Saturday, October 11, 2014

FELIX VARELA: LO QUE DE AYER A HOY. (FINAL).-



Como cada mañana, mi teléfono sonó a las seis menos cuarto. Como siempre, estaba despierto. Decidí esperar hasta las siete, porque estaba seguro de que mi familia iba a cumplir sus amenazas de levantarse "cuando les diera la gana". Una hora quince después llamé a mi tío. Son las siete, advertí. Ok, dijo. Poco antes de las siete y media estábamos haciendo el desayuno en el cuarto de mi tía. Cuando terminaron de recoger sus cosas miré mi reloj. Seis minutos para las ocho. Bajamos. No había ningún ómnibus de Miami en la calle. No había rastros de los peregrinos. Me dirigí a la recepción. Se fueron hace mucho rato, dijo una señora americana que hablaba un español bastante solvente. Pero cómo no nos llamaron, pregunté. Lo siento, desconozco, agregó. Regresé al comedor en donde estaban sentados mis tíos y mi prima. Se fueron, dije. Pero no quise agregar "se los advertí". Que se vayan pa la pinga, gritó mi prima, llamemos a un taxi y si no los alcanzamos en esa aldea semeolvidoelnombre cogemos una guagua independiente para Miami, qué clase de mierda es esto, coño. Esperen, dije. Tú te sentías mal anoche, eh, tía, le pregunté. Eso es verdad. Denme un minutico, pedí. Regresé a la recepción. Ahora una bella mulata jabada acompañaba a la americana. Mi tía se está sintiendo mal desde ayer y no pudimos bajar antes, no nos explicamos por qué nadie tocó en nuestras habitaciones, cómo no se dieron cuenta de que faltábamos. Intentaré comunicarme con el ómnibus, dijo la gringa. Escuché desproticar a mi prima en medio de los huéspedes que estaban desayunando. Que se metan el viaje por el culo, llamemos a un taxi, gritaba en voz alta. Los yanquis no le prestaban atención. Dicen que sí les tocaron a la puerta pero que nadie respondió y que tuvieron que marcharse, explicó la señora. Disculpe, pero no lo creo, no nos íbamos a fugar, por favor.Es muy extraño, dijo la mulata. Lo dijo con acento cubano. Me volví hacia ella. Eres cubana. Sonrió. Claro, de Cienfuegos, llevo cinco años aquí. Entonces te seré sincero, mira, mi prima dijo anoche que no se levantaría temprano porque no le salía de donde puedes imaginarte y sus padres la secundaron pese a mis advertencias. La beldad volvió a sonreír. Este es el viaje peor organizado de todos los tiempos y están berreados, así que ya sabes. Veamos qué se puede hacer. Se encaminó hasta la gringa. Que seguía hablando por teléfono. Dicen que vienen a recogerlos, dijo. Oh, gracias, querida, lo sentimos tanto, ironicé, pensando en que tenía el fono de alguien en la guagua porque se lo habían dejado ex profeso. No importa, solo esperen. La mulata me sonrió con complicidad y me dijo que era enfermera y que le mandara a mi tía a ver qué tenía en sus estantes médicos para ella. Fui a decir algo. Tranquilo, sé que no tiene nada, yo creo en Yemayá. Soy agnóstico, dije, pero creo en ti. Gracias, eso pensé. De modo que les conté de las últimas noticias y mi prima dijo "mejor para ellos porque pensaba darles un homenaje". Dar "un homenaje", en lenguaje de la calle en Cuba, es meter tremendo escándolo. Dice aquella mulata que vayas a verla, es enfermera, le dije a mi tía. Diez minutos después se habían hecho grandes amigas y se despidieron casi con dolor. El ómnibus llegó y lo abordamos. Cómo se siente, señora, preguntó la Jefa de la Expedición. Había venido sola con el chofer. Mejor, gracias. El chofer repitió la pregunta y trató de tirarlo todo a broma.
En algún momento del trayecto mi tía me dio su teléfono, que estaba colocado en modo video, y me dijo que fuera filmando el paisaje del lado nordeste de la Autopista y que lo fuera describiendo. De modo que durante unos veinte minutos realicé una filmación comentada de los bosques y de sus residencias interiores hasta que entramos a la ciudad. La guagua nos dejó en frente de la iglesia católica Misión Nombre de Dios.Extraje la Guía. Nos habíamos perdido el "desayuno en el hotel", la "oración de la mañana" y la "salida para la ciudad". Estábamos en la cuarta etapa del domingo y ya los peregrinos que deseaban participar en la liturgia que se desarrollaría en el interior de la iglesia católica estaban en sus asientos. La iglesia era el mismo edificio que habíamos visto la noche anterior mientras caminábamos en medio del carnaval. Con la luz del sol se veía mucho mayor y su frontis semicircular parecía mucho más alto. La cruz estaba bien arriba. Mi tío y mi prima decidieron caminar por la ciudad. Yo acompañé a mi tía a lo que pensaba era una misa anticipada de la que se daría, luego, en La Catedral. El interior era el clásico interior de las iglesias católicas aunque el mobiliario no fuera tan clásico ni las figuras en las paredes desbordaran por su obviedad o por su tamaño. Se trataba de un espacio sobrio porque la grandeza católica estaba en La Catedral. Había un gran escenario que parecía diseñado para hacer presentaciones teatrales. El cura ensombrerado hizo una introducción, dos o tres presentaciones - había un prelado español de visita - y finalmente se hicieron oraciones y se habló de los proyectos sacros para la ciudad que estaban en agenda. Me gustó la participación del Gran Coro y también me encantó la disposición de una capilla "azul" en la esquina noroeste de la iglesia. Hice algunas fotos. Fuera de la iglesia hice otras pocas. Ahora había mucha niebla y los peregrinos rodearon al curita ensombrerado en la calle y a algunos de los invitados católicos. Ellos hicieron sus propias fotos. Reobservando La Guía me di cuenta que que visitar a la iglesia y al Santuario de Nuestra Señora de la Leche estaban en el mismo apartado. Porque el Santuario está a pocos metros al nordeste de la iglesia, casi sobre el mar. El Santuario es una Ermita en donde se venera a la Virgen Lactante, a cuyo lado hay una gran cruz elevada que la custodia. El caso es que nadie nos invitó a acercarnos allí sino que cada cual fue diciendo "miren la Ermita, observen qué clase de cruz hay a su lado" en tanto los que oíamos teníamos que hacer esfuerzos soberanos para distinguir, en medio de una niebla casi bostoniana, lo que trataban de mostrarnos. Según la Historia - que aquí también adquiere ribetes de leyenda - el sitio fue el lugar por donde desembarcó Menéndez de Avilés y en donde se celebró la primera Santa Misa en Norteamérica.
El próximo sitio a visitar era la tumba de Félix Varela. Como mi tío y mi prima no aparecían nos fuimos solos, detrás de algunos peregrinos que nos habían tomado la delantera. Pasamos por los mismos lugares de la noche anterior, de modo que pude observar, a la luz del día, a la vieja farmacia enfarolada de paredes de tablas. Al fondo de la cuadra, por la sección oeste, había un gran bosque de árboles que me parecieron centenarios, cercados por una vieja muralla amarillenta. A medio camino había una puerta de hierro patinado y por ella estaban entrando los peregrinos y otros visitantes. Les seguimos. A pesar de que podíamos observar que el cementerio Tolomato estaba en desuso, ciertamente se podían notar los cuidados a que estaba siendo sometido desde que los cubanos de la Ermita de la Caridad del Cobre habían comenzado a interesarse por su restauración. Tolomato es muy pequeño. Había césped en algunos espacios y en otros la tierra todavía predominaba. Los muros no estaban pintados pero estaban limpios como si el mayor interés fuera conservar la esencia de los tiempos del Padre Varela. Había una sombra mística debajo de los grandes árboles. Había algunas tumbas apenas marcadas en el suelo y había otras muy vetustas con sus puertas ocre, sus cadenas de cierre y sus arcos de cemento patinado. El camino que lleva a la tumba del Padre Varela es de tierra rojiza, tiene un poco de gravilla y a veces el césped es el que reina. Es la senda central de Tolomato. Ya había muchos peregrinos a su frente cuando nos acercamos.




Cuando el cura ensombrerado consideró que casi todos los peregrinos estaban frente a la tumba del Padre Varela saludó e hizo una presentación breve para dar paso a una personalidad distinguida de la congregación de la ciudad que hizo un recuento de la vida del Presbítero en los Estados Unidos y en San Agustín con toques puntuales relacionados con la Historia de Cuba. Me gustó la disertación. Tras el cierre pedí a mi tía qe me hiciera dos o tres fotos con fondo de capilla y al lado de algunas tumbas. Entonces eché un vistazo a los alrededores de la Capilla. Se trata de una edificación pequeña, con cuatro columnas cúbicas soportando a una pared triángular frontal sobre cuatro capiteles básicos.  Tiene techo de tejas cubanas a dos aguas y me pareció que también tiene ciertas reminiscencias griegas. Detrás de las columnas hay un piso embaldosado que funge como portal. Una cadena de hierro fundido impide el paso. Porque la persona que controla la entrada solo permite que se entre de cuatro en cuatro. En el lado norte hay una placa gris colocada en una armazón de madera que habla de la biografía del Presbítero, encabezada con las palabras "Venerable FR. Félix Varela 1788 - 1853" en blanco. Debajo dice "priest, philosopher, patriot". Muy cerca está la losa que señala el sitio en donde oró el Apóstol de la Independencia de Cuba, Jose Martí en 1892. La losa fue idea de Monseñor Román durante la Peregrinación de Diciembre del 2006 y fue costeada con la contribución de 1 us por contribuyente. Fui de los últimos en entrar a la capilla, acompañado por mi tía. La puerta de entrada tiene un vitral semicircular encima que simula un enrejado y el piso interior es de losas carmelitas sencillas. En el centro  de la estancia está el gran féretro de caoba con un candelabro de vástago de pie en la parte sur, una gran cruz de Cristo Crucificado en la pared occidental y hay un busto del Padre Varela de torso sobre un pedestal de cemento y una bandera cubana colocada en un asta pequeña con base circular. En la esquina suroeste hay una imagen de cuerpo entero, con vestimenta de Padre y las manos abiertas como si estuviera levantando ánimos. La cara de esa imagen es la misma cara de mis tiempos de alumno de primaria. Pero en honor a la verdad hacía muchos años que el rostro del gran cubano no se me parecía a nadie en particular. Quizás porque los hombres santos adquieren una dimensión definitiva en su faz, asexuada. cuando uno los conoce totalmente. Cuando regresé a la puerta de entrada me volví para hacer un bojeo general del interior del recinto sagrado. Como dicen los cronistas deportivos cuando una generación de atletas da paso a otra "se había completado un ciclo". Abierto un día de Septiembre de 1962 en un aula de la Escuela Primaria de Plateros, Cuba y cerrado un 2 de Marzo del año 2014 en la tumba de Félix Varela en el Cementerio Tolomato de San Agustín, Florida, USA. No sé si ya "podía morirme tranquilo": pero en verdad sentía cierta tranquilidad. Peregrinar es, posiblemente, un arte. Y los caminos se jntan aguna vez. Afuera había un coro mixo cantando una famosa canción cubana en honor al cura patriota. Le escuché con mucha atención. Me parecía que lo estaban haciendo muy bien pero recordé que en materia de crítica coral hubiera necesitado  de la opinión autorizada de Ojazos Michoacanos, que a esta hora seguramente estaría descansando en su casa del Df después de haber nadado el tiempo reglamentario en la alberca de siempre. Es un coro profesional, le pregunté al Director cuando acabó la pieza. Semi pro, dijo. Me parece excelente. Gracias, tienen mucho oficio en verdad.
Cuando estábamos listos para salir del Cementerio y tratar de encontrar a mi tío y a mi prima mi tío se apareció. Entró de último a la tumba y me pidió que le hiciera un par de fotos. Una frente al féretro y otra bajo el pórtico. En ambas se ve muy circunspecto. Nos dijo que su hija nos esperaba en la calle. De verdad que Martí estuvo aquí, me preguntó. Claro, yo pensaba que tú habías venido con él. No joda, compadre, respete a los grandes tipos. Lo hago, por eso no te respeto a ti. Vete al carajo. Mi prima estaba frente a un restaurante cuya sala de almuerzos se levantaba unos metros sobre el nivel de la calle. Terrazas como en Madrid, dije, me gusta. Sin techo, a mí también. De modo que decidimos almorzar allí. Eran mas de las dos de la tarde y sabía de sobra que el almuerzo iba a matar toda lo que quedaba de la Agenda del Día. Pero ya había resuelto el principal asunto que me había traído a San Agustín y en verdad lo demás me importaba muy poco dado el caos en que se había convertido el viaje. A esa hora ya había comensales americanos ocupando mesas. Todas las camareras eran chicas americanas muy preciosas y amables.Todas, menos una, eran rubias. Elegimos costillas asadas a la americana, papas fritas, pan tostado y Coca Cola. Al final mi tío me aceptaría una copita de vino californiano. Mi primer ataque a las costillas de color lila fue victorioso. Hasta que le cogí bien el gusto. Porque estaban dulzonas como si las hubieran cocinado en salsa de barbiquiú. Y no podía ser de otra manera si habían sido cocinadas en una cocina sanagustiniana. Eran tantas que mi tía aún pudo envasar algunas para llevar y me comprometió con algunas. No pude acabar con mi plato. Tus monerías con la comida se pasan de rosca, dijo mi tío. Tienes razón, nada que agregar, aunque me gustan las "roscas donas" americanas. Mi tío se comió todo su plato y mi tía casi que lo completa. Mi prima no es tan glotona y comió solo lo que le pedía su estómago. La camarera que no era rubia tenía un pelo lila tirando a rojo, pero en realidad se trataba de un pelo hermosísimo sin un color definido. Por demás era muy alta y su cuerpo era esbelto, con poca cadera y trasero perfecto. Los comensales no podíamos evitar observarla mientras servía platos, llena de sonrisas y de amabilidad. No era la chica que nos estaba atendiendo. Hasta que pasó cerca de nosostros. Tienes un cabello muy recordable, lo adoro, le dije "en inglés". Dijo gracias en español y sonrió sin coquetería. Qué le haces para tenerlo así, le preguntó mi prima. Nada especial, cuando no trabajo practico en una peluquería y siempre estamos inventando, dijo. Me encanta tu español casi sin acento pero no se acerca, ni remotamente, a lo que me importa tu pelo, insistí. Mi familia sonrió. El eterno Casanova que no se decide nunca, dijo mi tía. La chica yanqui me agradeció de nuevo, aclaró que también encontraba tiempo para aprender idiomas y dijo que tenía que seguir trabajando, que la disculpara. Ok, disculpo a tu pelo, concluí. Terminamos el almuerzo en la terraza sobre las tres de la tarde con una excelente tanda de helados de chocolate. Me di el gustazo de pagar la cuenta. Por cierto no había cambio para un billete grande y mi prima debió pagar con su Tarjeta de Crédito. Cuánto sería una propina normal, le pregunté. Me dijo una cantidad. Le agregué algo. Enseguida liquidé su saldo.
Según la Guía de Viaje después de la visita a la tumba de Félix Varela estaba una visita a La Catedral para asistir a la Santa Misa. Pero nadie había hablado de ello dentro del cementerio. Ni afuera, en la calle. Cada cual había cogido su camino, circulando a la bartola por la ciudad. Pero yo ya estaba curado de asombros. Sentía perderme el viaje a La Catedral porque no había podido ver la edificación durante el recorrido del sábado por la ciudad y sabía que era una de las construcciones más interesantes, sobre todo por sus matices españoles. La Catedral, que primero había sido la parroquia más antigua de Norteamérica (1565), cuyo asentamiento definitivo estaba en los terrenos que había adquirido el Padre irlandés Thomas Hessets en 1793, que había sido templo en 1794 y que había sido terminada por el Padre O' Reilly en los tiempos de la primera estancia de Varela en la ciudad. La Catedral alcanza tal categoría en 1870 cuando se establece la Diócesis de San Agustín.Su primer Obispo fue Agustín Verot, el mismo cuyos restos serían confundidos con los del Padre Varela en el siglo XX. Ya almorzamos, dije, así que según la Guía ahora toca "tiempo libre". Vamos a esa fortaleza, dijo mi tío. Me parece ok, respondí. Hay mucho sol, agregó mi tía, me quedaré dando algunas vueltas por aquí, nos veremos en un rato.Yo también, dijo mi prima, el tiempo aquí también es otro relajo, lo mismo hay neblina y frío que pela el sol rajapiedras. Les recordé que había que estar frente a la iglesia a las cinco de la tarde. Ellos no son bobos, no se atreverán a dejarnos otra vez, recalcó mi prima.
Nos separamos frente a la farmacia vieja. Entonces me fijé mejor en su fachada este. Tenía una gran ventana con vitrales cuadrados cruzados por marcos de madera en la planta baja y dos mas pequeñas en la superior.Había un par de carteles sobre la ventana inferior. Uno rectangular, angosto, decía "authentic old drugstore" y otro, también rectangular, pero más corto y más ancho decía "Potters, wax museum", enmarcado en otro rectángulo interior terminado en arco. Este texto se repetía en otro cartel aéreo que estaba en la calle del norte. No pude definir el estilo de los caracteres. Dos cuadras al este estaba la calle que bordea el occidente del Castillo San Marcos y que continúa por la orilla de la bahía hasta el sur de la ciudad. La zona estaba llena de artesanos y de parejas con niños. Los prados perfectamente cuidados que adornan las colinas que llevan al Castillo también estaba llenos de gente tirada sobre ellos.Ascendimos. Al sur estaba la bahía con sus barcos anclados y  algunos de sus yates navegando la placidez de sus aguas. Al este el gran puente sobre el mar y lejos, al sur, la ciudad conurbada. El gran Castillo español estaba ahí mismo y casi podíamos tocarlo con las manos. Pero era muy tarde y sabíamos de sobra que no podríamos entrar a sus aposentos ni disfrutar de todo el entramado histórico de una fortaleza que se construyó como defensa contra los ataques piratas y británicos.



De modo que nos limitamos a mirar su lado sur y si acaso sus interiores por alguna rendija de las paredes occidentales. No hacíamos otra cosa que mirar el reloj. Te ahorraste 7 us, le dije a mi tío, porque ahora sí que pagarías tú. Tranquilo, la próxima vez vendremos solos, respondió. No lo creo, quieres demasiado a tus hermanos católicos. No jodas. Hubo tiempo, sin embargo, para que él me hiciera dos o tres fotos en lo más alto de la colina, junto a las murallas del oeste. En una aparezco "toreando" y en otra simulo lanzar una flecha. Hay otra con fondo de bahía y tal vez una última en medio del prado. Cuando nos íbamos un grupo mixto de "piratas" nos sorprendió por el este. Venían vestidos al estilo de Jonny Deep en Piratas del Caribe y mi tío se les unió y me pidió que los filmara. No tenían tiempo para posar conmigo pese a su desbordante amabilidad.Poco antes de bajar el plano inclinado del césped traté de encontrar la bandera que ondea en alguna parte del Castillo y no lo logré. En la ciudad ondean un par de banderas. La otra lo hace, al sur, en el Castillo de Matanzas.Sabía que, por respeto al pasado hispano de San Agustín, la bandera que siempre ondea en la fortaleza es la bandera blanca con la Cruz de Borgoña.

Mi tía y mi prima no estaban por ninguna parte, así que continuamos hasta la iglesia, que era el sitio en donde nos recogería el ómnibus para salir hacia la Fuente de la Juventud. Habíamos perdido demasiado tiempo debido a la mala organización y estuvimos seguros de que la llegada a Miami no tendría nada que ver con las 10 pm. Tampoco respondían al teléfono. Mi tío optó por salir a buscarlas porque estaba seguro de que no andarían muy lejos de la farmacia vieja. Entonces respondieron. Mi tío les pidió que localizaran a un taxi. Dijeron que "estaban al llegar" y que andaban en otro tipo "de locomoción colectiva". Se aparecieron cuando estábamos en la fuente y venían, muertas de la risa, en uno de los carritos trasladadores de turistas hasta los sitios embrujados. Nadie habló del costo del pasaje.
El ómnibus esperaba por nosotros y me sentí apenado por los eventos de la mañana en el hotel. Por suerte había otros peregrinos atrasados y no pasó nada. Después de recorrer algunas calles muy arboladas entramos a un bosque de grandes pinos que daba  paso a un sitio amplio rodeado de asientos para merendar, estatuas de caballeros españoles y otro bosque medio en cuyo frontis un cartel anunciaba "la fuente de la juventud". Para entonces mis tíos y mi prima estaban tan cansados - cansados físicamente y hastiados de todo el  pésimo entramado del tour - que decidieron no entrar a la dichosa fuente de la juventud. Solidario, les acompañé. De modo que nos sentamos alrededor de una gran mesa a tomar gaseosa en tanto quienes sí habían entrado a la fuente regresaran. Una pareja nos acompañaba. El marido era un setentón de los habituales a La Ermita de la Caridad y mis tíos le tenían mucha amistad y confianza. Estaba casado con un mujer del Oriente de Cuba y le llevaba como veinticinco años. Mi tío me había dicho que el vejete era hiperceloso y que no le perdía ni pie ni pisada a su jeva. Comoquiera que el señor había vivido parte de su vida en Caibarién se la pasaban hablando de los tiempos pretéritos y recordando caras y eventos relacionados con la ciudad. Cuando la señora dijo que necesitaba ir al baño mi tío me dijo en voz baja "verás como la sigue enseguida o por lo menos no quita el ojo del baño". Hasta tanto la mujer no regresó el ocambo no recuperó la calma. Oiga, su esposa se mantiene muy en forma, le dijo, y me guiñó un ojo. El esposo habló de "lo tarde que se estaba haciendo". Me paré para dar una vuelta por los alrededores y me topé con un gran muro que no dejaba ver nada para el interior de la Fuente. Había una estatua tamaño completo de Menéndez de Avilés en el este de la plaza, vestido como gran navegante español y la gente se hacía fotos a su vera. Solidario de nuevo, no intenté nada al respecto. Ocurre que, según la leyenda, inmediatamente después de que Ponce de León pisa suelo americano en la Villa de Selay - 3 de Abril de 1513 - se adentra en la zona en busca de la "fuente de la juventud". Los nativos de Puerto Rico - en donde había sido Capitán General - le habían asegurado que por aquellos lares estaba la fuente. De Avilés regresó a la Villa de Selay en 1565, un poco más viejo, y rebautizó el lugar como San Agustín. No obstante, investigaciones solventes no dan mucho crédito a esta historia porque parece que son noticias posteriores a su muerte. Lo que sí parece cierto es que allí ocurrieron ambos desembarcos. Hoy día la Fuente es un parque privado y los turistas beben de sus aguas. Por si acaso.
Cuando todos hubieron subido al ómnibus el cura ensombrerado - ya sabíamos que era calvo - se paró en su sitio preferido al lado del chofer y puso uno de sus pies en el pasillo interior. Pidió una oración - la iteración del Padre Nuestro fue proverbial -, dijo algunas alabanzas para el Señor "que había permitido, con su gran magnanimidad, este viaje tan hermoso que esperaba se repitiera", -solavaya, pensé - y se desbandó en un monólogo exterior que incluyó cantos gentiles del cancionero mexicano. La gente reía sus salidas y sus intentos de chistes y coreaba sus pedidos litúrgicos. Después se metió en un diálogo fluído con algunos peregrinos parlantes. En honor a la verdad tenía buena voz y correcta dicción. Casi como un predicador protestante. Hasta que habló de refranes y ello me encendió la bujía del humor que prefiero. Así que dije "ojo que no ve" y él continuó "corazón que no siente". "No - dije  - directo al oculista". Cuando los que iban despiertos rieron mi salida a mandíbula batiente, él aceptó que "estaba buena". Al poco rato tuve mi segunda oportunidad. "No van lejos los de alante...". El curita agregó ( con un coro de ingenuos)..."si los de atrás corren bien". "No, si van a pie y los de atrás en un Ferrari". Otro torrente de carcajadas, incluso de los de su coro celstial. Muy buena, muy buena, concedió. Mi prima aguantaba la risa de milagros y mis tíos estaban gozando de lo lindo. De modo que continué "el ojo del amo..." Ahora el cura no se atrevió a terminar el refrán. Pero alguien lo hizo y dijo "engorda al caballo". "No - dije - es de cristal y por eso no tiene caballo". Las carcajadas fueron generales y el siervo del Señor dijo algo parecido a lo que yo estaba esperando. "Oiga, usted está inspirado". O sea, no me hagas sombra, por favor. Entonces le dije que me gustaría oír en su hermosa voz "el cristo de los gitanos". Disparó el tema completo y en verdad os digo que hasta Joan Manuel le hubiera aplaudido. Pero cometí un errror. Le pedí "el tamborilero" y me dijo "no,  esa no, si no estamos en Navidad". Técnicamente no había cometido ningún error: solo le di una oportunidad para que pensara que nuestra pelea "intelectual" había finalizado tablas.
Al fin los dos ómnibus se pusieron en camino. Tampoco la Guía hablaba de la hora de salida. Pero sí de la llegada a Miami. 10 de la noche. Por tanto teníamos que haber salido poco antes de las 4 de la tarde, teniendo en cuenta que de nuevo habría que hacer las paradas de rutina. Eran pasadas las 6. La mayoría de la gente cayó rendida en sus asientos. También mi tía. No así mi tío, ni mi prima ni yo. Que tiramos un vistazo al espacio del otro lado del muro que separa a la plaza del interior de la Fuente de la Juventud. Había varios objetos de los nativos timucuanos y una variedad considerable de elementos coloniales. El sitio me recordó a las viejas películas del Oeste. Ya sé por qué no quisiste entrar a la Fuente, hombre, le dije a mi tío. Pues yo no sé, dímelo tú. Porque la entrada cuesta 12 us. No lo creo, todavía estoy cumpliendo meses y yo no pago, tengo razón o no. No mucha. Vete al carajo. Salimos por la US-1 y con mi tío fuimos gozando de la Autopista, metida entre el bosque eterno y los senderos de gravilla que se introducían hasta las mansiones. Sabíamos que la costa estaba muy cerca pero en ningún momento el ómnibus se le acercó. Poco después tomanos una "ruta secundaria" y nos dimos cuenta de que habíamos regresado al "puesto de las mejores naranjas de la Florida" y enseguida estábamos corriendo por la I-95. Cuando parqueamos en una gran plaza rodeada de edificaciones alguien que conocía el sitio dijo que estábamos parando para comer. No será otro restaurant chino, casi que grité. No - dijo el informante - es uno de los mejores lugares para comer en la I-95. Incluye comida cubana, pregunté. Oh, no lo creo. Así que no nos bajamos, como no fuera por necesidades inaplazables. Por lo demás no teníamos hambre. En mi caso mi desapetito estaba relacionado con los eventos desagradables en materia de paladar que habían caracterizado al viaje. Cualquier incomodidad siempre me afecta primero al estómago.La gente regresaba protestando por "la basura de comida gringa, por las cosas dulces y por los refrescos sin sabor". Me bajé de nuevo para estirar las piernas y cuando volví a subir la gente estaba molesta porque la comida "se estaba demorando mucho" y ese chofer "no veía la hora que era y nadie se daba cuenta de que estábamos reventados porque éramos gente mayor y que además, los jóvenes tenían que trabajar mañana". Mi prima asintió con su cabeza y oí que dijo "usted va a ver".
Los ómnibus rodaban a baja velocidad y nadie explicaba los motivos. Los pocos que iban despiertos comenzaron a refunfuñar. Yo hacía silencio porque sabía muy bien que no había nada que hacer cuando se ha perdido la batalla, excepto prepararse para la próxima. Miré hacia mi izquierda y calculé que andábamos frente al Centro Espacial Kennedy y sonreí al pensar que todavía puedo pecar de ingenuo. Porque en Miami, el dia anterior, yo estaba seguro de que  los acápites de la Guía que decían "tiempo libre" seguramente me permitirían visitar a la ciudad de Jacksonville, que está a "solo 40 minutos en auto" desde San Agustín. Mi plan era alquilar un carro o ver si había servicios de ómnibus entre las ciudades. Mi familia estaba dispuesta a acompañarme. Ya saben que me encanta el mar, las ciudades que crecen a su vera y sobre todo las ciudades que arropan ríos. Jacksonville se extiende muchas millas alrededor del Río San Juan y sus suburbios casi que llegan hasta el Atlántico. Es un gran puerto fluvial y me encanta la arquitectura de una urbe que apenas tiene área metropolitana, ronda el millón de habitantes y que por ello es la ciudad mas grande del Estado de la Florida.
De improviso el ómnibus se detuvo. Mi prima se irguió en su asiento y dijo "qué pinga pasará ahora". "Están haciendo lo que les da la gana y parece que lo hacen a propósito", agregó mi tía. Dejen de joder y cállense la boca a ver si acabamos de llegar, acotó el tipo que acababa de cumplir un recarajal de meses. Yo sonreí. Viajaba hipnotizado. Media hora después el silencio era el jefe de la guagua y mi prima explotó. Caballeros, qué carajo pasa, no somos niños ni retrasados mentales, es casi media noche y todavía estamos en Georgia, por lo menos informen, que este viaje no ha sido de gratis. Se levantó de su butaca y miró al resto de los peregrinos. Una señora, que venía sentada dos o tres asientos delante de ella, y que me pareció centroamericana, se volvió y la encaró para decirle "oye, cállate la boca aunque sea un rato, saldremos ahorita". Mi prima se inclinó sobre el asiento delantero y respondió "qué carajo te pasa comepinga, cállate tu asquerosa boca tú, o es que eres amiga de los organizadores o qué". La mujer se dio un punto en la boca y oímos que musitó "qué mal educada". Entonces la Jefa de la Expedición se paró de su asiento y se colocó en el pasillo de la misma manera en que lo hacía el curita ensombrerado. "Estamos teniendo algunos problemas con la guagua que viene detrás", explicó. Qué clase de problemas, peguntó mi tía. Tenemos que viajar juntos, agregó, y dijo con cierta ironía "ah, son la gente del hotel". Mi prima se levantó de nuevo. "Si, somos esa "misma gente" y qué, cuál es el problema, nosotros no les pedimos que fueran a buscarnos, no jodas". Cuando la mujer - no olviden que también era una cubana, posiblemente "homenajeadora" - fue a responder el chofer se colocó detrás de ella para decir "que dejáramos el escándalo porque tedría que llamar a la policía". Mi prima se echó a reír. Llámala, dijo. Si la llamo pueden bajarte de la guagua, agregó. Jjajaj, "perdónalo señor, pues no sabe lo que dice". "No, chico, si tú no tienes la culpa, la culpa es de los que han organizado este relajo de viaje, aquí la gran mayoría somos personas mayores y los que no tienen que trabajar mañana temprano y a nadie le importa un rábano nada y lo mas curioso es que piensan que somos niños al no darnos ninguna información", abundó mi tía. Mi tío seguía comiendo caramelos y observando el paisaje detenido. Tenemos que esperar a la otra guagua, no queda otra, dijo el chofer, que al parecer recordó las bromas intercambiadas por la mañana con mi tía y con mi prima. Así sí, muñeco, dijo mi prima, y sonrió mientras señalaba a la Jefa de la Expedición.
Nos pareció que los ómnibus estaban rodando a mayor velocidad para tratar de recuperar el tiempo perdido. Ahora la gente dormía. No yo. Que miraba constantemente mi reloj. En algún momento me di cuenta de que eran más de las doce de la noche y que todavía no llegábamos a los suburbios del norte de Miami. Cuando el chofer explicó que necesitaba llevar a una mujer a una farmacia porque a parecer se había desmayado, nadie objetó nada. No porque se tratara de un asunto médico sino porque lo habían "informado". Mi prima - que trabaja en Recursos Humanos en un hospital de Westchester - dijo "un solo caso de desmayo es récord, no sé cómo no se ha descuarejingado media expedición". La mujer centroamericana se volvió. Mi prima iba a decirle "qué repinga tú miras",  pero la señora recuperó  prontamente su posición.
Cuando entramos al auto de mi prima me fijé en el reloj. 1.47 de la madrugada. Casi cuatro horas de atraso. Saquen la cuenta - dijo mi prima - 120 dólares de pasaje por persona, los asientos semiortopédicos de la guagua e pinga esa, los gastos en comida americana, el cansancio, el ballú..., el próximo viaje lo haremos en mi Honda, sea a donde sea". Claro, se gasta mucho menos en gasolina, viajamos como nos de la gana y nadie nos jode, apuntó mi tío. Yo ni sé si volveré a viajar a algún lado, pero con estos "católicos", jamás, y creo que no compraré mas pomitos de agua bendita ni haré mas donaciones a La Ermita, sentenció mi tía. Qué tú crees, Luisma, preguntó mi prima. Yo soy ateo, dije, y me volví a mi tía "sí comprarás mas pomitos y harás más donaciones, querida, a veces el Señor tiene muchas cosas que hacer y no puede ocuparse de  ciertas peregrinaciones". Mi tía se echó a reír. Agua bendita, eh, musitó, repite la historia, anda. Pasaba que durante la primera vez que les había acompañado a La Ermita ella me había señalado un tarrito plástico, idéntico a esos que venden en los semáforos los matadores de sed en medio del verano bestial, y había aregado "mira, agua bendita de La Ermita". Yo desconocía que el agua bendita no era cortesía de La Ermita. Cuesta un dólar, había aclarado mi tío. Ah, me lamenté, entonces no es "agua bendita". Y qué es entonces, preguntó mi tía. Agua bendiDa, dije. Mi prima soltó la carcajada. Esa es mejor que los "meses de vida" que cumplió mi papá, expresó. Ustedes no creen en nadie, dijo mi tía. Ya lo dije, soy ateo, recordé, pero creo en ti. Gracias.
Poco después de las 2 de la mañana del 3 de Marzo me tiré en mi cama de Miami. No tenía hambre ni estaba cansado. Vegetaba. Se había cerrado un ciclo?. Tal vez. Así que volví a prender la luz de la mesa de noche. El libro Peregrinando a San Agustín estaba sobre ella, apoyado contra la pared. Miré su portada. El mapa de La Florida y la foto del Padre Varela. La foto de la cara de vieja.
Pero esta madrugada era una vieja hermosa.



Westchseter, Miami, Usa.
Luis Eme González.
Octubre 11 del 2014.

























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