Saturday, August 25, 2012

OTRA VEZ EN MIAMI.-(B)

Como en Miami, Estados Unidos, el 1 de Agosto pasado, en Cienfuegos, Cuba, el día 15, me tocó el segundo vuelo. El segundo vuelo lo cubre un avión pequeño de la Boeing. Algo así como un pepino con alas: con alas y dos hélices. O sea, un esperpento para época de turbinas. El miniavión es poco más que un Clase Ejecutiva y necesita de una hora diez minutos para vencer la distancia entre las dos ciudades costeras. Muy poco tiempo, realmente, y tal vez por eso la Compañía solo ofrece medio vaso de gaseosa. Temo volar, por demás. El vuelo que abre la mañana lo realiza el avión ligero de dos turbinas que vi en el Aeropuerto de Cienfuegos y solo invierte - dicen - unos treinta y dos minutos entre las Perlas del Sur y del Atlántico. Habrá que exigir un pasaje para él la próxima vez.
En la mañana esplendorosa la gran cayería de La Florida y los vestigios occidentales de Las Bahamas se ofertaban con la nitidez de los amaneceres puros. Yo les miraba embobado desde veinticinco mil pies de altura. Le temo un poco menos al vuelo horizontal. En la horizontalidad el avión parece que planea y se deja llevar por los caprichos del viento. Ascender o aterrizar equivale a vencer al viento.
Para cuando la nave volaba sobre los suburbios sureños de Miami la mujer que iba a mi lado estaba hablándome de su oficio de Mula y de sus viajes mensuales a la Isla: entiendan "mula" en el sentido humanitario, por favor. Entonces notamos un gran collage de nubes blanquísimas que venían desde el Norte y notamos también que el avioncito no iba a poder con ellas. Comenzó a temblequear y supimos que no se trataba de los baches de rutina. Toda la estructura se removía como si un Súper Jumbo 747 lo estuviera fastidiando a la vera del aterrizaje. Llegó un instante en que los temblores se volvieron ruidos internos y parecía que caeríamos a la mar entre alas destrozadas y fuselaje hecho tiras. Me palpé el estómago. Será posible, me dije. La gente mas joven comenzó a gritar y los mayores se miraron como preguntándose "quién la puso, señores, por favor, desactívenla, no sean malos". La Dama Mula de mi derecha se echó a reír. Está subiendo un poco más, mírale al hocico, solo evade a las nubes, no pasa nada, tranquilo, dijo.
Debió haberse empinado unos mil pies. Abajo, la ciudad ortogonal desconocía los apuros por los que acabábamos de pasar. Cuando percibimos que ya no había movimientos en la nave la pista apareció de sopetón y aterrizamos muy bien. Los chicos expulsaron todo el aire contenido en sus pulmones y sonrieron mientras esperaban la orden que permitía usar los celulares. Entonces todos aplaudimos, con ironía, la pericia del piloto.Recordé aquella descomunal madeja de nubes que nos sorprendió en Junio del 2010 poco antes de arribar a Ciudad de México. El piloto había hecho lo mismo a pesar de que conducía a un gran avión de dos turbinas.
Las autoridades de Inmigración nos retuvieron mas de cinco horas en los cubículos del Aeropuerto Internacional de Miami y entre la imposibilidad de salir del mismo - es un enorme laberinto de calles y elevados y ómnibus que no circulan y taxis siempre llenos- y la espera por la llegada de mi Tío en el auto y la estadía en su casa para cenar llegué a mi pieza sobre las doce de la noche.No me bañé. Mi tiré en la cama. Repasé los trece días en la Patria, en mi casa, en la ciudad.
Fuera de las visión familiar y el reencuentro con amigos después de doce años, decidí que se había tratado de un viaje extraño. Regresé lastimado.
Me lo habían advertido.



Agosto 26 del 2012.

Miami, North West, USA.
Luis Eme Glez.

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