Tuesday, October 9, 2012

OSARIOS.- ( H )

El Taxi nos estaba esperando en la mañana bochornosa del Día Después. Se levantó de su asiento y salió a saludarnos. Estamos empezando ya, dijo, con la suficiencia del que hace lo que puede y quiere porque es el Jefe y porque el destinatario de su acción es un viejo amigo de los tiempos gloriosos. Vamos, le pidió a un hombre con razgos centroamericanos y mirada ausente que asintió con la cabeza y dijo algo con dificultad por debajo de sus ojos brillosos. El tipo nos siguió hasta desviarse al Sur mientras caminábamos el breve espacio hasta el osario de mi padre entre las tumbas que, allí, eran muy sobrias. Había algunos panteones baratos y la yerba crecida jugaba sin disciplina entre el cemento distorcionado.
El osario de mi papá estaba en la pared Este y era el segundo en orden ascendente. Por supuesto que no tenía placa identificatoria y como todos descansaba en silencio entre sus colores sin rumbo y las hojas vivas de los árboles raquíticos. Cómo estarán esos restos, Dios mío, pensé. Más de veintiocho años sin una sola visita, sin un solo ramo de flores, sin un aseo mínimo de entorno, sin un crédito. Me conformé hasta  donde me fue posible al pensar en mi memoria ocupada a tiempo completo y en las pocas cosas que había ejecutado para el homenaje póstumo. Porque por suerte, el descanso eterno de los muertos está mas allá de toda alegoría tradicional. Mientras esperábamos por el hombre que se ocuparía de destapiar el osario me di cuenta de qué seguía inerme, como anesteciado, sin reacción alguna ante los misterios de la vida y de la muerte. Solo deseaba, profundamente, que aquello se abriera, observarlo para asegurarme de que estaba ocupado y caminar después hasta el osario de mi madre. Mi hermana se sentó sobre la corniza de un panteón olvidado al Oeste del osario. El hombre de la voz trunca y la mirada rosa llegó con una mandarrita y preguntó "dónde". Le indiqué. El Taxi nos dejó para regresar a su oficina, absolutamente seguro de que quedábamos en buenas manos. Nos miró como si expresara "cualquier cosa me avisan, a sus órdenes".
La tapa del osario es un cuadrado de ladrillos y una capa dura de cemento sin repellar. Y solo se sabe de cual se trata por el número que la identifica. De lo contrario parecería una pared muy larga rematando el Oriente del Cementerio. El hombre comenzó a golpear en silencio. Sabíamos que andaba con un mínimo de alcohol en su sangre. Sin embargo no le había dado tanta importancia al hecho. El trabajo de sepulturero es, quizás, demasiado atípico, y los hombres que lo ejecutan necesitan sentirse vivos entre tanta muerte permanente. Había asumido con resignación la brevedad de su sangre intoxicada y lo estaba dejando hacer. Hasta que levantó la cabeza y habló. "Este es mi trabajo, yo sé lo que estoy haciendo, les terminaré el trabajo, lo haré todo". Hablaba como los borrachos de las películas mexicanas de la Nostalgia. Casi con acento. Madre mía, pensé. Tery me miró. Con toda evidencia, la acción de bajar la cabeza para comenzar a destapiar el osario le había inundado de alcohol el cerebro y los efectos no demoraron en manifestarse. Gracias, hermano, dije, continúa y después vas para el otro osario, tú haces solo el trabajo de albañilería. El hombre se inclinó de nuevo con la mandarria en su mano inquieta. No, continuó, yo sé lo que hago, les haré todo lo que quieran, déjenmelo a mí, conozco mi pincha, caballeros, tranquilos. Otra vez se detuvo sin que la pared hubiera cedido. Comencé a inquietarme. Tery me miró de nuevo como si quisiera recordarme que sabía  que ya yo no era el hombre de la no violencia de la juventud, que las tantas vicisitudes en medio de los aconteceres de la Historia me habían vuelto duro y bruto y casi un animal sediento de golpes y de sangre. Traté de calmarla con la mirada leve de mis ojos todavía medio soñadores. Hermano, siga abriendo el osario, por favor, acabe y vaya para el otro, repetí.
Entre golpes de mandarria, tropezones y la eterna cacofonía del yoísmo exacervado por el alcohol el hombre, al fin, dejó los restos de mi padre expuestos. Se separó hasta el borde de la yerba. Ya está, dijo. Gracias, dijimos. Tery se me juntó. Miramos al interior del hueco de concreto que había custodiado a los huesos de mi padre desde 1986. Por supuesto que ya no había coberturas sintéticas. Solo un amasijo de huesos disminuidos de color sepia sobre el piso de cemento, polvo entre residuos, cabellos con tonos liláceos, un breve montículo desordenado como si alguien los hubiera dispuesto para una fogata ritual a la media noche. Nos separamos al unísono. Ambos estábamos pensando en que mirábamos a los ascendientes de nuestros propios huesos en otro siglo y en que ahora los colores verdozos que había percibido mi tío en el XX se habían mutado sepia terrozo. Gracias, hermano, repetí, ahora vamos para el osario de mi mamá.
El hombre se movió para acercarse al osario abierto. "No, primero terminamos aquí, déjenmelo todo, yo se los hago, tranquilos, a ver, déjenme solo". Será posible, me dije. Comencé a temblar. Tery no lo podía creer. Me situé a su diestra. Escúchame, le dije bajo y calmado, te estoy tratando de decir que tu trabajo solo se limita a la albañilería, ya terminaste, gracias, mil gracias, ahora nos vamos al otro osario, haces lo mismo, después esperas y tapas de nuevo y asunto concluido, ok. Todavía yo desconocía que estaba hablando con otro tipo de tapia. Así qué el sepulturero repitió la misma letanía, técnicamente borracho y trató de estirar su mano hasta los huesos sagrados. No, grité, no, cojones, no toques esos huesos, coño. El tipo me miró sin haber asimilado la orden y estaba empezando a prepararse otra vez para el discurso de la jactancia etílica. Le pedí que regresara hacia la yerba, al lado de mi hermana. Tery estaba sintiendo asco. No percibíamos el aliento del hombre, ciertamente, pero sabíamos que estaba en el ambiente. De alguna manera lo hizo. Mi plan era premiarlo con una propina después de haber sellado el trabajo. Pero me adelanté. Tenía cinco chavitos disponibles a mano y se los tendí. "Gracias, compadre, de verdad muy agradecido, vamos para el osario de mi mamá". El hombre miró el billete "fuerte" nacional y lo agarró como si tratara de que nadie pudiera arrebatárselo, como si fueran los restos de sus padres.
Parece que es un craso error dar una propina a un hombre de sepulturas y mandarrias. Sobre todo si está borracho como una uva adaptada a climas tropicales. Porque me dio la impresión de  que el hombre calculó que yo estaba tratando de comprar el servicio al que me había negado hasta la saciedad. De modo que ponchó la tecla y recomenzó con su monólogo. Me mordí los labios y cerré los puños. Generalmente los latinos no golpeamos a los borrachos. Por ningún motivo. Específicamente los cubanos. Se trataba de una escena digna del cine. Hice no con la cabeza y Tery me miró  otra vez, amenazándome al estilo de "no te vuelvas loco, Taty". Cuando nos dimos cuenta el hombre estaba a unos pocos centímetros del osario, listo para comenzar la limpieza de los restos. Logré interceptarlo. "Desconozco si eres sordo o anormal, no creo estés tan curdado para mostrarte tan estúpido, es la última vez que te digo lo que te he dicho un millón de veces". Así que le tiré mi discurso redundante de hombre cuerdo e inmiscuido  en una acción sacra. El hombre, sin trastabillear ahora, regresó a la yerba. Tery estaba mirando por si había alguien cercano al que pedir ayuda. No queríamos que el Taxi se enterara de aquella escena. Como en todo cementerio, la soledad es protagonista. No era, por demás, día de entierros ni de fieles difuntos y nadie estaba recorriendo el sitio ni poniendo flores. El compañero del hombre trabajaría lejos de allí, pensamos. El sol de Agosto continuaba descomponiendo a la mañana.
Calmado, esperaba a que el hombre tomara la delantera y pudiéramos dejar el lugar. Equivocado. Con velocidad espantosa me evadió y trepó a la pequeña acera que separa la yerba de los osarios y recomenzó su perorata. A duras penas logré interponerme entre sus manos y el hueco. A esas alturas estaba al tope de mi paciencia y en la frontera en donde uno desconoce los vericuetos de la razón. Tery lo advirtió. Sin tocar al hombre logré regresarlo a la yerba. Desde lejos le grité oye, compadre, si te atreves a  tocar solo un milímetro de los huesos de mi padre te juro que te mato sin contemplación. Y repetí, pausado y separando la sílabas, me o ís te te ma to. No estaba apostrofando al imbécil en sentido figurado. En ese mismo instante dejó de ser un borracho para convertirse en un hombre profanador de tumbas. Así que vamos, ordené, y no jodas más. Mi voz había llegado hasta la oficina del  Taxi. Se vino. Le expliqué. Parece que el Taxi se acordó de los buenos tiempos y de las tantas bromas de borrachos con personas vivas y dijo algo en relación con las cosas que dicen y hacen aquellos. Traté de obviar su comentario. Era nuevo en esta plaza de cadáveres y hacía mucho tiempo  no nos veíamos y nos estaba permitiendo algo especial. Trató de llevarse a su obrero. No pudo. Su presencia le envalentonó. Pero esta vez sus palabras llegaban desde la yerba. Hablé mas alto, con tono furioso y me moví al Oeste. Tery comenzó a gritar y a pedirme que dejara eso, que me calmara. El Taxi alcanzó conciencia del momento y sujetó al hombre que nada mas insistía en que él podía hacer el trabajo porque lo conocía mejor que nadie. Si se acerca lo mato, te lo aseguro, exclamé. Tery volvió a increparme y a pedirme ecuanimidad en medio de su desespero. Di dos pasos hacia el hombre. Es que quieres más dinero, es eso, le encaré. El hombre hizo silencio. No es mi estilo y reaccioné a tiempo. No dije nada mas en ese sentido. El Taxi se lo llevó y esperamos a que estuvieran suficientemente lejos para que no nos viera si volvía la vista. La calma me había regresado al alma. Estaba arrepentido de mi pregunta. Pero había sido pronunciada y tendría que convivir con ella.
Miramos al osario abierto como si le dijéramos que solo nos despedíamos de él un minuto y nos dispusimos a seguirlos. Tres pasos después el hombre volvió su mirada y caminó hasta nosotros. No creas que te tengo miedo, exclamó. Blandía la mandarria. Lo dijo como si se tratara de un hombre cuerdo acabado de ser ofendido. Tery me apretó el codo. "Muy bien, así somos los cubanos, nadie le tiene miedo a nadie, correcto, ahora vamos a ver si logramos abrir el otro osario". El Taxi vino por él y se lo llevó.
Caminamos unos metros al Sur para doblar al Este. Un breve camino de gravilla separaba un par de muros con osarios. Había una claridad de  luna nueva allí y se respiraba cierta calma de mesa de operaciones. Me parecio que caminábamos por una calle blanca de una de esas ciudades blancas andaluzas del Mediterráneo. El hombre iba delante, en silencio, con la mandarria en la mano. Su intento de ofenderme era mayor pero se me antojaba que también cargaba con mi cuota de ofensor. Trate de olvidar. Muy pronto ubicamos el osario de mi madre y el hombre comenzó con la rutina de los mandarriazos en la puerta numerada. El Taxi no se había ido.
Ahora el trabajo fue mas fácil y el cemento cedió enseguida. Veintiséis años atrás los materiales de construcción pasaban por mejor momento, decidí. El hombre debió golpear las esquinas del osario para que pudiera caber la caja metálica. La depositó en el piso de grava. Esperábamos en silencio. Me percaté de nuevo que vivía insensible a las cosas que suponía me sacarían de estados estacionarios. El hombre sacó la tapa. Entre esta y sobre los huesos habían dos piezas de ropa. Una blusa amarillonaranja suave y resquisios de algo negro. Para mí era mi madre. Su foto en el féretro que atesoraba en Miami no me decía nada ahora ante sus restos sagrados. No pensaba en los estragos del tiempo. Me agaché mientras Tery y el Taxi hacían un silencio total. Halé la blusa sin tocar los huesos. Después halé el género negro desde la esquina Este y  extraje una porción. En ese instante no me parecieron tejidos sin edad. Los restos de mi madre llevaban guardados ocho años. Tery se acercó y se inclinó sobre la caja. Para entonces me había percatado de que estos huesos no tenían la pátina de los de mi padre. Tery se había percatado de otra cosa.
Esa no es mami, dijo.

Octubre del 2012.
Wechester, Miami, South West, USA.
Luis Eme Glez.

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