Tomado de Grandes Nostalgias.
En medio del océano la tempestad eran tan soberbia que el Capitán gritó "caballeros, este barco se va a pique". Uno de los viajeros, muy joven, le dijo al amigo "no importa, si nos gusta Pique nos quedamos y que Cuba se vaya a la hostia".
La familia encontró correcto que los dos hermanos decidieran probar suerte en la nunca olvidada isla de Cuba y estuvieron seguros de que el hecho de que España hubiera perdido la Ultima Guerra cuando las tropas norteamericanas intervinieron no implicaría odios ni resquemores por parte de los cubanos. En un final Cuba seguiría siendo un gran apéndice de la Madre Patria y ninguna palabra pronunciada en inglés podría matar un encanto que se remontaba a tantos siglos. El siglo XX estaba abriendo sus alamedas, se avisoraba una Gran Guerra y habría millones de bocas que urgirían de los alimentos que pudieran proporcionar las increíblemente feraces tierras cubanas. Cuando el par de hermanos abandonó La Gomera para trasladarse hacia un puerto de mayor importancia en el Archipiélago Canario, desde donde zarparían hacia América, no pensaban que se trataba de la última vez que verían la tierra que les vio nacer. Pocas semanas más tarde acabaría el viaje a través del Atlántico y los dos hermanos se dirigieron a la región central del país, a una provincia llamada Las Villas.
Las Villas era una provincia de grandes llanuras rematada al sur por la Sierra del Escambray y al norte por una Cordillera Baja que se extendía hasta la provincia de Camaguey, al oriente. Los hermanos sabían que el café de la Sierra del Escambray era tan exquisito como el de Etiopía o el de Colombia, que el tabaco de Vuelta Arriba y el de Cabaiguán era tan famoso como el de Vuelta Abajo y que las plantaciones de caña de azúcar de los valles eran las más extensas y productivas del país. Así que cuando, poco después, el Abuelo Don Vito se apareció en La Vega les aseguró que lo que daría duros de verdad era la caña de azúcar porque daba la impresión de que ningún cerebro europeo podría detener una guerra en la que los contendientes iban a necesitar suficientes edulcorantes calóricos como para hacer estallar la demanda.
El General Francisco Carrillo había salido vivo - y muy rico - de la Ultima Guerra. Desde su residencia en la ciudad de Remedios estaba arrendando sus tierras con la voracidad de un terrateniente de los nuevos tiempos. Unos quince kilómetros al Este tenía dos caballerías de tierra disponibles, muy fértiles y apertrechadas con un río central, palmares exhuberantes y excelente riqueza forestal. Una caballería de tierra significaba 324 cordeles. Un cordel de tierra es la distancia que cabe en veinticuatro pasos cuadrados de un hombre. Los hermanos González y Abuelo Vito arrendaron la finca e inmediatamente después que se instalaron comenzaron a desbrozar el bosque y a sembrar "comida" en tanto estuvieran listas las tierras en donde plantarían las primeras cepas de caña de azúcar.
Hermano Gaby se casó con Femmy Ramos y construyó su casa al suroeste de "su" caballería, casi en el faldeo de la Cordillera Baja y en el alero occidental del río. Manny edificaría la suya en el oriente central de su finca y se casaría con Quetta Ferrer. Don Vito decidió vivir con Manny la mayor parte de su tiempo. Las casas eran prácticamente idénticas y lo único que las diferenciaba era su basamento. Gaby optó por el hormigón armado y Manny por los durmientes de madera. Se trataba de casas muy rústicas, herederas de aquellos bohíos aborígenes que se encontraron los españoles en el siglo XV. Solo que ahora, mas de 400 años después, la casa circular había dado paso al cuadrado y al rectángulo, las paredes de paja a la tabla de palma real, los techos de yerbas al guano de las pencas de la palma y los pisos de tierra al natural al piso apisonado emblanquizado con tierra cocó. La típica casa del campesino cubano pobre: una nave rectangular dividida en tres cuadrados, que incluye dos cuartos y una sala, y una segunda nave de rectángulo mas limitado, con dos piezas para comedor y cocina. Esta nave entraba en la perspectiva de la sala. De modo que las casas simulaban una gran T. En sus albores las casas no contaban con excusado ni con baño y sí con un fogón de leña para cocinar, una vara de madera descascarada en cada cuarto para colgar la ropa de percheros de alambre y de madera y en la puerta del comedor un machete descontinuado clavado en dos estacas que hacía de limpiapiés, muy necesario en los días de temporal. El mobiliario consistía en taburetes rústicos fabricados con madera aserrada y piel de vacuno y con largos bancos de madera. Se alumbraban con lámparas de petróleo - luz brillante -, confeccionadas a partir de latas de conservas o recipientes de vidrio y una mecha de hilo trenzado y en ocasiones con faroles industriales.El Camino Real pasaba por el límite norte de la finca de Manny González, bordeando al pichón de monte que la separaba de los pantanos de la costa. Durante todo el siglo XX los hermanos serían llamados "los isleños", así como sus hijos. Algunos de sus nietos llevarían el calificativo de "isleñitos" o los "hijos de los isleños". Pero el tema de la insularidad de los primeros isleños fue quedando en el olvido a medida que llegaban las nuevas generaciones.
La pareja de Gaby solo le daría hijos y algunos de ellos heredarían el fuerte temperamento de Femmy y por ello se pasaban gran parte del tiempo buscando pleíto con los primos y con los hijos de los vecinos. No se preocupaban por hablar bien el español y siempre daba la impresión de que estaban enojados. Los lugareños decían que eran "unos animales con ropa". Pero tenían el mismo gran corazón que había traído su padre de La Gomera. Quetta Ferrer le dio tres hijas a Manny y casi logra paridad entre varones y hembras. La última hija y el último hijo nacieron tarde, en momentos en que parecía que la señora Ferrer había parado la producción de vástagos. Para casi toda la familia y para todos los vecinos Kuka y Kike apenas se parecían a sus padres. Habían nacido poco después de la llegada a La Vega de otros dos isleños - Tony y Pepe - quienes en tanto buscaban trabajo como carpinteros se quedaron a vivir con la familia de Manny González.Los hijos de Manny y de Quetta eran de carácter sencillo, retraídos en ocasiones y parecía que solo se interesaban en vivir su propia vida. Algunos tenían cierta inteligencia natural que estaba mas allá de los pocos minutos atesorados en la escuela de barrio y se expresaban en un español un poco mas solvente. Uno de ellos, el Hombre de la Ciénaga, era dueño de un alto sentido del humor y de ciertos conocimientos relacionados con la historia y la política del país. El Hombre de la Ciénaga - que años más tarde le cortaría la cabeza a su amigo Baro Gómez en una media noche de oscuridad rampante - había escogido a sus amigos fuera del círculo familiar y era tan compartidor y desprendido que los vecinos le tenían como una especie de embajador del barrio. El Hombre de la Ciénaga ( 1916 ) y sus hermanos habían heredado estas características de su madre, cuyo apellido Ferrer llegaría a ser famoso años después en los mas diversos campos intelectuales.
Ni la bonanza de la Gran Guerra ni la calidad del azúcar cubano logró sacar a los isleños de la pobreza. Las colonias - fincas sembradas de caña - apenas daban para el sustento extra, un paliativo financiero que ayudaba con todo aquello que no podía producirse en la finca. Cuando terminaba la Zafra el Banco tiraba sus redes implacables y después del cobro con intereses por sus préstamos y del pago a los cortadores de caña y a los carreteros que la llevaban al chucho en donde los trenes la recogían para trasladarla al ingenio quedaba muy poco efectivo y por eso los hijos de los isleños tenían que trabajar en otras propiedades en tiempo muerto hasta la próxima Zafra. Sin embargo los colonos podían alardear de tener una colonia rentada en donde sembrar y criar animales y retener las miserias quedadas tras el fin de la Zafra y después de liquidar los emolumentos que cobraba, primero el General Carrillo, y después el opulento Fermín Braceras.
En algún momento de la década de los veinte Manny González se complicó con un enfermedad en su labio inferior que a la larga terminaría siendo fatal y para cuyo tratamiento tendría que hacer montones de viajes a La Habana. A veces tenía que permanecer largas temporadas en la capital y su hermano Gabby y los hijos mayores se ocupaban de la finca. El Hombre de la Ciénaga tenía un cariño especial por su padre, muy bien retribuido, y para la época de su primer síntoma labial ya era capaz de ser el rey del arado criollo detrás de la yunta de bueyes y se perfilaba como el hijo que se haría cargo de la tierra alguna vez.
Muchos años después el hijo del Hombre de la Ciénaga oiría decir a los primos de su padre y a sus esposas que Kuka y Kike eran hijos de Tony El Carpintero. Las historias - contadas en silencio relativo - hablaban de que para el momento del nacimiento de los dos últimos hijos Manny había exclamado al regreso de La Habana "carajo, cada vez que regreso me encuentro con un nuevo muchacho, pares como una curiela".Lo mas importante, agregaban los rapsodas, era que al viejo Manny "no le daban las cuentas". Cuando Manny fallece en 1959 ya el Hombre de la Ciénaga se había casado con Laniña Fumero y tenían al hijo que "llegaría a ser periodista y a saber mucho" desde 1956. El niño había llegado después de dos embarazos perdidos. Para entonces el Hombre de la Ciénaga administraba la finca y vivía en una casa típica en el suroeste de la propiedad, a la vera del río. Laniña también era hija de un isleño que había muerto al año de su nacimiento en 1920 y que no había venido en la época de los otros canarios. Laniña y el Hombre de la Ciénaga vivieron un tiempo en la casa familiar hasta que se construyeron la suya propia en el sector noroeste de la finca, detrás de los cañaverales y en el borde del Camino Real. Para cuando nació el niño sus padres habían adoptado al Poeta Vera quien regresaría con sus padres el mismo año de 1956, momento en que el Hombre de la Ciénaga debió hacer gala de su desinterés y de su amor por la familia. Ocurrió que uno de sus hermanos mayores vivía, casado y sin hijos, muy cerca de la casa de Gaby, en un pedazo de tierra muy exiguo que formaba parte de la finca de Manny. El hijo de Gaby, Mikel, vivía en la casa familiar y también estaba casado con una mujer sencilla que era pariente de Min Lara y ya tenían cinco hijos. Por algún motivo las dos mujeres no se podían ver y cualquier pretexto era suficiente para que casi se fueran a las manos y se tiraran de los moños. Así que las familias se reunieron para tratar de solucionar un problema que muy bien pudiera traer consecuencias nefastas y la solución encontrada fue que el Hombre de la Ciénaga le permutara su casa a Cisco para que las fieras estuvieran separadas. De esa manera el niño del Hombre de la Ciénaga creció a menos de cien metros de la casa de Gaby González, a menos de cincuenta metros del río y debajo de hermosos cocoteros, enfrutecidos bienvestidos y una mata gigante de mamey colorado.También de esa manera el niño pudo estar presente en la agónica enfermedad de Gaby y mirarlo retorciéndose en la cama mientras pedía a gritos un cuchillo "para enterráraselo en la barriga" hasta que una tarde la gritería de las mujeres anunció que Gaby había muerto y el niño vio como los hombres cargaban la caja de muerto sobre sus hombros y la trasladaban por el lecho y las barrancas del río hasta donde el carro fúnebre les esperaba. La única diferencia entre las casas permutadas era que el Hombre de la Ciénaga habia aserrado madera en la sierra de Cándido para cubrir las paredes y que los durmientes estaban sobre una gran zapata de piedras. La nueva casa era relativamente peor pero vivible igual. Comoquiera que ambas casas se habían levantado en momentos en que las parejas no tenían hijos pues ahora la cocina comedor se empotraba igualmente en la sala pero no formaba la T clásica porque faltaba un cuarto y en realidad la nueva letra arquitectónica era una L. La madre del niño decía que tenía la impresión de que Quetta no se la tragaba pero aseguraba que el viejo Manny la adoraba y que había visto los cielos abiertos el día en que pudieron vivir con independencia al borde del Camino Real. El niño no recordaba a su abuelo pero su padre siempre le aseguraba que le tenía un afecto muy especial y que siempre lo tenía cargado sobre sus rodillas. Durante toda su vida el niño habría de recordar la foto del abuelo enmarcada en las paredes de las dos casas, con su camisa blanca, su pelo corto peinado a la derecha y la marca en su labio reparado. El niño tardaría muchos años en darse cuenta de que su padre se parecía muy poco al abuelo. Porque aunque tenía el mismo corazón su padre era "puro Ferrer".Las esposas de los primos habrían de consolidar una amistad tan hermosa y tan fuerte que solo acabó con la muerte de Laniña en los albores del siglo XXI.
Desde que el niño tuvo uso de razón - y ello debió ocurrir sobre 1962 - siempre supo que el tío Kike "estaba loco".Lo decían todos y su extraño comportamiento no lo desmerecía. Pero lo curioso era que Kike no siempre había estado loco. Durante su juventud fue un tipo alegre, capaz de tocar las claves y los cueros en el grupo que tocaba música típica en el barrio, de ser un estudiante aplicado, de trabajar como todos en la finca y sobre todo de hacer gala de su caligrafía perfecta escrita con su mano zurda. Si vieras qué clase de letra tenía, le decía su madre cuando el niño le contaba que le estaba cogiendo miedo. Porque para entonces Kike apenas salía de su cuarto - el rancho de desahogo en donde el Hombre de la Ciénaga había acostado a Baro Gómez después de haberle cortado la cabeza - y si lo hacía caminaba como un sonámbulo, desaliñado y hablando incoherencias consigo mismo, siempre ausente como si no hubiera nadie mas en el mundo. A veces se perdía durante horas enteras y cuando lo encontraban estaba encaramado en una mata de guayaba comiendo hojas y sonriendo a los pájaros que se posaban a su lado. Quetta estaba destruida porque ningún medico había podido hacer nada por su salud. Lo habían llevado a Santa Clara y a La Habana y los especialistas se habían limitado a recetar medicamentos inservibles y a sugerir calma hasta que el cerebro "cogiera su rumbo". No había antecedentes de esa índole en la familia y ni siquiera Tony el Carpintero daba señales de desquiciamientos neurológicos como no fueran algunos modismos canarios que no podía exiliar de su léxico y unas pocas interjecciones usadas para celebrar los pechos de las mujeres jovenes.
De la misma manera en que el niño se había dado cuenta de que su padre se parecía a Quetta y no a Manny también había percibido que Kike era casi idéntico a Kuka y que ninguno de los dos se parecía al resto de los hermanos. Ambos tenían el rostro redondo de mentón afilado, los ojos de un verde rosáceo y la piel aceituna. Tenían una mirada fija de ojos muy abiertos y en sus iris destacaban las finas venas azules sobre fondo indefinido. Una mirada de loco, recordaría el niño años después en las voces de los parientes. Pero todavía era muy joven para encontrarle el parecido con Tony el Carpintero.
El Hombre de la Ciénaga oyó hablar de un médico especialista en asuntos neurológicos que tenía tanta fama como el pítcher Conrado Marrero. De modo que una mañana se fue a la ciudad de Cabaiguán para tratar de conversar con el Doctor Barrios. Barrios le recibió amablemente y después de escucharlo le dijo "traémelo". Había dinero suficiente para pagar ingreso y tratamientos. Así que Kike estaría ingresado en la muy cualificada Clínica del Doctor Barrios dos veces y para cuando se pensaba que el loquero de Cabaiguán había dado con el misterio que se anidada en el cerebro de Kike el hermano menor recayó definitivamente y ya nada ni nadie pudo hacer que su estado mejorara jamás. Había un loco en la familia y había que convivir con ello.
Entonces a alguien se le ocurrió sugerir que posiblemente le hubieran "echado un daño". La familia recogió el batón y se dijo que por qué no, si el hombre no tenía cura a pesar de todas las gestiones realizadas con los mejores especialistas del país. Y comenzaron a preguntarse que si eso pudiera llegar a ser cierto quién sería la persona que le había lastimado. Que supieran la familia no tenía enemigos, Kike jamás había hecho nada malo a nadie y ni siquiera había una novia despechada. Pero la palabra "daño" entendida en lenguaje de santería es una palabra muy usada en el español que hablan los cubanos, sobre todo en los campos. Mucha gente creía - y cree - ciegamente en que los "daños" existen, en que casi siempre hay santeros que pueden erradicarlos a menos que los trabajos hayan sido tirados al mar. Muchos años después el niño habría de enterarse de que en una reunión familiar se había llegado a la conclusión de que era muy posible que un pretendiente rechazado por la hija de Pepe el Carpintero y de Zelia ( una de las hijas de Quetta ) fuera el autor del "daño" que había sacado de juego a Kike. No tenían pruebas pero no podían encontrar a otro culpable. De modo que solo un santero de verdad podía descubrir en donde estaba enterrada la botija con sus ingredientes, desenmascarar al desalmado y curar a Kike para el resto de su vida. Porque para todos un "daño" no era otra cosa que un recipiente redondo y misterioso, lleno de perendeques relativos al sujeto, enterrado en un sitio frecuentado por este o que quedara en el camino de su tránsito. Si el "daño" no era vertido en el océano - y entonces no había nada que hacer - su poder eterno dependía de la relación en distancia que tuviera con el destinatario. El niño oyó decir a sus padres que "ya tenían al santero" que sacaría el "daño" de Kike de donde quiera que estuviera. Pero también oyó que el Hombre de la Ciénaga le dijo a Laniña que él no creía en nada de eso pero que haría todo lo que quisiera su mamá. Sus padres no mencionaron al nombre del hombre pero si hablaron de quien lo había recomendado. El niño sabía muy bien quien era Lliye Lara.
Lliye Lara era el hermano mayor de la esposa de Mikel y vivía muy lejos de la casa de su cuñado. De modo que cuando les visitaba se pasaba algunos días con ellos y no paraba de contar historias relacionadas con santeros y brujos y se jactaba de haber participado en curaciones y hasta de fracasar cuando los "daños" eran irreversibles y él creía que las maldiciones habían sido vertidas en el mar. Al niño - que era otro Ferrer puro - le encantaba sentarse en el banco de madera que estaba debajo de la canal de palma real que recogía el agua de lluvia y con los codos sobre la mesa de cedro escuchar a aquel hombre con tendencia a gordo, muy pequeño, casi siempre con un sombrerito de paño gris de alas cortas y poseedor de una elocuencia proverbial. El niño terminaba de escucharlo casi orinado y cuando el Hombre de la Ciénaga le gritaba "Manueeeellll" desde su casa al filo de las once de la noche él no hallaba como partir solo y le decía con su voz desgañitada de niño miedoso "papi, enciéndeme la luz" y cuando el padre salía al patio enyerbafinado con la chismosa humeando y él veía la llama a la distancia de ochenta metros salía despavorido como si todos los demonios de Lliye le corrieran detrás para halarlo por la camisa y llevárselo hasta los mismos infiernos. En la casa la madre lo notaba jadeando y sabía que no era debido a la carrera a campo travieza. Seguro que ese hombre hizo los mismos cuentos tenebrosos de siempre, susurraba para que el esposo la oyera.
Había dos historias que el niño prefería escuchar en la voz del gordito. La primera estaba relacionada con una familia que tenía un niño como de su edad y que de repente había comenzado a enflaquecer y a ponerse pálido y los médicos no atinaban con la enfermedad. Hasta que algo misterioso e invisible comenzó a verter tierra podrida y yerbas sucias en el plato de su comida y entonces el niño comenzaba a gritar y se paraba de la mesa y no había Dios que lo hiciera probar comida. Los padres no podían hacer absolutamente nada y sabían que su hijo acabaría por morir de hambre y de miedo. Entonces Lliye pidió a los padres que lo dejaran actuar. Así que se puso detrás del taburete del niño, lo cubrió con su cuerpo y puso un saco de yute vacío sobre el plato y lo apretó con fuerza. Ahora, demonios de mierda, traten de ensuciar la comida del niño, ordenó embrutecido, mirando hacia el techo de la casa. Cinco minutos después, cuando quitó el saco, la comida estaba cubierta por las mismas inmundicias de siempre. El padre del niño le dijo que solo le quedaba la esperanza de que un curandero pudiera hacer algo.Cuando el niño estaba a punto de morir llegó el santero y pidió que lo dejaran solo en la mesa. Lliye decía que era un hombre blanco, de mediana edad y el niño Ferrer Puro casi que lo podía ver haciendo sus trabajos sobre la mesa en donde el chico dañado no podía comer. Lliye solo contaba que disponía de un recipiente donde ponía sus cosas, que se transportaba hacia otros mundos y que hablaba solo en un idioma que nadie entendía. Porque el hombre había pedido que le dejaron solo pero permitía que le observaran a la distancia. En algún momento el hombre pidió que le trajeran al niño, que lo sentaran a la mesa y que le sirvieran la comida, Según Lliye el niño obedeció en calma, ahora sin su cara de terror y cuando fue a tomar la cuchara el santero le dijo "no, espera". El hombre observó el caballete del techo, pronunció unas pocas palabras ininteligibles y dijo "nunca más viertas basura en la comida de este niño". Cuando el santero ordenó al niño que comenzara a comer, el casi cadáver que era el niño a estas alturas, dio cuenta de tres platos rebosantes de alimentos y terminó sonriendo como si fuera el ser vivo mas feliz del mundo. Entonces el hombre de la magia santa pidió a todos los asistentes al sortilegio que se retiraran excepto a los padres del niño y a Lliye Lara. En verdad desean saber quién es la persona que le echó el daño al niño, preguntó. Por supuesto, corearon los padres. Dice Lliye que él se erizó porque estaba seguro que en cualquier momento el santero haría venir al culpable a su presencia.La puerta del patio se abrió y penetró un hombre cabizbajo, vecino del barrio, y comenzó a lloriquear, pidiendo perdón. Comoquiera que la salud recobrada del niño era mas importante que el castigo al ofensor los padres se conformaron con el arrepentimiento y el santero salió colmado de regalos, sin cobrar un solo centavo "porque los santeros de verdad trabajan gratis". Lo hizo por envidia, sentenciaba Lliye. Cuando la madre le servía la comida al niño que escuchaba historias, el niño se encogía de hombros y esperaba un ratico antes de atacar los alimentos. Por si las moscas.
La segunda historia tenía que ver con un par de gemelos poco mayores que él. Eran los únicos hijos de un matrimonio joven y un buen día los niños comenzaron a desaparecer de su lado, atados fuertemente con coyundas usadas en los frontiles de bueyes u otras sogas y elevados, como por arte de magia negra y depositados en la copa de un gran árbol de anoncillo que había en la arboleda de la casa.Lo mas curioso era que cuando el padre o alguien dispuesto a ayudarlo subía al arbol los niños estaban muy asustados pero sin lastimaduras. Llegados al suelo continuaban su vida como si nada les hubiera pasado hasta que la fuerza sobrenatural regresabaa para subirlos otra vez, atados, hasta la copa del anoncillo. La historia se repetía hasta cuatro veces al día y no importaba el sitio en que estuvieran protegidos los niños: la fuerza los encontraba, los sacaba del refugio, los ataba y los ponía en el lugar de siempre. Decía Lliye que la familia gastó todo su plata en los mejores santeros del país y en supuestos especialistas en Ciencias Ocultas hasta que los niños comenzaron a temer y perdieron el apetito y se la pasaban llorando entre ascención y bajada del anoncillo. Entonces Lliye, que recordaba su fracaso con el niño de la comida sucia, pensó que tenía que probar de nuevo con este otro caso, claramente la obra maestra de un santero genial. Así que pidió a los padres que si lo dejaban hacer una prueba. Los padres no lo conocían porque vivían muy lejos y él solo había ido al lugar porque la noticia había alcanzado categoría mundial.Los padres aceptaban cualquier intento de solución de cualquier persona que deseara colaborar. Lliye preguntó la hora de la tarde en que generalmente los niños eran izados por la fuerza sobrehumana. Se apareció a la hora que le dijeron.Traía cuatro mecates de amarrar barcos al muelle, cuatro sogas de atar bueyes en los pastizales y cuatro coyundas de frontiles.Seleccionó de entre el gentío a dos de los muchachos más fuertes y les pidió que lo ataran hasta casi reventarlo, con los cuatro mecates, al gran tronco del anoncillo. Los muchachos lo hicieron. Después les ordenó que ataran a los niños a su cuerpo, uno a cada lado y los amarraran con las sogas que quedaran, igual con toda la fuerza de que dispusieran. Los jóvenes lo hicieron. Apenas respirando, esperó. Los niños estaban atados muy fuerte pero de manera que la apretazón no interfiriera sus acciones biológicas. Una media hora después Lliye comenzó a sentir como que las sogas se aflojaban y que los niños se estaban separando de su cuerpo. Enseguida todo era un amasijo de sogas a sus pies y el par de gemelos, silenciosos y tristes, ascendiendo como cada día hasta la copa del anoncillo en donde se quedarían para toda la vida si alguien no subía para bajarlos. Lliye se ofreció para hacerlo en el mismo instante en que un hombre muy delgado y casi cadavérico se separó del gentío que asistió al ensogamiento. Aunque no lo crean, puedo subir por ellos, aseguró. Lo dejaron hacer. Cuando les entregó los niños a sus padres, la gente vio que el hombre seguía delgado pero vio también que su rostro estaba adiante. Tienen cinco días para mudarse de esta casa. No pasará nada más con sus niños durante ese tiempo. Pero si amanecen aquí al sexto día ya no habrá nada que hacer. Tienen un daño echado en el mar, expresó. Lliye se quedó los cinco días en un varaentierra que había en la casa solo para certificar la predicción de aquel hombre misterioso que no dijo una palabra de más. La noche del quinto día los padres quemaron la casa y cuando no quedaban mas que cenizas se marcharon para la casa de sus padres. Cuando Lliye se marchaba el niño estaba días enteros sin mirar a las sogas de su padre y apenas observaba la copa de la gran mata de mamey colorado. Por suerte soy hijo único, se decía, sin sospechar que estaba pensando con su gen Ferrer.
De modo que cuando su padre dijo "que no creía en esas cosas" pero que estaba dispuesto a secundar la petición de Quetta el niño tenía una idea mas o menos elaborada de lo que era un santero, de lo que podía o no podía lograr con sus magias embotijadas y pensó que él sí creía un poco en las cosas que contaba Lliye Lara pero su padre era su padre y evidentemene debía tener más razón que el hermano de Mary Lara. El santero que Lliye sugirió era un pariente suyo y se dijo que venía con un acompañante. El niño de Laniña y del Hombre de la Ciénaga recordaría para toda la vida la noche en que el santero pariente de Lliye y su acompañante sacaron la botija en donde estaba el "daño" que le habían echado a Kike y prometieron que Kike se pondría bien desde el mismo instante en que Quetta pagara los emolumentos que pedía el santo por su trabajo.
Pero el niño solo recordaría una pocas escenas del sortilegio santeril porque era demasiado pequeño, todavía estaba en la escuela primaria y sus padres le habían ordenado que no se moviera de la casa de sus abuelos. Sus recuerdos intactos estarían bien firmes a través de los comentarios posteriores de la noche y de los días que siguieron.
Para la época en que los santeros hicieron el trabajo que sanaría de por vida a Kike el paisaje y la historia de La Vega y de Platero 'había cambiado mucho. La parte de las fincas que quedaba en la ribera oriental del río estaba en el barrio de Platero. Aunque todavía existía la cerca en donde el Hombre de la Ciénaga se topó con la calabaza envelada que haría que Baro Gómez se cagara debajo de su machete ya no existía el bosque tupido de ocujes y de eucaliptos porque las tierras habían sido arrazadas para convertirlas en tierras de cultivo y quienes las habitaban eran otros dueños y hasta se decía que ya ni el adorable fantasma de Min Lara se aparecia en las noches del trópico. Tampoco existía el Camino Real como no fuera en tramos muy cortos porque la Revolución había concluido la carretera que la Compañía de Mendoza había comenzado en tiempos de la Tiranía de Fulgencia Batista y que unía a las ciudades de Caibarién y de Yaguajay. Automóviles, ómnibus y camiones habían sustituido a las carretas y a los carretones tirados por bueyes y caballos que ahora solo se empleaban en los trabajos de las fincas. La palma real que le había servido al Hombre de la Ciénaga para cruzar sobre el río con el cuerpo desmadejado de Baro ahora era un puente potente desde donde se podía mirar la corriente diáfana del río embiajacado en los días de verano. Unos sesenta metros al oeste de la casa de los abuelos estaba la hermosa casa de tejas francesas, paredes de tablas aserradas y piso de cemento que había edificado el gran carpintero Pepe cuando las autoridades le entregaron todos los materiales necesarios para levantarla porque la carretera pasaba por el sitio exacto en donde estaba su bohío clásico.Allí crecían los hijos de su tía Celia con los que el niño jugaba a los balines debajo del ateje y se mecía en las hamacas de sogas que el carpintero hacía con su exactitud proverbial y colgaba de las ramas menos frágiles. Para entonces las tierras dedicadas al cultivo de la caña de azúcar se habían reducido a favor de la producción de alimentos y los potreros de crianza animal y al sur de la casa familiar había crecido un guayabal tan portentoso que era capaz de producir tanta fruta que la abuela decidió comercializarla con toda razón porque el dinero ingresado serviría, años después, para la construcción de la nueva casa que estaba diseñando el chapucero Tony el Isleño. Eran los primeros años de la Revolución de Fidel Castro y los guajiros estaban "estrenando" tierras de su propiedad, cortesía de la Ley de Reforma Agraria promulgada por las nuevas autoridades. El Hombre de la Ciénaga también estaba de estreno pero aseguraba que la diferencia entre el General Carrillo, Fermín Braceras y los nuevos "arrendatarios" que habían entregado una propiedad condicionada, era "muy poca" e insistía en lo que dijo en la terraza sur de la casa de Gocéndez el dia 2 de Enero de 1959 "esto es comunismo y será una mierda".
La construcción de la carretera obligó al Hombre de la Ciénaga y a Neno, el hermano menor que le ayudaba en la administración de la finca, a levantar una cerca de alambre de púas entre la vía y la casa. La cerca giraba al sur muy cerca de la casa de Celia y en los metros finales, antes de hacer el ángulo de noventa grados, había una puerta de entrada, ramatada por dos madres gruesas de madera redonda. Del otro lado estaba la finca que ahora administraba Mikel y había un campo de caña recién cortado con los troncos a flor de tierra. Entre el guayabal y la casa había seis matas de mango, una mata de coco indio, una ceiba, una mata de granada y el pozo, sin brocal y con grandes solapas, cubierto con un piso de tablas de palma que dejaba un cuadrado abierto para lanzar el cubo atado con una soga hasta el manto acuífero.
Como ocurría en las historias de Lliye la vecindad se fue agolpando para no perderse ni un segundo del trabajo que harían los dos curanderos. Acababa de oscurecer y el niño oyó que el padre dijo a uno de los hombres que él le indicaría el lugar "que más frecuentaba Kike" y que por supuesto "no tenía miedo alguno en pararse allí". Cuando el niño intentó seguirlo el padre le dijo "que de eso nada, que se quedara en casa con Laniña". Así que el niño se quedó cabizbajo y casi llorando y se apoyó en el lado oriente de la puerta que daba a la carretera y miró para el sector occidental de la sala en donde había una mesa contra la pared sur cubierta con un mantel oscuro y con algunos recéptaculos encima. Detrás podía ver el borde superior de dos taburetes. El niño pensaba que aquel sería el sitio en donde en algún momento los curanderos harían el resumen del caso. Fuera del entorno del niño estaba ocurriendo que el Hombre de la Ciénaga llevó a los santeros hasta la madre oriental de la puerta de entrada y les dijo que ese era el lugar en donde Kike siempre se recostaba como si una fuerza especial le obligara a hacerlo y cuando se iba lo hacía hacia el guayabal y terminaba metiéndose en el rancho donde dormía. Todavía Kike no echaba sus discursos encendidos de oratoria limpia ni había inventado las leyes que le harían famoso entre algunos miembros de la familia. Uno de los hombres pidió una barreta y cuando se la entregaron comenzó a escarbar en el tronco de la madre de madera. El otro hombre le pidió al Hombre de la Ciénaga que se alejara un poco. Muy pronto sacó del hueco que había abierto una botija negra muy parecida a una tinaja chica y dijo que "ya lo tenían" y que ahora su compañero debía hacer una "demostración de invulnerabilidad" sobre los troncos recién cortados del cañaveral de Mikel. Así que su socio se quitó la camisa y se tendió en el suelo y comenzó a rodar despavorido sobre los troncos que hincaban como clavos afilados sin proferir una sola queja, apostrofando al malvado "que había qierido matar al pobre Kike con un daño tan poderoso". Los vecinos no podían asumir aquel gesto de valentía suprema y se sentían impotentes porque no les parecía que fuera un truco. Alguien dijo en voz baja "que seguro andaba con un pulóver muy grueso de color carne". El hombre se puso la camisa sobre su tórax impoluto y pidió al Hombre de la Cienaga y a los asistentes al acto que lo siguieran hasta la casa. El niño, que se había movido de la puerta para estirar los pies, escuchó el barullo de la gente que llegaba y retornó a su sitio. Ya el par de santeros estaban sentados en sus taburetes detrás de la mesa y manipulaban los ingredientes que estaban en el recipiente. Tenían los rostros como embadurnados de aceite, con los ojos saltones y al niño le pareció que tenían fiebre. Pensó que en cualquier momento los hombres darían por cerrado el caso, certificarían la sanación de Kike y preguntarían si la familia quería saber quién era el culpable. Pero ello no ocurrió. Porque los hombres dijeron que deseaban ir hasta la puerta del rancho de Kike y hablarle un momento para que todos vieran como se había producido el milagro de su curación. De modo que se levantaron de sus asientos, pasaron al comedor y salieron por la puerta oriental. Había luna llena y podia verse al gentío como si fueran las doce meridiano. El niño no tuvo permiso para asistir a los toques en la puerta del tío loco que al parecer acababa de entrar en el mundo de los hombres cuerdos. Al otro día el niño oyó decir que dentro del recipiente que tenían los santeros sobre la mesa habían vaciado la botija encontrada en la madre oriental de la puerta de la que habían salido pelos humanos, puntillas oxidadas, frutas secas, piedras negras, patas de sapos, crestas de gallo, caracoles grises y rabos de lagartijas asi como un polvo muy tenue que nadie supo de donde provenía y un pedazo de tela gastada que los hombres dijeron era de una prenda de Kike que el malechor había robado y que Quetta no pudo descubrir en su memoria de madre lastimada. También oyó decir que cuando los santeros llegaron a la puerta del rancho de Kike tocaron suavemente y dijeron "Kike, ya estás bien, levántate y sal a celebrar con toda tu familia y tus amigos, vamos Kike". Del otro lado el silencio era la única respuesta. Está dormido, dijo alguien. Tal vez, volvamos a llamarlo, dijo el santero mayor.La petición se repitió tres veces hasta que el santero menor dijo que, al parecer, Kike tenía un sueño muy profundo y eso era señal de que la placidez de la curación estaba colmándolo de felicidad. Inmediatamente después de haber pronunciado la palabra felicidad un golpe descomunal estuvo a punto de desprender la puerta desde adentro. Los santeros dieron un paso atrás. La familia y los vecinos no se inmutaron. Kike, vamos, sal a celebrar, ya estás muy bien, todos te estamos esperando, dijeron a coro los santeros. Cuando Kike abrió la boca fue para ladrar "váyanse al coño de su madre hijos de puta si salgo será para retorcerles el pezcuezo maricones de mierda salgan de la puerta o ya verán si estoy bien, hijos de puta". Los hombres no insistieron. Regresaron a sus asientos, seguidos de quienes les habían acompañado al rancho de Kike. Hemos tenido que realizar un trabajo muy duro porque se trata de unos de los daños más fuertes que hemos sacado, así que pensamos que el hermano Kike tal vez demorará uno o dos días en regresar al mundo de los hombres sanos, profetizó el santero mayor. Tras sus palabras hubo un silencio de claustro. El Hombre de la Ciénaga y Quetta sabían qué estaban esperando los hombres recomendados por Lliye Lara. Ella no estaba muy convencida de preguntar "cuánto se les debe señores" porque Kike había quedado igual y no sabía qué pasaría en los próximos tres días. Así que miró al Hombre de la Ciénaga. Que no dijo nada porque este era un asunto de su madre y no deseaba interferir. Cuánto se les debe señores, dijo Quetta. "Bueno, señora, hemos consultado a nuestro santo y dice que son 175 pesos". Quetta se quedó pasmada pero no lo dio a entender. Se necesitaban veinte días recogiendo guayabas para ahorrar esa cantidad de dinero. Como el comunismo, una mierda, pensó el Hombre de la Ciénaga. "Esperen un momento". Quetta entró a su cuarto. Regresó con un fajo de billetes.Se los entregó. Gracias, dijo. Los hombres se pararon de sus taburetes, la abrazaron y cuando fueron a estrechar la mano del Hombre de la Ciénaga este no estaba a su lado. 175 pesos de la época era una pequeña fortuna. Kuka, que era católica practicante ese año, se paró ante el altar cuando todos se habían ido y dijo "espero que se trate de otros santos".Tony el Carpintero se preparó su caldero de gofio en el fogón de leña y después prendió la pipa. No creía que hubiera sido un buen negocio contratar a dos farsantes sin haber pedido antes su opinión. En realidad, Kike había nacido cuando Manny se trataba en La Habana su cáncer de labio y ni el ni Kuka se parecía al resto de la familia. Pensaba que se merecía al menos una consulta.
Kike murió pocos años después de una enfermedad pulmonar sin haber podido superar sus problemas neurológicos. Para entonces el niño del Hombre de la Ciénaga había crecido y era un adolescente y aunque seguía escuchando las historias de Lliye en la casa de Mikel ya no temía volver a su casa en la oscuridad y poco a poco le fue perdiendo el respeto a sus relatos. Todo el mundo decía que los santeros habían venido "avisados" de los acontecimientos en casa de los González Ferrer y todas las carreteras conducían a Lliye pero nadie se atrevió jamás a acusarlo. Para entonces el adolescente sabía - de nuevo por boca de los primos de su padre - que en una ocasión en que Kike amenazó a Tony el Carpintero con matarlo de una pedrada el isleño había expresado "ay hijo, no digas eso" y que había dicho "hijo" de una manera que no se prestaba a equivocaciones. Un día el adolescente le preguntó a su madre que si había algo de verdad en lo que se decía sobre el verdadero padre de los tíos más jóvenes y Laniña solo había esbozado una sonrisa y le dijo que no se debía hablar de esas cosas.
Cuando Queta murió Tony el Carpintero decidió regresar a las Islas Canarias. Quería morir allí. Kuka se encargó de arreglar todos sus papeles migratorios y hasta el mismo día de su muerte estuvo en contacto con sus familiares en las Islas. Con los familiares de Tony el Carpintero. Y con los suyos propios?.
Para esa época ya el hijo del Hombre de la Ciénaga - que en verdad sabía mucho de algunas cosas pero que todavía no había podido estudiar ni hacer periodismo - tenía suficiente dominio de la santería cubana y de todos los anexos que la rodean. Ya había leído a Don Fernando Ortiz. Posiblemente fue el único que supo que los curanderos no curarían al tio Kike porque ya Lliye lo había dicho en el comedor de la casa de su hermana "los curanderos que cobran no curan". Posiblemente los que hacen el trabajo gratis, de corazón, no curan tampoco. Pero entonces habría que entrar en terrenos de la fe.
Y ese es otro tema.
Glosario mínimo.
-Chucho.... Edificación en donde se pesaba la caña de azúcar, elevada desde las carretas con cadenas de hierro.. A partir de él comenzaba la línea de ferrocarril.
-Ingenio....Fábrica de azúcar. También se conoce como central azucarero.
-Moños....Cabellos.
-Pítcher....Lazador en el juego de beisbol.
-Frontiles.... Obejeto confeccionado con piel y cualquier material amortiguador que se coloca en la cabeza del buey para sujetar el yugo sobre sus pescuezos. Tiene una ranura para que pase la coyunda.
-Mecates....Sogas muy resistentes.
-Barreta....Estaca de hierro que se usa para cavar hollos o apisonar piedras en las madres de madera de las cercas,
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Abril 13 del 2014. ( 1 ).
( 1 ). Siempre escribo Westchester sin s y sin t porque así es como me gusta la palabra. Sin embargo es erróneo. Porque vivo en el Oeste del Gran Miami y por tanto debía de escribir "west"chester. No ocurrirá más.
La pareja de Gaby solo le daría hijos y algunos de ellos heredarían el fuerte temperamento de Femmy y por ello se pasaban gran parte del tiempo buscando pleíto con los primos y con los hijos de los vecinos. No se preocupaban por hablar bien el español y siempre daba la impresión de que estaban enojados. Los lugareños decían que eran "unos animales con ropa". Pero tenían el mismo gran corazón que había traído su padre de La Gomera. Quetta Ferrer le dio tres hijas a Manny y casi logra paridad entre varones y hembras. La última hija y el último hijo nacieron tarde, en momentos en que parecía que la señora Ferrer había parado la producción de vástagos. Para casi toda la familia y para todos los vecinos Kuka y Kike apenas se parecían a sus padres. Habían nacido poco después de la llegada a La Vega de otros dos isleños - Tony y Pepe - quienes en tanto buscaban trabajo como carpinteros se quedaron a vivir con la familia de Manny González.Los hijos de Manny y de Quetta eran de carácter sencillo, retraídos en ocasiones y parecía que solo se interesaban en vivir su propia vida. Algunos tenían cierta inteligencia natural que estaba mas allá de los pocos minutos atesorados en la escuela de barrio y se expresaban en un español un poco mas solvente. Uno de ellos, el Hombre de la Ciénaga, era dueño de un alto sentido del humor y de ciertos conocimientos relacionados con la historia y la política del país. El Hombre de la Ciénaga - que años más tarde le cortaría la cabeza a su amigo Baro Gómez en una media noche de oscuridad rampante - había escogido a sus amigos fuera del círculo familiar y era tan compartidor y desprendido que los vecinos le tenían como una especie de embajador del barrio. El Hombre de la Ciénaga ( 1916 ) y sus hermanos habían heredado estas características de su madre, cuyo apellido Ferrer llegaría a ser famoso años después en los mas diversos campos intelectuales.
Ni la bonanza de la Gran Guerra ni la calidad del azúcar cubano logró sacar a los isleños de la pobreza. Las colonias - fincas sembradas de caña - apenas daban para el sustento extra, un paliativo financiero que ayudaba con todo aquello que no podía producirse en la finca. Cuando terminaba la Zafra el Banco tiraba sus redes implacables y después del cobro con intereses por sus préstamos y del pago a los cortadores de caña y a los carreteros que la llevaban al chucho en donde los trenes la recogían para trasladarla al ingenio quedaba muy poco efectivo y por eso los hijos de los isleños tenían que trabajar en otras propiedades en tiempo muerto hasta la próxima Zafra. Sin embargo los colonos podían alardear de tener una colonia rentada en donde sembrar y criar animales y retener las miserias quedadas tras el fin de la Zafra y después de liquidar los emolumentos que cobraba, primero el General Carrillo, y después el opulento Fermín Braceras.
En algún momento de la década de los veinte Manny González se complicó con un enfermedad en su labio inferior que a la larga terminaría siendo fatal y para cuyo tratamiento tendría que hacer montones de viajes a La Habana. A veces tenía que permanecer largas temporadas en la capital y su hermano Gabby y los hijos mayores se ocupaban de la finca. El Hombre de la Ciénaga tenía un cariño especial por su padre, muy bien retribuido, y para la época de su primer síntoma labial ya era capaz de ser el rey del arado criollo detrás de la yunta de bueyes y se perfilaba como el hijo que se haría cargo de la tierra alguna vez.
Muchos años después el hijo del Hombre de la Ciénaga oiría decir a los primos de su padre y a sus esposas que Kuka y Kike eran hijos de Tony El Carpintero. Las historias - contadas en silencio relativo - hablaban de que para el momento del nacimiento de los dos últimos hijos Manny había exclamado al regreso de La Habana "carajo, cada vez que regreso me encuentro con un nuevo muchacho, pares como una curiela".Lo mas importante, agregaban los rapsodas, era que al viejo Manny "no le daban las cuentas". Cuando Manny fallece en 1959 ya el Hombre de la Ciénaga se había casado con Laniña Fumero y tenían al hijo que "llegaría a ser periodista y a saber mucho" desde 1956. El niño había llegado después de dos embarazos perdidos. Para entonces el Hombre de la Ciénaga administraba la finca y vivía en una casa típica en el suroeste de la propiedad, a la vera del río. Laniña también era hija de un isleño que había muerto al año de su nacimiento en 1920 y que no había venido en la época de los otros canarios. Laniña y el Hombre de la Ciénaga vivieron un tiempo en la casa familiar hasta que se construyeron la suya propia en el sector noroeste de la finca, detrás de los cañaverales y en el borde del Camino Real. Para cuando nació el niño sus padres habían adoptado al Poeta Vera quien regresaría con sus padres el mismo año de 1956, momento en que el Hombre de la Ciénaga debió hacer gala de su desinterés y de su amor por la familia. Ocurrió que uno de sus hermanos mayores vivía, casado y sin hijos, muy cerca de la casa de Gaby, en un pedazo de tierra muy exiguo que formaba parte de la finca de Manny. El hijo de Gaby, Mikel, vivía en la casa familiar y también estaba casado con una mujer sencilla que era pariente de Min Lara y ya tenían cinco hijos. Por algún motivo las dos mujeres no se podían ver y cualquier pretexto era suficiente para que casi se fueran a las manos y se tiraran de los moños. Así que las familias se reunieron para tratar de solucionar un problema que muy bien pudiera traer consecuencias nefastas y la solución encontrada fue que el Hombre de la Ciénaga le permutara su casa a Cisco para que las fieras estuvieran separadas. De esa manera el niño del Hombre de la Ciénaga creció a menos de cien metros de la casa de Gaby González, a menos de cincuenta metros del río y debajo de hermosos cocoteros, enfrutecidos bienvestidos y una mata gigante de mamey colorado.También de esa manera el niño pudo estar presente en la agónica enfermedad de Gaby y mirarlo retorciéndose en la cama mientras pedía a gritos un cuchillo "para enterráraselo en la barriga" hasta que una tarde la gritería de las mujeres anunció que Gaby había muerto y el niño vio como los hombres cargaban la caja de muerto sobre sus hombros y la trasladaban por el lecho y las barrancas del río hasta donde el carro fúnebre les esperaba. La única diferencia entre las casas permutadas era que el Hombre de la Ciénaga habia aserrado madera en la sierra de Cándido para cubrir las paredes y que los durmientes estaban sobre una gran zapata de piedras. La nueva casa era relativamente peor pero vivible igual. Comoquiera que ambas casas se habían levantado en momentos en que las parejas no tenían hijos pues ahora la cocina comedor se empotraba igualmente en la sala pero no formaba la T clásica porque faltaba un cuarto y en realidad la nueva letra arquitectónica era una L. La madre del niño decía que tenía la impresión de que Quetta no se la tragaba pero aseguraba que el viejo Manny la adoraba y que había visto los cielos abiertos el día en que pudieron vivir con independencia al borde del Camino Real. El niño no recordaba a su abuelo pero su padre siempre le aseguraba que le tenía un afecto muy especial y que siempre lo tenía cargado sobre sus rodillas. Durante toda su vida el niño habría de recordar la foto del abuelo enmarcada en las paredes de las dos casas, con su camisa blanca, su pelo corto peinado a la derecha y la marca en su labio reparado. El niño tardaría muchos años en darse cuenta de que su padre se parecía muy poco al abuelo. Porque aunque tenía el mismo corazón su padre era "puro Ferrer".Las esposas de los primos habrían de consolidar una amistad tan hermosa y tan fuerte que solo acabó con la muerte de Laniña en los albores del siglo XXI.
Desde que el niño tuvo uso de razón - y ello debió ocurrir sobre 1962 - siempre supo que el tío Kike "estaba loco".Lo decían todos y su extraño comportamiento no lo desmerecía. Pero lo curioso era que Kike no siempre había estado loco. Durante su juventud fue un tipo alegre, capaz de tocar las claves y los cueros en el grupo que tocaba música típica en el barrio, de ser un estudiante aplicado, de trabajar como todos en la finca y sobre todo de hacer gala de su caligrafía perfecta escrita con su mano zurda. Si vieras qué clase de letra tenía, le decía su madre cuando el niño le contaba que le estaba cogiendo miedo. Porque para entonces Kike apenas salía de su cuarto - el rancho de desahogo en donde el Hombre de la Ciénaga había acostado a Baro Gómez después de haberle cortado la cabeza - y si lo hacía caminaba como un sonámbulo, desaliñado y hablando incoherencias consigo mismo, siempre ausente como si no hubiera nadie mas en el mundo. A veces se perdía durante horas enteras y cuando lo encontraban estaba encaramado en una mata de guayaba comiendo hojas y sonriendo a los pájaros que se posaban a su lado. Quetta estaba destruida porque ningún medico había podido hacer nada por su salud. Lo habían llevado a Santa Clara y a La Habana y los especialistas se habían limitado a recetar medicamentos inservibles y a sugerir calma hasta que el cerebro "cogiera su rumbo". No había antecedentes de esa índole en la familia y ni siquiera Tony el Carpintero daba señales de desquiciamientos neurológicos como no fueran algunos modismos canarios que no podía exiliar de su léxico y unas pocas interjecciones usadas para celebrar los pechos de las mujeres jovenes.
De la misma manera en que el niño se había dado cuenta de que su padre se parecía a Quetta y no a Manny también había percibido que Kike era casi idéntico a Kuka y que ninguno de los dos se parecía al resto de los hermanos. Ambos tenían el rostro redondo de mentón afilado, los ojos de un verde rosáceo y la piel aceituna. Tenían una mirada fija de ojos muy abiertos y en sus iris destacaban las finas venas azules sobre fondo indefinido. Una mirada de loco, recordaría el niño años después en las voces de los parientes. Pero todavía era muy joven para encontrarle el parecido con Tony el Carpintero.
El Hombre de la Ciénaga oyó hablar de un médico especialista en asuntos neurológicos que tenía tanta fama como el pítcher Conrado Marrero. De modo que una mañana se fue a la ciudad de Cabaiguán para tratar de conversar con el Doctor Barrios. Barrios le recibió amablemente y después de escucharlo le dijo "traémelo". Había dinero suficiente para pagar ingreso y tratamientos. Así que Kike estaría ingresado en la muy cualificada Clínica del Doctor Barrios dos veces y para cuando se pensaba que el loquero de Cabaiguán había dado con el misterio que se anidada en el cerebro de Kike el hermano menor recayó definitivamente y ya nada ni nadie pudo hacer que su estado mejorara jamás. Había un loco en la familia y había que convivir con ello.
Entonces a alguien se le ocurrió sugerir que posiblemente le hubieran "echado un daño". La familia recogió el batón y se dijo que por qué no, si el hombre no tenía cura a pesar de todas las gestiones realizadas con los mejores especialistas del país. Y comenzaron a preguntarse que si eso pudiera llegar a ser cierto quién sería la persona que le había lastimado. Que supieran la familia no tenía enemigos, Kike jamás había hecho nada malo a nadie y ni siquiera había una novia despechada. Pero la palabra "daño" entendida en lenguaje de santería es una palabra muy usada en el español que hablan los cubanos, sobre todo en los campos. Mucha gente creía - y cree - ciegamente en que los "daños" existen, en que casi siempre hay santeros que pueden erradicarlos a menos que los trabajos hayan sido tirados al mar. Muchos años después el niño habría de enterarse de que en una reunión familiar se había llegado a la conclusión de que era muy posible que un pretendiente rechazado por la hija de Pepe el Carpintero y de Zelia ( una de las hijas de Quetta ) fuera el autor del "daño" que había sacado de juego a Kike. No tenían pruebas pero no podían encontrar a otro culpable. De modo que solo un santero de verdad podía descubrir en donde estaba enterrada la botija con sus ingredientes, desenmascarar al desalmado y curar a Kike para el resto de su vida. Porque para todos un "daño" no era otra cosa que un recipiente redondo y misterioso, lleno de perendeques relativos al sujeto, enterrado en un sitio frecuentado por este o que quedara en el camino de su tránsito. Si el "daño" no era vertido en el océano - y entonces no había nada que hacer - su poder eterno dependía de la relación en distancia que tuviera con el destinatario. El niño oyó decir a sus padres que "ya tenían al santero" que sacaría el "daño" de Kike de donde quiera que estuviera. Pero también oyó que el Hombre de la Ciénaga le dijo a Laniña que él no creía en nada de eso pero que haría todo lo que quisiera su mamá. Sus padres no mencionaron al nombre del hombre pero si hablaron de quien lo había recomendado. El niño sabía muy bien quien era Lliye Lara.
Lliye Lara era el hermano mayor de la esposa de Mikel y vivía muy lejos de la casa de su cuñado. De modo que cuando les visitaba se pasaba algunos días con ellos y no paraba de contar historias relacionadas con santeros y brujos y se jactaba de haber participado en curaciones y hasta de fracasar cuando los "daños" eran irreversibles y él creía que las maldiciones habían sido vertidas en el mar. Al niño - que era otro Ferrer puro - le encantaba sentarse en el banco de madera que estaba debajo de la canal de palma real que recogía el agua de lluvia y con los codos sobre la mesa de cedro escuchar a aquel hombre con tendencia a gordo, muy pequeño, casi siempre con un sombrerito de paño gris de alas cortas y poseedor de una elocuencia proverbial. El niño terminaba de escucharlo casi orinado y cuando el Hombre de la Ciénaga le gritaba "Manueeeellll" desde su casa al filo de las once de la noche él no hallaba como partir solo y le decía con su voz desgañitada de niño miedoso "papi, enciéndeme la luz" y cuando el padre salía al patio enyerbafinado con la chismosa humeando y él veía la llama a la distancia de ochenta metros salía despavorido como si todos los demonios de Lliye le corrieran detrás para halarlo por la camisa y llevárselo hasta los mismos infiernos. En la casa la madre lo notaba jadeando y sabía que no era debido a la carrera a campo travieza. Seguro que ese hombre hizo los mismos cuentos tenebrosos de siempre, susurraba para que el esposo la oyera.
Había dos historias que el niño prefería escuchar en la voz del gordito. La primera estaba relacionada con una familia que tenía un niño como de su edad y que de repente había comenzado a enflaquecer y a ponerse pálido y los médicos no atinaban con la enfermedad. Hasta que algo misterioso e invisible comenzó a verter tierra podrida y yerbas sucias en el plato de su comida y entonces el niño comenzaba a gritar y se paraba de la mesa y no había Dios que lo hiciera probar comida. Los padres no podían hacer absolutamente nada y sabían que su hijo acabaría por morir de hambre y de miedo. Entonces Lliye pidió a los padres que lo dejaran actuar. Así que se puso detrás del taburete del niño, lo cubrió con su cuerpo y puso un saco de yute vacío sobre el plato y lo apretó con fuerza. Ahora, demonios de mierda, traten de ensuciar la comida del niño, ordenó embrutecido, mirando hacia el techo de la casa. Cinco minutos después, cuando quitó el saco, la comida estaba cubierta por las mismas inmundicias de siempre. El padre del niño le dijo que solo le quedaba la esperanza de que un curandero pudiera hacer algo.Cuando el niño estaba a punto de morir llegó el santero y pidió que lo dejaran solo en la mesa. Lliye decía que era un hombre blanco, de mediana edad y el niño Ferrer Puro casi que lo podía ver haciendo sus trabajos sobre la mesa en donde el chico dañado no podía comer. Lliye solo contaba que disponía de un recipiente donde ponía sus cosas, que se transportaba hacia otros mundos y que hablaba solo en un idioma que nadie entendía. Porque el hombre había pedido que le dejaron solo pero permitía que le observaran a la distancia. En algún momento el hombre pidió que le trajeran al niño, que lo sentaran a la mesa y que le sirvieran la comida, Según Lliye el niño obedeció en calma, ahora sin su cara de terror y cuando fue a tomar la cuchara el santero le dijo "no, espera". El hombre observó el caballete del techo, pronunció unas pocas palabras ininteligibles y dijo "nunca más viertas basura en la comida de este niño". Cuando el santero ordenó al niño que comenzara a comer, el casi cadáver que era el niño a estas alturas, dio cuenta de tres platos rebosantes de alimentos y terminó sonriendo como si fuera el ser vivo mas feliz del mundo. Entonces el hombre de la magia santa pidió a todos los asistentes al sortilegio que se retiraran excepto a los padres del niño y a Lliye Lara. En verdad desean saber quién es la persona que le echó el daño al niño, preguntó. Por supuesto, corearon los padres. Dice Lliye que él se erizó porque estaba seguro que en cualquier momento el santero haría venir al culpable a su presencia.La puerta del patio se abrió y penetró un hombre cabizbajo, vecino del barrio, y comenzó a lloriquear, pidiendo perdón. Comoquiera que la salud recobrada del niño era mas importante que el castigo al ofensor los padres se conformaron con el arrepentimiento y el santero salió colmado de regalos, sin cobrar un solo centavo "porque los santeros de verdad trabajan gratis". Lo hizo por envidia, sentenciaba Lliye. Cuando la madre le servía la comida al niño que escuchaba historias, el niño se encogía de hombros y esperaba un ratico antes de atacar los alimentos. Por si las moscas.
La segunda historia tenía que ver con un par de gemelos poco mayores que él. Eran los únicos hijos de un matrimonio joven y un buen día los niños comenzaron a desaparecer de su lado, atados fuertemente con coyundas usadas en los frontiles de bueyes u otras sogas y elevados, como por arte de magia negra y depositados en la copa de un gran árbol de anoncillo que había en la arboleda de la casa.Lo mas curioso era que cuando el padre o alguien dispuesto a ayudarlo subía al arbol los niños estaban muy asustados pero sin lastimaduras. Llegados al suelo continuaban su vida como si nada les hubiera pasado hasta que la fuerza sobrenatural regresabaa para subirlos otra vez, atados, hasta la copa del anoncillo. La historia se repetía hasta cuatro veces al día y no importaba el sitio en que estuvieran protegidos los niños: la fuerza los encontraba, los sacaba del refugio, los ataba y los ponía en el lugar de siempre. Decía Lliye que la familia gastó todo su plata en los mejores santeros del país y en supuestos especialistas en Ciencias Ocultas hasta que los niños comenzaron a temer y perdieron el apetito y se la pasaban llorando entre ascención y bajada del anoncillo. Entonces Lliye, que recordaba su fracaso con el niño de la comida sucia, pensó que tenía que probar de nuevo con este otro caso, claramente la obra maestra de un santero genial. Así que pidió a los padres que si lo dejaban hacer una prueba. Los padres no lo conocían porque vivían muy lejos y él solo había ido al lugar porque la noticia había alcanzado categoría mundial.Los padres aceptaban cualquier intento de solución de cualquier persona que deseara colaborar. Lliye preguntó la hora de la tarde en que generalmente los niños eran izados por la fuerza sobrehumana. Se apareció a la hora que le dijeron.Traía cuatro mecates de amarrar barcos al muelle, cuatro sogas de atar bueyes en los pastizales y cuatro coyundas de frontiles.Seleccionó de entre el gentío a dos de los muchachos más fuertes y les pidió que lo ataran hasta casi reventarlo, con los cuatro mecates, al gran tronco del anoncillo. Los muchachos lo hicieron. Después les ordenó que ataran a los niños a su cuerpo, uno a cada lado y los amarraran con las sogas que quedaran, igual con toda la fuerza de que dispusieran. Los jóvenes lo hicieron. Apenas respirando, esperó. Los niños estaban atados muy fuerte pero de manera que la apretazón no interfiriera sus acciones biológicas. Una media hora después Lliye comenzó a sentir como que las sogas se aflojaban y que los niños se estaban separando de su cuerpo. Enseguida todo era un amasijo de sogas a sus pies y el par de gemelos, silenciosos y tristes, ascendiendo como cada día hasta la copa del anoncillo en donde se quedarían para toda la vida si alguien no subía para bajarlos. Lliye se ofreció para hacerlo en el mismo instante en que un hombre muy delgado y casi cadavérico se separó del gentío que asistió al ensogamiento. Aunque no lo crean, puedo subir por ellos, aseguró. Lo dejaron hacer. Cuando les entregó los niños a sus padres, la gente vio que el hombre seguía delgado pero vio también que su rostro estaba adiante. Tienen cinco días para mudarse de esta casa. No pasará nada más con sus niños durante ese tiempo. Pero si amanecen aquí al sexto día ya no habrá nada que hacer. Tienen un daño echado en el mar, expresó. Lliye se quedó los cinco días en un varaentierra que había en la casa solo para certificar la predicción de aquel hombre misterioso que no dijo una palabra de más. La noche del quinto día los padres quemaron la casa y cuando no quedaban mas que cenizas se marcharon para la casa de sus padres. Cuando Lliye se marchaba el niño estaba días enteros sin mirar a las sogas de su padre y apenas observaba la copa de la gran mata de mamey colorado. Por suerte soy hijo único, se decía, sin sospechar que estaba pensando con su gen Ferrer.
De modo que cuando su padre dijo "que no creía en esas cosas" pero que estaba dispuesto a secundar la petición de Quetta el niño tenía una idea mas o menos elaborada de lo que era un santero, de lo que podía o no podía lograr con sus magias embotijadas y pensó que él sí creía un poco en las cosas que contaba Lliye Lara pero su padre era su padre y evidentemene debía tener más razón que el hermano de Mary Lara. El santero que Lliye sugirió era un pariente suyo y se dijo que venía con un acompañante. El niño de Laniña y del Hombre de la Ciénaga recordaría para toda la vida la noche en que el santero pariente de Lliye y su acompañante sacaron la botija en donde estaba el "daño" que le habían echado a Kike y prometieron que Kike se pondría bien desde el mismo instante en que Quetta pagara los emolumentos que pedía el santo por su trabajo.
Pero el niño solo recordaría una pocas escenas del sortilegio santeril porque era demasiado pequeño, todavía estaba en la escuela primaria y sus padres le habían ordenado que no se moviera de la casa de sus abuelos. Sus recuerdos intactos estarían bien firmes a través de los comentarios posteriores de la noche y de los días que siguieron.
Para la época en que los santeros hicieron el trabajo que sanaría de por vida a Kike el paisaje y la historia de La Vega y de Platero 'había cambiado mucho. La parte de las fincas que quedaba en la ribera oriental del río estaba en el barrio de Platero. Aunque todavía existía la cerca en donde el Hombre de la Ciénaga se topó con la calabaza envelada que haría que Baro Gómez se cagara debajo de su machete ya no existía el bosque tupido de ocujes y de eucaliptos porque las tierras habían sido arrazadas para convertirlas en tierras de cultivo y quienes las habitaban eran otros dueños y hasta se decía que ya ni el adorable fantasma de Min Lara se aparecia en las noches del trópico. Tampoco existía el Camino Real como no fuera en tramos muy cortos porque la Revolución había concluido la carretera que la Compañía de Mendoza había comenzado en tiempos de la Tiranía de Fulgencia Batista y que unía a las ciudades de Caibarién y de Yaguajay. Automóviles, ómnibus y camiones habían sustituido a las carretas y a los carretones tirados por bueyes y caballos que ahora solo se empleaban en los trabajos de las fincas. La palma real que le había servido al Hombre de la Ciénaga para cruzar sobre el río con el cuerpo desmadejado de Baro ahora era un puente potente desde donde se podía mirar la corriente diáfana del río embiajacado en los días de verano. Unos sesenta metros al oeste de la casa de los abuelos estaba la hermosa casa de tejas francesas, paredes de tablas aserradas y piso de cemento que había edificado el gran carpintero Pepe cuando las autoridades le entregaron todos los materiales necesarios para levantarla porque la carretera pasaba por el sitio exacto en donde estaba su bohío clásico.Allí crecían los hijos de su tía Celia con los que el niño jugaba a los balines debajo del ateje y se mecía en las hamacas de sogas que el carpintero hacía con su exactitud proverbial y colgaba de las ramas menos frágiles. Para entonces las tierras dedicadas al cultivo de la caña de azúcar se habían reducido a favor de la producción de alimentos y los potreros de crianza animal y al sur de la casa familiar había crecido un guayabal tan portentoso que era capaz de producir tanta fruta que la abuela decidió comercializarla con toda razón porque el dinero ingresado serviría, años después, para la construcción de la nueva casa que estaba diseñando el chapucero Tony el Isleño. Eran los primeros años de la Revolución de Fidel Castro y los guajiros estaban "estrenando" tierras de su propiedad, cortesía de la Ley de Reforma Agraria promulgada por las nuevas autoridades. El Hombre de la Ciénaga también estaba de estreno pero aseguraba que la diferencia entre el General Carrillo, Fermín Braceras y los nuevos "arrendatarios" que habían entregado una propiedad condicionada, era "muy poca" e insistía en lo que dijo en la terraza sur de la casa de Gocéndez el dia 2 de Enero de 1959 "esto es comunismo y será una mierda".
La construcción de la carretera obligó al Hombre de la Ciénaga y a Neno, el hermano menor que le ayudaba en la administración de la finca, a levantar una cerca de alambre de púas entre la vía y la casa. La cerca giraba al sur muy cerca de la casa de Celia y en los metros finales, antes de hacer el ángulo de noventa grados, había una puerta de entrada, ramatada por dos madres gruesas de madera redonda. Del otro lado estaba la finca que ahora administraba Mikel y había un campo de caña recién cortado con los troncos a flor de tierra. Entre el guayabal y la casa había seis matas de mango, una mata de coco indio, una ceiba, una mata de granada y el pozo, sin brocal y con grandes solapas, cubierto con un piso de tablas de palma que dejaba un cuadrado abierto para lanzar el cubo atado con una soga hasta el manto acuífero.
Como ocurría en las historias de Lliye la vecindad se fue agolpando para no perderse ni un segundo del trabajo que harían los dos curanderos. Acababa de oscurecer y el niño oyó que el padre dijo a uno de los hombres que él le indicaría el lugar "que más frecuentaba Kike" y que por supuesto "no tenía miedo alguno en pararse allí". Cuando el niño intentó seguirlo el padre le dijo "que de eso nada, que se quedara en casa con Laniña". Así que el niño se quedó cabizbajo y casi llorando y se apoyó en el lado oriente de la puerta que daba a la carretera y miró para el sector occidental de la sala en donde había una mesa contra la pared sur cubierta con un mantel oscuro y con algunos recéptaculos encima. Detrás podía ver el borde superior de dos taburetes. El niño pensaba que aquel sería el sitio en donde en algún momento los curanderos harían el resumen del caso. Fuera del entorno del niño estaba ocurriendo que el Hombre de la Ciénaga llevó a los santeros hasta la madre oriental de la puerta de entrada y les dijo que ese era el lugar en donde Kike siempre se recostaba como si una fuerza especial le obligara a hacerlo y cuando se iba lo hacía hacia el guayabal y terminaba metiéndose en el rancho donde dormía. Todavía Kike no echaba sus discursos encendidos de oratoria limpia ni había inventado las leyes que le harían famoso entre algunos miembros de la familia. Uno de los hombres pidió una barreta y cuando se la entregaron comenzó a escarbar en el tronco de la madre de madera. El otro hombre le pidió al Hombre de la Ciénaga que se alejara un poco. Muy pronto sacó del hueco que había abierto una botija negra muy parecida a una tinaja chica y dijo que "ya lo tenían" y que ahora su compañero debía hacer una "demostración de invulnerabilidad" sobre los troncos recién cortados del cañaveral de Mikel. Así que su socio se quitó la camisa y se tendió en el suelo y comenzó a rodar despavorido sobre los troncos que hincaban como clavos afilados sin proferir una sola queja, apostrofando al malvado "que había qierido matar al pobre Kike con un daño tan poderoso". Los vecinos no podían asumir aquel gesto de valentía suprema y se sentían impotentes porque no les parecía que fuera un truco. Alguien dijo en voz baja "que seguro andaba con un pulóver muy grueso de color carne". El hombre se puso la camisa sobre su tórax impoluto y pidió al Hombre de la Cienaga y a los asistentes al acto que lo siguieran hasta la casa. El niño, que se había movido de la puerta para estirar los pies, escuchó el barullo de la gente que llegaba y retornó a su sitio. Ya el par de santeros estaban sentados en sus taburetes detrás de la mesa y manipulaban los ingredientes que estaban en el recipiente. Tenían los rostros como embadurnados de aceite, con los ojos saltones y al niño le pareció que tenían fiebre. Pensó que en cualquier momento los hombres darían por cerrado el caso, certificarían la sanación de Kike y preguntarían si la familia quería saber quién era el culpable. Pero ello no ocurrió. Porque los hombres dijeron que deseaban ir hasta la puerta del rancho de Kike y hablarle un momento para que todos vieran como se había producido el milagro de su curación. De modo que se levantaron de sus asientos, pasaron al comedor y salieron por la puerta oriental. Había luna llena y podia verse al gentío como si fueran las doce meridiano. El niño no tuvo permiso para asistir a los toques en la puerta del tío loco que al parecer acababa de entrar en el mundo de los hombres cuerdos. Al otro día el niño oyó decir que dentro del recipiente que tenían los santeros sobre la mesa habían vaciado la botija encontrada en la madre oriental de la puerta de la que habían salido pelos humanos, puntillas oxidadas, frutas secas, piedras negras, patas de sapos, crestas de gallo, caracoles grises y rabos de lagartijas asi como un polvo muy tenue que nadie supo de donde provenía y un pedazo de tela gastada que los hombres dijeron era de una prenda de Kike que el malechor había robado y que Quetta no pudo descubrir en su memoria de madre lastimada. También oyó decir que cuando los santeros llegaron a la puerta del rancho de Kike tocaron suavemente y dijeron "Kike, ya estás bien, levántate y sal a celebrar con toda tu familia y tus amigos, vamos Kike". Del otro lado el silencio era la única respuesta. Está dormido, dijo alguien. Tal vez, volvamos a llamarlo, dijo el santero mayor.La petición se repitió tres veces hasta que el santero menor dijo que, al parecer, Kike tenía un sueño muy profundo y eso era señal de que la placidez de la curación estaba colmándolo de felicidad. Inmediatamente después de haber pronunciado la palabra felicidad un golpe descomunal estuvo a punto de desprender la puerta desde adentro. Los santeros dieron un paso atrás. La familia y los vecinos no se inmutaron. Kike, vamos, sal a celebrar, ya estás muy bien, todos te estamos esperando, dijeron a coro los santeros. Cuando Kike abrió la boca fue para ladrar "váyanse al coño de su madre hijos de puta si salgo será para retorcerles el pezcuezo maricones de mierda salgan de la puerta o ya verán si estoy bien, hijos de puta". Los hombres no insistieron. Regresaron a sus asientos, seguidos de quienes les habían acompañado al rancho de Kike. Hemos tenido que realizar un trabajo muy duro porque se trata de unos de los daños más fuertes que hemos sacado, así que pensamos que el hermano Kike tal vez demorará uno o dos días en regresar al mundo de los hombres sanos, profetizó el santero mayor. Tras sus palabras hubo un silencio de claustro. El Hombre de la Ciénaga y Quetta sabían qué estaban esperando los hombres recomendados por Lliye Lara. Ella no estaba muy convencida de preguntar "cuánto se les debe señores" porque Kike había quedado igual y no sabía qué pasaría en los próximos tres días. Así que miró al Hombre de la Ciénaga. Que no dijo nada porque este era un asunto de su madre y no deseaba interferir. Cuánto se les debe señores, dijo Quetta. "Bueno, señora, hemos consultado a nuestro santo y dice que son 175 pesos". Quetta se quedó pasmada pero no lo dio a entender. Se necesitaban veinte días recogiendo guayabas para ahorrar esa cantidad de dinero. Como el comunismo, una mierda, pensó el Hombre de la Ciénaga. "Esperen un momento". Quetta entró a su cuarto. Regresó con un fajo de billetes.Se los entregó. Gracias, dijo. Los hombres se pararon de sus taburetes, la abrazaron y cuando fueron a estrechar la mano del Hombre de la Ciénaga este no estaba a su lado. 175 pesos de la época era una pequeña fortuna. Kuka, que era católica practicante ese año, se paró ante el altar cuando todos se habían ido y dijo "espero que se trate de otros santos".Tony el Carpintero se preparó su caldero de gofio en el fogón de leña y después prendió la pipa. No creía que hubiera sido un buen negocio contratar a dos farsantes sin haber pedido antes su opinión. En realidad, Kike había nacido cuando Manny se trataba en La Habana su cáncer de labio y ni el ni Kuka se parecía al resto de la familia. Pensaba que se merecía al menos una consulta.
Kike murió pocos años después de una enfermedad pulmonar sin haber podido superar sus problemas neurológicos. Para entonces el niño del Hombre de la Ciénaga había crecido y era un adolescente y aunque seguía escuchando las historias de Lliye en la casa de Mikel ya no temía volver a su casa en la oscuridad y poco a poco le fue perdiendo el respeto a sus relatos. Todo el mundo decía que los santeros habían venido "avisados" de los acontecimientos en casa de los González Ferrer y todas las carreteras conducían a Lliye pero nadie se atrevió jamás a acusarlo. Para entonces el adolescente sabía - de nuevo por boca de los primos de su padre - que en una ocasión en que Kike amenazó a Tony el Carpintero con matarlo de una pedrada el isleño había expresado "ay hijo, no digas eso" y que había dicho "hijo" de una manera que no se prestaba a equivocaciones. Un día el adolescente le preguntó a su madre que si había algo de verdad en lo que se decía sobre el verdadero padre de los tíos más jóvenes y Laniña solo había esbozado una sonrisa y le dijo que no se debía hablar de esas cosas.
Cuando Queta murió Tony el Carpintero decidió regresar a las Islas Canarias. Quería morir allí. Kuka se encargó de arreglar todos sus papeles migratorios y hasta el mismo día de su muerte estuvo en contacto con sus familiares en las Islas. Con los familiares de Tony el Carpintero. Y con los suyos propios?.
Para esa época ya el hijo del Hombre de la Ciénaga - que en verdad sabía mucho de algunas cosas pero que todavía no había podido estudiar ni hacer periodismo - tenía suficiente dominio de la santería cubana y de todos los anexos que la rodean. Ya había leído a Don Fernando Ortiz. Posiblemente fue el único que supo que los curanderos no curarían al tio Kike porque ya Lliye lo había dicho en el comedor de la casa de su hermana "los curanderos que cobran no curan". Posiblemente los que hacen el trabajo gratis, de corazón, no curan tampoco. Pero entonces habría que entrar en terrenos de la fe.
Y ese es otro tema.
Glosario mínimo.
-Chucho.... Edificación en donde se pesaba la caña de azúcar, elevada desde las carretas con cadenas de hierro.. A partir de él comenzaba la línea de ferrocarril.
-Ingenio....Fábrica de azúcar. También se conoce como central azucarero.
-Moños....Cabellos.
-Pítcher....Lazador en el juego de beisbol.
-Frontiles.... Obejeto confeccionado con piel y cualquier material amortiguador que se coloca en la cabeza del buey para sujetar el yugo sobre sus pescuezos. Tiene una ranura para que pase la coyunda.
-Mecates....Sogas muy resistentes.
-Barreta....Estaca de hierro que se usa para cavar hollos o apisonar piedras en las madres de madera de las cercas,
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Abril 13 del 2014. ( 1 ).
( 1 ). Siempre escribo Westchester sin s y sin t porque así es como me gusta la palabra. Sin embargo es erróneo. Porque vivo en el Oeste del Gran Miami y por tanto debía de escribir "west"chester. No ocurrirá más.
qué interesante se lee a los orishas desde la distancia y lo de Gabo te ha quedado genial...imposible dejar de hacer un breve comentario...
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