La abuela del joven lo estaba esperando en el aeropuerto de Makinaw City, Michigan. Cuando la hubo abrazado le entregó una caja de cartón rosado agujereada en los laterales. Es para ti, abuela, le dijo. La abuela se quedó callada y no dijo gracias, la veremos en casa. En casa el atleta de deportes de invierno expresó que no habían podido entrenar ni un solo minuto porque la pista estaba cerrada debido a reparaciones en el Granero Mundial y los miembros de la FAO no dejaban acercarse ni a Magnus Carlsen. Agregó que la próxima semana volarían hasta Anchorage para continuar la preparación con miras a la competencia internacional de esquí nórdico. Es un cachorro irresistiblemente hermoso, dijo la abuela cuando abrió la caja rosada agujereada en los laterales. La Federación Noruega de Sky Amateur regaló un cahorro a cada miembro del team con el objetivo de que intentemos aparearlos porque nos dijeron que esta raza está casi extinguida en el mundo. De qué raza se trata, tú sabes que lo mío son los gatos. Lo dice la caja, abuela. Así que la abuela leyó Norweigan Lundenhund. Dios mío, qué condenadamente hermoso es. Es una monada, abuela, espero que tu infantería de gatos ultrabellos no se pongan celosos. No lo creo, por suerte Benton Harbor está muy cerca. Los restantes cinco atletas que también trajeron a sus cachorros en cajas rosadas agujereadas en los laterales dijeron por teléfono que sus cachorros eran machos y cuando reclamaron a las autoridades aeroportuarias de Nuuk los isleños semidaneses explicaron que posiblemente las tres cachorras se habían ido equivocadas en el equipaje de los atletas chilenos de Puerto Aysén. Los seis atletas chilenos respondieron que eran dueños de seis cahorras noruegas, que comprendían lo que había pasado en Groenlandia y finalmente acordaron que para la época de celo se pondrían de acuerdo para decidir quiénes visitaban a quiénes. Entonces la abuela de Makinaw City - que tenía doce borradores sin redacción definitiva sobre gatos estadounidenses sin peligro de extinción - se dedicó a profundizar en el estudio de la raza noruega y supo que, incluyendo a las seis cachorras que vivían en el sur de Chile, quedaban poco más de dos mil en todo el mundo, de los cuales la gran mayoría estaban en las zonas heladas de Noruega. La abuela se puso muy triste cuando se enteró que los perros noruegos se estaban muriendo de nostalgia porque ya no podían cazar frailecillos toda vez que el Gobierno de Oslo había prohibido la caza de esas aves de canto chillón y largas patas flacas ya que ese había sido su trabajo de toda la vida. La abuela se enteró, además, de que había algunos lugares en Estados Unidos en donde vivían grandes colonias de frailecillos y que al parecer su caza no estaba prohibida por ningún estamento gubernamental. La amiga íntima cubanoamericana del nieto le comentó que toda Cuba estaba llena de frailecillos y que los niños se pasaban mañanas enteras tirándoles piedras sin poder matarlos porque los juguetones pájaros tenían una gracia divina que los hacía inmunes a las pedradas y se daban el gusto de esquivar el golpe un segundo antes del impacto y que posiblemente su perro noruego sí que podría dar cuenta de los plumíferos. La abuela le dijo que le agradecía su información pero que solo pensaba viajar a Cuba cuando las cosas se arreglaran de verdad entre su país y el suyo y que su viaje estaría motivado solamente por visitar Finca Vigía para disfrutar a los descendientes de los gatos de Ernst Heminway. Que jamás se atrevería a llevar a su bello perro noruego a un lugar en donde se decía que la gente comía hasta perros sin sal y en donde no le extrañaría enterarse de que ya ni siquiera quedaban frailecillos que se burlaran de los niños con pañoletas rojas. La chica del nieto no se ofendió y se limitó a halarle una oreja al perro noruego y a susurrarle, con ritmo, tu chica está en Chile y mi chico está aquí. Un viejo amante de la abuela que todavía era miembro de la Federación de Caza de Makinaw City le dijo que en donde había una gran colonia de frailecillos era en Crawford, Texas y que incluso el gobierno estatal incentivaba su caza porque los frailecillos se estaban comiendo las monturas y los cubrejeans de los deportistas de Rodeo y a veces hasta mataban a los terneros de los ranchos a picotazo limpio después de haber succionado la leche de las ubres de sus madres con sus picos finísimos. Un lunes el perro noruego amaneció muy triste y ni siquiera quería mirar a una maqueta negra de frailecillo de Los Everglades que la abuela había comprado vía Internet a un anticuario de Homestead. Por la noche, a través de Sky, la abuela conversó con uno de los chicos chilenos de Puerto Aysén para enterarse que a las seis cachorras les había pasado exactamente lo mismo y que solo cuando las soltaron en La Patagonia y destrozaron a 712 frailecillos patagones en media hora se les quitó el bajoneamiento. El chico le dijo que los 712 frailecillos patagones estaban siendo taxidermiados en el Museo de Taxidermia de Puerto Month y que pensaban enviarlos a Oslo para ver qué efecto surtían en el cerebro perfecto de los perros semiextinguidos, en caso de que el Gobierno no tuviera nada que objetar. Oslo no había contestado porque esperaban la opinión de los actuales Tussauds desde Londres ya que no estaban seguros si las respuestas cerebrales en los perros estarían mejor incentivadas con la taxidermia o con la cera. El martes el bello Lundenhund no se levantó de su cama para perros y la abuela sacó la vieja camioneta Chevrolet del angar del Cesna de su primer marido y después de someterla a una lluvia faulkeriana con la manguera extinguida telefoneó al viejo amante para decirle que necesitaba verlo. Pruébala y dime si de verdad crees que puedo llegar hasta Crawford con ella, le dijo. No tengo que probar nada, bebé, esta cosa está mejor que una Silverado del año, acaso piensas ir sola. La abuela lo miró y se mordió los labios. No, llevo también a mis consoladores. La abuela montó a la Chevrolet en un trasbordador del Lago y se colocó al volante en Chicago. En Oklahoma se encaramó a la Interestatal 35-E y durmió en una posada para criadoras de gatos en Dallas Fort Wort. A media mañana del segundo día de viaje estaba en las inmediaciones de Crawford y entonces buscó en el mapa el lugar en donde el viejo amante le había dicho que estaba la gran colonia de frailecillos de Crawford. No encontró indicación alguna. Mientras merendaba en un restaurant rústico de autopista un anciano vaquero se acercó con una cerveza en la mano y se sentó en la mesa contigua. Oiga, sabe usted acaso de una colonia de frailecillos que dicen hay por aquí cerca, preguntó la abuela. El viejo vaquero respondió sin mirarla y dijo "frailecillos de esos que vuelan o de los otros". La abuela no pudo descifrar "de los otros" y dijo "de los que vuelan". No sé de eso, señora, esos pájaros gruñones están por la costa, por allá por Galveston. En serio, no están por aquí. Tan en serio - entonces se volvió hacia ella - como que ese perro que la acompaña es la cosa más bonita que he visto desde que ganamos en Los Alamos. Gracias, así que usted ya tiene sus años, eh. Casi trescientos, madame. Entonces el viejo vaquero se quitó el tejano para reverenciarla y la abuela se dio cuenta de que tenía una frente y un nacimiento de pelo idénticos a los de Ronald Reagan. Pero no dijo nada porque nunca le había gustado responder piropos. Es que hay "otros" frailecillos, preguntó. Los hay, señora. Y. Los fantasmas de las ruinas del monasterio español, los frailes llegados de Sonora que perecieron en un incendio sin parangón en los anales de Crawford. No creo que mi perro persiga fantasmas no alados, pensó la abuela, pero tampoco dijo nada. Tengo diez borradores sin revisar sobre la historia del catolicismo en Crawford, agregó el vaquero. Yo también soy adicta a los borradores, pensó la abuela, parece que somos colegas. Entonces, por lo que veo, en este lugar lo único importante que hay son esas ruinas calcinadas. El vejete la miró con los ojos casi cerrados y se tocó el hombro izquierdo con la barbilla. Está usted preguntando en serio, señora. Claro. No se ofenda, por favor, pero sepa usted que en Crawford vive una verdadera personalidad. La abuela iba a decir que sabía de quién se trataba esa "personalidad" local pero que ella tenía su propio rasero para medir las cosas que consideraba en verdad importantes cuando las primeras cabezas del primer perro y del primer gato aparecieron en la Autopista en el instante en que la curva se acababa. Los ancianos vieron pasar por delante de sus ojos dos larguísimas filas de gatos y de perros nacionales hacia el suroeste. La abuela se volvió hacia el vaquero y apretó sus labios e hizo un gesto con sus palmas abiertas para denotar que estaba descolocada. El solo pinta personas a partir de cuadros y trata de plasmar la impresión que le causaron cuando compartió con ellos. Qué tiempo cree que le tomará pintar a todos esos animales. El que desee, tiene todo el tiempo del mundo, usted sabe que no es un hombre de perfil alto. Pense que usted le había llamado "una personalidad". Tiene razón, es una personalidad de bajo perfil desde que salió de Allá. Para fundar y atender el Museo Presidencial en Dallas y pintar gatos y perros y bustos con pinceladas densas. That is the question. Vengo desde Michigan para que mi perro cace frailecillos y no se muera de tedio y solo me topo con dos hileras de cuadrúpedos imitadores de Forrest Gump. Ya le dije, solo quedan ruinas y polvo de frailes. Frailecillos "de los otros". Venga a mi casa, tengo como trece enjaulados. La abuela lo miró detenidamente antes de sonreírle a su frente y al nacimiento de su pelo. Ya sé, también soy un mentiroso. La abuela se paró apoyándose en el respaldo de la silla rústica en el preciso segundo en que sonó el teléfono. Seguro quería que lo invitaras para hacerte el amor en Texas, el único Estado en donde no lo habían hecho. La abuela apretó los labios y lo miró por debajo de las pestañas. Hijo de puta, respondió y clausuró la llamada originada en Makinaw City. Ves, solo lo habían hecho en 59 estados, debe ser un hombre al que le gusta cerrar los círculos. La abuela se dejó caer de nuevo en la silla y miró hacia la autopista libre de gatos y de perros. Eso dijo el cerrador de círculos. El vaquero asintió con su cabeza ensombrerada y le preguntó "qué tal mis frailecillos". Dejémoslo para mañana que ya no regresaré hoy a Michigan. Mañana no puede ser. No, por qué, porque esta noche tus aves alzarán el vuelo después de romper las jaulas y comenzarán a poblar la Colonia de Crawford que nunca existió. No, señora, porque mañana al medio día vuelo con destino Chile. La abuela levantó la cabeza. Hacia Chile dices. Eso dije, hacia La Patagonia, voy a cazar ciervos precordilleranos con mi amigo Douglas Tompkins. Qué Tomkins, el millonario "nuestro" que ha comprado medio Chile con sus cheques fundacionales. Tal y como suena. Me estás diciendo que mañana partes para un lugar chileno llamado La Patagonia. Es justamente lo que he dicho, querida. La abuela extrajo la Laptop. Se conectó a Skipe. Uno de los atletas chilenos estaba conectado pero al parecer offline. Disfrutar de tus frailecillos, hombre, depende de lo que esté pasando en estos momentos con seis cachorras Norweigian Lundenhund que ahora mismo crecen en La Patagonia Chilena y matan a todos los frailecillos patagones que les de la gana. El vaquero no dijo nada. Uno siempre puede toparse con todo tipo de personajes en un restaurante de autopista, pensó. Dos horas más tarde y cuando habían dado cuenta de seis cervezas con cuadraditos de jamón de Kentucky y tomate picado de California el atleta chileno entró al Sistema y le dijo que llevaba como treinta horas tratando de localizarla para informarle que todas las cachorras acababan de entrar en celo y que él y sus amigos habían tenido que contratar a veinte policías especialistas en proteger cuadrúpedos con colmillos afilados porque cinco manadas de perros ovejeros estaban tratando de desabaratar el cobertizo en que aguardaban las cachorras por el perro suyo. La abuela le dijo que por favor la esperara unos minutos y llamó al nieto. Por qué no te conectas, muchacho. Tu gata Drew tumbó mi ordenador y no he llamdo al técnico. Pues debiste hacerlo porque los chilenos llevan tratando de localizarnos desde hace varias eternidades. Así que.... Están en celo, querido, en celo. Ok, abuela, vuela entonces para acá en ese armatoste que usas para que "vueles" inmediatamente hacia el sur. No, atleta, volaré al sur desde Texas y espero que sea mañana mismo, dile a tu cubana que me cuide a los gatos. Dice mi cachorra inextinguida que los llevará a La Habana para cruzarlos con los de Heminway. Ojalá. Cuando se despidieron el vaquero estaba acariciando la carcasa azul de su Motorola. Pasajes para el mismo vuelo, dijo, sin escala. La abuela le levantó el sombrero. Ya no se le parecía a Ronald Reagan. Ahora se le antojó que se le parecía a George W. Buch. Vamos por tus frailecillos, dijo.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Marzo 3 del 2015.
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