Saturday, September 17, 2011

EL RIO Y EL MARIACHI DE LOS TRES CENTAVOS.-(30)

El Atleta se desperezó, dio dos o tres vueltas por la oficina y me miró con gestos de "mira qué bien, pues". "Solo dime la verdad, qué haces por aquí", preguntó. Después que me senté y que pude concentrarme para recordar las tantas veces que había estado en similar situación en mi país, adquirí el valor necesario para tratar de imponer mi leyenda. "Ya te dije, hermano, tengo una visa por seis meses estampada por el Gobierno de tu país y pienso que puedo viajar por donde quiera en México, además, estoy realizando una investigación". De nuevo el hombre Migra sonrió pero ahora lo hizo como si estuviera entrando en un largo túnel de cansancio. "De dónde vienes". "De Chile". "O sea, que no juraste durante tu entrevista en la Embajada que no visitarías el Norte de México, correcto". Tenía razón y al parecer estaba mejor informado de lo que yo pudiera suponer. Por lo demás, no fue una pregunta. Y no respondí.
El Inquisidor golpeó dos veces la mesa con sus dedos, frunció sus labios e invitó al tipofante a salir a la calle. No me quedaba otra alternativa que regresar por las tablas en esta partida desproporcionada de Frontera. Reentraron enseguida. "Mira, cubano, no quiero perder tiempo, todos sabemos que ahí, detrás del Río, te están esperando los gringos de los ojos azules con los brazos abiertos, qué es para ahí hacia donde vas como todos los cubanos, así que terminemos esto lo mas pronto posible". Cometí un error al insistir con mi teoría del hombre libre de Occidente. En verdad no podía controlarme y volví a pecar de persona "profesional" que no quiere respetar a nadie por aquello de que "ninguno es superior a mí aunque esté en su derecho y sea dueño de su verdad". El muchacho se mordió el labio inferior, asintió con su cabeza mexica "adelantada" y estalló. "Oye, compadre, puedo hacer tres cosas. Primero, regresarte a Chile por violador de palabra dada en sedes consulares, segundo, dejarte detenido en Reynosa por tiempo indefinido y puedes imaginar lo que te esperaría y tercero, soltarte en la ciudad para que gastes todo lo que tengas sin que te dejemos pasar". Tenía razón de nuevo. Así que elegí las tablas pero sin tomar una decisión definitiva todavía. Porque podía ocurrir, en verdad, que la pareja del "casiRío" me devolviera a Chile y entonces sí que la vida no tendría razón de ser. "Sin embargo, agregó, no he dicho que no vayas a pasar a donde te esperan tus amigos gringos". Más claro ni "el agua del río que no consiente basura". La frase no me sabía a aceptación de coimas ligeras y me cuidé mucho de "ofrecer" dádivas. Me sentí desplumado. "Ok, dije, déjenme trescientos dólares para llegar a Fort Myers, Florida, y acabemos esto".
Entonces se sintió con "derecho" a registrarme. Se trató de un registro ordinario y duro pero como estábamos en una oficina "legal" y yo era solo un extranjero intruso en zona de Capos domésticos quiso dar la impresión de que era de rutina. Como cualquier registro realizado a quien pretenda burlar el Puesto Fronterizo. Solo que con cierto plus por tratarse de un cubano, la "raza" privilegiada que generalmente viaja con billetes verdes. Muchas de mis propiedades de urgencia saltaron por la habitación antes de que me sacara los primeros mil dólares de la media derecha. "Oh, dólares, qué bien", dijo, con su sonrisa repetida, medio babeada ahora. Ante la posibilidad de ser desnudado me metí la mano en el tacasillo y extraje la segunda tajada del dinero yanqui. Creo que no se dieron cuenta del sitio de donde yo había sacado la plata porque de ser así tal vez hubieran reaccionado defensivamente. En un final detrás de un tacasillo siempre habrá, al menos, un arma detonante. 
El Atleta se echó la pasta verde en el bolsillo de su pantalón y me pidió que esperara pues tenía que platicar con su pártner afuera de la oficina nopalera. Estiré las piernas y me recosté en mi silla. Miré la tele. De un plumazo esta pareja de casi niños - especie del Gordo y el Flaco enginnasiado - me había desplumado del valor irredento de mas de cinco años de trabajo esclavo y de huelga voluntaria en la Balada del Ahorro y no era descartable que me ordenaran llamar a mis familiares para que me enviaran más plata con qué poder seguir el viaje. Si así fuera no sabría qué hacer en realidad pues mi plan era llegar a los Estados Unidos, arrendar una pieza barata, comenzar a trabajar enseguida y con la ayuda que sabía me daría el Gobierno tratar de enrumbar al futuro sin decir nada a nadie de mi llegada. Asentado, luego, mis "amigos y familiares" sabrían que Luis Manuel, al fin, había llegado a la "tierra prometida", aunque, como diría mi madre "el sombrero llegaba demasiado tarde para tan maltrecha cabeza". De hecho creo que hubiera sido capaz de regresar a Ciudad México - si me lo hubieran permitido - y contarle a Fedex a ver qué se nos ocurría en caso de que se hiciera cierto tal evento. Estaba nervioso, enojado y muy impotente y no atiné a recoger algunas de mis pertenencias ligeras. Nunca me sentí tan humillado. A veces el "hombre puede ser destruido y también vencido", parodié al viejo de las detonaciones increíbles en los aledaños de  Clínica Mayo.
"Te daremos cuatrocientos dólares para que puedas llegar sin tropiezos", dijo el Atleta nada mas regresar. Entonces revisó mi cartera, que aún estaba sobre la mesa. "No creo que puedas hacer nada con moneda mexicana del lado de allá", agregó, vertiendo mas de diez dólares convertibles en su bolsillo del pantalón. Apreté mis dos puños casi hasta sangrar y me sentí una poderosa águila real cuando mis uñas se metieron en las palmas pero muy rápido caí en la cuenta de que estaba en un zoológico custodiado por dos gendarmes despiadados, cobardes y sarcásticos, amos absolutos de las jaulas y de las llaves. Esta última acción hacía añicos mi proyecto de hartarme de comida "real" en Reynosa. El Jefe dijo que saldría un momento para decidir la manera en que yo seguiría el viaje.
A partir de ese instante el Gordoceronte se mutó una pascua florida y yo, sabedor de que me dejarían continuar y de que la plata me alcanzaría sobradamente para llegar a Fort Myers en un ómnibus de Greenhouse - como había decidido desde Santiago de Chile - me resigné y digamos que "colaboré" en la "detón" con mis custodios. Así fue como me enteré de que los tiempos en que la Migra "aceptaba" cualquier cantidad por la deferencia de dejar pasar al otro lado habían pasado. Ahora, cada Puesto Fronterizo, desde la desembocadura del Río hasta el Oeste de Tijuana estaba custodiado por gendarmes que permitían el paso solo cuando las personas desembucharan sus dividendos y que había algunos que no dejaban plata ni para seguir con el mínimo y era entonces cuando tenían que acudir a sus familiares . Los cubanos eran los salmones modernos: solo que eran peces que no regresaban a sus fuentes sino que se trasladaban a su destino final, nadando contracorriente como aquellos. Y los sabuesos de la Migra mexicana eran los osos hambrientos que los esperaban en cada salto de agua. Aunque pescaran en seco. El gordopótamo agregó que cada semana pasaban varios cubanos y que hacían muy rápido el trámite pues conocían el costo y que incluso tenían amigos en todo Estados Unidos que les avisaban del cruce de amistades y familiares y ellos solo tenían que esperarlos. Conocían que algunos podían burlar la vigilancia pero me dio la impresión de que quiso decir "pobres  de los que llegaban sin dinero". Finalmente hablamos de la familia , de las mujeres cubanas y de la volubilidad del fútbol profesional mexicano. Cuando prendió la tele no presté atención.
Atleta regresó como a los diez minutos. Asomado a la puerta pidió al Gordodrilo que le acompañara un minuto y me dijo "tranquilo, muchacho, todo está bien y seguirás dentro de un rato". Estábamos viviendo un mal ensayo para filme de Hitchcock. Me tenían en sus manos. No poseía ningún Dios Encumbrado a quien pedir clemencia ni ayuda. Pero hice una invocación a la frase manida "qué sea lo que Dios quiera".
Había un sol esplendoroso de Junio pero sin calor. Las brisas acuáticas amortiguaban todos los sopores. El tiempo estaba azul y debí resistir la tentación de hacer alguna foto a la vera de la Frontera. Yo miraba a las rastras detenidas y al tráfico mediano como en un extraño letargo tras el gran cansancio de las faenas terminales. En media hora mi status había cambiado completamente por obra y gracia de dos delincuentes que actuaban con Patente de Corso. Pero la gran suerte de poder llegar a los Estados Unidos compensaba cualquier handicap coyuntural. Refugiado en la cúpula de los perdedores  me dije "imagina que llegas en balsa con solo lo que llevas puesto y que no te queda mas remedio que llamar a toda (tu) gente". No lo imaginé pero debí.
La pareja se asomó de nuevo a la puerta. "Para que no haya líos mi amigo te llevará en su carro hasta el Río dentro de un ratico", dijo el Indio Fernández. Nos dejó solos. "Pasa que de aquí hasta el Puente hay mas patrullas y si continúas solo pueden detenerte y ya sabes". Claro que "ya sabía". Sin embargo me pregunté "estará hablando en serio este tipo o nada mas me pondrá en manos de sus amigos para que ahora apliquen la variante de ( si no tienes lana pos pídela a tus parientes). Si existía la posibilidad de que otras patrullas me detuvieran entonces no eran "carnalitos" de causa y competían por estar en el primer puesto de vigilia. La condición humana. Mi cerebro, que trabajaba a miles de revoluciones por minuto - estaba pasando constantemente de la modorra a la posible acción - tampoco descartó que el Gordoimán recurvara antes de llegar al Puente y se dirigiera a otra parte del Río en donde lo esperarían sus "wei" con una gran piedra ancla y una gran cadena de hierro fundido. En cualquier caso lo importante sería estar vivo para ver cómo se enfrentaba el próximo acto de este drama singular.
Otra y mil veces el Atleta solicitó al luchador de sumo azteca. Quedé solo de nuevo. Muy poco tiempo. Reingresó el Gordofante y me miró como si fuera mi mejor amigo. Recogió mi billetera de encima de la mesa y sacó mi Carnet de Identidad chileno. "Déjalo, que no les gusta que lleguen con él, sí debes seguir con tu pasaporte", me dijo. Como un autómata lo dejé allí."Vamos, amigo". Le seguí. Al Norte de la oficina había una camioneta Ford, gris cielo, cuatro por cuatro, muy potente. Me monté como si el Gordo fuera el chofer amigo que me llevara a ver un juego de exhibición de un team Triple A de Reynosa contra Los Rangers en época de Pretemporada de beisbol. La autopista era amplísima y en efecto, a la derecha, vimos dos o tres patrullas y por cierto el Gordo no les saludó. Tal vez fuera la norma y de alguna manera les habría hecho señas de que "llevaban a uno". Para ese instante yo no pensaba en lo que andaba. Estaba totalmente obnubilado. Y solo deseaba ver aparecer una planicie inmensa y sucia con una caseta en donde hubiera uno o dos mexicanos descuidados sentados en sillas de patas cruzadas, aburridos, pidiendo documentos. Pensaba decir mi slogan de asilado y escuchar "pos siga nomás" después de que el Gordo les hubiera advertido de quien se trataba el próximo acogido a La Ley de Ajuste Cubano y hecho la señal correspondiente para que supieran que su "parte" estaba asegurada. Detrás de la Migra del Río imaginaba una carretera de dos vías sobre un puente ordinario y después la "diferencia" con la ciudad de Mc Allen, en el Condado de Hidalgo, resplandeciente en el mediodía del Primer Mundo. Si el Gordo no me hubiera llevado allí mi imaginación hubiera permanecido intacta. Con la diferencia de que no podía imaginar cómo trasladarme desde donde me dejara el ómnibus hasta el Puesto Fronterizo aún cuando muchos me habían explicado que siempre se cogía un taxi ( casi que de "sitio") y se pronunciaba la frase célebre "al Puente".  Por supuesto que mi coima simbólica era para estos representantes pobres de la Migra charra.
Muy pronto la autopista se vistió de edificios aislados como si corriera por algún sitio periférico de Reynosa. Miré hacia ambos lados y no vi síntomas de ciudad alguna. Cuando la vía se estaba volviendo calle populosa se estrechó un poco y observé un espacio abierto y enseguida una población naranja detrás de un pequeño bosque, un puente pontón lleno de automóviles, edificios de una planta, espacios pavimentados y dos pasarelas blancas a mi derecha que escoltaban lo que parecía ser un puente peatonal sobre un río. Y siempre el azul limpido y casi aburrido. El paisaje era impecable y hermoso, refulgente, incluso en el lado Sur, y me golpeé los muslos en señal de rabia por mi desconocimiento en materia de geografía acerca del paso fronterizo de Reynosa. "Llegamos - dijo el Gordosaurio -, pasas el puente como si nada, nadie te detendrá, y luego echas tres centavos mexicanos en el torniquete y ya estás del otro lado". Me tendió la mano. "Estos son los tres centavos, suerte y me voy que esto no es legal". Sonreí para dentro. "No es legal", wao. Se trataba de la primera vez en mi vida que había sido insultantemente estafado y luego obsequiado con mi propio dinero. Pero el Atleta, al menos, había cumplido su palabra de depositarme en el mismo Puente para que "nada me ocurriera". Lo que me había costado, por demás, dos mil diez dólares y fracción.
Cogí mi bolsa en la mano izquierda y me apoyé en la baranda derecha del Puente Internacional. Caminé. No creo que llegara a dos metros de ancho y era tan firme que no daba jamás la impresión de que se caminara sobre una cuerda floja. Aquí el Gran Río puede andar por cincuenta o sesenta metros de cause y se ve abajo verdeazul intenso y limpio y tranquilo, con sus orillas arboladas y regias, listo para sorprender al Golfo de México con un Delta sobrio y sin aspavientos de gigante de las planicies.En la orilla Norte había una o dos lanchas amarradas y cuando me pareció que me iba a sorprender el vértigo de las alturas calculé que estaba mas o menos por la mitad. Me detuve. Otro paso y dejaría México. Me volví. No he llegado primero y tampoco sé si he sabido llegar, pensé. Puse la jaba en el suelo y pegué mis brazos al tórax. Separé los codos. Levanté mis manos y cerré los puños con el pulgar enhiesto. México lindo y querido, cuándo yo te vuelva a ver, dije sin decirlo. Me incliné, tomé mi magro equipaje y me di vuelta. Hidalgo, Texas, Estados Unidos de  América. Di un paso hacia el Norte.
Y con la conciencia que le falto a mis principios rogaría que me lleven hacia ti.


Septiembre 16 del 2011.
Miami,  North West, USA.
Luis Eme Glez.

1 comment:

  1. Brillante descripción,,,te lleva de la emoción,,,a la hilaridad,,,,la desesperanza el jubilo,,,la bajeza humana,,

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