Cuando cumplió dos años el chico hablaba e improvisaba mejor que el abuelo- juglar y conquistador de Jutlanvdiat Central- y había fabricado un cuchillo de hueso de reno con mucha más calidad que los confeccionados en la fábrica de Oslonkvo. Cuando cumplió cinco años conquistó un pueblo de seis habitantes en compañía de tres primos y un exranjero ilegal y pasó a cuchillo a todas las gallinas de Kvanchatka que un esquimal indocumentado estaba tratando de aclimatar en los suburbio del pueblo. Para su cumpleaños diez se casó con dos primas de la infancia que vivían a trescientas verstas de su aldea y construyó la primera carpa de dos pisos en el Norte Grande y le dijo a sus padres que no pensaba seguir estudiando porque los lápices de tendón de caribú le producían sinusitis y las cuartillas confeccionadas a partir de fibras de cebada le lastimaban sus dedos de empuñar la espada cuando las hojeaba sobre la mesa de pino báltico. A los doce años se divorció de las primas porque las chicas se pasaban toda la noche leyendo sagas inéditas y tejiendo redes de cazar albatros y sus besos le sabían a saliva amarga de foca amaestrada y se hizo concubino de una de las esclavas lusitanas de un tío calvo que trataba de domar dromedarios en un glaciar seco. A los diecesiséis años descubrió medio millón de kilómetros cuadrados en el noreste de la bahía de Baffindt y para dejar constancia de su autoría clavó un gran poste de ciprés groenlandés en una península desértica sobre la sombra dejada por más de tres mil cadáveres de inuits degollados por sus hombres y escribió una palabra que todos sus combatientes corearon y que habrían de recordar para toda la vida y que decía Erik el Negro. Durante seis meses recorrió el área de la gran bahía dejando un horrible rastro de sangre y desolación a su paso y cando regresó al Norte del otro Continente detrás suyo la sangre de las ballenas jorobadas y de los atunes azules y de los tiburones gata hacían de la mar inmensa una tela descomunal con color de infierno amanecido y los hielos incendiados de la Isla Solitaria parecían paisaje lunar después de la caída de un meteorito descomunal. A los dieciocho años decidió meterse debajo de una carpa valona y se pasó siete días y siete noches estudiando el último papiro saqueado en Tebas que lo convirtió en uno de los mejores jueces autodidactas del reino y entonces el padre lo premió probándolo en un juicio contra seis familas sorprendidas mientras trataban de robrase cincuenta pinguinos de una granja cercana porque llevaban tres meses sin probar bocado. Dos minutos después todos fueron condenados a muerte y lanzados al Gran Fiordo en donde un millón de pinguinos entrenados para picar con veneno los devoraron en doce micronésimas de segundo. Cuando cumplió veinte años le dijo a la madre que deseaba abandonar la vida que había llevado y que pensaba hacer una carrera vikinsitaria antes de comenzar a trabajar en un proyecto que buscaba construir una barca voladora que lo trasladara en tiempo récord hasta las montañas encantadas de Estcociavt. Y dónde serán esos estudios. En la Vikinsidad de Baffindt. Pero te irás, supongo, cuando tu concubina de a luz. Mi concubina no podrá dar a luz. Cómo que no podrá. No, el bebé se la comió desde adentro y cuando ya no quedaba el cuerpo de la madre y estaba él solo sobre la paja del establo el perro de las esclavas lusitanas se lo comieron a él. Cuando se preñe alguna de tus próximas mujeres no te olvides de matar a todos los perros. Ya lo he pensado. Y ya sabes qué vas a estudiar en la Vikinsidad de Baffindt. Claro qe lo sé. Entonces dímelo antes de que el sol se ponga. Estudiaré para Verdugo.
Mayo 21 del 2014.
Westchester, Miami, USA.
Luis Eme Glez.
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