Los peregrinos que decidimos visitar la noche de San Agustín éramos poquísimos. Por supuesto que ahora tampoco esperaba a un Guía Nocturno. El ómnibus nos dejó frente a un edificio de dos plantas con estilo de hotel, a cuyo frente había una especie de parque y una fuente esquinera.Un grupo mixto como de diez "católicos" se fue hacia el sur de la ciudad y yo y mi tío nos quedamos como un par de cachorros acabados de ser abandonados por un dueño sin alma. El frío era mayor que en el hotel y la brisa soplaba cortante. Aunque no podíamos "ver a los monos" sí podíamos "sentir sus chiflidos". Antes de decidir qué hacer nos sentamos en el borde circular de la fuente. Me estaba doliendo mucho la garganta del pie y lamenté no haber venido con las zapatillas. Mi tío dijo - le encanta llevar la contraria - que "no sentía frío alguno". Así que comenzamos a caminar hacia un edificio de tres pisos que había al sur de la fuente y cuando subimos por la escalera las personas que estaban allí nos dijeron - siempre en inglés - que el sitio era una mezcla de restaurantes, oficinas y museos, pero que estaba cerrado los sábados por la noche y que ellos solo disfrutaban de una espeie de terraza en el piso tres desde donde se podían ver mejor los fuegos artificiales "del carnaval". En efecto, hacía rato que estábamos oyendo música mecánica y mirando cómo las personas pasaban por la fuente hacia el norte. No me sonaba muy bien escuchar la palabra "carnaval" en una geografía tan poco del trópico. Una de las mujeres terraceras me habló de otros museos espectaculares de la ciudad.
De modo que bajamos y seguimos por la acera de la calle que conducía al sur. Al sureste había un parque pequeño y cuando enfilamos la calle propiamente dicha nos topamos con una construcción de madera gris azulada, de paredes sin agregados y un poco inclinada al oeste, Tenía dos pisos y un farol colonial y un cartel que aseguraba era "una farmacia" y uno de los edificios "más viejos de la ciudad". Le hice dos fotos. En verdad, a pesar de estar insertada en la ciudad vieja, la farmacia parecía una farmacia del far west y solo le faltaba el porche y la puerta de batientes. Estaba cerrada y por tanto no pude ir por un calmante para mi gargante del pie. Al fin mi tío aceptó que el frío estaba como "cebolleta encendida" y como habíamos perdido el rastro de los otros peregrinos y no sabíamos cómo llegar al Castillo - el chofer de la guagua había dicho "los recogemos aquí mismo a las 11 en punto" - pues nos regresamos a la fuente. La gente seguía pasando hacia "el carnaval". Una pareja se acercó a la fuente y la mujer se detuvo para que sus niños miraran el agua. Nos dimos cuenta que eran gemelos.Twins, le preguntó mi tío. Yeah, dijo la mujer rubia. Otro par de niños les acompañaban. Todos son hijos suyos, indagué, La chica asintió. Las "latinas" no son las únicas que destrozan las estadísticas "hijo por pareja" en Estados Unidos, decidí. Ya me había dado cuenta de la aplastante cantidad de personas rubias que estaban pasando por nuestro lado en ambas direcciones. Porque todos no iban camino del carnaval. Hagamos una cosa, le dije a mi tío. Qué cosa, ripostó. Fíjate en las personas que están pasando por nuestro lado y asegúrate de contar muy bien las que sean rubias. Ok. Veinte personas después la proporción era de 19 a 1. Eso es lo que siempre te digo en Miami, expresé. Qué me dices allá, preguntó. Que Miami no es una ciudad "norteamericana" sino que es la ciudad "centroamericana" más grande de los Estados Unidos. Tienes razón, pero a veces también han pasado negros. Sí señor y hasta pasó una asiática. Al fin estamos en USA, ironicé, incluyendo al frío. Tú ganas, ok.
Como en Santiago de Chile y en Ciudad México las parejas andaban solas, siempre abrazadas, eran muy jóvenes y a veces se detenían para besarse. Cuando mi pie había descansado lo suficiente decidimos caminar hacia el norte a ver qué pasaba con el susodicho carnaval.Un momento antes nos percatamos de que frente a nostros, delante de una gran puerta enrejada, se detuvo uno de esos carruajes tan típicos de las ciudades americanas en donde impera la historia y el turismo. Una cabina estilo Disney y la cola de naves sobre ruedas, sin ventanillas y techadas en forma de lunas de cuarto menguante. Llevaba un gran anuncio que decía "ghost tours". Qué significa eso, preguntó el cumpleañero. Que el carricohe hace viajes al lugar de los fantasmas, o sea a los lugares embrujados. En serio, uyyy, qué miedo. Claro, los primeros "gallegos" dejaron grandes leyendas de fuentes de eternas juventudes y de zonas misteriosas aquí que para qué te cuento. Eso no está en el papel ese que dice a donde iremos, verdad. Creo que no, pero si mañana hay tiempo veremos qué volá con un viajecito para cagarnos de miedo. Yo me cago en los fantasmas. No, los fantasmas te hacen cagar, ocambo. El armatoste partió a media capacidad y entonces nos levantamos para caminar hacia donde se escuchaba la música del carnaval.
El "carnaval" de San Agustín era una gran explanada en donde había un grupo musical tocando entre sonidos de música mecánica y el caminar de la multitud. La mayoría de la gente eran jóvenes y matrimonios con niños. Había una Gran Estrella y una Pequeña Montaña Rusa a plena capacidad. Había unos pocos sitios de expendios de comestibes y varios de venta de souvenirs. Preguntamos detalles a varios transeúntes y solo una mujer venezolana respondió en español. También lo haria una señora de media vida - en un español con mucho acento - que trabajaba en una especie de bar y a la que mi tío preguntó en dónde había un baño. Me percaté de que posiblemente el carnaval no sería tan callejero porque era sábado y quizás la última noche no fuera tan movida. Caminamos unas cuadras mas al norte. A la derecha había un muro muy alto y muy largo que estaba rematado al frente por otra pared muy alta con frontis semicircular. El edificio se me pareció a un gran almacén comercial. Había muchas áreas verdes alrededor pero la niebla de Marzo apenas dejaba ver nada mas allá del entorno mínimo. Recorrimos unas pocas cuadras mas al norte mirando escaparates repletos de souvenirs en los que predominaba los antiguo. Cerca de la fuente un matrimonio cuarentón, mendigos a primera vista, nos pidió dinero pero no andábamos con nuestras billeteras porque yo no tenía la mochila conmigo y mi tío se había cambiado de pantalón en el cuarto del hotel. Nos pereció que tanto como mendigos la pareja daba la impresión de ser una pareja de hippies que estaban pasando la escoba antes de seguir fumando e intercambiar sus lechos de yerba. Sentados - otra y mil veces _ en la fuente asisitimos a la tableteo final de los voladores. Pero los conciertos de fuegos artificiales son cosa de latinos. La gente del norte hace filigranas con el fuego y con la luz. La gente del sur siente la furia de la candela y de los ruidos de otra manera.
Cinco para las 11 de la noche el ómnibos se parqueó en donde se nos había advertido. Vaya, cojones, al fin algo puntual en este viaje extraño, dije. Si señor, dijo un vejete que nos acababa de contar que el resto de la comitiva peregrina se había llegada hasta el mismísimo Castillo de San Marcos. Nos bañamos sobre la media noche y merendamos con las sobras del delivery. Sintonicé un Canal de Jacksonville mientras mi tío preparaba su aparato de dormir. No creo que podamos darnos un salto a Jacksonville, dije. Olvídate de eso, muchacho, este es el padre de los relajos y ya estoy loco porque se vaya el condenado domingo. Oye, agregó. Sí, dije. No crees que esa Jefa de Expedición y el chofer tienen alguna webá. Claro que la tienen. Y en dónde tú crees qué estarían mientras nos reventaba el frío en este pueblo de mierda. En donde mismo lo crees tú. Ah, bueno, así sí. No dudo de que el curita ensombrerado también tenga a su María Magdalena en el hotel, agregué No seas malhablado, hombre, me guiñó un ojo. Salí al pasillo y caminé al este para mirar al campo desde detrás del cristal. El área estaba muy iluminada y el lago artificial refulgía entre las sombras. Por suerte no es El Lago de Ness aunque no falten los monstruos a su vera, pensé. Le pedí, en silencio, al Padre Varela que tratara de hacer algo en aras de la organización para mañana.
El Confort Inn parecía un portaviones en el alero de la US1.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme González.
Octubre 6 del 2014.
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