La Terminal de Mc Allen es una gran nave de techo muy alto, piso de baldosas beige y todo el entramado civil de las Terminales Interestatales. Al parecer, un sitio stándar y agradable para esperar la salida de un bus. Excepto que aquí, en Estados Unidos, la limpieza y la disposición del espacio están religiosamente calculados incluso para el encanto de la vista. Pensé que estaba entrando a un Museo "social". Fuera de lo alegórico visual no me parecía estar en una Estación de buses.
Alguien me condujo al lugar donde vendían los boletos. Había una salida a las nueve de la noche para Fort Myers. Incluyendo los cambios de ómnibus y las esperas correspondientes, el largo viaje podría durar, muy bien, casi cuarenta y ocho horas, un por ciento considerable de las cuales transcurrirían de noche. Pagué casi 180 dólares por el pasaje. De modo que me restaban doscientos billetes verdes y fracción. Calmado ahora, podía hacer mis cálculos financieros con suficiente solvencia mental. Necesitaba una parte del magro presupuesto para comer durante el viaje. Esperaba arribar a Fort Myers y después a Miami aunque solo fuera con unos ciento cincuenta dólares. No dudaba de que toda "mi gente" me creería cuando les contara del despiadado desfalco de que había sido víctima en la parte mexicana de la Frontera. Tampoco de las muchas explicaciones que me darían relacionadas con las tantas maneras existentes para haber podido evitar el affaire y el epílogo de cada conversación "bueno, no importa, lo que cuenta es que estás aquí, el dinero va y viene". En la Frontera el dinero solo "va", por cierto.
Compré un gran sandwish de jamón, lechuga y tomate y un altísimo vaso blanco desechable de Coca Cola. Casi siete dólares. Bueno, ya estaba en la casa del Tío Sam, los stándares de precios eran otros y como dicen los cubanos de Healeah "aquí te cobran hasta la risa". Me senté en la Sala de Espera. Estaba casi vacía a esa hora de la prima noche. Me comí medio sandwish y todo el vaso de Coca Cola. En la pared Sur un televisor plasma emitía un noticiero. Me levanté para caminar por la amplia sala. Observé los murales, los espacios decorados con cubos de cemento sembrados de plantas variadas, los carteles con comerciales y las amplias puertas de vidrio detrás de las cuales estaba el estacionamiento de los ómnibus, a esta hora vacíos.
Necesitaba llamar a mi amigo de Fort Myers. Vi un teléfono público adosado a una columna pero desconocía el sistema y no quería seguir mi retahíla de preguntas. Hasta que un tipo joven se sentó a mi lado y extrajo su celular. Cuando finalizó la comunicación le pregunté si podía hablarle en español. Dijo que sabía "un poquito". Explicó que me prestaba su fono sin problemas pues tenía "minutos sin fin" y me enseñó la manera de llamar a Fort Myers. Estaba muy lejos de sospechar como funcionaba el sistema de telefonía pagada en Estados Unidos. Mi amigo estaba en la cama, viendo tele y buscando "pincha" en Internet. Me dio la bienvenida y le dije que pensaba llegar sobre las cinco de la tarde del 17 de Junio. Me recordó la llamada "inmigradora" desde Mc Allen para certificar su calidad de patrocinador."Estos gringos te tienen cogido por los cuernos", acotó, sonriendo. "Eso parece, ternero capado", coreé.
Sobre las ocho treinta de la noche la Terminal estaba suficientemente llena como para repletar al bus interestatal. La gente que llegaba - parejas de mediana edad, abuelas con niños, personajes solitarios con mochilas al hombro - se acomodaba en silencio, disciplinados, mirando al reloj de pared. Ahora, aquellos señores y señoras del "Oeste" que había observado en los aposentos de Inmigracion, se mutaban personajes típicos de la región. Las parejas maduras vestían, casi sin excepción, pantalones vaqueros ajustados con grandes correas de portentosas hebillas, camisas de grandes cuadros rojiazules y botines de montar con sombreros alones. Hablaban español sin acento y cuidaban con mucho celo a los niños que llevaban. Los niños vestían como les estaba enseñando Holliwood desde hacía muchos años y parecía que sus padres y abuelos se estaban rindiendo ante la inmediatez de la moda. Pensé que se trataría de chicanos ranchotenientes y no era descartabale que fueran los que mas tarde cogieron, muy de prisa, en Houston, el ómnibus para San Antonio. Tal vez alguno trabajara o fuera codueño de Rancho King, imaginé.
Acababa de regresar del baño, copiado del sentido surrealista del Otro, y había estirado los pies para tratar de descansarlos. De pronto una señora negra, muy obesa, que acompañaba a un niño no menos cargadito de carnes, se levantó y comenzó a recoger sus bártulos mientras el chico señalaba al parqueo de los buses. Miré hacia allí. Lentamente hizo su entrada una guagua color crema, de parabrisas cortado al medio, nada aerodinámica y con cuatro ruedas traseras. Me di cuenta de que las ventanillas eran muy pequeñas. Ni remotamente hubiera sospechado que se trataba del vehículo que nos conduciría, durante mas de nueve horas, por el Sur de Texas. Me parecía, mas bien, una guagua "normal", de esas que transportan trabajadores, grupos musicales de bajo presupuesto o a equipos deportivos amateurs. Había viajado en jollas suecas por las carreteras chilenas y mexicanas y estaba seguro de que en los Estados Unidos los ómnibus interestatales - por no decir todos - tendrían calidad extra y serían "diferentes". No sabía por qué, pero aquel par de neumáticos dobles, detrás, me daba pésima impresión. La guagua parecía un camión cerrado, sin nariz. Posiblemente una versión mejorada de aquellas Camberras de mi juventud que todavía se jactan de prestar servicio en un país sin transporte.
Me coloqué en la fila cuando anunciaron la salida por los parlantes (en inglés). Tampoco aquí los asientos estaban numerados. Me senté del lado de la ventanilla en la sección izquierda central. Como la mayoría de los que entraban eran parejas mi asiento continuó vacío hasta que una muchacha de piel canela y pelo teñido de color café fuerte se sentó a mi lado. Enseguida se ladeó, me puso la cadera contra el codo y empujó mi pie derecho con el suyo. Pensé que tal vez fuera una agente de Inmigración que trataba de darme los tirones y latigazos que le habían faltado a Joe Mauer. . Cada uno de sus intentos futuros por tratar de dormir fracasarían.
El ómnibus de la Greenhouse tenía asientos ortopédicos, de esos que te destrozan las rodillas con el espaldar del delantero, aire acondicionado que brotaba con dificultad por un agujero en la parte baja de la ventanilla y un par de televisores del tamaño de un tibor de juguete y del color de la guagua, ajustados al fondo del portaequipaje izquierdo.Uno de ellos casi que caía sobre mí y tuve la esperanza de que, en caso de estar en servicio, emitiera filmes "diferentes" a los que ofrecían en los aviones o al menos hermosos documentales. O, por qué no, algún partido de beisbol, pues estábamos en hora y era Temporada. Sin embargo, los equipos permanecieron mas apagados, durante todo el camino, que los soles invisibles. Henry Ford se hubiera muerto de verguenza de haber tenido que resucitar y dirigirse al Sur de la Florida en un armatoste de esta categoría. Debí haber tratado de investigar si Omnibus La Cubana tenía Mc Allen en su itinerario, pensé. Días después, alguien me diría, que la Compañía - de cobertura nacional - trata de ahorrar en infraestructura interna y por tanto prioriza el cambio y el mantenimiento de los motores, así como todo lo que esté relacionado con la seguridad del chasis. Entonces recordé que el aparato de la Guerra de Secesión volaba bajito por las autopistas y que a veces hasta podíamos olvidarnos de que el aire era escaso y de que las rodillas estaban entumecidas.
Hay un solo Puesto de Control hasta Houston. Y está a muy pocos kilómetros de Mc Allen. El bus fue detenido allí. Entraron dos o tres jóvenes de camuflaje pero uno de ellos fue quien comenzó a pedir identificaciones.Era un tipo muy serio, pelado a rape y con cuerpo de boxeador. Satisfecho por primera vez de la seguridad conque viajaba por América le extendí las dos hojas con el cartoncito que decía "parole por dos años". Como el funcionario demoraba mirando mis papeles y tenía pocas ganas de dar explicaciones le dije que se fijara en el detalle del "parole". Pero se fijó en mí. "Ya lo hice", dijo con sorna. Quizás lamentaba que esta noche no podría detener a ningún espaldasmojadas y mucho menos a cubanos acogidos a la Ley de Ajuste. Me devolvió mis papeles y continuó su ronda. Retorné a mirar la noche tejana.
Entre el silencio de los viajeros y los culazos de la chica de pelo color café fuerte - que no dormía pero tampoco hablaba y era tan inquieta que mis compatriotas le hubieran dicho "oye, controla esas ladillas, chica"- las millas se esfumaban debajo del ómnibus y solo eran diminutas poblaciones a mi izquierda, muy iluminadas y una que otra elevación insignificante. Pensaba que viajábamos muy cerca de la costa y que el terreno no tenía que ser necesariamente llano. A veces el camión techado se detenía y la gente se desmontaba para orinar o para comprar. Regresaban cargados de botellas plásticas y de sobres de papel manchados de aceite vegetal. "Papitas fritas", suponía. Pero yo no tenía hambre. No se trataba de un hambre "natural". Me sentía desfallecer, estaba muy flojo. El largo viaje me estaba pasando la cuenta. Deseaba comer comida cubana. Cosas verdaderamente dulces y frescas. Viajaba como en una especie de estado contemplativo y a veces salía de la modorra para pellizcarme y decirme "resiste, coño, estás en los Estados Unidos de verdad y estás al llegar al ambiente criollo". No obstante, di cuenta de la mitad restante del sandwich y de lo que me quedaba de la gaseosa limonada de Ciudad Victoria.
Poco antes del amanecer nos sorprende un semillero interminable de luces a ambos lados de la autopista sin que desnivel alguno interrumpa el encanto del incendio. De pronto el bus entra en la ciudad y se acaba el espacio llano. Durante millas asistiríamos a un concierto de edificaciones dispersas de no mas de veinte pisos, gasolineras, súpermercados, parques, pasos a nivel y mas torres a lo lejos en cada uno de los cuatro puntos cardinales. Estamos en Houston, me dije. Pero aún no hay aurora real, de modo que no puedo tener una perspectiva fiel de la gran ciudad tejana. Me pregunto dónde estará el Downtown. Miro mi reloj. Seis menos cuarto del 16 de Junio del 2010.
Entonces - me digo - dónde quedaron mis sueños de pasar por Corpus Christi y sentir el olor de los barcos y del Golfo de México, dónde mis planes de conocer al Canal del Galveston y tal vez cruzarlo sobre alguno de los puentes o poder observarlo desde la autopista lateral. Tanto especular con esa "bahía estrecha" que hace de Houston un importantísimo puerto en el Golfo y no poder sentir la fuerza del oleaje en sus orillas. Nada mas había una ciudad ortogonal y herméticamente limpia dejándose poseer por la furia estabilizada del ómnibus de la Greenhouse. De pronto se hizo la luz al fondo de la madrugada y el bus dobló al Sur entre una marejada de rascacielos futuristas, grandes elevados, mas pasos a nivel y cero árboles. Calculé que estábamos en el Downtown. Hicimos otro giro, esta vez hacia el Este y la guagua se detuvo en un estacionamiento muy parecido al de Mc Allen. Para entonces casi todos los vaqueros se habían quedado en el camino y ninguno de los que se apeó con nosotros continuaría el viaje. Traspasé una puerta con vitrales. No hizo falta saber que estaba en la Terminal de Houston. Lo hubiera adivinado. Fuera de algunos detalles sin importancia es idéntica a la de Mc Allen. La "cadena" de Terminales Greenhouse. Como la cadena Mc Donals, pensé. Pregunté por el próximo paso. Un señor de media vida que arrastraba una maleta con ruedas me indicó, muy amable. De modo que seguí hacia donde una dama negra bilingue entregaba boletos y me explicó que la próxima guagua saldría en unas tres o cuatro horas, que podía esperar en la Sala o pasear por la ciudad y me entregó una especie de tícket de trasbordo.
Me moría por sentarme aunque tuviera que ser en el piso. Así que regresé a la Gran Sala de Espera y me dejé caer en un banco de madera. Tenía mucho sueño pero me cuidé harto de tirar siquiera un pestañazo. Aunque estuviera en libertad, la ciudad siempre sería un sitio de ambiente hostil. Los personajes que deambulaban y que llegaban constantemente eran muy diferentes de los que había visto en Mc Allen y aunque se diga que Houston es una plaza "hispana" en el Sur de los Estados Unidos, en realidad lo que se oye hablar es inglés en los lugares públicos. Observé el entorno desde una perspectiva "aérea", como esas tomas de las grandes ciudades cosmopolitas vistas desde la cámara de un helicóptero o de las de algún globo de Goodyear.
Negros jóvenes, gigantones, con el pantalón bajo las caderas, pulóveres como batas de casas con mangas y zapatillas de talla extra, raftas increíbles o pelados a lo Kobe Bryant y gorras policromas ladeadas a lo Daddy Yankee. Blancos larguiruchos, pecosos, con largas trenzas y camisones a cuadros con mangas largas sin doblar, shorts bajo las rodillas, tambaleándose sobre unas canillas de paramesio. Señoras gordísimas con niños como mamuts recién importados de Wyoming, comiendo sin parar al estilo de los cerdos en ceba. No faltaban los negros mayores, solitarios y silenciosos, con sus jabucos percudidos y sus aperos de la noche anterior, mirando al piso, hablando solos y dando gracias y pidiendo permiso para todo. Eran los negros de las plantaciones de Erskine Caldwell y eran, también, los viejos haitianos residentes en los suburbios de los centrales azucareros de Cuba malviviendo una vida sosa e inmediata. Tan diferentes, caramba, a los matrimomios negros con niños sanos, que se sentaban separados como en una especie de flagelación voluntaria y que me recordaban a los negros "medios" de los suburbios "tranquilos" de Charleston. Los personajes "normales" que pululaban o entraban para su turno de viaje a la Terminal Interestatal de Houston podían contarse con los dedos de las manos.
Cuando mis pies asimilaron el descanso, salí a la calle. Había tiempo de sobra y quería mirar lo que pensaba era el centro de Houston. Porque aquel conglomerado de rascacielos medianos no podía ser otro que el Downtown de la ciudad. Entre las torres había solares yermos detrás de destartaladas cercas de malla puzzle, pequeños comercios y espacios de oficinas. Estaba en la calle del Oeste de la Terminal - no sabía si nombrarla calle o avenida porque en verdad estaba desorientado y desconocía si la ciudad está dividida, como Miami, por una calle tipo Flagger que separara el Norte y el Sur - y cuando caminaba algunas cuadras se acababan los edificios y comenzaba la vía infinita y arbolada hasta cualquier lugar. Así ocurría con cada calle. Evidentemente, Houston era la típica ciudad americana con un Downtown suntuoso y la ciudad agregada con otros Dawntowns de menor calibre, esparcidos en las llanuras. Acostumbrado a nuestras ciudades coloniales en las que el espacio es vital y todo está "pegado" en el aria de las promiscuidades con una arquitectura sui géneris, casi siempre sin foresta, Houston me pareció una ciudad artificial colocada en un potrero, siempre a medio terminar, donde la elegancia y la modernidad se codeaban con el mas absoluto desenfado. Cada calle o avenida era "cortada" por un bosque y me preguntaba hasta dónde llegaría la ciudad después de las "lomas planas". Ni siquiera los vitrales opacos, los pisos de linóleo, el naranja de las fachadas y el azul grisáceo de los laterales, me daban la impresión de haber arribado a una de las ciudades mas hermosas - aseguraban algunos urbanistas - de la Unión Americana. Recordaba un diálogo entre inmigrantes en un documental de Televisión Española llamado Españoles por el mundo. Alguien decía "Houston es la ciudad mas fea de la Tierra pero es barata". Algo así como lo que tantos decían de la pujante, grandilocuente y desértica Phoenix, en Arizona. Tal vez yo estaba deambulando por "otro" Downtown de la urbe, por otra geografía agregada y posiblemente Houston no fuera una ciudad hermosa sino una urbe impactante. Dónde estarían las amplísimas avenidas, los fastuosos elevados con trebols futuristas, los parques metropolitanos como granjas sin término, el viejo Astrodome de los Astros de Houston y el nuevo escenario sin techo, dónde la Ciudad Espacial y los Sagrados Aposentos de la NASA, los afamados complejos médicos en los que se atendió Rocío Jurado su cáncer terminal y aseguraban algunas fuentes "autorizadas" cubanas Fidel Castro había obtenido un permiso especial para tratarse sus primeros síntomas izquémicos. Dónde estarían los tinglados del Canal de Galveston, las "salidas" para Dallas - Fort Worth, Arlington, San Antonio, Amarillo y demás ciudades estatales anunciadas todo el tiempo por los altavoces. Para cuando me di cuenta que tenía hambre aterricé en la tierra tejana. Solo estaba en un área reducida de la ciudad: en el área de la Terminal. De modo que puse fin a mis especulaciones de "enciclopedia" urbana y regresé.
Me comuniqué "sin tropiezos" con la mulata que vendía chucherías en el bar restorant de la Terminal. Pero solo pedí un "café americano". El vaso desechable parecía un "cubo número 16" de aquellos en los que ordeñaba la vaca mi papá y ni siquiera vertiendo doce cucharadas de azúcar (pure cane of sugar) pude lograr que perdiera el sabor a escoba amarga. "Retama", como diría mi mamá, antes de agregar "malambo" y "agua de jeringa". Sonreí al pensar que si mi padre resucitara por "arte de western" y tuviera que echar este "café" en su leche fresca para darle el toque criollo hubiera gritado "boten pal carajo esta agua de culo, cojones". Con la nariz apretada por mis dedos, vuelto hacia la calle, me tomé todo el vaso con la rara sensación de que estaba tomando aquellas medicinas extrañas que me daba mi madre en la remota infancia. No había sandwish y no quise poner a prueba mi paladar. De modo que apenas pude aplacar el hambre y temblé al imaginar la recua de millas que nos quedaban hasta la próxima ciudad.
Para pasar del interior de la Terminal a la calle Oeste había que tomar un espacio por la derecha de un pasillo mediano en cuya entrada un mulato de media edad controlaba el paso. El hombre estaba de civil. Aunque de civil "uniformado". Sometía a todos los cuerpos al detector de metales y era capaz de hacerlo dos veces si se olvidaba de un rostro o por capricho. Para regresar de nuevo a la Terminal se entraba por el espacio Sur. En medio de las zonas había una de esas mamparas de metal con flejes de lona divisorios, como las que se ven en las salas de espera de las oficinas de Inmigración. Sucede que entré y salí varias veces, casi desesperado por la demora en la continuidad del viaje. Veía el cartel indicatorio pero de ninguna manera podía "respetar" la orden. Muchas veces regresé por la senda "Norte". A estas alturas ya no me consideraba un extraño en Texas: era solo un viajero más, como tantos en trámite, un simple chapurreador del inglés. Sin embargo el tipo se cansó de mi "indiferencia" ante las normas legales de seguridad y me dijo que me fijara mejor "por donde pasaba". Me disculpé. En verdad esta vez no estaba siendo contestatario. No me daba cuenta, sencillamente. Tal vez salí dos o tres veces más. Pero lo hice como correspondía.
A medida que se acercaba la hora de partir fueron apareciendo mamás blancas con niños deportivos y equipajes stándar, silenciosas y tan educadas como esas que vende a muy buen precio el american way. Mulatos tipo estudiantes, muy sobrios, y negros jóvenes con mochilas. Casi en la hora cero llegaron matrimonios de ambas razas y algunas mulatas preciosas vestidas como para hacer un casting de modernidad desenfadada. Muchos nos acompañarían hasta Tallahasse y Tampa. Pedí en ingleñol que me ayudaran a hacer la cola para montar y como en Chile y en México, todos se deshicieron en amabilidad. Otra vez cogí la ventanilla izquierda porque había perdido las esperanzas de que la autopista bordeara el Golfo y como siempre coloqué mi bolso charro entre mis piernas, descansando en el piso. Me di cuenta que ahora manejaría un chofer negro, cincuentón, relevando al gordo chicano de la primera etapa. Eran casi las diez cuando partimos.
Esta vez mi compañera de asiento era una gorda latina, treintona larga, desparramada, que hablaba un inglés sin acento y al parecer hiperfanática del chat por celular. La guagua tomó un elevado, bajó al nivel del mar y reptó por entre una ciudad calcada de los bordes del Downtown. De repente se esfumó Houston y me dije que lo que acabábamos de abandonar no podía ser el verdadero Centro de la urbe. Todavía, hoy, pese a mis indagaciones de todo tipo, desconozco donde está situada la Terminal de la Greenhouse. Al Este se sucedían las conurbaciones y las fábricas, siempre metidas en bosques tupidos. El sol resplandecía sobre la gran autopista de cuatro vías con pasaje central, alejada de la costa, por supuesto. Al Norte predominaban los pinos machihembrados de mediana altura, y al Sur se veía una selva maciza, que imaginaba mixta. No se observaba nada más. Era un paisaje hermoso pero monótono. Conocía que "arriba" estaban las praderas eternas, con sus potreros siempreverdes y sus rebaños selectos pastando en Rancho King, las ciudades emblemáticas del western legítimo, las Ferias proverbiales, los grandes centros del software y las fábricas de componentes aeroespaciales y de exclusivos pedidos del Pentágono. "Arriba" estaba el lugar donde dstrozaron a JFK y donde jugaban Los Rangers, las locaciones ejemplares en donde Holliwood me había intoxicado el paladar con los filmes de granjeros luchando entre sequías y foragidos bajo la égida de las razas ancestrales y sus toponimias antropológicas. Caramba, cómo deseaba escuchar "Gran Jefe Indio Cabeza de Bisonte pide que guagua se desplace al Golfo de México para que Cara de Venado cubano vea mar".
Abrigaba la esperanza de descubrir algún cuadro de pelota a la vera de la autopista, de ver algunos niños jugando fútbol americano o raqueteando en una pista de yerba, a algún vaquero de paso buscando el próximo Rodeo, rebelado contra la insultante modernidad y el falso progreso, a alguna de esas adorables amazonas tejanas que se llevan todos los premios en los eventos ganaderos del Estado y del país. Vivía una ensoñación imposible. Pero la bella monotonía del entorno daba para muy poco. La infinitud del paisaje texano me hizo recordar un chiste clásico del Estado que había leído muchos años antes en la revista Selecciones del Readers Digest. Vivir en el Estado mas grande de la Unión hace muy orgullosos a los tejanos y por tanto les hace sobreexagerados y les convierte en jactanciosos impredecibles. Parece que una gallina tuvo que poner cien veces el mismo huevo porque trataba de ponerlo de frente al viento.
Los complejos residenciales se fueron compactando y aparecieron calles y avenidas, como siempre muy arboladas. Las casas se mutaron edificios y en el horizonte Sur había una ciudad. No tenía que mirar el Boletín de Viaje para saber que estábamos en Beaumont y que era Texas todavía.La industrializada Beaumont, la potencia refinadora de petróleo,la ciudad puerto que está a casi treinta kilómetros del mar, unida a este por el Gran Canal Río Neches - Sabine. La ciudad rica y limpia, casi un suburbio de Houston, la que había sido pionera de un Megaproyecto petrolero en los albores del siglo XX, la misma que aún padecía, paradógicamente, las consecuencias de enfermedades derivadas. Como a su ciudad pártner el hombre la convirtió en puerto y en sitio de portentosas áreas metroplitanas. Pero el bus pasó muy lejos del Río y del Canal y apenas pudimos vislumbrar algunas chimineas marcando el progreso con sus fumarolas grises. Por cierto el nombre Beaumont no podía dejar de traerme gratos recuerdos de mis tiempos de voraz lector de novelas policíacas. Ned Beaumont era el detective impecable ( e implacable) de Dassiell Hammet, quien resolvía los casos de la alta sociedad con la intuición de Holmes y la sagacidad de un policía del Bronx. La llave de cristal. Cosecha roja. Ned, cuando vendrás para investigar estas malditas enfermedades derivadas de la polución. Beamount es un lindo escenario, Ned Beaumont.
El afán de observarlo todo me impedía dormir aunque fuera un rato. No tenía sueño, por demás. Y sí el cansancio oprobioso del largo viaje y la tensión por el conocimiento de que nos quedaban infinidad de millas por recorrer. Me sentía vegetar en vida y me alegré por mi gran entrenamiento histórico en los gimnasios de la Nada, aquel que me hacía soportar hasta las situaciones mas extremas. Por tanto mi sistema nervioso central seguiría inmune a todas las desgracias e impedimentas.
Técnicamente, Texas no es el Sur americano. Es, quizás, El Alamo y la zaga de Sam Houston y sus hombres gloriosos pataleando en el lodazal de las expansiones territoriales. Es, tal vez, México a por la reconquista, diciendo "yes" sin proponérselo. Texas es otro Sur en el Sur profundo americano. El verdadero Sur comienza desde que los efluvios del Río extrapolan sus esencias en los vericuetos de Louisiana. Allí, donde las grandes casas señoriales y las calles bajo los árboles centenarios gigantes rememoran épocas coloniales mixtas flotando sobre quitrines dorados y conductores con librea que dicen "yes, ser".
La gorda latina del chat celular seguía en lo suyo y yo no encontraba manera de abordarla aunque solo fuera para compartir el paisaje monótono con alguna charla de ocasión. Cada vez que la maldita tentación me hacía dirigir la vista hacia la pantalla del fono, me volvía. El acto era peligroso y era doblemente comprometedor en los Estados Unidos.
El camión techado devoraba las millas bajo la potencia de su "motor nuevo". Ahora, a los olores adivinados de la Corriente del Golfo, se unían los olores "dulces" del Río y era como una mixtura agradable de trasatlánticos y barcos con ruedas en la rada de Batton Rouge. Sentí hambre real pero decidí que la tirada sería hasta Nueva Orleans porque si la guagua no había parado en Beaumont tampoco lo haría en Lafayette.Tajadas de aire para mi boca exhausta. Pedí a un Dios impublicable que nos permitiera arribar de día a la ciudad del Delta porque de seguro Mark Twain no perdonaría que dejáramos de ver y disfrutar, con sol, el sitio que nos obligó a imaginar en la lontananza de sus héroes.
Desmonten de la cabalgadura y no bailen. Que la trompeta de este negro único está diseñada para el encanto del oído.
Septiembre 25 del 2011.
Miami, North West, USA.
Luis Eme Glez.
No comments:
Post a Comment