Algunos de los pocos pasajeros que viajarían en el pepino con alas plásticas y hélices liliputienses comenzaron a quejarse desde el pasillo de espera. Pregunté si acaso el piloto se apellidaría Write y los que sabían de historia de la aviación se echaron a reír. No, creo que se llama Mayor del Pino, dijo un gordo con tantos perendeques dadiyánquicos que lo pensé asistente a algún concierto raguetónico extemporáneo en Villa Marista. Los neumáticos de la nave parecían huevos de jicotea y uno estaba desinflado. La barriga portaequipajes casi que tocaba la pista. No podíamos creer que fuéramos a viajar en aquella cosa antediluviana. Bien, señores, no olviden que se trata de un vuelo chárter, dijo alguien. Chárter, repetí, seguro tiene su Base en algún campo de maní de Georgia. Jimmy, gritó una señora, dame la mano que te vas a a caer.
No había túnel postmoderno. De modo que bajamos al concreto y caminamos sobre él como si fuéramos a coger el Camello de la Ciudad Deportiva. La dama mediotiempo no me dejó subir con mi maleta de mano y la deposité en una especie de atril de vendedor de boniatos camagueyanos. Abordamos después de trepar por una escalera muy parecida a esas que deben colocar en los entresuelos del Infierno. Dentro había un par de hileras de asientos, alfombras grises, ventanillas redondas y un espacio muy exiguo. Pero todos aplaudimos con la sensación de que cabíamos bien en este túnel de desague que la Compañía nos había destinado para viajar hasta Cienfuegos. Como pude respirar con normalidad me di cuenta de que teníamos presurización y cuando observé el ajetreo de los aviones en sus pistas supe que el vidrio de mi ventanilla no era un espejo así que esa impresión mató cualquier intento narcisista de mi parte.
Las dos areomozas comenzaron a moverse por el pasillo. Hacían el trabajo de rutina y uno se daba cuenta de que solo esperaban que transcurrieran los 140 minutos de ida y vuelta para retornar a la monotonía primermundista de Miami. Una era negra, con tendencia a gorda y trasero de mucama de Memphis. Tenía obseción con los cinturones ajustados y cada vez que los señalaba con su dedo yo pensaba en el dedo de Mouriño revolcado en el ojo de Tito Vilanova en los alerones del Camp Nou, Barcelona. Era una negra hermosa y pensé en los gravísimos problemas que se buscaría con Angela Davis desde su pelo desrizado si la negrona de California la sorprendiera entre peines hirvientes comandados por manos blancas. Su pártner en el pomo con alas era un señora blanca, medio canosa, de pantalones ajustados y sobria blusa enmangada de rayas, tan circunspecta que se me pareció a una celadora de Alcatraz cuidando de los desmanes de Gloria Trevy. Esta Dama del Aire se acupaba de hacer las muecas clásicas por debajo de los altavoces. Más tarde, entrambas, pasarían con un carrito stándar preguntando por el tipo de medio vasito de gaseosa que habríamos de elegir.
Siempre quise arribar a Miami por vía aérea. Me habían dicho que la ciudad es sencillamente fascinante con sus calles rectas y sus cuadrículas ortogonales, con sus techos de pizarra, sus amplios jardines y sus infinitos espacios verdes capaces de convertirla en un bosque a la vera del Atlántico. También había oído hablar del embrujo de su noche megailuminada por las bondades del petróleo importado y por los átomos convulsos de la Central Nuclear: pero la noche es mucho más que la antípoda del día y no ando jugando con eso de los gatos falsamente negros. Desde el miniavión Miami es eso y es mucho más. La ciudad está enmarcada entre los ocho mil kilómetros cuadrados del Parque Nacional Everglades y la sabana infinita del Océano. Eso, si es que hablamos de la línea Este Oeste. Porque de Norte a Sur la megalópolis no parece detenerrse ante nada y da la impresión de que Cayo Hueso es solo su último suburbio y de que Fort Lauderdale es otro Down Town desafazado de la Base de Cruceros. Por lo demás, Miami es una ciudad verdinaranja en donde el concreto y el macadan llevan las de ganar. Todavía.
De pronto dejamos atrás la portentosa cayería de Florida, los atisbos occidentales de Bahamas y a esas fugaces estelas de espuma que despiden los cruceros y los yates que vagan allá abajo, a veinticinco mil pies sobre el gran concierto de tonos turqueza y esmeralda. Así que pienso que se trata de la geografía donde Ernst Heminway definió sus otros grandes partos orquestales y en que alguna vez vendré para pescar algunas rabirubias en los bordes de la Corriente del Golfo y para hacer unas pocas fotos desde el barco de mi amigo Pavel Bacallao siempre anclado en la rada de Cayo Marathon.
Donde se muere el Continente empieza el Golfo propiamente dicho. Pero uno no tiene tiempo de pensar en el festín de los tiburones con la carne de balsa porque el verde de la Isla sorprende de improviso y se percibe el corrientazo, es cierto, en la boca del estómago, ese que gruñe cuando los años han pasado y uno ha tenido que jugar al juego del extranjero forzado en otras patrias.
Debajo, el campo pasa enverdecido, cubriendo pueblos y ciudades medias. El campo. La campiña cubana que tanto han celebrado poetas y compositores y que tanto han plasmado los artífices de la tela y del pincel. El campo casi intacto. Porque los ensañamientos con la tierra no han pasado de disposiciones administrativas y ligeros ditirambos paisajísticos. El campo nuestro es inmutable a pesar de las disposiciones ministeriales y de las falsas arquitecturas agropecuarias. Los falsos generales y doctores nada pudieron hacer para barrer las geografías por donde pasaron el General Antonio con sus huestes invictas hacia Occidente y el Comandante del Sombrero Alón Anesteciado hacia La Habana Enardecida: ni siquiera erigiendo dudosos monolitos a trenes blindados de ocasión. Desde arriba las marcas de las fincas parecen tomas realizadas en La Provenza francesa. Solo la carretera y el ferrocarril violan su sagrada dimensión. Quizás un guajiro a caballo o el perro del vecino socorriendo a un cazador de codornices.
Entonces el avioncito escora al Oeste, desciende lentamente y nos preparamos para el aterrizaje. Miro al reloj. Poco más de las doce del día. Debajo son los suburbios de Cienfuegos, sus chimineas, sus áreas verdes y por supuesto, la Bahía embolsada entre los cerros y el llano urbanizado. Es verdad que apenas se vislumbra la ciudad. Pero igual uno está de acuerdo con Benny Moré: es, tal vez, la ciudad mas hermosa de Cuba y junto con Holguín, la más orgullosa de su tinglado arquitectónico. Una ciudad, oí decir, tan diferente y tan organizada, tan soberbia y tan "occidental", tan solvente y tan correcta, que el Período Especial para "tiempos de paz" pasó a su vera sin poder hacerla arrodillar. Eso oí decir, quiero expresar.
Hay una sola pista. Suficiente para asimilar aviones de gran porte. Me dijeron que fuera del par de vuelos matutinos desde Miami, los trabajadores no tienen nada que hacer. Muy de tarde en tarde arriban otros vuelos nacionales. Las instalaciones civiles son pequeñas pero muy funcionales y sobrias. Mientras nos sometíamos a los trámites de rutina - nada especial destaca por el hecho de que seamos cubanos de visita - un hombre se me acerca. Pregunta si soy yo. Le digo que sí y estoy seguro de que mi hermana lo ha enviado. Lo corrobora. Porque parece que la credencial de mi hermana no le garantiza el acceso a los interiores del Aeropuerto.
Detrás del vitral el niño agita sus manos. La mujer sonríe y saluda con las suyas. Los trámites de Aduana están signados por su capacidad de colega. Pago las tarifas estipuladas, doy dos o tres propinas camuflageadas en la moral difusa y rompo el estambre.
Han pasado casi doce años.Y parece verdad.
Septiembre 7 del 2012.
Wechester, Miami, South West, USA.
Luis Eme Glez.
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