Saturday, September 22, 2012

ABRIL 16 DE 1984.-( F )

Mi padre fue diagnosticado de cáncer pulmonar abriendo el año 1984. Hasta entonces yo estaba seguro de que era inmortal. Tenía apenas sesenta y siete años y fuera de algunas limitaciones con su visión parecía el mismo guajiro de los tiempos buenos. El 16 de Abril de aquel año se fue. Recuerdo que, mientras lo llevábamos en el auto de mi primo Pepe Siverio hacia el hospital, encontró el último vestigio de conciencia en su estado terminal y me dijo "quiero morir en la casa". "No vas a morirte, papi, tengo que llevarte allí". Logramos depositarlo en la sección cuarta en un gavetero que estaba al Este del cementerio y después que Pepe despidió el duelo un tío nos regresó en su auto a la casa en la que deseaba morir y fue entonces que pude llorar sin obnubilaciones tendido en mi cama.Al otro día recogimos todo lo que le había pertenecido y lo quemamos detrás del excusado. La gran foto en donde estaba con mi madre y una de sus hermanas la guardamos con toda la hermeticidad de quienes saben que no podrían soportar el más nimio recuerdo visual de un padre acabado de marchar en tiempo falso.
Dos años después las autoridades del Cementerio avisaron que era hora de exhumar los restos de mi padre. Mi tío me lo dijo. Si yo no había tenido valor ni para mirar las fotos de mi padre no me imaginaba tocando sus restos en la gaveta, aseándolos  y guardándolos en una cajita metálica para la eternidad. Había oído decir que todos los deudos iban al cementerio con toda normalidad, perfumaban y entalcaban los huesos y los depositaban en sus cubículos de concreto como si la acción fuera una mas de los rutinarios aconteceres de la vida. Finalmente les ponían flores y ese era el inicio de los aniversarios florecidos en el osario correspondiente. De solo pensar en ello regresaba a los días en que supe que mi padre era perfectamente mortal y se me encogían las vísceras y me sentía como levitando en otra dimensión donde asumía su muerte como algo supranatural e inexplicable. Pedí a Neno que lo hiciera él si podía. Mi tío me dijo que no tenía ningún inconveniente.
Me había pasado dos años elucubrando si estaba bien lo que hacíamos. Porque para mi madre y para mi hermana la encrucijada era la misma. No había llevado flores al cementerio el primer 16 de Abril. No tuve valor. Ni siquiera la radio se prendió jamás aunque solo fuera para hacerle honor a su pasión por los noticieros y los programas de humor. Las fotos de juventud descansaban en algún sitio especial del escaparate del cuarto matrimonial. Porque sus fotos sí que no fueron sacrificadas aquel día posterior a su entierro. Incluso una gran parte de ellas han recorrido medio mundo conmigo y las tengo aquí en los Estados Unidos.
Cuando mi tío regresó de la exhumación me dijo que sus huesos estaban verdosos y que los había echado en una bolsa de naylon antes de depositarlos en su osario. Lo dijo con tristeza.  Mi tío atribuyó el color de sus huesos al consumo de tantos medicamentos históricos para combatir un reumatismo crónico que le había nacido después de haber caído de un caballo en plena juventud. Tras esa noticia estuve semanas en estado de shok y me preguntaba si una bolsa de nylon era suficiente para conservar sus restos para siempre. Si estaba bien así. Mi otro yo me decía que fuera al cementerio, preguntara por la localización del osario, depositara flores sin aniversario, ordenara construir una caja metálica que sustituyera a la bolsa de nylon, hiciera algo normal y standarizado como hacían todos los seres humanos a quienes se le moría un familiar. Sin embargo el yo cotidiano no hacía caso. Nada más pensaba todo el tiempo en la muerte de su padre sin saber qué hacer, a qué atenerse, mientras la hermana y la madre no tocaban el tema jamás, tratando de olvidar y de acostumbrarse a un acto tan repetible en el curso de la vida.
Años mas tarde y cuando ya la radio había vuelto a ocupar su espacio en la casa y vivíamos en la ciudad conversé con un colega de trabajo. En palabras de mis padres, el "barrenillo" no me dejaba vivir prácticamente. Tenía obseción con lo que no había hecho en relación con la muerte de mi padre y con lo que debía hacer pues nunca era tarde para acciones estabilizadoras de conciencias limpias pero dañadas por maneras de ser y de pensar. Ya he dicho que soy agnóstico y por tanto siempre estoy tratando de comprender más y mejor los increíbles vericuetos de la existencia. Mi amigo tenía acceso a la iglesia católica de la ciudad y de una u otra forma podía considerarse un católico moderado sin que ello le llevara a la confesión o a la conversión. Le pedí que ordenara una misa por el alma de mi padre. Por supuesto que la pagué. El diezmo tiene tantas aristas. Lo hice con gusto. Sin embargo tampoco tuve valor para asistir al acto litúrgico. Era la paradoja de mi vida en aquellos tiempos convulsos. Pero al saber que Juan Emerio se había ocupado de mi deseo le dio una magnitud diferente a mi alma. Respiré con una pizca mas de tranquilidad. Se lo dije a mi hermana y a mi madre. Todavía Tery no hablaba de que los muertos deben descansar en paz.
Pero el barrenillo con la muerte de mi padre apenas había bajado sus decibeles. Poco antes de viajar a Chile encontré valor para ir al cementerio. Me reuní con el Administrador. Le conocía de vista pues estaba viviendo los años en que la familia y las amistades envejecían y mis viajes al cementerio se hacían muy constantes. El hombre me dijo que los restos de mi padre estaban en su osario como mismo los había guardado mi tío y que eran sagrados por los siglos de los siglos. Me dio el número de osario y lo anoté. En casa les participé a mi madre y a mi hermana de lo que acababa de hacer y les di una copia del número. Pensé  que era muy probable que los huesos estuvieran a estas alturas desnudos sobre el concreto, sin su cobertura sintética. Me dolió pero me conformé con saber que nada ni nadie podría destapiarlos jamas. A menos que se tratara de mí.
En uno de los e mails para mi hermana desde Miami en donde detallaba los preparativos del viaje a Cuba le decía que la prioridad de mi visita, tanto como verla y conocer al niño, estaba dada por la necesidad imperiosa de  colocar los restos de mi padre en una caja metálica y de ver el osario de mi madre. Miren hasta donde había llegado el barrenillo post muerte de mi padre nacido aquel 16 de Abril de 1984.
Onelito el Galan vino por nosotros sobre las nueve de la mañana. Ya le esperábamos. Tery no dejó que el niño nos acompañara. Cómo va ese dolor, acere, le pregunté. Rabiando, nos dijo. Ok, tranquilo, regresa a tu casa que vamos en cualquier cosa, agregué. Para nada, monten, que esto es mas viejo que andar a pie, ripostó. De modo que partimos al cementerio. Nos habían dicho que en el propio lugar había cajas metálicas vendibles, de modo que no hubo necesidad de mandarla hacer con particulares. Cuando dobló en calle Alonso para tomar Zayas sus muecas eran proverbiales. Fui a pararlo de una vez para que acabara el viaje allí mismo cuando el motor del auto se apagó. Me quedé sin gasolina, musitó. Nos alegramos. Le convencimos de que no intentara nada para conseguirla de urgencia y nos desmontamos.
Se acercaba un bicitaxi. Al cementerio, preguntó Tery.
Andando, dijo el conductor.


Septiembre 22 del 2012.
Wechester, Miami, South West, USA.
Luis Eme Glez.

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