En asuntos de moral las clonaciones con libre albedrío son fatales.
Filósofo sin postgrados, alumno de Perogrullo.
En Marzo del año 1980 mi amigo Hipólito Cabrera, segundo al mando en el Departamento de Personal del Batallón Agropecuario en donde pasaba el tercer año de Servicio Militar Obligatorio en el Municipio Bolivia de la provincia de Ciego de Avila, estaba trabajando en mi Baja del EJT. La sigla EJT era la marca eufemística que designaba a la versión agro del Servicio Militar Obligatorio. Durante tres años los jóvenes que habían sido designados para "pasar" el Servicio en la Agricultura apenas veían algún armamento de bajo perfil en los períodos de Preparación Combativa y ello era poco menos que simbólico. Jamás tuve en mis manos otra cosa que no fuera algún viejo modelo del fusil checo M-52. La Revolución les necesitaba "cortando caña" en tanto los otros tenían la "hermosa tarea" de aprender los importantísimos mecanismos de defensa de la Patria de Todos. Ya he mencionado aquí los motivos que me llevaron a tener que estudiar Física Pura en la Universidad Central de Las Villas, el por qué de mi abandono de la carrera en el primer año y los pocos meses en que trabajé como Maestro de Todo y de Nada en una Escuela de Construcción Industrial en Caibarién. He mencionado, además, que cansado de no tener espectativas profesionales en un país comunista - entiéndase espectativas vocacionales - y sin ser dueño de un diseño correcto para ejercer la Pedagogía casi que me había entregado en manos de los controladores del tráfico agromilitar, quienes me levantaron en vilo desde mi casa de campo en Junio de 1977, "seleccionándome" para cumplir mis tres años en el Ejército Juvenil del Trabajo.
Entonces poseer un título de Enseñanza Preuniversitaria era un aval que podía llevarte a ejercer ciertos trabajos relativamente decentes. Pocos días después de haber llegado al intrincado Campamento de La Gloria en el sur del municipio avileño de Majagua, las autoridades del Batallón 3445 comenzaron a preparar la Nueva Plantilla con los soldados del "14 Llamado de la Patria". Un amigo que había sido promovido hasta allí porque era mecanógrafo me había dicho que enseguida que hubiera un chance me pondría una piedra con los mayimbes para que yo también comenzara a trabajar en el Bon. Lo que se produjo muy pronto. Había una vacante disponible para alguien que pudiera trabajar en el Departamento de Retaguardia, Rama Vestuario de Dormitorio. De modo que una mañana el ZIL ruso de cuatro ruedas que nos llevaba el pan me regresó al Batallón y nada mas llegar fui entrevistado por uno de los Captadores de Talento. El agromilitar me observó con calma. Oye, guajiro, ven acá, tú no eres el tipo que animó el Acto de Bienvenida el otro día, me preguntó. Sí, respondí. Había ocurrido que aquella tarde necesitaban a alguien que cogiera un micrófono e hiciera de maestro de ceremonia durante la sencilla actividad de bienvenida e ingreso en las filas del EJT. Yo tenía un mínimo de experiencia en lides de esa calaña y dije que podía hacerlo. Entonces mi dicción era correcta y aunque me faltarían años para que intentara convertirme en actor y director de teatro ya era capz de representar "papeles" de revolucionario.
Solo que para trabajar en las oficinas del Batallón era necesariamente obligado jurar por un período de cinco años. Tragué en seco cuando oí la noticia. Si tres años parecía una parcela de la eternidad, otros 24 meses agregados serían como visitar todos los masallaces inimaginables en medio del caos concertado más horripilante. Dispuse de una semana para pensarlo. Al cabo de la cual pude atesorar los argumentos necesarios que me hicieron responder "sí". Después de algunos telefonasos y de ciertas charlas con agrosoldados de Llamados Anteriores que hicieron de "asesores de alcurnia" me convertí en uno más de los que trabajaba en la Sección Retaguardia del Bon 3545 en el Central Azucarero Orlando González, ex Algodones, Municipio Majagua, Provincia de Ciego de Avila. En los próximos dos años y fracción por mi modesta oficina pasarían todos los tejemanejes del avituallamiento de dormitoria de los soldados. Mi manera de ser y de trabajar me convirtió casi en un semidiós en la conciencia de aquéllos. Sin embargo mi manera de "comportarme" en la sociedad cerrada del universo agromilitar me volvió la peste misma y solo mi capacidad para hacer correctamente el trabajo y mi apariencia de imprescindibilidad me salvó del ostracismo y de los calabozos. De momento.
Cuando a mediados de 1979 el Batallón es trasladado para Falla, centro norte de Ciego de Avila - porque la Zafra Azucarera "nos necesitaba" allí - ya yo estaba "en lista". Me habían advertido montones de veces que dejara de comer tanta mierda con mis posiciones "ideológicas burguesas" y que mejor me pusiera para las cosas porque mi talento "podria llevarme" hasta donde yo quisiera. Recuerdo que una tarde conversaba con el Tipo Duro del Bon, el Teniente Correa, acerca de las diferencias en cuanto a capacidad militar entre La URSS y los EE.UU. Un grupo de soldados gozaba de lo lindo con la exposición detallada de mis estadísticas a favor del Complejo Militar Industrial Estadounidense. Finalmente Correa se levantó de su banco en el Comedor, se ajustó el pantalón verdeolivo y me miró en silencio durante medio minuto. Luifumero, tú ere el tipo má comepinga que yo he conocío en ete mundo, si tú quisiera podía etar en mi pueto, comemierda, casi que me gritó desde su acento oriental. Todavía se volvió desde la puerta que llevaba a la acera norte. Ten cuidado, sentenció. Como se trataba de un hermosísimo piropo a mis capacidades intelectuales "infinitas", dije "gracias, Teniente, tomo nota".
Pocas semanas más tarde - y vueltos a trasladar para el Municipio de Bolivia, noreste de Ciego de Avila - saboteé una Inspección General al Batallón de la "gente de provincia" porque estaba cansado de quejarme de los contratiempos que me impedían realizar mi trabajo decentemente y uno de los Jefes de la Visita - el Capitán Matos, un enano famoso por sus métodos semihitlerianos que trabajaba en la Subdivisión de Morón -me regresó en su yipy soviético Gaz-67 al calabozo de su Unidad en el oeste de la Estación de Ferrocarril. Recuerdo que se volvió desde su asiento de jefe con chofer y después de observarme durante unos segundo me espetó "así que tú eres el famoso Luis Fumero". "Seguro, señor, pero no tanto como usted", dije sin responder porque él solo habia hecho una observación irónica, que no una interrogación. El Capitán Matos chasqueó sus labios y sonrió levemente. Como quien dice "habrá que escarmentarte, villareño de mierda". Sin embargo esa semana en el calabozo de Morón no había delincuentes ni pichones de asesinos sino soldados comunes que cumplían castigos por delitos menores. Muy pronto sería su mentor sobre temas "diferentes" y pasaríamos las largas horas de encierro en una covacha que albergaba a más de quince confinados en una espacio que apenas daba para cuatro entre chistes, anécdotas amorosas y "conferencias magistrales" acerca de la verdad sobre los "misterios" de la Revolución. Cuando el nuevo amigo, que ahora era algo así como el secretario del Capitán Gelacio, llegó para sacarme de la ergástula, había perdido como seis libras, tenía la barba percudida, los ojos nadando enloquecidos en sus cuencas y la ropa de ejetotero tan sucia como si hubiera estado trabajando un siglo en los vertederos de Morón. Así mismo nos fuimos a la Terminal de Guaguas y regresamos al Batallón una tarde de preinvierno de 1979. Mi amigo esperó a que me sentara en mi vieja cama del albergue de "los cuadros". El lunes te mandan para el Campamento del Monte de Cunagua, me dijo. Ok, sé lo que me espera, cortar caña no acabará conmigo, expresé. Lo sé, primera parte cumplida, el "reenganche quitado" entra en su segunda fase. Eso espero, hermano. Para la época yo seguía sin respuesta a una carta que le había enviado al Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, el "hermano" Raúl Castro, en la que le pedía su ayuda y apoyo para conseguir una beca en el Instituto Técnico Militar, ITM, con el fin de estudiar la carrera de Arquitectura. Lo que formaba parte de otro "plan" que no tenía mucho que ver con el plan de escapar de los cinco años malditos. Un mes más tarde me informan que las Autoridades Provinciales del EJT habían decidido convertirme en un "soldado raso" y que por tanto mis dos años suplementarios de "servicio" al Ejército Revolucionario serían desestimados porque mi conducta no era la conducta de "un revolucionario" al que la Revolución le daría otra oportunidad para que pudiera "rectificar" sus posturas ideológicas nocivas. Sonreí en silencio. Porque yo no estaba actuando con doble moral. Yo solamente actuaba con doble perspectiva. Ahora te toca a ti, le dije al secretario del Capitán. Se dice que en estos momentos se puede solicitar la Baja aunque estés reenganchado y te la dan, explicó. Mejor, así no tienes que meterte en ningún lío, le advertí. Veremos, expresó, pueden ser solo bolas de Radio Bemba. En la portada de la Zafra Azucarera de 1979 - 1980 me vi albergado en los tremedales del Monte de Cunagua, a la vera de un barrio con predominio de haitianos, convertido, por obra y gracia de mis genes contestatarios, en un cortador de caña quemada. Mi salario fijo de 120 pesos mensuales se había convertido en un salario llamado "ganarás por lo que cortes" en el campo. Mis antiguos protegidos eran ahora mis compañeros de hambre, de insalubridad, de noches gélidas en la falsa canícula del eterno verano y de las mañanas árticas debajo de las ropas verticales y su guarapo congelado de la tarde anterior. Mi Brigada se llamaba Menuel Hernández - siempre la nomenclatura del martirologio en el santoral marxista criollo - y mi compañero de corte sería el mulato oriental Germán, uno de los tipos más exquisitos que he conocido en mi vida. Ya se sabe que soy campesino de pura cepa y que durante los períodos de la Escuela al Campo y el ano aciago en que fui separado "provisionalmente" de mi título de Director Teatral había cortado caña de azúcar y que en honor a la verdad jamás tuve rivales con una mocha en la mano. En el Servcio Agromilitar no pasaría lo contrario. Además, soy un hiperquinético brutalmente compulsivo. Así que dos semanas después de haber debutado en los largos tajos de caña quemada - el sistema australiano de cortar los cañaverales por el tronco y por el cogollo para facilidad de las alzadoras mecánicas se había hecho ley en Cuba - mi amigo Germán estaba pidiendo el agua por señas y el resto de los cortadores - casi todos de la provincia de Oriente - estaban asombrados "de la caña que cortaba Luis Fumero", ese "que se ha pasado casi todo el Servicio en las oficinas del Batallón". Ser un cortador "largo" tenía tres aristas ventajosas. Ganar más dinero, tener tiempo para jugar beisbol por las tardes - terminábamos la norma antes de la 1 y regresábamos a pie por los terraplenes enceguecedores compactos de polvo blanco - y esperar impacientemente, sin molestias de los jefes, a que llegara Junio y recibir la Baja del condenado Servicio Militar Agropecuario.
Había decidido esperar el Día de la Baja sin complicarme en asuntos ideológicos. Pero las complicaciones nunca dejaban de complicarme. Durante mis últimos días como Avituallador de Vestuario un muchacho muy joven de La Habana estaba detenido en el calabozo del Batallón porque había regresado tarde de un Pase. Yo trataba de hacerle la vida más llevadera y a veces le llevaba algunas golosinas. Una mañana me enseñó el dichoso Pase. Me di cuenta de que había regresado "solo unos días después". Así que le dije "podías haber arreglado el número y asunto resuelto". Lo dije en broma pero Pimienta no "olvidó lo que expresé". Al otro día llamó a uno de los Jefes y le reprochó que lo tuvieran preso por "gusto" porque había regresado en tiempo y forma. Cuando el cuadro revisó el documento de Pase se dio cuenta de que acababa de ser falsificado. El imberbe Pimienta solo necesitó dos rondas de interrogaciones para ladrar "Luis Fumero lo hizo". De modo que me llamaron a contar. No sales de una para entrar en otra, coño, guajiro, me dijo el investigador de falsificaciones amateurs que, hasta cierto punto, era mi socio. No pude evitar sonreír. Carajo, qué putica de ballú nos salió el habanerito, definí. Cómo se te ocurrió falsificar ese Pase, compadre. Te he dicho que no le falsifiqué nada, es un habanero con mucha imaginación y pocos cojones, simplemente. Así que no fuiste tú, eh, entonces demuéstraselo a los expertos de Provincia. No tendré que demostrar nada, se trata de un tipo al que le dije que era una lástima que su pase no hubiera sido por un poco mas de tiempo y él elaboró una idea personal. Y crees que te creerán esa talla. No sé ni me importa un carajo, ya estoy cansado de tanta mierda. Durante el próximo mes tuve que ir por lo menos cinco veces al Batallón Provincial de Ciego de Avila. Tuve que ir, no. Me llevaron. Recuerdo que casi siempre me acompañó mi amigo el secretario de Gelacio y que aprovechaban cada camión que salía para provincia. En una oficina polvorienta y sin ventilación un experto me sometía a largas sesiones de caligrafía numérica solo para "demostrar" que el número agregado al Pase de Pimienta era obra de mi puño y número. Yo repetía el trabajo hasta el agotamiento y siempre tenía mucho cuidado de poner mi caligrafía stándar y no el garabato que había colocado en el Pase del Habanero Puta. Fuiste o no fuiste tú, me preguntaba el Secretario del Capitán. No me hagas preguntas estúpidas compadre, quién cojones iba a ser. Pero cómo coño te metes en eso si eso no tiene nada que ver con que te quiten el reenganche. Mis puntos de vista ideológicos no tienen nada que ver con la manera en que veo algunas cosas dictadas por el corazón y por la manera en que fui educado. Muy bien, entonces sigue haciendo de Padre de las Casas confiando en chivaticos de fuma y déjame el cabo. Eso es otra historia y tienes razón. Nunca mas visité a Pimienta mientras estuvo detenido en el Bon y me apenó que tuviera que pasar necesidades en su calabozo portátil pero decidí que era mejor de esa manera porque verlo hubiera implicado insultarlo y posiblemente insultarlo hubiera implicado tratar de golpearlo. Lo vería meses después, convaleciendo de alguna enfermedad en el albergue de los cuadros. Recuerdo que alguien me dijo "esta aquí" y que cuando levanté el mosquitero de su cama se encogió como un jubo de basurero y se recostó contra la pared.Tranquilo, no pasará nada, le dije. Volví a colocar su mosquitero bajo la colchoneta y me retiré. Todo el mundo se enteró del motivo de mis viajes a Ciego de Avila y todo el mundo pensó que si bien me había escapado de la cárcel debido al desboque imparable de mi lengua larga con un simple traslado a los cañaverales quemados un lío de falsificación de documentos era otra cosa muy diferente y demasiado seria por cierto. Un grupo de amigos comenzó a pensar en la manera de sacarme de menjunje tan grave. Uno de ellos se acercó a mi una mañana en que realizaba un Inventario de Ropa de Cama. Cómo va el asunto del Pase de Pimienta, me preguntó. Igual, no me dicen nada, ya he llenado como doscientas hojas con el famoso número. Tú sabes que eso es harina de otro costal, agregó en voz baja, y que por eso sí que pueden clavarte. Sí, lo sé, pero no van a demostrar nada, al carajo. De todas formas alguien quiere darte una mano en eso. Me volví. Darme una mano, qué quieres decir. Edgardo quiere verte. Edgardo, quién pinga es ese. Juanito, chico, el de Venegas, se llama realmente Edgardo. Y cómo puede darme una mano, yo no estoy buscando una mano de nadie. Deja ese orgullo asqueroso que tienes Luis, y no jodas que tú sabes mejor que nadie que una falsificación de documentos puede joderte la vida sin que ello tumbe al comunismo. Ok., como quieras, que me vea y veremos cuál es su magia. Esa es la palabra, "su magia". Está de pase, enseguida que venga tratará de contactarte. Tiene su Pase "en regla", ironicé. Por lo menos él no está loco, bromeó. Cuando Juanito regresó de su Pase ya yo estaba castigado en el Campamento del Monte Cunagua y no tuvo necesidad de contactarme en el Batallón. Te voy a hacer un "trabajo", me dijo. Qué, vas a "cortar" mi tajo de caña, le pregunté. Oye, cállate, coño, que esto es muy serio. Entonces caí en la cuenta y recordé que vivíamos en medio de un barrio de mayoría haitiana, casi un barrio barracón, y que los negros haitianos tenían fama de ser curanderos de altos quilates. Alejo Carpentier y sus haitianismos del reinodestemundo pasaron desbocados por los intersticios más subliminares de mi mente. Te veo demasiado "claro" para "eso", dije, más que claro, casi "rubio". Tranquilo, mañana por la noche iremos a la casa de un haitiano amigo mío. Y qué tengo que buscarte. Nada, yo me encargo. Yo tenía poco más de veinte años y sabía bastante de brujos y de curanderos y ya había tenido mis primeros encontronazos con el Panteón Yoruba y jamás había dejado de recordar las historias crepusculares de Llylle Lara en casa de su hermana Mary ni mucho menos el set en casa de mi abuela en el que los dos curanderos habían "resuelto" el Superdaño que le habían echado a mi tío Enrique. Pero mi fe no era solvente mas allá de los grandes misterios de la Duda Eterna. Está bien, Juanito, tú eres el Jefe, concedí.
La chabola del haitiano estaba en el sur del batey, entre un semibosque de guásimas, de atejes, de palmas reales y de plantas ornamentales. La habían dejado sola para que Juanito pudiera "trabajar" en calma. Durante el breve trayecto desde el campamento los viejos haitianos tomaban atardecer en el frontis de sus bohíos con la misma mirada ausente y el desamparo atávico de aquellos haitianos desfavorecidos de mis tiempos de la Escuela al Campo en los predios del Central Aracelio Iglesias, ex Nela. Así que les acompañé en sus miradas al cielo de Mackandal y de Boukman, de Ti Noel y de Henri Christophe por sobre sus nostalgias de la Revolución Francesa y de Desalines retrotraídas al Imperio de Papa Doc y les volví a acompañar cuando bajaron sus ojos cansados hasta la tierra que debía estar al nivel de su tierra de Cabo Haitiano. Juanito me dijo siéntate ahí y déjame hacer sin que muevas tus labios ni para pedir oxígeno. La ceremonia fue muy poco original y por supuesto que bastante parecida a la que desarrollaron el par de santeros aquella vez en la sala de la Abuela, si descontamos la pobre locación y los intríngulis de un trabajo sencillo para resolver un Caso Complicadísimo. Juanito tenía su tabaco cubano, su botella de ron y su ensarta de piedras mágicas sobre la mesa. A su espalda las eternas imágenes del adorable sincretismo extrapolado desde Africa Mía. De modo que fumó yerba nacional y expelió el humo hacia todos los puntos cardinales, bebió tragos del elíxir del infierno y los lanzó contra todas las paredes mientras jugaba con sus piedras a un juego místico que me recordaba a los deslizamientos pétreos por las barrancas de mi infancia. Detrás de su liturgia estaba el hablar en lenguas sobre la calma de las asperciones. Casi que le digo "apúrate Negra Andrea", pero recordé que me había repetido de la seriedad del instante. Cuando Edgardo Juanito volvió a su realidad había perdido el color sanguíneo de su rostro castaño y sacudió la cabeza con los ojos cerrados. No tienes que hacer nada, Luis, solo esperar y verás cómo "los míos" te van a ayudar, me dijo, y concluyó "hemos terminado".
Por esos días yo estaba trabajando en los campos de caña sin haber recibido el Acta Médica oficial. Durante uno de los juegos de beisbol en las tardes insustituibles mi amigo el Negro Carballosa estaba tratando de dominarme con lanzamientos pegados a la cabeza y con su habitual velocidad aterradora de Serie Nacional. Nunca fui bueno para evitar dead balls y por ello ya tenía mis récords en cuanto a pelotazos recibidos durante mi prolongada carrera en el beisbol aficionado. La pelota me golpeó detrás de la oreja izquierda, sobre el hueso que está inmediatamente después del hueco del músculo del cuello. Caí como una piedra sobre el home plate. El dolor era menos que el gran zumbido que tenía en el oído. No perdí el conocimiento y en verdad no me explicaba cómo no tenía la zona apolimada ni estaba manando sangre por la oreja. Cuando terminamos el juego no podía soportar el dolor en la cabeza y el zumbido se había multiplicado por diez. Entonces temí. La base por bolas semiintencional que me había otorgado Carballosa me lanzó al Hospital Provincial de Camaguey en donde los especialistas dictaminaron "trauma craneal" en la segunda visita. Recuerdo que la primera vez me había llevado el Sanitario Edwin Masó y que habíamos disfrutado del largo viaje en tren así como de la maravillosa ciudad colonial que tantas glorias pasadas y presentes había dado al prisma nacional. Como los equipos estaban en reparación debí regresar semanas más tarde y lo hice solo, en ómnibus, desde la ciudad de Chambas. Comencé mi Licencia Médica en el albergue del Batallón y al poco tiempo me dieron un Pase Indefinido para que terminara de recuperarme en casa. Recuerdo que pasé mucho tiempo allí y que leí como un poseso todo lo que me cayó en las manos. Cuando calculé que el Pase se estaba prolongando demasiado le pedí a mi padre que fuera al Batallón para informar que no se me quitaban los dolores de cabeza y que el ruido en mi oreja se estaba haciendo más que insoportable. Mi padre se encontró con el Capitán Gelacio en Morón - mi padre contactó de casualidad a un "viejo vestido de militar" y le preguntó que cuál era su Unidad - y entonces le contó la historia. Gelacio había bajado de La Sierra Maestra con las tropas victoriosas de Fidel Castro y todos sabíamos que una bala le había convertido su cabeza en sesenta por ciento de platino. De modo que cuando oyó el relato de mi padre casi que se santigua y con los ojos acuosos le dijo que me tomara el tiempo que estimara necesario. Mi inconformidad con el diagnóstico de los profesionales de Camaguey me llevó al Hospital Provincial de Santa Clara. Allí me hicieron una Audiometría con todas las de la ley y diagnosicaron los mismo, excepto que el trauma craneal no me impediría trabajar en cualquier sitio no expuesto a grandes ruidos - el certificado mencionaba incluso la cantidad de decibeles permitidos - y que los traumas craneales solo se curaban con el tiempo. Pocos días después regresé al Batallón so pena de ser considerado desertor. La disciplina obvia nunca interfirió mi conducta. Dije a las autoridades que deseaba me llevaran de nuevo a Camaguey para que la Sección Militar del Hospital decidiera mi status médico. No lo hicieron y al poco tiempo me regresaron a la caña, en donde esperé impacientemente al mes de Junio entre juegos de pelota - ya no tenía dolor pero el ruido apenas había amainado -, hambre indescriptible, condiciones de vida infrahumanas y finalmente el bregar con el Affaire de la Falsificación.
Por tanto desconozco si mi condición de lesionado cerebral sin Acta Médica y mi conducta ejemplar en el trabajo llevaron a los Jefes a hacerse de la vista gorda cuando mis opiniones se iban de la ortodoxia tradicional en las reuniones del Comedor o cuando me iba cada fin de semana para la casa sin pedir permiso. El caso es que inmediatamente después del "trabajo" de Juanito mis viajes a Ciego de Avila para las rondas de las caligrafías con números se acabaron. Nadie expresó nada cuando detuve la zafra dos días hasta tanto no nos trajeran materiales nuevos de trabajo ni cuando rebauticé ciertos platos de comida que no eran decentes ni para perros condenados por morder a niños lactantes. Juanito y sus amigos colaboradores me miraban en silencio y sonreían pícaramente y yo interpretaba sus gestos como "no te lo decíamos ateo de mierda". Una noche Juanito me invitó a dar una vuelta por el batey. De verdad que necesito de otro "trabajo", le pregunté. Para nada, respondió, no sé de que se trata pero vas a recibir una gran noticia en estos días, espérala tranquilo. Yo no estaba tan convencido del poder de sus murumacas por los motivos que he expresado pero tampoco había tirado la toalla por aquello de la Duda Eterna, involuntario agnosticismo de alborada.
Mi amigo Hipólito Cabrera llegó una mañana de sábado al Campamento en rol de inspección. Te tengo la última, me dijo. La "última" era una notición. El Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Raúl Castro Ruz, había dictado una Orden - un Bando Militar Colonialista, pregunté sonriendo, - mediante la cual "todos los soldados del 14 Llamado que tuvieran vencida la enseñanza preuniversitaria" serían favorecidos por la Baja Anticipada para que pudieran "reintentar" continuar sus estudios universitarios por otras vías que incluían la Enseñanza Dirigida. Faltaba muy poco para la Baja Stándar, pero algo era algo. Polito Cabrera me copió en una hoja de papel los documentos que necesitaba y me pidió que "volara bajito" pues él era quien estaba haciendo las gestiones y pensaba priorizar mi Caso. Le miré en tono de "gracias, hermano" pero él lo interpretó de otra forma. Olvídate de tus problemas políticos o ideológicos o como te salga de tu tranca nombrarlos, esto es borrón y cuenta nueva y además es asunto mío, ok. Los jefes me dieron el tiempo "que necesitara" para buscar mi certificado de pre vencido y anexos. Tal vez se tratara de una casualidad pero los tarecos que había movido Juanito en la covacha del haitiano estaban funcionando. Eres libre de creer o no, pero te dije lo que pasaría después de aquello, me comentó cuando supo que me iría antes que él. Qué lástima que no seas negro o al menos castaño oscuro, sonreí. Las cosas del "otro lado" están sobre el color de la piel, definió. Regálame esa frase. No, te regalé lo "otro" pero esta sí que tienes que pagármela. Cuántas botellas de ron, cuántos tabacos, cuántas piedras mágicas, cuántas lenguas de repuesto. Hijo de puta, sonrió. Lo abracé. Eres un caballo, dije. A sus órdenes, jinete. Entonces yo no sospechaba ni por asomo que alguna vez volvería a consultarlo de nuevo para que me ayudara a resolver un problema de este mundo tratado por seres del otro.
El secretario del Capitán no pudo acogerse a La Ley del Ministro de las FAR. Cuando Polito Cabrera me mandó decir que estuviera listo porque ya estaba esperando la certificación de mi Baja, Luis Ese había acabado de ser liberado de su contrato de cinco años a petición suya y estaba cortando caña en la Brigada Manuel Hernández. Otra Ley no escrita del Ministro permitía solicitar licenciamiento del Servicio Militar a quienes habían jurado por más de tres años. Para entonces yo sabía que las carreras ofertadas no incluían nada de Humanidades excepto Derecho si es que podemos considerar a la Ley Ciudadana algo humanístico. Pensaba tomarme un año sabático antes de intentar regresar a la Universidad para jugármela en el universo de los aspirantes a convertirse en abogado. Habida cuenta de que en Revolución los "abogados revolucionarios" jamás podrían defender "a los contrarrevolucionarios". Tiempo que dedicaría a explorar alguna manera de salir del país a como diera lugar. En 1980 la lucha armada estaba ceñida a los Movimientos Nacionales de Liberación y era el Gobierno Cubano su mayor soporte. Porque ya no tenía que enfrentar movimientos de "liberación interior". Ahora se enfrentaba con éxito a los desvíados ideológicos y a una camada infima de disidentes que todavía no tenían valor para salir a la palestra. Yo no estaba muy seguro de los buenos resultados de la lucha desde el exterior contra el comunismo de los Hermanos Castro pero no había otras opciones. Pero sí estaba seguro de poder encaminar mi vocación en cualquier otro país. Que ese país fuera Estados Unidos no era pura coincidencia. En otro apartado de este Blog he hablado de mi participación en un Concurso organizado por la emisora cubana Radio Rebelde que buscaba premiar a los ganadores con un viaje gratis a las Olimpiadas de Moscú 1980. Las posibilidades de ganar eran menos cero y por supuesto que no fui agraciado. Mis intenciones no eran disfrutar de unas Olimpiadas boicoteadas por gran Parte del Eje Occidental debido a la intromisión soviética en Afganistán sino quedarme en el aeropuertos de Gander, Terranova, Canadá, o en el de Shannon, Irlanda, en alguna de las escalas técnicas y pedir asilo político con vistas a viajar a los Estados Unidos.
El 1 de Abril de 1980 un ómnibus repleto de cubanos impacta contra el frontis de la Embajada de Perú en Ciudad de la Habana. Disparan y matan al custodio cubano Pedro Ortíz Cabrera. Las autoridades consulares peruanas los reciben como a héroes. Las cubanas eliminan la protección a la Embajada y en menos de 48 horas penetran en la Sede alrededor de 3000 ciudadanos llegados de todo el país. La Habana les considera delincuentes comunes, matones de poca monta, escoria de la sociedad. Perú, Estados Unidos y parte del mundo occidental les catalogan de perseguidos políticos y se preparan para montar el espectáculo al lado del que ye está montando Cuba.
Unos días después Polito Cabrera me manda decir que puedo pasar por el Batallón a recoger mi Baja. Cada uno de los agrosoldados me da su mano ampollada y me felicita. Algunos no pueden dejar de recordarme, en broma, que yo "debía de estar cumpliendo condena en Quilo 7" y no "saliendo casi tres meses antes que mi Llamado" por obra y gracia de un Chino al que se le ocurrió tirar una Ley casi religiosa. Devolví cada saludo con sinceridad, agradecido por el hambre que me ayudaron a matar algunos amigos entrañables como el oriental "blanco" Luis Manuel "Lelén" Geré Arévalo y orientales "indios" como los primos hermanos Níver y Alexis Ginarte. Juanito me separó del grupo de los agrosoldados felicitantes para decirme que en una tirada de piedras mágicas que había hecho a manera de curiosidad no le habían salido buenas noticias para mi futuro inmediato. Pero tranquilo, mi "gente" no es infalible, trató de consolarme. Gracias, maestro, le apreté su mano. Venegas, no, pregunté. Sí, Venegas, ahí mismo, dijo, siempre a sus órdenes.
Mi padre - que no me había permitido debutar en la escuela primaria con la pañoleta roja de los pioneros comunistas - no compartía la idea de que me fuera a La Habana, solo, para tratar de entrar a la Embajada de Perú porque consideraba que "eso ya se había acabado" y que era mejor esperar a los nuevos acontecimientos que estaba seguro llegarían de un momento a otro. Los sucesos de la Embajada del Perú en La Habana ciertamente condujeron a una escalada en la que inobjetablemente se vio implicado el Gobierno de los Estados Unidos. Mi padre me recordó "no te lo dije" y opinó que había que esperar todavía un poco mas para ver cómo se desarrollaba el asunto. Mientras estábamos estudiando la situación mi mamá siempre tenía una cara extraña y dubitativa porque se debatía entre mi deseo de buscar nuevos horizontes y el suyo de tenerme a su lado por tiempo indefinido. Cuando Tery llegaba del Pre nos contaba que en Caibarién había mucho movimiento de personas tratando de viajar a La Habana para intentar meterse en la Embajada del Perú. También casi siempre traía una cartica de Maggy P. Barrios, una rubia de defensas soberanas que cursaba el Primer Año y con la que yo estaba coqueteando desde hacía como seis meses y que no era otra cosa que su respuesta a mi notica de ocasión. Digo desde "hacía como seis meses" para no incluir los escarceos incompletos de la adolescencia.
El Señor Embajador del Perú en Cuba, Edgardo de Habisch - sin contar con sus superiores en Lima - le pidió a los asaltadores de su Sede Diplomática que, por favor, salieran de la misma. La Cancillería Peruana no comparte su punto de vista y lo despide. El Gobierno de Cuba expresa que todos - excepto los que entraron por la fuerza - pueden regresar a sus hogares y volver a la Embajada de Perú y viajar legalmente a cualquier país que los recibiera bajo promesa de no tomar medida drástica alguna. Casi 3000 cubanos se acogieron a la propuesta. Mientras las autoridades cubanas colaboran con las peruanas en la atención a quienes se han quedado en los interiores de La Embajada, Fidel Castro hace una de las cosas que mejor sabe hacer: tirar a las masas a las calles. Debutan las Marchas del Pueblo Combatiente. En Washington y en varios países de América las autoridades incluyen en sus agendas, priorizadamente, al Caso Embajada de Perú en La Habana. Jimmy Carter no está seguro de lo que hará. Pero tampoco está inseguro. Fidel Castro sí lo tiene muy claro.
En casa, desconectando de mis casi tres años de labor ejotatiana y verdaderamente asombrado por las cosas buenas que me pasaron en el primer semestre de 1980, yo espero porque las aguas fluyan mucho más revueltas que lo que están fluyendo. Siempre fui un buen pescador en aguas claras. Mis padres no saben cómo reaccionar a mis proyectos y mi hermana no descubre aún la motorización de sus hormonas. En Caibarién Maggy P. Barrios espera por mi cartica de turno para responder con su andanada de ironías sugestivas.
En La Loma de Cunagua mis ex compañeros se mueren por la llegada del Documento Salvador. Algunos hace rato que están en sus casas con sus dedos voluntariamente mutilados, con sus piernas voluntariamente tasajeadas y con sus cerebros involuntariamente maltrechos. La Revolución avanza hacia su década tres. Fidel Castro está por cumplir 54 años y todavía se cree Supermán. Yo aún no tengo 24 y vivo en una zona cercana al limbo. Desde donde veo nítidamente a las primeras estribaciones del infierno sin que tenga que voltear al Purgatorio. A las que no deseo dar crédito. A veces pienso en las premoniciones de Juanito. Y me quedo con aquello de "mi gente no es infalible".
1980. Otro año de la verdad. (1).
(1).
Glosario mínimo.
- Radio Bemba.....Noticias de la calle.
- Guajiro..............Campesino.
- Guarapo............Jugo de caña.
- Tajo..................Hilera de cuatro surcos de caña.
- Ballú................Prostíbulo.
- Mackandal......Y (demás personajes)...Protagonistas de El reino
de este mundo, del novelista cubano Alejo
Carpentier.
- Quilo 7...........Cárcel cubana en la Provincia de Camaguey.
- Chino.............Así también se le dice a Raúl Castro.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Agosto 1 del 2015.
Había decidido esperar el Día de la Baja sin complicarme en asuntos ideológicos. Pero las complicaciones nunca dejaban de complicarme. Durante mis últimos días como Avituallador de Vestuario un muchacho muy joven de La Habana estaba detenido en el calabozo del Batallón porque había regresado tarde de un Pase. Yo trataba de hacerle la vida más llevadera y a veces le llevaba algunas golosinas. Una mañana me enseñó el dichoso Pase. Me di cuenta de que había regresado "solo unos días después". Así que le dije "podías haber arreglado el número y asunto resuelto". Lo dije en broma pero Pimienta no "olvidó lo que expresé". Al otro día llamó a uno de los Jefes y le reprochó que lo tuvieran preso por "gusto" porque había regresado en tiempo y forma. Cuando el cuadro revisó el documento de Pase se dio cuenta de que acababa de ser falsificado. El imberbe Pimienta solo necesitó dos rondas de interrogaciones para ladrar "Luis Fumero lo hizo". De modo que me llamaron a contar. No sales de una para entrar en otra, coño, guajiro, me dijo el investigador de falsificaciones amateurs que, hasta cierto punto, era mi socio. No pude evitar sonreír. Carajo, qué putica de ballú nos salió el habanerito, definí. Cómo se te ocurrió falsificar ese Pase, compadre. Te he dicho que no le falsifiqué nada, es un habanero con mucha imaginación y pocos cojones, simplemente. Así que no fuiste tú, eh, entonces demuéstraselo a los expertos de Provincia. No tendré que demostrar nada, se trata de un tipo al que le dije que era una lástima que su pase no hubiera sido por un poco mas de tiempo y él elaboró una idea personal. Y crees que te creerán esa talla. No sé ni me importa un carajo, ya estoy cansado de tanta mierda. Durante el próximo mes tuve que ir por lo menos cinco veces al Batallón Provincial de Ciego de Avila. Tuve que ir, no. Me llevaron. Recuerdo que casi siempre me acompañó mi amigo el secretario de Gelacio y que aprovechaban cada camión que salía para provincia. En una oficina polvorienta y sin ventilación un experto me sometía a largas sesiones de caligrafía numérica solo para "demostrar" que el número agregado al Pase de Pimienta era obra de mi puño y número. Yo repetía el trabajo hasta el agotamiento y siempre tenía mucho cuidado de poner mi caligrafía stándar y no el garabato que había colocado en el Pase del Habanero Puta. Fuiste o no fuiste tú, me preguntaba el Secretario del Capitán. No me hagas preguntas estúpidas compadre, quién cojones iba a ser. Pero cómo coño te metes en eso si eso no tiene nada que ver con que te quiten el reenganche. Mis puntos de vista ideológicos no tienen nada que ver con la manera en que veo algunas cosas dictadas por el corazón y por la manera en que fui educado. Muy bien, entonces sigue haciendo de Padre de las Casas confiando en chivaticos de fuma y déjame el cabo. Eso es otra historia y tienes razón. Nunca mas visité a Pimienta mientras estuvo detenido en el Bon y me apenó que tuviera que pasar necesidades en su calabozo portátil pero decidí que era mejor de esa manera porque verlo hubiera implicado insultarlo y posiblemente insultarlo hubiera implicado tratar de golpearlo. Lo vería meses después, convaleciendo de alguna enfermedad en el albergue de los cuadros. Recuerdo que alguien me dijo "esta aquí" y que cuando levanté el mosquitero de su cama se encogió como un jubo de basurero y se recostó contra la pared.Tranquilo, no pasará nada, le dije. Volví a colocar su mosquitero bajo la colchoneta y me retiré. Todo el mundo se enteró del motivo de mis viajes a Ciego de Avila y todo el mundo pensó que si bien me había escapado de la cárcel debido al desboque imparable de mi lengua larga con un simple traslado a los cañaverales quemados un lío de falsificación de documentos era otra cosa muy diferente y demasiado seria por cierto. Un grupo de amigos comenzó a pensar en la manera de sacarme de menjunje tan grave. Uno de ellos se acercó a mi una mañana en que realizaba un Inventario de Ropa de Cama. Cómo va el asunto del Pase de Pimienta, me preguntó. Igual, no me dicen nada, ya he llenado como doscientas hojas con el famoso número. Tú sabes que eso es harina de otro costal, agregó en voz baja, y que por eso sí que pueden clavarte. Sí, lo sé, pero no van a demostrar nada, al carajo. De todas formas alguien quiere darte una mano en eso. Me volví. Darme una mano, qué quieres decir. Edgardo quiere verte. Edgardo, quién pinga es ese. Juanito, chico, el de Venegas, se llama realmente Edgardo. Y cómo puede darme una mano, yo no estoy buscando una mano de nadie. Deja ese orgullo asqueroso que tienes Luis, y no jodas que tú sabes mejor que nadie que una falsificación de documentos puede joderte la vida sin que ello tumbe al comunismo. Ok., como quieras, que me vea y veremos cuál es su magia. Esa es la palabra, "su magia". Está de pase, enseguida que venga tratará de contactarte. Tiene su Pase "en regla", ironicé. Por lo menos él no está loco, bromeó. Cuando Juanito regresó de su Pase ya yo estaba castigado en el Campamento del Monte Cunagua y no tuvo necesidad de contactarme en el Batallón. Te voy a hacer un "trabajo", me dijo. Qué, vas a "cortar" mi tajo de caña, le pregunté. Oye, cállate, coño, que esto es muy serio. Entonces caí en la cuenta y recordé que vivíamos en medio de un barrio de mayoría haitiana, casi un barrio barracón, y que los negros haitianos tenían fama de ser curanderos de altos quilates. Alejo Carpentier y sus haitianismos del reinodestemundo pasaron desbocados por los intersticios más subliminares de mi mente. Te veo demasiado "claro" para "eso", dije, más que claro, casi "rubio". Tranquilo, mañana por la noche iremos a la casa de un haitiano amigo mío. Y qué tengo que buscarte. Nada, yo me encargo. Yo tenía poco más de veinte años y sabía bastante de brujos y de curanderos y ya había tenido mis primeros encontronazos con el Panteón Yoruba y jamás había dejado de recordar las historias crepusculares de Llylle Lara en casa de su hermana Mary ni mucho menos el set en casa de mi abuela en el que los dos curanderos habían "resuelto" el Superdaño que le habían echado a mi tío Enrique. Pero mi fe no era solvente mas allá de los grandes misterios de la Duda Eterna. Está bien, Juanito, tú eres el Jefe, concedí.
La chabola del haitiano estaba en el sur del batey, entre un semibosque de guásimas, de atejes, de palmas reales y de plantas ornamentales. La habían dejado sola para que Juanito pudiera "trabajar" en calma. Durante el breve trayecto desde el campamento los viejos haitianos tomaban atardecer en el frontis de sus bohíos con la misma mirada ausente y el desamparo atávico de aquellos haitianos desfavorecidos de mis tiempos de la Escuela al Campo en los predios del Central Aracelio Iglesias, ex Nela. Así que les acompañé en sus miradas al cielo de Mackandal y de Boukman, de Ti Noel y de Henri Christophe por sobre sus nostalgias de la Revolución Francesa y de Desalines retrotraídas al Imperio de Papa Doc y les volví a acompañar cuando bajaron sus ojos cansados hasta la tierra que debía estar al nivel de su tierra de Cabo Haitiano. Juanito me dijo siéntate ahí y déjame hacer sin que muevas tus labios ni para pedir oxígeno. La ceremonia fue muy poco original y por supuesto que bastante parecida a la que desarrollaron el par de santeros aquella vez en la sala de la Abuela, si descontamos la pobre locación y los intríngulis de un trabajo sencillo para resolver un Caso Complicadísimo. Juanito tenía su tabaco cubano, su botella de ron y su ensarta de piedras mágicas sobre la mesa. A su espalda las eternas imágenes del adorable sincretismo extrapolado desde Africa Mía. De modo que fumó yerba nacional y expelió el humo hacia todos los puntos cardinales, bebió tragos del elíxir del infierno y los lanzó contra todas las paredes mientras jugaba con sus piedras a un juego místico que me recordaba a los deslizamientos pétreos por las barrancas de mi infancia. Detrás de su liturgia estaba el hablar en lenguas sobre la calma de las asperciones. Casi que le digo "apúrate Negra Andrea", pero recordé que me había repetido de la seriedad del instante. Cuando Edgardo Juanito volvió a su realidad había perdido el color sanguíneo de su rostro castaño y sacudió la cabeza con los ojos cerrados. No tienes que hacer nada, Luis, solo esperar y verás cómo "los míos" te van a ayudar, me dijo, y concluyó "hemos terminado".
Por esos días yo estaba trabajando en los campos de caña sin haber recibido el Acta Médica oficial. Durante uno de los juegos de beisbol en las tardes insustituibles mi amigo el Negro Carballosa estaba tratando de dominarme con lanzamientos pegados a la cabeza y con su habitual velocidad aterradora de Serie Nacional. Nunca fui bueno para evitar dead balls y por ello ya tenía mis récords en cuanto a pelotazos recibidos durante mi prolongada carrera en el beisbol aficionado. La pelota me golpeó detrás de la oreja izquierda, sobre el hueso que está inmediatamente después del hueco del músculo del cuello. Caí como una piedra sobre el home plate. El dolor era menos que el gran zumbido que tenía en el oído. No perdí el conocimiento y en verdad no me explicaba cómo no tenía la zona apolimada ni estaba manando sangre por la oreja. Cuando terminamos el juego no podía soportar el dolor en la cabeza y el zumbido se había multiplicado por diez. Entonces temí. La base por bolas semiintencional que me había otorgado Carballosa me lanzó al Hospital Provincial de Camaguey en donde los especialistas dictaminaron "trauma craneal" en la segunda visita. Recuerdo que la primera vez me había llevado el Sanitario Edwin Masó y que habíamos disfrutado del largo viaje en tren así como de la maravillosa ciudad colonial que tantas glorias pasadas y presentes había dado al prisma nacional. Como los equipos estaban en reparación debí regresar semanas más tarde y lo hice solo, en ómnibus, desde la ciudad de Chambas. Comencé mi Licencia Médica en el albergue del Batallón y al poco tiempo me dieron un Pase Indefinido para que terminara de recuperarme en casa. Recuerdo que pasé mucho tiempo allí y que leí como un poseso todo lo que me cayó en las manos. Cuando calculé que el Pase se estaba prolongando demasiado le pedí a mi padre que fuera al Batallón para informar que no se me quitaban los dolores de cabeza y que el ruido en mi oreja se estaba haciendo más que insoportable. Mi padre se encontró con el Capitán Gelacio en Morón - mi padre contactó de casualidad a un "viejo vestido de militar" y le preguntó que cuál era su Unidad - y entonces le contó la historia. Gelacio había bajado de La Sierra Maestra con las tropas victoriosas de Fidel Castro y todos sabíamos que una bala le había convertido su cabeza en sesenta por ciento de platino. De modo que cuando oyó el relato de mi padre casi que se santigua y con los ojos acuosos le dijo que me tomara el tiempo que estimara necesario. Mi inconformidad con el diagnóstico de los profesionales de Camaguey me llevó al Hospital Provincial de Santa Clara. Allí me hicieron una Audiometría con todas las de la ley y diagnosicaron los mismo, excepto que el trauma craneal no me impediría trabajar en cualquier sitio no expuesto a grandes ruidos - el certificado mencionaba incluso la cantidad de decibeles permitidos - y que los traumas craneales solo se curaban con el tiempo. Pocos días después regresé al Batallón so pena de ser considerado desertor. La disciplina obvia nunca interfirió mi conducta. Dije a las autoridades que deseaba me llevaran de nuevo a Camaguey para que la Sección Militar del Hospital decidiera mi status médico. No lo hicieron y al poco tiempo me regresaron a la caña, en donde esperé impacientemente al mes de Junio entre juegos de pelota - ya no tenía dolor pero el ruido apenas había amainado -, hambre indescriptible, condiciones de vida infrahumanas y finalmente el bregar con el Affaire de la Falsificación.
Por tanto desconozco si mi condición de lesionado cerebral sin Acta Médica y mi conducta ejemplar en el trabajo llevaron a los Jefes a hacerse de la vista gorda cuando mis opiniones se iban de la ortodoxia tradicional en las reuniones del Comedor o cuando me iba cada fin de semana para la casa sin pedir permiso. El caso es que inmediatamente después del "trabajo" de Juanito mis viajes a Ciego de Avila para las rondas de las caligrafías con números se acabaron. Nadie expresó nada cuando detuve la zafra dos días hasta tanto no nos trajeran materiales nuevos de trabajo ni cuando rebauticé ciertos platos de comida que no eran decentes ni para perros condenados por morder a niños lactantes. Juanito y sus amigos colaboradores me miraban en silencio y sonreían pícaramente y yo interpretaba sus gestos como "no te lo decíamos ateo de mierda". Una noche Juanito me invitó a dar una vuelta por el batey. De verdad que necesito de otro "trabajo", le pregunté. Para nada, respondió, no sé de que se trata pero vas a recibir una gran noticia en estos días, espérala tranquilo. Yo no estaba tan convencido del poder de sus murumacas por los motivos que he expresado pero tampoco había tirado la toalla por aquello de la Duda Eterna, involuntario agnosticismo de alborada.
Mi amigo Hipólito Cabrera llegó una mañana de sábado al Campamento en rol de inspección. Te tengo la última, me dijo. La "última" era una notición. El Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Raúl Castro Ruz, había dictado una Orden - un Bando Militar Colonialista, pregunté sonriendo, - mediante la cual "todos los soldados del 14 Llamado que tuvieran vencida la enseñanza preuniversitaria" serían favorecidos por la Baja Anticipada para que pudieran "reintentar" continuar sus estudios universitarios por otras vías que incluían la Enseñanza Dirigida. Faltaba muy poco para la Baja Stándar, pero algo era algo. Polito Cabrera me copió en una hoja de papel los documentos que necesitaba y me pidió que "volara bajito" pues él era quien estaba haciendo las gestiones y pensaba priorizar mi Caso. Le miré en tono de "gracias, hermano" pero él lo interpretó de otra forma. Olvídate de tus problemas políticos o ideológicos o como te salga de tu tranca nombrarlos, esto es borrón y cuenta nueva y además es asunto mío, ok. Los jefes me dieron el tiempo "que necesitara" para buscar mi certificado de pre vencido y anexos. Tal vez se tratara de una casualidad pero los tarecos que había movido Juanito en la covacha del haitiano estaban funcionando. Eres libre de creer o no, pero te dije lo que pasaría después de aquello, me comentó cuando supo que me iría antes que él. Qué lástima que no seas negro o al menos castaño oscuro, sonreí. Las cosas del "otro lado" están sobre el color de la piel, definió. Regálame esa frase. No, te regalé lo "otro" pero esta sí que tienes que pagármela. Cuántas botellas de ron, cuántos tabacos, cuántas piedras mágicas, cuántas lenguas de repuesto. Hijo de puta, sonrió. Lo abracé. Eres un caballo, dije. A sus órdenes, jinete. Entonces yo no sospechaba ni por asomo que alguna vez volvería a consultarlo de nuevo para que me ayudara a resolver un problema de este mundo tratado por seres del otro.
El secretario del Capitán no pudo acogerse a La Ley del Ministro de las FAR. Cuando Polito Cabrera me mandó decir que estuviera listo porque ya estaba esperando la certificación de mi Baja, Luis Ese había acabado de ser liberado de su contrato de cinco años a petición suya y estaba cortando caña en la Brigada Manuel Hernández. Otra Ley no escrita del Ministro permitía solicitar licenciamiento del Servicio Militar a quienes habían jurado por más de tres años. Para entonces yo sabía que las carreras ofertadas no incluían nada de Humanidades excepto Derecho si es que podemos considerar a la Ley Ciudadana algo humanístico. Pensaba tomarme un año sabático antes de intentar regresar a la Universidad para jugármela en el universo de los aspirantes a convertirse en abogado. Habida cuenta de que en Revolución los "abogados revolucionarios" jamás podrían defender "a los contrarrevolucionarios". Tiempo que dedicaría a explorar alguna manera de salir del país a como diera lugar. En 1980 la lucha armada estaba ceñida a los Movimientos Nacionales de Liberación y era el Gobierno Cubano su mayor soporte. Porque ya no tenía que enfrentar movimientos de "liberación interior". Ahora se enfrentaba con éxito a los desvíados ideológicos y a una camada infima de disidentes que todavía no tenían valor para salir a la palestra. Yo no estaba muy seguro de los buenos resultados de la lucha desde el exterior contra el comunismo de los Hermanos Castro pero no había otras opciones. Pero sí estaba seguro de poder encaminar mi vocación en cualquier otro país. Que ese país fuera Estados Unidos no era pura coincidencia. En otro apartado de este Blog he hablado de mi participación en un Concurso organizado por la emisora cubana Radio Rebelde que buscaba premiar a los ganadores con un viaje gratis a las Olimpiadas de Moscú 1980. Las posibilidades de ganar eran menos cero y por supuesto que no fui agraciado. Mis intenciones no eran disfrutar de unas Olimpiadas boicoteadas por gran Parte del Eje Occidental debido a la intromisión soviética en Afganistán sino quedarme en el aeropuertos de Gander, Terranova, Canadá, o en el de Shannon, Irlanda, en alguna de las escalas técnicas y pedir asilo político con vistas a viajar a los Estados Unidos.
El 1 de Abril de 1980 un ómnibus repleto de cubanos impacta contra el frontis de la Embajada de Perú en Ciudad de la Habana. Disparan y matan al custodio cubano Pedro Ortíz Cabrera. Las autoridades consulares peruanas los reciben como a héroes. Las cubanas eliminan la protección a la Embajada y en menos de 48 horas penetran en la Sede alrededor de 3000 ciudadanos llegados de todo el país. La Habana les considera delincuentes comunes, matones de poca monta, escoria de la sociedad. Perú, Estados Unidos y parte del mundo occidental les catalogan de perseguidos políticos y se preparan para montar el espectáculo al lado del que ye está montando Cuba.
Unos días después Polito Cabrera me manda decir que puedo pasar por el Batallón a recoger mi Baja. Cada uno de los agrosoldados me da su mano ampollada y me felicita. Algunos no pueden dejar de recordarme, en broma, que yo "debía de estar cumpliendo condena en Quilo 7" y no "saliendo casi tres meses antes que mi Llamado" por obra y gracia de un Chino al que se le ocurrió tirar una Ley casi religiosa. Devolví cada saludo con sinceridad, agradecido por el hambre que me ayudaron a matar algunos amigos entrañables como el oriental "blanco" Luis Manuel "Lelén" Geré Arévalo y orientales "indios" como los primos hermanos Níver y Alexis Ginarte. Juanito me separó del grupo de los agrosoldados felicitantes para decirme que en una tirada de piedras mágicas que había hecho a manera de curiosidad no le habían salido buenas noticias para mi futuro inmediato. Pero tranquilo, mi "gente" no es infalible, trató de consolarme. Gracias, maestro, le apreté su mano. Venegas, no, pregunté. Sí, Venegas, ahí mismo, dijo, siempre a sus órdenes.
Mi padre - que no me había permitido debutar en la escuela primaria con la pañoleta roja de los pioneros comunistas - no compartía la idea de que me fuera a La Habana, solo, para tratar de entrar a la Embajada de Perú porque consideraba que "eso ya se había acabado" y que era mejor esperar a los nuevos acontecimientos que estaba seguro llegarían de un momento a otro. Los sucesos de la Embajada del Perú en La Habana ciertamente condujeron a una escalada en la que inobjetablemente se vio implicado el Gobierno de los Estados Unidos. Mi padre me recordó "no te lo dije" y opinó que había que esperar todavía un poco mas para ver cómo se desarrollaba el asunto. Mientras estábamos estudiando la situación mi mamá siempre tenía una cara extraña y dubitativa porque se debatía entre mi deseo de buscar nuevos horizontes y el suyo de tenerme a su lado por tiempo indefinido. Cuando Tery llegaba del Pre nos contaba que en Caibarién había mucho movimiento de personas tratando de viajar a La Habana para intentar meterse en la Embajada del Perú. También casi siempre traía una cartica de Maggy P. Barrios, una rubia de defensas soberanas que cursaba el Primer Año y con la que yo estaba coqueteando desde hacía como seis meses y que no era otra cosa que su respuesta a mi notica de ocasión. Digo desde "hacía como seis meses" para no incluir los escarceos incompletos de la adolescencia.
El Señor Embajador del Perú en Cuba, Edgardo de Habisch - sin contar con sus superiores en Lima - le pidió a los asaltadores de su Sede Diplomática que, por favor, salieran de la misma. La Cancillería Peruana no comparte su punto de vista y lo despide. El Gobierno de Cuba expresa que todos - excepto los que entraron por la fuerza - pueden regresar a sus hogares y volver a la Embajada de Perú y viajar legalmente a cualquier país que los recibiera bajo promesa de no tomar medida drástica alguna. Casi 3000 cubanos se acogieron a la propuesta. Mientras las autoridades cubanas colaboran con las peruanas en la atención a quienes se han quedado en los interiores de La Embajada, Fidel Castro hace una de las cosas que mejor sabe hacer: tirar a las masas a las calles. Debutan las Marchas del Pueblo Combatiente. En Washington y en varios países de América las autoridades incluyen en sus agendas, priorizadamente, al Caso Embajada de Perú en La Habana. Jimmy Carter no está seguro de lo que hará. Pero tampoco está inseguro. Fidel Castro sí lo tiene muy claro.
En casa, desconectando de mis casi tres años de labor ejotatiana y verdaderamente asombrado por las cosas buenas que me pasaron en el primer semestre de 1980, yo espero porque las aguas fluyan mucho más revueltas que lo que están fluyendo. Siempre fui un buen pescador en aguas claras. Mis padres no saben cómo reaccionar a mis proyectos y mi hermana no descubre aún la motorización de sus hormonas. En Caibarién Maggy P. Barrios espera por mi cartica de turno para responder con su andanada de ironías sugestivas.
En La Loma de Cunagua mis ex compañeros se mueren por la llegada del Documento Salvador. Algunos hace rato que están en sus casas con sus dedos voluntariamente mutilados, con sus piernas voluntariamente tasajeadas y con sus cerebros involuntariamente maltrechos. La Revolución avanza hacia su década tres. Fidel Castro está por cumplir 54 años y todavía se cree Supermán. Yo aún no tengo 24 y vivo en una zona cercana al limbo. Desde donde veo nítidamente a las primeras estribaciones del infierno sin que tenga que voltear al Purgatorio. A las que no deseo dar crédito. A veces pienso en las premoniciones de Juanito. Y me quedo con aquello de "mi gente no es infalible".
1980. Otro año de la verdad. (1).
(1).
Glosario mínimo.
- Radio Bemba.....Noticias de la calle.
- Guajiro..............Campesino.
- Guarapo............Jugo de caña.
- Tajo..................Hilera de cuatro surcos de caña.
- Ballú................Prostíbulo.
- Mackandal......Y (demás personajes)...Protagonistas de El reino
de este mundo, del novelista cubano Alejo
Carpentier.
- Quilo 7...........Cárcel cubana en la Provincia de Camaguey.
- Chino.............Así también se le dice a Raúl Castro.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Agosto 1 del 2015.
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