Alabama es casi todo bosques y ríos enormes que se juntan para formar grandes sistemas fluviales interiores. En la noche no supe cuando entré al Estado y tampoco aprecié cuando pasamos el puente sobre el Río Alabama. Esta pérdida hidrográfica no fue otra cosa que el preludio de que tampoco vería nada del Río Mobile y su estuario. Mi vocación por las aguas libres seguiría trunca. La noche campesina norteamericana no es violada jamás por ningun maremagnun desordenado de luces. Tal vez por eso Sinatra habló alguna vez de los "extraños" en la noche. Sin un sol irredento, la costa de Alabama, con sus menos de cien kilómetros de largo, es apenas una mancha negra en la ribera oriental del Golfo de México. Y quienes corríamos en su paralelo, éramos los "extraños" de que hablaba Frank, aquellos obnubilados en la rada fosforescente de Biloxi.
Después de haber conversado hasta "por las muñecas" la boricua y el cubano trataron de tirar un pestañazo. Como la chateadora no pudo mover su recia anatomía pude escapar del asedio de sus muslos y rodillas. Miré a la noche del Norte de la Autopista. Allá lejos estaban las grandes ciudades de Montgomery y de Birmingham, los equipos Triple A de beisbol y anidaba la euforia forestal y minera que viene subiendo los salarios percápitas de un Estado con raíces multiétnicas desde que Ponce de León intentó emblanquizar el Continente de los nativos y de los búfalos. Vencido por mi manía incondicionada de la información histórica alcancé a ver a Rosa Park, sentada en la parte izquierda del bus público, negándose a pararse ante la diatriba del hombre blanco reclamando derechos insostenibles. A su lado, de pie para estimularla mejor, estaba Jhonnie Carr, su amiga del alma, encandilando con su garbo negro a las babosas miradas de los caras pálidas. Entonces recordé que todo este intríngulis racial tenía sus raíces recientes "oficiales".
En 1946, recién finalizada la Segunda Guerra Mundial, el Gobernador de Alabama, Jim Folson, se inmiscuye en un conato especial con blancos progresistas y negros con aspiraciones, buscando atenuar el oprobioso sistema de segregación racial que asolaba al Sur de los Estados Unidos. Fruto de un populismo a priori, la gestión es encomiable por demás. Sin embargo, para 1960, cuando el Movimiento Nacional para reformar los Derechos Civiles está en su apogeo, el señor aspirante a la Gobernatura del Estado, George Wallace, anuncia, en medio de la campaña electoral, que si llega a alcanzar el Podio del Estado, lo que se conocía como Segregación Racial "no sufriría el menor cambio" en un sitio donde "cada cual sabía el lugar que le correspondía". Tres años después, Martin Luther King Jr., con la postura histórica de la señorita Clark tras sus párpados negros, se pondría al frente de las protestas que buscaban boicotear el Sistema de Transporte Público segregado en Montgomery. Luther fue apresado e inmediatamente la ciudad de Birmingham se tiró a las calles. Para reprimir a los negros desbordados y a los blancos pusilánimes la Policía tenía una carta guardada. "Bull" Connor se cebaría en las masas con sus célebres procedimientos de respuesta rápida. Yo no había cumplido todavía diez años, pero a finales de la década de los sesenta, cuando comenzaba a adquirir capacidad de disernimiento social, el sonado caso de la interesante negra marxista Angela Davis, los Hermanos Jackson y la zaga de la Prisión Sledad, me permitieron asimilar bastante bien el problema racial en el país por el que ya mi mente trabajaba a tiempo incompleto. Fueron los años en que leí sobre el trinitario Stokely Carmichael, que hizo su vida en Estados Unidos y quien fundaría Panteras Negras, sobre Bettina Aptiker y famila, en que supe sobre Malcolm X y el musulmanismo doméstico en medio de cabezas rapadas y specdrunes desbordantes. En 1965 se le puso un zípper definitivo a la metodología de la segregación racial en Estados Unidos y aunque sabemos que hay raíces muy profundas prosperando en los campos roturados de la ilegalidad, Estados Unidos es una nación legalmente multiétnica. O si no, pregúntenle a Oscar Adams, el primer negro elegido Juez de la Corte Suprema de Alabama en 1982.
Cuando Steven Spielberg se acuerda del Color Púrpura deja los campos gloriosos de Georgia la Bella y se llega a Alabama aunque solo fuera para charlar con Forrrest Gump en la cerca del camino que da a la carretera. A veces por allí camina un negro grande, con mirada de abuelo bueno, revisando la casa de campo negra para su próxima película. Responde a la voz de "eh, Morgan Freeman, ven acá," cuando le llaman y casi siempre supone que se trata de Joe Luis nokeando en la segunda oportunidad al alemán Max Schemeling y agradeciendo la bonhomía del ario cuando el Bombardero de Detroit cayó en desgracia. A veces cree que quien lo está llamando es Jessie Owens para que mire cómo destroza los sueños de Hítler en la Olimpiada berlinesa de 1936 sobre las pistas domadas. Porque Alabama da para todo. O para casi todo.
Mauvila - permitáseme escribirlo en "español"- no fue otra cosa que una avenida muy larga y muy amplia, despoblada de los árboles infaltables en las ciudades norteamericanas y acaso con algunos rascacielos nobles en la dispersidad de la noche tardía. Ahora la guagua apenas se detuvo. No entró a la Terminal. Pero se nos dejó estirar las piernas en la acera. Un negro con la apariencia cierta de Barry White sustituyó a la bella negra de la piel azul y cuando los nuevos pasajeros abordaron nos volvimos a poner en camino. Este viaje sin fin aparente me recordó al cuento genialísimo El guardagujas, del escritor mexicano Juan José Arreola, en el que unos viajeros de tren jamás llegan a ningún sitio y solo observan fantasmagorías a través de las ventanillas y cuando se les permite apearse se dan cuenta de que no podrán salir de allí y deciden establecerse y formar familias. Como uno de ellos, a veces yo pensaba que iba "para T", y no para Fort Myers. Teniendo en cuenta que la boricua y el marielito trasbordarían en Tallahasse para coger la Autopista de Florida Oriental comprendí su decisión de cambiar de asiento. A esa hora, el bus rodaba con pocos clientes y me sentí desmadejadamente solo en la ventanilla izquierda.
Poco después de salir de la Terminal el bus dobló hacia lo que creí era el Sur franco y de pronto entró en una Autopista que luego sabría era un largo puente sobre el mar. O sobre el Río Mobile?. Al Este del puente había una ciudad maciza con varias marinas, muy cercana. A Poniente, mar abierto, grandes barcos atracados y el titilar de las luces en el agua. No supe de qué se trataba. La noche no es buena profesora aunque el alumno sea dueño de suficiente información demográfica. Solo que tenía que estar pasando por lugares que conocía perfectamente en el tiovivo de la cosa teórica. Me estaba ocurriendo lo mismo que con Nueva Orleans. Porque a veces la teoría es insuficiente y la realidad está hermosamente distorcionada. O ni lo está. Ojalá la Autopista hubiera seguido por la costa del Golfo para ver si era posible conocer Pensacola, el puerto y la Gran Base Naval. Pero el itinerario obligaba a poner proa hacia la capital de La Florida. Arribamos a Tallahasse al amanecer. Entre las brumas, la ciudad es un bosque salpicado de edificios altos, aceras amplias y rematadamente limpia. La ciudad está en el alero del Estado de Georgia y siempre me he preguntado por qué sigue siendo la capital de La Florida y el lugar donde se decide todo el entramado político de un Estado tan importante en el juego de ajedrés nacional. Me encantaría Orlando, por ejemplo. Y no por sus parques temáticos. Tal vez algunos personeros norteamericanos consideren que no es bueno continuar bajando paralelos y alejando a las ciudades importantes de Washington.
Fue Tallahasse la única ciudad del largo trayecto en donde vi colinas suaves. Aquí se perdía la horizontalidad paisajística casi opresiva. Es verdad que se trataba de desniveles ingenuos pero era "suficiente". Incluso la calle por donde entramos y salimos estaba salpicada de subidas y bajadas entre la recua de árboles. De nuevo fue una parada rápida sin cambio de chofer. En el atropello de los regresos al bus y del reacomodamiento para el trasbordo no me despedí de la boricua ni del cubano. Tal vez sus minutos de sueño forzado le habían hecho olvidar al tipo que sabía que aquella ciudad se llamaba Biloxi. Sonreí al imaginar en casa a la boricua, chateando con su hija en Matamoros, mas calmada, escribiendo con letras mayúsculas "no te la dejes echar más , cabrona". Y al cubano reunido con las Organizaciones Anticastristas en La Pequeña Habana, "despachando" sobre "el tipo que había conocido en Nueva Orleans que se las sabía todas".
Con el Sol joven fastidiando al parabrisas de Barry White, el campo del norte de Florida se desbordó todo. Ahora, la monotonía de los bordes de la Autopista en los Estados vencidos se acabó. Estábamos en presencia del campo puro, en su estado real y primitivamente transformado. Había mucho bosque pero entre él y en los espacios vacíos, las grandes residencias se ofertaban con sus cercas de mampostería y los potreros adyacentes donde pastaba ganado extensivo.
Había hombres a caballo seguidos por perros y camionetas saliendo de las residencia por entre barrotes dirigidos por control remoto. Por doquier carteles policromos indicaban zonas restringuidas y algunas carreteras secundarias se metían al bosque tupido caminando hacia el Norte. A lo mejor por allí, calculé, se podía ir hasta Augusta para disfrutar de su "Abierto". O a Fort Benning, para tratar de asistir a alguna filmación en la Academia Militar, en la que los soldados imberbes lloriquearían "yes, ser". O por qué no, revolcarse en los campos quedados de lo que el viento se llevó y esperar a que la brisa atlántica levantara la zaya de Olivia de Havilland en la maravilla de sus muslos dóricos.
El bus de la GH giró al Suroeste. Adiós Jacksonville y San Agustín. Adiós Daytona Beach, West Palm Beach, Fort Lauderdale y Miami. Buenos días, interminable paisaje urbanizado del Oeste de La Florida. El Sol era un espejismo deglutible en el verano de Junio 17 y yo trataba, en medio de tanta belleza cierta, de no pensar que viajábamos por algunos de los suburbios de Disney World.
Reuniones de trabajo, vacaciones, sol, mujeres. Florida, señores, Florida, dijo Al Capone, apoyado de codos en un malecón del Lago Michigan.
Octubre 8 del 2011.
Miami, North West, USA.
Luis Eme Glez.
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