Saturday, June 16, 2012

CACOFONIA DEL INSULTO AMOROSO.-

Tomado de "Postales chilenas".


Párate en calle Eudoro Garín esquina Irarrázabal y mira hacia el Oeste. Allá lejos, como a veinte millas, está la Cordilera de los Andes. Trata de que cuando te pares allí la tarde se vaya en picada y a tus espaldas el Sol se muera en los mares de la China. La Cordillera es un enorme valladar con tonos cenizosos, refulgentes, y las esquirlas de luz ponen un toque de distinción en la mole perfecta. Detrás está Argentina pero uno se descoloca del tango bailado en los salones de Recoleta y se inserta en la cueca nacional cabalgada entre álamos tristes para que el patriotismo sea nación en los recodos del Pacífico y la Naturaleza pueda desbocarse en sus miles de matices soberanos.
Solo por ello valía la pena  vivir en Santiago de Chile aquellos años en que la felicidad oscilaba en su ecuador porcentual y la gran Comuna de Nuñoa me hacía evocar a las arquitecturas miamenses con sus calles ortogonales arboladas y rectas, en las que el asfalto era dueño de todas las disposiciones. Casi dos años viví  allí en los albores del siglo XXl. Siempre recuerdo a Nuñoa y a su estirpe citadina de clase media avanzada cuando la calma de los atardeceres me siembra en Miami y renazco en su bosque infinito de otras araucarias. Pero mi evocación plástica se despeña enseguida cuando los acentos cubanos se adueñan de la memoria emotiva y los oigo, versátiles y brillantes, desbordados tal cuales son, en la casa en que compartí con un matrimonio criollo y otros cuantos conciudadanos de verbo irreverente y adorables vulgaridades de tiempo completo.
Mi pieza era pequeña y daba a la calle Eudoro Garín. Detrás de los balaustres la gente pasaba en silencio y el asfalto estaba siempre impecable. Al Oeste estaba el baño, compartido con el matrimonio y un periodista cubano, que estaba de paso mientras resolvía sus asuntos conyugales y se buscaba la vida tocando trompeta en cualquier lugar de la ciudad. Frente al baño vivía la pareja, en una habitación amplia, amueblada y con vistas  también a otra Avenida de rango menor. Al fondo residía una señora chilena con su hijo de doce años en una pieza independiente.
Detrás del baño, en el Noreste de la residencia, había un patio excelente, con algunas mesitas y sillas, una parra que invadía desde la casa de un siquiatra cubano y un perro azabache muy juguetón que el matrimonio había aceptado cuidar hacía unos meses y que se había convertido en la mascota de la casa. A veces el patio servía para conversaciones de sobremesa y para descargas con música patria grabada, en donde la cerveza era cliente habitual. Yo participaba de los motivos isleños hasta donde me lo permitían mis intereses de la época. Fue aleccionador vivir con aquellos conciudadanos hasta que, por disímiles motivos, la vida les hizo tomar rumbos diferentes, los dueños de la casa pidieron su devolución y mi Empresa quebró dejándome en las antípodas del delirio.
La señora era quien administraba los cobros del arriendo y el manejo de la residencia. El esposo trabajaba cuando encontraba pega y todo el tiempo que estaba en la casa era víctima de los improperios de ella, gatillados en gran medida por unos celos enfermizos - todos los celos no son dignos de los especialistas -, por lo demás inmotivados. Durante semanas él no le hablaba, dormían separados, apenas comía pues ella no le cocinaba ni lavaba su ropa, hasta que la comezón de los insectos se apoderaba de la mujer y el hombre se daba cuenta de que su antiguo espacio en la cama estaba impecable, olía a sabores conocidos y listo para el regreso. Como el hombre tampoco estaba libre de los malditos insectos de toda primavera pues ocupaba su espacio otra vez para que la descarga inevitable, por una noche pródiga, pudiera matar a todo el batallón de celos y maldiciones que la mujer poseída sacrificaba entonces en aras del rito ancestral.
Me pasaba horas enteras tratando de convencerla de que su marido no tenía una amante. Que no se ocupaba de eso. Recuerdo que le decía que estaba muy vieja para celos destiempados y que su hombre ya había pasado de los cuarenta y ocho y no estaba para aventuras extremas, que tal vez fuera un caballo viejo garañón pero entrado en la calma de rutina. Que solo trabajaba cuando podía y que se metía en la casa en busca de una cerveza o de una conversación con cofrades de tierra adentro. Casi siempre la convencía y terminaban riendo mientras se observaban con sus miradas cómplices en espera de la luz apagada para el entrampamiento de los cuerpos maduros. Sin embargo por la mañana recomenzaba el concierto de filípicas y entonces yo me desvinculaba del affaire y los dejaba matarse a palabrotas adorables. Vivíamos una rutina cacofoníaca. Una mujer celosa y un hombre indiferente tratando de convencerla de que estaba errada.
La señora tenía tres hijos que vivían con los abuelos unas dos millas al Suroeste de la casa. Incluía un par de jimaguas hembras. Los chicos se llevaban de maravillas con la pareja de su mamá y cuando estaban en casa daba la impresión de que se trataba de Adán, Eva y su descendencia olvidando a la serpiente. Casi la Sagrada Familia. Pero todos sabían de filmaciones en exteriores. Vivían engañados, como si ya no importara nada después que el papá real vegetaba en Cuba en la Fuerzas Armadas y la esposa del otro era solo un espejismo con una hija que se perdía de a poco en la lontananza del espacio maldito. En verdad me tocaba el oficio de mediador y no podría apuntar las bromas que les jugué teniendo en cuenta que constituían un campo virgen y fresco para mis salidas hilarantes. Es verdad que se morían de la risa y que prometían, siempre, dejar la bobería que les impedía ser como otra pareja cualquiera. Hasta que la madrugaba anunciaba el nuevo día con su sinfonía de garabatos espeluznantes salidos del par de bocas imparables.
Tampoco podría enumerar las ocasiones en que tuve que acompañarlos a la casa de los suegros para que dirimieran, por enésima vez, sus conflictos de pareja. Allí la charla era la misma de siempre y solo se exigía comprensión a la hija ante sus celos inmotivados. Regresábamos a pie, entre bromas y promesas de ahora si se acabó. Recuerdo que él entraba mucho a mi pieza para escuchar música cubana en mi CD, compartir con alguna de mis amigas y sobre todo mirar escenas predeterminadas de filmes Triple X semieróticos que yo atesoraba desde que una chica estupenda estaba dando conferencias sobre cine en algún lugar de Santiago y venía a mi pieza para prepararlas. Cuando su mujer entraba sin tocar y nos veía frente al televisor mirando cine duro montaba un berrinche de marca mayor y ese era el comienzo de una discusión que podía, muy bien, durar hasta el otro día, sin importarles que nadie pudiera dormir esa noche. Antológico.
Pero deseo anotar el para mí su diálogo clásico, bello, inigualable. Tanta pasión odiadora les desbordaba que no se daban cuenta de sus parloteos sin rumbo ni lógica. Ella comenzaba "maricón, hijo de puta, sigue templándote a esas putas por ahí, te odio, hijo de yegua, no comerás mas de mis manos, desmadrado, jamás lavaré tus pantalones llenos de leche, pájaro de mierda, me das asco, te odio...". El ripostaba "vieja fea, me das pena, maricona, bloque de hielo, te voy a estrangular, te voy a picar en pedazos tan chirriquiticos que ni tu mamá te va a reconocer, hija de puta, me resingo un millón de veces en tu madre...". Entonces ella callaba un minuto y se le acercaba, apuntándole con su dedo índice, inclinada, y le decía bajo y pausado "maricón de mierda, homosexual viejanco, desmadrado, dime toda la mierda que quieras a mí pero no te metas con mi madre, qué esa si que es una santa, ok., hijo de puta?..?". El hombre hacía como que reflexionaba- para los cubanos la madre sobrepasa lo sagrado-, organizaba su respuesta y decía "está bien, sinverguenza, vaga y cobarde miserable, te estrangularé como a un pollo, está bien, no me meteré con tu madre qué en verdad es una santa, hija de puta, desmadrada....". A veces ella musitaba "gracias". Un  día les hablé del tono de un diálogo que se hizo repetitivo, muerto de la risa, pero en verdad no entendieron en qué sitio de las palabras yo encontraba la paradoja y lo increíble.
La señora nunca se fue, técnicamente, de la casa pedida por sus dueños. Se fue a medias. Siempre venía a vigilar que todos la abandonaran primero. Al fin terminaron separados y entonces el hombre tuvo que cocinarse y que lavarse la ropa y  a veces cenábamos juntos. Jamás le ví con  mujer alguna y me juraba que no andaba en nada relacionado con faldas, a pesar de que sabía de sus encantos, en un país en donde si gustas a una mujer y no actúas con premura te dicen "qué onda, no te vái a insinuar, gallo". Poco después la familia de ella comenzó los trámites para salir de Chile. Para salir como saldría yo después, aunque por otra vía. Primero se fueron la abuela y sus hijos. Cuando la mujer se quedó sola con su padre no pudo soportar la sensación que le provocaba el estado de soledad y de desamparo en que había quedado su marido y sé que rehicieron las relaciones mas allá de algún encuentro fortuito entre las sábanas.
Finalmente todos abandonamos la residencia y un buen día perdí el contacto con el hombre de las palabras hermosas. Tres veces acudí al lugar que había arrendado para saludarlo y saber de su gente. Nunca estaba y jamás me devolvió la visita ni me llamó. Desconozco el  por qué. Meses despues me encontré con la señora chilena que vivía en la casa. Ella sabía. Había pasado que la mujer y su padre estaban ya en Estados Unidos pero tuvieron que sortear una odisea olímpica con las autoridades del tercer país por el que salieron. El hombre aún estaba en Chile pero se había juntado con una chilena hasta que su señora y familia pudieran sacarlo del país. Me explicó que la mujer desconocía este su nuevo estado pero que a estas alturas no estimaba que le diera importancia teniendo en cuenta la separación forzada y las necesidades humanas. Poco antes de mi salida de Chile pude contactar con la exesposa del periodista que tocaba trompeta para sobrevivir en Santiago y no tenía noticias del señor de las terceras nupcias. Entonces recordé que alguna vez me había dicho que tenía una hermana en Estados Unidos y que no descartaba molestarla en relación con un supuesta ayuda para completar platas necesarias. Dos años después no he podido contactar con ellos aquí: nadie está en las Redes Sociales, nadie sabe de su apellido.
Deseo apuntar un último tópico. Aunque solo fuera para que se aprecie hasta donde llegaba nuestra amistad y hasta donde algunos de mis consejos eran seguidos por el hombre de los mil garabatos. Siempre le decía que ella discutía y lo insultaba solo porque lo deseaba y como una manera muy socorrida de preparar el reencuentro. Lo decía en serio -  siempre será así -  y él sonreía porque me compartía el detalle. Hasta que una noche que estábamos solos le dije que su hembra se merecía una acción brutal y ortodoxamente inesperada capaz de dejarla sin habla en los vericuetos de alguna butaca colaboradora. A ver, me estimuló. Deja que te insulte y no respondas nada, provócala con tus ojos en desafío  y sé indiferente, escupe después de cada palabra suya hasta que trate de golpearte en el pecho porque lo hará. Entonces, llegado el momento de los golpes, reaccionas, la tomas por sus ropas y se las hace tiras con pasión de hombre ofendido y la lanzas sobre la butaca que tienen al lado de la cama, ella te mirará, asombrada, mientras tu comienzas  a desnudarte y te acercas y le das tu animal glorioso y conocido para que beba en otras aguas bautismales y en tanto ella toma de tu cántaro le aprietas las orejas y la zarandeas y la levantas por su pelo sin que ella pierda su presa universal y cuando creas que el cántaro en donde ella bebe, obnubilada, se romperá de un instante a otro, lo extraes y le riegas el rostro como si fuera lluvia de verano y para cuando supongas que se te está acabando el jugo de los dioses la levantas en vilo y la lanzas sobre la cama y te enjorquetas sobre su vientre y terminas de llover entre sus pechos, agotando hasta la última gota del vino emancipado. Posiblemente ella te pida que penetres el túnel de su ruta pero tú no lo harás. Te levantarás de su vientre y prenderás la tele como quien acaba de llegar del trabajo y espera por la cena exquisita de su amor al Oeste de la Cordillera de los Andes. Desde esa noche se acabarán las diatribas y las tensiones irán bajando hasta alcanzar su cota stándar, finalicé. Me dijo estás loco, luisito, no tengo esas fantasías tuyas, entonces sí que esa fiera me matará de verdad. Hazlo y me recordarás, hombre. Cuando acabé de decir esto sentimos que la puerta de la calle se abría con sutileza y supimos que se trataba de ella. Estás en la casa hijo de puta, escuchamos, detrás del portazo. Déjala que entre a la pieza, le pedí. Lo hizo. Prendió la luz. Yo apagué la mía. No lo digo, ya el desmadrado está singando putas por todo Santiago, y no se muere el degenerado, coño, oímos. Ahora entra y actúa, ordené.
Yo sabía que ejecutaría el guión. Semiabrí la puerta de mi pieza. Desde que entró la furia de la hembra se desbordó. Consideré que ningún cerebro sería capaz de soportar tantos decibeles de potencia oral. Solo vociferaba ella. De pronto se hizo un silencio extraño. Roto cuando una voz de mujer, entre la risa y el forcejeo falso, decía oye, que me estás lastimando, no me aprietes tan fuerte. Entonces yo cerré mi puerta y apagué mis luces. El guión no contemplaba el audiovoyeurismo.
Por la mañana, cuando abrí la puerta del baño, la mujer me llamó. Dije que iría enseguida. No, ven ahora mismo, ordenó. Estaba recostada contra el espaldar de su cama matrimonial y una bata de casa crema cubría su cuerpo. El descote de la bata enseñaba sus pechos todavía regios. Sonrió. Me señaló un vestido tirado sobre el sofá. Era un vestido muy caro, dijo. Acércate, agregó. Lo hice. Mira mi pecho, hijo de puta. Lo hice. Sus pechos, su pecho y su cuello estaban manchados de algo cremoso y beige. Las manchas parecían estrellas fugaces delante de la estampida de un cometa sin rumbo. El hombre solo sonreía desde la silla en que estaba sentado. Eso es lo que has conseguido, maricón de playa, dijo la mujer. Y lo que había sido una larva de sonrisa se convirtió en un torrente indetenible de hilaridad. Hijo de puta de mierda, terminó.
Crees qué tu madre sea una santa de verdad, pregunté.
Depende, hijo de yegua, de los guionistas que haya tenido,maricón.
No podría asegurar que la escena haya surtido efectos terminales porque muy pronto ella comenzaría los preparativos  para salir del país y el estado de soledad de él le aflojó las piernas. Solo puedo decir que jamás oímos peleas de antología en la pieza matrimonial y que el silencio se adueño de los aconteceres.
Un momento. Repasaré las Redes Sociales. Por si alguno de los protagonistas se ha dado de alta.

Junio 16 del 2012.
North West, Miami, USA.
Luis Eme González.





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