Tomado de Grandes Nostalgias.
Poco antes de caer la noche toda la familia salía al patio y los padres recostaban dos taburetes contra la pared sur de la casa y los hijos ocupaban sus puestos de siempre sentados sobre sus muslos. Para entonces los pájaros estaban durmiendo, los animales de la tierra hacían la digestión de rutina y los cocuyos comenzaban su turno de tinieblas bajo la luna lunera cascabelera que salía desde debajo del horizonte en el meridiano de Yaguajay. En la casa de Mikel había soledad porque los muchachos ya estaban comenzando a salir hasta la carretera para conversar en el puente sobre el río con los amigos y Mary y Aly solo esperaban porque Mikel se tirara en la cama para enrumbar sus pasos hacia la casa del Hombre de la Ciénaga en donde después de las charlas de ocación Laniña serviría su sambumbia incomparable en vasos chicos de cristal que todos disfrutarían con deleite de última degustación,
El Hombre de la Ciénaga mataba los mosquitos que se habían escapado del humo de la mierda de vaca que ardía en una palangana descontinuada de una manera muy curiosa y eso hacía que sus hijos se desternillaran de la risa. Los bichos se posaban en los antebrazos del padre y él esperaba a que clavaran el aguijón taladrando su piel y se imaginaran que ya podían comenzar a chupar su sangre y entonces cerraba herméticamente el puño derecho pero dejaba el dedo índice enhiesto como si los estuviera señalando y condenando a muerte y les ponía la yema sobre sus diminutas anatomías para volverlos polvo de mosquito sobre su antebrazo. Cada bicho crepuscular que osaba hacer su papel de vampiro estaba marcado de antemano por el dedo ajusticiador del Hombre de la Ciénaga. Generalmenta Laniña los mataba con la palma de su mano o los espantaba con una rama de malva pero los hijos imitaban al padre y cada vez que lograban quitarle la pluma a uno de ellos pedían ser observados y felicitados por el Gran Matador de Mosquitos del Patio. A veces Laniña decía que extrañaba muchísimo a Pollito Krikcio, no por su plumaje amarillo, tampoco por su obediencia de pollo criado a tití ni mucho menos por haber acabado su vida de mascota consentida en el caldero tiznado de hacer fricacé sino porque Krikcio había aprendido a matar mosquitos sobre el cuerpo del Hombre de la Ciénaga, con la salvedad de que lo hacía picoteándolos con puntería de francotirador alado. Cuando el niño le preguntaba al padre que si no le dolían los picotazos de Krikcio, el Hombre de la Ciénaga sonreía para decir qué claro que me duelen, hijo, pero agregaba que era mucho mejor soportar mil picotazos de este pollo bitongo que un solo aguijonazo de esos coracíes que tanto se parecían al avión que había pasado casi rozando el caballete aquella tarde lluviosa de finales de 1959.
Casi cuando caía la noche pasaban las últimas bandadas de garzas hacia el sur por debajo de las nubes naranjas doradas por la luna que ya estaba bastante alta en el horizonte naciente. Las garzas hacían la travesía cada año pero el hijo del Hombre de la Ciénaga se había dado cuenta de que a veces el viaje era de vuelta y que otros viajes de diferentes tipos de aves se producían durante todo el año. Cuando le preguntaba a los padres siempre era el Hombre de la Ciénaga el que respondía para decir que no estaba muy seguro pero que creía que tenía que ver con el frío que dejaban atrás cuando volaban desde el Norte y con el calor aterrillante que dejaban atrás cuando regresaban del Sur y agregaba que él se había hecho las mismas preguntas y que le parecía que Raúl Ferrer le había dicho que el largo viaje tenía que ver con la ponedura de huevos y con la reproducción. Para la pregunta del niño relacionada con el vuelo breve de las cotorras y de los pericos que apenas salían del palmar del río y de la arboleda de Gocéndez el padre respondía que suponía que era porque eran pájaros estacionarios que no necesitaban emigrar pero aclaraba que ese era un asunto que tendría que preguntarle a Raúl cuando pasara para Yaguajay y se detuviera a saludar a Queta.
A veces el gato Chicho regresaba de cazar lagartijas antes de la caída de la noche y todavía la niña le lanzaba la pita con las plumitas en la punta para que el gato corriera despavorido detrás de ellas y chocara contra el taburete de la madre y entonces cogerlo por el rabo y subírselo en las rodillas para comenzar a acariciarlo. El niño le pedía que le apretara la punta de la cola como hacía el padre para verlo gruñir y voltearse y tratar de arañarla pero la niña le decía que no, que no fuera tan abusador, que ya había sido suficiente con su dedito tasajeado por la hoja de afeitar cuando él, engañándolo con una tataguaya ensartada en el anzuelo, no había podido evitar que en uno de sus saltos tras el peje se clavara la punta del anzuelo hasta por debajo de la trampa y solo la madre, haciendo de cirujana veterinaria, había podido extraer el anzuelo del dedo de su patita derecha.
Sobre la casa de Mikel y sobre la loma el naranja de los tonos lunares simulaba un incendio devastador en la distancia. No había nubes. Apenas una gran pantalla vacía naranja y quizás alguna rama de árbol en el borde inferior. Cómo el color de las llamas en el incendio de tu casa, mami, preguntó el niño, cuando se había cansado de pedirle el gato a su hermana. Laniña suspiró. Porque ella también había recordado el gran incendio que había dejado a la familia en hinoplas hacía más de veinte años. Laniña les había contado la historia montones de veces pero a los hijos les encantaba reescucharla sobre todo porque les costaba creer en ciertas cifras relacionada con alimentos. No, Luisín, esa es solo una llamarada estática y bonita en el cielo, muy lejos, es casi un atardecer, aquello fue el acabóse. Cuántos garrafones de manteca eran, mami, indagó la niña. Todavía esta pregunta demoraría años en hacerse proverbial en la boca de los hijos y para entonces era pronunciada con las más ingenua de las motivaciones. Laniña la tomaba de esa manera y siempre respondía como si tuviera que contar el cuento por primera vez. El Hombre de la Ciénaga escuchaba con toda la disciplina del mundo porque cada versión de su mujer era un agregado para su información toda vez que el gran incendio de la casa de Reymon Leyva había ocurrido sin su presencia.
La casa de mamá era mas o menos como esta, solo que un poco más grande porque éramos una chorrera de muchachos. Fíjense que digo "de mamá" con toda intención. También tenía una arboleda mayor. Aunque había una casita de desahogo generalmente las cosas importantes de comer se guardaban dentro de la casa familiar. Eran once garrafones de manteca de puerco y estaban sobre tablas de palma para aislarlos de la tierra en una de las paredes de la cocina y me parece que también había como seis quintales de frijoles negros en la barbacoa que a su vez estaba en la cocina. No olviden que las masas de puerco y los chicharrones estaban dentro de los garrafones, nadando en la manteca. En casa no faltaba de nada, cosas de comer quiero decir, no pasábamos hambre. Como era por el mediodía los hombres de la casa estaban trabajando y los muchachos más chiquitos andaban por los alrededores. Yo era una mujer hecha y derecha y en realidad se puede decir que era la mujer de la casa porque era la mayor de las hijas de mamá con su primer marido. Yo tenía que lavar todas las cochambreras de los hombres, cocinar a veces y sobre todo cuidar a los mediohermanos mas pequeños.Mamá me quería pero ella sabía que su nuevo esposo no quería a sus otros dos hijos ni a los hijos que había tenido mi papá con otra mujer pero no podía hacer nada. Reymon Leyva era un hombre difícil y duro que también tenía otros hijos de otro matrimonio y que de sopetón se había convertido en el marido de una mujer de la que podía ser su padre y para colmo también había "heredado" una magnífica finca. Reymon odiaba a todos sus hijastros por igual pero la había cogido especialmente conmigo. Debo decir que le tenía una mezcla de asco y de temor y que me costaba mucho respetarlo mas allá de que por mi edad él trataba de evitarme con mucho desprecio. Aunque yo era una mujer madura y algunas de mis hermanas ya se habían casado, no estaba pensando en abandonar la casa y acababa de perder a un hombre con el que tal vez me hubiera enyuntado si él hubiera decidido llevarme o Duminga no me lo hubiera arrebatado. Todavía su padre era solo un hombre de Los Ramos que tenía sus relaciones muy lejos del barrio y que yo conocía porque era uno de los mejores amigos de un hermano mío y porque una de mis hermanas estaba enredada con uno de sus hermanos. Pero, por Dios, hijos, cómo me alegro de que sus apellidos sean los que son. Así que cuando nos dimos cuenta de que algo estaba ardiendo y salimos al patio vimos las enormes llamaradas en el caballete de la casa y todos comenzamos a gritar y a buscar cubos y a llenarlos de agua en los depósitos para las reses y a tratar de sacar agua del pozo con la soga y lanzarla hacia donde la candela estaba bajando por las paredes. Había un sol endemoniado, de esos que rajan las piedras, y había mucho viento del sur y no había hombres en casa a esa hora y cuando nos dimos cuenta de que todo podía perderse entonces comenzamos a sacar lo que podíamos del interior de la casa entre las llamas que nos estaban ahogando y la poca agua que quedaba en los cubos después del viaje del pozo hasta la casa. Los puercos que estaban amarrados rompieron las sogas y descascararon las matas mientras halaban con fuerza casi humana y todo el patio de gallinas se fue volando hasta el faldeo de la loma y las reses no se cansaban de bufear ante tanto fuego desconocido en tanto reculaban detrás de las gallinas. Las mariposas se deshacían hechas polvo de colores antes de llegar al suelo y los perros solo atinaban a ladrarle al incendio rodeando a la casa en llamas con sus carreras sin rumbo. Cuando acabaron de llegar los vecinos la casa de destimbaló de improviso y todos vimos que en donde había estado la gran casa familiar solo había un montículo de rastrojos y de cenizas humeantes. Siempre he sospechado haber sentido ciertas explosiones durante los avatares del incendio y me parece que posiblemente hayan sido los garrafones de manteca explotando o los granos de frijol rebotando contra las paredes. Recuerdo que para el instante en que llegaron, despavoridos, Reymon y el resto de los muchachos, acompañados de dos o tres choferes de fotingos que se habían detenido en el terraplén, mamá no pudo controlarse y se echó a llorar con tanto desconsuelo que casi todos la acompañamos en su dolor.Hay que empezar de cero, dijo mi padrastro. Qué dios me perdone, hijos, pero bien al fondo de mi conciencia yo creía que el incendio había sido como un castigo divino para un viejo gruñón que había llegado para cogérselo todo y mandarnos como si fuera nuestro padre. Me dolía mucho por mamá pero me alegraba porque era la única manera de que aquel hombre supiera lo que costaba levantar una casa y atender a una finca. Al otro día el vecindario dejó de hacer sus quehaceres de rutina para formar una brigada urgente que no pararía hasta construir una casa idéntica en menos de un mes para Reymon, Prú y familia. Pocas veces se vio tanta solidaridad humana. Nunca el dicho que dice que en la unión está la fuerza tuvo mas razón de ser. La versión más lógica que habla del origen del incendio dice que se trató de una caja de fósforos que llevó un ratón hasta el caballete de la casa y que se incendió sola bajo el sol inclemente del verano. En la nueva casa fue donde su padre me visitó como mi novio, donde me embarazó y de donde me llevó hasta la suya en el alero oriental del río. Para la época Reymon había muerto y con el paso del tiempo al fin me había podido quitar su aliento húmedo del cuello en las noches sombrías.
El niño, que le tenía mucho miedo a los incendios desde que las grandes humaredas de los campos de caña, ardiendo por la mano de los alzados contra el comunismo fidelista - como decía el padre - le amenazaban desde Yaguajay, juntó sus piernas temblorosas y cerró sus puños y volvió a mirar el incendio naranja que provocaba la luna lunera cascabelera sobre el caballete de la casa de Mikel y sobre la loma de Belillo y le pareció que, en efecto, este era un incendio lejano y bonito. La niña se dio cuenta de que dos sombras se dibujaban debajo de la mata de aguacates verdinos. Cuando iba a decir algo las sombras se volvieron dos mujeres y Laniña dijo que ella pensaba que esta noche ya Mary y Aly no vendrían a tomar sambumbia. Ya montaste la lata, preguntó Mary. Desde antes de comer, pasa y sírvete tú misma. Traigo la lotería de Bille, dijo Aly, ahorita vendrá la gente de Belillo para echar unas manos. El Hombre de la Ciénaga miró a su mujer. Sabía que el juego de lotería era, posiblemente, su único vicio y que era casi una enfermedad.Raflex, despreocúpate, jugaremos de mentiritas, con granos de maíz, dijo Mary.
El último mosquito de la noche se posó en el antebrazo del Hombre de la Ciénaga en el preciso instante en que la última plasta de mierda de vaca del potrero de Gocéndez se extinguía en la palangana agujereada. El Hombre de la Ciénaga cerró su puño derecho y dejó libre el dedo índice y esperó por la sensación del aguijón clavado. No, déjamelo a mí, papi, dijo el niño, y repitió la liturgia del padre y se dispuso a esperar que él le dijera ahora, aplástalo hijo y hazlo leña. El gato se escapó del abrazo de la niña y en dos saltos se posó sobre los muslos del Hombre de la Ciénaga. El mosquito, asustado, logró desaguijonar su antebrazo y escapó. El Hombre de la Ciénaga acarició a Chicho desde el hocico hasta la mitad del espinazo y el gato se encorvó como un camello sin joroba debajo de la caricia y cerró los ojos. El Hombre de la Ciénaga continuó con su caricia y cuando llegó al fondo del espinazo se detuvo un segundo antes de comenzar a recorrer el rabo con su dedo de triturar mosquitos. El niño lo miraba hacer. El gato no deseaba la caricia en su rabo porque era un gato que sabía y trató de saltar.
Pero ya era tarde.
Glosario mínimo.
-Mierda de vaca....Excremento vacuno.
-Palangana....Recipiente metálico, circular, receptor de agua.
-Corací.... Mosquito de gran tamaño, capaz de picar muy fuerte.
-Tataguaya....Pesacado muy pequeño.
-Peje....Pescado.
-Hinoplas.... Quedarse sin nada, sin esperanzas.
-Chorrera....En este caso se refiere a "cantidad".
-Garrafones....Recipientes de vidrio de boca angosta.
-Quintales.... Medida que significa 100 libras.
-Barbacoa.... Espacio elevado, con piso de tablas de palma, ubicado en cuartos de desahogo o dentro de la propia casa, usado como almacén.
-Masas de puerco..., Porciones sin hueso, limpias.
-Chicharrones.....Porciones del cuero del cerdo y de su grasa.
-Cochambreras....Se dice de la gran suciedad que acumulaba en la ropa de trabajo.
-Destimbalar....Romper completamente.
-Fotingos....Se dice de los primeros autos americanos que corrieron por los caminos y carreteras.
-Caballete....Terminación en forma de V invertida del techo de una casa campesina.
-Lotería....Juego con cartones numerados, en donde se anotan los números de la suerte que alguien va cantando, y que gana aquel que logre enfilar cuatro de manera horizontal. Mary le dice al Hombre de la Ciénaga que jugarán con "granitos de maíz" porque todos los juegos de azar estaban prohibidos.
Glosario mínimo.
-Mierda de vaca....Excremento vacuno.
-Palangana....Recipiente metálico, circular, receptor de agua.
-Corací.... Mosquito de gran tamaño, capaz de picar muy fuerte.
-Tataguaya....Pesacado muy pequeño.
-Peje....Pescado.
-Hinoplas.... Quedarse sin nada, sin esperanzas.
-Chorrera....En este caso se refiere a "cantidad".
-Garrafones....Recipientes de vidrio de boca angosta.
-Quintales.... Medida que significa 100 libras.
-Barbacoa.... Espacio elevado, con piso de tablas de palma, ubicado en cuartos de desahogo o dentro de la propia casa, usado como almacén.
-Masas de puerco..., Porciones sin hueso, limpias.
-Chicharrones.....Porciones del cuero del cerdo y de su grasa.
-Cochambreras....Se dice de la gran suciedad que acumulaba en la ropa de trabajo.
-Destimbalar....Romper completamente.
-Fotingos....Se dice de los primeros autos americanos que corrieron por los caminos y carreteras.
-Caballete....Terminación en forma de V invertida del techo de una casa campesina.
-Lotería....Juego con cartones numerados, en donde se anotan los números de la suerte que alguien va cantando, y que gana aquel que logre enfilar cuatro de manera horizontal. Mary le dice al Hombre de la Ciénaga que jugarán con "granitos de maíz" porque todos los juegos de azar estaban prohibidos.
Westchester, Miami, USA.
Luis Eme Glez.
Junio 1 del2014.
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