Saturday, October 13, 2012

LOS HUESOS TRUCADOS.-( I )

Erguimos nuestros cuerpos y miramos en silencio a la cajita metálica con los huesos que no eran. El sepulturero se recostó contra el muro, ausente. Mi hermana hacía no con su cabeza y en su mirada baja se podía leer toda la seguridad del mundo. Esa no es mami. Conocedor de su gran memoria fotográfica, tantas veces probada,  no tuve dudas. Cómo es que pudo producirse un error tan garrafal y tan grave, me pregunté. Porque no encontrar los restos buscados era un asunto tan serio como lo era el permiso otorgado para abrir el osario. Se trataba de un evento legal de altísima complejidad si es que se llegaba a difundir la noticia hasta las autoridades pertinentes. De todas formas le volví a preguntar que si estaba absolutamente segura. El Taxi hizo lo mismo. Los huesos de la otra, o del otro, casi refulgían de juventud bajo el sol desbordante entre los géneros desconocidos para ella. Enterramos a mami con una blusa especial para la ocasión que estaba sin estrenar. Pero en el caso de que fuera esa aún faltaría el botón superior y ni remotamente se trata de ese vestido negro. Además, la caja metálica tendría que estar pintada de rojo pues le pedí a mi exesposo que le diera óxido de ese color. Estoy segura de que no son sus restos, algo pasó con la persona que asentó el número del osario, dijo.
El Taxi estaba como hipnotizado. Parecía que el asunto se agregaba al del affaire con su trabajador borracho en el osario de mi padre para acabar de fastidiar mi breve estancia en Cuba. No sé que hacer, la verdad, se trata del número de osario que está en los documentos, pensó en voz alta. Le noté apenado. Casos como estos solo se dan en la literatura y en el cine. Las excepciones suelen ser muy dolorosas. Volví a agacharme para mirar la blusa naranja e incluso removí de nuevo el género negro. En ese instante no pensaba en que la oscuridad desoxigenada y el paso del tiempo lo destruían todo dentro de un osario a menos que el depósito fuera muy reciente. Los huesos no estaban patinados. Parecía que alguien los hubiera tratado con ingredientes sublimes. Me pregunté si en realidad hubieran cabido los restos de nuestros padres en una caja tan exacta y si hubieran cabido en un hueco tan exacto con el agregado del nylon sugerido. Me levanté y observé otra vez la mirada de mi hermana centrada en la caja. Tenía razon. No estábamos en presencia de los restos mortales de mi madre. Y acabábamos, por cierto, de profanar el osario de otra persona, lo que de por sí agravaba los acontecimentos.
Cerré los ojos para centrarme en el recuerdo. Tenía un par de fotos en Miami tomadas durante el velorio y la salida del entierro de mi madre. Me parecía que la blusa era de un azul cielo y que la foto estaba tomada hasta casi donde terminaba la pieza.  En un par de segundos volvieron a pasar por mi mente todas las imágenes de aquel ocho de Abril del año 2002. Todas las conversaciones, debo decir. Descansaba en mi pieza de la Fábrica de Cuchuflís localizada en Schiavetti con Santos Dumont en Recoleta después de haber terminado la jornada laboral cuando oigo sonar el timbre del teléfono. Los dueños siempre me lo dejaban instalado  cuando se iban porque sabían que la Señora Invitante me llamaba mucho y además necesitaban contactarme por cualquier necesidad. Tener un teléfono fijo era otra de las ventajas de vivir en aquella covacha convertida en pieza a partir de un cuarto de desahogo en tiempos en que soñar con un celular era pura utopía. Dije "si" con la seguridad de que se trataba de la Poetisa Irreverente, adicta a la conversación con "el cubano" y a la que acababa de conocer en casa de Chilentino. Pero la voz era otra y dijo que tenía una llamada desde Cuba. Quedé helado y no precisamente por el invierno que se anunciaba temprano aquel  año. Siempre le temí a una llamada desde allá. Era imposible que la hicieran por los altísimos costos. De modo que solo se arriesgarían para dar una noticia mala.  Se arriesgaría Tery en todo caso.Y la única noticia mala tendría que estar relacionada con la salud de mi madre. No tuve dudas. Xiomara Treto fue al grano. Taty, tu mamá falleció hoy y aunque Tery no quería que te diera la noticia tuve que hacerlo, comprende. Hice un silencio breve. Dios mío, lo sabía, coño, lo sabía, de qué murió, pregunté hipnotizado. De algo renal, ella te explicará. Ya están en la funeraria. Sí. Llamaré enseguida, gracias. Conformidad, Taty, conformidad. Gracias, Xiomara. Xiomara era compañera de trabajo de mi hermana y una de sus mejores amigas. Poco después Tery tomó la llamada y me pareció que estaba muy tranquila. Dijo que nuestra madre estaba ingresada de rutina en el hospital de Remedios y que le sorprendió una infección renal fulminante contra la que no hubo nada que hacer. Agregó que "no había sufrido" . No me gustó la manera tan comedida en que tomaba su muerte  ni mucho menos la socorrida frase del no sufrimiento pero no dije nada en hora tan lúgubre. Durante las próximas veinticuatro horas llamaría en más de una ocasión para hablar y agradecer la presencia de amigos y familiares. Tanto lo hice que ella me preguntó  si pensaba hablar con todos los presentes. Recuerdo que llegué a decir que regresaba para Cuba tras tanto dolor y que una de mis tías mas cercanas me pidió que no cometiera tal locura y que tenía que resignarme como todo el mundo. Tery, en un aparte de nuestras conversaciones me había dicho "qué quieres, si tenía 82 años". Bien, las mujeres son mas fuertes, he oído decir. Y mejor resignadas, sobre todo si están presentes en acontecimientos terminales. La noche antes ella había conversado con Chilentino al que fui a buscar a su casa para que compartiera mi dolor. Prioricé tres cosas durante mis charlas con Tery. Le pedí que le quitara su prótesis superior porque contenía un trabajito en oro y no había que dejarle pistas a los delincuentes cuyas acciones estaban incluyendo desenterrar cadáveres e ir detrás de los metales refulgentes. Me dijo que ya lo había hecho. Le dije que hiciera todo lo posible por no sepultarla en la tierra y me contestó que también lo había hecho y que le habían conseguido una gaveta en una bóveda propiedad de los masones. Ambos conocíamos el pánico que le tenía a la muerte y sobre todo al hecho de ser cubierta por la tierra cuando ese momento llegara. En casa jamás se habló de la muerte real después del deceso de mi padre y mucho menos de posibles incineraciones. Sabíamos que eran mortales al fin pero la muerte era una cosa que estaba demasiado lejos todavía. Finalmente le pregunté si era posible tomar alguna imagen para el recuerdo. Necesitaba de eso. Me respondió que creía no habría problemas pues Merlyn, nuestra prima segunda, tenía una cámara nueva. Así fue que muy pronto me enviaría dos tomas grandes, muy bien realizadas. En una de ella descansa en el féretro, casi un día después de fallecida y se nota disminuida y apergaminada, con grandes pecas café que no le conocí, demasiado arrugas y casi completamente encanecida. Y con una mirada dura, diría que bordeando al odio desde sus labios cerradísimos y que con el paso de los años se me ha ido haciendo mas normal y mas humana, mas consecuente y mas betífica. La otra foto enseña al carro fúnebre y a los amigos y familiares en el instante de la partida hacia el Cementerio en donde ahora estaba mirando otros huesos después de más de diez años.
El Taxi no sabía qué decir. Parecía que acababa de sufir un golpe bajo. Me dirigí al sepulturero. Gracias, hermano, le dije, ya ves, este no es el osario que buscamos, así que ciérralo que nosotros vamos al otro y cuando acabes aquí vas para allá a ver si terminamos con esto. Seguía apoyado contra la pared y me dio la impresión de que se estaba recuperando de la borrachera. Pero puedo hacer todo el trabajo, no hay problemas, de verdad, dijo. Mi mirada ahora no era de ira. Sonreí con desgano. Gracias, agregué, te esperamos allá. Sentía respeto por todos los osarios pero no podía dejar de asumir que este no era el de mi madre. Cuando llegamos al osario de nuestro padre volví la cabeza. El hombre no nos había seguido. Dame el nylon, por favor, le pedí a Tery. Lo sacó de su bolso de mano. Era una bolsa grande, negra. y se me pareció a las que se usan para recoger la basura en Miami. Noté que tenía un pomo en sus manos. La colonia o el prefume, pensé. Cogí los primeros huesos con mi mano desnuda. Ella me sugirió que no lo hiciera de esa manera. Lo haré así mismo, aseguré. De modo que mi hermana abrió el bolso negro y comencé a limpiar con las manos cada hueso y cuando terminaba lo depositaba en el fondo.  Algunos estaban muy deteriorados y me dije que solo era cuestión de tiempo para que regresaran a su estado "creacionista". No pensaba que se redujeran tanto con el paso del tiempo aún cuando no tuviera rasero de comparación. Tal vez no hubiera podido identificar su condición humana de haber desconocido de qué se trataba. Frente a los restos mortales de cualquier ser vivo uno se pregunta otra y mil veces qué rayos es la condenada vida, qué diablos significa. Y no encuentra respuesta. Mira, su prótesis intacta, dije. Tery asintió con la cabeza. Sus cabellos canosos ahora liláceos, mechones sagrados, agregué. Tery asintió con la cabeza. Cogí una pequeña vértebra entre mis dedos pulgar e índice. Estaba hueca. Mira, le dije, parece que esta fue la perforada por el maldito cáncer.Tery repitió el gesto. Cuando me aseguré de que no quedaba nada sobre el piso del osario, le pedí que vertiera el perfume en el interior de la bolsa. Lo hizo. Le doblé con calma el borde superior, la cerré y la introduje en su espacio de siempre.
Nos dispusimos a esperar al sepulturero para que terminara el trabajo. Pero notamos que se acercaba otro. Me pareció que era su compañero de ayer. Venía preparado. Lo haré yo, dijo, no me toca este trabajo hoy pero siempre es igual, al final terminan clavándome. Evidentemente estaba cuerdo y nos dejó entrever que sabía lo que había pasado unos minutos antes. De todas formas esperamos porque llevara el cierre del osario hasta mas allá de la mitad. Entonces le dimos las gracias y nos marchamos. Hacía un buen trabajo  pero sus ánimos estaban por el suelo. Como el Taxi, seguramente estaría cubriendo este trabajo de manera provisional hasta que la "cosa" mejorara. Y ya se sabe que el trabajo que a uno le gusta no es trabajo.
El obrero de la borrachera en fase terminal estaba desyerbando una tumba cuando regresábamos hacia la oficina del Taxi. Me dirigí hasta él. Tery me miró como si quisiera decirme que no volviera con la misma cantaleta. Tranquila, solo le diré algo, ya está bien, le calmé. El hombre levantó su mirada cansada. Le tendí la mano. Me la apretó. No ha pasado nada, hermano, los cubanos somos así, sin rencores, dije. No hay líos, compadre, cuenten conmigo para lo que quieran, siempre, agregó.
No pensaba hacer nada legal. Creo que no lo hubiera hecho ni aunque el Administrador hubiera sido otro. Tenía muy poco tiempo para estar en Cuba y no hubiera podido soportar otro affaire de relación. Nos sentamos en la Oficina del Taxi.
Veamos cómo resolvemos este asunto, dijo.

Octubre 13 del 2012.
Wechester, Miami, South West, USA,
Luis Eme Glez.



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