Tomado de Grandes Nostalgias.
Cuando el Hombre de la Ciénaga matriculó al niño en la Escuela Primaria de Plateros ya el chico se sabía de memoria el Abecedario, sabía poner su nombre con letra de carta, sabía contar hasta cien, dominaba la tabla del cinco de carretilla y era capaz de leer textos sencillos y de escribir algunas palabras de uso cotidiano. Acababa de cumplir seis años y se moría de deseos porque llegara el primer día de clases para meterse en aquella maravillosa aventura que decían era la escuela. Laniña había sido su primera maestra y el padre estaba encantado de que no tuviera que empezar desde cero en el aula. Si el niño salía con el afán de leer y las ansias de aprender de la madre y al menos con una pizca del talento de los Ferrer posiblemente llegara a ser algo en el futuro y no tuviera que pasarse toda una vida metido entre los surcos de la tierra y detrás del arado y de la yunta de bueyes. Los padres habían quedado con Aly - la prima segunda, hija de Mikel - en que acompañara al niño a la escuela. Aly estaba en quinto grado y ya era casi una mujercita. Sus hermanos mayores habían abandonado la escuela en el grado primero, conformados con haber aprendido las primeras letras y con poder garabatear sobre alguna hoja suelta y leer con dificultad algun texto necesario. El niño - acostumbrado a chapotear por los pantanos, a pescar en el río, a cazar en los bienvestidos de las cercas y a visitar las casas de los parientes, siempre solo - no tenía inconvenientes en ir a la escuela acompañado de Aly. Porque el cordón umbilical que le ataba a sus padres se había ido rompiendo en medio de los avatares de la campiña seductora.
La noche anterior al Día Pe el niño apenas durmió. Cuando sintió al padre levantarse y salir de la casa para ir hasta el potrero de la abuela a ordeñar a la vaca se tiró de la cama, se puso el pantalón de caqui y la camisa de cuadros grises y se calzó los viejos zapatos avellanados de media caña. La madre lo sorprendió sentado en el taburete, pegado al espaldar, contra la pared este y con sus dos manos extendidas sobre la mesa de tablas separadas como si las dispusiera para que ella le cortara las uñas percudidas. Parecía una estatua casi lactante y Laniña le miró, embobada, le dio un suave pescozón en la cabeza y dijo "madrugador como su padre". El niño respondió preguntándole "todavía no ha llegado papi" y la madre dijo, cuando oyó que la puerta era empujada desde afuera, "acaba de hacerlo, perro goloso". El niño cerró los ojos para adivinar cómo su mamá hervía la leche en el caldero tiznado de hervir la leche sobre la leña ardiente en la zanja del fogón, como le sacaba la nata del borde superior con la paleta de la cuchara y como la cambiaba de una lata de pera para otra lanzándola desde arriba como si fuera la corriente de La Chorrera para que la espuma sustituyera a la nata y luego le vertía el café colado en el embudo de tela y le echaba azúcar negra y la servía en las mismas latas de pera. Generalmente no había pan y sí galletas de agua de la Tienda de Juanito. El Hombre de la Ciénaga lo observó, y se sintió orgulloso de que esta mañana fuera su primera mañana de escuela y pensó en que se alegraría mucho si solo fuera una de las miles que tendría que recorrer el resto de su infancia, adolescencia y juventud. Fuera de algún viaje a casa de la familia o para visitar al médico por alguna enfermedad de rutina los padres nunca lo habían visto levantado a esa hora ni mucho menos preparado para salir a algún evento que constituyera una novedad en sus vidas. Cuando se tomó el último buche de leche de vaca se restregó la boca contra la manga de la camisa del mollero derecho, empujó el taburete contra la pared, se levantó y salió al patio occidental. Los padres solo escucharon "papi, mami, me voy para la casa de Mikel".
Aly lo estaba esperando pero se echó a reír cuando lo vio entrar porque el novato del Hombre de la Ciénaga había llegado como con diez minutos de adelanto. Comenzaba a amanecer y todavía algunos gallos despistados cantaban desde los gajos más altos de la mata de chirimolla mientras las tomeguinas echadas cuidaban de sus nidos y los sabaneros tomaban poseción de sus alambradas en la cerca de Gocéndez. Cuando le miró la cara se dio cuenta de que tenía legañas en sus ojos soñadores. Aly comenzó a desternillarse de la risa. Muchacho cagao, regresa para tu casa y lávate los ojos, carajo, porque no sé como lo hará Laniña, le ordenó. El chico no se inmutó y entonces recordó que no había ido a la palangana del patio cuando salió para mear poco después de que lo hiciera su padre. ni cuando había acabado de desayunar.Vengo enseguida, dijo, y salió despavorido por el mismo camino por el que corría como un venado a cuanto le daban las patas cuando Lliye Lara terminaba alguna de sus historias espeluznantes sobre santeros y cosas increíbles en las noches oscuras. Tienes que esperar a que yo te revice mañana, oíste, mi niño, le susurró Laniña, mientras le alcanzaba el trapo de secarse las manos y le repeinaba los cabellos negros. Está bien, mami, concedió el chico, y entonces salió caminando con moderación hacia la casa de Mikel.
Aly iba delante y a veces le ofrecía su mano para que él la siguiera sin despegarse pero el niño trataba de demostrarle que él podía mantener el paso. Vencieron el angosto camino entre la yerba fina por donde decían que corría el conejito blanco saltando delante de la gente hasta desaparecer misteriosamente en la zapata del cuarto de Mikel y pasaron por frente a la mata de limón que estaba en el borde de la poza de la palma real y entraron al cocal tan alto como vara de tumbar gatos de Gaby y el niño pateó dos cocos secos que estaban en el medio del camino y oyó como se despeñaron por la barranca que llevaba al pozo y rebotaron en el agua de Septiembre. Bajaron por la larga ranfla de las rastras que penetraba en el río y Aly le dijo "ten cuidado Luisito" y él vio como ella dobló a la izquierda hasta el sitio donde empezaba el pasamanos de guamá que servía para sujetarse cuando se caminaba sobre la palma que hacía de puente sobre el agua y que parecía una gran cuerda floja tendida de oeste a este entre las paredes del río. Aly se subió a la palma y lo esperó. El niño apenas alcanzaba al pasamanos y la mujercita le dijo que tratara de sujetarse con la mano zurda del varal y que con la derecha se aguantara de su cintura. Frente al niño estaba el platanalito burro que siempre tenía algún racimo listo para freír en rodajas chanfleadas con manteca de puerco y que caía sobre el agua desde su suspención en la barranca occidental y detrás estaba la madre de bienvestido de la que cortaba las varas para hacer los casillos de coger palomas cuando el cardosanto invadía el terreno después de la cosecha de maíz y de frijoles y las de pescar cuando escaceaban las de guásima pintona. A la altura de la mitad de la palma barrigona estaba la poza en donde el padre lo traía a bañarse después de que había aprendido a nadar en el paso de los caballos y en la porción norte del río, del otro lado del puente, a donde los padres lo dejaban ir con Aracely y sus amigas en las tardes de verano.La poza era profunda allí y estaba casi cubierta de limo y de obas y de hojas secas de plátano burro y rodeada por la manigua de la parte oriental. Había muchas biajacas negruzcas, algunas tan grandes como las chancletas de la Poza de Rafael pero las muy condenadas no picaban nunca y el niño no se explicaba por qué no lo hacían si allí no había ninguna palma goteadora de palmiche que les quitara el hambre. A veces también había alguna jicotea cogiendo sol sobre el tronco de algarrobo que se había quedado trabado en el fondo durante la ultima crecida. Al final de la palma había otra barranca inclinada y la pareja de escolares debió sujetarse de los bordes de yerba de guinea para subirla. En tiempos de temporal era casi imposible llegar al camino que seguía hasta la carretera y la gente usaba una especie de palo bastón con punta afilada para encajar en el fango y de esa manera evitar los resbalones que podían, fácilmente, regresarlos al río.
El niño se pegó a la falda de Aly cuando vencieron el camino que corría entre los dos campos de caña de Gaby y tuvo que controlar el deseo de arrancar una barbada y comenzar a pelarla con los dientes para dar buena cuenta de ella entre mordizcos al bagazo virgen y degustación del guarapo dulcísimo y entonces se percató de que tendrían que doblar hacia el norte. Allí el camino se volvía guardarralla central y estaba rematado por una mata de mangos criollos que se había quedado medio enana después de tanta tala para que no estorbara el crecimiento de la caña de azúcar. Desde la mata de mangos hasta la loma había otro campo de caña y en el faldeo de la loma estaba la casa de Belillo pegada a la finca de Justino. Desde la mata de mangos hasta la carretera la guardarralla se desplazaba entre el cañaveral de Gaby y el del Hombre de la Ciénaga hasta que se topaba con el potrero que llevaba al guayabal de la Abuela. El niño no olvidaba que por ese espacio era por donde se desplazaban el majá gigantesco que hacía un surco jorobado en la tierra mientras enrumbaba hacia la loma y la puerca enorme que arastraba un tronco tremendamente grueso amarrado a una cadena negra de eslabones muy largos. Nadie había jurado nunca haber visto al par de animales nocturnos pero todos daban el hecho por descontado. El niño tenía mucho miedo pero no se lo dijo a Aly, que ya estaba suficientemente crecidita como para temerle a otras cosas. Aunque era de día él estaba preparado para dejar pasar al majá y a la puerca en caso de que se cruzaran con ellos.
Los gajos repletos de guayabas pintonas y maduras caían sobre la cerca de alambre y casi chocaban con la tierra y el niño haló algunos para coger sus frutos. Aly no podía creer que tuviera hambre a esa hora pero se calló cuando lo vio metiéndose las guayabas en el bolsillo del pantalón e imaginó que posiblemente llevara un puñadito de sal para combinar los sabores. Celia les dijo que ya los muchachos se habían ido para el colegio de modo que ellos subieron la ranfla después de que Aly hubiera abierto la puerta esquinera de la cerca.Caminaron en silencio por la banda de tierra al sur de la carretera y el niño pensó que si hubiera sido el padre quien lo hubiera traído a su primer día de clases seguramente lo hubiera hecho a la zanca de la yegua Perica y por el camino salpicado de atejes y de palos del teléfono que corría como a dos metros por debajo del nivel de la carretera. Era la primera vez que no andaba con sus padres por la carretera y se encantó mirando los cañaverales de la familia, los de Eliseo y los del Alfredo a lo lejos, al noreste, y al guayabal desde otra perspectiva, a la casa de la Abuela, al gran potrero de Justino que llegaba hasta el faldeo de la loma por el oeste y hasta el Vivero por el este y que decían también se extendía hasta algunos cientos de metros en el interior de la loma en donde vivía Mingo Manso. A medio camino entre la casa de la Abuela y la escuela estaba la semirranfla que bajaba hacia la casa de Tiopito y el niño se maravilló de nuevo de poder ver las matas de coco, el pozo semiciego a cuyo lado crecía un jobo de gran raíz exterior, tan grande que le habían hecho un hueco para que las reses tomaran agua en él como si fuera una canoa. Generalmente el niño visitaba a su Tío con sus padres y entonces venían por los caminos interiores de las fincas. Pensaba que con su incursión en el mundo de los escolares posiblemente sus padres lo dejarian levantar un poco mas el vuelo y le permitirían ir solo a algunos lugares mas distantes por caminos en donde no hubiera peligro.
Cuando la carretera doblaba hacia el noreste con un curva muy ligera el niño miró a la cañada que bajaba desde la loma de Justino y que pasaba por el mismísimo patio de Tiajuanita y que casi siempre estaba llena de agua clarita y correntosa. Bajo la carretera había una alcantarilla y la cañada continuaba su curso, recta, sirviendo de frontera entre las fincas de Eliseo y de Alfredo hasta desaparecer en unos pantanos que estaban frente a la casa de Lugildo Lara y que se extendían hasta donde comenzaba la finca de Román Barroso. El niño se había bañado muchas veces en la poza con fondo de piedrecitas del patio de su Tío y recordaba cómo nunca había importado que no supiera nadar porque se desplazaba entre las aguas como un perrito, con las palmas apoyadas en un fondo rocoso que siempre le provocaba cosquillas. Cien metros después estaba el camino que bajaba hasta la escuela. Mas que una ranfla propiamente dicha era un camino muy inclinado, serpenteante y en tiempos de lluvia los niños preferían caminar unos metros más y bajar por la ranfla de Cuso y llegar hasta la escuela por el camino de abajo. Baja poquito a poco, Luisi, le dijo Aly, mientras lo miraba descender desde la puerta que daba al camino de cemento que llevaba hasta el portal de la escuela. Porque era mejor esperarlo y observarlo mientras descendía para evitar un doble resbalón.
La Escuela Primaria era una construcción decente y ponía un toque de distinción a la arquitectura del barrio. La había construido "la revolución" en terrenos cedidos por Justino. Había un jardín en el frente, siempre ralo porque la tierra rocosa colorada que lo sostenía era muy poco fértil. Había un busto de José Martí y un asta para la bandera en la esquina suroeste y un terreno de pelota tamaño infantil después de la cerca delimitante. Se trataba de un edificio de mampostería con techo de tejas francesas a dos aguas y pisos de mosaicos lilas. Dividido en dos piezas grandes para la docencia y dos mas pequeñas para biblioteca y cuarto de desahogo. Tenía un portal frontal que cubría el ochenta por ciento de su largo, sostenido por columnas de concreto y un excusado con cajón de cemento, paredes de madera aserrada y techo de tejas en la sección occidental.El niño nunca había estado en los interiores de la escuela pero había venido varias veces los fines de semana con Gersy y con Felipito a sapear por allí y a jugar balines en el prepatio de tierra colorada. En la parte suroriental de la Escuela estaba la casa de Tiafelita, que era la mujer de Tiocuso, el hermano de Justino. Y en la parte suroccidental estaba la de Tiopito, que era el marido de Tiajuanita, la hermana de Cuso y de Justino. De modo que la Escuela estaba entre las casas de sus tíos en donde vivían los dos primos hermanos con los que mas compartía. Pero el niño sabía que sus primos no estaban todavía en edad de entrar a la escuela, así que se preguntó quién sería el chico de su edad que llegaría a ser su primer amigo.
Una maestra relativamente joven y muy bonita que parecía mulata dijo que era la hora de formar en el patio para entrar a las aulas. A su lado había otra mujer, mucho más joven, de piel blanca, y el niño pensó que en esta escuela había dos maestras y se preguntó que cuál de los dos le tocaría a él. La mulata pidió a los "niños y niñas nuevos" que formaran aparte y la maestra blanca los organizó por estatura. El niño cayó en el medio de la fila y cuando los miró a todos se percató de que solo conocía a algunos, fuera de sus primos carnales y segundos. La mulata improvisó un breve discurso de bienvenida y ordenó la entrada "organizadamente". Los alumnos de Primer Grado fueron enviados a la pieza de atrás y el niño se sentó solo, al fondo, en un pupitre de madera artificial para dos. La maestra blanca se presentó. Dijo que se llamaba Elia y que sería la maestra de primer grado para todo el primer curso. Finalmente expresó "bienvenidos a la Escuela Primaria Félix Varela".
Durante toda la semana debutante el niño no hizo un solo amigo, viajó todo el tiempo, ida y vuelta, con Aly - que comenzó a enseñarle las Tablas de Cuenta - y tampoco aprendió nada nuevo porque la enseñanza elemental con la que partió Elia era, mas o menos, la misma que le había enseñado su madre. El viernes, después de cantar el Himno Nacional, Gladis Mayea Siverio dijo que desde el próximo lunes los alumnos de Primer Grado se trasladarían hasta la Nave del Vivero a la que habían convertido en escuela "porque los espacios aquí no eran suficientes para tantos alumnos". El niño estaba encantado con su aula de primaria y la maestra Elia le caía muy bien pero le daba lo mismo el sitio en donde debiera estudiar. Sabía que El Vivero estaba como medio kilómetro al este y que allí era donde vivía el isleño Florencio, el hombre que le prestaba los bueyes a su padre durante el tiempo muerto para que se los cuidara y los trabajara y en donde tenía un gran cocal de cocas que su padre le trasladaba hasta su casa en tiempo de desmocha. El isleño que siempre le decía, jodiéndolo, "que era muy feo, igualitico al padre", después de que el Hombre de la Ciénaga, para seguirle la corriente, le preguntara "no es verdad que es muy feo, Florencio" y antes de que el dueño de los bueyes levantara una pata desde el asiento del taburete y se soltara uno de sus peos proverbiales y agregara la muletilla "desde luego, ahí está, parece que los truenos traerán agua". Cuando sus padres iban a visitar a Tiopedro a Guayabales a bordo de Perica y él iba en el medio de los dos la madre le señalaba al norte de la carretera y le decía "todo eso era la finca de mi padre, la misma que mamá le vendió a Florencio cuando murió su marido y decidió mudarse para Caibarién".
Cuando Elia pidió a los niños que se pararan de sus sillas y que comenzaran a salir, organizados, el hijo del Hombre de la Ciénaga levantó su mano derecha. Dígame, Luis Manuel, expresó. Maestra, esa escuela del Vivero también se llama Félix Varela, preguntó el niño. Elia se quedó pensando y decidió que era una buena pregunta. Yo creo que sí porque en un final es la misma escuela, respondió. Gracias, dijo el niño. El domingo el Hombre de la Ciénaga le dio las gracias a Aly por haber acompañado a su hijo durante toda su primera semana de escuela y le dijo que desde el próximo lunes él mismo lo llevaría en la yegua hasta el Vivero.
Al niño le parecía que Felix Varela tenía cara de mujer.
Westchester, Miami, USA.
Luis Eme Glez.
Julio 4 del 2014.
Aly lo estaba esperando pero se echó a reír cuando lo vio entrar porque el novato del Hombre de la Ciénaga había llegado como con diez minutos de adelanto. Comenzaba a amanecer y todavía algunos gallos despistados cantaban desde los gajos más altos de la mata de chirimolla mientras las tomeguinas echadas cuidaban de sus nidos y los sabaneros tomaban poseción de sus alambradas en la cerca de Gocéndez. Cuando le miró la cara se dio cuenta de que tenía legañas en sus ojos soñadores. Aly comenzó a desternillarse de la risa. Muchacho cagao, regresa para tu casa y lávate los ojos, carajo, porque no sé como lo hará Laniña, le ordenó. El chico no se inmutó y entonces recordó que no había ido a la palangana del patio cuando salió para mear poco después de que lo hiciera su padre. ni cuando había acabado de desayunar.Vengo enseguida, dijo, y salió despavorido por el mismo camino por el que corría como un venado a cuanto le daban las patas cuando Lliye Lara terminaba alguna de sus historias espeluznantes sobre santeros y cosas increíbles en las noches oscuras. Tienes que esperar a que yo te revice mañana, oíste, mi niño, le susurró Laniña, mientras le alcanzaba el trapo de secarse las manos y le repeinaba los cabellos negros. Está bien, mami, concedió el chico, y entonces salió caminando con moderación hacia la casa de Mikel.
Aly iba delante y a veces le ofrecía su mano para que él la siguiera sin despegarse pero el niño trataba de demostrarle que él podía mantener el paso. Vencieron el angosto camino entre la yerba fina por donde decían que corría el conejito blanco saltando delante de la gente hasta desaparecer misteriosamente en la zapata del cuarto de Mikel y pasaron por frente a la mata de limón que estaba en el borde de la poza de la palma real y entraron al cocal tan alto como vara de tumbar gatos de Gaby y el niño pateó dos cocos secos que estaban en el medio del camino y oyó como se despeñaron por la barranca que llevaba al pozo y rebotaron en el agua de Septiembre. Bajaron por la larga ranfla de las rastras que penetraba en el río y Aly le dijo "ten cuidado Luisito" y él vio como ella dobló a la izquierda hasta el sitio donde empezaba el pasamanos de guamá que servía para sujetarse cuando se caminaba sobre la palma que hacía de puente sobre el agua y que parecía una gran cuerda floja tendida de oeste a este entre las paredes del río. Aly se subió a la palma y lo esperó. El niño apenas alcanzaba al pasamanos y la mujercita le dijo que tratara de sujetarse con la mano zurda del varal y que con la derecha se aguantara de su cintura. Frente al niño estaba el platanalito burro que siempre tenía algún racimo listo para freír en rodajas chanfleadas con manteca de puerco y que caía sobre el agua desde su suspención en la barranca occidental y detrás estaba la madre de bienvestido de la que cortaba las varas para hacer los casillos de coger palomas cuando el cardosanto invadía el terreno después de la cosecha de maíz y de frijoles y las de pescar cuando escaceaban las de guásima pintona. A la altura de la mitad de la palma barrigona estaba la poza en donde el padre lo traía a bañarse después de que había aprendido a nadar en el paso de los caballos y en la porción norte del río, del otro lado del puente, a donde los padres lo dejaban ir con Aracely y sus amigas en las tardes de verano.La poza era profunda allí y estaba casi cubierta de limo y de obas y de hojas secas de plátano burro y rodeada por la manigua de la parte oriental. Había muchas biajacas negruzcas, algunas tan grandes como las chancletas de la Poza de Rafael pero las muy condenadas no picaban nunca y el niño no se explicaba por qué no lo hacían si allí no había ninguna palma goteadora de palmiche que les quitara el hambre. A veces también había alguna jicotea cogiendo sol sobre el tronco de algarrobo que se había quedado trabado en el fondo durante la ultima crecida. Al final de la palma había otra barranca inclinada y la pareja de escolares debió sujetarse de los bordes de yerba de guinea para subirla. En tiempos de temporal era casi imposible llegar al camino que seguía hasta la carretera y la gente usaba una especie de palo bastón con punta afilada para encajar en el fango y de esa manera evitar los resbalones que podían, fácilmente, regresarlos al río.
El niño se pegó a la falda de Aly cuando vencieron el camino que corría entre los dos campos de caña de Gaby y tuvo que controlar el deseo de arrancar una barbada y comenzar a pelarla con los dientes para dar buena cuenta de ella entre mordizcos al bagazo virgen y degustación del guarapo dulcísimo y entonces se percató de que tendrían que doblar hacia el norte. Allí el camino se volvía guardarralla central y estaba rematado por una mata de mangos criollos que se había quedado medio enana después de tanta tala para que no estorbara el crecimiento de la caña de azúcar. Desde la mata de mangos hasta la loma había otro campo de caña y en el faldeo de la loma estaba la casa de Belillo pegada a la finca de Justino. Desde la mata de mangos hasta la carretera la guardarralla se desplazaba entre el cañaveral de Gaby y el del Hombre de la Ciénaga hasta que se topaba con el potrero que llevaba al guayabal de la Abuela. El niño no olvidaba que por ese espacio era por donde se desplazaban el majá gigantesco que hacía un surco jorobado en la tierra mientras enrumbaba hacia la loma y la puerca enorme que arastraba un tronco tremendamente grueso amarrado a una cadena negra de eslabones muy largos. Nadie había jurado nunca haber visto al par de animales nocturnos pero todos daban el hecho por descontado. El niño tenía mucho miedo pero no se lo dijo a Aly, que ya estaba suficientemente crecidita como para temerle a otras cosas. Aunque era de día él estaba preparado para dejar pasar al majá y a la puerca en caso de que se cruzaran con ellos.
Los gajos repletos de guayabas pintonas y maduras caían sobre la cerca de alambre y casi chocaban con la tierra y el niño haló algunos para coger sus frutos. Aly no podía creer que tuviera hambre a esa hora pero se calló cuando lo vio metiéndose las guayabas en el bolsillo del pantalón e imaginó que posiblemente llevara un puñadito de sal para combinar los sabores. Celia les dijo que ya los muchachos se habían ido para el colegio de modo que ellos subieron la ranfla después de que Aly hubiera abierto la puerta esquinera de la cerca.Caminaron en silencio por la banda de tierra al sur de la carretera y el niño pensó que si hubiera sido el padre quien lo hubiera traído a su primer día de clases seguramente lo hubiera hecho a la zanca de la yegua Perica y por el camino salpicado de atejes y de palos del teléfono que corría como a dos metros por debajo del nivel de la carretera. Era la primera vez que no andaba con sus padres por la carretera y se encantó mirando los cañaverales de la familia, los de Eliseo y los del Alfredo a lo lejos, al noreste, y al guayabal desde otra perspectiva, a la casa de la Abuela, al gran potrero de Justino que llegaba hasta el faldeo de la loma por el oeste y hasta el Vivero por el este y que decían también se extendía hasta algunos cientos de metros en el interior de la loma en donde vivía Mingo Manso. A medio camino entre la casa de la Abuela y la escuela estaba la semirranfla que bajaba hacia la casa de Tiopito y el niño se maravilló de nuevo de poder ver las matas de coco, el pozo semiciego a cuyo lado crecía un jobo de gran raíz exterior, tan grande que le habían hecho un hueco para que las reses tomaran agua en él como si fuera una canoa. Generalmente el niño visitaba a su Tío con sus padres y entonces venían por los caminos interiores de las fincas. Pensaba que con su incursión en el mundo de los escolares posiblemente sus padres lo dejarian levantar un poco mas el vuelo y le permitirían ir solo a algunos lugares mas distantes por caminos en donde no hubiera peligro.
Cuando la carretera doblaba hacia el noreste con un curva muy ligera el niño miró a la cañada que bajaba desde la loma de Justino y que pasaba por el mismísimo patio de Tiajuanita y que casi siempre estaba llena de agua clarita y correntosa. Bajo la carretera había una alcantarilla y la cañada continuaba su curso, recta, sirviendo de frontera entre las fincas de Eliseo y de Alfredo hasta desaparecer en unos pantanos que estaban frente a la casa de Lugildo Lara y que se extendían hasta donde comenzaba la finca de Román Barroso. El niño se había bañado muchas veces en la poza con fondo de piedrecitas del patio de su Tío y recordaba cómo nunca había importado que no supiera nadar porque se desplazaba entre las aguas como un perrito, con las palmas apoyadas en un fondo rocoso que siempre le provocaba cosquillas. Cien metros después estaba el camino que bajaba hasta la escuela. Mas que una ranfla propiamente dicha era un camino muy inclinado, serpenteante y en tiempos de lluvia los niños preferían caminar unos metros más y bajar por la ranfla de Cuso y llegar hasta la escuela por el camino de abajo. Baja poquito a poco, Luisi, le dijo Aly, mientras lo miraba descender desde la puerta que daba al camino de cemento que llevaba hasta el portal de la escuela. Porque era mejor esperarlo y observarlo mientras descendía para evitar un doble resbalón.
La Escuela Primaria era una construcción decente y ponía un toque de distinción a la arquitectura del barrio. La había construido "la revolución" en terrenos cedidos por Justino. Había un jardín en el frente, siempre ralo porque la tierra rocosa colorada que lo sostenía era muy poco fértil. Había un busto de José Martí y un asta para la bandera en la esquina suroeste y un terreno de pelota tamaño infantil después de la cerca delimitante. Se trataba de un edificio de mampostería con techo de tejas francesas a dos aguas y pisos de mosaicos lilas. Dividido en dos piezas grandes para la docencia y dos mas pequeñas para biblioteca y cuarto de desahogo. Tenía un portal frontal que cubría el ochenta por ciento de su largo, sostenido por columnas de concreto y un excusado con cajón de cemento, paredes de madera aserrada y techo de tejas en la sección occidental.El niño nunca había estado en los interiores de la escuela pero había venido varias veces los fines de semana con Gersy y con Felipito a sapear por allí y a jugar balines en el prepatio de tierra colorada. En la parte suroriental de la Escuela estaba la casa de Tiafelita, que era la mujer de Tiocuso, el hermano de Justino. Y en la parte suroccidental estaba la de Tiopito, que era el marido de Tiajuanita, la hermana de Cuso y de Justino. De modo que la Escuela estaba entre las casas de sus tíos en donde vivían los dos primos hermanos con los que mas compartía. Pero el niño sabía que sus primos no estaban todavía en edad de entrar a la escuela, así que se preguntó quién sería el chico de su edad que llegaría a ser su primer amigo.
Una maestra relativamente joven y muy bonita que parecía mulata dijo que era la hora de formar en el patio para entrar a las aulas. A su lado había otra mujer, mucho más joven, de piel blanca, y el niño pensó que en esta escuela había dos maestras y se preguntó que cuál de los dos le tocaría a él. La mulata pidió a los "niños y niñas nuevos" que formaran aparte y la maestra blanca los organizó por estatura. El niño cayó en el medio de la fila y cuando los miró a todos se percató de que solo conocía a algunos, fuera de sus primos carnales y segundos. La mulata improvisó un breve discurso de bienvenida y ordenó la entrada "organizadamente". Los alumnos de Primer Grado fueron enviados a la pieza de atrás y el niño se sentó solo, al fondo, en un pupitre de madera artificial para dos. La maestra blanca se presentó. Dijo que se llamaba Elia y que sería la maestra de primer grado para todo el primer curso. Finalmente expresó "bienvenidos a la Escuela Primaria Félix Varela".
Durante toda la semana debutante el niño no hizo un solo amigo, viajó todo el tiempo, ida y vuelta, con Aly - que comenzó a enseñarle las Tablas de Cuenta - y tampoco aprendió nada nuevo porque la enseñanza elemental con la que partió Elia era, mas o menos, la misma que le había enseñado su madre. El viernes, después de cantar el Himno Nacional, Gladis Mayea Siverio dijo que desde el próximo lunes los alumnos de Primer Grado se trasladarían hasta la Nave del Vivero a la que habían convertido en escuela "porque los espacios aquí no eran suficientes para tantos alumnos". El niño estaba encantado con su aula de primaria y la maestra Elia le caía muy bien pero le daba lo mismo el sitio en donde debiera estudiar. Sabía que El Vivero estaba como medio kilómetro al este y que allí era donde vivía el isleño Florencio, el hombre que le prestaba los bueyes a su padre durante el tiempo muerto para que se los cuidara y los trabajara y en donde tenía un gran cocal de cocas que su padre le trasladaba hasta su casa en tiempo de desmocha. El isleño que siempre le decía, jodiéndolo, "que era muy feo, igualitico al padre", después de que el Hombre de la Ciénaga, para seguirle la corriente, le preguntara "no es verdad que es muy feo, Florencio" y antes de que el dueño de los bueyes levantara una pata desde el asiento del taburete y se soltara uno de sus peos proverbiales y agregara la muletilla "desde luego, ahí está, parece que los truenos traerán agua". Cuando sus padres iban a visitar a Tiopedro a Guayabales a bordo de Perica y él iba en el medio de los dos la madre le señalaba al norte de la carretera y le decía "todo eso era la finca de mi padre, la misma que mamá le vendió a Florencio cuando murió su marido y decidió mudarse para Caibarién".
Cuando Elia pidió a los niños que se pararan de sus sillas y que comenzaran a salir, organizados, el hijo del Hombre de la Ciénaga levantó su mano derecha. Dígame, Luis Manuel, expresó. Maestra, esa escuela del Vivero también se llama Félix Varela, preguntó el niño. Elia se quedó pensando y decidió que era una buena pregunta. Yo creo que sí porque en un final es la misma escuela, respondió. Gracias, dijo el niño. El domingo el Hombre de la Ciénaga le dio las gracias a Aly por haber acompañado a su hijo durante toda su primera semana de escuela y le dijo que desde el próximo lunes él mismo lo llevaría en la yegua hasta el Vivero.
Al niño le parecía que Felix Varela tenía cara de mujer.
Westchester, Miami, USA.
Luis Eme Glez.
Julio 4 del 2014.
Cada vez que escribes de la infancia del hijo del Hombre de la Ciénaga, no sé, me parece que viví esos aÑos contigo, alli donde naciste, a pesar de que soy, y tienes razón, una nena de ciudad....que pasó muchas de sus vacaciones en el campo, no lo olvides.Esperare, desde mis sitios, el segundo texto.
ReplyDeleteEl hombre de la ciénaga,,es un relato que me agrado,por su forma tan descriptiva que fácil meterse en la historia y sentir el frío de la madrugadA cuando el chico va por primera ves al. Colegio, y caminar esos caminos,que se caminan en todos los campos,,,,,
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