En el asiento trasero del Nissan de Fedex había un chico moreno como de dieciséis años, espigado y vivaz. Me había dejado el puesto de copiloto. Se trataba de su hijo y era tan locuaz e inteligente que pensé había sido quien en realidad pudo resolver el peliagudo problema del trigémino de su madre. Durante todo el tour sería un magnífico interlocutor y en algún momento supe que aspiraba a estudiar Comercio Exterior o Diplomacia. Fedex asentía después de cada intervencion del vástago como si el orgullo fuese la mas importante entre todas las cualidades del hombre. Con toda seguridad el chico sería el retrato físico de la mamá.
Fedex no me dijo a donde iríamos este día y me dejé llevar por la extensa Avenida de dos vías y sus autos de todas las edades, entre edificios de tres o cuatro plantas, descoloridos, y el torrente de mexicanos en las aceras. En algún aparte de la conversación me señaló una casa de dos plantas, a la izquierda de la calle, con amplio solar y cerca de malla puzzle. Ahí nací y crecí y estaban las oficinas de la familia, dijo. Cuando pensaba preguntar a qué otro rubro se dedicaban sus ascendientes Fedex frenó en la acera derecha y me invitó a bajar. Había una oficina de dos cubículos repleta de estantes y mesas con papelería y algunos empleados trabajaban de cuello y corbata. Fedex me presentó a una mujer de mediana edad, discutió algunos asuntos de trabajo con un joven que trabajaba frente a su computadora y terminó platicando en la acera con un charro de gran bigote y pelo engominado tirado hacia atrás. Por mucho que esperé no cantó "sin dinero y con dinero" ni mucho menos hicieron un dúo para tararear Adelita. Me pareció que el motivo estaba relacionado conque el sitio no era una taquería ni había llegado la noche. El "diplomático" no salió de su asiento trasero porque el celular lo mantenía muy ocupado.
Poco después Fedex maromeó entre calles idénticas de arquitectura post colonial para meterse en una Gran Avenida arbolada custodiada por amplios edificios y ambiente mas cosmopolita. Antes de pronunciar Avenida de la Reforma junté en mis neuronas algunos datos de la Base que especificaban "historia de la ciudad".
Viajábamos por una urbe despiadadamente inmensa, capaz de reptar sobre mas de mil cuatrocientos kilómetros cuadrados. Pensé pedirle al gringo azteca que me llevara a mirarla desde el Cerro de los Baños al final de la tarde. A retaguardia de la ciudad estaba Tenochtitlán dada a luz en 1325 por los mexicas, quienes observaron como trece años después sorprendía Tlatelolco a la vera de la meseta. Poco menos de un siglo mas tarde el par de ciudades se amaridan y fundan la Triple Alianza con base en Tenochtitlán. Sin embargo para fines del siglo XV los mexicas conquistan Tlatelolco y comienzan a conurbarse sobre islotes y poblados lacustres iniciando lo que luego sería la Gran Ciudad que alguna vez se llamaría Distrito Federal. El primer cuarto del siglo XVI asistiría al florecimiento de la urbe y a la consolidación de los más de trescientos mil kilómetros cuadrados que conformaban lo que ya era, de hecho, el Imperio Azteca. Entonces llegaron unos hombres blancos, ataviados con fastuosas armaduras, cabalgando sobre monstruos de cuatro patas, desmontados de naves gigantescas como carapachos de tortugas caribeñas, erguidos y apoyados en largas lanzas terminadas en punta con aletas. A cambio de la bienvenida cordial Moctezuma recibió la muerte y Cortés ganó una amante (y un hijo) con la capacidad ambivalente de quien se entrega a la novedad con pasión de fiera sin miramientos. Para cuando De Alavarado tiene que suplir al extremeño y ocuparse de los asuntos de las tierras "descubiertas" y por conquistar, La Malinche tenía otros intereses y quizás ni se enteró de la matanza de Toxcalt y se desconoce qué sintió cuando sus coterráneos Cuitlahuac y Cauhtemoc no pudieron vencer a los españoles ayudados por sus aliados locales. Cuando se acabó la resistencia, Madrid bautizó a la tierra conquistada como Reino de la Nueva España y entonces comenzaría la época de las Grandes Mixturas que habrían de conformar muy pronto lo que sería la nacionalidad mexicana.
Fedex dobló a la derecha en una plaza circular muy amplia buscando un parqueo público. Era un lugar hermoso y había muchos transeúntes observando un pedestal altísimo en cuya cima descansaba un ángel imponente. Caminando hacia el sitio me preguntó "sabes de qué se trata, Luis". Lo sé, hermano. El Angel de la Independencia es, quizás, el lugar mas emblemático de la capital de México. No hubo mejor idea que erigirlo en 1910, justo cuando se cumplían cien años de la independencia del país. Dicen que el fantasma de La Malinche aparece en algunas noches cálidas enjorquetada sobre sus alas sagradas y le pide a gritos que la lleve, volando, de vuelta al pasado. Pero el Angel no es la Máquina del Tiempo y además, parece que fue confeccionado por artistas que solo miraban al futuro. Dicen, también, que para cuando se baja del Angel, los viandantes hombres la empujan para que pase sobre los imaginados ventiladores del Metro porque el fantasma de la chica de Hernán se pasea en zaya por las plazas.
Después de abandonar los magníficos interiores del Edificio de Correos, Fedex me dijo que me llevaría a uno de los lugares mas importantes del Zócalo. Sabía del lugar y siempre que la palabrita aparecía en mi colimador recordaba a mi querida Mercedes de Cuernavaca, aquella chica morena y bellísima con la que me carteé durante años y con la que intercambié materiales de todo tipo. De alguna manera, siempre me enviaba algo relacionado con el Zócalo y la Zona Rosa. Meche desapareció una madrugada como muchas de mis relaciones epistolares de juventud temprana y posiblemente sea una abogada de renombre hoy mismo pues planeaba estudiar Derecho en la Universidad Complutense de Madrid. Se me antojaba que quien debiera decorar al Angel de la Independencia fuera ella, desfantamada y dúctil. Y que cuando se bajara de allí los viandantes no pudieran empujarla hacia los ventiladores del Metro porque Meche se pasearía por todas las plazas de la Gran Ciudad con vaqueros ceñidos.
Cuando entramos en la Explanada y vi el gran frontis, sonreí. La Catedral, musité. Aunque parezca improcedente jamás entré a la Catedral de La Habana y sí lo había hecho en la de Santiago de Chile. La Catedral de México es una postal hermosa. No entré por liturgia. Lo hice por Cultura. Fedex y su simbiosis penetraron por un sinnúmero de motivos plausibles.
El chico nos acompañaba, sencillamente, calculé. A la entrada me obligaron a quitarme la gorra porque parece que a los lugares sagrados hay que penetrar con el cerebro libre de aditamentos humanos. Nos sentamos en tres sillas de madera, pegadas, en una fila cerca del atrio. A esa hora - antes del mediodía - había muchos fieles en silencio, recogidos y circunspectos. Fedex bajó su cabeza y también calló y como de esa manera no podía preguntarme si conocía suficiente del lugar en donde estábamos, regresé a mi Base de Datos. En la Catedral Metropolitana pueden haberse desarrollado innumerables acontecimientos trascendentales a lo largo de su historia soberana. Pero quise evocar uno de ellos, tal vez por mi condición profesional. De modo que asistí, silencioso y dueño del mas sincero respeto epocal, a la Coronación de un hombre que en 1821 fue capaz de sellar, en unión de Vicente Guerrero, el Plan de Iguala, evento que obligó a Juan de O' Donoju a rubricar los Tratados de Córdova que lograrían, al fin, la Independencia de México. Agustín de Iturbide fue investido en la Catedral, donde ahora meditaba en unión de dos amigos, como Emperador del Primer Imperio Mexicano con el aval del Congreso. Visto lo que depararía la Historia a la gran nación americana este evento me parecía paradógico pero los hechos tienen que ser aceptados en su contexto epocal. Tal vez Stephan Zweig haya tenido razón cuando dijo, en su monumental autobiografía El mundo de ayer, refiriéndose a la "época" de la seguridad en la Austria de Francisco José,"brindémonos a la época tal como nos ansía".
Evidentemente Fedex me había llevado allí para tratar de que le acompañara en sus meditaciones metafísicas. Si el silencio es compañía lo logró. También lo es la tolerancia respetuosa. De modo que salimos sin haber profundizado en asuntos catadralicios y yo llevaba mi gorra negra amateur en la mano derecha porque pensé que emerger de tal recinto también significaba caminar desposeído de elementos superfluos. Caminemos un poco hacia el Centro Histórico, expresó el Líder de los Mil Sindicatos. Al fondo de la calle perfectamente conservada se veía el gran edificio del Palacio Nacional con sus amplios ventanales, su pórtico y su par de pisos naranja sepia, al Oriente de la Plaza de la Constitución. El edificio, erigido con estilo barroco, es la sede del Poder Ejecutivo Nacional y recordamos como en 1522 fue levantado sobre las ruinas del Palacio de Moctezuma para convertirse en la residencia oficial de Hernán Cortés. Su historia incluye largas permanencias de Virreyes y hasta un incendio demoledor.Tanta gente caminando en ambas direcciones me recordó a Santiago de Chile en hora pico para transeúntes. Se trataba de personas de clase proletaria, sin ánimo de deslumbrar, que vagaban como si estuvieron en cualquier suburbio de Mérida. A veces se desplazaban en grupos de tres o cuatro y cuando eran jóvenes Fedex me murmuraba "cuidado, andan detrás de las billeteras". Nos dirigíamos al Este por la cuadra norte y me di cuenta que los restorants se sucedían casi sin interrupción con interiores preciosos y decoraciones de lujo. Fedex hizo algunas fotos con su cámara en la Plaza del Palacio y me llevó a donde una depresión enseñaba una especie de anfiteatro con escenario profundo y palcos elevados. El sitio parecía una escenografía en medio de la Ciudad Vieja y la ruina se me antojó el set donde se filmaría una de las explosiones del Santorini. Era mi primera visión de una auténtica ruina precolombina y estaba orgulloso de que estuviera en México. Mientras la observábamos desde el lado Sur, apoyados sobre una muralla ocre, le pedí a Fedex que tomara la instantánea. Filma bien, papá, que sabes se trata del Templo Mayor, dijo el Diplomático. Lo que quedó de él, hijo. Mi cámara stándar Vivitar Canon se me había quedado en la recámara. Fedex prometió envíarmelas a Miami. Lo que finalmente no haría.
Cuando regresábamos la visión cambió. Ahora los edificios se empinaban desde sus arquitecturas mas recientes y los paseantes se movían con la soltura de los hombres de negocios del Centro de Monterrey. Fedex me dijo que entraríamos a algún sitio para tomar un refresco y masticar algo. Como le oí a medias y no le seguí se volvió. Yo estaba mirando una torre muy alta al Sur de la acera. Es la Torre Latinomericana, dijo, construida en 1953. Así que recordé su nombre de algún tratado sobre arquitectura, fichado para examen mientras estudiaba mi carrera de Historia Universal, asignatura Historia del Arte 4.
La imponente Torre fue el primer gran rascacielos construido en zona sísmica en el mundo. Posiblemente Fidel Castro la vio erigirse y no es descartable que le haya conseguido chamba allí a alguno de sus expedicionarios futuros para seguir financiando la expedición del Granma, dije. Fedex se rió y agregó "tal vez María Antonia también echó su manito". Ocupamos una mesa circular cubierta con un mantel blanco que terminaba en un trabajo adorable de encajes. Yo no tenía mucha hambre en realidad y solo pedí un jugo de toronja. Fedex e hijo ordenaran dulces y renglones que yo desconocía. Como dicen los chilenos "chuta, son buenos pa comer". El jugo me fue traído en una larguísima copa con forma de campana angosta y aunque el hielo que la decoraba no era frappé tenía una película helada que parecía un queso acabado de fraguar. Nunca mas he degustado jugo de toronja como aquel en ningún sitio de los Estados Unidos ni en los restantes que frecuenté luego en el DF. Porque fui un adicto a la toronja charra hasta el mismo instante de mi partida. Y por supuesto, a la pregunta posterior que inquiría por lo que más me había impactado en el DF siempre respondí "el jugo de toronja". Pero es una respuesta signada por el secreto profesional. Aproveché que Fedex fue al bano - las píldoras que tomaba le hacían visitarlo con mas frecuencia de lo que deseaba - para pagar la cuenta. No le permití protestar. Fue la única vez que pude hacerlo.
La Torre Latinoamericana refulgía en el corazón de Junio y como me entretuve mirándola de nuevo - soy un fanático de los rascacielos aunque padezca del vértigo de las alturas - en tanto esperábamos por el chico, Fedex apuntó que la estructura era parte de una serie de construcciones faraónicas edificadas en la década de los cincuenta del siglo XX entre las que podían incluirse el Stadium Azteca y la Ciudad Universitaria. Fue la época del Empujón Económico que el mundo conoce como el Milagro Mexicano, acoté. Sí señor, concedió Fedex.
Ahora vamos a almorzar al Aeropuerto, ordenó el gringo charro mientras ponía el motor en marcha. Ok, dije. Fedex comenzó a reírse casi en voz alta. Le miré. Ambos sabemos que lo del yate Granma fue en 1956, verdad, preguntó. Me uní a su ataque de hilaridad. Claro. Ah, muy bien. Quién le contó a Juan Rulfo que es el único fabricante de relatos extraños. Nadie.
Creció la milpa con la lluvia en el potrero.
Agosto 20 del 2011.
Miami, North West, USA.
Luis Eme Glez.
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