Monday, February 23, 2015

DECATLONISTA TRANSEXUAL. OK. Y QUE?. (2).-





Tomado de Grandes Nostalgias.


Mis vacaciones del verano de 1975 fueron literalmente fatales. Y dicotómicas. Se suponía que debía estar muy contento porque había terminado la enseñanza media y en dos meses entraría a la Universidad. Para entonces tendría diecinueve años y según los eruditos de la famila estaría entrando en "el universo madurez oficial". En verdad mi contentura se limitaba al vencimiento de los siete largos años de enseñanza secundaria y preuniversitaria y a la posibilidad de convertirme el próximo Septiembre en otro tipo de estudiante, libre de la disciplina rutinaria de los grados medios, insertado en los nuevos trajines de una carrera universitaria. Sin embargo estaba atormentadamente devastado.
En Cuba no existe la educación privada. De modo que cada estudiante tiene que ceñirse a las carreras disponibles que oferte el Sistema Estatal de Educación y tratar de obtenerlas de acuerdo al puntaje histórico de su Escalafón que comienza con el primer año de la enseñanza preuniversitaria. Yo  lo sabía muy bien. Pero nunca pude rebelarme contra mi pasión sobrehumana por las letras y por todo lo que tocara campos intelectuales y políticos y sobre todo contra una sed descomunal de información de todo tipo que aún no me abandona. Así que descuidé mis puntuaciones en las asignaturas de "Ciencias Exactas" y prioricé "Humanidades". En aquéllas mis notas solo buscaban el aprobado. En estas, la excelencia.  Estaba convencido de que no podría estudiar Periodismo ni Diplomacia ni Ciencias Políticas porque eran carreras "priorizadas" y solo podían acceder a ellas miembros de la Juventud Comunista o estudiantes "aparentemente apáticos" en materia social a los que no se les pudiera "señalar" absolutamente "nada". Para estas carreras el Escalafón solo era una de las "variantes". La única posibilidad de matricular en alguna carrera de Letras era aplicar para Filolgía. O Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, como también se le llamaba. Por supuesto que apliqué. No obstante, sabía que mi Escalafón no podía competir con el de otros aspirantes de mi Preuniversitario ni de mi provincia, por cierto casi todos mujeres. Porque los Escalafones se medían de manera general y no por sentido de vocación. Quiero decir que mi Escalafón "global" no era el mejor. Sí lo era, ampliamente, mi Escalafón Humanístico. Y claro que perdí. Me quedaba otra posibilidad. Estudiar Pedagogía, Rama Literatura y Español, en la Universidad de La Habana. Esta carrera no tenía"contraindicaciones" de ninguna índole y casi que era ofertada a cualquier postor. Además, mi gran sueño era graduarme en la capital del país y quedarme a ejercer allí en tanto iba desbrozando el camino de mi disidencia, inservible pero también incontrolable. Solo que la palabra "pedagogía" no era muy bien vista en mi pantalla de sueños. Yo subestimaba ser "maestro" y ser maestro lo consideraba una profesión menor. Lamentable errror que subsané demasido tarde porque dos de mis amigos, que se graduaron en Pedagogía, Rama Español y Literatura en la Universidad de La Habana, apenas ejercieron como profesores y lograron insertarse en universos intelectuales que les hicieron hombres exitosos dentro de las murallas de la Cuba Castrista. Porque, me dijeron luego, la única diferencia entre Filología y Pedagogía era que para los "maestros" existían asignaturas de Metódica de la Enseñanza.
Subconscientemente yo no tenía interés real en Escalafones ni carreras obtenidas a través de los medios convencionales. Era tan ingenuo en esa época que albergaba esperanzas de ser bendecido por el "sociolismo" galopante que jamás ha dejado de cabalgar en Cuba. Cuando digo "sociolismo" entiéndase, para mi caso, "familismo". No tenía socios influyentes porque mis pocos socios también tenían incubado el bichito de lo contestatario en sus neuronas. En 1975 yo solo era un tipo "inteligentísimo" que se iba a quedar sin poder estudiar lo que deseaba por tener "una maldita lengua desbocada" y por su indiferencia terminal hacia los "cargos comprometidos" de la Enseñanza Media. Pero yo no olvidaba jamás un nombre muy recurrente desde los tiempos de mi infancia. Raúl Ferrer. Raúl Ferrer era primo hermano de mi padre, el maestro campesino del Central Narcisa que había encumbrado a la Niñamala Dorita desde el batey del ingenio, el tío de Pedro Luis, que ya era famoso desde su guitarra domada y su voz de trovador del alba, el marido de aquella Raquel de visita en Yaguajay que había atendido estupendamente bien a mi madre cuando dio a luz a Tery en el Hospital del pueblo, el luchador clandestino contra la dictadura de  Fulgencio Batista, que una noche se había aparecido en casa de la Abuela, su tía, casi desnudo, sujetándose la pretina del pantalón con sus dedos de maestro poeta, arañado de monte, corriendo desmelanado delante de los guardias que le pisaban los talones para matarlo a tiros. Raúl - en la familia nadie le agregaba el Ferrer - era Viceministro de Educación de Adultos en 1975 y ya estaba en los planes de la Revolución para que ocupara la silla de Encargado Cultural de la Embajada Cubana en Moscú.
Cuando no se lograba obtener la carrera que se deseaba había la posibilidad de optar por las que fueran quedando disponibles. Yo no apliqué para ninguna otra. No me interesaba nada que no estuviera relacionado con las Letras y sabía que lo que iba quedando era pura basofia de Licenciaturas Exactas y Agronomías Baratas. Conversé con mi padre y le expliqué detalladamente la situación. Le dije que la única posibilidad de asegurar mi futuro profesional estaba en las manos de Raúl Ferrer, la persona que le había explicado algunos secretos del cruce de las aves migratorias hacia ambos hemisferios en los atardeceres apacibles. Mi padre tenía planeado viajar a La Habana para cerciorarse de si los Pequeños Agriculturos tenían o no derecho a la Jubilación Normal. Así que incluyó en su Lista "conversar con su famoso primo" acerca de mi status estacionario en el limbo del "no sé que va a pasar conmigo el próximo Septiembre". Poco después de mi cumpleaños diecinueve se fue a la capital del país en una Camberra de los tiempos románticos. Esperaba que su sobrino Pepito Siverio González le contactara con las autoridades de Agricultura. Y que el tipo más importante de la familia - que era "socialista" y no "comunista" - le diera una mano con el hijo, que deseaba estudiar "alguna cosa intelectual" en La Habana. Mi padre y yo no olvidábamos que alguna vez habíamos hablado de que si no se daba por la vía ordinaria, Raúl Ferrer era la única persona con capacidad real de hacer uso de su palanca poderosa para que yo pudiera llegar a La Habana.
Mi papá regresó una semana después y nos dijo que, efectivamente, los dueños de tierras no tenían derecho a Jubilación Normal, porque eran propietarios que solo trabajaban sus fincas y sus contribuciones al Mecanismo Fiscal eran demasiado inestables. Mi padre no recordaba los años exactos en que había trabajado fuera de la finca y le parecía que eran casi nulos para tiempos comunistas. Así que dio por cerrado el Caso Jubilación. No pude ver a Raúl, pero Raquel me dijo que vendría a Yaguajay muy pronto y que seguro se detendría en casa de Cuka, me dijo. No me gustó la noticia y medio que me enojé con él. Hubieras ido tú entonces, chico, sentenció. No, no importa, agregué. En verdad no tenía esperanzas de que Raúl viniera por Las Villas y entonces me dispuse a regresar al Pre para ver qué quedaba en oferta. Recuerdo que Zeida Rodríguez, la Directora, había visto a mi papá en Caibarién y le había dicho que me dijera que fuera por su oficina porque se estaba acabando el plazo de matrículas en la Universidad y todavía quedaban carreras disponibles. Agronomía estaba agotada. Solo quedaban libres tres Licenciaturas: Matemática, Física y Química. Vale decir, tres tigres cebados esperándote en la puerta de entrada de la Universidad de Santa Clara para destriparte sin contemplación. Había oído decir que el Cálculo Diferencial Integral eran tan difícil de vencer que hasta Einstein hubiera tenido que cometer fraude para salir airoso. También había escuchado que si se lograba aprobar el primer año de una carrera era posible cambiarse para otra más vocacional el próximo e incluso había la posibilidad de conseguir Filología. Me decidí por Física. Porque no podía quedarme en la calle y porque trataría de cambiarme de carrera en el segundo año. Quedarme en la calle equivalía a ser presa fácil del Servicio Militar, a menos que optara por ingresar en la Educación Media como Profesor, algo siempre posible dada la altísima demanda de profesores en el país, más allá de la existencia de las tantas Escuelas Formadoras de Profesores de Enseñanza Media. Estaba preparando los documentos que tenía que adjuntar a mi Expediente para presentar en la Universidad Central cuando el carro de Raúl Ferrer se detuvo frente a la casa de Tía Celia y bajó la ranfla.
Alguien llegó a mi casa del cocal y me dijo que mi papá decía que fuera para la casa de Cuka porque Raúl estaba allí. El corazón me dio un latigazo, mi estómago se retorció y sonreí inconscientemente. Así que el hombre había cumplido su promesa de venir a Yaguajay y de detenerse en casa de Cuka y seguramente quería verme porque Raquel le había hablado de la información de mi padre. Si Raquel viene con él dale mis saludos también, me dijo mi mamá. Claro, mami, seguro. Cuando entré a la saleta desde el portal sur Raúl estaba de pie y me pareció que ya se iba. Detrás de la ventana observé una cara que no conocía y después supe que era su chofer. Nadie nos presentó y él apenas me echó una ojeada al estilo de "ah, este es el literato". Tenía unos sesenta años y estaba idéntico a como aparecía en las publicaciones periódicas. Muy parecido a mi papá y a Pedro Luis, porque era un Ferer puro. Lo había pensado un poco más alto y acerté con la guayabera. Me quedé de pie unos centímetros dentro de la saleta, sin saber qué hacer, y recuerdo que Raúl Ferrer dijo, sin mirarme, "lo que necesita la Revolución son agrónomos y hombres de ciencia, ya hay muchos poetas". Lo dijo, giró a la derecha y salió al portal en el centro de Agosto. El chofer le siguió por el occidente del jardín y aunque me acordé de los saludos de mi madre para su mujer no se los transmití. No porque Raquel no lo acompañara sino porque me había quedado atolondrado con sus palabras terminales que ponían un sello macabro al concepto de "familismo". Cuando el Lada enfiló hacia Yaguajay, le miré hasta que se perdió en la curva de la Tienda del Pueblo - las "intervenciones" le habían robado el nombre de "la Tienda de Juanito" - y pensé "este es un hombre que no regresará jamás". Años después aparecería su exquisito libro de poesía Viajero sin retorno.
A finales de Agosto me presenté en la Facultad de Física de la Universidad Central de Santa Clara. Ya había estado una vez en la "alta casa de estudios" cuando los aspirantes a estudiar Filología tuvimos un encuentro con los jerarcas de la Facultad de Letras. He dicho en algún aparte que la UC es un sitio bellísimo, con edificaciones modernas pensadas por arquitectos japoneses, amplísimas zonas de áreas verdes y todo el equipamiento global que necesita una gran Universidad. La UC está a solo siete kilómetros conurbados  de la ciudad de Santa Clara y, a grandes rasgos, se me da un aire a la "E FA YU" de Miami Occidental. Recuerdo que el Decano observó mis notas de Física y me miró detenidamente con cara de "qué carajo tú haces aquí muchacho". Yo devolví la mirada con cara de "no me quedó mas remedio" y me despedí después de oirle decir que empezábamos el 3 de Septiembre.
Mi familia y mis amigos estaban muy orgullosos con mi entrada a la Universidad. Yo no. Muy pronto les dije a todos que no se hicieran ilusiones porque estudiaba algo que no me interesaba y que no podía concentrarme ni un solo minuto en los estudios. Un mes después había bajado como siete libras y no solo por la mala calidad de la comida sino por la desazón de saber que estaba perdiendo el tiempo. Supe que no era verdad la información que me había asegurado que después de un año podía cambiarme de carrera. Se trataba de una media verdad y solo aplicable para carreras del mismo perfil. Fue otra de mis grandes decepciones. A finales de año solo asistía a las aulas porque no podía ausentarme sin justificación, suspendía casi todos los Trabajos de Clase y me mataba el miedo de que los profesores me mandaran a la pizarra a resolver larguísimos ejercicios de Cálculo. Tres tardes a la semana acudía al Stadium Universitario a practicar beisbol porque la Asignatura Educación Física la había sustituido por el Area Especial de Pelota. Cuando me estaba cansando de un ejercicio que sabía no me llevaría a ningún destino, en el que además no podía destacar porque me sentía tan débil y desmotivado que también asistía porque no podía justificar las ausencias, un pítcher negro me golpeó una de las costillas izquierdas con un lanzamiento a noventa millas que me sacó de juego por varias semanas y ello me sirvió para pasarme tardes completas en la bien surtida Biblioteca Provincial leyendo la obra de Stendhal, de Van Dine, de Flaubert, de Zola y de Galdós y sobre todo cada una de las biografías monumentales que había escrito el monstruo austríaco Stefan Zweig. Durante algunas de las tardes y casi todas las noches de cambio de películas me iba al cine Camilo Cienfuegos. Las visitas el Stadium Provincial de Beisbol Augusto César Sandino eran de culto y cuando había partido no tenían competencia. Para el instante en que decidí pedir la Baja de la Facultad de Física me dijeron que eso no era posible porque todavía tenía chance de aprobar el primer año. De modo que a partir de entonces comencé a ausentarme intencionadamente y a no estar en el aula los días de exámenes. Regresaba a la Universidad solo para cobrar el estipendio mensual de 45 pesos que todavía le daban a los estudiantes universitarios. Recuerdo que la chica que se encargaba de controlar los estipendios un día me vio en el pasillo sur del Gran Comedor. Iba con su novio y me dijo que quería decirme algo. No me costó trabajo adivinar lo que "quería decirme". Sé que ya no estás estudiando tu carrera y que sigues viniendo a cobrar el estipendio, si quisiera podría fastidiarte, así que no lo hagas más, está bien, me dijo. Lo siento, pasa que todavía no tengo la Baja Oficial y pensé que ese dinero seguía existiendo, respondí. La chica me miró con mirada de "mira que serás descarado, compadre" y yo riposté con mirada de  "de verdad que creía que eso funcionaba así". Pocos días mas tarde me dijeron que ya era Baja Oficial de la Facultad de Física y no me interesé ni por recibir el documento acreditativo. La UC solo me volvería a ver años después, cuando decidí estudiar Licenciatura en Historia Universal, Perfiles Pedagógico, Investigativo y Cultural.
Mi padre, muy triste por lo que me había pasado y seguramente pensando en que nuestros sueños se estaban convirtiendo en pesadillas, me dijo que no había por qué lamentarse y que había que echar para alante hasta ver qué se presentaba mañana porque "todavía era un niño". Mi madre, siempre deseosa de tenerme a su lado, también lo lamentó pero lo asimiló con parsimonia. Para Febrero de 1976 yo estaba vegetando en casa, leyendo de todo como un poseso, escuchando radio como un endemoniado y pensando en lo que iba a ser de mi vida si algo no evitaba que me llamaran al Servico Militar. Me la pasaba escribiendo cuentos malísimos al estilo de Heminway, relatos estúpidamente pornográficos y noveletas insufribles al modo de Faulkner, amén de practicar cada uno de los géneros periodísticos habidos y por haber. Por esa época comencé a tratar de escribir poesía libre pero nada podía hacer contra la influencia de la décima y lo que me salía del lápiz eran bodrios cavernícolas. La poesía rimada mayor de ocho sílabas me brotaba, sencillamente, lamentable. Recuerdo que alguien me regaló un Programa casi completo de Filología y me habló de algunos folletos sobre Periodismo que se estaban vendiendo en la Librería de Caibarién. Me bebí casi toda la carrera de Filogía en pocos meses y leí todo lo que había disponible sobre Periodismo en la Librería y en la Biblioteca Municipal. Como me pasaría con la carrera de Historia Universal años después, me di cuenta de que leyendo hasta el delirio temas de relación se puede atesorar todo lo que se imparte en las Universidades sin haber pasado por sus aulas.  Sé que debiera decir "casi todo". Pero prefiero no decirlo. Los casi se complementan también. Y con esto no estoy haciendo un monumento al autodidactismo, por supuesto.
En Abril de 1976 decidí tratar de encontrar algún trabajo que no estuviera relacionado con la Educación. Trabajar en el campo, fuera de la finca de mi padre, no era una opción. Todavía a los graduados de Pre se les veía como a "personas instruidas", capaces de trabajar en labores "diferentes". Recuerdo que mi amigo Amaury se enteró de que yo quería comenzar a trabajar. Amaury Cabrera había dejado la Enseñanza Media en Noveno Grado y se había metido en un Curso Emergente que formaba Maestros Primarios en un año. De alguna manera Amaury se las ingenió para abandonar muy rápido las aulas y pasar a trabajar en la Dirección Municipal de Educación de Caibarién.Se convirtió en un "cuadro dirigente". Me dijo que tenía plazas disponibles "para todo" lo que yo quisiera. Le respondí que se lo agradecía pero que no me interesaba ser Profesor y que además tenía que admitir que me daba la impresión de que padecería de miedo escénico. Agregó "está bien, si te decides sólo házmelo saber". No me decidí nunca. Dos meses después comenzamos a preocuparnos con el Servicio Militar. En Agosto cumpliría veinte años y los abuesos del Comité Militar seguramente sabrían que ya estaba libre de la Universidad y por tanto podrían comenzar a citarme. Así que estaba listo para contactar a Amaury y preguntarle que si todavía tenía "de todo" y elegir cualquiera plaza relacionada con Letras, cuando uno de mis primos segundos - el Cagatrillo Mayor - me dice que hay una plaza de profesor disponible en la Escuela de Construcción Industrial de Caibarién y que le había dicho a uno de sus jefes, que era amigo suyo, que  me avisaría por si yo estaba interesado. Ignacio me aseguró que allí los alumnos eran tipos mayores de edad, casi todos licenciados del Servicio Militar o gente que había abandonado la escuela y que se preparaban para convertirse en técnicos de la construcción en todas sus variantes. Son un bando de predelincuentes, algunos tan gusanos como tú, terminó de informarme. Junto con él se preparaban para ser Carpinteros de Encofrado, Mury Cometierra y Frank Elhijodebelillo. Los tres habían acabado recientemente el Servicio Militar. Le dije que al otro día me iría con ellos para observar el ambiente, hablar con su jefe y ver qué decidía.
La Escuela de Construcción Industrial estaba en el Suroeste de la ciudad, detrás del Stadium de Beisbol, en el alero de los manglares. Tenía el tamaño de un campo y medio de fútbol y los estudiantes pululaban como abejas en su panal. Su amigo el jefe me dijo que lo "mío era con la gente de Educación" y me envió con el Director Docente. Chiky Marrero me sometió a una breve entrevista y me dijo que podía empezar el próximo lunes y que tendría una semana para estudiar los Programas y para preparar las clases. Me aclaró que la enseñanza en este tipo de Escuela no era convencional y que aunque estaban vinculados a Educación Municipal eran independientes de ellos y que mas bien dependían del Ministerio de la Construcción. Me mostró las instalaciones de la Escuela. Yo observé más allá de lo que me enseñaba su trabajo de guía construccional. Los estudiantes andaban sobre los veinte-treinta años, vestían con desenfado pueblerino y lucían amplias melenas y barbas copiosas. Los profesores, por el estilo. Lo siento Amaury, y muchas gracias, pero prefiero trabajar en donde la disciplina no sea regla y en donde nadie se fije en mis atuendos, pensé. Una semana después estaba cogiendo la guagua de las seis de la mañana con Frank, con Maurilio y con Ignacio y enseñando los misterios de la fabricación del pan a estudiantes de dudosa categorización a cambio de 120 pesos. En el comedor de la Escuela de Construcción Industrial había un televisor Krim idéntico al de Luis Martínez, que se podía mirar en la hora del almuerzo y al final de la tarde si uno quería quedarse un rato más. Las Olimpiadas de Montreal 1976 comenzarían en "unos días" y ya no sería necesario observar las competencias desde la puerta abarrotada de una casa de campo porque el comedor tenía suficientes mesas con asientos. Además, estábamos en el Meridiano de Canadá Oriental, hora stándar del Este.
Cuba estaba lista para revalidar el octavo lugar olímpico y Bruce Jenner estaba listo en San José, California, para desafiar al soviético Mikala Avilov en la prueba de Decatlón.
Yo solo era un ciudadano que había nacido en Cuba y por tanto era un perdedor. El "no" barroco de Raúl Ferrer a mi sueño intelectual en grande había sido el primer gran valladar que se interpuso en mi futuro. Un simple "sí" suyo hubiera cambiado la Historia. Pero el famoso primo hermano de mi padre no era un adalid del sociolismo y tampoco estaba interesado en practicar el familismo. Años después me enteraría de que nunca le dio una mano a Pepito Siverio González ni a Manolito González Leyva cuando arribaron a La Habana llenos de proyectos y de necesidades intelectuales. Ni a Pedro Luis Ferrer. Porque - parecía gruñir - los hombres han de empinarse solos como aquellos hombres que luchan y trabajan en donde hay escuelas rurales y niñas malas de esas que cuando se premie el cariño y lo rebelde del alma serán honradas con una medalla en el pecho aunque los bateyes maliciosos le den muy mala fama y los pobres vecinos inocentes no entiendan una palabra.
Así de simple.

Nota al margen.

Raúl Ferrer debió haber pasado montones de veces más hacia Yaguajay para ver a sus hermanos Rafaelito y Lylia. Sus importantisimas ocupaciones nacionales no le impedían hacerlo. Que yo sepa nunca volvió a detenerse en la casa de su prima hermana. Mi padre no volvería a verlo. Sin embargo sus hermanos Rodolfo y Rogelio  - que también vivían en La Habana y que también eran poetas - sí lo hicieron. Rodolfo era el padre de Pedro Luis y de Frank, otro gran músico que perdió el rumbo y terminó en Puerto Rico sin penas ni glorias, insertado en una disidencia difusa e inesperada. Recuerdo a Rodolfo, pocos años después de la visita de Raúl, recorriendo el potrero, mirando hacia las lomas, respirando el aire puro debajo de las mangas y de los limoneros, nostálgico de la vida campesina que había disfrutado con sus primos en la niñez lejana. Y charlando conmigo de poesía y de música, de política y de pelota, de la familia y del tiempo maldito. Finalmente observándome ausente, como si se preguntara "y a este Ferrer qué le pasó que se quedó varado en el campo" sin hacerme preguntas. Rodolfo Ferrer también tomó guarapo de caña de azúcar en la liturgia de los trapiches, también pateó los alrededores del ingenio, seguramente supo de Dorita y posiblemente compartió con Raúl alguna lección de Gramática en la escuelita famosa. Pero él escribía guarachas.
Sobre todo.
Raúl Ferrer murió el el 12 de Enero de 1993. Tenía 78 años. Ya vivíamos en Caibarién y sabíamos que "Raúl estaba muy jodido" a través de la familia de La Habana. Yo trabajaba en el Museo Municipal pero gran parte de mi tiempo lo dedicaba a la Radio. De modo que preparé un gran documental homenaje y se lo di a Ifraín Villazón para que le pusiera su voz excepcional. Para que usted vea que nunca hay suficientes poetas, Maestro, le pensé. Sé que en Cuba se  conmemoró el aniversario 22 de su fallecimiento hace unos días y que en Mayo pasará lo mismo con el centenario de su nacimiento.



Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Febrero 22 del2015.


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