El motivo principal de mi segundo viaje a Cuba estaba relacionado con la solución definitiva del Caso Osario, irresuelto en Agosto del año 2012. Seguramente ustedes recordarán los eventos bochornosos que rodearon a mi intento fallido de unir los restos de mi padre y de mi madre en una sola caja en un solo osario. Entonces la persona que administraba el Cementerio Municipal de Caibarién era un antiguo compañero de estudios y no hubo reparos en abrir el sitio en donde estaban los restos de mi padre. Sin embargo cuando se abrió el que debía contener los de mi madre resultó que no era tal y preferí hacer silencio y esperar a que mi amigo y mi hermana se ocuparan de encontrarlo después de mi regreso a los Estados Unidos. Para suerte nuestra el espacio con los restos de mi madre fue encontrado en la sección trasera del sitio falso por el simple motivo de que los osarios eran dobles y mi amigo, nuevo en su plaza, lo desconocía. Así que los restos de mi padre habían quedado, provisionalmente, en una bolsa de nylon negra en el lugar de siempre.
Ahora el Administrador del Cementerio era otra persona y había que pedir permiso para volver a sacar los restos de nuestros padres. Mi hermana me dijo que incluso una nueva ordenanza impedía poner una losa identificatoria en el frente de los osarios. Expresé que hablaríamos con el hombre, como caballeros, y que esperaba llegar a un acuerdo con él. Me enseñó el tornillo de platino que había sujetado la cadera de nuestra madre después de la gran operación y el par de prótesis dentales en dode estaban los pequeños engarces de oro.Le pedí que me asegurara si creía que ambos restos cabrían en una sola caja y me juró que no. De modo que decidí no abrir el osario de muestra madre.Me bastaba con saber en donde estaban ubicados.
En el triciclo de ocasión nos fuimos al Cementerio en la mañana del lunes. Allí estaba el hombre con el que había protagonizado la bronca en el año 2012 y nos saludamos correctamente porque desde entonces habíamos dado el caso por solucionado. Dijo que se ponía a mi disposición desde ese mismo momento. El Administrador no estaba y tuvimos que irnos porque sobre las 12 meridiano no regresaba y nadie sabía el motivo como no fuera "cierto descanso" después de la borrachera del domingo. El Curro ironizó con esa posibilidad y nos dijo que pensaba no habría ningún problema para abrir el osario de nuevo ni para marcarlo con la losa identificativa.Mi hermana llamó en un par de ocasiones al Jefe de los Muertos y tampoco respondió al teléfono. Para entonces nos habíamos enterado de que nadie tenía el cinc ni la lata que se necesitaban para confeccionar la caja del osario. Ni tan siquiera un tipo llamado Munero, que siempre había sido el máster en trabajos de esa índole. Hasta que alguien nos recomendó a un señor que las estaba fabricando con una especie de fibrocemento especial al fondo oeste de la calle Luz y Caballero. Cuando llegamos allí había un hombre trabajando con Libros de Dedicatoria en la acera y nos ordenó pasar. El artesano era un hombre de unos 45 años, con tendencia a calvo y nos recibió sin camisa.Le dije que necesitaba la cajita para dos o tres días antes del final de Agosto y respondió que eso no tenía líos y aclaró que él cobraba por adelantado. Estábamos advertidos del peligro de caer en trampas de ese tipo pero como se trataba de alguien recomendado como persona seria y porque yo no tenía alternativas no nos quedó mas remedio que decir "está bien" y mi hermana preguntó por el costo. 150 pesos, moneda nacional, dijo. Unos seis dólares. Le pagamos y nos fuimos confiados en que el hombre haría su trabajo en tiempo y forma. Decidimos que no era buena idea pedirle que nos confeccionara un libro de Dedicatorias Fúnebres no solo porque preferíamos la placa sencilla sino porque el libro había que colocarlo en el suelo y sería presa fácil de los caminantes de turno.
Poco después Tery localizó al Administrador por teléfono y recibió una respuesta satisfactoria. Podíamos abrir el osario y colocar la plaquita identificatoria. Respiré aliviado. Ya no tendría que tratar de convencer al tipo y ello podría evitar otra salida desmadrada de mi genio aún medio incontrolado. Recordé que había hecho muy bien en hacer las paces con el sepulturero borracho del 2012, pues cuando en Miami les conté a mis primos hermanos del incidente me dijeron que el error había sido mío porque los sepultureros hacen todo los trabajos relacionados con restos de fallecidos y que por ello el hombre había insistido tanto. Mis primos sabían mucho mas que yo al respecto pues su padre y uno de sus hermanos habían trabajado durante años en el Cementerio Municipal.Un día antes del plazo estipulado para que el cajero tuviera listo el trabajo el marido de mi hermana le visitó para recordarle que pasaríamos por su casa a recogerlo. El hombre lo pensó un momento y dijo que le parecía imposible tenerlo listo para entonces. Juan Carlos lo miró en silencio. Es la segunda vez que ese muchacho viene desde Miami a resolver este asunto y puedes imaginarte cómo reaccionará si le digo que tendrá que regresar a Estados Unidos en blanco si no cumples tu palabra empeñada después de que se te pagó por adelantado, le dijo. Juan Carlos desconoce si el tipo lo tomó como una amenaza velada pero el caso es que aseguró terminaría el trabajo en tiempo, solo que necesitaba una pizca de pintura pues le gustaría darle "algún colorcito" y no tenía "ni un poquito" en estos momentos. Juan Carlos le aseguró que eso estaba resuelto.
Alquilamos el triciclo de un amigo de Tery y nos fuimos a la casa del hacedor de cajas para restos óseos. Como la vez anterior nos ordenó pasar para que viéramos su trabajo. Debió ajustar el hueco de uno de los tornillos superiores y dijo "listo". La pintura de aluminio todavía no había secado y nos entregó un saco de nylon negro para que la colocáramos sobre él. Tomé algunas fotos. Una cuadra después estaba la calle Máximo Gomez. Es la calle que sale del centro de la ciudad hacia el sur y cuando Luz y Caballero se encuentra con ella se eleva unos metros sobre el nivel del mar. Así que para el instante en que el triciclero trató de subirla sus esfuerzos eran proverbiales y apenas podía con los pedales. Trabajaba para dos personas mayores y para una caja que podría pesar muy bien mas de cinco kilogramos. Y para un amasijo de hierros y para tres neumáticos del calibre de los de una Vespa stándar. Me bajé del asiento para ayudarle a subir la cuesta. Empujé con fuerza durante una cuadra. Hasta donde la calle regresa al nivel del mar. Me di cuenta de que la pintura fresca me había manchado el short y la palma de mi mano zurda.Tantas veces la muerte, caramba, me dije. Lástima de Patria, carajo, repetí en siencio.
En el Cementerio había dos trabajadores esperando por nosotros. El Curro nos acompañó hasta el osario y se marchó enseguida. Estaba sobrísimo y me pareció que le daba verguenza participar. Sin embargo consideré que era el Jefe de los obreros y lo tuve en cuenta. Cuando el joven negro comenzó a golpear la mampostería con un bastón de hierro afilado se nos agregó un negro mayor que hacía trabajos de albañilería detrás de los osarios, en una zona de expansión. Volví a tomar algunas fotos. El nylon negro estaba intacto y dejé que los hombres lo sacaran y lo colocaran en la caja de fibrocemento recién pintada. Solo calibré su peso. Esperamos a que sellaran el frontis, fotografié de nuevo y les dije que El Curro les vería después. Dijeron "muy bien" porque sabían a qué me refería. Así que fuimos de nuevo al osario de nuestra madre - que estaba unos metros al sureste, al norte de un pasillo de gravilla en una zona muy aseada, a ras de suelo. Cuando pregunté por el Administrador mi hermana me dijo que había estado con los obreros pero admití que no le había visto llegar. El Curro estaba a medio camino en el Cementerio y le entregué un billete de veinte cuc. Le dije que había cinco para cada trabajador y agregué un suelto de cuatro más para él. No tuve valor para ofrecer nada al Administrador. El Curro se mostró muy agradecido y dijo que se encargaría personalmente de las losas identificatorias cuando mi hermana se las trajera. Nos confirmó que al frente, en la pequeña nave del Jardín, hacían ramos de flores.
La nave, medio destartalada, era la misma de todos los tiempos y estaba al oeste del Cementerio, al pasar la calle de salida de la ciudad. Había dos hombres y una mujer dentro, alrededor de un mesón largo y percudido.No vi flores ni verde por ninguna parte. Recordé la profusión de colores en los coolers de mi Compañía miamense. Les saludé. Uno de los hombres podía tener mi edad y estaba casi calvo. Me pareció recordarlo. Como parecía el Jefe me dirigí a él. Dijo que podía hacerme un pequeño ramo con lo poco que tenían y que me costaría dos pesos cubanos. Le pedí dos porque me parecía que poner flores en los osarios de nuestros padres era un acto simbólico y no quería regresar con las supuestas flores mejores que, aseguraban, había en el centro de la ciudad, al frente de donde las había comprado dos años antes. Mientras el tipo preparaba el par de ramos me enteré de que nadie se ocupaba de cuidar al Jardín - unos cuatro cordeles al norte de la nave - y que ellos mismos tenían que ocuparse de conseguir las pocas flores disponibles en las fincas de los campesinos productores. Que estaban muy mal pagados y que trabajaban allí porque no les quedaba mas remedio.Había una tristeza permanente en sus rostros, de esas que provoca el tedio cuando ya no hay nada que esperar de la vida. Cuando el hombre me entregó los dos ramitos de flores no supe qué era lo que estaba comprando y debió nombrar las cosas. Entonces miré para el fondo de la nave. Son los atriles de las coronas que recogemos para reusarlos, me dijo la mujer.Tery le pagó y les dije que volvería dentro de un ratico. Cuando regresábamos de poner las flores en ambos osarios nos topamos con El Taxi, que estaba de paso en su antiguo centro de trabajo. Me recordó los eventos del año antespasado y las gestiones que había tenido que hacer con mi hermana para encontrar los restos de mi madre. Le dije que pasara por casa para que se tomara algunas Cristal en caso de que fueran repuestas en los sitios de expendio. Todos los tipos de cerveza habían desaparecido después del último día de Carnaval y la gente decía que era porque los dueños de Paladares las habían acaparado para revenderlas por el doble de su precio. Le entregué tres chavitos al Jefe de los Floreros y le dije que les diera uno a cada uno de sus compañeros. No olviden que un chavito vale más que un dólar y que equivale a poco más de veinticinco pesos cubanos. Es el de siempre, cómo no vas a recordarlo, solo que está medio calvo y suave igual, dijo Tery cuando repetí que el tipo me parecía conocido. Entonces recordé que era el preparador de cadáveres en mis años cubanos. Recordé, además, la odisea del hermano de Germán, - el primo que había muerto en Miami tras sufrir horriblemente los dolores de un cáncer terminal de esófago - Fide, tratando de conseguir azucenas en Dolores, en la finca de Concepción, para hacer las coronas cuando llegara el cadáver congelado. Yo siempre le había acompañado y hasta conseguir un tractor para movernos había costado heroicidades.
El triciclero nos estaba esperando. Me marché del Cementerio sedado. Tranquilo. Los restos de nuestros padres descansaban en silencio para siempre. Regresé para ello y lo había logrado. Pese a las dificultades permanentes con las que hay que encontrarse y a las que hay que vencer en la Cuba de nuestro tiempo.Tú hijo sabrá que hacer con nuestros huesos algún día, de momento nosotros hicimos lo que creíamos correcto, dije. Tery sonrió. Yo no vuelvo jamás a los osarios, agregó. Eso pensé, dije, veré qué hago en fechas de aniversario, también podría pensar en alguna manera de unirlos en el futuro.
En la zona de ampliación del Cementerio Tery me había señalado el sitio en donde estaba la tumba de la primera víctima del cólera en la ciudad. El cólera es algo así como una versión mínima del ébola en Cuba. Las autoridades han dado prioridad a los cuidados higiénicos y han pedido a la población que beba agua embotellada o que, en su defecto, la clorifiquen. Sufrí las consecuencias de la medida oficialista. Detesto el agua embotellada y el olor a cloro casi que me marea. De modo que tomé agua normal congelada y solo cuando mi hermana me "engañó" fue que cumplí las ordenanzas.Hasta hoy no siento nada anormal en mi organismo. El temor al cólera es tan tremendo que el Gobierno ha preferido entregar pollo normado en lugar de pescado porque parece que los productos del mar pueden resultar focos contaminantes. Solo que apenas hay pollo y el pescado se ha esfumado de las pescaderías oficialistas.Oí decir que las Flotas Cubanas de Pesca han perdido sus caladeros internacionales porque sus trabajadores estaban arrazando con todos los tamaños de especies. Parece que los peces que no habían crecido lo suficiente para el consumo comercial les servían como morralla, el nombre que se le da en Cuba al pescado pequeño que se vende a los criadores de cerdos.Eso oí decir. Pero no he podido confirmarlo. Sin embargo nada impide el comercio subyacente de langosta y de pescado exclusivo, a precios de miedo.
Pedí al chico del triciclo que se detuviera en una Tienda Cupet para comprar algunas cervezas. Le invité a una. No, dijo, lo que te vas a gastar en cerveza para mí, dámelo casch, por favor. Ok, dije. No había Cristal todavía y no quise comprar Corona embotellada porque sabía que no era del agrado de muchos de los cubanos que conozco. Compraré algún ron después, pensé. De modo que pagamos al triciclero y nos despedimos porque pensábamos llegar a la casa de una tía enferma muy cerca de allí. Nos tomamos dos refrescos de lata y pasamos a la Tienda de enfrente para hacer una factura para mi tía. En la "tienda de enfrente" no había pollo y debimos comprar embutidos de picadillo de cerdo y de pavo. Sin embargo descubrí unos cartuchos con ribetes verdes y letreros que decían "arroz". No podía creerlo. Me había pasado más de diez días comiendo un arroz detestable que parecía de todo menos arroz. Lo veía como a una nueva especie de gramínea, importada, incapaz de cocinarse como los arroces que cosechaba en mi finca en el pasado e incluso como las variedades nacionales que ofertaba el Gobierno en la venta normada. El arroz que cocinaba mi hermana no sabía a nada y daba la impresión de que se masticaba paja insípida. Me dijo que así era todo el arroz que se entregaba por La Cuota y que el que vendían los cuentapropistas en Las Ferias no era mejor. Alguien me había dicho que le parecía que el arroz que se estaba consumiendo era el mismo que sobraba en los molinos y que se destinaba a la cría de aves de corral y de cerdos. Esta información tampoco he podido confirmarla. Ambos recordamos aquellas variedades de arroz de nuestra infancia - Nira, Borboné 50, Dos Provincias - que se "podían comer solos", desaparecidas en aras de las variedades importadas o conseguidas en los laboratorios nacionales, capaces de doblar y hasta de triplicar el rendimiento en detrimento de la calidad. Se decía que eran contados los campesinos que aún seguían cosechando "arroz de verdad". Así que cogí uno de los paquetes y miré a mi hermana. No sabía que existía arroz empaquetado en el pueblo, aseguró. Ya que se me pasó traer arroz Jazmín de Miami, llevemos este a ver qué pasa, dije. Compramos un paquete como de dos kilos para probar. Terminamos de redondear la factura para mi tía, se la llevamos y regresamos a pie a casa porque deseaba pasar por la de una tía de mi amigo Luis García, en calle Zayas, a la que había traido unos dólares de su parte.
Cuando Tery sirvió la mesa esa tarde me comí el arroz con pasión de desahuciado, "solo", con aguacate y plátanos maduros de fruta. Qué dice el estuche, pregunté. Es arroz de Sevilla, respondió. Qué te parece, insistí. Igual que el otro, aseguró. Wao. Así responden los paladares patrios a las novedades que se han dejado de percibir desde hace años. Le creí. Igual que "el otro". Una gran frase. Sincera. Que no me ofendió.
Los restos de nuestros padres estaban a buen resguardo. Acababa de cenar arroz con la calidad del arroz de Miami. Arroz español que no era de Valencia. Ambas cosas eran una bendición. Recordé al Pastor de Vega de Palmas. Y tache el nombre del primer motivo de mi viaje a Cuba.
Pero mi agnostocismo no se movió ni un ápice de su centro neurálgico.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Septiembre 6 del 2014.
Ahora el Administrador del Cementerio era otra persona y había que pedir permiso para volver a sacar los restos de nuestros padres. Mi hermana me dijo que incluso una nueva ordenanza impedía poner una losa identificatoria en el frente de los osarios. Expresé que hablaríamos con el hombre, como caballeros, y que esperaba llegar a un acuerdo con él. Me enseñó el tornillo de platino que había sujetado la cadera de nuestra madre después de la gran operación y el par de prótesis dentales en dode estaban los pequeños engarces de oro.Le pedí que me asegurara si creía que ambos restos cabrían en una sola caja y me juró que no. De modo que decidí no abrir el osario de muestra madre.Me bastaba con saber en donde estaban ubicados.
En el triciclo de ocasión nos fuimos al Cementerio en la mañana del lunes. Allí estaba el hombre con el que había protagonizado la bronca en el año 2012 y nos saludamos correctamente porque desde entonces habíamos dado el caso por solucionado. Dijo que se ponía a mi disposición desde ese mismo momento. El Administrador no estaba y tuvimos que irnos porque sobre las 12 meridiano no regresaba y nadie sabía el motivo como no fuera "cierto descanso" después de la borrachera del domingo. El Curro ironizó con esa posibilidad y nos dijo que pensaba no habría ningún problema para abrir el osario de nuevo ni para marcarlo con la losa identificativa.Mi hermana llamó en un par de ocasiones al Jefe de los Muertos y tampoco respondió al teléfono. Para entonces nos habíamos enterado de que nadie tenía el cinc ni la lata que se necesitaban para confeccionar la caja del osario. Ni tan siquiera un tipo llamado Munero, que siempre había sido el máster en trabajos de esa índole. Hasta que alguien nos recomendó a un señor que las estaba fabricando con una especie de fibrocemento especial al fondo oeste de la calle Luz y Caballero. Cuando llegamos allí había un hombre trabajando con Libros de Dedicatoria en la acera y nos ordenó pasar. El artesano era un hombre de unos 45 años, con tendencia a calvo y nos recibió sin camisa.Le dije que necesitaba la cajita para dos o tres días antes del final de Agosto y respondió que eso no tenía líos y aclaró que él cobraba por adelantado. Estábamos advertidos del peligro de caer en trampas de ese tipo pero como se trataba de alguien recomendado como persona seria y porque yo no tenía alternativas no nos quedó mas remedio que decir "está bien" y mi hermana preguntó por el costo. 150 pesos, moneda nacional, dijo. Unos seis dólares. Le pagamos y nos fuimos confiados en que el hombre haría su trabajo en tiempo y forma. Decidimos que no era buena idea pedirle que nos confeccionara un libro de Dedicatorias Fúnebres no solo porque preferíamos la placa sencilla sino porque el libro había que colocarlo en el suelo y sería presa fácil de los caminantes de turno.
Poco después Tery localizó al Administrador por teléfono y recibió una respuesta satisfactoria. Podíamos abrir el osario y colocar la plaquita identificatoria. Respiré aliviado. Ya no tendría que tratar de convencer al tipo y ello podría evitar otra salida desmadrada de mi genio aún medio incontrolado. Recordé que había hecho muy bien en hacer las paces con el sepulturero borracho del 2012, pues cuando en Miami les conté a mis primos hermanos del incidente me dijeron que el error había sido mío porque los sepultureros hacen todo los trabajos relacionados con restos de fallecidos y que por ello el hombre había insistido tanto. Mis primos sabían mucho mas que yo al respecto pues su padre y uno de sus hermanos habían trabajado durante años en el Cementerio Municipal.Un día antes del plazo estipulado para que el cajero tuviera listo el trabajo el marido de mi hermana le visitó para recordarle que pasaríamos por su casa a recogerlo. El hombre lo pensó un momento y dijo que le parecía imposible tenerlo listo para entonces. Juan Carlos lo miró en silencio. Es la segunda vez que ese muchacho viene desde Miami a resolver este asunto y puedes imaginarte cómo reaccionará si le digo que tendrá que regresar a Estados Unidos en blanco si no cumples tu palabra empeñada después de que se te pagó por adelantado, le dijo. Juan Carlos desconoce si el tipo lo tomó como una amenaza velada pero el caso es que aseguró terminaría el trabajo en tiempo, solo que necesitaba una pizca de pintura pues le gustaría darle "algún colorcito" y no tenía "ni un poquito" en estos momentos. Juan Carlos le aseguró que eso estaba resuelto.
Alquilamos el triciclo de un amigo de Tery y nos fuimos a la casa del hacedor de cajas para restos óseos. Como la vez anterior nos ordenó pasar para que viéramos su trabajo. Debió ajustar el hueco de uno de los tornillos superiores y dijo "listo". La pintura de aluminio todavía no había secado y nos entregó un saco de nylon negro para que la colocáramos sobre él. Tomé algunas fotos. Una cuadra después estaba la calle Máximo Gomez. Es la calle que sale del centro de la ciudad hacia el sur y cuando Luz y Caballero se encuentra con ella se eleva unos metros sobre el nivel del mar. Así que para el instante en que el triciclero trató de subirla sus esfuerzos eran proverbiales y apenas podía con los pedales. Trabajaba para dos personas mayores y para una caja que podría pesar muy bien mas de cinco kilogramos. Y para un amasijo de hierros y para tres neumáticos del calibre de los de una Vespa stándar. Me bajé del asiento para ayudarle a subir la cuesta. Empujé con fuerza durante una cuadra. Hasta donde la calle regresa al nivel del mar. Me di cuenta de que la pintura fresca me había manchado el short y la palma de mi mano zurda.Tantas veces la muerte, caramba, me dije. Lástima de Patria, carajo, repetí en siencio.
En el Cementerio había dos trabajadores esperando por nosotros. El Curro nos acompañó hasta el osario y se marchó enseguida. Estaba sobrísimo y me pareció que le daba verguenza participar. Sin embargo consideré que era el Jefe de los obreros y lo tuve en cuenta. Cuando el joven negro comenzó a golpear la mampostería con un bastón de hierro afilado se nos agregó un negro mayor que hacía trabajos de albañilería detrás de los osarios, en una zona de expansión. Volví a tomar algunas fotos. El nylon negro estaba intacto y dejé que los hombres lo sacaran y lo colocaran en la caja de fibrocemento recién pintada. Solo calibré su peso. Esperamos a que sellaran el frontis, fotografié de nuevo y les dije que El Curro les vería después. Dijeron "muy bien" porque sabían a qué me refería. Así que fuimos de nuevo al osario de nuestra madre - que estaba unos metros al sureste, al norte de un pasillo de gravilla en una zona muy aseada, a ras de suelo. Cuando pregunté por el Administrador mi hermana me dijo que había estado con los obreros pero admití que no le había visto llegar. El Curro estaba a medio camino en el Cementerio y le entregué un billete de veinte cuc. Le dije que había cinco para cada trabajador y agregué un suelto de cuatro más para él. No tuve valor para ofrecer nada al Administrador. El Curro se mostró muy agradecido y dijo que se encargaría personalmente de las losas identificatorias cuando mi hermana se las trajera. Nos confirmó que al frente, en la pequeña nave del Jardín, hacían ramos de flores.
La nave, medio destartalada, era la misma de todos los tiempos y estaba al oeste del Cementerio, al pasar la calle de salida de la ciudad. Había dos hombres y una mujer dentro, alrededor de un mesón largo y percudido.No vi flores ni verde por ninguna parte. Recordé la profusión de colores en los coolers de mi Compañía miamense. Les saludé. Uno de los hombres podía tener mi edad y estaba casi calvo. Me pareció recordarlo. Como parecía el Jefe me dirigí a él. Dijo que podía hacerme un pequeño ramo con lo poco que tenían y que me costaría dos pesos cubanos. Le pedí dos porque me parecía que poner flores en los osarios de nuestros padres era un acto simbólico y no quería regresar con las supuestas flores mejores que, aseguraban, había en el centro de la ciudad, al frente de donde las había comprado dos años antes. Mientras el tipo preparaba el par de ramos me enteré de que nadie se ocupaba de cuidar al Jardín - unos cuatro cordeles al norte de la nave - y que ellos mismos tenían que ocuparse de conseguir las pocas flores disponibles en las fincas de los campesinos productores. Que estaban muy mal pagados y que trabajaban allí porque no les quedaba mas remedio.Había una tristeza permanente en sus rostros, de esas que provoca el tedio cuando ya no hay nada que esperar de la vida. Cuando el hombre me entregó los dos ramitos de flores no supe qué era lo que estaba comprando y debió nombrar las cosas. Entonces miré para el fondo de la nave. Son los atriles de las coronas que recogemos para reusarlos, me dijo la mujer.Tery le pagó y les dije que volvería dentro de un ratico. Cuando regresábamos de poner las flores en ambos osarios nos topamos con El Taxi, que estaba de paso en su antiguo centro de trabajo. Me recordó los eventos del año antespasado y las gestiones que había tenido que hacer con mi hermana para encontrar los restos de mi madre. Le dije que pasara por casa para que se tomara algunas Cristal en caso de que fueran repuestas en los sitios de expendio. Todos los tipos de cerveza habían desaparecido después del último día de Carnaval y la gente decía que era porque los dueños de Paladares las habían acaparado para revenderlas por el doble de su precio. Le entregué tres chavitos al Jefe de los Floreros y le dije que les diera uno a cada uno de sus compañeros. No olviden que un chavito vale más que un dólar y que equivale a poco más de veinticinco pesos cubanos. Es el de siempre, cómo no vas a recordarlo, solo que está medio calvo y suave igual, dijo Tery cuando repetí que el tipo me parecía conocido. Entonces recordé que era el preparador de cadáveres en mis años cubanos. Recordé, además, la odisea del hermano de Germán, - el primo que había muerto en Miami tras sufrir horriblemente los dolores de un cáncer terminal de esófago - Fide, tratando de conseguir azucenas en Dolores, en la finca de Concepción, para hacer las coronas cuando llegara el cadáver congelado. Yo siempre le había acompañado y hasta conseguir un tractor para movernos había costado heroicidades.
El triciclero nos estaba esperando. Me marché del Cementerio sedado. Tranquilo. Los restos de nuestros padres descansaban en silencio para siempre. Regresé para ello y lo había logrado. Pese a las dificultades permanentes con las que hay que encontrarse y a las que hay que vencer en la Cuba de nuestro tiempo.Tú hijo sabrá que hacer con nuestros huesos algún día, de momento nosotros hicimos lo que creíamos correcto, dije. Tery sonrió. Yo no vuelvo jamás a los osarios, agregó. Eso pensé, dije, veré qué hago en fechas de aniversario, también podría pensar en alguna manera de unirlos en el futuro.
En la zona de ampliación del Cementerio Tery me había señalado el sitio en donde estaba la tumba de la primera víctima del cólera en la ciudad. El cólera es algo así como una versión mínima del ébola en Cuba. Las autoridades han dado prioridad a los cuidados higiénicos y han pedido a la población que beba agua embotellada o que, en su defecto, la clorifiquen. Sufrí las consecuencias de la medida oficialista. Detesto el agua embotellada y el olor a cloro casi que me marea. De modo que tomé agua normal congelada y solo cuando mi hermana me "engañó" fue que cumplí las ordenanzas.Hasta hoy no siento nada anormal en mi organismo. El temor al cólera es tan tremendo que el Gobierno ha preferido entregar pollo normado en lugar de pescado porque parece que los productos del mar pueden resultar focos contaminantes. Solo que apenas hay pollo y el pescado se ha esfumado de las pescaderías oficialistas.Oí decir que las Flotas Cubanas de Pesca han perdido sus caladeros internacionales porque sus trabajadores estaban arrazando con todos los tamaños de especies. Parece que los peces que no habían crecido lo suficiente para el consumo comercial les servían como morralla, el nombre que se le da en Cuba al pescado pequeño que se vende a los criadores de cerdos.Eso oí decir. Pero no he podido confirmarlo. Sin embargo nada impide el comercio subyacente de langosta y de pescado exclusivo, a precios de miedo.
Pedí al chico del triciclo que se detuviera en una Tienda Cupet para comprar algunas cervezas. Le invité a una. No, dijo, lo que te vas a gastar en cerveza para mí, dámelo casch, por favor. Ok, dije. No había Cristal todavía y no quise comprar Corona embotellada porque sabía que no era del agrado de muchos de los cubanos que conozco. Compraré algún ron después, pensé. De modo que pagamos al triciclero y nos despedimos porque pensábamos llegar a la casa de una tía enferma muy cerca de allí. Nos tomamos dos refrescos de lata y pasamos a la Tienda de enfrente para hacer una factura para mi tía. En la "tienda de enfrente" no había pollo y debimos comprar embutidos de picadillo de cerdo y de pavo. Sin embargo descubrí unos cartuchos con ribetes verdes y letreros que decían "arroz". No podía creerlo. Me había pasado más de diez días comiendo un arroz detestable que parecía de todo menos arroz. Lo veía como a una nueva especie de gramínea, importada, incapaz de cocinarse como los arroces que cosechaba en mi finca en el pasado e incluso como las variedades nacionales que ofertaba el Gobierno en la venta normada. El arroz que cocinaba mi hermana no sabía a nada y daba la impresión de que se masticaba paja insípida. Me dijo que así era todo el arroz que se entregaba por La Cuota y que el que vendían los cuentapropistas en Las Ferias no era mejor. Alguien me había dicho que le parecía que el arroz que se estaba consumiendo era el mismo que sobraba en los molinos y que se destinaba a la cría de aves de corral y de cerdos. Esta información tampoco he podido confirmarla. Ambos recordamos aquellas variedades de arroz de nuestra infancia - Nira, Borboné 50, Dos Provincias - que se "podían comer solos", desaparecidas en aras de las variedades importadas o conseguidas en los laboratorios nacionales, capaces de doblar y hasta de triplicar el rendimiento en detrimento de la calidad. Se decía que eran contados los campesinos que aún seguían cosechando "arroz de verdad". Así que cogí uno de los paquetes y miré a mi hermana. No sabía que existía arroz empaquetado en el pueblo, aseguró. Ya que se me pasó traer arroz Jazmín de Miami, llevemos este a ver qué pasa, dije. Compramos un paquete como de dos kilos para probar. Terminamos de redondear la factura para mi tía, se la llevamos y regresamos a pie a casa porque deseaba pasar por la de una tía de mi amigo Luis García, en calle Zayas, a la que había traido unos dólares de su parte.
Cuando Tery sirvió la mesa esa tarde me comí el arroz con pasión de desahuciado, "solo", con aguacate y plátanos maduros de fruta. Qué dice el estuche, pregunté. Es arroz de Sevilla, respondió. Qué te parece, insistí. Igual que el otro, aseguró. Wao. Así responden los paladares patrios a las novedades que se han dejado de percibir desde hace años. Le creí. Igual que "el otro". Una gran frase. Sincera. Que no me ofendió.
Los restos de nuestros padres estaban a buen resguardo. Acababa de cenar arroz con la calidad del arroz de Miami. Arroz español que no era de Valencia. Ambas cosas eran una bendición. Recordé al Pastor de Vega de Palmas. Y tache el nombre del primer motivo de mi viaje a Cuba.
Pero mi agnostocismo no se movió ni un ápice de su centro neurálgico.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Septiembre 6 del 2014.
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