Wednesday, September 21, 2011

DE LA VIDA REAL.- (32)

El registro que me practicó el Atleta en la Oficina nopalera fue un juego de niños si lo comparamos con el supercacheo del que fui objeto en el cubículo primermundista del Departamento de Inmigración en Hidalgo. El Oficial - tan joven como el charro, pero mas "claro" y con un acento indefinido - me acomodó contra la pared Sur y lo segundo que hizo fue ponerme la palma de su mano en el centro de la espalda y empujar como si quisiera desbaratar la columna vertebral de  un mamut. Aguanté con la capacidad equina de cuando me pinchaban las encías en la Cuba de mi adolescencia para anesteciarme y extraerme las muelas cariadas. Como la acción  de su mano me desubicó en el espejo de la pared volvió a reacomodarme.
La pose era irónica. Pensé que podía intentar violarme a cambio del Permiso de Entrada a los Estados Unidos. De modo que preparé mis codos y estudié la manera de voltearme e intentar noquearlo. Por supuesto que terminé sonriendo para dentro y me dispuse a demostrar que solo era un pobre diablo - casi un "ingenuo charlatán"- que solo anhelaba entrar en el país por el que tanto había soñado y padecido desde la mas remota novedad.
El tipo me estrujó de cuello a calcetines con tanta fuerza y desparpajo que llegué a pensar que lo tomaba como un ejercicio matinal de preparación física de rutina."Ahora, contra el indocumentado cubano, uno dos tres cuatro". Sentía sus garfios entrenados en alguna sucursal tejana de West Point recorrer todo mi cuerpo esperando hallar algún motivo "legal" para decir "puede buscar un abogado, tiene derecho a". Mis bolsillos fueron dados de vuelta, mis tobillos masajeados y mis genitales casi golpeados después de la detención de sus dedos en el alero de mis ingles. Tampoco dejé de sonreír al aguantar los deseos que tenía de susurrarle "tremendos cojones, eh, chico". Ni el gran Nik Nolte lo había hecho mejor en muchas de sus películas memorables con historias de policías. Esperé a que me ordenara ponerme "de pie" de nuevo y me pensé un musulmán moderado educado en México orando a favor de la Virgen de Guadalupe si es que esta podía exhibir en su regazo una traducción del Corán. Cuando me dijo "dese vuelta" estaba sentado detrás de un buró precioso, listo para comenzar el mas largo cuestionario del que he sido objeto jamás, observando su computadora. Ahora tenía un rostro serio, casi adusto, pero mas acentuado en lo civil y se me pareció al cátcher de los Mellizos de Minnesota, Joe Mauer.
"Sea conciso, responda solo lo que le pregunte", dijo, exhibiendo un español digno del Cónsul estadounidense en Sonora. Andaba con una camisa a cuadros de mangas cortas y me daba la impresión de que tanto papeleo diario, idéntico, lo ponía de mal humor. Olvidé la escena "angelina"y el cacheo casi brutal. Estaba en "su país" y ellos sabían lo que hacían y por qué lo hacían. En un final siempre estarán conquistando al Oeste. Además, había salido ileso de aquel ratablo inolvidable. Parece que le había secuestrado  el pensamiento porque me miró para decirme "tiene que ser así, no sé quién eres". "Entiendo", dije. Era como aceptar una no disculpa migratoria.
El cuestionario se remontaba a mi infancia y tocaba cada una de las aristas de mi vida y de mi familia hasta el presente. La etapa Chile fue desmenuzada hasta el delirio así como la manera en que salí, viví una semana en el DF y pude pasar el Río. Sin embargo, como me paró dos o tres veces para repetir "sea breve y conciso" y algunas de sus preguntas no eran tan quisquillosas, pues se quedaron en mi tintero eventos del calibre de la gestión del Mago de las Visas en Santiago y la manera en que fui detenido en  el Puesto Fronterizo mexicano, lo que me "hicieron" con la plata y la petición del Gordofante de que "por favor, no dijera nada ahí". Sabía que estaba respondiendo bajo juramento pero no desconocía que solo hay respuestas "concisas" para interrogaciones concisas en una nación donde "casi siempre" el tiempo es oro.
El "Fiscal" de Hidalgo solo esbozó una sonrisa cuando entró una chica castaña, muy parecida a esas que apoyan a los equipos deportivos desde sus cuerpos de porristas. Hablaron algo en inglés y la Barbie ni me miró como si estuviera acostumbrada a los experimentos con indios de laboratorio. Imagino que pensara, por demás, que su amigo hablaba solo, deslumbrado ante su adorable aparición en la tarde tejana. Cuando se le unieron dos oficiales estuvieron   charlando unos minutos de algo que no pude adivinar. Porque "mi" inglés es solo para latinos que lo hablen y para la televisión anglo repleta de imágenes excelentes. Retomado el trabajo profesional dijo, como asombrado de los salarios reales al Sur del Río, "solo cuatrocientos dólares", mientras registraba mi billetera. No era una pregunta, así que callé. Extrajo mi pasaporte sin hojearlo y me preguntó por el carnet de identidad. Dije que si no estaba ahí se me había extraviado. No le dio importancia.
A partir de ahí el gringo de la Frontera aflojó sus tenazas y tal como hizo el Gordopótamo me concedió la buena nueva de la conversación entre personas "inteligentes". No faltó mi pasión por el beisbol y el sueño de viajar en ómnibus por el Sur de los Estados Unidos. Pidió a un funcionario que llamara a Fort Myers para contactar con mi amigo patrocinador y la respuesta fue rápida. "Positivo", dijo el hombre. Me hizo firmar montones de documentos, de los cuales dejaba copia, me tiró algunas fotos desde todos los perfiles y me entregó tres planillas, una de las cuales contenía un pequeño cartoncito casi rústico con datos personales, la fecha de entrada a Estados Unidos y una palabra sagrada "Parole"."No puedes perder esto bajo ninguna circunstancia, es tu carta de presentación y te será pedido montones de veces", me dijo. "Esto te hace un ciudadano con status legal en el país y te da derecho a obtener todas las ventajas pertinentes", agregó. "Gracias, hermano", respondí.
Yo conocía las prebendas que garantizaba  la socorrida palabrita. No era mi pasaporte pero sí era mí carnet de identidad provisional. Mí "ai di". El breve cartoncito me daría derecho a un chequeo médico, a la posibilidad de obtener cupones de alimentos y a una cantidad de dinero casch, amén de permitirme solicitar el Permiso de Trabajo inmediatamente así como la Residencia Definitiva un año y un día después de mi entrada. Solo para cubanos amparados en la Ley de Ajuste. "Parole" no era, ahora, aquella palabra vacía de la famosa balada italiana que hablaba de palabras palabras palabras tan solo palabras en la voz maravillosa de Rita Pavonne.
Cuando Joe Mauer terminó de entregarme mis papeles y de organizar los suyos me dijo "en los próximos dos años será citado por la Corte en el Estado de la Florida para ser entrevistado por un Juez que dictaminará sus status político, allí estará su pasaporte". "Muy bien, gracias", expresé. Se levantó. "Bienvenido a los Estados Unidos", dijo. "Gracias", agregué. "Es todo", finalizó. "Ok", susurré.
Preferí no tratar de encontrar las cosas que se regaron durante el registro. Estaba nervioso y estaba alegre y sentía que experimentaba esa simbiosis y sabía que podía caerme durante la pesquisa. Qué ironía. En los dos lugares a donde había llegado con todas las esperanza del mundo me habían registrado como si fuera un delincuente y esparcido mis pobres pertenencias desvalorizadas por doquier antes de otorgarme la libertad. Por eso dicen que la libertad se conquista con dedicación y perseverancia. Con el filo del machete, dijo un General cubano del siglo XIX. También dicen que se logra aguantando como un caballo. Lo mas interesante era que en cada sitio habían actuado como  estimaban que les indicaba su Sistema Legal. Solo que una oficina era nopalera, estaba al Sur del Río Bravo y en una geografía colonizada por españoles del siglo XVI. La otra era una oficina automovilera, al Norte del Gran Río y en una geografía recolonizada por norteamericanos con sangre celta. Cuál era la diferencia. Casi ninguna. Excepto el poder adquisitivo de ciertos funcionarios. O la impunidad.
Tiré al descuido mis cosas en la bolsa mexicana y salí a la Gran Sala. Dos o tres funcionarios me felicitaron y me preguntaron que para cuál Estado iba. "Para Florida", les respondí."Oh, allí hay más sol aún", dijo uno. Enrumbé hacia el pasillo que hacía pocas horas me había vedado la visión oriental de Hidalgo. Cuando se acabó en un vano amplísimo Texas se abrió a mis ojos con sus espacios monumentales, sus avenidas deslumbrantes y sus prados perfectamente recortados bajo palmeras importadas y jardines descolgados. No había ciudad compacta allí sino el preámbulo de lo que debería ser Mc Allen. Sí había una Terminal de buses y de taxis, de esas solo techadas con soporte de columnas y asientos. Había mucha gente esperando. No tenía billetes chicos y desconocía el valor de los pasajes. Dos o tres esperantes me explicaron que la Terminal Interestatal estaba en Mc Allen, muy cerca y que lo mas normal era ir en taxi hasta allí. "Y ustedes para dónde carajo van", me dije.
Caminé al Este. Un señor de mediana edad y gran bigote se me acercó. "Te llevo por 30 dólares y estamos saliendo ya", me espetó a boca de jarro con su acento mexicano. Aunque conocía el valor del dinero a ambos lados de la Frontera me pareció un precio exhorbitante. Pensé que me estaba notando cara de novato al Norte del Río y que deseaba hacer su zafra taxera conmigo. Treinta dólares era demasiado para mi magro presupuesto y ni siquiera pude calcular cuanto me estaría quedando después de tal erogación. De modo que le dije que tenía que regresar a Inmigración por un pendiente y que vería al regreso si nos poníamos de acuerdo. Pancho Villa me dio la espalda y mientras caminaba hacia su auto - nada de taxis amarillos, de esos ocambos que se ven en las películas filmadas en Nueva York, sino carros deportivos y casi de lujo -  otro bigotudo, mucho mas joven y esbelto, me abordó. "Vamos, amigo, te llevo por veinte dólares". Esta cifra me pareció mas razonable. Ahora sí logré calcular lo que me quedaría del presupuesto y decidí no preguntar a nadie si aquella cantidad era un intento de estafa y esta la más lógica. "Vamos", le respondí.
El taxi de este señor era un Jeep precioso, azul metálico, y nada mas abordar comenzó a contarme su historia. De origen mexicano se había asentado de niño en Mc Allen y le iba muy bien en su trabajo. Apenas bajaba hacia las ciudades mexicanas a menos que se tratara de un viaje de trabajo. Le conté parte de mis aventuras y hacia dónde iba. Le dije "compadre, no me vayas a secuestrar que no traigo nada y mucho menos matarme porque hace diez años que no veo a mi familia". Terminamos riendo.
La Gran Avenida que me había sorprendido al salir de Inmigración se extendió como por tres kilómetros deslizándose por paisaje similar. Asfalto tendido en el potrero. Entonces el hombre dobló al Sur y penetró en una calle blanca y recta, de dos vías, muy limpia y con arquitectura sincrética. Sin espacios verdes ahora no me parecía una ciudad típica americana. Esperaba que la calle llegara al Río y que doblara en algún malecón antes de tocar la Terminal. Quizás hubiera otro puente. Pero giró al Este. Esta vez por una Avenida mas amplia con edificios de mayor altura y con mas movimiento. Eran aproximadamente las seis de la tarde. Parqueó frente a una gran puerta de cristal que daba a un amplio espacio interior. Me dio su tarjeta de presentación, me deseó buen viaje hasta la Florida y después de apretarme la mano le entregué cien dólares. Me devolvió ochenta antes de salir del Jeep.
Subí a la acera. Empujé la puerta. Entré.
Dios bendiga América.


Septiembre 20 del 2011.
Miami, North West, USA.
Luis Eme Glez.


1 comment:

  1. Acontecimientos tragicómicos,,,el fin de una estación y el principio del final,,,,,

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