Durante mi primer viaje a Cuba en el año 2012 no pude visitar a los fabulosos cayos de la costa noreste de Caibarién. No había alquilado un auto en las Concesionarias Estatales y, además, no deseaba que ningún chofer desconocido nos llevara. Mi primo Onel era el seleccionado para hacerlo pero una neuropatía crónica avanzada apenas le dejaba manejar distancias cortas. Así que lo dejé para la próxima vez. Ustedes saben que mi hermana trabaja en la Aduana del Aeropuerto de Cayo Las Brujas y fue la mejor fuente informativa que tuve acerca de cómo estaba "el asunto" de las visitas a Los Cayos. Yo era un turista cubano residente en los Estados Unidos, de modo que tenía vía libre para pasar las barreras del Pedraplén en compañía de mi familia y de un número determinado de invitados. Podía visitar casi toda la geografía de Los Cayos. Digo "casi" porque como no había alquilado una habitación de hotel pues no podía pasar la línea hotelera y por ende visitar las playas más exclusivas que estaban en la jurusdicción de aquéllos. Por lo demás no me importaba mucho porque yo conocía toda la cayería desde los tiempos en que el territorio era virgen y todavía el helicóptero de Fidel Castro no había "descubierto" las bellezas naturales de la zona ni su cerebro había calibrado la posibilidad de convertirla en una región turística de alto nivel internacional.
Había tres maneras de acceder a Los Cayos. Por mi cuenta, costeándonos el viaje a medida que consumiéramos. Comprando un "Bouche" de 80 dólares que incluía comida criolla, bebidas y la posibilidad de asistir al Show de los Delfines para ocho personas. Y comprando otro Bouche de 60 dólares que servía para costear los gastos de cuatro personas en algún restaurant e incluía también la visita al Delfinario para ver el Show. Como yo pensaba invitar a cuatro personas para que se agregaran a mi familia le dije a Tery que gestionara el Bouche de 80 us. Pero para mi segunda semana de vacaciones este Paquete no estaba disponible. Lo que no me afectó, pues mi invitada especial de todas maneras no hubiera podido acompañarnos. Así que me decidí por la segunda opción y elegimos el martes para visitar a la cayería norte.
Onel estaba viviendo en Tampa, Florida, desde hacía unos meses y también le pedí a Tery que gestionara algún chofer conocido que tuviera un carro confiable, no importaba que fuera de la época prerrevolucionaria, de esos mastodontes que se promocionan en las postales de la Cuba Romántica. Porque el "pizicorre" del año 40 que teníamos visto para el caso de que viajáramos 8 ya no nos hacía falta.El hijo de una de nuestras mejores amigas de juventud tenía un Fiat bastante solvente y dejó que su padrastro nos llevara. El marido de Migdy trabajaba en los hoteles de Los Cayos y era el indicado para llevarnos a conocer los sitios permitidos. Recuerdo que Tery me dijo "si tú lo conoces, era de los que venía a la casa en los tiempos en que tratabas de salir del país de manera ilegal". En efecto, yo lo recordaba. Pero en honor a la verdad no lo recordaba en esos menesteres.
Yo había visitado a Los Cayos en tres ocasiones. La primera fue alrededor de 1992, cuando realizaba una investigación sobre el barco norteamericano de ferrocemento, San Pasqual, varado en Cayo Francés desde hacia décadas y que en ese momento todavía era un almacén de mieles finales de la industria azucarera. Entonces yo era Técnico de Museología y el viaje de trabajo fue programado por el Museo Municipal. Aunque la visita estuvo ceñida al barco, recorrimos el litoral de algunos cayos y nos bañamos en una playa de categoría media. La segunda visita, de placer, fue en 1993 y se trató de una invitación especial de la Emisora local CMHS, toda vez que para la época yo simultaneaba mi trabajo en el Museo con la colaboración radial a tiempo completo. Entonces hicimos un gran recorrido por gran parte de los litorales de la cayería hasta detenermos en Cayo Las Brujas y especialmente en Playa Ensenachos, una franja costera de unas dos millas cuyas arenas, aseguran los expertos, son superiores a las de Varadero. No soy un experto, pero en materia comparativa me atrevería a igualarlas. La tercera que vez que visité a Los Cayos ya era un apestado terminal en la cloaca ideológica y no me permitían ni acercarme a los primeros puentes del Pedraplén que se estaba construyendo. Un amigo, que era cocinero en Cayo Santa María, - se estaban iniciando los proyectos que harían del cayo un verdadero emporio turístico - se arriesgó y consiguió pasarme una mañana nublada de Noviembre de 1996 en un camión que transportaba personal. Ibamos a pescar en los amplios canalisos entre los cayos, todavía vírgenes, repletos de especies tropicales. Los pargos, las cuberetas y las rabirrubias mordían el anzuelo casi por placer y las especies mayores, bellas y saludables, se enredaban en las redes tendidas como si jugaran a engancharse en los hilos fuertes de las trampas malditas. Recuerdo que los aviones que despegaban desde los aeropuertos de Bahamas todavía no habían alcanzado su altura máxima cuando nos sobrevolaban y nosotros les observábamos desde la chalupa en medio del canal, entre deslizamiento del nylon del carrete con el anzuelo y extracciones premiadas de las aguas diáfanas.
Salimos exactamente a las 9 de la mañana de un martes soleado. El calor, como cada Agosto, era insoportable y parecía que el sol había descendido con fuerza infernal sobre la ciudad. Había más calor que en Miami pero mi sensación térmica me decía que había un poco menos que en la primera quincena de Agosto del 2012. Hacía más de 14 años que no me desviaba al norte de la carretera a Yaguajay. Recuerdo que poco antes de irme para Chile a veces iba hasta el borde de la costa en busca de leña para cocinar en un tractor que manejaba el novio de mi hermana y otras veces nos íbamos por la noche en su moto BSA hasta el Puente 7 - que era la Marca desde la que los cubanos no podían seguir al norte - para pescar con anzuelo o para coger camarones de mar con bolsas de hilo en la punta de una vara en tanto los bichos nadaban enceguecidos delante de los focos del vehículo de turno.La gran paradoja era que ahora nadie podía detenerme por el simple hecho de que yo era ciudadano cubano "residente en el exterior". Lo que, además, me daba el plus de poder andar con invitados. Y la obligación de pagar en moneda fuerte. Porque solo para eso nuestros bellísimos cayos se habían convertido en meca turística donde los extranjeros podían posar sus asentaderas mientras los ciudadanos cubanos, que no tenían la posibilidad de trabajar allí o ser invitados, percibían a Los Cayos como territorio extranjero.
La carretera estaba muy bien asfaltada y la vegetación de mangle que la custodiaba era profusa hasta el Puesto de Control. Allí había dos o tres edificios de Preaduana y algunos autos rentados, automóviles americanos muy viejos y los excelentes ómnibus chinos Yutong, que esperaban por la autorización para continuar el viaje. Estos ómnibus estaban resolviendo parte del gran problema del transporte en Caibarién, porque después de que trasladaban a los trabajadores hacia Los Cayos se dedicaban a transportar pasajeros hacia diveras ciudades de las cercanías de la ciudad. Mi hermana pagó el Bouche de sesenta dólares y bromeó con el funcionario de turno porque lo conocía. Sobre el asfalto bastante bien conservado el Fiat de mediana edad volaba a cien kilómetros por hora. Tampoco tenía cinturón de seguridad. Alguien me había dicho en Miami que gran parte de los puentes del Pedraplén estaban colapsados y que el viaje demoraba mucho por los constantes desvíos sobre el mar. Falso. Había un solo desvío en todo el trayecto: lo que salvó la valía de mi primo Pedro Piojo, hermano de Onel, que había sido uno de los Ingenieros Civiles encargado de su construcción. El chofer me dijo que en contra de lo que pensaban los ecologistas de Caibarién que se habían opuesto a la construcción del Pedraplén Caibarién - Santa María, la flora y la fauna de la región no habían sufrido daño alguno.Opinión que contrastaba con la de algunos viejos pescadores con los que había conversado. Pero preferí no entrar en controversias pues mis propios compañeros de trabajo habían estado en el team de los contestatarios aquellos años.
En verdad los manglares estaban exhuberantes y crecían, invictos, sobre cada pedazo de tierra en medio de la mar. Las aguas oleaban hermosas, verdeazules, bajo el sol despiadado y bajo las quillas de algunos barcos que faenaban en la zona. Cuando la cayería se hizo tierra firme pregunté por la gran colonia de flamencos y el chofer me dijo que habían emigrado hacia otros cayos y que a estas alturas era muy difícil verlos en su habitat de siempre. Sin embargo me señaló a una pareja de bichos rosados que picoteaban en el borde de la costa. Muy cerca algunos delfines saltaban sobre las olas cobardes haciendo las piruetas de ocasión. De pronto la carretera comenzó a desplazarse entre manglares muy altos y me recordó algunos tramos de la autopista Miami - Cayo Hueso. Entonces aparecieron las primeras edificaciones a la izquierda. Es la entrada del aeropuerto, dijo Tery. Ella trabajaba allí y era la primera vez que seguía al norte de manera no oficial. Enseguida, al noroeste estaba la pista. Perfectamente cercada, con el césped muy bajito y el macádam parejo.Rodeada de vegetación compacta, en verdad se me pareció a cualquiera de los aeropuertos de tamaño medio que hay en la ciudad de Miami, si descontábamos las edificaciones. Tery me había dicho que aunque la pista era una pista de mediano porte a veces aterrizaban aviones de mayor capacidad e incluso en mas de una ocasión lo había hecho el avión de Hugo Chávez. Raúl Castro y su hija Mariela lo hacían con bastante asiduidad y mi hermana celebraba la sencillez de la hija del Presidente. El chofer agregó que muy pronto la pista estaría preparada para recibir a todo tipo de aeronaves. Tery hizo sí con su cabeza.Juan Carlos argumentó que había trabajado en la construcción de las instalaciones en tanto Elyrrá casi que venía dormido sobre los muslos de Tery pues es muy malo para los viajes largos. Entonces, otra vez a la izquierda, apareció un complejo arquitectónico sobre las aguas límpidas de una pequeña bahía y el chofer giró hacia la entrada. Esto es el Delfinario, dijo Tery.
Los complejos del Delfinario están solos en medio del mangle y de las aguas esmeralda. Se trata de una construcción erigida sobre pilares en forma de cuadrados en cruz con techos de madera a dos aguas y una línea de bares y restaurantes a la derecha. En ocasiones los pisos de los pasillos son de tabloncillo y en otras están cubiertos de bellísimos mosaicos o de losas rústicas perfectamente equilibradas. Al fondo oeste y después de pasar la gruta de los osos marinos - no hay osos: solo un montículo simulado de gran roca con caverna y dos esculturas del animal de las playas del Pacífico - se entra al "stadium" destechado, en donde se puede ver el Show de los Delfines. El Show estaba por comenzar y ya había algunos turistas ocupando asientos en las tres secciones de gradas. Tomaban fotos y comían sin parar entre sorbos de cerveza. El sitio es Cinco Estrellas para filmar y también hice mi zafra con el lente. Lamento no compartirla con ustedes en este texto porque algo me impide subirlas desde la PC: pero lo haré más tarde, en una Entrada de Blog que solo incluirá fotos y pie de fotos.
El espacio para el Show es muy similar a otros espacios internacionales. Una piscina circular en donde un par de delfines perfectamente entrenados hacen las piruetas conocidas. Vale decir saltar entre los aros elevados, nadar con una pelota en el hocico, buscar a los entrenadores para la caricia de agradecimiento y el pescado de rutina en sus bocas, nadar a velocidad crucero por los bordes de la piscina y hacer el simulacro del saludo final del Show. Nada nuevo en ese sentido pero muy bien ejecutado. Solo una decepción. No había ninguna cubana escultural haciendo de entrenadora, como siempre ocurre en Shows similares. Sino dos hombres que usaban el magáfono para enriquecer el Espectáculo. Asistí al acto de pie, acodado sobre las barandillas protectoras, haciendo fotos y tomándome la Cristal que Juan Carlos me había traído.No se trata de un Show prolongado. Dura bastante menos que el de Miami . Pero creo que es un buen evento. De regreso volvimos a pasar por la Gruta de los osos marinos y no pude evitar recordar las tantas veces en que Palma Nitelly y yo miramos las grandes colonias de osos en la rada de San Antonio, Quinta Región, Chile, mientras le tirábamos peces comprados y les espantábamos para ver como zambullían sus moles gigantescas en las aguas heladas. Volvimos a observar también a las grandes piscinas cuadradas, en donde algnos delfines de talla respetable nadaban su cautiverio falso con piruetas naturales, en aguas más profundas pero verdeazules igual. Le pregunté al chofer si estos delfines también eran parte del Show y admitió que no lo sabía. Creo que podian andar, muy bien, por los dos metros y medio de largo. Finalmente compartimos una mesa de pasillo al frente de un bar y degustamos algún refrigerio acompañado de otra Cristal de Delfinario. Sigamos, dije.
A partir del Delfinario se entra en la geografía real de Los Cayos. Tanta es la "realidad" que los lugareños le llaman El Cayo. Hay una gran maraña de carreteras y vías secundarias y señalizaciones que han unido a gran parte de los cayos como si constituyeran el Area Metropilitana del pueblo de Las Dunas. Entonces pudimos ver autos rentados bastante modernos, otro tipo de ómnibus mas pequeño que el Yutong, camiones de trabajo y claro, mas autos americanos de la época dorada, trasladando turistas entre los manglares y las señales de Primer Mundo. Aunque no hay por qué exagerar. Los Cayos no es, en realidad, ni remotamente, la Cuba de hoy. Uno percibe que está en otro mundo signado por el patrón dólar: o por al patrón yuan?. La Estrella es uno de los dos pueblos mas importantes que se han levantado el El Cayo. Admito que había oído hablar de los pueblos del Cayo y que conocía que no era un pueblo para habitar sino una promoción ecléctica para vender cosas a los visitantes. Incluso sabía que hasta había una iglesia para quienes tuvieran alguna inclinación religiosa y que los diseñadores habían copiado algunas escenas arquitectónicas del país para incrustarlas al norte como habían hecho los diseñadores de Las Vegas, Nevada, en mayor escala.Pero mi imaginación se había quedado corta. Los pueblos son un poco las copias de las áreas exclusivas de Miami y de la Riviera Francesa. Los mismos grandes bulevares, los espaciosos portales exhibiendo cuanto producto nacional sea capaz de crear un artesano o un inventor, los bellos tejados cayendo sobre las calles adoquinadas y las aceras impecables, las promociones de la cultura cubana en amplios espacios comerciales y rectángulos anunciadores. Y el jardín eterno custudiando la arquitectura foránea: flora exhuberante de una nación tropical donde nadie todavía ha podido colapsar a la naturaleza invicta. Hay palmas creciendo a 52 kilómetros de tierra firme y hay vendedores ambulantes en carritos sofisticados vendiendo productos de fina terminación a precios de espanto. El costo de ocho guarapos en El Cayo - compramos cuatro - hubiera servido para cenar carne de cerdo un día entero. Deseo aclarar que estos juicios monetarios eran vertidos por mis invitados en su afán comparativo. Sin embargo un guarapo carísimo en El Cayo era tremendamente peor que uno de tierra firme por un simple motivo: "abajo" los vasos eran mayores, de cristal, y no le echaban tanto hielo....como en Miami. Vayamos al Galeón, dijo el chofer.
Desde la calle el Galeón parecía una jicotea gigante y me pareció que habían empleado una cantidad descomunal de madera para fabricarlo. Para nada, es mampostería que simula tablas aserradas, dijo el chofer, del que ya he expresado que, debido a su conocimiento del Cayo, estaba fungiendo como Guía Turístico. Dentro, el mobiliario intenta "ser" de los Siglos XV y XVI, y lo recorrimos detenidamente. Sin embargo considero que el intento por reflejar lo "antique" no está suficientemente bien logrado pues uno se da cuenta de que no pudieron borrar la esencia de los materiales modernos con que los construyeron. Para suerte mía pude tener una ligera charla con Cistóbal Colón, acusar de cicateros a los Hermanos Pinzón y hasta burlarme de Sir Francis Drake camino de un restorant que estaba al norte del Galeón, en donde había mesas a ras de calle y en donde estaba tocando un Quinteto de jóvenes música tradicional cubana. Este me parece un buen lugar para destrozar los 60 us del Bouche, dije. Todos estuvieron de acuerdo. De modo que lo coloqué en mi Agenda. Regresamos hasta el Fiat, volví a observar la mole imponente del Galeón sepia con sus "tablas de mampostería" y me pregunté la impresión que se llevarían los turistas de Extremadura cuando vieran una nave simulada de aquellas en donde sus compatriotas se montaban para partir rumbo a un mundo desconocido que después se llamaría América. Te veo ahorita, Magallanes, le prometí.
Las Dunas es el pueblo emblema del Cayo. Es casi lo mismo que La Estrella pero en escala mayor y con mejor terminación. Está mas cerca del mar y la vegetación es mas compacta. Aquí hay una Glorieta copiada de la del parque de Caibarién y una torre de iglesia que intenta parecerse a la torre de la iglesia mayor de la ciudad de Remedios. Nos subimos por ella hasta la corniza para mirar al pueblo. La vista es sencillamente impresionante. General. Todo es verde y es azul y es naranja y es sepia y al norte está el Atlántico imponente y la línea de la playa impecable y los manglares robustos y saludables y algunos techos parecen helipuertos y las palmeras se regalan de pencas límpidas bajo un sol inclemente. La gran vista aerodinámica y planetaria me recordó a la vista de la ciudad de Cayo Hueso que se tiene cuando se mira desde El Faro que está muy cerca de la casa de Heminway. Solo que en Cayo Hueso tuve que pagar por la visión privilegiada y en Las Dunas parece que el Bouche incluía extasiarse con el encanto del norte del Cayo. El chofer nos dijo que el diseño de los pueblos del Cayo estaba en manos de arquitectos franceses. Que tienen que haber vencido algún postgrado en Estados Uidos, pensé. Como el viaje no estaba planeado para comprar nada como no fueran las excepciones que nos exigiera el paladar pues regresamos por otras vías interiores hacia el Galeón. Era la hora de almorzar.
Nos sentamos alrededor de una mesa que estaba al extremo norte de la sala. Había una familia sentada, muy cerca de donde tocaban los chicos tradicionales. De espaldas a nosostros una chica se dejaba levantar el pulóver corto y podíamos ver su fondo de columna vertebral hermoso. Enseguida se acercó el tipo que estaba detrás de la barra. Tery le dijo que íbamos a consumir el Bouche de 60 us y nos entregó el listado de ofertas. Optamos por camarones con arroz y agregados y por pollo a la plancha y por refrescos enlatados y por helados y por cerveza Cristal. Cuando atacamos al arroz Tery me miró. Que volá, dije, riendo. Tienes razón, pensó. No estamos en Cuba, no dije. Tienes razón, repensó. La chica de la espalda olímpica se levantó para bailar con un hombre mayor y nos dimos cuenta de que debajo de aquel pulóver corto había un cuerpo de cubana exquisito y ella comenzó a moverlo detrás de los acordes del Guayo de Catalina. Mientras bebía mi Cristal le grité al chico que parecía el Director del Quinteto que si podía tirar Son de la Loma, de Matamoros. Claro, contestó. Desde entonces me convertí en un DJ y les pedí tres o cuatro números mas que incluían un tema clásico del cancionero mexicano. Cuando les premié con 10 cus mis invitados se persignaron. Para coger una propina como esa necesitan desgañitarse toda una tarde, dijo el chofer. Tery me miró y en sus ojos pude leer "estás rematadamente loco", pero su mirada era complaciente porque me conoce muy bien. Entonces los chicos - que ya estaban tocando sus instrumentos clásicos a nuestro lado - se pusieron a "mi disposición". Sonriendo les dije que gracias por todo lo bueno que nos habían regalado y que tocaran una última canción a su antojo. El barman se acercó para indagar si deseábamos algo más. Tery y el chama eligieron helados, los hombres mas cerveza y yo pregunté si tenía algún vino chileno. Claro, dijo, tengo un Cabernet excelente. Traéme una copa, por favor, pedí. Estuve a punto de decirle "si dices cabernet no digas excelente porque es redundancia". Con los agregados y con la propina la cuenta del Bouche se elevó unos cuantos us más. Nos marchamos muy conformes. Para entonces la chica de la espalda bestial se había marchado con los suyos. Demos una vuelta por la línea hotelera, dije. Ok, dijo el chofer.
El sol se seguía comportando de manera obsena. Casi que estábamos sudando a pesar de la brisa permanente. Detrás de la última calle del pueblo había vegetación exhúbera y callecitas de dos vías subían hasta la playa entre los bungalows de los hoteles, de los cuales solo veíamos el techos rojos a dos aguas. Bien al fondo las olas encrestadas de espuma rompían contra las arenas blancas y recordé de nuevo cuando había recorrido los 10 kilómetros de la Playa Santa María bajo el vuelo de las torcazas y la ensoñación de los Cruceros que, decían, se veían titilando cuando pasaban hacia el mundo por debajo del paralelo del Archipiélago de Bahamas. Pensé que jamas alquilaría un hotel en Los Cayos porque la única ventaja al hacerlo estaba en conocer y disfrutar unas playas que ya conocía al dedillo. Además, para mí las vacaciones son espacios de tiempo donde la rusticidad ha de imperar por su irrespeto. Claro que no hay que exagerar. Mi Agenda dice la playa, dije. Ok, dijo el chofer.
Sabía que la única playa disponible para alguien que no había alquilado un hotel era La Salina, al sur de Santa María. Ua playa excelente, igual, pero todavía suficientemente alejada de los centros convencionales del turismo de altura. Me parece que al oeste de la Playa Santa María no hay turistas y creo que es posible entrar allí, dijo el chofer. Mi plan no era meterme en las aguas. Pero tampoco lo descartaba. Así que se desvió de la carretera principal por donde conducía y parqueó el Fiat en una ensenada arenosa. Subimos una pequeña duna y bajamos a la playa. Había mucho oleaje pero las aguas estaban impecables y lejos, tal vez a la altura de Cayo Francés, al oeste, había un mercante en alta mar. Cuando el niño estaba listo para meterse en el agua, de algún lugar inexistente salió un muchacho vestido de civil. Era un Vigilante de la Playa. Un falso marido de Pamela Anderson. Cuando se dio vualta, el chofer dijo "lo siento, no podemos quedarnos aquí". La soledad en esta parte de la playa era total: pero las leyes son las leyes. Cuidado, en otros muchos lugares del mundo algunas playas también están segregadas. No hay que exagerar. Entonces a La Salina, dije.
La Salina es una playa en forma de golfo amplio a cuyo frente oeste está el mar abierto. Tiene también aguas cristalinas y arenas impecables aunque estas estén rematadas por la cercanía de la vegetación. Poco antes de llegar observamos, al noreste, el último hotel que están erigiendo obreros de la parte oriental de Cuba. En La Salina hay un pequeño parqueo y una casona rústica con agua dulce para bañarse después de salir del mar. Había árbol de leva en la playa y las olas arribaban a la orilla con mucha fuerza y daba la impresión de que las aguas estaban churrosas. Nadie, excepto Elyrá, pensaba en meterse en el agua. De modo que nos sentamos contra el manglar mientras algunas personas se burlaban de las olas embravecidas. Había un viejo espigón destartalado y recordé a las playas de Naples, Florida Occidental, a donde había ido en el año 2010, acabado de llegar de Chile. De improviso sentí algo parecido al canto de algún pájaro. Me volví, buscándolo. Había un grupo de personas merendando detrás de nosostros. Ves, ya tienes al pájaro que buscabas, dijo el chofer. Se trataba de una pareja de pájaros chicos y aunque no pudimos identificarlos se me parecieron a verdones de los montes interiores del país. En verdad yo había manifestado que me extrañaba no haber visto volar ningún pájaro durante todo el día. Y lo había dicho pensando en las torcazas. Tery no dejaba de observar al niño, que a veces se perdía detrás de las olas altas y trataba de incorporarse a un grupo de personas que estaban como a treinta metros de la orilla. A veces salía para decir algo y en una ocasión le pidió permiso para tirarse desde los puntales del espigón. Estás loco, le dijo la madre. La última vez que se acercó a nosotros fue para decir que se le habían perdido las gafas deportivas. Tery le ordenó, aguantando la risa, que fuera por ellas y tratara de encontrarlas. Son las primeras que les trajiste, me dijo, tenían dos años. Ciertamente las de este año estaban más sexis.
Una chica escultural nos pasó por delante. Llevaba el short mojado. Esa es la jeva del restorant, exclamé. Coño, la partistes muy bien, dijo el chofer.Una hora después me di de cuenta que ya no había nada que hacer en El Cayo y dije que si lo deseaban, podíamos regresar a Caibarién. Lo deseaban.Unos 40 minutos después estábamos en una especie de desvío que alcanzaba a la carretera de Yaguajay antes de llegar al puente elevado. Me di cuenta que rodábamos sobre una zona reforestada con cocos y con pinos, cuyo crecimiento en libertad había ido formando un casi bosque a las puertas de la ciudad. Me volví al chofer. Cuánto te debo, dije. Treinta cuc, respondió. Seguro, agregué, por si me "estaban haciendo un precio". Seguro, 30 cuc, fue lo que me dijeron ellos. Tery le pagó.
Había resuelto el segundo punto clave de mi Agenda 2014. Taché Visita a Los Cayos.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Septiembre 7 del 2014.
Salimos exactamente a las 9 de la mañana de un martes soleado. El calor, como cada Agosto, era insoportable y parecía que el sol había descendido con fuerza infernal sobre la ciudad. Había más calor que en Miami pero mi sensación térmica me decía que había un poco menos que en la primera quincena de Agosto del 2012. Hacía más de 14 años que no me desviaba al norte de la carretera a Yaguajay. Recuerdo que poco antes de irme para Chile a veces iba hasta el borde de la costa en busca de leña para cocinar en un tractor que manejaba el novio de mi hermana y otras veces nos íbamos por la noche en su moto BSA hasta el Puente 7 - que era la Marca desde la que los cubanos no podían seguir al norte - para pescar con anzuelo o para coger camarones de mar con bolsas de hilo en la punta de una vara en tanto los bichos nadaban enceguecidos delante de los focos del vehículo de turno.La gran paradoja era que ahora nadie podía detenerme por el simple hecho de que yo era ciudadano cubano "residente en el exterior". Lo que, además, me daba el plus de poder andar con invitados. Y la obligación de pagar en moneda fuerte. Porque solo para eso nuestros bellísimos cayos se habían convertido en meca turística donde los extranjeros podían posar sus asentaderas mientras los ciudadanos cubanos, que no tenían la posibilidad de trabajar allí o ser invitados, percibían a Los Cayos como territorio extranjero.
La carretera estaba muy bien asfaltada y la vegetación de mangle que la custodiaba era profusa hasta el Puesto de Control. Allí había dos o tres edificios de Preaduana y algunos autos rentados, automóviles americanos muy viejos y los excelentes ómnibus chinos Yutong, que esperaban por la autorización para continuar el viaje. Estos ómnibus estaban resolviendo parte del gran problema del transporte en Caibarién, porque después de que trasladaban a los trabajadores hacia Los Cayos se dedicaban a transportar pasajeros hacia diveras ciudades de las cercanías de la ciudad. Mi hermana pagó el Bouche de sesenta dólares y bromeó con el funcionario de turno porque lo conocía. Sobre el asfalto bastante bien conservado el Fiat de mediana edad volaba a cien kilómetros por hora. Tampoco tenía cinturón de seguridad. Alguien me había dicho en Miami que gran parte de los puentes del Pedraplén estaban colapsados y que el viaje demoraba mucho por los constantes desvíos sobre el mar. Falso. Había un solo desvío en todo el trayecto: lo que salvó la valía de mi primo Pedro Piojo, hermano de Onel, que había sido uno de los Ingenieros Civiles encargado de su construcción. El chofer me dijo que en contra de lo que pensaban los ecologistas de Caibarién que se habían opuesto a la construcción del Pedraplén Caibarién - Santa María, la flora y la fauna de la región no habían sufrido daño alguno.Opinión que contrastaba con la de algunos viejos pescadores con los que había conversado. Pero preferí no entrar en controversias pues mis propios compañeros de trabajo habían estado en el team de los contestatarios aquellos años.
En verdad los manglares estaban exhuberantes y crecían, invictos, sobre cada pedazo de tierra en medio de la mar. Las aguas oleaban hermosas, verdeazules, bajo el sol despiadado y bajo las quillas de algunos barcos que faenaban en la zona. Cuando la cayería se hizo tierra firme pregunté por la gran colonia de flamencos y el chofer me dijo que habían emigrado hacia otros cayos y que a estas alturas era muy difícil verlos en su habitat de siempre. Sin embargo me señaló a una pareja de bichos rosados que picoteaban en el borde de la costa. Muy cerca algunos delfines saltaban sobre las olas cobardes haciendo las piruetas de ocasión. De pronto la carretera comenzó a desplazarse entre manglares muy altos y me recordó algunos tramos de la autopista Miami - Cayo Hueso. Entonces aparecieron las primeras edificaciones a la izquierda. Es la entrada del aeropuerto, dijo Tery. Ella trabajaba allí y era la primera vez que seguía al norte de manera no oficial. Enseguida, al noroeste estaba la pista. Perfectamente cercada, con el césped muy bajito y el macádam parejo.Rodeada de vegetación compacta, en verdad se me pareció a cualquiera de los aeropuertos de tamaño medio que hay en la ciudad de Miami, si descontábamos las edificaciones. Tery me había dicho que aunque la pista era una pista de mediano porte a veces aterrizaban aviones de mayor capacidad e incluso en mas de una ocasión lo había hecho el avión de Hugo Chávez. Raúl Castro y su hija Mariela lo hacían con bastante asiduidad y mi hermana celebraba la sencillez de la hija del Presidente. El chofer agregó que muy pronto la pista estaría preparada para recibir a todo tipo de aeronaves. Tery hizo sí con su cabeza.Juan Carlos argumentó que había trabajado en la construcción de las instalaciones en tanto Elyrrá casi que venía dormido sobre los muslos de Tery pues es muy malo para los viajes largos. Entonces, otra vez a la izquierda, apareció un complejo arquitectónico sobre las aguas límpidas de una pequeña bahía y el chofer giró hacia la entrada. Esto es el Delfinario, dijo Tery.
Los complejos del Delfinario están solos en medio del mangle y de las aguas esmeralda. Se trata de una construcción erigida sobre pilares en forma de cuadrados en cruz con techos de madera a dos aguas y una línea de bares y restaurantes a la derecha. En ocasiones los pisos de los pasillos son de tabloncillo y en otras están cubiertos de bellísimos mosaicos o de losas rústicas perfectamente equilibradas. Al fondo oeste y después de pasar la gruta de los osos marinos - no hay osos: solo un montículo simulado de gran roca con caverna y dos esculturas del animal de las playas del Pacífico - se entra al "stadium" destechado, en donde se puede ver el Show de los Delfines. El Show estaba por comenzar y ya había algunos turistas ocupando asientos en las tres secciones de gradas. Tomaban fotos y comían sin parar entre sorbos de cerveza. El sitio es Cinco Estrellas para filmar y también hice mi zafra con el lente. Lamento no compartirla con ustedes en este texto porque algo me impide subirlas desde la PC: pero lo haré más tarde, en una Entrada de Blog que solo incluirá fotos y pie de fotos.
El espacio para el Show es muy similar a otros espacios internacionales. Una piscina circular en donde un par de delfines perfectamente entrenados hacen las piruetas conocidas. Vale decir saltar entre los aros elevados, nadar con una pelota en el hocico, buscar a los entrenadores para la caricia de agradecimiento y el pescado de rutina en sus bocas, nadar a velocidad crucero por los bordes de la piscina y hacer el simulacro del saludo final del Show. Nada nuevo en ese sentido pero muy bien ejecutado. Solo una decepción. No había ninguna cubana escultural haciendo de entrenadora, como siempre ocurre en Shows similares. Sino dos hombres que usaban el magáfono para enriquecer el Espectáculo. Asistí al acto de pie, acodado sobre las barandillas protectoras, haciendo fotos y tomándome la Cristal que Juan Carlos me había traído.No se trata de un Show prolongado. Dura bastante menos que el de Miami . Pero creo que es un buen evento. De regreso volvimos a pasar por la Gruta de los osos marinos y no pude evitar recordar las tantas veces en que Palma Nitelly y yo miramos las grandes colonias de osos en la rada de San Antonio, Quinta Región, Chile, mientras le tirábamos peces comprados y les espantábamos para ver como zambullían sus moles gigantescas en las aguas heladas. Volvimos a observar también a las grandes piscinas cuadradas, en donde algnos delfines de talla respetable nadaban su cautiverio falso con piruetas naturales, en aguas más profundas pero verdeazules igual. Le pregunté al chofer si estos delfines también eran parte del Show y admitió que no lo sabía. Creo que podian andar, muy bien, por los dos metros y medio de largo. Finalmente compartimos una mesa de pasillo al frente de un bar y degustamos algún refrigerio acompañado de otra Cristal de Delfinario. Sigamos, dije.
A partir del Delfinario se entra en la geografía real de Los Cayos. Tanta es la "realidad" que los lugareños le llaman El Cayo. Hay una gran maraña de carreteras y vías secundarias y señalizaciones que han unido a gran parte de los cayos como si constituyeran el Area Metropilitana del pueblo de Las Dunas. Entonces pudimos ver autos rentados bastante modernos, otro tipo de ómnibus mas pequeño que el Yutong, camiones de trabajo y claro, mas autos americanos de la época dorada, trasladando turistas entre los manglares y las señales de Primer Mundo. Aunque no hay por qué exagerar. Los Cayos no es, en realidad, ni remotamente, la Cuba de hoy. Uno percibe que está en otro mundo signado por el patrón dólar: o por al patrón yuan?. La Estrella es uno de los dos pueblos mas importantes que se han levantado el El Cayo. Admito que había oído hablar de los pueblos del Cayo y que conocía que no era un pueblo para habitar sino una promoción ecléctica para vender cosas a los visitantes. Incluso sabía que hasta había una iglesia para quienes tuvieran alguna inclinación religiosa y que los diseñadores habían copiado algunas escenas arquitectónicas del país para incrustarlas al norte como habían hecho los diseñadores de Las Vegas, Nevada, en mayor escala.Pero mi imaginación se había quedado corta. Los pueblos son un poco las copias de las áreas exclusivas de Miami y de la Riviera Francesa. Los mismos grandes bulevares, los espaciosos portales exhibiendo cuanto producto nacional sea capaz de crear un artesano o un inventor, los bellos tejados cayendo sobre las calles adoquinadas y las aceras impecables, las promociones de la cultura cubana en amplios espacios comerciales y rectángulos anunciadores. Y el jardín eterno custudiando la arquitectura foránea: flora exhuberante de una nación tropical donde nadie todavía ha podido colapsar a la naturaleza invicta. Hay palmas creciendo a 52 kilómetros de tierra firme y hay vendedores ambulantes en carritos sofisticados vendiendo productos de fina terminación a precios de espanto. El costo de ocho guarapos en El Cayo - compramos cuatro - hubiera servido para cenar carne de cerdo un día entero. Deseo aclarar que estos juicios monetarios eran vertidos por mis invitados en su afán comparativo. Sin embargo un guarapo carísimo en El Cayo era tremendamente peor que uno de tierra firme por un simple motivo: "abajo" los vasos eran mayores, de cristal, y no le echaban tanto hielo....como en Miami. Vayamos al Galeón, dijo el chofer.
Desde la calle el Galeón parecía una jicotea gigante y me pareció que habían empleado una cantidad descomunal de madera para fabricarlo. Para nada, es mampostería que simula tablas aserradas, dijo el chofer, del que ya he expresado que, debido a su conocimiento del Cayo, estaba fungiendo como Guía Turístico. Dentro, el mobiliario intenta "ser" de los Siglos XV y XVI, y lo recorrimos detenidamente. Sin embargo considero que el intento por reflejar lo "antique" no está suficientemente bien logrado pues uno se da cuenta de que no pudieron borrar la esencia de los materiales modernos con que los construyeron. Para suerte mía pude tener una ligera charla con Cistóbal Colón, acusar de cicateros a los Hermanos Pinzón y hasta burlarme de Sir Francis Drake camino de un restorant que estaba al norte del Galeón, en donde había mesas a ras de calle y en donde estaba tocando un Quinteto de jóvenes música tradicional cubana. Este me parece un buen lugar para destrozar los 60 us del Bouche, dije. Todos estuvieron de acuerdo. De modo que lo coloqué en mi Agenda. Regresamos hasta el Fiat, volví a observar la mole imponente del Galeón sepia con sus "tablas de mampostería" y me pregunté la impresión que se llevarían los turistas de Extremadura cuando vieran una nave simulada de aquellas en donde sus compatriotas se montaban para partir rumbo a un mundo desconocido que después se llamaría América. Te veo ahorita, Magallanes, le prometí.
Las Dunas es el pueblo emblema del Cayo. Es casi lo mismo que La Estrella pero en escala mayor y con mejor terminación. Está mas cerca del mar y la vegetación es mas compacta. Aquí hay una Glorieta copiada de la del parque de Caibarién y una torre de iglesia que intenta parecerse a la torre de la iglesia mayor de la ciudad de Remedios. Nos subimos por ella hasta la corniza para mirar al pueblo. La vista es sencillamente impresionante. General. Todo es verde y es azul y es naranja y es sepia y al norte está el Atlántico imponente y la línea de la playa impecable y los manglares robustos y saludables y algunos techos parecen helipuertos y las palmeras se regalan de pencas límpidas bajo un sol inclemente. La gran vista aerodinámica y planetaria me recordó a la vista de la ciudad de Cayo Hueso que se tiene cuando se mira desde El Faro que está muy cerca de la casa de Heminway. Solo que en Cayo Hueso tuve que pagar por la visión privilegiada y en Las Dunas parece que el Bouche incluía extasiarse con el encanto del norte del Cayo. El chofer nos dijo que el diseño de los pueblos del Cayo estaba en manos de arquitectos franceses. Que tienen que haber vencido algún postgrado en Estados Uidos, pensé. Como el viaje no estaba planeado para comprar nada como no fueran las excepciones que nos exigiera el paladar pues regresamos por otras vías interiores hacia el Galeón. Era la hora de almorzar.
Nos sentamos alrededor de una mesa que estaba al extremo norte de la sala. Había una familia sentada, muy cerca de donde tocaban los chicos tradicionales. De espaldas a nosostros una chica se dejaba levantar el pulóver corto y podíamos ver su fondo de columna vertebral hermoso. Enseguida se acercó el tipo que estaba detrás de la barra. Tery le dijo que íbamos a consumir el Bouche de 60 us y nos entregó el listado de ofertas. Optamos por camarones con arroz y agregados y por pollo a la plancha y por refrescos enlatados y por helados y por cerveza Cristal. Cuando atacamos al arroz Tery me miró. Que volá, dije, riendo. Tienes razón, pensó. No estamos en Cuba, no dije. Tienes razón, repensó. La chica de la espalda olímpica se levantó para bailar con un hombre mayor y nos dimos cuenta de que debajo de aquel pulóver corto había un cuerpo de cubana exquisito y ella comenzó a moverlo detrás de los acordes del Guayo de Catalina. Mientras bebía mi Cristal le grité al chico que parecía el Director del Quinteto que si podía tirar Son de la Loma, de Matamoros. Claro, contestó. Desde entonces me convertí en un DJ y les pedí tres o cuatro números mas que incluían un tema clásico del cancionero mexicano. Cuando les premié con 10 cus mis invitados se persignaron. Para coger una propina como esa necesitan desgañitarse toda una tarde, dijo el chofer. Tery me miró y en sus ojos pude leer "estás rematadamente loco", pero su mirada era complaciente porque me conoce muy bien. Entonces los chicos - que ya estaban tocando sus instrumentos clásicos a nuestro lado - se pusieron a "mi disposición". Sonriendo les dije que gracias por todo lo bueno que nos habían regalado y que tocaran una última canción a su antojo. El barman se acercó para indagar si deseábamos algo más. Tery y el chama eligieron helados, los hombres mas cerveza y yo pregunté si tenía algún vino chileno. Claro, dijo, tengo un Cabernet excelente. Traéme una copa, por favor, pedí. Estuve a punto de decirle "si dices cabernet no digas excelente porque es redundancia". Con los agregados y con la propina la cuenta del Bouche se elevó unos cuantos us más. Nos marchamos muy conformes. Para entonces la chica de la espalda bestial se había marchado con los suyos. Demos una vuelta por la línea hotelera, dije. Ok, dijo el chofer.
El sol se seguía comportando de manera obsena. Casi que estábamos sudando a pesar de la brisa permanente. Detrás de la última calle del pueblo había vegetación exhúbera y callecitas de dos vías subían hasta la playa entre los bungalows de los hoteles, de los cuales solo veíamos el techos rojos a dos aguas. Bien al fondo las olas encrestadas de espuma rompían contra las arenas blancas y recordé de nuevo cuando había recorrido los 10 kilómetros de la Playa Santa María bajo el vuelo de las torcazas y la ensoñación de los Cruceros que, decían, se veían titilando cuando pasaban hacia el mundo por debajo del paralelo del Archipiélago de Bahamas. Pensé que jamas alquilaría un hotel en Los Cayos porque la única ventaja al hacerlo estaba en conocer y disfrutar unas playas que ya conocía al dedillo. Además, para mí las vacaciones son espacios de tiempo donde la rusticidad ha de imperar por su irrespeto. Claro que no hay que exagerar. Mi Agenda dice la playa, dije. Ok, dijo el chofer.
Sabía que la única playa disponible para alguien que no había alquilado un hotel era La Salina, al sur de Santa María. Ua playa excelente, igual, pero todavía suficientemente alejada de los centros convencionales del turismo de altura. Me parece que al oeste de la Playa Santa María no hay turistas y creo que es posible entrar allí, dijo el chofer. Mi plan no era meterme en las aguas. Pero tampoco lo descartaba. Así que se desvió de la carretera principal por donde conducía y parqueó el Fiat en una ensenada arenosa. Subimos una pequeña duna y bajamos a la playa. Había mucho oleaje pero las aguas estaban impecables y lejos, tal vez a la altura de Cayo Francés, al oeste, había un mercante en alta mar. Cuando el niño estaba listo para meterse en el agua, de algún lugar inexistente salió un muchacho vestido de civil. Era un Vigilante de la Playa. Un falso marido de Pamela Anderson. Cuando se dio vualta, el chofer dijo "lo siento, no podemos quedarnos aquí". La soledad en esta parte de la playa era total: pero las leyes son las leyes. Cuidado, en otros muchos lugares del mundo algunas playas también están segregadas. No hay que exagerar. Entonces a La Salina, dije.
La Salina es una playa en forma de golfo amplio a cuyo frente oeste está el mar abierto. Tiene también aguas cristalinas y arenas impecables aunque estas estén rematadas por la cercanía de la vegetación. Poco antes de llegar observamos, al noreste, el último hotel que están erigiendo obreros de la parte oriental de Cuba. En La Salina hay un pequeño parqueo y una casona rústica con agua dulce para bañarse después de salir del mar. Había árbol de leva en la playa y las olas arribaban a la orilla con mucha fuerza y daba la impresión de que las aguas estaban churrosas. Nadie, excepto Elyrá, pensaba en meterse en el agua. De modo que nos sentamos contra el manglar mientras algunas personas se burlaban de las olas embravecidas. Había un viejo espigón destartalado y recordé a las playas de Naples, Florida Occidental, a donde había ido en el año 2010, acabado de llegar de Chile. De improviso sentí algo parecido al canto de algún pájaro. Me volví, buscándolo. Había un grupo de personas merendando detrás de nosostros. Ves, ya tienes al pájaro que buscabas, dijo el chofer. Se trataba de una pareja de pájaros chicos y aunque no pudimos identificarlos se me parecieron a verdones de los montes interiores del país. En verdad yo había manifestado que me extrañaba no haber visto volar ningún pájaro durante todo el día. Y lo había dicho pensando en las torcazas. Tery no dejaba de observar al niño, que a veces se perdía detrás de las olas altas y trataba de incorporarse a un grupo de personas que estaban como a treinta metros de la orilla. A veces salía para decir algo y en una ocasión le pidió permiso para tirarse desde los puntales del espigón. Estás loco, le dijo la madre. La última vez que se acercó a nosotros fue para decir que se le habían perdido las gafas deportivas. Tery le ordenó, aguantando la risa, que fuera por ellas y tratara de encontrarlas. Son las primeras que les trajiste, me dijo, tenían dos años. Ciertamente las de este año estaban más sexis.
Una chica escultural nos pasó por delante. Llevaba el short mojado. Esa es la jeva del restorant, exclamé. Coño, la partistes muy bien, dijo el chofer.Una hora después me di de cuenta que ya no había nada que hacer en El Cayo y dije que si lo deseaban, podíamos regresar a Caibarién. Lo deseaban.Unos 40 minutos después estábamos en una especie de desvío que alcanzaba a la carretera de Yaguajay antes de llegar al puente elevado. Me di cuenta que rodábamos sobre una zona reforestada con cocos y con pinos, cuyo crecimiento en libertad había ido formando un casi bosque a las puertas de la ciudad. Me volví al chofer. Cuánto te debo, dije. Treinta cuc, respondió. Seguro, agregué, por si me "estaban haciendo un precio". Seguro, 30 cuc, fue lo que me dijeron ellos. Tery le pagó.
Había resuelto el segundo punto clave de mi Agenda 2014. Taché Visita a Los Cayos.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Septiembre 7 del 2014.
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