Hacía unos tres años que no recibía fotos de mi hermana ni de su hijo. Treinta y seis meses es nada para una persona mayor pero es demasiado para un chico que va dejando de ser inocente. De modo que Tery estaba casi igual a la última toma si descontamos algunas arrugas camuflajeadas detrás del maquillaje y al pelo oxigenado de gris lila. Incluso una delgadez sorpresiva la hacía más esbelta en la cadencia de sus muslos separados. Todavía desconocía que estaba enamorada. El chico - que me diría "tío" hasta el punto de saturación - se mostraba estirado y muy fuerte para sus casi ocho años. No se parecía a nosotros a menos que colocáramos su nariz en una lámina de cristal, junto a sus ojos semisoñadores: entonces sí que podríamos ver la marca González Fumero. Me preguntó por la bicicleta y le dije que estaba oyendo la conversación. En verdad era muy bonito y avispado y se adaptaba con premura a la cercanía de las personas mayores. Chamberguito amaestrao, le dije, halando una de sus orejas. Que a estas alturas de su vida no me parecían tan grandes como en las primeras fotos. Nunca fueron tan grandes, pensó mi hermana, así que no vayas a decirle que alguna vez tuvo la cabeza entre paréntesis. Evidentemente se había tratado de una distorción fílmica.
En el portal que precede a la Sala de Espera también estaba mi primo Digno Rodríguez. Me había escrito un Imel que decía "tengo el deber de esperarte en el Aeropuerto". Digno es narrador deportivo estrella de la emisora local Radio Ciudad del Mar y tiene una de esas historias hermosas que muy bien podrían ser contadas por los herederos de Félix B. Caignet y de Chanito Isidrón. Baste recordar que en sus albores competía con Felo Ramírez desde una lata de leche condensada inalámbrica en los domingos de pelota de manigua y que cuando la gente se reía con sus descripciones impostadas él bajaba la cabeza como si pensara algún día me escucharán desde otros sitios y verán como Bobby y Eddy y Héctor me piden información desde sus cabinas nacionales. Digno es un ejemplo clásico del perseverante que triunfa mas allá de la pizca de suerte que necesitan los hombres en su ascenso de gloria. Tampoco había cambiado mucho. El pelo se mantenía en su cráneo medio y la barriga no había ganado ni un solo centímetro a los espacios del frente. No se por qué me pareció que su alegría por mi llegada se combinó con un pedazo de tristeza anclado en la nostalgia.
Pregunté por Onelito, el primo que había puesto el carro del hermano a mi servicio. Ahí viene, dijo Tery, pero el chofer es otro. Onel es el galán de la familia desde que nació. El lo sabe pero nunca le dio importancia porque no es de esas personas creídas del cuento edulcorado. Pero si se lo hubiera creído en algún momento habría entregado el batón. Hace unos años le sorprendió una polineuropatía periférica sensitiva que ni los mejores especialistas ni los más encumbrados medicamentos llegados desde los cuatro puntos cardinales han podido curar. Incluso ha acudido a las ciencias ocultas sin resultados. No creo en nada, pero tú sabes, esto es del carajo, me dice. Onel está prácticamente inválido y en las tardes noche los dolores desde las rodillas a los pies apenas le dejan vivir. También he perdido un poco de pelo, pero eso no es lo mas importante, agrega, lo jodido es que me parece que comienzo a sentir algo raro ( y parecido) en mis manos. Estás vivo, hermano, lo demás es secundario, le digo, algo aparecerá contra ese flagelo que se incubó en los períodos más paupérrimos de la historia de Cuba, no olvides que mi hermana lo padeció y por suerte pudo vencerlo.
La persona que condujo el Seat es un amigo suyo al que no conozco. Cuando nos presenta me doy cuenta de qué es tímido. Es guajiro, de Rojas, me dice Onelito. Muy bien, estamos entre animales con ropa, bromeo. Tras charlar brevemente de mi viaje y de la desazón por haber perdido el primer vuelo decidimos marcharnos para la casa de Digno. Que ahora vive muy cerca del Aeropuerto porque decidió permutar su residencia desde una de las Torres de la ciudad para un reparto mas tranquilo donde ganó independencia y obvió a los palomares pensados por los arquitectos de la urgencia congestionada que reciben órdenes desde los Ministerios Nacionales.
Traigo tres paquetes. Un gran maletín con los regalos, la bicicleta embalada con tiras sintéticas a todo lo largo y la maleta de mano. Calculaba que Onel condujera, Digno fuera en el asiento delantero con él y Tery y yo detrás, con el maletín entre ambos. Suponía que el niño viajara en su regazo. Sin embargo el chofer agregado rompió los planes de acomodamiento. Como la bicicleta no cabía en el maletero del auto hubo que zafar el neumático delantero para poder introducirla. Y fue así como el niño le echó el primer vistazo a su jolla deportiva. Abrió tanto los ojos que me pareció pensaba en la foto que le envié por Internet y que se decía "coño,esto es otra cosa".
Viajar hasta la casa de Digno constituyó el primer atisbo de que estábamos en un reparto pobre de la rica ciudad del mar. Es decir, en la Cuba esquilmada por todos los motivos del tiempo. Las calles no estaban asfaltadas y los frontis de las casas se morían de desolación entre paredes sin repello y vanos como huecos macabros en la tarde abrasiva. La gente vegetaba en los portales y si acaso una bicicleta china adornaba el entorno. Había un silencio de espanto y me pregunté si acaso la "situación" había matado también la alegría bullanguera de mis compatriotas. La casa de Digno está en un segundo piso a mitad de la cuadra y es una residencia en construcción permanente. Tiene un portal que da a la calle y una terraza al fondo. Y dos cuartos. Saludé a su esposa eternamente bella, con la cara triste de los modelos del Renacimiento. Me dijo "te hice comida cubana de verdad". Luego me enteraría del fallecimiento reciente de su hija. A la que conocí en los años en que visité su casa por primera vez.
Fuera de las botellas de agua helada los refrigeradores cubanos - en su inmensa mayoría- no disponen de otros líquidos. El de mi primo porfesional no era la excepción. Así que le pregunté en dónde podíamos adquirir refrescos y cerveza. Por suerte había un sitio habilitado muy cerca. Nos fuimos a pie. Onel nos acompañó. El lugar parecía un punto de control de tráfico y el muchacho que lo comandaba me dijo que no podía comprar con dólares. Yo sabía del poder de los chavitos cubanos - los famosos CU - pero consideraba que en cada expendio podría hacerse la conversión. Falso. De modo que Onelito me pasó 50 cu de su billetera. Compré bebidas enlatadas de Cola criolla y cerveza Bucanero envasada en botellas. No había bolsas y el hombre tuvo que registrar todo el establecimientos para darnos una caja destimbalada en que echar la compra. Estamos en Cuba, dijo un cliente ensimismado que fumaba una colilla de tabaco. No hay problemas, aseguré, saldremos de esta. En la calle mi primo pensó ya estamos saliendo.
Después del almuerzo nos fuimos a la terraza solo para charlar de los viejos tiempos y de las geografías que nos habían visto nacer, crecer y desarrollarnos. También para reír con los chistes de siempre y con las salidas geniales de los muertos ilustres de la familia. El calor de Agosto nos mataba en la canícula de la tarde incipiente pero no le hacíamos caso. Los ventiladores poco pueden hacer ante la fuerza de nuestro sol irreverente. Hice algunas fotos.
En algún instante el niño dijo que quería irse. Tery me miró. De ahora en adelante no parará de pedirlo, pensó. Tenía razón. Esa es una de sus características. Si desea algo no para hasta conseguirlo aunque para ello tenga que agotar hasta los métodos menos ortodoxos. Es un chico que se ha criado sin padre, custodiado por un abuelo complaciente y bajo la batuta de una madre primeriza. Sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. Toda la gente de Miami que había visitado a mi hermana me alertó de sus comportamientos. Lo catalogan de muy inquieto, hiperquinético, chiquión, vale decir insoportable. Sin embargo plantear que quiere marcharse después de más de dos horas en un sitio para él desconocido no me pareció nada anormal. Vámonos, muy bien, dije, you are the boss, kid.
Me acomodé en la sección izquierda del asiento trasero. Cuántas horas al Cayo, pregunté. Poco menos de dos, dijo el chofer, que para entonces ya había perdido parte de su timidez aunque nadie encontró la manera de hacerlo tomar ni siquiera un trago de cerveza.Manejando, nunca, gracias, aseguraba.
Solo cuando alcanzamos la carretera que nos llevaría hasta Santa Clara se acabaron los baches y las viviendas maltrechas. Entonces continuamos hablando de los viejos tiempos, del barrio campesino que nos vio nacer y de los muertos gloriosos que descansaban y velaban a sus descendientes desde algún lugar innominado en el espacio.
Ya lo he dicho: no tengo lágrimas.Septiembre 8 del 2012.
Wechester, Miami, South West, USA.
Luis Eme Glez.
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