Friday, September 5, 2014

EL AVION FANTASMA. (2).-



Ya estoy de nuevo aquí.


Hay una casa en la esquina que forman la Calle 12 y la 82 Avenida del SW en Miami. Como en casi todas las esquinas de la urbe, de acuerdo.Con sus amplios espacios y las arboledas de ocasión.Y los autos. Generalmente hay dos autos Lincoln de la vieja guardia en su frontis. Uno de ellos es blanco y es un auto civil. El otro es amarillo y tiene ribetes negros. Ese es el taxi. El viernes por la tarde toqué a la puerta de la casa clonada del SW. Salió un hombre cuarentón de piel quemada y cuando dijo "dígame señor" supe que era peruano. Mis diez años en Santiago de Chile nunca me traicionan en materia de acentos, sobre todo si aceptamos que siempre fui un asiduo visitante de La Catedral.El taxi no estaba ahora porque su ex mujer lo trabajaba en el turno de día y él se acababa de levantar. Así que me dio el teléfono de la señora y me aseguró que ella sería tan puntual como Alberto Fujimori torturando enemigos en las madrugadas de los suburbios de Lima.
La voz de la ex sonaba centroamericanamente sugestiva y me dijo que el inca era el padre de su hijo y que ella era hondureña, de una ciudad perdida en los tremedales del interior del país. Me dio su palabra de que me recogería sobre las 11 de la mañana del sábado y agregó que ambos trabajaban para una Compañía de Taxis cuyo teléfono era tan conocido como el de Emergencias Médicas y cuyos taxis eran tan confiables como las manos desatadas de Carlos Alvarez en los interiores de la Alcaldía de Miami.
La chica de Honduras se apareció poco despues de las diez y me ayudó con los tres equipajes. Vas a volar y es mejor llegar antes de lo que dicen los papeles, me dijo. Tal vez tuviera razón pero en verdad yo la esperaba una hora después.Cuando estaba por decirme algo relacionado con su celibato ocasional y yo por celebrar su pelo oxigenado nos dimos cuenta de que estábamos en la puerta de entrada de la Sala del aeropuerto por donde yo debia entrar y finalmente me dijo que sentía no poder recogerme a mi regreso porque los taxis de la Compañía para la que trabajaba solo podían trasladar personas hacia la Terminal pero no recogerlas porque eso era asunto de los taxis del Aeropuerto. Me pregunté si algún halcón del Clan Corleone controlaría los sindicatos del transporte en Miami pero suicidé la idea porque detesto las grandes películas que no tengan cuarta parte.
La noche anterior había estado muy ocupado cerrando los preparativos del viaje, así que no llamé a mi amigo el chofer que se había ofrecido para wincharme el equipaje. Recordaba que quienes se dedican a esa labor en el aeropuerto cobran 15 us por cada gusano pero mi Presupuesto estaba al día. Un muchacho negro se ganó 5 us trasladando mis cosas sobre un carrito de rutina y el ponedor de nylons selladores azules se llevó una propina de 10 us. En la fila de los que volarían a Santa Clara ya había dos tipos en punta. Dicen que el tiempo es oro en Estados Unidos. La bebé hondureña tenía razón. El par de compatriotas resultarían ser un Pastor protestante treintón que regenteaba una iglesia en ruinas en Vega de Palmas, Camajuaní, y un rastrero casi en los cincuenta que pensaba pasarse un mes descansando entre Cienfuegos y Chambas y calculaba que destaparía más cervezas y descorcharía más rones que los Hermanos Castro en la Gran Caravana en tiempos de Camilo Cienfuegos.Allí mismo comenzamos una conversación que se prolongaría tanto en la ruleta del vuelo demorado que fue capaz de incluir a otras voces nacionales.Poco antes del pesaje de la impedimenta los hombres y mujeres de los cubículos controladores iniciaron sus rastreos para viajeros. Un vejete con ínfulas de humorista me dejó la maleta de mano y la jaba en donde llevaba una Laptop "de uso personal"  y solo tiró a la pesa maldita mi par de gusanos repletos. Quedé muy conforme con el costo y el forzado Alvarez Guedes se ganó 5 us de propina. Antes de arribar a la Sala de Espera del Vuelo de Habana Air pasamos por los exhaustivos controles de los scáners y caminamos los infinitos interiores de un aeropuerto que es otra ciudad dentro de la ciudad. Detrás de los vitrales los aviones faenaban entre ascensos, descensos y posicionamientos y los tres compatriotas nos sentamos en el fondo oeste de la Sala confiados en que la aeronave despegaría a las 4. 30 de la tarde como estaba estipulado.Había un gran televisor a mis espaldas y a veces me volvía para mirar los reportajes interminables de CNN en Inglés relativos al incidente racial de Fergusson, San Luis, Missouri. Dos horas después llegó el hambre. Saqué mis chucherías. Esas que me sacan siempre de los apuros quimicosos de que es dueño mi paladar neandertálico. El rastrero prefirió ir al sitio de expendios de cerveza y se apareció con una lata de Heineken y tres pisas que parecían pasteles de cumpleaños. Agradecí su invitación porque detesto los lácteos y no quería intoxicarme de alcohol. El Pastor del Pueblo de Dios tomó una de las pizas con la velocidad de un recaudador de impuestos de Nazaret y cuando retorné a mirar la tele buscando alguna novedad relacionada con la muerte del chico negro de Fergusson pensé en los megacontroles del aeropuerto y dije una oración pagana en silencio por cada una de las víctimas del 11-9 y levanté, inconcientemente, mis manos, como si las Torres Gemelas todavía estuvieran desflorando el cielo de Nueva York.
Los pasajeros que viajarían a Santa Clara comenzaron a impacientarse cuando el nombre de la ciudad y el número de vuelo y matrícula del avión que los llevaría desapareció de la pizarra digital. Ni siquiera decía "delayed". Solo aparecía el vuelo de Toronto que, al parecer, haría escala en Miami. Alguien dijo que el vuelo de "esta hora" era "la misma mierda de siempre" y agregó que "nos dispusiéramos a esperar" porque estaba seguro de que "no saldría ni en tres horas" toda vez que él "lo había abordado otras veces". El muchacho, cuya señora tenía un par de niños pequeños en un carrito gemelo, se paró, indignado y dijo que esperaba que eso no fuera cierto. Un vejete parlanchín, medio enano, que iba para Caibarién, expresó que casi se había arrodillado pidiendo a la Agencia un vuelo para la mañana del sábado, sin resultados. Entonces anunciaron el vuelo de Aruba y los viajeros abordaron en tiempo y forma. Para cuando se fueron los de Barcelona, Venezuela, nos habían pedido tres cambios de sala - casi un kilómetro de espacio interior -  y la gente estaba que echaba chispas porque eran mas de las cuatro y media de la tarde y esa era la hora exacta en que debíamos despegar. De modo que el rastrero - que viajaba con un juego de short y camizeta rojos bajo su pelo canoso - dijo que el hambre casi lo mataba y después de aceptar uno de mis caramelos estrella se fue al sitio expendedor de la Sala. Regresó con otra cerveza y una línea de ron del grueso de un dedo y cuando dijo lo que le había costado el Pastor se persignó. 16 dólares con 50, certificó para el ron. Poco mas tarde me fui por dos refrescos de naranja embotellados en plástico. Uno era para el Pastor, al parecer flojo de billetes verdes. Para entonces yo sabía que era nativo de Holguín y que su Ministerio lo había enviado al pequeño pueblo de Vega de Palmas en donde comenzó haciendo cultos en su propia casa, un hogar muy humilde que había mejorado a fuerza de ayudas feligresas. Tenía dos niñas y una señora, ministra como él, pero que no estaba ejerciendo en estos momentos.Había viajado por invitación de sus Superiores y había estado en Missisippi, en Georgia y en New Jersey. Llevaba un televisor Sansung de treinta pulgadas y un gusano stándar.Tenía 38 años y una facilidad proverbial para aceptar diezmos de cualquier mortal. El pomito de refresco costaba tres dólares y le dije, bromeando, que la erogación casi que me había arruinado, esperando me dijera "que Dios te lo pague". Pero no lo hizo. A veces se paraba para dar vueltas por la Sala o hacer llamadas telefónicas. Creo que tenía  muy buena comunicación con Dios, un señor que no tiene por qué pagar nada a nadie teniendo en cuenta lo mucho que regala, dicen.
Sobre las ocho de la noche comenzó a llover y la gente que volvía de la oficina de Información decía que el avión estaba para La Habana y que había que esperar por su regreso y reparación porque era el mismo que haría el viaje a Santa Clara. Otros vocales aseguraban que mientras estuviera cayendo una solo gota de agua o sonando cualquier pedazo de trueno la nave no se movería de su hangar. Pero en realidad nadie sabía nada del vuelo a Santa Clara y quienes conocían lo que ocurría con él a esa hora se limitaban a hacer silencio y a esperar. De pronto la gente comenzó a aglomerarse frente a la Cabina de Información. Detrás del vano había dos muchachos y una chica con acento cubano. Me llegué hasta el sitio, acompañado del rastrero. El papá de los dos niños encarritados se acodó sobre el mostrador y señalando al Trío Informativo dijo "solo quiero que me devuelven el pasaje a las ocho en punto si el avión no sale a esa hora y caso cerrado". Lo dijo en mala forma y desde adentro amenazaron con llamar a la policía. Llámenla, eso es lo que quiero, demasiado descaro para estar en un aeropuerto americano, estalló. Muy cerca, un hombre alto, con gorra de pelotero, estaba bromeando con el enano de Caibarién y el papá de los niños pensó que se estaba riendo de él. Lo encaró y le pidió que cooperara en vez de estar comiendo mierda y burlándose de su gestión. El pelotero contestó para decir que el que tenía que dejar de bobear era él pues la broma no tenía relación con su tángana y agregó "hace dieciséis años que no voy a Cuba y crees que tengo ganas de joder con este asunto". Su esposa le pidió tranquilizarse y sobre su voz, otra, rotunda, dijo "viva el Comandante, coño". Nadie lo miró. El Comandante acababa de cumplir 88 años. Yo vi quien lo había dicho pero en verdad no le encontré cara de "los cinco" y decidí que las salas de aeropuerto son demasiado opresivas. El rastrero regresó detrás de nosotros al oeste de la Sala y dijo que otro bromista cubano había dicho que no quedaba otra que rezar y mirando al Pastor expresó "le dije que teníamos quien podría hacer ese trabajo". El protestante de Vega de Palmas asimiló la broma y sonrió como lo hubiera hecho San Pedro si alguien le hubiera dicho que tenía esperanzas de que alguna vez diseñara patíbulos en Roma.
Llegó un momento en que todos, resignados a la burla reiterativa para el Vuelo de las 4.30 de la tarde, se repantigaron en sus butacas y optaron por esperar en silencio. El rastrero medio que se durmió, el Pastor dejó de hacer llamadas y el papá de los niños se recostó contra el hombro de su mujer. Yo, hipnotizado por la abulia, recordé que esperaba desde las once de la mañana y sacando fuerzas de no sabía donde seguí mirando CNN en Inglés en compañía de un negro joven que se había acercado a la tele y observaba entre llamadas telefónicas y chateo celular. Ahora se decía que los negros de Ferguson saldrían de nuevo a las calles para protestar en silencio por lo que consideraban un crimen mas de la policía blanca de la ciudad y argumentaban que los actos delincuenciales extras atribuidos al joven no eran otra cosa que un montaje justificatico del disparo que le segó la vida. Poco después de las 8. 30 la gente comenzó a ponerse de pie y a caminar hacia una puerta grande que había al este de la Sala de Espera. Nos paramos para seguirlos. Yo pensaba que se trataba de la Policía del aeropuerto, llegada para sofocar el posible estallido social que pudieran protagonizar los viajeros cubanos con destino a Santa Clara, Pero no era la Policía del Aeropuerto. La gente estaba abordando el Boeing 737 de Habana Air. 42 minutos después aterrizábamos en el Aeropuerto Abel Santa María de la ciudad de Santa Clara, satisfechos con la atención dispensada y con los estómagos encantados por el octavo de vaso  de gaseosa que nos regaló la aeromoza americana.
En el Abel Santa María no hay túnel para desabordar. De modo que tuvimos que descender por una escalera stándar adosada a un camión Zil. Me di cuenta de que los primeros en descender se dirigían a un ómnibus conurbado y se subían a él. Les imité. El rastrero se me había perdido y vi al Pastor sentado en un asiento lateral en la parte delantera del bus. Rápidamente la guagua se llenó de viajeros. Incluidos los pasillos. Todo el Vuelo se metió en el "camello villaclareño". Muy pronto los humoristas comenzaron a hacer zafra. Caballeros, qué manera mas digna de hacernos saber que acabamos de entrar a Cuba, dijo alguien. Comenzamos a sentir el calor sofocante del trópico y dije "maldigo al que extrañe al aire acondicionado" y agregué para las mujeres que estaban de pie, sujetadas a la manilla superior, que sentía "no poder darles mi asiento" porque me era imposible salir del mío "ante tanta aglomeración" de viajeros. Detrás de las risas una mujer treintona dijo "tranquilo, que con solo 42 minutos de vuelo uno pasa de la civilización a la barbarie". No hay que exagerar, pensé. Pero no lo dije. Debo decir que el Boeing viajó a poco mas de media capacidad. Me pareció decente que las autoridades aeroportuarias trasladaran a los llegantes en ómnibus hasta las instalaciones de la Terminal. Solo que casi me mata el asombro porque estas estaban a escasos cincuenta metros de la escalerilla. Vaya usted a saber. Conste que solo andábamos con los equipajes de mano. Llenamos los documentos de rutina y nos dispusimos a esperar nuestros avíos al lado de las esteras. Uno de mis gusanos apareció casi de último. Tal vez porque fue de los primeros en subir en Miami. El otro desapareció y pude encontrarlo en una orilla donde estaban unos pocos gusanos de pasajeros que andaban en otras gestiones. Una señora se resignó a la pérdida de sus paquetes y quedó con la esperanza de que se los devolvieran cuando los plagiadores involuntarios cayeran en la cuenta de su equivocación. Escuché que los equipajes extraviados no se llevaban a casa de los dueños cuando aparecían - como hacía cada Aerolínea y como había hecho Aerolíneas Mexicanas en casa de Cecy Domínguez en el DF con mi gusano quedado en Buenos Aires - sino que aquellos debían acudir por ellos. Parecía que el Período Especial todavía vegetaba en algunos sectores de la vida nacional. Fui uno de los últimos en ser atendido por los oficiales que pesan los equipajes y según lo estipulado por las autoridades cubanas mi peso en libras equivalía a un costo de poco mas de 400 us, incluido un Play Station, que paga 100 us mas allá del año de fabricación. La Laptop pasó como objeto personal, libre de impuestos. Ya le había dado mi número telefónico al Pastor para que me llamara cuando regresara a Estados Unidos y le había visto haciendo una mueca después de enterarse de lo que le costaría sacar su equipaje de la Aduana. En realidad él no había viajado como "ciudadano español" nacido en Cuba y por tanto no tenía preferencias arancelarias. No tuve noticias del rastrero porque apenas llevaba una bolsa de mano, de modo que no era controlable. Me había dicho que sus regalos siempre los enviaba en paquetes de Agencia.
Fuera de la Sala apenas quedaban viajeros esperando por sus familiares. Mi hermana y el niño casi que desfallecían después de tantas horas de tedio. Ya nos habíamos saludado a la distancia. Mi hermana estaba tremendamente saludable y se veía muy joven y el niño realmente había crecido mucho y estaba peinado como Neymar.Le dije que no les traía nada de nada y que mis paquetes no eran míos, sino de una familia de Meneses que me había pagado por traerlos convirtiéndome en mula y cuyos destinatarios vendrían mañana por ellos. Pero él no me estaba oyendo porque ya había visto la Laptop sobresaliendo de la bolsa. Cuando cayó en cuenta de lo que dije se echó a reír con sonrisa de "tú crees que yo soy bobo". El hambre que tenía en el avión se me esfumó con la llegada y apenas acepté que Tery comprara una cajita de jugo de naranja en el puesto exterior. Enseguida nos fuimos al carro que nos esperaba. No conocía al chofer. Ya le pagué, me dijo Tery. Te liquido en casa, respondí. Y agregué, bajito "cuánto en realidad". 30 cuc, dijo. Ok, cerré el caso.
Era la primera vez que visitaba el aeropuerto de la capital de mi provincia y por tanto la primera vez que recorría la carretera nueva que lo unía con la vía Santa Clara - Caibarién. El auto se movía con solvencia sobre el asfalto y pregunté la marca. Un Peugeot, dijo el chofer. Se trataba de un auto muy viejo, así que no indagué por el año de fabricación. Inconcientemente fui a buscar el cinturón de seguridad y después de dos o tres intentos asumí el motivo de su ausencia. La oscuridad no permitió al chofer alertarme de que no lo tenía. Poco antes de la 1 de la madrugada parqueó frente a la casa de mi hermana. Ya no digo "mi casa" aunque ella insista en que debería hacerlo "para toda la vida". Cuando me bajé y di la vuelta por delante del auto ella estaba al lado de un tipo un poquito mas alto que yo, trigueño y aparentemente serio. Este es mi marido, dijo.

Westchester, Miami,USA.
Luis Eme Glez.
Septiembre 4 del 2014.


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