Saturday, September 10, 2011

HACIA EL RíO.- (29)


Durante mas de una hora el ómnibus maniobró por una Avenida que parecía continuación de la que nos había traído hasta la Terminal Norte. Después serpenteó a la derecha de un largo paso a nivel que estaba en reparación y enfiló una calle de dos vías. La ciudad no se acababa nunca. Mi vista se perdía en la noche de Junio y tanto por el Este como por el Oeste las miríadas de luces se empinaban sobre los cerros hasta el infinito. Titilaban como en un Filme Documental sobre Vías Lácteas.
A mi derecha un matrimonio maduro conversaba sin que yo pudiera precisar el tema y me daba la impresión de que la amistad había suplantado al amor a estas alturas. El hombre vestía camisa de cuadros azul claro, de mangas largas, y sobre su cabeza lucía un tejano gris claro de esos que se ven en las películas americanas donde mandan los Sheriffs de los Condados Campesinos . No faltaba el gran bigote y cuando pude imaginarlo sin el sombrero no era mas que otro de esos hombres duros del cine mexicano de la nostalgia que pasan, sin comerciales, los canales de Cable. Su señora vestía un todoterreno holgado, color beige, y me parecía demasiado "clara" para ser charra. En el centro del bus, también a mi derecha, dos jóvenes hablaban altísimo de temas mundanos y se reían con tanta solvencia como si tras las ventanillas herméticas Cantinflas y Tin Tan corrieran a nuestra vera participando en un casting para un filme cómico de humor póstumo. La guagua viajaba a media capacidad  y los pasajeros aprovechaban la baja noche para contarse sus chismes antes de que el silencio nos copara y les entrara sueño. En mi caso me esperaban muchas horas de observación porque ya lo he dicho: no duermo mientras viajo aunque me falte el sol. En cualquier caso estaba seguro de que vería mucho mas  a ras de suelo de lo que vi en aquel viaje en avión desde La Habana a Santiago de Chile en Marzo del 2001.
De pronto desapareció la última estructura de la ciudad y me di cuenta de que corríamos sobre una simple carretera de dos vías y que a mi izquierda pasaban mogotes semipelados de muy baja altura. Entonces sentí nostalgia del Df y envidia de aquellos que la habían tomado tantas veces movidos por intereses políticos en los que la Patria era el objetivo final sin que ello implicara hacerla ara o pedestal. De modo que opté por cerrar los ojos si ocurría que el paisaje resultaba solo una recua interminable de colinas enanas y peladas para meterme algunos ditirambos de la historia de la urbe que pugnaban por ser elaborados detrás de mis párpados.
Allí estaban los franceses, huérfanos de los tiempos gloriosos, queriendo pretextar unos débitos insulsos solo para plantar sus botas en suelo americano, desoyendo Panamericanismos a ultranza y Destinos Manifiestos. Maximiliano delante de las huestes de Benito camino al Paredón y Carlota muriéndose de calor en las faldas del Paricutín  mientras las Casas Reales de Europa se mofaban de unos napoleones venidos a menos en vísperas de la guerra con Prusia. La década sin gloria glorificada en La Reforma como revancha irónica de aquel año tenebroso en que los "green go home" plantaron sus botas de cuero y sus jeans Levi Strauss  en las poltronas sagradas para hacer firmar documentos  mediante los cuales una gran parte de la nación estaría obligada a hablar en inglés por los próximos siglos  a la vera de las Misiones convertidas en Monasterio Holliwood. Delante de mis pobres ojos porfiando en la oscuridad de la noche mexicana Porfirio Díaz cabalgaba cabisbajo  rubricando el fin de Su Historia sobre la delantera  de las monturas de Madero y de Zapata, de Villa y de Carranza, mientras escuchaba los carillones de la Ultima Revolución. Venustiano enrumbando al Grupo de Sonora hacia la Columna de Trajano  donde se asentaría el PRI desde 1929 hasta el 2000.  Porque el PRI y sus acólitos fueron los penúltimos que tomaron por asalto a la capital de México. El glorioso Partido me trajo un recuerdo sabroso de mis tiempos  de irreverencia contestataria en la Cuba de los setenta. Alguien dictaba una Conferencia Magistral sobre las bondades del Socialismo en uno de los Batallones donde yo pasaba el Servicio Militar (variante "agrícola" para Ejército Juvenil del Trabajo)  y se deshacía en alabanzas sobre la maravilla de la existencia  de un único Partido en Cuba mediante el cual el pueblo era quien manejaba las riendas del Gobierno porque era "dueño de los medios de producción". El Proletariado, recalcó. Tras un efecto actoral de alta oratoria sentenció "el pueblo y su Partido se eternizan en el Poder porque fueron capaces de barrer con los criminales métodos capitalistas de producción". Cuando el Conferencista dio por concluida su Disertación algunas personas hicieron comentarios y preguntas de modo que el hombre debió continuar hablando sobre la URSS,  China, el CAME y los países del Bloque Socialista. Muchos de los oyentes, que me conocían muy bien, esperaban algún anexo de mi parte, algo así como un punto de giro que fuera capaz de contrarrestar los colores rosa de la disertación. Pero ese día yo no tenía deseos de hablar. El tema me sacaba de mis  casillas y lo consideraba demasiado profundo para ser tratado en poco mas de una hora por alguien que solo podía jactarse de sus conocimientos dogmáticos. Sin embargo, el propio Orador - que también me conocía suficientemente bien -  se dirigió a mí, que estaba al fondo del comedor de la Unidad Militar que fungía como Sala de Conferencias. Algo que agregar, Luis Fumero, dijo. Lo tomé como una provocación. Yo sabía lo que anhelaba decir desde que empezó su charla. De modo que me levanté. En ese aspecto de la "eternización" del Socialismo "en el Poder" veo una similitud con un país de América, dije, y me callé. Acababa de proferir una ofensa. Cuba era el único país "libre" de América a "las puertas del Imperialismo", por tanto "similitudes" con tal nación no tenían razon de ser. A qué país se refiere, preguntó el Jefe. A México, riposté. México es un país hermano y amigo, al que estaremos eternamente agradecidos, pero usted sabe muy bien que se trata un país capitalista. Me refería al Partido que está en el Poder allí, aclaré. Que es el PRI. Exacto, admití, allí gobierna el Partido del (Pri)letariado. Sonaron un par de risas de sopetón en el público pero el orador no captó la idea. Solo una semana después fui llamado a "contar".Pero esa es otra historia que tiene que ver con la Balada del Informante.
Esta gran ciudad a la que apenas había tomado por sorpresa una semana había padecido eventos oprobiosos bajo la égida de los prohombres del PRI y la Naturaleza no la había olvidado en su Agenda de Maldiciones. Recordaba, en mi asiento personal, aquel año sonado de 1968 en el que yo estaba dejando de ser niño y los pueblos trataron de hacer su Conato de Revoluciones en ambos lados de la barrera que delimita a las Formaciones Económico Sociales. El Ejército mexicano firmó la Matanza de Tlatelolco y tres años después se ensañó en la Escuela Normal Superior un Jueves de Corpus. Catorce años mas tarde un terremoto descomunal barrió parte de la urbe y recordé cómo mi madre y mi hermana, acostumbradas a mi fluida relación epistolar con Meche de Cuernavaca, se preguntaban si esa muchacha "tan bonita" habría "muerto" durante el terremoto dado el tiempo que hacía que no sabíamos nada suyo.
Me había quedado un "pendiente" importante en Ciudad de México. La Cueva, de Juan Bruno Tarraza. Entre las jollas que atesoraba el maletín que le había confiado a Cecilia Domínguez estaba un cassette con la voz de Guadalupe Pineda y el piano inconfundible de Juan Bruno. Mientras trabajaba en la Sección Fotográfica del Museo de Caibarién, custodiando y organizando una gran colección de negativos en cristal que había dejado el renombrado fotógrafo local Martínez Otero conocí a una señora que viajaba bastante a Ciudad México y siempre visitaba a Tarraza en su hogar y en el sitio donde aún mantenía sus descargas nocturnas y que se llamaba La Cueva. La señora tuvo la gentileza de llevar un par de cartas en uno de sus viajes alrededor de 1992. Ambas eran encargos personales. Una estaba dirigida a un Organismo que trabajaba con sistemas de conservación de negativos en cristal y le pedía, en nombre del Ministerio Local de Cultura, asesoramiento y materiales para tratar de salvar una colección que, decían algunos conocedores, era la mayor de Cuba y la segunda de Latinoamérica. La otra era para Juan Bruno Tarraza y le pedía alguna música suya y algún dato biográfico post salida del pueblo hacia México. El Organismo charro envió materiales y literatura de inestimable valor para el Museo e incluso agregó un comercial con el fin de poder vendernos mayor cantidad en el futuro. Y el pianista me envió el cassette que cité sin datos agregados. Montones de caibarienenses oyeron el piano de Juan Bruno junto a la voz de Guadalupe y por mi parte realicé unos tres programas de radio en la Emisora local con su música y la música de sus tiempos en el pueblo, parte de la cual estaba en un gran Long Play que me facilitó su familia. Esta multiplicó la gran estima que me tenía y me convertí en uno de los buenos conocedores de su vida y de su  obra. Cuando Toña la Negra oyó el piano magistral del muchacho cangrejero quedó encantada y terminó llevándoselo a México y muy pronto lo haría  su acompañante. Juan Bruno jamás regresó a Caibarién y aunque la señora me aseguró que todavía estaba vivo en el año 2001 no creía que lo estuviera en este 2010. Sin embargo pensaba localizar La Cueva y a partir de ahí tratar de acercarme a la etapa internacional de la biografía del genio. Lo que resultaría de especial importancia para los archivos del Museo local. De la misma manera en que "envidiaba" a las grandes personalidades que habían "tomado" a la capital de México consideraba que "podía" hacerlo con Juan Bruno Tarraza. Porque el coterráneo no solo había respirado el mismo aire que Toña y Guadalupe sino que había asistido al encumbramiento del Benny Moré y su Ritmo Bárbaro, a la deslumbrante consolidación del Mambo con un Pérez Prado genial, reinterpretando la magia de Orestes López y su hermano Cachao en la Cuba de los años treinta y a la sin par voz de Rita Montaner bregando entre los celos y las envidias de los dos negros cubanos que estaban haciendo bailar a toda América. Sobre todo a esas mexicanas que "mueven la cintura y los hombros igualitico que las cubanas". Por cierto, hace unas tardes estaba viendo una película mexicana "nostálgica", de esas que pasan los "Canales de Cable" sin comerciales. Comencé a mirarla poco después de su apertura. Hay una mulata de peinado levantado que regentea una especie de Salón de Baile y a veces canta. Se me pareció a alguien. También hay un mulato claro, de bigote fino, que se ocupa de copiar el sonido de los pájaros y de cuanta cosa emita ruidos en la Naturaleza y los anota con dedicación de copista de manuscritos. Se me pareció a alguien. De pronto un hombre toca un piano ( se me "debe" haber parecido a alguien), la mulata canta y la Orquesta del mulato elabora un ritmo que es violencia, es pausa, es síncope sublime y  es fuerza y es sorprendentemente sugestivo. Entonces comienza a llover entre relámpagos y truenos y se cae el Satélite.  Pero repetir películas nostálgicas es política de los Canales de Cable que tratan de mantener viva la memoria histórica de los tiempos dorados del cine mexicano.
La noche se murió entre mis remembranzas y el amanecer fue una explosión de luz, un paisaje sin colinas y la percepción de que el bus reptaba hacia el Oeste por una carretera de dos vías entre sabanas con fondo de montañas ligeras. Recordaba que en la Terminal Norte habían anunciado que el bus haría una parada en Ciudad Victoria, Tamaulipas, de modo que estuve seguro de que las primeras casas eran el anuncio de que acabábamos de arribar a la capital del Estado que termina en el Gran Río por "arriba". Entonces, me dije, durante la noche hemos atravesado San Luis de Potosí y tal vez un pedazo de Veracruz. Evidentemente, el bus había preferido las circunvalaciones porque en ningun caso pasamos por lugares habitados. Me parecía harta demora pues tengo entendido que el Estado de San Luis de Potosí es mas o menos como la Región de Andalucía. Reflexioné cuando tuve que agregar lo que habíamos caminado de Tamaulipas que es, aproximadamente,  de la misma dimensión.
En honor a la verdad mis conocimientos sobre Ciudad Victoria no eran tan suculentos aunque sabía que era la capital del Estado, que andaba por casi cuatrocientos mil habitantes y que dos figuras de talla mundial habían vivido y nacido allí. La controversial Gloria Trevi, que lo había hecho en Monterrey y el zar del Consejo Mundial del Boxeo, Jose Suleimán. No me impresionó lo que vi de la ciudad desde el bus. Ni mexicana ni americana. Una ciudad pequeña, con una Avenida polvorienta central y calles hacia el Norte y el Sur donde no siempre había asfalto. Una ciudad sobre una llanura con escenografía montuna a lo lejos, al Sur. Sin embargo, la Avenida por donde íbamos se hizo muy larga hasta llegar a una Terminal muy sobria en la que casi todos los pasajeros bajaron excepto el matrimonio de la nostalgia. Estiré las piernas y aunque me había comido casi todas las golosinas "mexicanas" que traía compré una gaseosa de limón. Unos quince minutos después continuamos viaje. Ahora el asiento lateral al mío fue ocupado por una trigueña despampanantemente deportiva que se estiró en el asiento casi en pose de dormir y se colocó unos auriculares. Cuando el bus se alejó de la Terminal me di cuenta de que la ciudad, técnicamente, comenzaba allí y que se extendía al Sur, casi hasta las montañas y que a lo lejos podían verse edificios de varias plantas. Pero desde la guagua me pareció una ciudad impersonal, perdida en el Nordeste de México, polvorienta, obtusa, y del tipo de las ciudades abandonadas por sus pobladores después de que lo que han venido a buscar allí ha finiquitado. La ciudad es encrucijada de caminos que van desde Monterrey hasta la Costa del Golfo y está en el centro neurálgico de los contactos económicos con el odiado ( ?)  y todopoderoso vecino de enfrente. 
Si no habíamos sido detenidos hasta Ciudad Victoria por los buscadores de drogas y de armas eso quería decir que lo seríamos en cualquier instante a partir de aquí. Sabía que a este tipo de Policía no "hay que darle nada" aunque te registren. Se me antojaba que la Policía y la Migra mexicanas tenían las mismas debilidades por el rango que la CIA y el FBI. De modo que me preparé para enfrentarlas y deseé salir de todo este entramado en el que me estaba metiendo cuanto antes y añoré llegar a Reynosa para colarme en el primer sitio que encontrara y comerme toda la plata nacional que llevaba en comida "diferente" pues en verdad estaba desfallecido a media mañana. Ahora reptábamos sobre una excelente autopista y el paisaje era "tejano". Espacios enormes a ambos lados, todo muy llano, y hasta podía sentir el aire salado del Golfo de México colándose por los intersticios de las ventanillas. Potreros verdes, pastizales altos infinitos, recortados muy lejos, al Poniente, por montañas azules que me parecían mayores que las que nos acompañaron en la noche y que no podían ser otras que las que anunciaban al Estado de Nuevo León. A Naciente no había nada que detuviera a la llanura eterna. A veces aparecía alguna casa con árboles y edificaciones adyacentes como si se tratara de granjas pues se veían varios autos y tractores y camionetas y sembradíos de lo que me pareció mijo o tal vez king grass por sus espigas de un tinte lila sangre. Me llamó la atención el hecho de que muchas de estas residencias estaban en pésimo estado, como si estuvieran abandonadas y no dejé de pensar en lo "idóneas" que serían para Puestos de Mando de los jerarcas que comandaban el universo de los Carteles dada la aparente fragilidad de que hacían gala en medio de un falso paisaje lunar.
Mientras mas ganábamos el Norte, las casas se fueron mutando mansiones y aparecieron grandes naves industriales y sistemas de regadíos que mojaban los pastos infinitos. El cielo se aclaró con un incendio azul y largas rastras con contenedores comenzaron a cruzarnos en la vía. Ahora nada olía al México ítsmico del que muchos nos hacemos idea.
El ómnibus se detuvo. Se arrimó al lado derecho de la autopista.Ya era hora, pensé, debe ser la Policía. Me exité un poco. Me preparé para la leyenda si fuera menester. Penetraron dos jóvenes con gorras de camuflaje y con uniformes semiverdeolivo. Sin pedir o tocar nada siguieron hasta el fondo, oí que ayudaron a una señora mayor en relación con algún asunto de equipajes y regresaron con calma medida. Pensé que a la vuelta comenzarían con su ronda de registros. Equivocado. Bajaron sin decir una sola palabra y el bus siguió en la mañana del Nordeste. Posiblemente andaban  detrás de algún rostro, calculé. Todavía desconozco cómo fue que casi estuve seguro de que habíamos asistido a la única detención del bus.
La autopista llegó a un sistema de trebols muy congestionado que nos demoró mas de media hora y los pocos pasajeros que quedaban a esas alturas comenzaron a quejarse preguntando si no  habría una carretera alternativa. Se trataba de una zona industrial con muchas carreteras y sistemas diferenciados elevados. Cuando pasamos por la cima del trebol el paisaje se veía abrumadoramente llano y cada punto cardinal se fue llenando de edificaciones dispersas, más fábricas y mucho tráfico comercial. Yo pensaba que estaba ya en los Estados Unidos y que solo un Río y un idioma nos separaba. Un gran cartel decía "Matamoros" y anunciaba un kilometraje. Recordé cómo estuve a punto de elegir a esa ciudad como lugar de  tránsito y la había desechado no porque pareciera mas peligrosa sino por la cercanía de Reynosa a la frontera oriental del Estado con Estados Unidos. Cuando enfilamos de nuevo la autopista franca el ómnibus se detuvo otra vez y acabó por detenerse en la tierra. Miré a mi izquierda. Había dos o tres rastras detenidas y detrás como una especie de naves bajas con portales y algunos árboles ralos. Observé que dos o tres personas conversaban con los choferes y hojeaban sus documentos. Aquí es la cosa, elucubré.
Serían alrededor de las once de la mañana. Un gordo como de seis pies, cetrino y bastante joven, vestido de gris azulado, subió al ómnibus. Sin mirar a las hileras de asientos fue hasta el fondo y desde allí comenzó a pedir identificaciones. Saqué mi pasaporte. No me parecía que el interior de la guagua fuera un lugar apropiado ni para que el charro me pidiera la "contribución" ni para que yo intentara sobornarlo y me pregunté "y entonces dónde". Entre el susto de ocasión y el desenfado por mi visa que suponía sagrada le extendí el documento que, por cierto, había sido confeccionado en México a petición de las autoridades cubanas. Hasta ese instante no había proferido una sola palabra. No parecía deshabitual que sus connacionales viajaran a Reynosa. "Cubano, eh", escuché que dijo con media sorna. Como no era una pregunta, callé. "Chofer", agregó, "sigue, que este se queda". Fue como una especie de anticlímax. "Bájate con tus cosas", ordenó. Lo hice. Hubiera podido hacerlo con toda la "impedimenta" de la Bailaora en el puerto de Valparaíso. El tipoceronte canela me hizo bajar delante y lo esperé en un portalito que había frente a lo que pensé era una oficina muy pobre a la orilla de la carretera. Estaba preocupado pero en calma. Era el minuto de la leyenda, de la seguridad, del "profesionalismo", de la "libertad de movimiento". Porque a esa hora ya estaba convencido de que sería interrogado con todas las de (su) la Ley. De todas formas no puedo describir el estado en que me moví hasta una silla de pobre en el lateral Este de la oficinita. Me senté y puse mi jaba en el piso, a mi derecha. Se oyen siempre tantas cosas que suceden en las fronteras internacionales. Esta Frontera era demasiado típica y socorrida y al fin casi había tocado sus mallas portentosas. Portaba 2000 us y alrededor de unos 150 pesos mexicanos. Los billetes verdes repartidos entre mi calcetín derecho y el interior de mi trusa. La moneda local en mi billetera stándar en donde también estaba mi carnet de identidad chileno. En verdad los dólares iban allí por seguridad y por tratar de evitar que los encontraran en caso de un registro rutinario y que pareciera "mucho dinero" capaz de revolcar hasta a las tentaciones mas efímeras.
Estaba esperando en una oficina "tequilera", muy displicente, improvisada. Cuando el Gordo me dejó para trasladarse a la zona de control de transporte miré el entorno. Una mesa buró con artículos de rutina, un estante ligero, otra silla y un mueble despintado donde había una tele antediluviana. En cualquier caso le pediré que la prenda para ver quien juega esta tarde en Sudáfrica, decidí. El gordopótamo regresó acompañado. Se trataba de un joven atlético, mas "claro", vestido de civil ajustado. Parecía un galán esperando por Ripstein en La Frontera y con ese aire autosuficiente de quien tiene el Poder. Un tipo "encachado", hubiera dicho mi amiga chilena Verónica."Quebrado", hubiera ripostado su hermana Muñeca Lillo.
El muchacho me observó sin hablar, solo con su media sonrisa estereotipada. El Gordo callaba. En verdad daba la sensación de que el recién traído sería el hombre que realizaría cualquier pesquisa o interrogatorio. Afuera, el sol era una linterna mágica alumbrando a los miles de muertos de La Frontera en la difusa geometría del estupefaciente. Sabía muy bien en qué mundo estaba inmerso ahora pero confiaba en que los affaires del Universo Capo y del Maremagnun Migratorio no me intoxicaran. Después de tantos años estaba detenido de nuevo. Lamentablemente me equivoco con mas frecuencia de la deseada.
Cuando el olor del Río me traía savias extrañas y bemoles distintos, el Atleta, con la sorna que debió exhibir Fouché en los suburbios de Lyon, dijo "y qué haces por aquí". "Turisteando", contesté, indicándole el pasaporte. Jamás había visto una sonrisa tan despectiva y cansada. "Así que un cubano de turista en un lugar donde cada minuto suenan las armas de fuego y donde cada día mueren veinte personas, interesante en verdad, a ustedes les siguen encantando las revoluciones". Entonces me pareció que mi leyenda intelectual había pasado a mejor vida, me di cuenta que acababa de perder otra vez y me concentré para analizar de qué manera lograba obtener, siquiera, unas tablas dignas. Demasiado irónico: tanto nadar para morir en la orilla. No podía asumirlo. Solo entonces aquella frase reciclada en el Consulado mexicano en Santiago de Chile adquirió toda su fúnebre certidumbre. Promete que no visitará la frontera Norte del país. Lo prometo.
Qué buenos toros llevan hoy al Matadero.


Septiembre 10 del 2011.
Miami, North West, USA.
Luis Eme Glez.

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