Tomado de Grandes Nostalgias.
El niño estaba enjorquetado sobre el durmiente norte del comedor de la casa. Andaba con un pantaloncito corto remendado y con una camiseta blanca, quedada del padre, que le llegaba hasta la mitad de los muslos. En su mano derecha tenía un machete viejo con el cabo de madera roto y trataba de emparejar la punta de una tablilla de bienvestido. Cada vez que golpeaba al palo con el filo romo tenía que echarse para atrás porque el machete se seguía acercando hasta sus huevitos y hasta su picha. El niño observaba de reojo a la madre que estaba escogiendo el arroz en la parte norte de la mesa, de espaldas a él, porque ella le había dicho como veinte veces que no siguiera cortando palos de esa manera porque se iba a desgraciar la punta de su pichita cuando no a cortársela por el tronquito. El niño ponía cuidado hasta que al poco rato se olvidaba del consejo de la madre. Estaba más interesado en hacer la base del casillo de coger palomas que en lo que le pudiera ocurrir a un pellejito que solo servía para mear. La madre escuchaba el tok tok monótono del viejo machete sobre el durmiente y pensaba que esta vez Luisín andaría con mayor precaución. Tío Onofre llegó sutilito por el camino de Mikel, saludó a Laniña con el dedo índice sobre sus labios para indicarle que no hiciera bulla y se colocó detrás del niño cortador de bases para casillos sin que este lo viera. Tíonofre lo dejó hacer hasta que vio las manchas rojas sobre la madera del durmiente. Dio dos pasos hacia atrás, tocó el hombro de su hermana y le dijo "ven para que veas". El pantaloncito corto del niño dejaba escapar su pichita por el lado del muslo izquierdo y los hermanos observaron como la sangre goteaba desde la punta. Se trataba de un sangramiento muy ligero pero Laniña, asustada, lo cogió por el tirante izquierdo de la camizeta y lo levantó del durmiente. Mira lo que has hecho con tu rabito, le dijo. El niño no se había dado cuenta. Qué he hecho con mi rabito, mami, preguntó. Te lo has cortado y estás sangrando por la punta, mírate. Esto no es sangre, verdad Tíonofre. Nooo, y qué es entonces, Pepesiverio. Es la tinta de un gusano mión que venía enganchado en el palo de bienvestido. Tíonofre tuvo que aguantar la risa. Y dónde esta ese gusanomión, Rafelramos. Se me escapó de debajo del calcañal derecho y se fue para el campo de cardosanto y vi que se lo comió un guanaro. Ñok, ni Arenilla le hace nada a esta muchacho, definió la madre. Tiene a quien salir, dijo Tíonofre. Laniña buscó el pomo de agua oxigenada que tenía en el estante de la cajita de Pangastrol y mojó un pedazo de algodón estrujado y se lo pasó por la punta de la picha. Después le untó un poquito de mercurio cromo con la pelusa de una pluma de gallina y se metió en el cuarto. Oye, tienes que cuidar mucho ese pellejito porque si es verdad que ahora solo te sirve para miar con el tiempo te servirá para gozar con las chachas, le dijo Tíonofre en voz baja. El niño no le había prestado atención y solo trataba de no quitarse el mercurio con el dorso de su mano por temor a que la madre regresara y lo viera. La punta de la picha le estaba ardiendo mucho. La madre le trajo un pantaloncito largo, color crema. Mira, ponte este pantalón y no quiero verte más nunca con un machete en la mano si no andas con él puesto y bien abotonado, me estás oyendo, niño. Si, está bien mami. Si quieres seguir haciendo casillos, no hay problemas, le diré a Rafael que te corte toda la cerca de bienvestidos de Gucende y te la entregue trozada en tablitas y que también te haga cuarenta rastras de ariques y doscientos sacos de trampas y tú te encargas de hacer el trabajo final. Así no tiene gracia, mami, yo quiero hacerlo todo solo. Lo que no tiene gracia es que te vayas a quedar sin picha. No te preocupes, hermana, si "mamidameteta" no te da un nieto te lo dará esa que llevas en la barriga, dijo Onofre riendo, y se metió en la cocina para servirse una lata de sambumbia. Niña, hoy te voy a pegar la gorra, así que esmérate con el potaje de frijoles negros. No tengo que esmerarme con lo que domino como nadie, bromeó Laniña y agregó qué, Luisa no está hoy en casa. Sí, pero voy a cortar una madera ahí en la loma de Domingo Chipucia y prefiero almorzar aquí. Muy bien, no hay problema. Oye, Tío, tú te pegas más la gorra en esta casa que Vera. Ese poeta cree que todavía vive aquí. Cuántos platos de arroz con frijoles tú te comes de un tirón. Dos cuando más. Vera se come como cinco y se queda golosiando.Ese enano es un animal, debe de tener como cuatro estómagos. Dice papi que no hay quien lo llene, y entre bocado y bocado hasta canta alguna décima. También está loco de remate. Tú te sabes alguna décima. Ni una solita. Quién es mejor carpintero, tú, Antonioelcarpintero o Pepesiverio. Yo solo soy un pobre hacerranchos, Antonio es un chapucero y Pepe es el maestro. Dile a Pepe que me haga un camión de cargar caña igualitico al de Luis y al de Imeldo. Que se lo diga Rafael. Dice papi que ya se lo ha dicho como mil veces y nada. Entonces tienes que esperar a que te toque a tí y entre tanto pues sigue jugando con esa yunta de pomos de yodotánico y esa rastra de guevoegallo. Cuando Onofre se fue la madre le ayudó a llevar las tablas de bienvestido hasta la sombra de la mata de aguacates morados. El niño regresó por los ariques húmedos que estaban en la batea de cedro. Cuántos casillos piensas hacer. No sé para cuantos me den los palos. Cuántos tienes en el campo. Seis. Ya los revisaste esta mañana. Todavía, lo haré después de que acabe con estos, total, si no sirven para nada. La madre se tocó la barriga. La tienes muy grande, dijo el niño, cuándo pares. La madre lo observó con ternura. Y qué carajo sabes tú de esas cosas, mocoso. Tú y Mary y Nata siempre están hablando de tu preñez y ya sé hasta los abortos que has tenido y en donde has enterrado a los fenómenos. Madre mía, qué niño más intruso. Es que hablan delante de mí como si yo fuera un comemierda. Es que no me gusta ocultarte nada, cariño, verás qué hermanito mas lindo tendrás. No dicen todos que será una hembrita y que me quitará "el puesto". Eso lo dicen para joderte, el puesto será siempre de los dos y a lo mejor, sí, es una niña, quién sabe. Le llevaré siete años. Un poquito menos, debe venir en Junio. El niño comenzó a zafarse un nudo de arique que tenía debajo de las rodilla derecha. Qué estás haciendo, le preguntó la madre. Espérate. Cuando se zafó el nudo de arique el machete viejo cayó por entre el tubo de la pata del pantalón. Pero, serás tan sinverguenza, muchacho culicagao. No, mami, es solo para que veas que si quiero puedo seguir cortándome la picha y tú no te darías cuenta. Ah, sí. Sí, pero te juro que no lo haré más nunca. Así se habla, hombrecito. Oye, por qué mi picha servirá para hacer gozar a las chachas cuando yo crezca. La madre no sabía si reír o mandarse a correr. Quién te ha dicho eso. Tíonofre. Debiste haberte enterado con Rafael, carajo, pensó la madre. Otra mañana hablaremos de eso, está bien. Está bien. Murilio venía por el camino de la casa de Mikel. A ver, que te voy a ayudar a hacer los casillos, le dijo al niño. No, yo ya te vi hacerlos y creo que no necesito ayuda. Laniña todavía no había entrado a la casa. El niño oyó cuando Murilio le dijo que Mary decía que le mandara un poquito de sal y que Mikel quería un cigarro Veguero. Laniña le entregó ambos pedidos. Cuando el hijo mas pequeño de Mikel regresó a su casa no miró hacia donde Luisma fabricaba casillos de coger palomas. Sino hacia el Paso del Río, por donde venía el jinete Rafael con una caja grande sobre el pescuezo de Perica.
Poco antes de convertirse en el pescador de bijacas más fiel y consecuente que había tenido jamás el Río Platero el niño había aprendido a hacer casillos para coger palomas en el campo encardosantado que rodeaba a la casa. Hasta entonces solo se había limitado a ver posarse a las miles de palomas, de guanaros y de tojosas en la cerca de Gucende. Desde donde empezaba la finca de Mikel hasta el jaguey que delimitaba la de su padre con Los Gucende, cada bienvestido y cada jobo y cada guevoegallo y cada guamá se llenaban de montones de pájaros grises, que cada cierto tiempo se lanzaban en picada sobre el campo de cardodanto para llenarse de las semillitas negras y retornar a sus bases en las copas de los árboles de la cerca. Había un gran almácigo color sangre casi junto al jaguey que sobresalía de los demás árboles y el niño veía desde la puerta norte de su casa como los puntos grises parecían flores en las ramas y en la copa del almácigo. A veces las palomas llegaban casi hasta la misma puerta de la casa y comían desprevenidas sin levantar la cabeza del suelo repleto de semillitas negras de cardosanto. Entonces el niño trataba de matarlas con su tirapiedra de ligas coloradas del taller del Negro Tata de Yaguajay y horqueta de guevoegallo y badana suavecita de lengua de zapato pero solo lograba hacerlas levantar el vuelo y regresar a sus bienvestidos. Tampoco tenía éxito lanzándoles grandes piedras ni pedazos de palos secos que cogía desde debajo del fogón. El niño sufría por su mala puntería y casi que sentía envidia cuando oía decir que el Chino de Catalina podía matarlas en el mismo copito de las matas porque el muchacho "donde ponía el ojo ponía la piedra" y eso que solo tenía un tirapiedras de ligas negras sintéticas y una horqueta de guásima con badana de refuerzo de zapato de trabajo. Algunas noches el niño escuchaba voces por el lado de la cerca y cuando salía al patio veía las luces de las linternas y en ocasiones escuchaba disparos de armas de fuego. El padre le había dicho que se trataba de cazadores que aprovechaban que las palomas que no habían subido hasta el monte dormían sobre las ramas de los palos de la cerca y que las encandilaban con las luces de las linternas y entonces las mataban a mansalva. Una mañana el niño vio que Julio Ratón Comehilo entraba al campo de cardosanto con dos cosas de madera en sus manos. Así que atrevezó el cardosantal y se le unió frente a las dos palmas del sur de la Poza de Rafael. El Ratón de Belillo le dijo que eran dos casillos y que pensaba armarlos por allí porque había visto que muchas palomas se posaban en esa zona cuando pasaba por el camino del otro lado del Río. Ratón Comehilo limpió un pedazo de tierra como de cuarenta centímetros cuadrados entre varias matas de cardosanto y lo alisó con la base del casillo. Había quedado como la sala de la casa de Mary después de haber sido sometida a una buena tanda de cocó. Entonces Julián levantó el casillo - que al niño se le parecía al caballete de una casa de guano - y la U que formaba el pedazo de arique que estaba amarrado de los extremos inferiores del casillo se quedó en la tierra apisonada. Ratón Comehilo metió un pedazo de palo como de veinte centímetros debajo del casillo, lo pegó al arique en U y lo haló hasta el borde exterior del casillo. Entonces apoyó el casillo sobre el pedazo redondo de palo. El palo se partió y el casillo se cayó. Ratón Comehilo repitió la rutina y entonces el niño se percató de que el palo estaba cortado al medio y que cada pedazo tenía una especie de cama en donde encajaba el otro pedazo. Es una trampa, le dijo Julián, y no se pone el palito completo para que se caiga mas fácil cuando la paloma empuje el arique tratando de encontrar la carnada. De modo que el niño esperó a que Ratón Comehilo se fuera hasta las dos palmas de la Poza de Rafael y tratara de sacar algunas lombrices, con algún palo de punta afilada, del fango del río. Al niño le parecía que las palomas no comían lombrices pero el Ratón había hablado de "carnada" y él había oído decir que la palabra carnada estaba relacionada con las lombrices. Solo que Ratón Comehilo se sacó una latica vacía de leche condensada Nela del bolsillo del pantalón y la colocó debajo de las campanitas de la mata de cardosanto. Después arrancó una ramita seca de cardosando y con ella comenzó a doblar hacia la latica las campanitas. El niño vio como dentro de las campanitas había muchísimas semillitas negras de cardosanto que caían dentro de la latica de la carnada. Cuando Ratón Comehilo la hubo mediado se echó un poquito en la palma de la mano y con mucho cuidado las vertió detrás del arique y de la trampa. Las semillitas parecían mucho más negras sobre la tierra barrida. Finalmente Ratón Comehilo esparció algunas pocas semillitas por las cercanías del casillo y se preparó para repetir la rutina con el próximo casillo. Las tiro así, regadas, para que las palomas se vayan embullando hasta que lleguen a la mesa servida, dijo. Por qué usas ese palito para recoger las semillas, le preguntó el niño. Para no hincarme, comemierda, tócalas para que veas como pinchan. Sí, si lo sé. Entonces para qué coño preguntas. Es que a mí no me importa pincharme, no sabía que así es mejor, además, así si quieres puedes guardarlas. Es lo que hago yo, siempre tengo alguna latica llena de reserva. Por qué le dices carnada. Porque así se le dice a todo lo que sirva para engañar a cualquier bicho. Ah, quiero que me enseñes a hacer bien los casillos. Mi casa queda muy lejos, dile a Cometierra que te enseñe, él hace los mejores casillos de Platero. Murilio me deja mirarlo cuando los hace pero yo creo que no quiere enseñar a nadie. No, lo que pasa es que él quiere que le lleves un poquito de tierra fresca para comer y entonces hasta te puede regalar los que lleve hechos. No será que tú quieres que yo te lleve un poquito de hilo para entonces enseñarme. Julián Eldebelillo lo miró y no sabía si celebrar la gracia o darle un cocotazo. Mira, muchacho e mierda, que te voy a romper la cara. Es verdad que tú comes hilo, Julio. Claro que no, eso es mentira. Pero Murilio sí que come tierra, eh. Toda la que le den, fíjate que Mikel piensa sembrar un campo de calabaza dentro de su barriga. A mí me dijeron que tú te pasas la vida cogiendo arañas. Si, y para qué carajo quiero coger arañas, a ver. Para sacarles el hilo y tragártelo. Cuando Julián fue a decirle que ahora sí que no había quien le quitara el pescozón el niño se mandó a correr y Ratón Comehilo no tuvo mas remedio que admitir que el niño de Rafel le había ganado la batalla de la fábula. No me vayas a robar las palomas, culicagao, le gritó. Este terreno es de nosotros y que yo sepa en él no hay hilo, respondió el niño.
El niño tuvo toda la calma del mundo para esperar a que Cometierra saliera para la cerca de Gucende con un machete en la mano. Serían las cuatro de la tarde y había tantas nubes negras sobre la loma de Belillo que parecía que el mundo se fuera a acabar esta tarde debajo del aguacero. El niño se quitó el pantalón largo y se puso el corto porque sabía que esta tarde no picaría trozos de bienvestido sobre el durmiente norte. Cuando Murilio levantó el machete para cortar el primer gajo vio al niño. Qué coño haces aquí. Te voy a ayudar a llevar los palos para que me enseñes a hacer casillos de verdad. En qué quedamos, quieres o no quieres que te enseñe. Bueno, sí quiero, es que todos me quedan flojos y biscozniaos y casi que no me atrevo a ponerlos en el campo. Y dónde carajo los pondrás si ya no queda espacio en el terreno de frijoles de tu papá. Sí queda, cerca de la casa. Entre Comehilo y los Cagatrillos se lo tienen todo cogido, tú no les robas las palomas. No me dejan robárselas. Nosotros no dejamos que nadie ponga casillos en nuestra tierra. Sí, pero ustedes son grandes. Está bien, espera a que acabe de cortar los gajos y nos vamos. Cometierra le echó como diez palos de bienvestido sobre su hombro derecho y él cargó con el resto. Llevaba dos ramitas derechitas de bienvestido en la mano. Son para las trampas, le dijo, no me gusta el guevoegallo, es muy duro y solo sirve para hacer horquetas de tirapiedras. Mury Cometierra eligió la mata de aguacates verdinos que estaba detrás del rancho de desahogo en donde vivían Tite y Lidia y que también hacía de baño y que había sido la casa en donde vivieron Manuel y Emilia con sus hijos Eddy y Manolito antes de que se fueran a vivir para cerca de Mayajigua, en la finca de Eliodoro Ruiz, el padre de Emilia. Tíralos aquí, le dijo. Cuántos piensas hacer. Como cinco, te daré uno. El niño se sentó sobre una de las raíces salientes de la mata de aguacate. Murilio Eldemikel cortó diez pedazos de madera de la parte más gruesa de las ramas y trozó el resto de la carga en diferentes tamaños. Los pedazos más gordos son para las cinco bases, dijo. Cogió el machete y un pedazo de yaya grueso para golpearlo contra el lomo y le pidió al niño que le fuera alcanzando los palos. No puedes usar nada que tenga filo porque a ese paso terminarás sin pinga, le recordó. No me pasará más nunca, pero igual tú serás el que pique. Mury Cometierra rajó en dos mitades cada trozo de palo y el niño observó mejor lo blandita qué era la madera de bienvestido y cómo tenía una masa amarillo verdosa en su interior muy parecida a la miga del plátano macho. Ahora se empieza así, mira bien, pichicortao. No me hables mas de mi picha porque entonces te tendré que dar la tierra que te traigo antes de tiempo. Murilio se detuvó. Qué tierra me traes. Tierra de debajo del jaguey, fresquecita. Y para qué retranca yo quiero tierra. Para que te la comas, es de la mejor que pude encontrar. Cómo sabes que los hijoeputas me dicen así. Ratón Comehilo me dijo que si te traía algo de tierra buena me enseñarías a hacer casillos buenos y que a lo mejor hasta me regalabas alguno. Ah, ese Ratoncomehilo, hijo de puta, acaso no te dije que uno era para tí sin saber que me traías tierra. Comehilo es un mentiroso. A ver, enséñame la tierra. El niño se sacó una bolsita del bolsillo trasero del pantaloncito corto. Era una bolsita confeccionada con el bolsillo delantero de un pantalón caqui de montar desechado del padre. Murilio le zafó el nudo que la cerraba y la miró. Tenía color grisáceo e incluía algunas piedrecitas parecidas al oro viejo. La volvió a cerrar y la tiró contra la pared sur del rancho de desahogo. Déjate de gracias conmigo que te voy a cortar la cabeza, le dijo. Yo no veo nada malo en que uno coma lo que le gusta. Ah, no, por eso es que a mí no me importa que tú comas tanta mierda. Yo no como mierda. No, y qué carajo comes entonces. Hilo y tierra. Tú eres más hijo de puta que Ratoncomehilo. Bueno, viejo, acaba de empezar con los casillos. A este tipo no hay quien le gane, pensó Cometierra. Murilio cogió cuatro grandes tablas de bienvestido y las colocó sobre la yerba recortada haciendo un cuadrado lo mas perfecto posible. Dos de las tablas descansaban sobre las otras dos. Alcanzó un par de cintas de arique húmedo que tenía en una cubeta de cinc galvanizado con agua y les hizo una gaza en cada extremo. Que queden bien fuertes pero que también puedan deslizarse para que se aprieten bien en los cruces de los palos, explicó. Cruzó el par de gasas sobre la base del casillo y las ató en cruz en cada extremo. Alguna gente prefiere usar alambre como arique y otros clavan la base con puntillas pero por eso es que siempre los casillos se aflojan. Mury Cometierra le dijo que ahora le fuera alcanzando tablas de diferentes tamaños, de modo que a medida que subieran las paredes del casillo aquellas resultaran más pequeñas y más finas. Cada vez que Murilio ponía una tabla sobre la otra apretaba fuerte contra los ariques para que el casillo quedara como un jiquí. Para la copa del casillo Mury Cometierra tuvo que cortar algunas tablitas y el niño notó que por el huequito que quedaba no cabía ni una chinchila sietemesina. Cógele el peso. El niño lo levantó y dijo que le parecía que pesaba su poquito. Eso demuestra que la madera es buena y que el casillo ha quedado bien hecho. Murilio lo puso sobre la yerba y lo volteó. Volvió a meter la mano en la cubeta de los ariques húmedos. Sacó un arique negruzco y eligió una cinta fina de la parte más mojada. Lo más finita posible, solo tiene que sujetar la trampa sin partirse, mira. Ató una de las puntas en una de las esquinas del casillo y pasó la otra por detrás de su dedo índice inclinado hacia el suelo de modo que cuando atara la otra punta el ariquito quedara exactamente debajo de la base frontal del casillo. Ahora le toca el turno a la trampa. Cogió una de las ramitas derechas de bienvestido y apoyándola contra una rama baja del aguacate le cortó la punta. Se cercioró de que había quedado parejita y entonces realizó otro corte mas o menos a una distancia de 25 centímetros. Si quieres puedes pelarla, pero es lo mismo usarla con su cáscara. Observa bien ahora, porque el corte no se puede pasar de la mitad del palito. Así que dejó caer el machete con delicadeza y el niño se dio cuenta de que el corte había llegado justo hasta donde deseaba Cometierra. Dio una vuelta completa a la ramita y realizó otro corte idéntico como a dos centímetros. Mira. Tomó la ramita entre sus manos y las dobló hacia abajo. La ramita hizo crak y se quebró por los dos cortes perfectos y el niño vio que cada parte de la ramita tenía un corte rectangular en donde entraba perfectamente el otro. Ni que lo hubiera hecho Pepesiverio, se maravilló el niño. Listo, ahora sígueme despichao, dijo Mury Cometierra. Se fueron hasta frente a La Chorrera. Allí había un gran cardosantal y Murilio tenía como doce casillos armados. Eligió un sitio alejado del centro en donde quedaban algunas matas de cardosanto e hizo exactamente lo que había hecho el Ratón Comehilo. Tú no recojes las semillitas en una lata de algo, preguntó el niño. No, para qué, si las campanitas están cargadas y solo basta con virarlas con cualquier palito y echarlas en la palma de la mano, cada vez que vacías una campanita seca enseguida se madura otra que esté pintona. El Ratón Comehilo no las echa tan lejos de la boca del casillo. Ese es un comebolas, hay que ponerlas lo mas atrás posible para que la paloma tenga que ir por las semillitas y de esa manera cae en el primer intento. El niño admitió que tenía razón. Vamos a revisar los casillos del faldeo de la loma, hace como tres horas que no voy por allá. De modo que cogieron por la izquierda de las tres matas de mango macho después de dejar atrás a la mata de mangas de chupar y pasaron pegados a la gran curva del río y caminaron sobre el campo de cardosanto. A la derecha el niño observó el mangal de Los Gucende, la mata de mamey amarillo, la de chirimolla y la vereda por donde a veces subía con su padre a buscar leña seca para cocinar y para hervir la ropa. En el faldeo de la loma de Belillo Murilio tenía como veinte casillos. Había dos caídos. Uno tenía una paloma aleteando desesperada. Tuviste suerte, verás cómo la saco. El primo segundo apoyó sus manos sobre la copa del casillo y cuando se hubo cerciorado de que aquel estaba bien afincado sobre la tierra levantó su mano derecha y comenzó a sacar algunas tablitas hasta que su mano cupo por el hueco. Atrapó a la paloma por el lomo, apretando sus alas entre los dedos y la sacó. Ahora puedes hacer varias cosas para que no se te vaya. Uno, te la metes bien hasta el fondo en el bolsillo del pantalón. Dos, le quitas todas las plumas de las alas para que si trata de escapar no pueda volar y la cojas gateando como un niño, pero eso es un abuso. Y tres, le cortas la cabeza tipo pollo para fricacé y la dejas desangrar y entonces la llevas donde te salga de la pinga. El niño lo miró preguntándose qué haría con esta. Mury se dio cuenta. Esta te la regalo, tú decides cómo te la llevarás, cogela y siente cómo se le está saliendo el corazón. dijo. Pero la tierra te la traje por si me regalaras un casillo. Y dale con la tierra, cojones, cállate la boca que puedo arrepentirme todavía, pichicortao, y no darte ni mierda. El niño se metió la paloma en el fondo del bolsillo del pantalón corto. Algunos tipos lo que hacen es levantar el casillo para coger a la paloma pero por eso muchas veces el bicho se escapa, la manera en que me viste cogerla es la mejor que hay, ahora nos vamos. Mury Cometierra peló dos cocos indios debajo de la mata de aguacate y le dio uno. Cuando el niño se lo tomó le pidió que si podía rajárselo en dos tapas porque, le dijo, lo que mas le gustaba del coco era la masa. Parece que le has cogido miedo al filo, eh, pichicortao. Eso es hasta que crezca un poquito más, Cometierra. Mira, muchacho, coge este casillo y piérdete de aquí, anda, antes de que, te repito, me arrepienta. El niño se tocó la paloma en el fondo del bolsillo y cogió el casillo por la base. No me digas mas pichicortao porque me la voy a sacar para que veas que la tengo igualitica que la tuya. Huy, qué clase de pingón tiene el niño de Laniña, se burló. El niño se dirigió a la pared sur del rancho de desahogo. Ese no es tu camino, pareces zonzo, a dónde retranca vas. Me llevo la tierra que te traje si no la quieres. Sí la quiero, yo analizo tierras de todas partes y creo que no conozco la de debajo del jaguey. El niño sonrió con socarronería, desvió sus pasos y tomó el camino correcto. Mury Cometierra lo acompañó hasta el patio norte de la casa. Mary los vio conversando. Qué, tienes miedo de irte, mira que estará nublado pero todavía es de día, le preguntó con ironía. Yo solo tengo miedo por la noche, cuando tu hermano hace esos cuentos que dan grima. Qué cuentos grimosos hago yo por la noche, muchacho. Lliye Lara estaba saliendo por la puerta de la sala. Cuándo viniste, le preguntó el niño. Hace un ratico, pero no tengas miedo, que esta noche haré mis cuentos de terror en tu propia casa, hace rato que no tomo una zambumbia de verdad. Está bien, te esperamos allá, dijo el niño. Cuando llegó a la cerca delimitante de las fincas se volvió para la casa de Mikel. Todavía Llylle charlaba con la hermana y con Murilio. Mury, le gritó. Dime, niñosinpicha, respondió Mury Cometierra. Que te aproveche, lombriz de corral.
Como ya estaba oscureciendo el padre le dijo que por la mañana armarían el casillo y arreglarían los demás. Le cortó la cabeza a la paloma, retorciéndole el pescuezo como hacía con los pollos cantones y la madre la peló con agua caliente. Cuando estaba lista para freír con manteca de puerco lo llamó y le enseñó la fuente floreada en donde descansaban tres palomas preparadas. Qué te parece, le preguntó. Que la paloma que me dio Cometierra era hembra y que estaba preñada de jimaguas. Dios mío, tendré que decirle a Arenilla que te dé algunas lecciones. Ese es el viejo mentiroso. Sí, señoritingo, ese mismo. Pero yo no soy mentiroso, yo nada mas digo lo que creo es la respuesta que sirve cuando me preguntan cosas. Entonces, terció el padre, si la paloma no estaba preñada de jimaguas, de dónde salieron las otras dos. Se las habrás robado a los Cagatrillos. Cojones, se maravilló el Hombre de la Ciénaga. Cada quien se comió una paloma y de nuevo el niño degustó el magnífico sabor de la pechuga de paloma frita con manteca de puerco después de haber sido pasada por humo para quitarle los cañones de las plumas.
Quedaba un espacio sin casillos entre la mata de mamey colorado y la sección noroeste del cocal. El padre pensaba que allí no había casillos armados porque Comehilo y los Cagatrillos tenían miedo de que él le robara las palomas que cayeran en los casillos. Tampoco había casillos en el terreno pegado a la cerca de Gucende porque allí era donde el Hombre de la Ciénaga amarraba a los bueyes. Sin embargo el padre del niño apenas se había robado unas doce palomas esta temporada y solo lo hacía cuando se trataba de guanaros. Así que en la mañana del domingo le ayudó a reparar los pésimos casillos que había fabricado el chico y entre los dos los armaron en el terreno disponible. En caso de que no caiga ninguna paloma los trasladaremos para la tierra de los bueyes, cerca del jaguey, y si allí tampoco pasa nada pues los pondremos pegados a los del Ratón Comehilo y a los de Los Cagatrillos y si se ponen bravos al carajo, le dijo. El niño expresó que quería tener un casillo frente a la puerta norte del comedor porque se moría de ganas de ver caer una paloma mientras comía cardosanto. El padre le dijo que estaba bien, que solo era cosa de no dejar que los bueyes alcanzaran al casillo. De modo que el niño se fabricó otro casillo enseguida y lo armó a unos veinte metros de la casa.
La temporada de las palomas duraba desde Diciembre, en que se recogía la cosecha de maíz y de frijoles, hasta Marzo, que era el mes en que el Hombre de la Ciénaga comenzaba a preparar el terreno para la siembra del maíz de primavera. Ese año el niño aprendió todo lo que tenía que saber sobre la caza de palomas con casillo. Había tres tipos de palomas. Estaba la paloma rabiche, que era la paloma normal y la que mas abundaba. Un pájaro gris suave de cabeza hermosa y pico perfecto, relativamente mansito y que casi siempre volaba solo a menos que fuera temporada. La paloma rabiche era la que más caía en los casillos y el padre le había dicho que no era porque fueran mas abundantes sino porque eran las menos desconfiadas de las trampas de los hombres. Estaba la tojosa, que era una rabiche en miniatura y un poco más jíbara, quizás con algunas pinticas negras en sus alas. La tojosa abundaba muy poco y el padre le había dicho que pensaba que era porque las crías nacían muy débiles y se morían mas de la mitad al poco tiempo de nacer. Eran muy desconfiadas y se dejaban cazar con muy poca frecuencia. Y estaba el guanaro, una bellísima paloma aliblanca, estilizada y elegante, bastante mas grande que la rabiche, que acostumbraba comer en pareja y era por eso que muchas veces un casillo caído podía tener dos guanaros, suficientes para alimentar a tres personas si se preparaba en fricacé. Aunque su sabor era similar, el guanaro tenía otro encanto y había algo en su pechuga frita que encantaba al paladar.Había menos guanaros que rabiches pero muchos más que tojosas. Al niño no le gustaba mucho el canto de las palomas. Lo sentía lúgubre y le parecía que cantaban con sus pechugas y que no abrían el pico para gorjear. A veces pensaba que su canto se parecía a la pechuguera de un niño con catarro encerrado. La tojosa era quien tenía el canto más triste, y la madre le había dicho que cuando una tojosa cantaba generalmente se producía algún evento desagradable. Las tojosas se subían a los árboles más altos y desde allí soltaban su tojú tojú melancólico y el niño sabía que algunas mujeres se santiguaban cuando las oían cantar al medio día. Había una tojosa invisible que siempre cantaba los mediodías, muy cerca de la casa de Queta y por eso el niño trataba de pasar por la casa de su abuela de regreso del colegio antes o después del canto lastimoso de la tojosa invisible. Una vez el niño le pregunto al padre que en dónde se metían las palomas cuando no había cardosanto que comer. El padre le respondió que siempre se podía ver alguna por los campos pero que generalmente estaban anidando y criando en la loma. También le dijo que había un cuarto tipo de paloma llamado torcaza, más grande que el guanaro y con la carne mucho más sabrosa pero que casi nunca bajaba a los llanos, prefiriendo la alta montaña y la costa, y que había que cazarlas a tiros. El niño siempre recordaba la historia relacionada con torcazas que contaba su madre de cuando era soltera. Laniña decía que había criado varios pichones de torcaza cogidos de sus nidales y que cuando crecieron los había metido en un corral de gallinas y que la familia se los había comido todos poco a poco como si fueran pollos del patio. Laniña aseguraba que la carne de torcaza era mucho más sabrosa que la de pollo, que la de guanaro y que la de gavilán. El niño dudaba un poco de esas torcazas criadas a tití, y a veces sentía deseos de preguntarle a la madre que si ella era prima de Arenilla o pariente de Moronero.
Esa temporada de palomas pasó sin que el niño pudiera ver a ninguna paloma empujar el ariquito, desbaratar la trampa y quedar encerrada en el casillo de frente a la casa. El niño se pasaba horas enteras sentado en el durmiente que había estado a punto de despicharlo, con sus manos bien cerradas en espera de que alguna paloma tumbara el casillo para entonces apretarlas muy fuerte y celebrar el acontecimiento con saltos de chivo. Lo mas curioso era que siempre que se separaba del durmiente por algún motivo enseguida caía una paloma. Incluso el niño dejó de ir de pesca con la misma intencidad de los primeros tiempos. Para cuando el cardosanto se estaba secando y las espinas de sus hojas apenas pinchaban y las campanitas casi que no tenían semillitas negras, el padre decidió amarrar los bueyes por todo el campo para que fueran limpiando el terreno y entonces la cerca de Gucende se fue quedando sin palomas, y los totices y los sijuces plataneros y las chinchilas de la tierra y los tomeguines del pinar y los sabaneros y los sinsontes y los pitirres y alguna que otra garza blanca fueron ocupando sus espacios de siempre. Para entonces la guerra de los robos de palomas era comidilla de cada día entre el padre y el niño y Los Cagatrillos de Peperramos y el Ratón Comehilo de Belillo. Aunque el padre y el niño siempre limpiaban bien los casillos robados, cuando los plagiados llegaban a revisar se daban cuenta de que sus casillos no estaban armados como ellos los habían dejado y entonces registraban los alrededores hasta descubrir alguna pluma de paloma que casi siempre era de aliblanca. Cuando el niño estaba para el colegio y el padre estaba trabajando en otras áreas de la finca, Laniña cuidaba los casillos de su hijo para que los lámparas no fueran a robar sus presas. Dos semanas antes de finalizar la temporada Cometierra le dejó armar dos casillos frente a la poza de La Chorrera y la tarde en que cogió su primera paloma allí le dijo que cuando se sacaba a una paloma del casillo había que limpiar perfectamente toda el área porque una sola plumita quedada era capaz de espantar hasta a la paloma mas confianzuda. Y le recordó que se dejara de comer tanta mierda con su lástima para con las palomas porque algunos bichos habían sido creados para comer de la misma manera que las semillas de cardosanto se habían hecho para que las palomas se alimentaran. Porque Cometierra lo había visto mirando lánguidamente a la paloma que tenía que descabezar y acariciando su pechuga suave y su cabeza oronda.
El niño mantuvo sus casillos armados hasta que el padre terminó la última emberga en la orilla de la cerca de Gucende. Para entonces las palomas se habían marchado y solo alguna garza picoteaba detrás del arado. El niño había guardado toda la madera seca de los casillos de Los Cagatrillos y de Ratón Comehilo detrás de la palmichera y cuando el padre hizo el último surco de la última emberga le agregó su propia madera y le dijo a la madre que se la había guardado para que la usara para cocinar o para hervir las cochambreras del padre y de Ventoso. Entonces el niño regresó a las pozas de siempre y ahora no tenía que esconderse de las palomas para no espantarlas. Había decidido que le gustaba más pescar bijacas que cazar palomas pero también había llegado a la conclusión definitiva de que una pechuga frita de guanaro era infinitamente más rica que cualquier tataguaya tostadita. Al niño le había quedado una gran duda. Si su papá cada año guardaba semillas de arroz, de maíz y de frijoles - rociadas con cordano para que no se picaran - para la próxima cosecha, cómo era posible que él no supiera en dónde guardaba las semillas de cardosanto. Así que una noche le preguntó. Uno solo guarda las semillas que usarán los seres humanos. Entonces, papi, los animales que se jodan. No es exactamente así, niño, la naturaleza sabe muy bien lo que hace para que sus animales no se mueran de hambre. Me quedo igual, de dónde nacen las matas de cardosanto entonces. Cuando las matas se secan han dejado millones de semillitas en el terreno, esas son las que nacen. Coño, papi, pero demoran un mundo en nacer, hasta el próximo Diciembre. Ese misterio si que no te lo puedo explicar, se pasan enterradas todo el año hasta que se recoge la cosecha y nada mas trillar el último telón de frijoles empiezan a salir de la tierra como lombrices con ganas de coger sol. Y qué dice Raúl Ferrer de eso. Raúl tiene otras cosas ahora en qué pensar con sus amigos comunistas y hace un recarajal de tiempo que no nos vemos, pero una brigadista nos dijo que las semillas de cardosanto necesitaban quedarse debajo de la tierra hasta que llegara el frío y las hiciera nacer. Entonces ahora mismo tenemos en el pedazo de tierra un cementerio de semillas de cardosanto. Si señor, hasta que Justino y Ofelia las resuciten en Diciembre. O Tía Cuka. Esa no resucita ni a una chinchila, oye y por qué no le preguntas a la maestra. Yo pensaba que esas cosas eran asunto tuyo.
A mediados de Junio la madre casi que no podía con su barrigón. Andaba caminando escarranchada y usaba unos batilongos muy anchos que se levantaban a la altura de sus rodillas y al niño le parecía que se estaba poniendo vieja. Extrañaba sus vestidos floreados de lila que enseñaban sus curvas y le daban un aire de princesa campesina. Entonces las mujeres de la familia comenzaron a llegar hasta la casa y siempre le preguntaban que para cuándo "aflojaba" y que ya le tenían cantidad de maltinas y de latas de leche condensada y una le dijo que su marido tenía un boniatal floreciendo y que sus bejucos y sus flores estaban preciosos y que estaba segura de que tomar cocimientos de bejuco de boniato le haría producir mucha leche para criar al hijo. Mary le había recordado que no volviera a apretar sus muslos cuando fuera a parir porque ella sabía muy bien lo que eso había significado. Nata le trajo una gran gallina jabada para que se hiciera una buena sopa después del parto y le aseguró que lo pariría "como si nada", que la criatura saldría solita por su tremendo bollo y que esta vez no tendría que asustarse como pasó con Luisy en el Hospital de Caibarién. Apuesto a que parirás después de cumplir 43, le profetizó. Adolfina la Bella, mujer de Pablo Gocéndez, les visitó una tarde y le dijo que le notaba los labios muy llenos y la cara demasiado hinchada y que eso era seña de que sería una niña pues a ella le había pasado lo mismo cuando tuvo a Aracely. Tíonofre le trajo un caldero de leche con nata y se pasó como una hora jodiendo al niño. Le dijo que esperaba que el hermanito o la hermanita no se pasara como "cuatro años" mamando teta como habia hecho él y se burlaba "mamidameteta mamidameteta" y también le dijo que pensaba hacerle una casa nueva a su hermana, sin durmientes, para que "ciertos" comemierdas que él conocía no se siguieran cortando la picha con machetes mellados. Pero el niño apenas escuchaba las conversaciones de preparto. Solo pensaba en la casa en que lo iban a dejar sus padres cuando tuvieran que irse hacia el pueblo para al paritorio y si desde allí podría venir a pescar. Y pensaba también en que si sería verdad aquello que todo el mundo decía relacionado con el hermanito que le iba a "quitar el puesto" cuando llegara a este mundo. Se preguntaba si sería el puesto en la cama de sus padres, el puesto en la mesa o la preferencia por el nuevo miembro de la familia que estaba por nacer. Para el niño, sin embargo, había una cosa muy importante. Desde que su hermanito o hermanita naciera él se uniría al grupo de primos que tenían hermanos y pensó que siempre le habría de estar agradecido a Nata Obregón porque ella fue una de las mujeres que mas insistió con su madre en que él se merecía un hermano tuviera la edad que tuviera.
El niño se quedó en casa de la Abuela. Que era como quedarse en casa de Tío Neno y en casa de Tía Celia. Pero solo se quedaba por el día porque por la noche dormía en casa con el padre. Laniña tuvo un parto excelente y durante el corto tiempo que pasó en el Hospital de Yaguajay fue correctamente atendida por todos los Ferrer, especialmente por Raquel, la esposa de Raúl. La mañana en que regresó a la casa con el padre el niño se maravilló por la manera en que había recuperado su juventud y se dio cuenta de que su rostro había vuelto a ser normal y de que sus labios no parecían ya labios blancos de negro bembón. Ven para que la veas, le pidió, mientras le acariciaba la cabeza y se metía en la sala. El niño se quedó en el comedor. La madre caminaba de espaldas al niño y el amplio pañal blanco festonado casi que se regaba por el piso de tierra. El niño pensaba que la cabeza de su hermanita estaba para la casa de Mikel. La mamá regresó. Entonces vete tú solo, fíjate bien que bonita es, se parece a ti, le pidió. El niño entró al cuarto. Se colocó en la zona occidental de la cama matrimonial. Se arrodilló y puso los codos sobre la sábana que cubria la colchoneta ligera. Frente a él había una personita trigueña con tintes rosa, solamente cubierta con un culero blanco. Al niño le pareció que tenia los puños cerrados y que movía mucho sus piernas. La observó unos minutos. Terminó haciéndole una mueca cómplice.
Por el mediodía comenzaron a llegar los familiares y amigos. Las mujeres traían regalos. El niño pensó que se trataba de las Reyas Magas. Nata Obregón estaba eufórica. La abrazó como si intentara ahogarla entre sus brazos. Qué te dije, muchacha, queeeeé teee dijeee. Laniña le sonrió. A ver, dime el día. Laniña volvió a sonreír. 25 de junio. Ahí carajo, tres días más tarde que tu santo y tres días después de cumplir 43, te lo advertiiiií. Eres una bruja, amiga mía. Na, chica, es que te quiero tanto, a ver cómo se llama esa preciosura. Laniña miró a Rafael. Rafael le devolvió la mirada y movió la cabeza como si estuviera soñoliento. Dícelo tú, Rafael. Yooo, dícelo tú, te aclaré que en Yaguajay caeríamos en manos de Lilia y tendríamos una niña con nombre de santa o de monja. A mí me gusta el nombre, dijo Laniña. No, si yo no he dicho nada, solo que allá no tendríamos opciones, rió. Se llama María Teresa. Hermoso nombre de santa. Se llama Tery, dijo el niño.
Lydia la de Tite - que estaba preñada de cinco meses - levantó a la niña de la cama, la cargó y salió al comedor. El niño la siguió y mientras lo hacía recogió el pañal que se barría en el piso. Las mujeres se disputaban a su hermanita y el niño salió al patio norte de la casa. El terreno estaba pudriendo la yerba de la tierra arada y por doquiera se veían islas de grandes terrones y pedazos de matojos prendidos. El niño levantó su cabeza. Una bandada de cotorras despegó del palmar rumbo a la arbolea de Gucende y observó que parte del ganado de Pablo tenía el pescuezo por encima del último pelo de la cerca de alambre y miraba hacia la casa del niño con ojos dormidos y bufidos corales. El niño reconoció las voces de Mury Cometierra y de Ratón Comehilo que estaban celebrando a Tery en el comedor. Enseguida salieron para unírsele en el patio norte. Así que ya no eres único hijo, eso me gusta, dijo Cometierra. Te jodiste, "Luisín", perdiste el puesto y nada menos que por una "rajada", agregó Comehilo, picándole un ojo a Ratón. El niño dejó de mirar a las cabezas del ganado sobre la cerca porque la bandada de cotorras regresó para sobrevolar la casa. Se volvió hacia los primos segundos. No se hagan los bobos, sé que están esperando un descuido para empezar a comer. De qué hablas, "hermanito". Ratón, te estoy velando, no te vayas a comer el pañal de la niña, y tú Murilio, no sigas mirando al terreno arado que te estás babeando. Los primos mayores se miraron con mirada de "este tipo es insoportable", le pellizcaron las dos orejas y dieron la vuelta por detrás del fregadero para marcharse. En ese momento el niño sintió que el sol casi que rajaba las piedras y le pareció que un cono de luz cubría la casa. Además, sintió el aleteo sobre su cabeza. La tojosa, la rabiche y el guanaro se posaron a tres metros del niño y comenzaron a picotear el terreno como si fueran los únicos seres vivos del mundo.
Glosario mínimo.
-Enjorquetado....Escarranchado sobre cualquier superficie. Se "acepta" enhorquetado. Entiéndase "montarse" sobre algo.
-Picha....Pene de niño.
-Rafelramos....Contracción del nombre y de uno de los apellidos del padre del niño, Rafael Ramos....Los González Ferrer eran conocidos como los "islenos Ramos" por el tercer apellido del padre del niño. González y Ferrer no les sonaba tan musical y pronunciable a nadie.
-Pegar la gorra....Se dice cuando alguien llega de visita a una casa en hora de comidas y se sienta a la mesa.
-Sambumbia....Café muy ligero y dulzón que se hace con las "borras" del café inicial de una colada. La madre del niño tenía fama de hacer la "mejor sambumbia del mundo". Todavía hoy la gente lo recuerda, incluso en Miami.
-Jaguey. jobo, guamá....Arboles cubanos muy abundantes en los campos. Los dos primeros son muy frondosos pero con madera inútil para trabajos serios. El guamá es un árbol relativamente mediano, cuyas cáscara puede usarse como tira de amarre y tiene la capacidad de combarse fácilmente.
-Guevoegallo.... Arbol pequeño que crece en los cercados. De madera aparentemente blanda, sus ramas crecen con uniformidad casi increible. Cualquier mata de guevoegallo puede tener cinco o seis horquetas perfectas para tirapiedras y por eso es son muy cotizados por los niños. Tienen un fruto verde parecido a una semilla de frijol gigante que contienen en su interior una pasta blanca muy pegajoza.
-Cocó....Tierra blanca usada para emblanquizar los pisos de tierra.
-Arique....Tira extraída de las yaguas de palma real.
-Arenilla y Moronero....Dos de los más grandes fabuladores de la época. No los conocí pero oí hablar mucho de ellos y en algún lugar debí anotar gran parte de sus historias. Lamentablemente extraviadas. Excepto todo lo que puede atesorar mi memoria.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Febrero 2 del 2015.
El niño tuvo toda la calma del mundo para esperar a que Cometierra saliera para la cerca de Gucende con un machete en la mano. Serían las cuatro de la tarde y había tantas nubes negras sobre la loma de Belillo que parecía que el mundo se fuera a acabar esta tarde debajo del aguacero. El niño se quitó el pantalón largo y se puso el corto porque sabía que esta tarde no picaría trozos de bienvestido sobre el durmiente norte. Cuando Murilio levantó el machete para cortar el primer gajo vio al niño. Qué coño haces aquí. Te voy a ayudar a llevar los palos para que me enseñes a hacer casillos de verdad. En qué quedamos, quieres o no quieres que te enseñe. Bueno, sí quiero, es que todos me quedan flojos y biscozniaos y casi que no me atrevo a ponerlos en el campo. Y dónde carajo los pondrás si ya no queda espacio en el terreno de frijoles de tu papá. Sí queda, cerca de la casa. Entre Comehilo y los Cagatrillos se lo tienen todo cogido, tú no les robas las palomas. No me dejan robárselas. Nosotros no dejamos que nadie ponga casillos en nuestra tierra. Sí, pero ustedes son grandes. Está bien, espera a que acabe de cortar los gajos y nos vamos. Cometierra le echó como diez palos de bienvestido sobre su hombro derecho y él cargó con el resto. Llevaba dos ramitas derechitas de bienvestido en la mano. Son para las trampas, le dijo, no me gusta el guevoegallo, es muy duro y solo sirve para hacer horquetas de tirapiedras. Mury Cometierra eligió la mata de aguacates verdinos que estaba detrás del rancho de desahogo en donde vivían Tite y Lidia y que también hacía de baño y que había sido la casa en donde vivieron Manuel y Emilia con sus hijos Eddy y Manolito antes de que se fueran a vivir para cerca de Mayajigua, en la finca de Eliodoro Ruiz, el padre de Emilia. Tíralos aquí, le dijo. Cuántos piensas hacer. Como cinco, te daré uno. El niño se sentó sobre una de las raíces salientes de la mata de aguacate. Murilio Eldemikel cortó diez pedazos de madera de la parte más gruesa de las ramas y trozó el resto de la carga en diferentes tamaños. Los pedazos más gordos son para las cinco bases, dijo. Cogió el machete y un pedazo de yaya grueso para golpearlo contra el lomo y le pidió al niño que le fuera alcanzando los palos. No puedes usar nada que tenga filo porque a ese paso terminarás sin pinga, le recordó. No me pasará más nunca, pero igual tú serás el que pique. Mury Cometierra rajó en dos mitades cada trozo de palo y el niño observó mejor lo blandita qué era la madera de bienvestido y cómo tenía una masa amarillo verdosa en su interior muy parecida a la miga del plátano macho. Ahora se empieza así, mira bien, pichicortao. No me hables mas de mi picha porque entonces te tendré que dar la tierra que te traigo antes de tiempo. Murilio se detuvó. Qué tierra me traes. Tierra de debajo del jaguey, fresquecita. Y para qué retranca yo quiero tierra. Para que te la comas, es de la mejor que pude encontrar. Cómo sabes que los hijoeputas me dicen así. Ratón Comehilo me dijo que si te traía algo de tierra buena me enseñarías a hacer casillos buenos y que a lo mejor hasta me regalabas alguno. Ah, ese Ratoncomehilo, hijo de puta, acaso no te dije que uno era para tí sin saber que me traías tierra. Comehilo es un mentiroso. A ver, enséñame la tierra. El niño se sacó una bolsita del bolsillo trasero del pantaloncito corto. Era una bolsita confeccionada con el bolsillo delantero de un pantalón caqui de montar desechado del padre. Murilio le zafó el nudo que la cerraba y la miró. Tenía color grisáceo e incluía algunas piedrecitas parecidas al oro viejo. La volvió a cerrar y la tiró contra la pared sur del rancho de desahogo. Déjate de gracias conmigo que te voy a cortar la cabeza, le dijo. Yo no veo nada malo en que uno coma lo que le gusta. Ah, no, por eso es que a mí no me importa que tú comas tanta mierda. Yo no como mierda. No, y qué carajo comes entonces. Hilo y tierra. Tú eres más hijo de puta que Ratoncomehilo. Bueno, viejo, acaba de empezar con los casillos. A este tipo no hay quien le gane, pensó Cometierra. Murilio cogió cuatro grandes tablas de bienvestido y las colocó sobre la yerba recortada haciendo un cuadrado lo mas perfecto posible. Dos de las tablas descansaban sobre las otras dos. Alcanzó un par de cintas de arique húmedo que tenía en una cubeta de cinc galvanizado con agua y les hizo una gaza en cada extremo. Que queden bien fuertes pero que también puedan deslizarse para que se aprieten bien en los cruces de los palos, explicó. Cruzó el par de gasas sobre la base del casillo y las ató en cruz en cada extremo. Alguna gente prefiere usar alambre como arique y otros clavan la base con puntillas pero por eso es que siempre los casillos se aflojan. Mury Cometierra le dijo que ahora le fuera alcanzando tablas de diferentes tamaños, de modo que a medida que subieran las paredes del casillo aquellas resultaran más pequeñas y más finas. Cada vez que Murilio ponía una tabla sobre la otra apretaba fuerte contra los ariques para que el casillo quedara como un jiquí. Para la copa del casillo Mury Cometierra tuvo que cortar algunas tablitas y el niño notó que por el huequito que quedaba no cabía ni una chinchila sietemesina. Cógele el peso. El niño lo levantó y dijo que le parecía que pesaba su poquito. Eso demuestra que la madera es buena y que el casillo ha quedado bien hecho. Murilio lo puso sobre la yerba y lo volteó. Volvió a meter la mano en la cubeta de los ariques húmedos. Sacó un arique negruzco y eligió una cinta fina de la parte más mojada. Lo más finita posible, solo tiene que sujetar la trampa sin partirse, mira. Ató una de las puntas en una de las esquinas del casillo y pasó la otra por detrás de su dedo índice inclinado hacia el suelo de modo que cuando atara la otra punta el ariquito quedara exactamente debajo de la base frontal del casillo. Ahora le toca el turno a la trampa. Cogió una de las ramitas derechas de bienvestido y apoyándola contra una rama baja del aguacate le cortó la punta. Se cercioró de que había quedado parejita y entonces realizó otro corte mas o menos a una distancia de 25 centímetros. Si quieres puedes pelarla, pero es lo mismo usarla con su cáscara. Observa bien ahora, porque el corte no se puede pasar de la mitad del palito. Así que dejó caer el machete con delicadeza y el niño se dio cuenta de que el corte había llegado justo hasta donde deseaba Cometierra. Dio una vuelta completa a la ramita y realizó otro corte idéntico como a dos centímetros. Mira. Tomó la ramita entre sus manos y las dobló hacia abajo. La ramita hizo crak y se quebró por los dos cortes perfectos y el niño vio que cada parte de la ramita tenía un corte rectangular en donde entraba perfectamente el otro. Ni que lo hubiera hecho Pepesiverio, se maravilló el niño. Listo, ahora sígueme despichao, dijo Mury Cometierra. Se fueron hasta frente a La Chorrera. Allí había un gran cardosantal y Murilio tenía como doce casillos armados. Eligió un sitio alejado del centro en donde quedaban algunas matas de cardosanto e hizo exactamente lo que había hecho el Ratón Comehilo. Tú no recojes las semillitas en una lata de algo, preguntó el niño. No, para qué, si las campanitas están cargadas y solo basta con virarlas con cualquier palito y echarlas en la palma de la mano, cada vez que vacías una campanita seca enseguida se madura otra que esté pintona. El Ratón Comehilo no las echa tan lejos de la boca del casillo. Ese es un comebolas, hay que ponerlas lo mas atrás posible para que la paloma tenga que ir por las semillitas y de esa manera cae en el primer intento. El niño admitió que tenía razón. Vamos a revisar los casillos del faldeo de la loma, hace como tres horas que no voy por allá. De modo que cogieron por la izquierda de las tres matas de mango macho después de dejar atrás a la mata de mangas de chupar y pasaron pegados a la gran curva del río y caminaron sobre el campo de cardosanto. A la derecha el niño observó el mangal de Los Gucende, la mata de mamey amarillo, la de chirimolla y la vereda por donde a veces subía con su padre a buscar leña seca para cocinar y para hervir la ropa. En el faldeo de la loma de Belillo Murilio tenía como veinte casillos. Había dos caídos. Uno tenía una paloma aleteando desesperada. Tuviste suerte, verás cómo la saco. El primo segundo apoyó sus manos sobre la copa del casillo y cuando se hubo cerciorado de que aquel estaba bien afincado sobre la tierra levantó su mano derecha y comenzó a sacar algunas tablitas hasta que su mano cupo por el hueco. Atrapó a la paloma por el lomo, apretando sus alas entre los dedos y la sacó. Ahora puedes hacer varias cosas para que no se te vaya. Uno, te la metes bien hasta el fondo en el bolsillo del pantalón. Dos, le quitas todas las plumas de las alas para que si trata de escapar no pueda volar y la cojas gateando como un niño, pero eso es un abuso. Y tres, le cortas la cabeza tipo pollo para fricacé y la dejas desangrar y entonces la llevas donde te salga de la pinga. El niño lo miró preguntándose qué haría con esta. Mury se dio cuenta. Esta te la regalo, tú decides cómo te la llevarás, cogela y siente cómo se le está saliendo el corazón. dijo. Pero la tierra te la traje por si me regalaras un casillo. Y dale con la tierra, cojones, cállate la boca que puedo arrepentirme todavía, pichicortao, y no darte ni mierda. El niño se metió la paloma en el fondo del bolsillo del pantalón corto. Algunos tipos lo que hacen es levantar el casillo para coger a la paloma pero por eso muchas veces el bicho se escapa, la manera en que me viste cogerla es la mejor que hay, ahora nos vamos. Mury Cometierra peló dos cocos indios debajo de la mata de aguacate y le dio uno. Cuando el niño se lo tomó le pidió que si podía rajárselo en dos tapas porque, le dijo, lo que mas le gustaba del coco era la masa. Parece que le has cogido miedo al filo, eh, pichicortao. Eso es hasta que crezca un poquito más, Cometierra. Mira, muchacho, coge este casillo y piérdete de aquí, anda, antes de que, te repito, me arrepienta. El niño se tocó la paloma en el fondo del bolsillo y cogió el casillo por la base. No me digas mas pichicortao porque me la voy a sacar para que veas que la tengo igualitica que la tuya. Huy, qué clase de pingón tiene el niño de Laniña, se burló. El niño se dirigió a la pared sur del rancho de desahogo. Ese no es tu camino, pareces zonzo, a dónde retranca vas. Me llevo la tierra que te traje si no la quieres. Sí la quiero, yo analizo tierras de todas partes y creo que no conozco la de debajo del jaguey. El niño sonrió con socarronería, desvió sus pasos y tomó el camino correcto. Mury Cometierra lo acompañó hasta el patio norte de la casa. Mary los vio conversando. Qué, tienes miedo de irte, mira que estará nublado pero todavía es de día, le preguntó con ironía. Yo solo tengo miedo por la noche, cuando tu hermano hace esos cuentos que dan grima. Qué cuentos grimosos hago yo por la noche, muchacho. Lliye Lara estaba saliendo por la puerta de la sala. Cuándo viniste, le preguntó el niño. Hace un ratico, pero no tengas miedo, que esta noche haré mis cuentos de terror en tu propia casa, hace rato que no tomo una zambumbia de verdad. Está bien, te esperamos allá, dijo el niño. Cuando llegó a la cerca delimitante de las fincas se volvió para la casa de Mikel. Todavía Llylle charlaba con la hermana y con Murilio. Mury, le gritó. Dime, niñosinpicha, respondió Mury Cometierra. Que te aproveche, lombriz de corral.
Como ya estaba oscureciendo el padre le dijo que por la mañana armarían el casillo y arreglarían los demás. Le cortó la cabeza a la paloma, retorciéndole el pescuezo como hacía con los pollos cantones y la madre la peló con agua caliente. Cuando estaba lista para freír con manteca de puerco lo llamó y le enseñó la fuente floreada en donde descansaban tres palomas preparadas. Qué te parece, le preguntó. Que la paloma que me dio Cometierra era hembra y que estaba preñada de jimaguas. Dios mío, tendré que decirle a Arenilla que te dé algunas lecciones. Ese es el viejo mentiroso. Sí, señoritingo, ese mismo. Pero yo no soy mentiroso, yo nada mas digo lo que creo es la respuesta que sirve cuando me preguntan cosas. Entonces, terció el padre, si la paloma no estaba preñada de jimaguas, de dónde salieron las otras dos. Se las habrás robado a los Cagatrillos. Cojones, se maravilló el Hombre de la Ciénaga. Cada quien se comió una paloma y de nuevo el niño degustó el magnífico sabor de la pechuga de paloma frita con manteca de puerco después de haber sido pasada por humo para quitarle los cañones de las plumas.
Quedaba un espacio sin casillos entre la mata de mamey colorado y la sección noroeste del cocal. El padre pensaba que allí no había casillos armados porque Comehilo y los Cagatrillos tenían miedo de que él le robara las palomas que cayeran en los casillos. Tampoco había casillos en el terreno pegado a la cerca de Gucende porque allí era donde el Hombre de la Ciénaga amarraba a los bueyes. Sin embargo el padre del niño apenas se había robado unas doce palomas esta temporada y solo lo hacía cuando se trataba de guanaros. Así que en la mañana del domingo le ayudó a reparar los pésimos casillos que había fabricado el chico y entre los dos los armaron en el terreno disponible. En caso de que no caiga ninguna paloma los trasladaremos para la tierra de los bueyes, cerca del jaguey, y si allí tampoco pasa nada pues los pondremos pegados a los del Ratón Comehilo y a los de Los Cagatrillos y si se ponen bravos al carajo, le dijo. El niño expresó que quería tener un casillo frente a la puerta norte del comedor porque se moría de ganas de ver caer una paloma mientras comía cardosanto. El padre le dijo que estaba bien, que solo era cosa de no dejar que los bueyes alcanzaran al casillo. De modo que el niño se fabricó otro casillo enseguida y lo armó a unos veinte metros de la casa.
La temporada de las palomas duraba desde Diciembre, en que se recogía la cosecha de maíz y de frijoles, hasta Marzo, que era el mes en que el Hombre de la Ciénaga comenzaba a preparar el terreno para la siembra del maíz de primavera. Ese año el niño aprendió todo lo que tenía que saber sobre la caza de palomas con casillo. Había tres tipos de palomas. Estaba la paloma rabiche, que era la paloma normal y la que mas abundaba. Un pájaro gris suave de cabeza hermosa y pico perfecto, relativamente mansito y que casi siempre volaba solo a menos que fuera temporada. La paloma rabiche era la que más caía en los casillos y el padre le había dicho que no era porque fueran mas abundantes sino porque eran las menos desconfiadas de las trampas de los hombres. Estaba la tojosa, que era una rabiche en miniatura y un poco más jíbara, quizás con algunas pinticas negras en sus alas. La tojosa abundaba muy poco y el padre le había dicho que pensaba que era porque las crías nacían muy débiles y se morían mas de la mitad al poco tiempo de nacer. Eran muy desconfiadas y se dejaban cazar con muy poca frecuencia. Y estaba el guanaro, una bellísima paloma aliblanca, estilizada y elegante, bastante mas grande que la rabiche, que acostumbraba comer en pareja y era por eso que muchas veces un casillo caído podía tener dos guanaros, suficientes para alimentar a tres personas si se preparaba en fricacé. Aunque su sabor era similar, el guanaro tenía otro encanto y había algo en su pechuga frita que encantaba al paladar.Había menos guanaros que rabiches pero muchos más que tojosas. Al niño no le gustaba mucho el canto de las palomas. Lo sentía lúgubre y le parecía que cantaban con sus pechugas y que no abrían el pico para gorjear. A veces pensaba que su canto se parecía a la pechuguera de un niño con catarro encerrado. La tojosa era quien tenía el canto más triste, y la madre le había dicho que cuando una tojosa cantaba generalmente se producía algún evento desagradable. Las tojosas se subían a los árboles más altos y desde allí soltaban su tojú tojú melancólico y el niño sabía que algunas mujeres se santiguaban cuando las oían cantar al medio día. Había una tojosa invisible que siempre cantaba los mediodías, muy cerca de la casa de Queta y por eso el niño trataba de pasar por la casa de su abuela de regreso del colegio antes o después del canto lastimoso de la tojosa invisible. Una vez el niño le pregunto al padre que en dónde se metían las palomas cuando no había cardosanto que comer. El padre le respondió que siempre se podía ver alguna por los campos pero que generalmente estaban anidando y criando en la loma. También le dijo que había un cuarto tipo de paloma llamado torcaza, más grande que el guanaro y con la carne mucho más sabrosa pero que casi nunca bajaba a los llanos, prefiriendo la alta montaña y la costa, y que había que cazarlas a tiros. El niño siempre recordaba la historia relacionada con torcazas que contaba su madre de cuando era soltera. Laniña decía que había criado varios pichones de torcaza cogidos de sus nidales y que cuando crecieron los había metido en un corral de gallinas y que la familia se los había comido todos poco a poco como si fueran pollos del patio. Laniña aseguraba que la carne de torcaza era mucho más sabrosa que la de pollo, que la de guanaro y que la de gavilán. El niño dudaba un poco de esas torcazas criadas a tití, y a veces sentía deseos de preguntarle a la madre que si ella era prima de Arenilla o pariente de Moronero.
Esa temporada de palomas pasó sin que el niño pudiera ver a ninguna paloma empujar el ariquito, desbaratar la trampa y quedar encerrada en el casillo de frente a la casa. El niño se pasaba horas enteras sentado en el durmiente que había estado a punto de despicharlo, con sus manos bien cerradas en espera de que alguna paloma tumbara el casillo para entonces apretarlas muy fuerte y celebrar el acontecimiento con saltos de chivo. Lo mas curioso era que siempre que se separaba del durmiente por algún motivo enseguida caía una paloma. Incluso el niño dejó de ir de pesca con la misma intencidad de los primeros tiempos. Para cuando el cardosanto se estaba secando y las espinas de sus hojas apenas pinchaban y las campanitas casi que no tenían semillitas negras, el padre decidió amarrar los bueyes por todo el campo para que fueran limpiando el terreno y entonces la cerca de Gucende se fue quedando sin palomas, y los totices y los sijuces plataneros y las chinchilas de la tierra y los tomeguines del pinar y los sabaneros y los sinsontes y los pitirres y alguna que otra garza blanca fueron ocupando sus espacios de siempre. Para entonces la guerra de los robos de palomas era comidilla de cada día entre el padre y el niño y Los Cagatrillos de Peperramos y el Ratón Comehilo de Belillo. Aunque el padre y el niño siempre limpiaban bien los casillos robados, cuando los plagiados llegaban a revisar se daban cuenta de que sus casillos no estaban armados como ellos los habían dejado y entonces registraban los alrededores hasta descubrir alguna pluma de paloma que casi siempre era de aliblanca. Cuando el niño estaba para el colegio y el padre estaba trabajando en otras áreas de la finca, Laniña cuidaba los casillos de su hijo para que los lámparas no fueran a robar sus presas. Dos semanas antes de finalizar la temporada Cometierra le dejó armar dos casillos frente a la poza de La Chorrera y la tarde en que cogió su primera paloma allí le dijo que cuando se sacaba a una paloma del casillo había que limpiar perfectamente toda el área porque una sola plumita quedada era capaz de espantar hasta a la paloma mas confianzuda. Y le recordó que se dejara de comer tanta mierda con su lástima para con las palomas porque algunos bichos habían sido creados para comer de la misma manera que las semillas de cardosanto se habían hecho para que las palomas se alimentaran. Porque Cometierra lo había visto mirando lánguidamente a la paloma que tenía que descabezar y acariciando su pechuga suave y su cabeza oronda.
El niño mantuvo sus casillos armados hasta que el padre terminó la última emberga en la orilla de la cerca de Gucende. Para entonces las palomas se habían marchado y solo alguna garza picoteaba detrás del arado. El niño había guardado toda la madera seca de los casillos de Los Cagatrillos y de Ratón Comehilo detrás de la palmichera y cuando el padre hizo el último surco de la última emberga le agregó su propia madera y le dijo a la madre que se la había guardado para que la usara para cocinar o para hervir las cochambreras del padre y de Ventoso. Entonces el niño regresó a las pozas de siempre y ahora no tenía que esconderse de las palomas para no espantarlas. Había decidido que le gustaba más pescar bijacas que cazar palomas pero también había llegado a la conclusión definitiva de que una pechuga frita de guanaro era infinitamente más rica que cualquier tataguaya tostadita. Al niño le había quedado una gran duda. Si su papá cada año guardaba semillas de arroz, de maíz y de frijoles - rociadas con cordano para que no se picaran - para la próxima cosecha, cómo era posible que él no supiera en dónde guardaba las semillas de cardosanto. Así que una noche le preguntó. Uno solo guarda las semillas que usarán los seres humanos. Entonces, papi, los animales que se jodan. No es exactamente así, niño, la naturaleza sabe muy bien lo que hace para que sus animales no se mueran de hambre. Me quedo igual, de dónde nacen las matas de cardosanto entonces. Cuando las matas se secan han dejado millones de semillitas en el terreno, esas son las que nacen. Coño, papi, pero demoran un mundo en nacer, hasta el próximo Diciembre. Ese misterio si que no te lo puedo explicar, se pasan enterradas todo el año hasta que se recoge la cosecha y nada mas trillar el último telón de frijoles empiezan a salir de la tierra como lombrices con ganas de coger sol. Y qué dice Raúl Ferrer de eso. Raúl tiene otras cosas ahora en qué pensar con sus amigos comunistas y hace un recarajal de tiempo que no nos vemos, pero una brigadista nos dijo que las semillas de cardosanto necesitaban quedarse debajo de la tierra hasta que llegara el frío y las hiciera nacer. Entonces ahora mismo tenemos en el pedazo de tierra un cementerio de semillas de cardosanto. Si señor, hasta que Justino y Ofelia las resuciten en Diciembre. O Tía Cuka. Esa no resucita ni a una chinchila, oye y por qué no le preguntas a la maestra. Yo pensaba que esas cosas eran asunto tuyo.
A mediados de Junio la madre casi que no podía con su barrigón. Andaba caminando escarranchada y usaba unos batilongos muy anchos que se levantaban a la altura de sus rodillas y al niño le parecía que se estaba poniendo vieja. Extrañaba sus vestidos floreados de lila que enseñaban sus curvas y le daban un aire de princesa campesina. Entonces las mujeres de la familia comenzaron a llegar hasta la casa y siempre le preguntaban que para cuándo "aflojaba" y que ya le tenían cantidad de maltinas y de latas de leche condensada y una le dijo que su marido tenía un boniatal floreciendo y que sus bejucos y sus flores estaban preciosos y que estaba segura de que tomar cocimientos de bejuco de boniato le haría producir mucha leche para criar al hijo. Mary le había recordado que no volviera a apretar sus muslos cuando fuera a parir porque ella sabía muy bien lo que eso había significado. Nata le trajo una gran gallina jabada para que se hiciera una buena sopa después del parto y le aseguró que lo pariría "como si nada", que la criatura saldría solita por su tremendo bollo y que esta vez no tendría que asustarse como pasó con Luisy en el Hospital de Caibarién. Apuesto a que parirás después de cumplir 43, le profetizó. Adolfina la Bella, mujer de Pablo Gocéndez, les visitó una tarde y le dijo que le notaba los labios muy llenos y la cara demasiado hinchada y que eso era seña de que sería una niña pues a ella le había pasado lo mismo cuando tuvo a Aracely. Tíonofre le trajo un caldero de leche con nata y se pasó como una hora jodiendo al niño. Le dijo que esperaba que el hermanito o la hermanita no se pasara como "cuatro años" mamando teta como habia hecho él y se burlaba "mamidameteta mamidameteta" y también le dijo que pensaba hacerle una casa nueva a su hermana, sin durmientes, para que "ciertos" comemierdas que él conocía no se siguieran cortando la picha con machetes mellados. Pero el niño apenas escuchaba las conversaciones de preparto. Solo pensaba en la casa en que lo iban a dejar sus padres cuando tuvieran que irse hacia el pueblo para al paritorio y si desde allí podría venir a pescar. Y pensaba también en que si sería verdad aquello que todo el mundo decía relacionado con el hermanito que le iba a "quitar el puesto" cuando llegara a este mundo. Se preguntaba si sería el puesto en la cama de sus padres, el puesto en la mesa o la preferencia por el nuevo miembro de la familia que estaba por nacer. Para el niño, sin embargo, había una cosa muy importante. Desde que su hermanito o hermanita naciera él se uniría al grupo de primos que tenían hermanos y pensó que siempre le habría de estar agradecido a Nata Obregón porque ella fue una de las mujeres que mas insistió con su madre en que él se merecía un hermano tuviera la edad que tuviera.
El niño se quedó en casa de la Abuela. Que era como quedarse en casa de Tío Neno y en casa de Tía Celia. Pero solo se quedaba por el día porque por la noche dormía en casa con el padre. Laniña tuvo un parto excelente y durante el corto tiempo que pasó en el Hospital de Yaguajay fue correctamente atendida por todos los Ferrer, especialmente por Raquel, la esposa de Raúl. La mañana en que regresó a la casa con el padre el niño se maravilló por la manera en que había recuperado su juventud y se dio cuenta de que su rostro había vuelto a ser normal y de que sus labios no parecían ya labios blancos de negro bembón. Ven para que la veas, le pidió, mientras le acariciaba la cabeza y se metía en la sala. El niño se quedó en el comedor. La madre caminaba de espaldas al niño y el amplio pañal blanco festonado casi que se regaba por el piso de tierra. El niño pensaba que la cabeza de su hermanita estaba para la casa de Mikel. La mamá regresó. Entonces vete tú solo, fíjate bien que bonita es, se parece a ti, le pidió. El niño entró al cuarto. Se colocó en la zona occidental de la cama matrimonial. Se arrodilló y puso los codos sobre la sábana que cubria la colchoneta ligera. Frente a él había una personita trigueña con tintes rosa, solamente cubierta con un culero blanco. Al niño le pareció que tenia los puños cerrados y que movía mucho sus piernas. La observó unos minutos. Terminó haciéndole una mueca cómplice.
Por el mediodía comenzaron a llegar los familiares y amigos. Las mujeres traían regalos. El niño pensó que se trataba de las Reyas Magas. Nata Obregón estaba eufórica. La abrazó como si intentara ahogarla entre sus brazos. Qué te dije, muchacha, queeeeé teee dijeee. Laniña le sonrió. A ver, dime el día. Laniña volvió a sonreír. 25 de junio. Ahí carajo, tres días más tarde que tu santo y tres días después de cumplir 43, te lo advertiiiií. Eres una bruja, amiga mía. Na, chica, es que te quiero tanto, a ver cómo se llama esa preciosura. Laniña miró a Rafael. Rafael le devolvió la mirada y movió la cabeza como si estuviera soñoliento. Dícelo tú, Rafael. Yooo, dícelo tú, te aclaré que en Yaguajay caeríamos en manos de Lilia y tendríamos una niña con nombre de santa o de monja. A mí me gusta el nombre, dijo Laniña. No, si yo no he dicho nada, solo que allá no tendríamos opciones, rió. Se llama María Teresa. Hermoso nombre de santa. Se llama Tery, dijo el niño.
Lydia la de Tite - que estaba preñada de cinco meses - levantó a la niña de la cama, la cargó y salió al comedor. El niño la siguió y mientras lo hacía recogió el pañal que se barría en el piso. Las mujeres se disputaban a su hermanita y el niño salió al patio norte de la casa. El terreno estaba pudriendo la yerba de la tierra arada y por doquiera se veían islas de grandes terrones y pedazos de matojos prendidos. El niño levantó su cabeza. Una bandada de cotorras despegó del palmar rumbo a la arbolea de Gucende y observó que parte del ganado de Pablo tenía el pescuezo por encima del último pelo de la cerca de alambre y miraba hacia la casa del niño con ojos dormidos y bufidos corales. El niño reconoció las voces de Mury Cometierra y de Ratón Comehilo que estaban celebrando a Tery en el comedor. Enseguida salieron para unírsele en el patio norte. Así que ya no eres único hijo, eso me gusta, dijo Cometierra. Te jodiste, "Luisín", perdiste el puesto y nada menos que por una "rajada", agregó Comehilo, picándole un ojo a Ratón. El niño dejó de mirar a las cabezas del ganado sobre la cerca porque la bandada de cotorras regresó para sobrevolar la casa. Se volvió hacia los primos segundos. No se hagan los bobos, sé que están esperando un descuido para empezar a comer. De qué hablas, "hermanito". Ratón, te estoy velando, no te vayas a comer el pañal de la niña, y tú Murilio, no sigas mirando al terreno arado que te estás babeando. Los primos mayores se miraron con mirada de "este tipo es insoportable", le pellizcaron las dos orejas y dieron la vuelta por detrás del fregadero para marcharse. En ese momento el niño sintió que el sol casi que rajaba las piedras y le pareció que un cono de luz cubría la casa. Además, sintió el aleteo sobre su cabeza. La tojosa, la rabiche y el guanaro se posaron a tres metros del niño y comenzaron a picotear el terreno como si fueran los únicos seres vivos del mundo.
Glosario mínimo.
-Enjorquetado....Escarranchado sobre cualquier superficie. Se "acepta" enhorquetado. Entiéndase "montarse" sobre algo.
-Picha....Pene de niño.
-Rafelramos....Contracción del nombre y de uno de los apellidos del padre del niño, Rafael Ramos....Los González Ferrer eran conocidos como los "islenos Ramos" por el tercer apellido del padre del niño. González y Ferrer no les sonaba tan musical y pronunciable a nadie.
-Pegar la gorra....Se dice cuando alguien llega de visita a una casa en hora de comidas y se sienta a la mesa.
-Sambumbia....Café muy ligero y dulzón que se hace con las "borras" del café inicial de una colada. La madre del niño tenía fama de hacer la "mejor sambumbia del mundo". Todavía hoy la gente lo recuerda, incluso en Miami.
-Jaguey. jobo, guamá....Arboles cubanos muy abundantes en los campos. Los dos primeros son muy frondosos pero con madera inútil para trabajos serios. El guamá es un árbol relativamente mediano, cuyas cáscara puede usarse como tira de amarre y tiene la capacidad de combarse fácilmente.
-Guevoegallo.... Arbol pequeño que crece en los cercados. De madera aparentemente blanda, sus ramas crecen con uniformidad casi increible. Cualquier mata de guevoegallo puede tener cinco o seis horquetas perfectas para tirapiedras y por eso es son muy cotizados por los niños. Tienen un fruto verde parecido a una semilla de frijol gigante que contienen en su interior una pasta blanca muy pegajoza.
-Cocó....Tierra blanca usada para emblanquizar los pisos de tierra.
-Arique....Tira extraída de las yaguas de palma real.
-Arenilla y Moronero....Dos de los más grandes fabuladores de la época. No los conocí pero oí hablar mucho de ellos y en algún lugar debí anotar gran parte de sus historias. Lamentablemente extraviadas. Excepto todo lo que puede atesorar mi memoria.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Febrero 2 del 2015.
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