La aglomeración de peregrinos frente a las personas que repartían el desayuno y le demora en ejecutar la acción así como los envases en que venían los pancitos y demás golosinas que yo desconocía me quitó el hambre. Por suerte había predesayunado en casa. De modo que me dediqué a hacer fotos espectaculares del entorno, a veces con mis tíos y con mi prima en planos seleccionados. Otras veces yo posaba con fondos especiales y mi prima filmaba. Logré un amanecer de altos quilates. Hasta que alguien llamó para el Momento Especial y para la Despedida Oficial. Dentro de la Ermita estaba lista la mujer del piano, el coro dispuesto y un cura joven, ensombrerado, que dijo algunas palabras sacras y otras tantas profanas, en medio de risas inaguantables. Miré al Gran Mural. El Padre Varela y la Virgen Nuestra imperaban desde su imponente perspectiva. Después de que mi prima recogió los tíckets que indicaban el ómnibus que nos tocaría comenzamos a abordarlo. Observé mi reloj. 8.25. La Hoja - Guía decía "Salida, 7 AM". Nuestra Virgen no es infalible. Eran guaguas un poco mas modernas que aquella que me había traído desde Mc Allen en Junio del 2010 pero no carecían de las dos parejas de neumáticos traseros. Por tanto sentí idéntica decepción y volví a repetirme que nuestra guagua no era mas que otro "camión techado", sin nariz. Finalmente se dio la orden de salida. Los peregrinos - ya dije que casi todos sobrepasaban el límite de la tercera edad: los pocos jóvenes eran sus acompañantes - comenzaron a cubanear y las risas eran devueltas a manera de coro. Había un día fantástico aquel 1 de Marzo del 2014. Me volví hacia mi tío, que me acompañaba en el asiento del lado del pasillo, y le recordé "los meses" de vida que estaba cumpliendo. Como 900, dijo. Casi casi, agregué. Para su cumpleaños anterior yo había escrito dos décimas en las que hablaba de que él "no cumplía años, sino meses". La "idea" había sido un suceso y él la consideraba una gran nota de "humor original". En el asiento trasero una señora comenzó a bromear con el octogenario en relación con la distancia entre el espaldar de su butaca y sus rodillas cansadas. Mi tía y mi prima iban en el asiento delantero. Mi tía y yo llevábamos los caramelos de ocasión y mi tío andaba con un paquete de chíclets.
Mi tercera decepción apareció cuando me di cuenta de que no viajaríamos por la Autopista US1. Viajar por esta Vía constituía otro de mis sueños. La US 1 sale de Cayo Hueso y corre a través de toda la costa oriental del país y no para hasta el norte del Estado de Mayne, en la frontera con Canadá.Recorrer el tramo floridano de la US1 equivale a conocer casi todas las ciudades del Este con costas y deleitarse con un maremagnun deslumbrante de conurbaciones frente a playas de ensueño.Apenas había llegado hasta los suburbios de Fort Lauderdale recién arribado a los Estados Unidos. Un amigo me regaló un tour por el norte de Miami y me llevó a conocer uno de los Malls más grandes del Estado, cuya prioridad eran los temas marinos y la venta de armas de pequeño y de medio calibre. No olvidaba la línea azul turqueza del Atlántico detrás del bosque siempreverde y los techos naranjas de las residencias salpicados de rascacielos ocasionales. La no decepción estaba dada porque entonces conocería la Gran Autopista I-95.
La ciudad de Miami se extiende por casi dos horas desde el Centro cuando se viaja por la I-95 a 60 millas por hora. La zona está repleta de grandes almacenes, factorías y condominiuns, siempre bajo el bosque tupido, los jardines infaltables y la arquitectura copiada. Y los grandes pasos a nivel y la gran maraña de trébols encantando al paisaje en aras de la velocidad americana. Antes de que mi tío atacara el primer chíclet me preguntó que desde cuándo se estarían haciendo estos viajes a San Agustín. Desde 1978, cuando tú tenías muchos menos meses de vida, dije. En serio, masticó. Claro, ocurrió que la Sociedad Cubana de Filosofía estaba dando ciclos de conferencias sobre la vida y la obra de Félix Varela y un buen día acordaron visitar el Mausoleo del Presbítero en el Cementerio Tolomato. Presidieron el viaje Monseñor Román y el doctor Humberto Piñera Llera. Parece que el Cementerio estaba en ruinas, ya no se hacían enterramientos y el Mausoleo estaba lleno de moho, la pátina del tiempo lo estaba golpeando porque los ciudados no eran suficientes.Estamos hablando de una época que muy bien puede remontarse a finales del siglo XIX, diserté. Cojones, chicleó mi tío. De verdad, así que desde ese mismo año las autoridades de ambas ciudades se ponen para las cosas y muy pronto se pueden palpar mejoras notabilísimas, agregué. De dónde carajo tú sacas esa información, preguntó. No olvides, viejito, que no soy handyman, concluí.
Cuando la ciudad de Miami se acaba comienza el bosque infinito, apenas interrumpido por dos o tres ciudades medias y unas pocas urbanizaciones. Pinos amarillos y cipreses se adueñan del paisaje. Cada ciudad y cada urbanización parecen suburbios de Miami: la arquitectura y el entorno son los mismos. Un interminable Watt Disney en mayor escala. A la derecha, detrás del bosque, podíamos observar las torres de las ciudades por donde pasaba la US1 y no necesité vallas anunciadoras ni marcas especiales en la Autopista ni grandes señalizaciones que nombraran a los lugares que quedaban hacia el "este". Porque sabía que allí estaban la suntuosa Fort Lauderdale con sus ínfulas de Venecia Floridana y sus Cruceros Unicos, Hollywood, con su estampida de hoteles y sus playas exclusivas y West Plam Beach, tan parecida a Miami, con la misma huella del gran Henry Flagger en sus calles y en sus malecones y en sus mansiones art decó. Más arriba de West Palm Beach acaban, hasta cierto punto, las conurbaciones, y entonces se entra en territorio gringo. Ahora el bosque infinito no deja ver nada al Este y aunque no se tratara de un bosque muy alto tampoco pasaría nada porque la costa se aleja a medida que la Autopista se adentra en el Estado. Unas tres horas y media después se ha acabado la periferia de Los Everglades y entonces las señalizaciones en la Autopista incluyen a ciudades del Centro de la Florida. Constantemente hay mas trébols y pasos elevados, bajo cuya estructuras pasan las otras autopistas. A veces hay obreros trabajando en algunas secciones de la Vía o traylers habitados en las cunetas. El paisaje es infinitamente monótono y aunque es Marzo el verde no es tan insultantemente hermoso como tratan de venderlo las promociones turísticas. Mis tíos intentan dormir y mi prima revisa su teléfono y me explica cómo borrar cosas en el mío que me resultan imborrables. Sigo chupando caramelos y observando como un poseso el bosque sin fin en donde a veces descubro hileras larguísimas de techos grises en el ala occidental de la Autopista y no me asombro para nada porque conozco la pasión, casi fanática, de los norteamericanos por vivir en medio de la naturaleza más pura. Sé que debe tratarse de costosísimos condominiums vacíos, apenas habitables cuando sus dueños decidan desconectar del barullo tedioso de las ciudades. Cada vez que mi tío despierta de su sueño medio la vejetona de atrás trata de congraciarse con él y le busca conversación. Mi tío le brinda un chíclet pero ella no quiere y sí desea un caramelo de los míos y hasta una tablilla de sorbeto de chocolate que mi prima ha sacado de su bolso. De improviso mi tía - que solo está gozando de un sueño falso de ojos cerrados en la ventanilla izquierda- se despereza y se vuelve y mira por entre el espacio que le dejan las dos butacas. Señora, le dice a la ocamba de la autoconfianza, no se preocupe por alegrar a mi esposo que él tiene quien lo haga. La momia conservada se queda de una y no puede decir ni "lo siento". Con la memoria lastimada por los kilómetros echados para atrás y por el trabajo del almanaque solo volvería con medias bromas en el viaje de regreso. Para cuando mi tía y mi prima tenían otros intereses.
La Hoja de Ruta no hablaba de la hora de "llegada a San Agustín" pero yo sabía que debíamos de viajar una seis horas para concluir el viaje. A veces la guagua bajaba la velocidad y el cura ensombrerado se ponía al lado del chofer y disertaba sobre temas bíblicos y pedía alabanzas para la Virgen que eran respondidas en un gran coro plúmbeo por los que no venían dormidos. Cuando me volví hacia mi tío le vi "moviendo los labios", haciendo coro como había hecho en La Ermita hacía unas horas. No lo podía creer. Los "meses vividos", al parecer, lo habían convertido en uno más de los respetuosos litúrgicos de última hora. El curita no desaprovechaba su prédica para seguir con los chistes sincréticos y en verdad tenía un auditorio relativamente notable. Este religioso no debe ser de los que estaba durante El Sermón del Monte sino de los que estaba para el instante en que Jesús conoció a María Magdalena, pensaba, mientras me preparaba para participar alguna vez de sus solicitudes de respuestas temporales.
De pronto el ómnibus dobló a la derecha y continuó el viaje a través de una Autopista similar a la I-95. Por poco tiempo. Porque se detuvo en el amplio parqueo de un ranchón que "ofertaba las mejores naranjas de La Florida". La gente se bajó para ir al baño, para estirar las piernas y para decidir qué podían comprar en un establecimiento que "tenía de casi todo". Estábamos dentro del bosque eterno y cuando miré al oeste me di cuenta de que la Autopista que acabábamos de tomar pasaba por debajo de la I-95 y de que seguramente continuaría hacia alguna ciudad al norte de Orlando. El vendedor americano tuvo mucha suerte porque en verdad las naranjas estaban muy baratas y eran portentosas. Creo que pudo haber vendido fácilmente diez bolsas. Recuerdo que las llenaba pasándolas de un gran cajón repleto para los envases amarillos de hilo tejido.Dentro del ranchón predominaban los productos americanos y no había ni siquiera Coca Cola stándar. El idioma que se hablaba era cien por ciento inglés.Hice que mi tía me tomara una foto "inside" y le hice otra a ella. Como apretó el botón de video de mi celular pues la toma quedó en "movimiento" y la conservo como si fuera una reliquia. Miré mi reloj. Eran pasadas la 2 de la tarde. Así que llevábamos una hora de retraso y todavía nos quedaba almorzar. Lo que equivalía a que llegar a San Agustín a tiempo tampoco habia sido prioridad de nuestra "Cachita" de la Caridad del Cobre.
La Autopista corría entre los bosques cerrados de siempre. Solo que ahora los bosques estaban "habitados" por residencias medias y sobre todo por los inevitables traylers en donde viven, encantados, algunos norteamericanos. Recordé a las residencias que custodiaban a la Autopista que se dirigía al Suroeste después de salir de Tallahasse en Junio del 2010 y tuve que admitir que el poder adquisitivo de estos gringos era mucho menor que el de aquellos, con sus mansiones en medio del prado impecable, sus camionetas del año y sus "avenidas" que salían de las puertas de casa hasta la Autopista. Cuando el bosque se hizo ralo comenzaron a aparecer las conurbaciones de San Agustín. Copia al carbón - quizás menos suntuosas - que las de Miami. Allí estaba los mismos supermercados, las mismas gasolineras, las mismas marcas anunciadoras y las mismas señaléticas en calles, avenidas y en la Autopista. Sentimos que la guagua frenó bruscamente y que giró hacia el norte. Continuó a muy baja velocidad hasta detenerse frente a un ranchón un poco mas solvente que el de las "naranjas únicas" y oímos que la mujer que iba detrás del cofer - y que parecía la Jefa de la Expedición - dijo que "íbamos a almorzar en un establecimento de comida china". Mi madre, murmuré. Yo tenía esperanzas de que almorzaríamos en algún lugar de comida cubana por muy al norte de Miami que anduviéramos. Mi prima - que padece de los mismos síntomas mañosos que yo - frió un huevo con sus labios y nos precedió al interior del lugar. Observé que al noroeste había un madero redondo apollado en otros dos que estaban enterrados. Parecía un amarradero de caballos del siglo XIX. Buena locación para hacer fotos, pensé.Cuando llegamos al interior los viajeros de la otra guagua ya habían tomado poseción de casi todas las mesas y nos dimos cuenta de que ninguna chinita nos iba a servir porque la comida china estaba en estantes discretamente limpios a la entrada del "ran chom", a manera de "sírvase usted". Antes de enterarnos de que podíamos seleccionar unos fileticos de carme de cerdo y pedir que nos los frieran in situ mi prima y yo recorrimos los estantes entre muecas de casi asco y lamentos por no haber traído comida cubana cocinada. No me gustaba nada de nada. Así que elegimos arroz y papas fritas y nos trasladamos hasta la mesa que ya habían ocupado mi tía y mi tío y a cuyo frente había tanta comida china, cuyo nombre yo desconocía, que me pareció que habían decidido llevarse lo que les sobrara. Mi prima dijo que iba por los fileticos de cerdo. Había una chinita trilingue y le pedimos cuatro Coca Colas sencillas. Cuando ataqué al arroz me percaté de que no tenía ni una gota de sal y ya se sabe que la sal agregada al arroz cocinado es trabajo perdido. Tampoco la tenían las papas fritas. Que por demás no sabían a papas fritas. Tenía mucha hambre, de modo que igual rocié ambas cosas con una pizca de sal del tarrito y mientras las mascaba me echaba un buche de Coca Cola en la boca para tratar de pasar la mezcla. Mi tía se comía lo suyo con suficiente calma como para no cogerle el gusto y mi tío daba cuenta de sus golosinas como si los "meses vividos" le hubieran secuestrado el paladar. Ustedes saben que yo como hasta piedras, aclaró. Pero no "aquí", coño, no dije. Cuando mi prima llegó con aquellas lasquitas de carne de cerdo "fritas" - parecían pedazos de papel higiénico semidorados - tuve que contener la risa. Trataba de imaginar su reacción ante su arroz y sus papas fritas condenadamente insípidas. Cómo están, me preguntó. Supercool, dije. Ella usa mucho el "cool" y el "nice" para destacar lo regio. Finalmente nos comimos, a regañadientes, un tercio de nuestra comida china y pedimos la cuenta. La cuenta de la comida de mi papá y la de mi mamá, porque tú y yo no comimos, sentenció. Me eché a reír. Me daba lo mismo. Porque yo era el que iba a pagar la cuenta y como era el cumpleaños de mi tío estaba preparado. Así que tras una breve discución monetaria con la chinita percudida pagó la cuenta antes de que yo pudiera hacerlo. Mira, me amenazó. Por suerte aún quedaban otros gastos más selectivos. En realidad el costo fue casi irrisorio. Quizás debido a las pésimas condiciones higénicas del local y al mal aspecto de sus cobradoras. Conste que doy esta información porque se trata de la impresión que se llevaron los peregrinos. Porque puedo pasar sin emitir juicios sobre las cosas que afectan mi sentido de la vista. Lo malo es viajar con hambre. Desconocíamos cuando volveríamos a contactar con la comida y nos mataba el temor de que nadie supiera en dónde había comida cubana a más de 300 millas de Miami. Me pareció, definitivamente, que nuestra Virgen no trabaja a tiempo completo en Marzo.
Así que le tiré un vistazo a mi Hoja de Ruta. Estábamos muy atrasados pero consideré que "recorrido histórico por la ciudad" significaba desmontarse y seguir a un Guía que nos fuera nombrando y describiendo lugares de la ciudad. Vale decir "estamos recorriendo la bellísima ciudad de San Agustín en la costa oriental del Estado de La Florida. San Agustín tiene unos 13 mil habitantes pero debido al gran flujo de turistas la población flotante es mucho mayor. Fue fundaba por el navegante español Pedro Menéndez de Avilés en 1565 y es el sitio mas antiguo habitado permanentemente en Estados Unidos Continental". Cuando me cansé de esperar porque el ómnibus se detuviera y nos presentaran al Gran Sabedor de Cosas de la Ciudad me ocupé, por mi cuenta, de observar el entorno, hasta donde me lo permitía mi poca privilegiada posición en el asiento interior. De modo que vi una gran fortaleza gris rodeada de césped con fondo de mar y un puente elevado sobre lo que debía ser una bahía o el estuario de la desembocadura de un río. Vi, además, edificaciones levantadas con estilo español y calles estrechas con nombres de ciudades hispanas al estilo de Valencia o Córdova, terrazas y parques públicos en donde jugaban algunos niños bajo la mirada de sus acompañantes. Vi también algunas casas blasonadas. Pero no vi más el Océano Atlántico porque el ámnibus regresó al oeste y de nuevo nos metimos en la maraña de la arquitectura post española, las edificaciones de la época del industrial Henry Flagger marcada por los palacios suntuosos, las grandes mansiones, los edificios públicos y las instituciones educativas.Detrás de la línea del ferrocarril había un río muy ancho de caudal cobarde e islas interiores con vegetación rala que me pareció corría a flor de lecho con varios espacios de arenisca. El río serpenteaba al nordeste y pensé que se trataría del San Sebastián, la marca de la ciudad por el Norte. Pensé, además, que la porción de agua que había visto detrás de la fortaleza era la bahía de Matanzas, la marca Sur de la ciudad. El recorrido, rápido y exiguo, no me había permitido notar que acabábamos de abandonar la península en donde está enclavada San Agustín La Antigua. Entonces la fortaleza tiene que ser El Castillo de San Marcos, cavilé. Destaco que la Guía que atesoraba era solo una lista temporal de cosas que supuestamente haría la comitiva del par de ómnibus, en orden "ascendente".
Tras otras demoras imprevistas - nadie conocía el por qué - salimos de la ciudad por una Autopista de cuatro carriles con paseo interior. El paisaje era idéntico al que rodeaba a la que nos había traído desde la tienda de naranjas. Pero, evidentemente, era otra Vía. Tiene que ser la US1, pensé. Solo que la susudicha Autopista no estaba corriendo "por la orilla del mar" sino que se adentraba en el Estado. Así que estamos en la ruta de Jacksonville, clculé, pensando en que la US1 tiene que desviarse hacia la ciudad del Río San Juan. La gente dormía o estaba tan rematadamente cansada que viajaba en silencio absoluto. Quiénes serían los verdaderos organizadores de un viaje que se iba perfilando tan desmadradamente caótico, pensé. Poco antes del anochecer llegamos al hotel Confort Inn, una gran mole de varios pisos rodeada de pastos imponentes, vegetación correctamente espaciada y lagos artificiales. Los peregrinos se desmontaron con premura. La Jefa de la Expedición se reunió con alguien que nos esperaba, intentaron organizarnos y nos entregaron las tarjetas que abrían las puertas de las habitaciones. Cuando mi prima nos dejó en la nuestra después de asesorarnos con las llaves magnéticas - nunca supe de qué piso se trataba - mi tío se lanzó a la cama como si en ello le fuera la vida. Para entonces ya todos sabíamos que en el hotel no había comida porque no éramos huéspedes clásicos - entiéndase, el costo de la peregrinación no incluía cena - y entonces mi prima regresó a nuestra habitación para ver de qué manera conseguíamos jama. Apenas soportábamos el hambre y entonces sentí cómo que me estaba arrepintiendo de haberme puesto en manos de católicos tan poco fiables.
Ciertamente se trataba de una habitación amplia que lo incluía todo, tal vez con categoría de 3 Estrellas. Había un gran sofá cama y decidí que sería mi sitio de descanso esta noche. Mi prima cogió la Guía Telefónica y se pasó media hora tratando de conseguir comida cubana. No solo no había comida cubana sino que la que había no incluía delivery. Hasta que adivinó un sitio en donde hacían sandwisches "medio cubanos" y además tenían dulces y gaseosas a elegir, incluido el servicio a domicilio. Después de advertir que "nada de lácteos" para los sandwiches y de nombrar el tipo de golosinas que deseábamos le pregunté por el precio. Me lo dijo. No lo intentes otra vez, le amenacé. Sonrió para decir "dicen que vienen ya mismo". Mientras esperábamos a nuestro salvador de estómagos nos dimos una vuelta por la habitación de mi tía y de mi prima. Que estaba en el mismo piso, a unas cuatro puertas al oeste. Casi idéntica, me pareció un poco mas pequeña aunque incluía una mesa mayor. Las dos mujeres dijeron que no pensaban bajar para el desayuno porque no les daba la real gana. Tanto "embarque" durante todo el día seguramente les haría ser impuntuales a la mañana siguiente. Les aclaré que debíamos de bajar a las siete porque no estábamos saliendo de Miami y que además, el domingo parecía estar muy cargado de "actividades". Repitieron que se levantarían cuando "les saliera". Bueno, dije. Lo mas interesante fue que mi tío las secundó. Usted va a ver, dije.
El chico del delivery llegó en tiempo y forma. Mi prima lo recibió. La comida tenía un agregado: papitas fritas. No fue necesario encargar café instantáneo porque en el refrigerador había. La cena medio cubana me regresó el alma al cuerpo. Mientras tratábamos de sintonizar un canal de tevé de Jacksonville escuchamos que alguien gritó que la guagua regresaría a la ciudad y avisaban para quienes desearan hacer el viaje. Mi tío me miró. Qué tú crees, no dijo. Yo estaba medio que convaleciendo de un golpe en la garganta del pie izquierdo pero mi deseo de recorrer San Agustín de noche fue más concluyente. Dale, contesté. Las mujeres no quisieron acompañarnos. Lleven algo para el frío que la temperatura está superbaja, dijo mi tía. Ya yo lo había notado cuando nos bajamos del ómnibus pero no pensé que fuera para tanto. No hay que exagerar, comenté. Qué no, ladró mi prima, abajo está que chifla el mono. Así que cogí una camisa de mangas largas medio enguatada - que había tirado en la maleta con ruedas, por si acaso - y me la puse sobre el hombro derecho. Preferí no ponerme zapatillas. Me gustan los tacones bajo el jean.En el porche - parqueo los peregrinos nocturnos eran muy pocos. En verdad había tanto frío aquella noche de Marzo que no que tuve mas alternativas que recordar al Chile de mis tiempos australes. El frío de San Agustín era un frío del "norte" del país mas que del norte del Estado. Un frío con brisa "de arriba". Un frío terrible. La guagua tomó US1 abajo. Me dolía el pie lastimado. La sensación térmica sobrepasaba al aire acondicionado.
Pensé que visitar al Mausoleo del Padre Varela se merecía esto y mucho más. Pero, caramba, no había por qué exagerar.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme González.
Octibre 3 del 2014.
La Hoja de Ruta no hablaba de la hora de "llegada a San Agustín" pero yo sabía que debíamos de viajar una seis horas para concluir el viaje. A veces la guagua bajaba la velocidad y el cura ensombrerado se ponía al lado del chofer y disertaba sobre temas bíblicos y pedía alabanzas para la Virgen que eran respondidas en un gran coro plúmbeo por los que no venían dormidos. Cuando me volví hacia mi tío le vi "moviendo los labios", haciendo coro como había hecho en La Ermita hacía unas horas. No lo podía creer. Los "meses vividos", al parecer, lo habían convertido en uno más de los respetuosos litúrgicos de última hora. El curita no desaprovechaba su prédica para seguir con los chistes sincréticos y en verdad tenía un auditorio relativamente notable. Este religioso no debe ser de los que estaba durante El Sermón del Monte sino de los que estaba para el instante en que Jesús conoció a María Magdalena, pensaba, mientras me preparaba para participar alguna vez de sus solicitudes de respuestas temporales.
De pronto el ómnibus dobló a la derecha y continuó el viaje a través de una Autopista similar a la I-95. Por poco tiempo. Porque se detuvo en el amplio parqueo de un ranchón que "ofertaba las mejores naranjas de La Florida". La gente se bajó para ir al baño, para estirar las piernas y para decidir qué podían comprar en un establecimiento que "tenía de casi todo". Estábamos dentro del bosque eterno y cuando miré al oeste me di cuenta de que la Autopista que acabábamos de tomar pasaba por debajo de la I-95 y de que seguramente continuaría hacia alguna ciudad al norte de Orlando. El vendedor americano tuvo mucha suerte porque en verdad las naranjas estaban muy baratas y eran portentosas. Creo que pudo haber vendido fácilmente diez bolsas. Recuerdo que las llenaba pasándolas de un gran cajón repleto para los envases amarillos de hilo tejido.Dentro del ranchón predominaban los productos americanos y no había ni siquiera Coca Cola stándar. El idioma que se hablaba era cien por ciento inglés.Hice que mi tía me tomara una foto "inside" y le hice otra a ella. Como apretó el botón de video de mi celular pues la toma quedó en "movimiento" y la conservo como si fuera una reliquia. Miré mi reloj. Eran pasadas la 2 de la tarde. Así que llevábamos una hora de retraso y todavía nos quedaba almorzar. Lo que equivalía a que llegar a San Agustín a tiempo tampoco habia sido prioridad de nuestra "Cachita" de la Caridad del Cobre.
La Autopista corría entre los bosques cerrados de siempre. Solo que ahora los bosques estaban "habitados" por residencias medias y sobre todo por los inevitables traylers en donde viven, encantados, algunos norteamericanos. Recordé a las residencias que custodiaban a la Autopista que se dirigía al Suroeste después de salir de Tallahasse en Junio del 2010 y tuve que admitir que el poder adquisitivo de estos gringos era mucho menor que el de aquellos, con sus mansiones en medio del prado impecable, sus camionetas del año y sus "avenidas" que salían de las puertas de casa hasta la Autopista. Cuando el bosque se hizo ralo comenzaron a aparecer las conurbaciones de San Agustín. Copia al carbón - quizás menos suntuosas - que las de Miami. Allí estaba los mismos supermercados, las mismas gasolineras, las mismas marcas anunciadoras y las mismas señaléticas en calles, avenidas y en la Autopista. Sentimos que la guagua frenó bruscamente y que giró hacia el norte. Continuó a muy baja velocidad hasta detenerse frente a un ranchón un poco mas solvente que el de las "naranjas únicas" y oímos que la mujer que iba detrás del cofer - y que parecía la Jefa de la Expedición - dijo que "íbamos a almorzar en un establecimento de comida china". Mi madre, murmuré. Yo tenía esperanzas de que almorzaríamos en algún lugar de comida cubana por muy al norte de Miami que anduviéramos. Mi prima - que padece de los mismos síntomas mañosos que yo - frió un huevo con sus labios y nos precedió al interior del lugar. Observé que al noroeste había un madero redondo apollado en otros dos que estaban enterrados. Parecía un amarradero de caballos del siglo XIX. Buena locación para hacer fotos, pensé.Cuando llegamos al interior los viajeros de la otra guagua ya habían tomado poseción de casi todas las mesas y nos dimos cuenta de que ninguna chinita nos iba a servir porque la comida china estaba en estantes discretamente limpios a la entrada del "ran chom", a manera de "sírvase usted". Antes de enterarnos de que podíamos seleccionar unos fileticos de carme de cerdo y pedir que nos los frieran in situ mi prima y yo recorrimos los estantes entre muecas de casi asco y lamentos por no haber traído comida cubana cocinada. No me gustaba nada de nada. Así que elegimos arroz y papas fritas y nos trasladamos hasta la mesa que ya habían ocupado mi tía y mi tío y a cuyo frente había tanta comida china, cuyo nombre yo desconocía, que me pareció que habían decidido llevarse lo que les sobrara. Mi prima dijo que iba por los fileticos de cerdo. Había una chinita trilingue y le pedimos cuatro Coca Colas sencillas. Cuando ataqué al arroz me percaté de que no tenía ni una gota de sal y ya se sabe que la sal agregada al arroz cocinado es trabajo perdido. Tampoco la tenían las papas fritas. Que por demás no sabían a papas fritas. Tenía mucha hambre, de modo que igual rocié ambas cosas con una pizca de sal del tarrito y mientras las mascaba me echaba un buche de Coca Cola en la boca para tratar de pasar la mezcla. Mi tía se comía lo suyo con suficiente calma como para no cogerle el gusto y mi tío daba cuenta de sus golosinas como si los "meses vividos" le hubieran secuestrado el paladar. Ustedes saben que yo como hasta piedras, aclaró. Pero no "aquí", coño, no dije. Cuando mi prima llegó con aquellas lasquitas de carne de cerdo "fritas" - parecían pedazos de papel higiénico semidorados - tuve que contener la risa. Trataba de imaginar su reacción ante su arroz y sus papas fritas condenadamente insípidas. Cómo están, me preguntó. Supercool, dije. Ella usa mucho el "cool" y el "nice" para destacar lo regio. Finalmente nos comimos, a regañadientes, un tercio de nuestra comida china y pedimos la cuenta. La cuenta de la comida de mi papá y la de mi mamá, porque tú y yo no comimos, sentenció. Me eché a reír. Me daba lo mismo. Porque yo era el que iba a pagar la cuenta y como era el cumpleaños de mi tío estaba preparado. Así que tras una breve discución monetaria con la chinita percudida pagó la cuenta antes de que yo pudiera hacerlo. Mira, me amenazó. Por suerte aún quedaban otros gastos más selectivos. En realidad el costo fue casi irrisorio. Quizás debido a las pésimas condiciones higénicas del local y al mal aspecto de sus cobradoras. Conste que doy esta información porque se trata de la impresión que se llevaron los peregrinos. Porque puedo pasar sin emitir juicios sobre las cosas que afectan mi sentido de la vista. Lo malo es viajar con hambre. Desconocíamos cuando volveríamos a contactar con la comida y nos mataba el temor de que nadie supiera en dónde había comida cubana a más de 300 millas de Miami. Me pareció, definitivamente, que nuestra Virgen no trabaja a tiempo completo en Marzo.
Así que le tiré un vistazo a mi Hoja de Ruta. Estábamos muy atrasados pero consideré que "recorrido histórico por la ciudad" significaba desmontarse y seguir a un Guía que nos fuera nombrando y describiendo lugares de la ciudad. Vale decir "estamos recorriendo la bellísima ciudad de San Agustín en la costa oriental del Estado de La Florida. San Agustín tiene unos 13 mil habitantes pero debido al gran flujo de turistas la población flotante es mucho mayor. Fue fundaba por el navegante español Pedro Menéndez de Avilés en 1565 y es el sitio mas antiguo habitado permanentemente en Estados Unidos Continental". Cuando me cansé de esperar porque el ómnibus se detuviera y nos presentaran al Gran Sabedor de Cosas de la Ciudad me ocupé, por mi cuenta, de observar el entorno, hasta donde me lo permitía mi poca privilegiada posición en el asiento interior. De modo que vi una gran fortaleza gris rodeada de césped con fondo de mar y un puente elevado sobre lo que debía ser una bahía o el estuario de la desembocadura de un río. Vi, además, edificaciones levantadas con estilo español y calles estrechas con nombres de ciudades hispanas al estilo de Valencia o Córdova, terrazas y parques públicos en donde jugaban algunos niños bajo la mirada de sus acompañantes. Vi también algunas casas blasonadas. Pero no vi más el Océano Atlántico porque el ámnibus regresó al oeste y de nuevo nos metimos en la maraña de la arquitectura post española, las edificaciones de la época del industrial Henry Flagger marcada por los palacios suntuosos, las grandes mansiones, los edificios públicos y las instituciones educativas.Detrás de la línea del ferrocarril había un río muy ancho de caudal cobarde e islas interiores con vegetación rala que me pareció corría a flor de lecho con varios espacios de arenisca. El río serpenteaba al nordeste y pensé que se trataría del San Sebastián, la marca de la ciudad por el Norte. Pensé, además, que la porción de agua que había visto detrás de la fortaleza era la bahía de Matanzas, la marca Sur de la ciudad. El recorrido, rápido y exiguo, no me había permitido notar que acabábamos de abandonar la península en donde está enclavada San Agustín La Antigua. Entonces la fortaleza tiene que ser El Castillo de San Marcos, cavilé. Destaco que la Guía que atesoraba era solo una lista temporal de cosas que supuestamente haría la comitiva del par de ómnibus, en orden "ascendente".
Tras otras demoras imprevistas - nadie conocía el por qué - salimos de la ciudad por una Autopista de cuatro carriles con paseo interior. El paisaje era idéntico al que rodeaba a la que nos había traído desde la tienda de naranjas. Pero, evidentemente, era otra Vía. Tiene que ser la US1, pensé. Solo que la susudicha Autopista no estaba corriendo "por la orilla del mar" sino que se adentraba en el Estado. Así que estamos en la ruta de Jacksonville, clculé, pensando en que la US1 tiene que desviarse hacia la ciudad del Río San Juan. La gente dormía o estaba tan rematadamente cansada que viajaba en silencio absoluto. Quiénes serían los verdaderos organizadores de un viaje que se iba perfilando tan desmadradamente caótico, pensé. Poco antes del anochecer llegamos al hotel Confort Inn, una gran mole de varios pisos rodeada de pastos imponentes, vegetación correctamente espaciada y lagos artificiales. Los peregrinos se desmontaron con premura. La Jefa de la Expedición se reunió con alguien que nos esperaba, intentaron organizarnos y nos entregaron las tarjetas que abrían las puertas de las habitaciones. Cuando mi prima nos dejó en la nuestra después de asesorarnos con las llaves magnéticas - nunca supe de qué piso se trataba - mi tío se lanzó a la cama como si en ello le fuera la vida. Para entonces ya todos sabíamos que en el hotel no había comida porque no éramos huéspedes clásicos - entiéndase, el costo de la peregrinación no incluía cena - y entonces mi prima regresó a nuestra habitación para ver de qué manera conseguíamos jama. Apenas soportábamos el hambre y entonces sentí cómo que me estaba arrepintiendo de haberme puesto en manos de católicos tan poco fiables.
Ciertamente se trataba de una habitación amplia que lo incluía todo, tal vez con categoría de 3 Estrellas. Había un gran sofá cama y decidí que sería mi sitio de descanso esta noche. Mi prima cogió la Guía Telefónica y se pasó media hora tratando de conseguir comida cubana. No solo no había comida cubana sino que la que había no incluía delivery. Hasta que adivinó un sitio en donde hacían sandwisches "medio cubanos" y además tenían dulces y gaseosas a elegir, incluido el servicio a domicilio. Después de advertir que "nada de lácteos" para los sandwiches y de nombrar el tipo de golosinas que deseábamos le pregunté por el precio. Me lo dijo. No lo intentes otra vez, le amenacé. Sonrió para decir "dicen que vienen ya mismo". Mientras esperábamos a nuestro salvador de estómagos nos dimos una vuelta por la habitación de mi tía y de mi prima. Que estaba en el mismo piso, a unas cuatro puertas al oeste. Casi idéntica, me pareció un poco mas pequeña aunque incluía una mesa mayor. Las dos mujeres dijeron que no pensaban bajar para el desayuno porque no les daba la real gana. Tanto "embarque" durante todo el día seguramente les haría ser impuntuales a la mañana siguiente. Les aclaré que debíamos de bajar a las siete porque no estábamos saliendo de Miami y que además, el domingo parecía estar muy cargado de "actividades". Repitieron que se levantarían cuando "les saliera". Bueno, dije. Lo mas interesante fue que mi tío las secundó. Usted va a ver, dije.
El chico del delivery llegó en tiempo y forma. Mi prima lo recibió. La comida tenía un agregado: papitas fritas. No fue necesario encargar café instantáneo porque en el refrigerador había. La cena medio cubana me regresó el alma al cuerpo. Mientras tratábamos de sintonizar un canal de tevé de Jacksonville escuchamos que alguien gritó que la guagua regresaría a la ciudad y avisaban para quienes desearan hacer el viaje. Mi tío me miró. Qué tú crees, no dijo. Yo estaba medio que convaleciendo de un golpe en la garganta del pie izquierdo pero mi deseo de recorrer San Agustín de noche fue más concluyente. Dale, contesté. Las mujeres no quisieron acompañarnos. Lleven algo para el frío que la temperatura está superbaja, dijo mi tía. Ya yo lo había notado cuando nos bajamos del ómnibus pero no pensé que fuera para tanto. No hay que exagerar, comenté. Qué no, ladró mi prima, abajo está que chifla el mono. Así que cogí una camisa de mangas largas medio enguatada - que había tirado en la maleta con ruedas, por si acaso - y me la puse sobre el hombro derecho. Preferí no ponerme zapatillas. Me gustan los tacones bajo el jean.En el porche - parqueo los peregrinos nocturnos eran muy pocos. En verdad había tanto frío aquella noche de Marzo que no que tuve mas alternativas que recordar al Chile de mis tiempos australes. El frío de San Agustín era un frío del "norte" del país mas que del norte del Estado. Un frío con brisa "de arriba". Un frío terrible. La guagua tomó US1 abajo. Me dolía el pie lastimado. La sensación térmica sobrepasaba al aire acondicionado.
Pensé que visitar al Mausoleo del Padre Varela se merecía esto y mucho más. Pero, caramba, no había por qué exagerar.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme González.
Octibre 3 del 2014.
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