Saturday, June 7, 2014

REY JUAN CARLOS I: ELEFANTES DORMIDOS Y OTRAS GILIPOLLECES.-




El Rey de España se cansó de esperar por la abdicación o por la muerte de su prima lejana la Reina Isabel de Inglaterra. Lejana en todo sentido: por el árbol genealógico, por la distancia Madrid Londres y por el Síndrome de Gibraltar. Tuvo esperanzas cuando Beatriz de Holanda abdicó en favor de su hijo el Príncipe Guillermo. El también tenía un hijo Príncipe (de Asturias) y según las buenas lenguas del mundo estaba tan bien preparado para reinar que cada uno de los otros aspirantes parecía un diletante ante su información wikipédica. Continuó albergando esperanzas cuando Alberto II de Bélgica tiró la toalla a favor de su hijo Felipe. Se decía que Alberto estaba enredado en asuntos de corrupción, que Fabiola había intentado crear una Fundación con el único fin de evadir impuestos y que la bella Delphine Boel estaba tratando de demostrar que era su hija bastarda. El también tenía un hijo llamado Felipe, también estaba marcado por ponzoñas corruptas aún cuando la Justicia todavía no hubiera decidido en relación con la culpabilidad de su yerno Iñaki Undargarin Duque de Palma y esa otra Fundación llamada Noos - el nombre parecía diseñado para ser la primera persona del plural y por tanto inclusiva - que, agregaban los periodistas, había sobreenriquecido a Iñaki y a la Infanta Elena y familia a la sombra de La Zarzuela.
Auque muchos países simbolizados por Monarquías pasaban por la crisis económica de turno y algunos de ellos la sufrían con la misma intencidad que España, desgraciadamente no había ni uno solo  de sus miembros implicado en tópicos ilegales relativos a la naturaleza. Porque las verdades acerca de la decadencia española en medio del caos universal, las abdicaciones inesperadas de sus colegas de Palacio, la verguenza que soportaba la Casa Real en la tangente del yerno irreverente y tramposo y la eterna comidilla informativa mediática que aseguraba que entre él y  Doña Sofia apenas quedaba un fuego desavivado por los vientos griegos podían pasar por los jardines de Palacio sin horadar un reinado que ya iba para cuarenta años. Pero esa cadera dislocada en la furia de la sabana que lo había llevado al doctor no podía ser arreglada sin que España y el mundo lo supieran. Tanto como  porque se trataba de los huesos sagrados del Rey Juan Carlos I como porque era asunto priorizado para las revistas del corazón. Incluso la cadera destrozada delante del último mugido del elefante de Botsuana hubiera tenido justificación si el Rey no hubiera llevado tanto tiempo hablando de austeridad, sugiriendo seguir apretando los cinturones patrios y solicitando transcurrires en calma hasta tanto los sabios de La Moncloa sacaran al país de donde tantos culpables ecuménicos lo habían zambullido. Había, ciertamente, mucha razón en las descargas contestatarias de sus súbditos. Tenía que predicar con el ejemplo. Cazar elefantes en Africa costaba un dineral y esos paquetes de billetes los pagaban los contribuyentes. No podía cazar elefantes ni siquiera en un país con Monarquías. No podía cazar serpientes del desierto ni siquiera con sus amigotes petronarcas del Golfo. No podía matar linces ibéricos. No importaba que posiblemente se continuara matando liebres doradas en Susex o conejos en el Gran Ducado. El, Don Juan Carlos I de Borbón, se las daba de moderno, de parlamentario y sobre todo de ecologista. O si no, que entonces permitiera, públicamente, que Leonor se dedicara a aplastar lagartijas y a desalar mariposas en el camino de la escuela semilaica.
De modo que ya no quedaba nada por hacer en su agenda. Felipe estaba listo, su mujer plebeya había aprendido demasiado rápido los tejemanejes de Palacio y había un par de bellísimas bebitas con sangre medio real que esperaban por los adorables trámites burocráticos de las aspiranturas tronales. El no creía que esa asturiana deseara parir otra vez, así que el sueño del Varón Heredero seguiría siendo eso, un sueño inconcluso. Además, Leticia continuaba siendo muy cotizada en el mundo fashion y en verdad la ropa de marca le quedaba muy bien sobre su cuerpo casi anoréxico. Detestaba moverse ayudado por el bastón y el último viaje al Golfo tratando de promover la Marca España entre arenales sin fin, orines de camellos y fetidez de lubricantes eternos lo había dejado al borde del nokáut. Quizás pudiera "más": pero ya estaba bueno. Felipe VI podría encargarse del futuro de España y podría bregar entre los poderes bipartidistas  - o pluripartidistas - del porvenir, en una nación que, al decir de los grandes gurús del análisis económico, marcaría las próximas pautas europeas. 
El resto sería vivir de las nostalgias - los años italianos, la impronta de Francisco Franco, la restauración borbónica en Madrid, el Poder Real, la Transición, el Golpe de Estado, la Diplomacia, la conformación nacida de las otras abdicaciones españolas, la novia helénica impuesta en la noria de los fundamentalismos sobre las potrancas peninsulares, La Familia -, preparar la autobiografía de rutina y asesorar al hijo en caso de que este sabelotodo amante de sangres inazules se lo pidiera. Porque, al parecer, las palabras monarquía y abdicación tenían todavía muchos años de salud en los quirófanos de la Academia de la Lengua. Los antiacadémicos - comunistas, etarras recalcitrantes, nacionalistas de pacotilla, independentistas obnubilados, falsos republicanos, podemistas de redes sociales con accesos parlamentarios continentales, tiranuelos sin alcurnia - todavía llevaban las de perder. Y quienes - pueblo llano y nudistas liberales - veían en La Monarquía un ente desprestigiado, una figura políticamente geriátrica, una institución fuera de lugar en el siglo XXI, tenían demasiadas cosas de qué preocuparse para pasar de asimilar ditirambos idiomáticos a ser contestatarios de adarga al brazo y tendrían que conformarse con su renunciatura al titulo de Conde de Barcelona. Tal vez porque La Monarquía estaba por encima de todos los Quijotes permitidos.
La Revista Hola disfrutaba de sus mejores tiempos editoriales.





Westchester, Miami, USA.
Luis Eme Glez.
Junio 7 del 2004.

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