Saturday, June 9, 2012

SI PLINIO LO DICE ES CIERTO.-

El 1982 Gabriel García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza se sentaron a conversar en algún lugar de la costa caribeña colombiana. La compañía del otro les resultaba tan agradable que no tocaron el tema Cien años de soledad. Ni el de la fama. Se remontaron hasta los mas recónditos escondrijos de la memoria y la infancia resultó un amazijo de inocencias deslumbrantes en el sopor de la costa por donde volvieron a transitar, obnubilados, los fantasmas del tiempo. Cuando los aguaceros del Macondo aracataco les intoxicaron las nostalgias se dieron cuenta de que estaban solos, hablando para nadie, y entonces un olor tierno se apropió de sus olfatos. Huele a guayaba, dijeron al unísono.
Las charlas interminables del par de colombianos ilustres traspasaron los timbres de la voz y se volvieron un libro imprescindible. Debo haber leído El olor de la guayaba en algún momento de la década de los ochenta. Para entonces Gabo era dueño del Nobel de Literatura y Cien años de soledad se había convertido en una de la pocas Biblias imperecederas del siglo veinte. La obra maestra también me había regalado olores a guayaba. Pero a guayaba en bruto. Las conversaciones arribaban con otro  olor: el deleite por la nostalgia arropada de cosas trascendentes. La guayaba hecha mermelada, hecha cascos de guayaba, hecha dulce triturado en el camino de las eras. Recuerdo que cuando di cuenta de la última página me zambullí en el guayabal de La Abuela y degusté tanta fruta que mi madre necesitó tres sesiones de sobamientos estomacales en el cuarto de la curandera de turno para sacarme un empacho que casi me mata en otro de mis viajes provocados a la semilla.  Aureliano Buendía me susurraba, por sobre el desmantelamiento de mis vísceras, "cuando te pongas bueno haz pescaditos de plata si es el metal que te gusta o sueña con Remedios la Bella si aún le temes a las entrañas ardientes de Petra Cotes". Todavía Ursula Iguarán me estaba metiendo miedo con sus magias vespertinas cuando entré a la casa. De pronto la tierra tembló con una inusual gradación subliminar y mi madre se limpió sus manos en el delantal y dijo "va a llover, hijo, al fin se salvará el arroz preñado". El aguacero comenzó de improviso y por entre los goterones como calabazas de ámbar ví cómo la mata de guayaba, que se inclinaba por sobre las planchas de zinc del techo del excusado, comenzaba a morir. Pocos meses después no quedaba ni un solo árbol y donde había estado el frondoso guayabal de los abuelos ahora solo había un potrero donde pastaban las vacas y sus adláteres en medio de una recua despiadada de gallinas picoteadoras y gavilanes al acecho. Años mas tarde y mientras leía Crónica de una muerte anunciada en el portal de la casa de campo, me di cuenta de que un estremecimiento de ramas y de hojas se levantaba a mi derecha. Cuando miré, el arbolito de guayaba que se elevaba por delante de la ventana de mi cuarto, había alcanzado como cuatro metros y sus flores se abrían con los primeros frutos de la temporada. Tuve esperanzas. Sin embargo nunca mas las semillas esparcidas por la famila, por los pájaros y por las aves, poblaron al potrero de otros guayabales antológicos. Gabo Márquez y Plinio Apuleyo parecían exigirme "tienes el libro, hombre, para qué tanta vaina con guayabas comunes olorosas a otra cosa".
Para 1982 Gabo era capaz de acordarse hasta del movimiento de una hormiga trasladando una pepita de papaya por el traspatio de la casa de Aracataca. Del color de sus antenas. Del olor de la papaya. De todo. Y no por la juventud. Sino por el insobornable poder de la nostalgia hecha sombras superpuestas.  El año que transcurre parece ser portador de buenas malas ( lo demás son solo voces realmaravillosas, que no mágicas):  Gabriel está olvidándose de su memoria. Puede recordar lugares y olores todavía, a media máquina. Pero necesita ver a la persona con la que conversa porque no le basta con su voz. Ello  garantizaría, por lo menos, su visión. Lo acaba de decir su amigo de toda la vida, el hombre con el que compartió, treinta años atrás, el olor de la guayaba. La de Plinio no es una información mas: es la información decodificada a la que uno puede darle crédito.
Técnicamente hace unos cinco años que no se sabe casi nada de la vida del Gabo. Para la remodelación de la casa de Aracataca Meche tuvo que convencerle de que su presencia era necesaria allí. Corría el año 2007 y detrás de las ventanillas del tren el fantasma del Coronel Guerineldo Márquez le recordaba de que todavía le quedaban varias oportunidades sobre la tierra y que mostrarse cansado era un insulto a la memoria de los grandes hombres que habían tenido alguna razón a lo largo de las tantas Guerras Civiles. Pero Gabo lo confundía con Prudencio Aguilar, reptando por entre los platanales de la Compañía Bananera, y con la retahila de hijos de Aureliano Buendía y sus marcas indelebles de ceniza sobre sus frentes que trotaban hacia la casa del padre semental. Su esposa sabía lo que le estaba pasando pero lo dejaba hacer:quizás anduviera trabajando en la nueva obra que sus lectores esperaban.
García Márquez sorteó con éxito la ponzoña de un cáncer linfático que amenazó con llevárselo en 1999. Ese año el mundo todo estuvo atento a lo que pasaba en su residencia de Ciudad México. Necesitaba que no muriera nunca para que pudiera vivir para contarlo. Cuando las musas le estaban dejando recomenzar falleció su hermano Gabriel Eligio en el 2001 y entonces si qué el artista tiró la toalla. Gabriel Eligio no solo llevaba su nombre sino que era como su hermano gemelo. La muerte le había robado un pedazo de sangre irremplazable. Otros escritores tomaron el batón dejado por Gabo el Grande y hasta Mario Vargas Llosa se alijaba su mano derecha en las paredes despintadas de Madrid como si ello sirviera para borrar aquel golpe nefasto de los tiempos gloriosos. Las reediciones de lujo en épocas de aniversarios no servían de mucho: Gabo andaba sin rumbo por una ciudad hermosa y aunque no fuera parte de las especies  condenadas a cien años de soledad sus neuronas no respondían. Para su cumpleaños 85 -  Marzo pasado -, familiares y amigos arribaron desde los cuatro puntos cardinales. Se dejó agazajar pero siempre estuvo opaco, apenas aguantando el mal humor que siempre lo colma, la inquietud manifiesta y una mirada perdida en los mas horribles vericuetos de la nostalgia.
Y cómo vivir ahora, me pregunto, sin los restantes tomos de Vivir para contarlo, no importa que él hubiera parado su ritmo alguna vez. Todos teníamos fe en que una madrugada se levantaría de su hamaca para continuarlos. Los documentos preciosos son inapreciables. Cómo destiemparnos, me pregunto,  de sus historias extrañas de amores increíbles y extraviados. Cómo aceptar, me pregunto, que si no te puede ver es incapaz de conocerte por la voz. La memoria humana es un gran caracol para grabar sonidos y la voz humana su mejor cliente. Sin embargo el escritor sí tiene quien le escriba porque puede amar aún mas allá de los tiempos del cólera con amores peregrinos sin que le importen otoños patriarcales ni horas malas en la pasión del gallo fino y las hamacas tropicales.
Cuando el cuerpo de Gabo Márquez sea amortajado para que comience la etapa de la consagración final no deseo que el hecho me lo cuente Tomasso Debennedetti suplantando nombres famosos. Segundas partes nunca fueron buenas. Deseo enterarme por la voz de Plinio Apuleyo Mendoza, el amigo que le ayudó a degustar el olor de la guayaba.

Junio 9 del 2012.
North West, Miami, USA.
Luis Eme González.



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