Cuando salgo de casa a las seis y cuarto de la mañana la calle está vacía, las casas están cerradas y los montones de autos parqueados en sus frontis. Esta mañana una señora madura se despedía, desde su auto, de otra, mayor que ella, que estaba en la puerta de la reja que da a la acera. Esperaron a que yo pasara entre ambas. Por entre los espejismos del amanecer oí que la señora del auto dijo "no creo que pase de hoy".
Ya usted sabe que he consumido toda su obra: cuando digo toda entiéndalo en el sentido exacto de la palabra. Que he leído o visto una parte inmensa de las entrevistas que ha dado, Que he sido un perseguidor insaciable de noticias que lo incluyen. Que me quedo con las ganas de lo que le faltó a Vivir para contarlo y que me muero porque Merche abra el baúl de sus inéditos más temprano que tarde.
Ya usted sabe que he escrito cosas sobre usted y sus colegas en este Blog, que me he conmovido ante sus achaques de viejo hermoso con alas enormes, que me mataba el miedo porque la muerte quería incluirlo en sus postales de mierda y yo me rebelaba ante su estúpida cantaleta de crónicas de muertes anunciadas. Yo temía abrir los noticieros de Internet y escuchar la radio porque no me gustaba el alta médica que le habían dado en esa vaina de hospital donde ni siquiera los enfermos podían amar en los tiempos del cólera. Yo andaba temiendo de los relojes porque desde que usted ingresó allí solo daban malas horas como si una perenne hojarasca levitara sobre el otoño del patriarca y sobre el laberinto del general.
Sabe usted cómo me he enterado de su partida, Maestro?. Mientras me preparaba para mirar en ESPN el show de Faitelson en el alero de las siete de la tarde el presentador abrió con algunas palabras que me sonaban como salidas de una pluma genial y la verdad no me gustó para nada que él lo citara en un programa deportivo porque ello no me parecía de muy buen augurio. Sepa usted que me estremecí. Y por supuesto, eran unas palabras suyas - de usted - con inflexión final descendente en donde me enteraba de que usted se había marchado mientras convalecía en su casa de Ciudad México. Así que me fui a CNN Español y claro, Maestro, todo estaba detenido en su persona. Desde Bogotá y desde Aracataca, desde el Df y desde los alrededores de su casa - acordonada para el respeto - compacta de sus seguidores arribando bajo el aguacero detenido de Macondo, cargados de flores amarillas como las mariposas de Mauricio Babilonia en la ruleta de sus preferencias.
Entonces me he sentado frente a mi PC. Pero sabe usted muy bien que no puedo decir nada especial. Usted me conoce, Soy malo para escribir de la grandeza. De la grandeza grande. De la grandeza única. No le despido porque esta su partida no es otra cosa que una artimaña suya para pernoctar en los sitios de la magia. Qué diría Ursula Iguarán, Maestro. O los Coroneles. Cuando se cumpla un año de este Abril intentaré hacer un homenaje a su viaje por los senderos de los sueños. Verá usted que cien años después de este hoy maldito estará usted tan vigente que la palabra soledad apenas será un algoritmo en las mentes de los viajeros galácticos.
Un abrazo, Maestro. Buen viaje. Y permita que me vaya a las páginas de El País, donde con toda seguridad usted ya se habrá adueñado de todos los espacios y estará levitando en las plumas de quienes saben mucho mas que yo de usted. De verdad, aunque usted no lo crea.
Westchester, Miami, USA.
Luis Eme Glez.
Abril 17 del 2014.
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