Wednesday, March 18, 2015

BASE NAVAL DE GUANTANAMO: VISION SUSCINTA. (2).-




El 14 de Abril de 1865 Abraham Lincoln y su esposa estaban viendo la obra de teatro Nuestro primo americano en el teatro Ford de Washington. El Presidente vivía días de euforia. La Guerra Civil había terminado y la Unión Americana era la última Gran Verdad Universal. Ahora sus Generales podrían dedicarse a cuidar de los hombres y mujeres que intentarían conseguir la grandeza inapelable que le estaba predestinada a los Estados Unidos de América. El actor John Wilkes Booth había decidido combinar las tablas con la política y un buen día su camino se internó en el bosque de la Segregación. No era admirador de Lincoln. De modo que preparó y protagonizó un complot para asesinarlo. Booth sabía que los Agentes Pinkerton no estaban ahora detrás de la seguridad del Presidente. Muchos de los funcionarios del teatro capitalino conocían al actor y jamás imaginaron que llevara un arma debajo de sus ropas. Booth le disparó a Abrahan Lincoln por detrás y la bala lo enviaría a la tumba al día siguiente. Cuando las Fuerzas de Seguridad cercaron al actor asesino pocos días más tarde y tuvieron que acribillarlo porque John no quiso rendirse, estaban comandando la primera venganza presidencial en la Historia de los Estados Unidos. Con toda seguridad John Wilkes Booth pensaría, un segundo antes de caer abatido, que su sueño confederado acababa de hacer aguas, que el Discurso de Gettisburg sería eterno y que los hermosos postulados de la Decimotercera Enmienda serían irreversibles en cada una de las Plantaciones del Sur.
La historia de los Estados Unidos no necesitaba de la muerte de su Presidente para alcanzar lo que le deparaba el porvenir. Pero sí necesitaba del fin de la Guerra de Seseción y de la victoria Unionista. Porque el último cuarto del Siglo XIX fue la valla a vencer en el camino hacia la grandeza consagratoria del país. Algunos historiadores llaman al período la Edad Dorada de la Industrialización. Estados Unidos pasó de ser un gran importador de maquinaria a ser un exportador nato. Todo el Noreste se convirtió en una fábrica descomunal y en pocos años la factoría se extendió hasta los Grandes Lagos y bajó hasta la Línea Horizontal de Virginia y de Maryland. Desde los territorios industrializados en donde se habían asentado las primeras Trece Colonias salían, sin parar, largos convoyes de trenes, cargados con los rieles y las traviezas que muy pronto surcarían al país en todas direcciones. Los inmigrantes europeos, tentados por las buenas nuevas que hablaban de la tierra de las "oportunidades", no paraban de saludar a la Estatua de la Libertad desde las aguas atlánticas antes de desabordar para emprender el camino de los tantos vientos. Con su arribo al collage de la Multiculturalidad se abría un nuevo abanico de razones en la nueva tierra. El Oeste salvaje se repletó de buscadores de oro, las grandes llanuras arroparon a los agricultores y los pastizales sin fin le dieron la bienvenida a los hombres y mujeres que soñaban con los imperios ganaderos. El país completó la Expansión hacia todos los puntos cardinales y a muy pocos parecía importarles que el Gran Logro se hubiera tenido que conseguir a costa de la virtual eliminación del Mundo Nativo que terminó mirando sus antiguas poseciones desde reservas finitas en medio de las grandes planicies y los desiertos majestuosos. El Camino del Progreso tenía que ser desbrozado de toda impedimenta. Tres décadas después del asesinato de Lincoln en Ford Theatre los búfalos deambulaban atónitos por lo que quedaba de sus predios de siempre, los pueblos folklóricos del Oeste dirimían sus diatribas a punta de pistola entre prostitutas importadas y wisky barato, el oro de California era una quimera inmediata y las cenizas de Wounded Knee revoloteando sobre la sordera de Black Coyote eran una acusación explícita contra las consecuencias del Progreso en tanto las águilas calvas observaban desde sus promontorios un paisaje desconocido y los emporios periodísticos hablaban de un modo americano de vivir.
Pero en Nueva York no cabían los multimillonarios. Eugene Du Pont era el Emperador de los Químicos. Cornelio Van Derbildt el Amo de los Ferrocarriles. Andrew Mellon era el Dios de la Banca. Andrew Carnegie, el Hombre del Acero. Jhon Rockefeller, el Monstruo del Petróleo. Otras ciudades tenían su propia Corte de hombres de seis cifras. Tanta era la Gran Compañía que desbordaba sus límites financieros y tantos los nombres que se encumbraban de la noche a la mañana que no quedó mas remedio que rubricar una Ley Antimonopolio - Ley Sherman - que evitara que los Pulpos Gigantes finiquitaran a la libre competencia. Los halcones de Washington sabían que Estados Unidos ya era una potencia mundial. Solo que se trataba de una potencia mundial "interna". Tenían soberanía sobre más de ocho millones de kilómetros cuadrados y sus tentáculos económicos estaban copando Centroamérica y el Caribe. Para muchos políticos de la capital de la nación Canadá era un país hermano al que muy bien podía considerarse un Estado Más. De modo que volvieron a desempolvarse los folios de la Doctrina Monroe y se repitió hasta el cansancio que América era "para los americanos" y que las naciones civilizadas tenían la misión de "civilizar" al resto del mundo. Esta Doctrina Manifiesto le daba a Estados Unidos el derecho - como nación civilizada - de competir con la vieja Europa en cada una de las campañas civilizadoras que habrían de tener lugar en lo adelante.
Para los viejos imperios europeos los Estados Unidos de América no eran otra cosa que un conjunto de estados conglomerados que estaban entrando al mundo de la modernidad con ínfulas tecnológicas descollantes, pero cuyas fuerzas eran relativamente centrípetas. Hasta tanto su potencialidad real no pasara a ser centrífuga nadie iba a tenerlos en cuenta. Por eso Washington no fue invitado a la Conferencia de Berlín en 1884 en donde se trató del reparto de Africa. Tampoco lo sería cuando los imperios se repartieron Asia. Previendo esta posibilidad los Agentes Pinkerton le habían echado el ojo a los despojos del Imperio Español en Asia Insular y en Puerto Rico. Cuba estaba en la mira de Washington desde tiempos "inmemoriales" y los Agentes Pinkerton no tuvieron nada que hacer en La Habana como no fuera ajustar las inversiones norteamericanas que para la década de los 90 del siglo XIX rondaban los cincuenta millones de pesos. De modo que la puja por las nuevas colonias era contra la decadente España Imperial y no contra los pesos pesados de Europa. El campo de batalla no estaba en Asia Continental ni en Africa. De momento estaba en algunas pocas islas habitadas del Pacífico Oriental y en un par de islas muy ricas en el Mar de las Antillas. Estados Unidos se preparó para despojar a España de sus últimas poseciones mundiales y entrar al Gran Concierto de naciones colonialistas cuando abriera el siglo XX. Nadie en Washington conocía otra manera de que se les respetara de igual a igual. Algunas mentes muy bien dotadas estaban tratando de reinterpretar el concepto "colonia".
Para Madrid Cuba era la Joya de la Corona. Ciertas prebendas autonomistas - que incluyeron la abolición de la esclavitud en 1886 - y la necesidad absoluta de aferrarse al último bastión verdaderamente importante que le queda a la España Imperial habían convertido a la isla, mas que en una colonia o en un territorio de ultramar, en otra provincia. La Habana era la tercera ciudad española Y Madrid estaba  dispuesta a defenderla hasta las últimas consecuencias. No importaba que hubiera perdido el monopolio económico frente a Estados Unidos. Washington también había desplazado a los capitales ingleses. Mientras los patriotas cubanos llevaban casi treinta años peleando contra España las autoridades de Washington estimulaban las inversiones y abortaban cada una de las expediciones organizadas en su territorio. Porque Washington no estaba interesado en la independencia de Cuba. Nunca lo había estado, por demás. La Doctrina Monroe les hacía desear a España fuera de la isla y a la isla en su órbita de influencia. Para Estados Unidos Cuba era la Yave del Golfo. Vale decir una "joya de la corona republicana". No por gusto una gran pléyade de presidentes estadounidenses - desde Jhon Quincy Adams hasta Ulises Grant - habían tratado de comprar la isla. España jamás cedió a ninguna  tentación. Tanto por la prioridad que daba a sus intereses en Cuba como por el hecho de que las veladas amenazas americanas siempre habían caído en oídos sordos. Ningún imperio europeo que se respetara daba crédito a una nación en pañales que apenas había guerreado cuatro o cinco años en una guerra de dos fases contra una Metrópolis "hermana" y otros pocos contra bandadas de indios semidesnudos que solo disponían de flechas envenenadas, lanzas de punta roma y brujos adoradores de estaciones bajo carpas cónicas en la interperie de los búfalos. Todavía España no prestaba atención al gran poder de la prensa norteamericana. Que ya estaba preparando a su opinión pública con frases en piedra al estilo de "Cuba es el trampolín necesario para que nos graduemos de potencia mundial". Aparentemente tampoco daba importancia a la Guerra contra México que le había ganado a los Estados Unidos los inmensos territorios del Suroeste porque para muchos pensadores españoles esta guerra no había sido otra cosa que una desprolongación de la Guerra Civil.
Para la última década del Siglo XIX Estados Unidos tenía inversiones en Cuba por valor de 50 millones de pesos, de los cuales 30 millones estaban colocados en la industria azucarera, 15 millones en la minería y 5 millones en la industria tabaquera y los servicios. La nación era el principal receptor del comercio cubano. Compañías del calibre de Edwin Atkins and Company, con base en Boston (1886) y Henry O. Avemayer, Trinidad Sugar Company (1890) se ocupaban del comercio del azúcar y su refinación. Juraguá Iron Company, de Filadelfia (1883), Bethlehem and Pensilvania Steel Company (1884), Spanisch - América Iron Company, Sigua Iron Company (1892) y Poupo Manganesse Company (1894) manejaban intereses mineros. La  Phillips Morris y la R.J. Reynolds Tobacco Company tenían sus inversiones en la industria tabacalera. Desde 1895 los cubanos libraban lo que calculaban sería la última guerra de liberación contra el colonialismo español. La "guerra necesaria" la había organizado la más grande lumbrera que ha conocido la historia de Cuba, José Martí. Martí era un viejo conocido de los halcones de Washington. Había vivido varios años en el país haciendo un periodismo genial y retratando el acontecer americano a través de escenas incomparables en lengua española. Martí era una personalidad ambivalente para los sabuesos de Estados Unidos. Porque era capaz de describir la grandeza americana con pasión de santo a la vez que enjuiciaba sus esencias despiadadas en medio de un capitalismo sin escrúpulos que se encaminaba hacia un estadio imperialista sin parangón en los anales de la humanidad. Washington sabía de sobra que José Martí era el cubano que había escrito "viví en el monstruo y le conozco las entrañas". No fue casualidad que las autoridades del puerto floridano de Fernandina colapsaran  la expedición que logró avituallar con sacrificios dignos de un ermitaño. José Martí murió en combate en 1895. Un año después caería el Gran General de la Guerra del 68, Antonio Maceo, el mulato que convirtió un Pacto del Zanjón vergonzoso con Madrid en una reivindicación patriótica a través de su histórica Protesta de Baraguá que hizo del fin de la guerra solo un lapsus provisional. Como Martí Maceo fue capaz de ver lo que significaban "los americanos" para los sueños libertarios de Cuba. Si bien Maceo nunca les llamó "imperialistas" como sí haría Martí varias veces, la verdad es que fue capaz de escribir "veinte veces español y una americano". Por algo Martí dijo de él que "tenía tanta fuerza en la mente como en el brazo". Gran parte del resto de los hombres de guerra cubanos eran solo patriotas y para ellos el "imperialismo" de que había hablado el Redentor y los "americanos" de que había hablado el Tián de Bronce eran palabras que traducían como "cero intromisión" en los asuntos de la Patria. Estados Unidos no había movido jamás un dedo para ayudar a la libertad de Cuba y sin embargo había movido diez para intentar comprarla y veinte para evitarla. Qué se quedaran, pues, del otro lado del Estrecho, qué ellos se bastaban solos para descalabrar definitivamente a España.
En 1897 el desgaste español es ostencible. Han muerto los dos adalides criollos de la Guerra del 95 y los mambises parecen diezmados y casi nadie da un duro por la continuidad de la tercera contienda libertaria. Los pesimistas, sin embargo, están equivocados. Los mambises soportan todos los contratiempos y son capaces de empujar a las tropas españolas hasta las ciudades de la costa y meterlos en sus fuertes y en sus guaridas subterráneas. La nación entera es un caos. El Ejército de la República en Armas gobierna en los campos. Madrid apenas puede sostenerse en las ciudades. Casi todo es tierra arrazada y es hambre y es desolación y son sacrificios inenarrables. Hasta que Madrid juega su última carta. Antonio Cánovas del Castillo sustituye a Mateo Sagasta al frente de la Presidencia del Consejo de Ministros en 1897 y envía a Cuba a un señor "muy profesional" llamado Valeriano Weyler para que termine con la guerra y ponga "orden" en un infierno que parece no tener fin. El "orden" que pone Weyler nada mas pisar tierra firme se llama Reconcentración y aunque no es ni por asomo un método original de tratar de ganar una guerra perdida es algo que ofrece resultados inmediatos. Reconcentrar a gran parte de la población en sitios hacinados con el único fin de que no puedan dar cobertura a los mambises significa diezmar a gran parte de la población cubana. Apenas escaparon los jóvenes que todavía no estaban en la manigua y entonces se fueron hacia ella. Ancianos, mujeres y niños padecieron los horrores de los campos de concentración y murieron por millares. El país quedó completamente arrazado en pocos meses. Pero cuando las tropas españolas salían de sus ciudades amuralladas para comprobar los efectos de la obra de Valeriano en la población los mambises las recibían con fuego de infantería y maravillosas cargas al machete desde su caballos famélicos, inundados sus rostros por las lágrimas de rabia que les habían sacado las criminales metodologías de Weyler. De nada valieron otras prebendas autonómicas emitidas por Madrid. Libertad o Muerte. Independencia o Nada, clamaban las voces cubanas.
Los agentes de Washington en Cuba informaron detalladamente de la situación que se estaba viviendo en la isla. Si la guerra no acababa en pocos meses era muy posible que los ciudadanos norteamericanos que vivían en Cuba corrieran serios peligros así como el grueso de sus inversiones. La guerra parecía haber llegado a un punto muerto en que ambas partes estaban agotadas y solo se peleaba por reflejo. Los agentes seguían informando que si España ganaba la contienda se mantendría el statu quo con Estados Unidos y que si eran los mambises los vencedores no se sabía a ciencia cierta qué pasaría con el futuro de las relaciones entre ambos países. Washington decidió que ninguna solución era buena para sus intereses imperiales. En tanto se debate qué hacer in situ con la Guerra de Cuba el Gobierno Norteamericano ordena a su Flota del Pacífico estar lista para prontas contingencias en Guan y en Las Filipinas y pide a sus barcos de aguas caribeñas que bloqueen todas las costas de Cuba de la manera mas secreta posible.  Para muchos halcones todavía esa no parece ser la solución adecuada. Porque la única solución adecuada que existe para "preservar la vida y los intereses de los ciudadanos norteamericanos en Cuba" pasa por el envío del acorazado Maine a la bahía de La Habana como instrumento de advertencia.
El acorazado Maine está en la rada de Cayo Hueso en el mes de Enero de 1898.


Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Marzo 15 del 2015.





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