Saturday, November 23, 2013

EL HOMBRE DE LA CIENAGA.-


Tomado de Grandes Nostalgias.


El hombre salió de la casa de sus padres y como siempre no dijo para donde iba. Tenía casi treinta años y estaba soltero. Cuando alcanzó el camino salpicado por el fango de los aguaceros de Mayo era casi de noche.El cielo está estrellado, así que esta noche no lloverá, pensó. Diez minutos más tarde llegó hasta donde  el Camino Semirreal tenía un afluente que nacía en el monte del alero sur del valle. El hombre se desvió y antes de empujar la puerta de madera con tablones cruzados y alambres tejidos se ajustó las polainas para que el pantalón de caqui quedara debajo de sus bordes inferiores y no se enfangara o salpicara con la tierra encharcada del pantano. También mejoró la disposición de la camisa de Dril 100 debajo del cinto de piel de buey y se recolocó el Jipijapa sobra la mata de pelo moreno de su cabeza joven. Decidió que estaba presentable para sus amigos y sonrió al pensar que esta noche no era un pretendiente en busca de mujeres disponibles. A sus espaldas el almácigo gigante danzaba de hojas anochecidas y sus ramas hirsutas golpeaban la parte superior de la puerta de la cerca. Más al norte el Camino Real reptaba sobre las tierras altas en las faldas del pichón de monte pero por allí no vivia nadie.
El camino serpenteaba por entre eucaliptos desconumales, ocujes portentosos, atejes frutecidos y palmas reales enseñoreadas del paisaje. El hombre no veía casi nada pues el enjambre de estrellas se había ofuscado ante el empuje de las nubes grises presagiadoras de la tormenta de época. En algún lugar el cielo debe estar empedrado y eso quiere decir suelo mojado, calibró el hombre. Que ahora  caminaba levantando las botas avellanadas, sorteando las yaguas caídas la tarde anterior y apoyando sus manos curtidas en los troncos de los árboles recios. Los pájaros cantaban con notas lúgrubes y el croar de las ranas parecía el sonido de un tambor tocado por dedos inexpertos. Voy a mojarme de todas maneras, decidió el hombre. Cuando pisó el objeto cilíndrico y sintió el jadeo hambriento de la fiera apuró el paso porque tanto como desear evitar el chaparrón no quería ser confundido con una gallina trasnochada en la mente del majá. Al final del bosque el pantano se convertía en un gran potrero de yerba exhuberante salpicado de limoneros y anonales y mangales  bajo cuya sombra y entre cuyos espacios pastaba el ganado del viejo resabioso amigo de su padre. Para entonces la noche estaba tan cerrada como cofre de senorita y no se veía ni la palma de la mano. El hombre acarició la vaina del machete Colling que colgaba del lado derecho de su cintura y pensó si no hubiera sido preferible desacabezar al majá. Para los hombres de su tiempo portar un machete envainado era como para los hombres de Lejano Oeste portar un revólver enfundado.
El hombre jugó dominó con los hijos del viejo resabioso y con los amigos que habían llegado por las otras veredas del pantano, conversó sobre lo bueno que se presentaba el tiempo para la siembre del arroz en Junio y aceptó que las mazorcas de maíz ese año parecerían tarros de buey entre los sacos de yute. Cuando el sobrino del hacedor de carbón vegetal dijo que había oído en la radio que la guerra habia terminado el hombre expresó que la noticia era buena para los pueblos de los países beligerantes pero que estaba seguro la cuota azucarera dispuesta por Estados Unidos para Cuba tocaría su fin y eso era una mala noticia para las arcas nacionales.Una de las hijas le miró embelezada y le preguntó que por qué sabía tanto de tantas cosas. Yo no sé nada, hija, quien sabrá mucho será el muchacho cuando llegue a ser periodista. La mujer sabía que se refería a su futuro hijo y aunque se mordió los labios mientras miraba sus ojos glaucos supo que ella no sería la madre.
Para cuando el hombre de la ciénaga penetró el bosque del valle desde el sur ya llevaba prendido el Paratagás y solo la llama de su corniza significaba la luz que negaba la noche plúmbea y solapada. A veces podía adivinar el humo ascendiendo por entre los troncos de los árboles hasta sus copas y se le antojaba que en medio de su fantasmagoría azul grisácea vagaba el precioso fantasma de Min Lara cubierto por las llamas del suicidio, desnudo y crepitante, corriendo a pasto travieza, oliendo a habitación tapiada en la tarde fatal. El hombre sospechaba quien había sido el galán que le llevó a rociarse alcohol de tienda y prenderse fuego pero no pasó de la elucubración.La vida de la bella Min siempre había sido un misterio y su muerte lo seguiría siendo.
El hombre apretó el cabo del machete cuando calculó que caminaba por el sitio en que había pisoteado al majá pero como no percibió indicios del reptil lo soltó para seguir sujetándose de los árboles en la oscuridad. El ruido de sus botas al chapotear en los charcos parecía el sonido que hacían las bostas de Tumbaga y Sinsonte cuando evacuaban delante del arado. Como el trillo se elevaba unos centímetros  sobre el nivel de la ciénaga poco antes de toparse con el Camino Semirreal los charcos se espaciaron y pudo caminar sin el apoyo de los árboles.
El hombre levantó la cabeza. Le pareció oir el trote de una yegua en dirección este. No reconoció sus pisadas en el camino encharcado pero compacto. De pronto desde las ramas medias del almácigo comenzó a descender una cosa iluminada en tres de sus partes. Descendía lentamente. El hombre no tenía miedo. Los hombres de la ciénaga no conocen de temores porque el miedo es cosa de los hombres de la ciudad. De modo que siguió caminando como si el almácigo centenario no fuera portador de una luz extraña al borde de la media noche. Se dijo que no podía ser el fantasma de Min Lara porque ya se le había aparecido pocos minutos antes ni mucho menos una de esas  estrellas desprendidas de sus bases en el cielo infinito, capaces de desplazarse a velocidad incalculable y que había oído decir en alguna parte que se llamaban estrellas fugaces. El hombre extrajo su reloj de bolsillo del estuche de piel de chivo que llevaba atado del cinto sobre la vaina del machete y prendió un fósforo. No llega ni a la media noche, se dijo, así que no puede ser un muerto.
Pocos metros antes de llegar a la puerta de la cerca la bola estaba a la altura de su sombrero y se mecía como una naranja pendular gigante iluminada desde tres sitios diferentes en su interior. El hombre estuvo seguro de que se trataba de  una calabaza agujereada a manera de un par de ojos y una gran boca abierta con tres velas encendidas, suspendida de una soga. Cuando el hombre de la ciénaga decidió seguir su camino y apartar la cosa con su mano zurda para abrir la puerta no estaba pensando en nada especial. Para él la aparición  era como esas nubes del atardecer que miraba desde los muslos de su padre en el portal con taburete cuando era niño y que simulaban figuras en el cielo o como una penca de coco balanceándose en medio del temporal. En el instante justo en que puso su mano izquierda sobre el soporte derecho de la cerca para levantar con la derecha el lazo de alambre que la mantenía cerrada sintió la garra en su pantorrilla derecha. Parecía que lo hubiera mordido un gato cimarrón o un cocodrilo despistado en los pantanos. Pero la garra no le hería: solo lo sujetaba con mucha fuerza. El hombre pensó en estas posibilidades en una microfracción de segundos porque la mano que iba a levantar el lazo de alambre para abrir la puerta bajó hasta el cabo del machete, lo extrajo con velocidad inusitada y lanzó el tajo hacia el sitio en donde debía estar el resto de la garra que atenazaba su pierna.
El hombre sintió que había cortado limpiamente una superficie suave y decidió rematar a machetazos. Pero entonces eschuchó la voz balbuceante y nerviosa, una antivoz como salida de una garganta colapsada. Rafael, me cortaste la cabeza. El hombre de la ciénaga reconoció la voz de su mejor amigo, detuvo el próximo tajo del Colling y cogió la calabaza y la acercó al cuerpo de Baro Gómez que estaba desmadejado sobre la yerba, con una pizca de respiración entrecortada y tan blanco como una sábana sin estrenar. Dónde está tu sombrero, Baro. No sé Rafael, debe  de estar por ahí. Bueno,  parece que no te corté la cabeza. Disculpa la broma, amigo mío.
El hombre de la ciénaga encontró el sombrero de Baro debajo de sus nalgas. Lo acercó a la calabaza envelada. No está cagado, dijo. Baro esbozó una sonrisa de muerto. Usas un sombrero sin copa, preguntó el hombre de la ciénaga. Le extendió el Jipe. Baro lo miró. Tenía unos jirones de cabellos castaños pegados al borde cortado de la piel. Baro se desmayó. Rafael cortó el mecate  y lo envolvió en la calabaza. Caminó unos metros hacia el bosque y lo tiró en una charca infectada de guayacones que formaba parte del arrolluelo Cañada del Mojón.
Poco después de la una de la madrugada Baro no había regresado del desmayo y el hombre de la ciénaga decidió llevárselo al hombro hasta su casa. Cogió el pedazo cercenado de la copa del Jipijapa y se lo echó en el bolsillo de la camisa. Se colocó el  resto del sombrero debajo del suyo y le metió los brazos debajo del cuerpo. Lo levantó como si lo estuviera haciendo el Abuelo Vito, como si fuera un saco de frijoles mal envasado y lo puso sobre su hombro derecho. Comenzó a caminar hacia el Camino Semirreal. Los brazos de Baro golpeaban su barriga con el balanceo y su cabeza parecía un gran péndulo de reloj de pantano marcando una hora falsa. 
La lluvia comenzó a desplomarse poco antes de llegar al río. El río estaba repleto en el misterio de la primavera. Había una palma real tendida entre sus extremos y un pasamanos de madera sujetado por altas pértigas clavadas en el lecho. El aguacero era torrencial ahora y los relámpagos sorprendieron delante de la metralla de los truenos de Mayo. El agua que chorreaba el cuerpo encorvado de Baro sobre el cuerpo  del hombre de la ciénaga era mucho más fría e intolerable que la vertida por las nubes porfiadas.Si Kuka me pudiera ver ahora mismo me recordaría que me lo había advertido, que esto es el Apocalipsis y una muestra de que estamos viviendo los tiempos del fin, caviló el hombre de la ciénaga mientras se preparaba para poner el zapato izquierdo en la punta occidental de la palma, acomodarse el cuerpo de Baro sobre su hombro y sujetarse del pasamanos con la mano libre.
Quinientos metros al este estaba la casa paterna. En el patio sur había un rancho dormitorio donde tenía una hamaca de sacos de yute y dos coyundas de bueyes para sujetarla de los horcones. Recordó que también había un telón de trillar frijoles y cinco sacos con algodón de ceiba que atesoraba su madre para rellenar almohadas. No había toallas pero consideraba que Baro Gómez no regresaría de su sirimba de Mayo hasta bien entrado el día siguiente. También había una máquina de coser Singer que Triana acababa de reparar y en donde su madre podría pegar la copa del sombrero si él lo quisiera aunque solo fuera para recordar para toda la vida la noche en que su mejor amigo le había cortado la cabeza a la vera de una calabaza agujereada y encendida en el alero de la Ciénaga.(1).



(1) El hombre de la ciénaga es mi padre y el relato es real. Baro Gómez murió en los Estados Unidos antes que mi padre.

Glosario mínimo.

-Polainas....Cubierta de piel que se coloca sobre las patas el pantalón, a partir de los zapatos hasta la altura de las rodillas para evitar golpes, cortadas y suciedad. Pueden ser atadas con cordones o con broches metálicos.
-Yagua....Parte de la penca de guano, acanalada y de color verde cuando está adherida a la parte alta de la palma real. Cuando madura cae y arrastra con ella a la penca.
-Coyunda.... Soga ligera que se usa para atar los frontiles de los bueyes en la parte frontal de sus cabezas.

Wechester, Miami, USA.
Luis Eme Glez.
Noviembre 23 del 2013.




1 comment:

  1. Muy buena imagen,,,descripción clara. De lugares hasta casi se siente el frío de la época final inesperado, hay amigos cuidados con las bromas,,,,que suelen ser peligrosas. Entretenido y ameno.

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