El director de cine Phillip Kauffman - La insoportable brevedad del ser - siempre estuvo interesado en filmar algún Heminway. Había visto cada una de las películas filmadas a partir de sus grandes novelas e incluso había visto series de relación. Stacey Keach lo había deslumbrado en la miniserie Heminway. Le gustaba todo lo que tuviera que ver con el grandulón de Oak Park mas allá de los elencos elegidos para dar vida a sus infinitas falsas ficciones. Cuando vio El viejo y el mar, tanto como por el despiadado tiburón tratando de comerse a la gran aguja que había capturado un viejo pescador de Cojímar, Cuba, después de muchos meses sin lograr una picada decente en la Corriente del Golfo, se interesó por el nombre del país, tan cercano a la geografía norteamericana. Entonces supo de los tantos años que el escritor había vivido en Finca Vigía, San Francisco de Paula, un poblado discreto en las afueras de La Habana Oriental y en donde había parido algunas de sus obras imperecederas. Kauffman sabía que la vida del hombre Heminway daba para varios largometrajes y que la trayectoria del hombre escritor daba para otros tantos. Hasta que se topó con un nombre de mujer entre aguacatales, cocoteros y gatos magníficos en los interiores y patios de la casona habanera. La impronta de la escritora y periodista de temas bélicos, Martha Gellhorn en la vida del mito estadounidense del siglo XX, daba para un filme espectacular. Cuando creyó que había terminado de investigar la relación que los había unido y separado en una batalla imperial de egos superpuestos leyó lo que le habían escrito Jerry Stahl y Bárbara Turner, se tomó media botella de Havana Club y ordenó comenzar con el casting. Corría el año 2012 y la Cadena de Televisión HBO se comprometió a financiar el proyecto de excelencia que le había pedido.
Heminway y Gellhorn cuenta con un elenco de lujo. Kauffman necesitó de casi tres horas para regalarnos un mosaico histórico imprescindible en donde los amantes son protagonistas en medio de la Guerra Civil Española en el Madrid de los años treinta. Cuando les saca de contexto es para llevarlos a donde su presencia es incuestionable o sembrarlos en Finca Vigía para la desazón y los resquemores de un par de genios que necesitan de sus espacios sagrados. Posiblemente el filme no cuente nada especial que no hayan plasmado historiadores e investigadores acerca del período histórico que conmovió a la humanidad desde los incipientes ensayos fascistas contra la República Española o especialistas en la vida y en la obra del escritor. Ciertamente tampoco puede darse crédito absoluto a cada una de las situaciones expuestas pues estamos en presencia de la visión de un hombre con directrices pautadas. No obstante es un gran trabajo que vale la pena ver aunque algunas actuaciones nos resulten caricaturescas y forzadas.Clive Owen es Heminway a partir de 1936. Nikole Kidman es Gellhorn. Vi la película hace tres días y me fascinó. Por un monton de motivos. Porque la fascinación es otra cosa.
Cada uno de los personajes que aparecen en las trincheres españolas y en la batalla por Madrid me son muy bien conocidos. He leído toda la obra de Heminway, visto casi todas las películas que se han realizado sobre sus libros y me he despachado montones de biografías y estudios críticos sobre su vida y su obra. A veces me he sentido un ser perfectamente heminwayano e incluso en mis años de preuniversitario, después de haber despotricado contra El viejo y el mar - vociferador desmotivado y en plena capacidad de desconocimiento absoluto - traté de imitar sus cuentos magistrales Los asesinos y Allá en Michigan. Lo digo sin remordimientos porque hoy mismo todavía siento que muchas terminaciones "ente" y diálogos reiterativos que escribo - supongo que justificados - son fruto de su influencia. Cada vez que me calzo zapatones altos de puntera alejada pienso en el grandulón de los zapatones grandes al que conocieron y disfrutaron los pescadores de Cojímar y sus amigos en Finca Vigía. Siempre que visité a la Finca cada maullido de los gatos inasibles, cada mecida de las ramas de los aguacates tras el alisio de turno y todo el azul intenso de la Corriente del Golfo visto desde la torre desde donde escribía sus grandes partos orquestales me trajeron reminiscencias de un contador de cosas fabulosas que había tenido el atrevimiento de "aprender a escribir bien" mirando "como el segunda base de un equipo de beisbol capturaba los batazos y enviaba la pelota a primera después de un giro soberbio de tantos grados". Casi un niño Ernest había abandonado el violonchelo y el sueño paterno de ir a la Universidad para reportar deportes desde el Kansas City Star. Eso era demasiado para mí. Entonces leí Fiesta y lo demás vendría como castillo de naipes volcados en la mesa de mis sueños.
De modo que yo sabía que Martha había conocido a Ernst en 1936 en Cayo Hueso, Florida. Allí el escritor tenía una residencia desde donde incursionaba en la Corriente del Golfo en sus faenas obsesivas tras la pesca de la aguja. Martha estaba encandilada con su fama y con sus obras y se lo hizo saber. Parece que Ernest la despidió no sin dejar de prenderse de cierto encanto expelido por la rubia imponente que se estaba destacando en las letras impresas. Se volverían a encontrar en Madrid, 1937. Heminway estaba inserto en la filmación del gran documental La tierra española de la mano del cineasta Jorin Ivens mientras la República se desangraba en la Guerra Civil aupada por la desidia de Francisco Franco y los ensayos primigenios de Adolfo Hitler. Ernest filmaba La tierra española mientras se colocaba del lado republicano y era otro más de los miembros gloriosas de las Brigadas Internacionales que combatían al fascismo debutante.
En el sótano del Hotel Gran Vía había un restorant donde se reunían los intelectuales y residía gran parte del Estado Mayor Internacional de la República. Martha Gellhorn bajó al adorable tugurio auroleada por su fama incipiente. La revista Colliers le había encargado algunos textos sobre la guerra en España y ella había aceptado sin comprometerse a dejar la literatura propiamente dicha. En el sótano había un hombre muy grande y muy fuerte que daba largas zancadas al desplazarse y que tenía 38 años. Martha lo "reconoció" enseguida. Era el escritor de Cayo Hueso al que había declarado su fascinacion por su obra. Heminway estaba casado con su segunda esposa, Pauline Pffeifer, vencida ya la memoria por su exhabruto juvenil con Ely Haddley Richardson Y tenía un par de hijos. Pero estaba solo en Madrid y su libido apenas podía contenerse entre la ropa de campaña y el humo de los cigarros y el tufo del alcohol. Las filmaciones in situ y el cuidado por la metralla inclemente necesitaban ser compensados con un amor despiadado y brutal, franco y sin limitaciones. Parecía que para eso, sobre todo, había llegado la rubia despampanante al smog incontrolado del sótano del Gran Vía. Tras unos pocos coqueteos de debutantes e ironías con sabor a futuro Ernest la atrabancó contra una pared y se pegó a sus nalgas portentosas. Cuando Martha sintió la carne en flor y el tallo enhiesto entregó su boca de fruta cautiva y jadeó "puedes tomarme". Dos acoplamientos después eran amantes.
Es a partir de este punto de giro que la película se presenta con un solo protagonista, Heminway - Gellhorn. Y solo se habrán de separar cuando las broncas sean irresolvibles y cada cual tome su propio camino, sea temporal o sea definitivo. Con ella filma, recorre las trincheras, ayuda a los heridos, se toma una botella, elucubra sobre el sentido de la existencia, se relacionan con personajes famosos que dirigen en pos de la República o que son del círculo de Ivens en su madeja documental. Hacen el amor hasta donde la locura se toma por asalto cada acontecer. En Madrid está Robert Kappa, está Jhon Dos Passos, está el General ruso Petrov y el enviado del Kremlin Mijail Kaltsov, está Paco Sarra, está Maxwell Perkins, está Max Eastman y están montones de críticos literarios liberales y aspirantes a corresponsales de guerra. En Madrid pulula un enjambre intelectual arribado de medio mundo que, en tanto lucha contra el fascismo y trata de salvar a la República Española, no pierde tiempo en su afán por pescar en aguas revueltas. Heminway y Gellhorn son la pareja del momento y se la pasan rodeados de una gran pléyade de admiradores y de aduladores entre razzias de la aviación fascista, techos y paredes que colapsan, cuerpos arrastrados debajo de la escoria departamental y los gritos de los heridos y de los moribundos a los que ella socorre a costa de su propia vida y en contra de la postura de Ernest que considera el mejor lugar, el lugar lógico e idóneo, a las trincheras o a los refugios del Gran Vía. Tanta es la disposición y el desprecio por el peligro de Martha que Heminway, pensando en sus amigos de la tauromaquia, le dice, admirado y asombrado, "hombre" y ella solo le sonríe porque se está cansando de ser la segunda en los interiores del hotel y en los campos de batalla. Martha cree que es poseedora de suficiente calibre para ser algo más que la amante bonita de un escritor famoso, cuya fuerza centrípeta parece irresistible.
Heminway le convence de que abandone la literatura como tal y solo se acupe de reportar sobre la guerra pues es lo que de verdad importa en tales momentos. Y si bien es cierto que dijo no para los dueños de Colliers cuando quisieron encasillarla, ahora, enamorada hasta el delirio, dice que está bien, que él tiene la razón. Pero el escritor aspiraba a una chica hermosa que escribiera como una diosa sobre asuntos bélicos, una mujer que no le abandonara jamás, una amante colega que siempre estuviera a su sombra. Martha es la mujer de su cama y es la mujer de su vida, es la mujer reflejo de un sol irredento, piensa. Sin embargo, aunque ha descuidado un poco su libertad individual bajo su encanto abrasivo, a ella todavía le quedan fuerzas para defender sus pautas. Se va a Finlandia para cubrir la invasión soviética. El no puede creerlo. Se va sin él. No le ha abandonado técnicamente. Pero le ha dejado saber que es todavía una bella mujer llamada Martha Gellhorn a la que los hombres no pueden avasallar. Cuando regresa no puede resistirse a su aliento dulzón ni a esas manos enormes que le levantan el vestido y le suben por los muslos, brutalmente cálidas y sabias y que le trituran las nalgas con los dedos de yemas como zaetas y la recuestan contra cualquier pared sin que en ocasiones importen los testigos para sembrarla hasta los tuétanos entre besos transoceánicos y quejidos de fiera desenjaulada. En el año 1940 le propone matrimonio. Tiene doce años menos que él. Acepta el dogal en su cuello helénico. Pero sabe que todo es provisional en esta vida y que un aro enredado en sus dedos es apenas un compromiso local en la ruleta de los enamoramientos inaplazables. Desde entonces y hasta 1945 será la tercera mujer de Ernest Heminway y con él compartirá un viaje a la China de Chou En - Lai y de Chian Kai - Shek que están luchando contra la ocupación japonesa y que durante las entrevistas les envían recados muy diferentes a Eleanor Roosevelt y esposo, cuyo contenido es entregado en la propia Casa Blanca. Con ella compartirá otros viajes profesionales por un mundo que convulciona entre cruces gamadas y saltimbanquis de geopolítica forzada. Ambos, para la época, son tan buenos corresponsales de guerra, tan humanos y tan solidarios, tan amorosamente zoológicos que el mundo se tiende a sus pies y tal parece que aquella "generación perdida" de que se habló en el París Anterior está comenzando a ser la "generación ganada" sin que por ello ciertos vicios tengan que esfumarse del todo. Porque los vicios y los juegos, con el paso del tiempo, solo se controlan. Los hombres y mujeres tienen que resignarse a la secuela del detritus en la ronda de los provenires.
Y una madrugada, cuando Ernest sueña con los toros de San Fermín en la fiesta del cacho y la verónica se enteran de que se ha perdido la República Española y Marta llora por "esta tierra tan linda que hay que preservar a como de lugar" y en la mañana opaca de Madrid parece que Guernica desrenace de sus cenizas sagradas y parece que Picasso dejó de fumar cigarros eternamente reempezados y todo es una plañido doloroso como si todas las catedrales del silencio lanzaran un requiem por las furias. El General de Melilla taconea en la Gran Vía y es como si los Espadones del Imperio se disfrazaran para otra oportunidad en los palacios desde donde se comandará otra versión opaca de nostalgia grandilocuente. Los aviones de Berlín toman el rumbo de Oriente y sus pilotos llevan algunas palabras en clave. El Día D todavía es un algoritmo en la mente de La Coalición. Los esposos regresan a Cuba. A Finca Vigía, donde los empleados se mueren de soledad y las decenas de gatos ya olvidaron a los ratones entre tanta indiferencia por la buena vida y tantas remembranzas por las caricias dulces y los platos exóticos de Papa.
En la Finca Gellhorn languidece. No tiene jugo para escribir ni una mala crónica sobre la guerra lejana y no desea escribir nada sobre la nueva guerra que la incluye entre las paredes de la casona. Heminway sigue escribiendo de pie en su vieja máquina cuando no con sus enormes lápices Número 1, sigue descorchando botellas y continúa compartiendo con sus ecobios cubanos los sones impostados mientras mejora su trago exquisito en las barras del Floridita. Las cuartillas desechadas caen, volando suavemente, en la cesta de los desperdicios que luego ha de recoger por si contienen algo razonable. Martha recorre la casa como tigresa enjaulada y está por rebelarse ante su condición de esposa de un hombre famoso que la cobija sin alternativas y que aún puede satisfacer con creces las necesidades apremiantes de su carne joven. Para cuando Ernest decide artillar a su yate Pilar y se rodea de un grupo de combatientes para cazar submarinos alemanes al norte de la Isla Gellhorn estalla y le dice que está harta de verlo hacer burradas y que se va de la casa. Parece ser el regreso definitivo a la guerra de los egos y parece ser el colapso de una relación tórrida que no puede sobrevivir a la vida de hogar, monótona e improductiva. El amor que los cobija es un amor de metralla y de trincheras. No es un amor diseñado para el silencio y los espacios fronterizados. La guerra se perdió en España - a veces parece pensar "no se perdió, la ganaron otros" - pero necesita ser ganada en el resto de Europa. La guerra ahora se llama Segunda Guerra Mundial y hay más de una nación en peligro de ser absorbida por la bota aria. Heminway no puede creer que su tigresa, siempre en celo, le deje para irse a Europa. Colliers la necesita en los campos de batalla encantando lectores y enardeciendo ánimos cabisbajos. Cuando ella logra abordar un barco de la Cruz Roja, donde ha de viajar como polizonte, ya Heminway le dijo que la revista Colliers lo había contratado. Pero Martha Gellhorn apenas esboza una parodia de asombros. El siente que lo acaba de abandonar y sabe que es la primera mujer que pudo hacerlo. Por suerte, todavía está encadenada a los papeles firmados. Ernest se mira sus zapatones. Martha Gellhorn ha demostrado que es la horma de sus zapatos.
Desde entonces Gellhorn hará todo lo posible por olvidar a su esposo, por borrarlo de sus neuronas prodigiosas. Y casi lo logra. Ernest se convertirá solo en una E cuando su memoria la traicione. El entrampamiento telúrico de los cuerpos no puede colapsar su libertad individual. Tal vez el hombre sí puede ser vencido más allá de la destrucción. Tan cierto puede ser esto que con el pretexto de cubrir la guerra para Colliers, Papa deja todo en orden en la Finca y se va tras ella a las europas convulcionadas por la guerra devastadora. Pero el gigante americano es un ente perfectamente perseguido por las heridas. Mientras convalece en un hospital con la frente destrozada la Gellhorn se entera y acude a su cubículo vestida con la amplia bata de la Cruz Roja. Piensa que anda detrás de un herido más al que debe ayudar aunque sus nalgas se levanten bajo el recuerdo de sus manos sabias y portentosas. Solo que su esposo disfruta de compañía suculenta y ríe a mandíbula descontrolada en medio de las historias que cuenta en tanto hay una mujer rubia, delicada y frágil que le prodiga atenciones implícitas. Desde la puerta el rostro de la chica de Colliers es un poema trunco. No es Pauline reprochándole sus infidelidades y ordenando sacar a los niños para que no asistan a la bronca póstuma. Heminway se olvida de sus acompañantes, se levanta de la cama y tal parece que la venda que cubre su frente se ha convertido en una corona de rey y la sangre que la mancha es un aluvión de testosterona. La esposa lo mira en silencio y desea, por vez postrera, grabarse la imagen del Toro de Michigan tras su piel de melocotón. Creo que he venido para pedirte el divorcio, expresa. Mary Welch continúa arreglando la cama que ha dejado la marca del cuerpo por el que piensa luchar sin treguas hasta el fin de los tiempos. Olvidado de todo y de todos Heminway se lanza tras su rubia. Pero cuando llega a su habitación la puerta está cerrada. Y ni siquiera sus cabezasos contra la madera hacen que ella destrabe sus seguros. Finalmente, Gellhorn llora un llanto resignado y triste, casi impotente, y golpea desde adentro con sus puños y sus antebrazos y se retira. Vete, jadea. Ernest Heminway asume que acaba de ser abandonado, oficialmente, por su mujer. Mary Welch, que también es periodista, se mete las uñas de sus dedos en las palmas, sonríe y musita "yes" con educada voz de cuarta esposa que nadie oye. Ensangrentado, Heminway retorna a la muerte. Ha perdido la batalla de Londres. En 1945 estamparía su rúbrica en un documento que decía "divorcio".
Con esto le basta a Phillip Kauffman. Sin embargo aún nos regala otras pinceladas tal vez innecesarias. Papa comiendo de la mano y de la cuchara de Mary en la casona de Finca Vigía, ausente y manejable, en tanto los gatos se mueren de aburrimiento en todos los alféisares y las hojas se niegan a desprenderse de sus resmas inmemoriales. Papa está padeciendo síntomas inequívocos de Alzheimer y su cuarta esposa lo cuida con pasión de madre. Pero sus dedos, puede percibir desde los meandros de la Nada núbil, no huelen a los dedos de La Mujer. Phillip Kauffman insiste con la tragedia. Heminway, viejo, casi vencido, con la barba crecida y canosa, está sentado en alguna de las salas de la vieja mansión de Ketchum, Idaho. Todavía huele a los jardines y al humo del electroshok de Clínica Mayo. Tiene un rifle en sus manos. Lo mueve y lo acomoda bajo su barbilla. La genética que extrapola los universos del suicidio enrumba su turno de estallidos. Ernest tiene intención de apretar el gatillo.
Gellhorn está acabando de dar una entrevista para un periodista de televisión que no deja de incomodarla. La escena parece copiada del filmeTitanic. Pero no importa. Kauffman sabe lo que hace.Se nota muy vieja y muy ajada, casi indigna. Pero está muy viva. Como si esperara una llamada de Colliers. La llamada que le llega es de un hombre al que coquetea y alerta de que tiene que salir a ganarse la vida. Ya le ha dicho al entrevistador pedante "dejen a ese hombre que murió hace 35 años".
Cuando uno se levanta del sitio en que estuvo compartiendo la propuesta épicoamorosa que nos ha ofertado Kauffman todavía no se pregunta qué fue lo que nos dejó en el paladar. Eso lo hará después, cuando la catarsis haya dado paso a la reflexión. Todo el pedigree de Clive Owen no basta para dar vida a un período sublime en la vida de Heminway. No solo no se parece a él sino que en varias oportunidades hace de sus acciones una simple caricatura del hombre hiperbólico que no puede contar con los dedos de su mano las motivaciones que le competen. Tal vez estemos en presencia de una performance decorosa, no lo voy a negar. Sin embargo quiero destacar su magnífica pose de impotencia cuando la genial actriz de reparto, Molly Parker, le vuelca en cara todas sus infidelidades y comportamientos deshonestos mientras él soporta la andanada lacrimosa como si concediera "ok, Pauline, tienes razón". Tan lejos Clive, caramba, del Rey Arturo del ayer. No me extraña, pues, que cada una de sus nominaciones para los Premios Emy hayan quedado para los archivos clasificados. Y conste que Premios Emy puede ser un valladar o un túnel para acceder a los Oscar.
Nikole Kidman es una rubia prodigiosa que puede darse el lujo de escoger sus papeles en Holliwood y exigir que le muestren el cheque en blanco. Aceptó dar vida a una mujer inmensa y controvertida. Pero los tiempos de Martha eran tiempos de otro tipo de rubias, cuando el glamour se medía con raseros diferentes y los tacones altos no hacían trastabillear a las estrellas. La crítica especializada ha dicho que hizo un papel "generoso y digno". Es una opinión socorrida y quiero traducirla como "no pudo con tanta fuerza dramática". Resulta deshonesto que muchos escritores de farándula quieran hacernos pensar, a la fuerza, en la Tatcher de la Merryl.Pero en el intento la Kidman sale casi airosa. Le vi como Martha cuando está de espaldas y los pantalones le quedan demasiado altos, cuando pelea por última vez con Ernest en Finca Vigía y cuando aborda el barco de la Cruz Roja en La Habana. Algunos momentos de tensión sexual son regios. Pero ella se entregaba con amores de trinchera y Clive no daba para tanto. Desconozco si el maquillaje o el botox infló sus labios pero no me gustó su boca pellizcada como si un áspid de la Sierra de Guadarrama le hubiera picado en un desliz y la Martha contadora de recuerdos bajo el Síndrome de "ese hombre" es un desastre que apenas se salva dos segundos antes del The End. Tampoco pasó nada con sus muchas nominaciones al Emy. Sin embargo, si me permiten expresarme con términos deportivos, considero que Nikole Kidman le dio una soberana paliza a Clive Owen en Heminway y Gellhorn. Deseo verla, ahora, con mis Ojos Cerrados.
Desgraciadamente Robert Duval tiene muy pocos minutos en pantalla y su General Petrov, más que una caricatura, es un remake del Viejo Oeste en picada, cuando las motos Harley Davidson se estaban desayunando a los caballos en la feria del progreso. Robert es otro hombre de El Padrino, tal vez. Pero a estas alturas ha cambiado el aceite de oliva por el jamón serrano adulterado con los químicos de Monsanto.
Aplaudo al Joris Ivens de Lars Ulrich y me inclino definitivamente ante la Madame Shek de Joan Chen. Me inclino, además, ante el set que nos ofreció a la casa de Finca Vigía y sus gatos desapolíneos, la Comandancia Madrileña de los republicanos internacionales, el Pilar artillado listo para la caza de submarinos alemanes y esos escenarios naturales en sepia - adorables tomas de archivo - en donde los españoles que defendían los postulados de la Segunda República morían con la sonrisa en los labios cantando coplas y tomando vinos de pacotilla mientras Franco cartografiaba España para el oprobio mediático. Me queda un golpe de manos. Para Jhon Donne. Por haber dado a Ernest Heminway el pie para un título de colección. Por quién doblan las campanas.
Casi tres horas después me digo "gracias HBO por esta joya a medio pulir". Y como no tengo zapatones que ponerme ni estoy en Madrid ni estoy en Finca Vigía ni tengo ninguna rubia con quien discutir me pregunto si valdría la pena decir algunas cosas agregadas sobre Ernest Heminway que trasvasen las fronteras de la película que Phillip Kauffman se atrevió a afrecernos.
Y me digo "claro que sí".Cuando uno se levanta del sitio en que estuvo compartiendo la propuesta épicoamorosa que nos ha ofertado Kauffman todavía no se pregunta qué fue lo que nos dejó en el paladar. Eso lo hará después, cuando la catarsis haya dado paso a la reflexión. Todo el pedigree de Clive Owen no basta para dar vida a un período sublime en la vida de Heminway. No solo no se parece a él sino que en varias oportunidades hace de sus acciones una simple caricatura del hombre hiperbólico que no puede contar con los dedos de su mano las motivaciones que le competen. Tal vez estemos en presencia de una performance decorosa, no lo voy a negar. Sin embargo quiero destacar su magnífica pose de impotencia cuando la genial actriz de reparto, Molly Parker, le vuelca en cara todas sus infidelidades y comportamientos deshonestos mientras él soporta la andanada lacrimosa como si concediera "ok, Pauline, tienes razón". Tan lejos Clive, caramba, del Rey Arturo del ayer. No me extraña, pues, que cada una de sus nominaciones para los Premios Emy hayan quedado para los archivos clasificados. Y conste que Premios Emy puede ser un valladar o un túnel para acceder a los Oscar.
Nikole Kidman es una rubia prodigiosa que puede darse el lujo de escoger sus papeles en Holliwood y exigir que le muestren el cheque en blanco. Aceptó dar vida a una mujer inmensa y controvertida. Pero los tiempos de Martha eran tiempos de otro tipo de rubias, cuando el glamour se medía con raseros diferentes y los tacones altos no hacían trastabillear a las estrellas. La crítica especializada ha dicho que hizo un papel "generoso y digno". Es una opinión socorrida y quiero traducirla como "no pudo con tanta fuerza dramática". Resulta deshonesto que muchos escritores de farándula quieran hacernos pensar, a la fuerza, en la Tatcher de la Merryl.Pero en el intento la Kidman sale casi airosa. Le vi como Martha cuando está de espaldas y los pantalones le quedan demasiado altos, cuando pelea por última vez con Ernest en Finca Vigía y cuando aborda el barco de la Cruz Roja en La Habana. Algunos momentos de tensión sexual son regios. Pero ella se entregaba con amores de trinchera y Clive no daba para tanto. Desconozco si el maquillaje o el botox infló sus labios pero no me gustó su boca pellizcada como si un áspid de la Sierra de Guadarrama le hubiera picado en un desliz y la Martha contadora de recuerdos bajo el Síndrome de "ese hombre" es un desastre que apenas se salva dos segundos antes del The End. Tampoco pasó nada con sus muchas nominaciones al Emy. Sin embargo, si me permiten expresarme con términos deportivos, considero que Nikole Kidman le dio una soberana paliza a Clive Owen en Heminway y Gellhorn. Deseo verla, ahora, con mis Ojos Cerrados.
Desgraciadamente Robert Duval tiene muy pocos minutos en pantalla y su General Petrov, más que una caricatura, es un remake del Viejo Oeste en picada, cuando las motos Harley Davidson se estaban desayunando a los caballos en la feria del progreso. Robert es otro hombre de El Padrino, tal vez. Pero a estas alturas ha cambiado el aceite de oliva por el jamón serrano adulterado con los químicos de Monsanto.
Aplaudo al Joris Ivens de Lars Ulrich y me inclino definitivamente ante la Madame Shek de Joan Chen. Me inclino, además, ante el set que nos ofreció a la casa de Finca Vigía y sus gatos desapolíneos, la Comandancia Madrileña de los republicanos internacionales, el Pilar artillado listo para la caza de submarinos alemanes y esos escenarios naturales en sepia - adorables tomas de archivo - en donde los españoles que defendían los postulados de la Segunda República morían con la sonrisa en los labios cantando coplas y tomando vinos de pacotilla mientras Franco cartografiaba España para el oprobio mediático. Me queda un golpe de manos. Para Jhon Donne. Por haber dado a Ernest Heminway el pie para un título de colección. Por quién doblan las campanas.
Casi tres horas después me digo "gracias HBO por esta joya a medio pulir". Y como no tengo zapatones que ponerme ni estoy en Madrid ni estoy en Finca Vigía ni tengo ninguna rubia con quien discutir me pregunto si valdría la pena decir algunas cosas agregadas sobre Ernest Heminway que trasvasen las fronteras de la película que Phillip Kauffman se atrevió a afrecernos.
Pero no lo haré. Por lo menos ahora.
Enero 5 del 2013.
Wechester, Miami, USA.
Luis Eme Glez.
Ya sabes, querido, no escribo desde mi Notebook porque "no me da la gana darme de alta". Solo te digo que esto es lo mejor que hay en tu Blog en cuanto a comentarios. Nada má
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