Cuando el chico del triciclo dobló en la gasolinera - esquina Zayas con Máximo Gómez - hacia el Sur yo estaba buscando a las Torres Petronas y no descartaba la posibilidad de toparme con Sakiry el Malayo en la segunda circunvalación. La ciudad está llena de esos vehículos de corte asiático. Han podido sustituir a los carretones tirados por caballos en proporción notable. La ventaja, más que la comodidad aparente de viajar sentado sobre un cojín para dos y evitar las deposiciones de los animales, está dada por el agradecimiento de las calles. Los cascos de los cuadrúpedos han cambiado la sensación del asfalto. El neumático parece otro sendero al ahorro. Por cierto los pasajes son stándar y en verdad no resultan tan onerosos. Los tricicleros cobran en los anacrónicos pesos cubanos aún cuando no descartan recibir sus pagos en cualquiera de las monedas añoradas. Muchachos con músculos de relojero han visto dispararse sus biceps y los vericuetos flácidos de sus muslos después de tanto pedaleo y ditirambos por las esquinas de un pueblo vacío de vehículos a motor. Frente al Cementerio había un tipo joven todavía, cetrino, con el pelo largo a los Barry White y un sombrero de guano. Estaba sudado y no necesité hacer mi teatro post doce años por si no me reconocieran. Era el ex marido de una prima segunda, profesional solvente que nunca había acudido a sus títulos universitarios socorridos pues meroliqueba con cuanta cosa comprable y vendible existiera al Este de la esquilmada Viña del Señor. Solo cuido las "formas laborales", Luis, mantengo la "otro" aunque en menor escala, pero se escapa, de verdad, me dijo tras contarme qué "ahora" se ocupaba del hornato paisajístico de Caibarién. Parecía un semiparia de Bombay pero asumí que tampoco estaba en la India triciclera y entramos al Cementerio. El fantasma de Hover Lovecraft se enseñoreaba sobre las cruces de las bóvedas sin que los silbidos de la media noche adelantada entorpecieran su vagar con rumbo.
Mientras caminábamos hacia la oficina del Administrador observaba la arquitectura de los panteones. Recordaba que mi padre había sido depositado a la izquierda del sendero principal que ahora, ampliado después de la gesta de los muertos internacionalistas del Africa Negra, llevaba hasta bien entrado el Oriente, en donde un Mausoleo de Período Especial se estaba descomponiendo entre la yerba de Agosto. Me preguntaba en qué lugar estarían los restos de mi madre. Fuera de la acción de la pátina del tiempo sobre losas, esculturas y nomenclaturas el Cementerio estaba idéntico a la época en la que lo frecuentaba con asiduidad. Doblamos al Norte. Había alguien dentro de la oficina del Administrador. No preguntaría luego pero de entrada me dio la impresión de que en mis tiempos estaba en otro lugar. Era un local muy sobrio: una mesa, dos sillones ligeros y los estantes. No tenía ventanas y la calle del frente urgía de un toque de macadam. El muchacho que comandaba el control de la Casa de los Muertos andaba de gorra barata, camisa standarizada a cuadros azules y lo saludamos. Así qué eres tú, hermano, el hombre que dirige esto. Yo mismo, gran Fumero. Nos saludamos y llegamos al abrazo. También era amigo de mi hermana. Creo que en sus tiempos de profesor de Secundaria la había tenido entre sus alumnas. El Taxi administraba allí casi que de paso. Llevaba muy poco tiempo y todavía estaba aprendiendo el manejo de los libros de asentamientos. Esto no me gusta, hermano, pero es lo que hay de momento, ninguna pincha da para nada, tú sabes, en cualquier instante me retiro del juego. Me pareció que se sentía cansado en medio de la resignación coyuntural que galopa la Patria pero no dije ni opiné nada. Ya no era un contestario: apenas era un cubano con Residencia en Estados Unidos que estaba de visita. Mi credencial decía "cuidado, no hables más allá de lo normal". Además, había pasado de los cincuenta años y cada vez caía en menos errores de concepto peregrinos. Le dijimos a lo que veníamos. Dentro del Cementerio no sentía nada especial y en verdad deseaba sentir el agobio por la sangre compartida colapsada. Oh, el cerebro, madre mía, padre mío. Cómo lo siento.
Sin mucha oratoria profesional Taxi nos dijo que lo qué queríamos hacer necesitaba de ciertos permisos oficiales porque se trataba de abrir osarios ubicados permanentemente en sus sitios sagrados. Pero como éramos sus amigos no necesitaba de comprobar honorabilidades suficientemente conocidas y que además, consideraba mi petición "especial" por las circunstancias expuestas. Hagásmolo, dijo. Mi hermana había aceptado mi plan. Vale decir, extraer los restos de mi padre, asearlos y depositarlos en la caja metálica. En caso de que los de mi madre cupieran allí, hacer lo mismo y juntarlos. Después pondríamos flores en el momento en que yo lo decidiera. Me pregunté si no hubiera sido posible traer un ramo de flores desde Miami, de la Compañía. En verdad mi interés estaba dado por ver en dónde estaba mi mamá y no pensaba remover sus restos pues conocía que estaban en su caja desde que el exmarido de Tery había hecho la diligencia. Recordé que ella me había comentado en alguna de sus cartas "de eso sí le estaré agradecida eternamente". Porque tampoco había estado con él durante el traslado de los huesos hacia su osario definitivo. Pero El Taxi dijo algo muy razonable.
Hagamos lo siguiente, Fumero. Juntemos los restos en la cajita de tu mamá y en caso de que no cupieran pues hechamos lo que faltara en el nylon que traen ustedes y lo colocamos sobre aquella. Consideró que cabían perfectamente en el breve nicho. Nos pareció genial la idea y dijimos que sí. Entonces pasamos a los números que identificaban los osarios. Mis papeles estaban en Ciudad México y con ellos estaba el número del osario de mi padre. No sé por qué había asumido que su osario era el 18 o al menos un número que contuviera esos dígitos. Falso. Se trataba de un número parecido cuando Taxi lo encontró en en libraco de asentamientos. No era importante. Siempre ando con los detalles que pueden ser traicionados por la memoria, por muy fotográfica que pueda resultar la mía. Casi que maldije otra vez a Cecy Domínguez por haber faltado a su palabra con mis cosas quedadas en su casa a raíz de mi aventura Paso de la Frontera. Tery tenía los números en la casa pero cuando Taxi encontró el del osario de mi mamá a ella le pareció que tenía otro número en su agenda. Era muy temprano pero el calor de Agosto nos apabuyaba dentro de la oficina y cuando Tery habló de ir a la casa por el número que ella creía tener recordamos que se dependía de carretones o triciclos para el viaje y Taxi expresó que por qué no lo dejábamos para mañana si de todas formas yo acababa de llegar y el tiempo sobraba. Nos pareció razonable. El era mi amigo y no deseaba dar un escándalo del tipo "de eso nada, ahora mismo o de lo contrario veamos a las autoridades y expliquemos por qué tengo que hacerlo". Inspiré la calma que me faltaba, me acomodé en el asiento y entonces recordamos algunas de los eventos que habían marcado nuestra hermosa época de Preuniversitario en Remedios. Citamos nombres y no pude recordar al de aquel amigo que había muerto muy joven y que era de su año. Taxi andaba dos cursos detrás de mí. Nunca me gustó decirle Taxi y se lo recordé. Se echó a reír. Jorge Luis Torna, para servirle. Ok, salvaje, mañana temprano estaremos aquí.
Cuando salimos a la calle interior había un hombre de unos cuarenta años descansando sobre un saliente de bóveda. Tenía razgos centroamericanos y en ellos el cansancio chantado de los cubanos de hoy. Me pareció que sus ojos brillaban con ese brillo ausente de los que se dan un trago de vez en cuando. Otro hombre mas joven se acercaba desde el Sur. Son trabajadores del Cementerio, uno de ellos hará el trabajo mañana, decidí. Sonreí con otro tipo de cansancio. Trabajadores o sepultureros, me pregunté.
En la carretera estaba todavía el ex marido de la prima pero no nos vio. Desde el Sur se acercaba un carretón tirado por un caballo. Mi hermana le hizo señas. Venía con varios pasajeros pero se detuvo. No le dijo a donde íbamos porque todos iban hacia el Centro. Al Down Town, pensé
Ibamos hacia el Centro para comprar algunas cosas que incluían alimentos. Con chavitos, por supuesto. En la mañana del día de mi cumpleaños.
Octubre 6 del 2012.
Miami, South West,USA.
Luis Eme Glez.
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