrado.

El chico cinco octavos soiux dijo que no tenía ningun interés en recorrer el Complejo de Zoos ni el Acuario del Bronx. Que ya sabía de sus animales y de sus especies y de su desprecio por las jaulas en favor de los espacios abiertos. Agregó que estaba maravillado con la visión de los grandes bisontes marrón oscuro en la magia mutante del invierno pastando la yerba preciosa y que en verdad solo cuando los había visto tan de cerca se había convencido de que podían alcanzar los mil kilogramos dentro de una armazón capaz de extenderse hasta los tres metros de largo por casi dos de alto. Cinco octavos soiux, dijo el hombre, los conquistadores españoles se pasaron décadas tratando de encontrar las siete ciudades del búfalo en algún lugar de las planicies sin fin entre Las Rocallosas y Los Apalaches. Hasta que llegaron los ingleses con su visión letal del comercio y comenzaron a matarlos en una razzia indescriptible de exterminio masivo gatillada por su piel, agregó la madre. Tú eres siete octavos inglesa, recordó el chico. Ya he pedido ocho octavos veces perdón por ello, recordó la madre. Para 1880 no quedaban ni siquiera mil bisontes y gran parte de las Naciones estaban desplazadas incluso más alla de las planicies infinitas, apostilló el padre. Mil bisontes en donde habían pastado en los tiempos civilizados - ironizó el chico - decenas de millones de búfalos, bichos que lo daban todo y que cuando nacían blancos se convertían en sagrados. Gracias, Zoo del Bronx, por acoger a esa manada y por permitir que se inaugurara la era del Restablecimiento del Bisonte en los espacios americanos, señalo el padre. Nos fuimos, dijo el chico, y se dirigió al padre no olvides que Jacoby Ellsbury y mis Bombarderos del Bronx están seis juegos arriba de tus Azulejos de Toronto en el Este de La Americana. Ya los alcanzaremos, descuida. Dos octavos canadiense, dijo la madre.




Cuatro días después la gente lakota está reunida esperando por el ternero de búfalo blanco que es capaz de convertirs en una mujer de belleza única que camina despacio, que canta y que se contonea para que todos puedan observar su entorno. De pronto una nube gris cubre al pedazo de cielo que cobija a los lakota y el suelo que les sustenta se hace opaco. La nube gris desciende lentamente hasta tocar tierra. La nube gris se deshace para dar paso a un ternero de búfalo blanco. Cuando el ternero termina de rodar sobre el pasto se levanta y los lakotas ven a la bellísima mujer de que les habló el cazador, la misma mujer que convirtió en un amasijo de huesos al cadáver descreído y tórrido de su compañero de caza. Otra vez la bella mujer camina hacia ellos, canta, se contonea y en una ceremonia sencilla les entrega el Bulto.

Enseguida que traspasaron la frontera de Dakota del Sur la mujer supo que tenía que detener el Jeep. Estaban en territorio soiux lakota y su marido y su hijo jamás dejarían de hincarse sobre la tierra de sus ancestros. Esta es la tierra del Bulto y de la Pipa, dijo el padre. No tienes que decirme que no habrá nubes oscuras ni terneros blancos convertidos en Taylor Swift porque sabes que yo entiendo, apuntó el chico. Lo sabemos, agregó la madre desde su posición de besadora de la tierra lakota. Gracias, mamá, no tenías por qué hacerlo. Descuida, que también "haré otra cosa" cuando estemos en Rancho Triple U. El hombre le pellizcó una nalga y les pidió que regresaran al Jeep. Los grandes búfalos marrón pastaban por la libre en las hermosas planicies lakotas de Rancho Triple U y el hijo sujetó las manos de la madre a sus espaldas y le susurró no saques tu Winchester Mrs Woman de Leiscestershire para que no puedas hacer otra cosa. Acaso no me veo bella. Acaso no eres mi mujer. Acaso no eres mi madre. Acaso no acabo de bajar con la nube gris como ternero de búfalo y convertirme en una mujer y en una madre bellísima que trae un bulto premiado para mis chicos lakota. Nos vamos a Wyoming, dijo el hombre.




Antes de toparse con las manadas de bisontes bien adentro de Yellowstone National Park la familia de Virginia Beach se cruzó con los lobos grises y con los alces beige, con las cabras monteses y con los pumas americanos que caminaban su cautiverio falso por entre el bosque subalpino, por entre los lagos milenarios, por entre los cañones majestuosos, por entre los ríos de torrente furioso, por entre las cataratas asombrosas y por entre las cadenas montañosas de picos nevados. Los animales del Parke andaban por las carreteras como si el Jeep y sus ocupantes fueran dos subespecies aceptadas y muy pocas veces les prestaban atención. Durante once mil años allí hubo vida humana y la fauna compartió con los primeros moradores cuando la carne y las pieles eran una necesidad y solo se tomaban con el debido respeto. El 1872 el Presidente Ulises Grant había legalizado al Parque Más Antiguo del Mundo. Los búfalos no se acercaban a los géiseres ni a los volcanes activos porque los búfalos son muy respetuosos del infierno natural de la actividad geotérmica. También sabían del peligro de intentar escapar del Parque porque los ganaderos de los alrededores no deseaban mezclar las razas. y por ello estaban muy conscientes de que su seguridad estaba dentro de los predios de Yellowstone Park Bison Herd. No importaba que la seguridad fuera relativa dada la demanda de carne de búfalo que se estaba destapando en algunas regiones motivada por asuntos de colesterol bajo y que tocaba a sus congéneres criados para ello fuera del Parque. Cuántos bisontes dicen que hay en Yellowstone Park, preguntó el chico. Como 400 mil, respondió el padre, pero parece que eso incluye a otras Reservas Naturales. Sepan ustedes, chicos lakota, que antes de la llegada de esa gente española teníamos unos cien millones de bisontes pastando las grandes planicies, disertó la madre. Que "casi" permanecieron inalterables hasta que llegó otra gente de un poco más arriba de Europa enamoradas de las pieles cambiantes en el tiovivo de las estaciones, redondeó el chico. Ya sabemos las tantas veces que has pedido perdón, así que no lo repitas, aclaró el padre. Perdón, dijo la madre. No estoy seguro, pero el bisonte no es también el animal emblemático de Idaho y Montana, inquirió el chico. Buena pregunta, creo que sí, por lo menos supongo compartan su emblematicidad. Muy bien, nos vamos a México, remató el padre.




Dentro del Bulto Prometido había una Pipa Sagrada que los impuros jamás podrían ver. El tazón de la Pipa era de piedra roja porque la piedra roja era la Tierra. El brazo era de madera porque la madera era de las cosas que crecen. En el centro del Tazón había un ternero de búfalo labrado que representaba a los animales de cuatro patas y a sus hermanos. Desde donde se unía el brazo con el resto del Tazón nacían y colgaban doce plumas de águila que simbolizaban la hermandad de los hombres. Fumar de la Pipa significaría oración, plegaria y unión. La mujer estuvo cuatro días con ellos y les ilustró en todo lo que tenía que ilustrarles. Si cuidan y respetan a la tierra serán eternos, les dijo, regresaré algún día por el Bulto, el nacimiento de un ternero de búfalo blanco será señal de que se acerca el momento de mi regreso. Desde sus Reservaciones, nuestros pueblos nativos continúan cuidando y respetando a la Tierra, por eso son eternos, dijo el hombre. Soñé que la Pipa existe realmente en la Reservación Sioux lakota pero he leído que está en la Reservación Sioux cheyenne, dijo el chico. También tengo esas noticias, pero lo que me alegra en verdad es que esté en algún lugar de Dakota del Sur, el padre manejaba encandilado por los espejismos del desierto de Arizona. Se asegura que han nacido tres búfalos blancos - aclaró la madre -, uno en 1933, otro en 1994, al que pusieron Milagro y el último en 1996, bautizado como Rueda Medicinal. También tengo esas noticias y sé que se asegura eso - ironizó el chico - pero qué pasa con el regreso de la Bella Mujer que sale del ternero de búfalo blanco, es que no siempre puede cumplir sus promesas. La madre miró al padre y esperó a que él respondiera. No olvides que ella dijo "el nacimiento de un ternero de búfalo blanco será señal de que se acerca mi regreso". O sea, dijo el chico, que en cualquier instante se puede aparecer en Rancho Triple U de la misma manera en que en cualquier instante se puede aparecer el Mesías que espera mamá. Exactamente, corearon los padres. Me sirve, dijo el chico y los padres no supieron si continuaba ironizando.

Chihuahua era la Marca Sur de los bisontes americanos. La Marca Norte abría en las grandes planicies canadienses. Se asegura que a principios del Siglo XIX todavía quedaban bisontes en Chihuahua. En el año 2009, el Gobierno Estadounidense - empeñado en repoblar los sitios tradicionales del bisonte americano - entrega 20 hembras y tres machos al Gobierno Mexicano. Dos de las hembras viajaron preñadas. Las hembras y los sementales provenían de Wind Care, Dakota del Sur y de Colorado. El primer descendiente de las cepas norteamericanas nació en Mayo del 2010 en Rancho El Uno, noroeste de Chihuahua, a 230 kilómetros de Ciudad Juárez. Se trató de un ternero de búfalo marrón ligero.
Las encargadas de dirigir la visita de la familia estadounidense comenzaron a hablar en inglés. No se preocupe, les dijo el padre, mi esposa es Doctora en Lenguas Hispánicas, mi hijo domina perfectamente el español y a mí no me ha quedado más remedio que convertirme en una esponja parlante. No compartimos la opinión de Donald Trump, dijo la madre. Despreocúpase, pero gracias por decirnos que ese señor tiene opiniones. De nada.
Los bisontes de Rancho El Uno se aparecieron despavoridos y pasaron como una exhalación por delante del par de guías mexicanas y de la familia de Virginia. Pocos minutos después una gran polvareda anunció a un ternero de búfalo retrasado que se detuvo delante de la comitiva para observarla con delectación. No era un ternero de búfalo blanco pero a la famila se le antojó que era mucho menos marrón de lo que exigía la estación del año. El chico no esperaba a ninguna nube gris aterrizada ni a ninguna bella mujer convertida ni pensaba ser descreído para no terminar convertido en un montículo de huesos en los tremedales de Chihuahua. Sin embargo preguntó que cómo se llamaba el ternero de búfalo "casi blanco". La Guía Morena sonrió. Espera a que se sacuda el polvo, dijo. Les llamamos a todos los búfalos "parditos", dijo la Segunda Guía. Ah, como a los hijos y a los nietos de Jeb Bush y de Columba, preguntó la madre. Correcto, dijo La Morena. El padre se dirigió a su esposa. Estoy seguro de saber cómo le llamarías tú si te dejaran nombrarlo, le guiñó un ojo al chico. Le llamaría White Lakota, aseguró la madre. No, querida, dijo el chico, le pondrías Búffalo Bill. Ya tiene nombre, dijo una voz recién llegada y que salía de la boca de un hombre vestido como los vaqueros tradicionales de Rancho King. La aparición se metió sus dedos pulgar e índice en la boca, extendió con ellos las comisuras de sus labios y silvó con todas sus fuerzas. La manada despavorida de búfalos de Chihuahua regresó al instante y a la familia estadounidense le pareció que se ponían a su disposición. Los búfalos formaron en dos filas paralelas y después se colocaron de frente. El vaquero cogió un látigo de piel sintética que estaba sobre una de las cercas de madera y lo chasqueó en el aire. Los búfalos levantaron sus patas delanteras y unieron sus pezuñas. El vaquero chasqueó de nuevo el látigo de piel sintética hacia el ternero desempolvado y le señaló el túnel debajo de los búfalos. El ternero se encaminó hacia la boca del túnel y el vaquero y las dos guías se alejaron de la escena. El ternero resbaló debajo de las moles de los búfalos hasta que salió por el otro lado y entonces a la familia de Virginia le pareció que lo que caminaba hacia el oeste era un hombre de estatura baja y complexión fuerte que no volvía la vista ni movía las manos para espantarse los pellejos de nube negra que le acompañaban. Oh, México mágico, dijo la madre.
No había nadie en los alrededores y la familia de Virginia se cansó de esperar por las dos guías y por el vaquero. De modo que subieron al Grand Cherokee sin depedirse y el chico vio a los perritos de pradera que pasaban por el oriente de Rancho El Uno. Entonces marchémonos de ellos, dijo el padre. Me parece correcto, dijo la madre en español. El vaquero comenzó a recortarse en el espejo retrovisor hasta que llegó al jeep y se inclinó hasta la altura de la ventanilla del conductor.
Se llama Chapiosiouxteca Guzmakota, dijo.


Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Agosto 22 del 2015.















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