Sunday, October 2, 2011

BALSEANDO CON TOM SAWYER.- (34)

Los olores del Golfo de México se acabaron cuando el trespatás penetró en una geografía mas abrupta, con ínfulas de selva templada al Sur de la Autopista. Pero no hubo relax para el olfato porque entonces, lo que solo había sido fragancia adivinada de agua "dulce", se mutó eclosión maravillosa de efluvios provenientes del Gran Old Man River. Estábamos entrando en el Estado de Louisiana, tierra orgullosa y señorial en donde los fantasmas de los negros libertos jadeaban en francés delante de la fusta suave del Tío Sam y las esencias  de Versalles la Vieja jugaban al Areíto de las Plantaciones.
El bus giró al Sur para meterse en un bosque con calles enrevesadas escoltadas por suntuosas residencias que apenas conservaban el encanto colonial detrás de sus amplios frontis y de sus jardines holliwodenses poblados de árboles centenarios. Una ciudad museo. Aquí, la clásica casita de conejos que recibe al cartero en la entrada de las mansiones está tan impecablemente cuidada como las propias residencias y los perros que caminan su modorra vespertina sobre el pasto perfecto parece que esperan al Señor con un ladrido de wimonsieur y la cabeza gacha para la caricia de ocasión. Se urge  de haber llegado a Lafayette para comprobar lo que Holliwood nos ha regalado durante años. En Lafayette asistí al embrujo de las primeras calles rompedoras del sistema ortogonal citadino. Las transformaciones en el "profundo" Sur no siempre comulgan con el despiadado progreso que arrolla todo a su paso. Por eso todavía pueden verse casas museo de la época fundacional y es posible conocer a la "gente de Acadia" que mantienen muy viva la Cultura Cajún otorgando un plus considerable al turismo en la ciudad. Como parece que el bus no tiene Paradero oficial en Lafayette - desmontó y recogió a algunos "ciudadanos" negros en cualquier lugar - y apenas rozó una mínima porción de la ciudad, los encantos arquitectónicos del sitio se quedaron ( otra vez) en planes simplemente teóricos. Continuamos el viaje. A nuestras espaldas, el Marqués de Lafayette intentaba balbucear que continuaba arrepentido de que su Patria le hubiera casi regalado Louisiana al naciente Imperio Norteamericano pero que trataría, con todos los medios a su alcance, de mantener la magia old fassion de la cité aunque ya no se libraran las batallas de cuando el mundo cabalgaba sobre la época dorada de la caballería destiempada.
De nuevo el agua impuso su Orden. Es que el agua se percibe tras la huella diáfana y torrentosa de su aliento. Reptar en el dulce remanso de las aguas. La Autopista se elevó unos metros como si deseara que viéramos el horizonte al Sur y el embrujo de un paisaje mas monótono al Norte como expandida geografía del un Delta descomunal. Enseguida, la línea del Missisippi horadando Batton Rouge, muy caudaloso en la rada de la urbe, lleno de barcos anclados y faenando en los espigones, tranquilo en su cause hacia el Oeste donde parece que la ciudad no existe. Aquí el Río corre derecho y uniforme y hay, a la distancia, como un conato de malecón con fondo de chimeneas industriales. Porque Batton Rouge está en la margen izquierda del Río, extendida al Noreste desde su Centro Direccional de rascacielos. 
No había asientos disponibles a la derecha, de modo que tuve que mirar al Sur por sobre las cabezas de los viajeros y por entre el espacio simple que me daban las ventanillas. El Río se ensanchaba a simple vista en una suerte de brazos complejos, marismas, golfos, lagos y bahías que mas allá  se abrirían en un Delta inicial de casi treinta mil kilómetros cuadrados formando las planicies del mismo. Nada, sin embargo, del Golfo abierto y sí mas chimineas humeantes que enarbolan el Poder industrial de una ciudad sureña dotada con oro negro en donde las Transnacionales han plantado sus tentáculos clínicos y Holliwood viene construyendo una sucursal meridional para seguir filmando aconteceres.
La manía americana por el trazado recto entre dos puntos y el ansia de ganar tiempo a toda costa no dejan ver las áreas metropolitanas que extienden a las ciudades por montones de millas en todas direcciones. La Autopista apenas serpentea entre las aguas que se preparan para abrirse luego en el Gran Delta y solo cuando no le queda otra alternativa hace una curva suave como si no quisiera romper el bosque en un malabar hermoso de respeto por la Ecología. De pronto parece que se rodara sobre el Golfo de México si no supiéramos que vamos transitando el larguísimo puente de cuatro vías y paseo central que nos llevará hasta Nueva Orleans partiendo el Delta "oficial" del Missisippi, una sabana de agua capaz de ocupar unos setenta y cinco mil kilómetros cuadrados. Cuando pensamos que la desembocadura del Río se esparce por mas de cuatrocientos kilómetros de ancho y doscientos de fondo no nos queda otra que inclinarnos ante la grandeza imperial de la Naturaleza. Ahora el horizonte se hace esquivo y si acaso podemos ver islas lejanas, barcos diminutos flotando en una superficie calma. Lástima, pienso, que no pueda correr mi ventanilla microscópica para cambiar todo el aire presurizado del interior del bus por una pizca de aire missisípico. Lo que se huele ahora no es la sal ni el dulzor de las aguas terminales del Río. Tiene que ser el alquitrán de la canoa de Hukleberry, decido, o el fango revuelto por los remos del chico Sawyer mientras lucha contra la corriente o se deja llevar por ella hasta las estaciones de su sueño. O tal vez los residuos de los perfumes adquiridos por Twain en los prostíbulos de Memphis. Dentro del bus cerrado en la falsedad de su hermetismo se huele un aroma especial y uno sabe que está rodando por sobre un piélago de leyendas únicas que alertan de la grandeza de sus sitios.
Para cuando la tarde de Junio se esmorecía y yo pedía a gritos un poco mas de sol para alcanzar a ver los destrozos del Katrina y lo que habían logrado los esfuerzos del Alcalde de Nueva Orleans y de Brad Pitt y su Fundación, a la derecha nos sorprendió una miniselva abrigando mansiones cercadas por altos muros de concreto color ladrillo. La sarta de Condominiuns se prolongaría sobre un paisaje similar que se comía poco a poco al Delta. Hasta que el bus corrió sobre un elevado desde el que pudimos ver una masa de rascacielos azul cielo y me dije "nuorleans". Embebido en el concierto de torres no miré la extensión de la ciudad al Norte ni al Sur. De pronto la guarandinga techada realizó algunos malabares y se estacionó en la Terminal clonada de la Grenhouse. Me pareció que la zona estaba marcada por tantos elevados y rascacielos como los que había visto en Houston y por "precaución" no me aventuré a pensar "estamos en el Dantaun".
Había crepúsculo real cuando desabordamos. Pero fuimos alertados de que no saliéramos de la Terminal porque el bus continuaría viaje muy pronto. Cuando mas sería posible coger un breve refrigerio. Copiada, al fin, esta Terminal era mayor y mas suntuosa que las otras de la Compañía. Caramba, ese aire europeo que se niega a desaparecer, definí.
En la Ciudad del Río tuve compañía social e idiomática. Poco antes de llegar la chateadora compulsiva dijo algo en voz alta relacionado con la poca velocidad de su aparato. Fue como si al despertar en una hamaca de cabaña, Patty Manterola estuviera a mi lado, en cueros,  muerta de asombros ante mi indiferencia demorada. "No puedo creer que hables español", exclamé. "Pues sí que lo hablo, señor", contestó, sonriendo. Venía de Matamoros, donde su hija acababa de realizarse una interrupción de embarazo y era boricua establecida en Nueva York desde hacía muchos años. Ahora vivía en Orlando y era para donde iba. Conocedora de todas las trampas de la Autopista me llevó al hermosísimo bar restaurante de la Terminal, en el que predominaban los colores oscuros bajo decoración plástica local y explosión de lumínicos. Me persigné ante ningún Dios. Necesitaba que en este lugar confeccionaran lo por comer in situ. Quería otro gran sandwich que estuviera a la altura de aquel gigante de Mc Allen. Detrás de la barra había tres negras jóvenes y esbeltas, serias y comedidas en el hablar. Déjame comunicar a ver qué pasa con mi "inglés" y con esas negras lindas, le pedí a la boricua. Me dejó hacer. Pedí un sandwich sin "chiss, only tomeitos an beicon" y una "big coca for de road". "Chuar", respondió la mas entrada en carnes. Con la velocidad de Marion Jones - incluso sin dopar - confeccionó el pedido, me cobró y dijo "denext, plis" con cierto acento de reminiscencias galas, medio cantado, como si se estuviera almorzando un muslo de pollo con maíz asado en una taberna del puerto. Evidentemente estaba en el franco Sur de los Estados Unidos.Y no sé por qué me dio la sensación de que habíamos sido atendidos con la breve y descuidada euforia de un "sano" racismo "al revés".
Mientras esperábamos la salida del carretón de la Greenhouse me empaté con uno de los viajeros que, como todo cubano, resultaría conversador de talla extra. Muy parecido al periodista cubano fallecido, Jorge Enrique Mendoza, y a mi primo habanero Luis Enrique Siverio, venía de Los Angeles donde trabajaba en Sistemas e iba para Miami  a visitar a un hermano. Tenía tiempo y era hermoso viajar por tanto Sur y además, le salía mas barato. No era la primera vez que realizaba el tour. El hombre era uno mas de los "marielitos" del año ochenta del siglo veinte, holguinero de pura cepa y conversador muy bien informado del acontecer cubano. Anticomunista furibundo, se autodefinió. De modo que no pudimos evitar la enjundiosa charla sobre Ciencias Políticas, actualidad internacional y las "reformas" en la Patria. Fidel Castro saldría desplumado como Estadista y Raúl no sería otra cosa que un payaso de ocasión, eterno segundo bate en un equipo mediocre y sin futuro. Debo admitir que condujo gran parte de la plática y que yo me ceñí a consolidar aspectos históricos y a redondear ideas truncas. Era libre. Pero todavía la libertad, para mí, no pasaba por mantener disertaciones "totales" con cubanos "desconocidos". Ocupaba el asiento de atrás de nosotros y prometió reocuparlo para el cambio de guagua.
También contacté con otro cubano, joven, de Houston, del tipo del criollo afable del que uno dice, en boca de mi madre, "es un pedazo de carne con ojos". Viajaba a Fort Myers a casa de un hermano y llevaba una  costosa caña de pescar. Por supuesto que el tema fue la pesca deportiva porque este compatriota estaba muy cansado de oír de la Cuba de hoy y se pasaba todo el tiempo tratando de desconectar de ello. Mas tarde nos juntaríamos los tres caribeños y llegamos a coincidir con algunos de los jóvenes que nos acompañaban desde Houston. No recuerdo de que se habló ni si dije algo sobre beisbol en ingleñol pero el caso es que me pareció que un blanco gigantón al que pregunté si jugaba básquet o pelota se chó a reír y casi pensé que fue de mi. Y no era descartable. A punto de enojarme recordé la advertencia de mi madre "niño, ten cuidado, que no conoces a esa gente".
Por algún motivo que no pude precisar la puertorriqueña "anuyorcada" tuvo un duro encontronazo con el negrón que montaba a los pasajeros y hasta lo amenazó con denunciarlo a la Compañía. Lo mas curioso era que también yo estaba metido en el affaire, defendido, pero hablaban un inglés atorrante, "no available" para mí, y la mujer, megaberreada, no quiso comentar luego del tema. Era un gran negro con gorra de chofer y se me pareció mucho a Jesús El Negro, aquel negro buenazo de Caibarién, tan amigo de mi padre que cuando murió mi abuela y él fue quien dio todas las carreras en su Dodger del 55 y mi papá fue a pagarle con un rollo impresionante de billetes, lo miró y le dijo "eso te lo metes en el culo, guajiro".
Casi oscureciendo salimos de la Terminal de Nueva Orleans del timón de una negra muy alta y coqueta, cuarentona corta y con el pelo tan "blancamente" desrizado que Angela Davis muy bien la hubiera insultado en alguna ciudad del Condado de Marión. La negra nos habló por megáfono con tanta fluidez que pensé estaba asistiendo a la presentación de algún spiritual. Tenía una piel tan atormentadoramente negra que no pude evitar recordar a aquellas bellísimas negras cubanas nacidas en Camaguey de padres haitianos  de cuya piel decíamos que era, más que negra, "azul".
El bus pasó desmelenado el puente sobre parte del Delta y mientras al Norte era el piélago inmenso de siempre al Sur había un ensanchamiento de las aguas, barcos atracados, remolcadores y las grúas del puerto rematando a lo que podíamos ver de la ciudad. De pronto cayó la noche y ya  nadie supo qué pasaba al Sur en materia de aguas y la eterna planicie del Norte se fue acabando. Calculé que entraríamos en el Estado de Missisippi en cualquier instante. Un poco mas hacia el profundo Sur real de los Estados Unidos.
Fuera de la masa de rascacielos en donde está la Terminal apenas supe nada acerca la ciudad del Río. Todavía hoy - a pesar de las muchas horas estudiando la majestuosidad del Delta - desconozco cómo cae sobre el Golfo de México, hasta donde hay urbanización en sus orillas, donde están los diques. O sea, sé "todo" de la ciudad sin que pueda meterme en el GPS de su localización y los vericuetos del Río. Sencillamente. Nada supe de la ciudad vieja, afrancesada, de sus calles por donde caminaba y bailaba su gente antes del Katrina en la feria carnavalera del Mardi Grass. Nada de los fantasmas de Guillespie, Amstrong y Ellington pianando y trompeteando el jazz imprescindible. Nada del Complejo de Diques diseñados por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército que prometía ayudar a la ciudad en caso de desastres naturales. Nada "práctico" en el maremagnun de mis "teorías".
En la noche del Sur no hay paisaje como no sea la iteración de las sombras nocturnas. La "cadena" de sombras, como las cadenas Mc Donals o las Cadenas Grenhouse.
Siempre había temas de conversación con la boricua y casi siempre el cubano se inclinaba y metía su cabeza por entre los asientos para participar de la charla en una suerte adorable de cuchareta introducida. La mujer me prestó su celular para hacer la segunda llamada a mi amigo y calculamos la hora en que estaría en Fort Myers. Hablando alto como siempre y soltando bromas a granel, mi voz hizo que algunos de los pasajeros que iban delante y en los laterales se volvieran, sonriendo o asombrados, y terminé por parar la conversación y decir " sorry, disculpen". Porque para entonces no solo era la chateadora compulsiva quien sabía de mis peripecias por el Sur del país.
Estaba pensando que viajábamos sobre el meridiano de Jackson cuando entramos a una ciudad muy iluminada. Al Sur miríadas de luces titilaban en la superficie de las aguas y en ocasiones se empinaban muchos metros. El bus dejó a la señora rubia del niño educado en plena calle y recogió a una pareja de  "ciudadanos" negros maduros que colocó su equipaje en el maletero. Entonces se abrió el Golfo de México al Sur en la noche explosiva y miramos a los edificios casi nadando sobre las aguas, yates en movimiento y grandes moles como de Cruceros. Iba a decir de qué ciudad se trataba cuando el Ingeniero en Sistemas metió la cabeza por entre los asientos. "Dónde coño estamos ya", preguntó. La boricua hizo un silencio diferente al de los corderos."En Biloxi", respondí. Al lado de un semáforo había un cartel. Biloxi. "Y cómo puedes saber tanto, compadre". Dije que Biloxi era la única ciudad costera importante de Missisippi, convertida en algo así como en una pequeña Las Vegas del Sur después que la pobreza había tocado fondo. Casinos, cruceros e inversión habían redimensinado a la ciudad y hoy era un referente estatal y nacional a pesar del parón que Katrina había ocasionado. El compatriota se echó a reír. "Bueno, así son los buenos periodistas". "Wao", dijo la mamá de la chica legrada en Matamoros, México.
Calculé que Mobile estaría como a cinco horas. Mobile, Alabama. Me comí lo que me quedaba del sandwich neworleanero porque el hambre real casi me mataba. A esta hora mis piernas eran jamones, mis tobillos habían desaparecido y mis dedos simulaban los dedos de Polifemo después de vagar diez semanas sobre una carroza tirada por faunos superveloces. Calculaba que mis riñones no funcionarían jamás y que mis espaldas no podrían soportar ni los colchones mas emplumados. Apenas me giraba el cuello, sabía que andaba con ojeras y mi pobre estómago estaba al entregarse. Cuando tiraba un pestañazo para que la latina pudiera seguir chateando con su hija soñaba que me estaban dando una paliza soberana con gajos de guásima pintona.
En la noche negra de Missisippi la Opera de Nadas seguía ejecutándose. A veces, una manada de luces me traía el recuerdo de muchas capuchas blancas sobre cabezas blancas, caminando hacia las alcobas de las mulatas vírgenes y a los aposentos de los negros "engreídos", con la portañuela desabrochada y la horca lista, en tanto Luther King Jr. se preparaba, por los senderos del Sur, para la bala maldita. A veces, otra manada de luces, me dejaba ver a los familiares de Addie Brunden llevando su cadáver hasta el pueblo natal mientras un hombre talentoso y bueno agonizaba en el Condado de Yoknapatawpha.
Mi reloj seguía marcando el tiempo como casi todos los relojes. Hacía mas de veinticuatro horas que habíamos salido de Mc Allen, Texas. Tres Estados quedaban a nuestra retaguardia. El cuarto estaba al doblar de la esquina.
Levántese de ese asiento, señora, usted sabe que está en el sitio equivocado. De eso nada, mi cielo, usted todavía no sabe que está viviendo en el pasado, dijo Rosa Park.


Octubre 2 del 2011.
Miami, North West. USA.
Luis Eme Glez.

1 comment:

  1. El viaje descrito,,,el reloj,,,caminando,,, y una meta,,,acabase la energía y se acaba la marcha,,,y en que se transforma ,,,muy delicada la descripción de un viaje,,duro como la Vida misma,,,esa espalda que duele,,,al llevar sobre ellas el peso mismo del mundo ,,y la,,,

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