Durante el trayecto hacia el Aeropuerto Fedex me contó que tenía planes de intercambios familiares con Japón. Me quedé pensando. Habíamos hablado de Rulfo y calculé que todavía estaba choqueado por la impronta del hombre de Diles que no me maten. Se trataba de que el chico viajara a Japón por dos años, viviera con una familia japonesa, estudiara con regularidad, aprendiera el idioma y regresara con esa experiencia que le daría la posibilidad de un retorno mediático exitoso. Por supuesto que también ocurriría lo contrario con chicos asiáticos. Fedex había estado ya en Japón con toda su familia preparando la aventura y pensaba que no tenía que ser Tokío u Osaka el destino del muchacho. Incluso prefería geografías más tranquilas, lejos de las grandes aglomeraciones. Me pareció bien. Cuando volví la cabeza para mirar al futuro diplomático sonreía desde sus audífonos y debió decirme narikotimemarchomuramuy rakapronto. El chico no tenía pinta de samurai ni de judoka así que le auguré un porvenir promisorio allí donde la Casa Imperial soñaba todavía con viajar a Edo en transportes manuales. Fedex pensaba financiar el viaje y la estancia con ahorros familiares y con las ganancias que debieran traer sus proyectos comerciales con Cuba que incluían futuras Cartas de Invitación para quienes desearan abandonar la isla de manera legal.
Me pareció que habíamos llegado demasiado pronto al Aeropuerto pero Fedex sonrió con suficiencia al decir que tantos años en una ciudad monstruosa le habían enseñado a ganar espacios a la infinitud. Esta frase me pareció sacada de alguna Conferencia Tántrica pero no lo dije. De modo que parqueamos en un lugar acreditado y le seguí por una sala inmensa decorada con amplios murales, suntuosos sillones de cuero beige y plantas ornamentales. Nos detuvimos ante una pared gris y él tocó un botón. Se me ocurrió mirar hacia arriba. La pared gris era una gran torre con frontis encristalado. Almorzaremos en el Hotel Hilton, dijo, mientras entrábamos al ascensor. Mira eso, pensé.
Llegamos al nivel 8 y supe, in situ, lo que significaba el nombre Hilton. La Cadena que heredaría la seminudista y soñadora Paris. Me adapto muy fácil a los suntuoso quizás porque puedo traducirlo rápidamente al detritus. Digo detritus en el buen sentido de la palabra. Allí había una sala comedor casi copiada de los bajos por donde habíamos entrado pero con mas brillo y delicattense. Fedex eligió una mesa hermosa enmantelada con colores suavemente chillones al lado de un tevé plasma Sony como de treinta y seis pulgadas para que almorzáramos mientras mirábamos el partido de fútbol. Otra vez los charros pidieron una cena pantagruélica y Fedex simuló enojarse porque yo no quería comer casi nada. Al fin opté por otra adorable toronjada, un dulce novedoso y un ligero bocadito de jamón sin lácteos. Fedex debió visitar de nuevo el baño en tanto el partido no comenzaba y nos conformábamos con ver las primeras imágenes de los primermundistas stadiums sudafricanos y el precalentamiento de los equipos de Grecia y de Korea del Sur.
Lamentablemente la cena y la charla nos impidieron ver gran parte del primer tiempo del partido. Aún cuando los asiáticos habían mejorado su juego y su ranking y Grecia todavía andaba jubilosa con su Campeonato de Europa a cuestas me conformé con poder perderme ese partido en espera de otros con más pedigree. En Santiago de Chile, a esta hora, hubiera pasado mi televisor para la sala de máquinas y estaríamos disfrutando el juego desde nuestras posiciones de pie frente a las vaineras. Pero, para suerte mía, era mucho mas alentador estar a más de diez mil kilómetros del Cono Sur.
Fedex era, como yo, un aficionado a los aviones. Tenía maquetas en su casa que incluían aeropuertos con todo y pistas de aterrizaje. A cada rato se venía a cualquiera de las Terminales del Df para ver los despegues y aterrizajes de las aeronaves. Sentía una pasión indescriptible por esos bichos capaces de volar y mas capaces aún de dominar los tiempos de la mano de pilotos y copilotos que a estas alturas de la historia de la aviación se dejaban conducir con total automaticidad. Le pregunté qué en cual de las dos Terminales estábamos y me dijo "en la 1, por donde mismo llegaste".
Padre e hijo repitieron algo de almuerzo y después nos paramos frente a los amplios ventanales para ver dos o tres aterrizajes. Recordé que mi locura con los aviones me hizo viajar al Aeropuerto de Rancho Boyeros, en La Habana, nada mas llegar de primera a la capital cubana con mi tía Felicia Leyva y su hijo Gersy Martínez, uno de mis primos jóvenes. No olvidaré jamás a aquel gran avión que se llenó de pasajeros, enrumbó la pista y despegó con rumbo a Camaguey horadando al medio día. Le miré perderse al Este hasta donde me dio la vista. Un águila real se había convertido en una chinchila sietemesina. Tampoco olvidaré al inmenso Jumbo, de Iberia, que según los altavoces, se preparaba para el abordaje. La magia de la aviación, que como a Fedex, todavía no me abandonaba. Quizás porque la maravilla mágica de volar detiene al hombre en una niñez sin calendarios. De modo que cómo olvidar al ruido del helicóptero de mi infancia, aquel bicho verdeolivo que se la pasaba dando vueltas todo el día por sobre los montes mientras los soldados trataban de cazar a los alzados contra el gobierno de Fidel Castro. Recuerdo como de repente el sonido de su potente motor se apagaba y mi padre me decía "se está "aposando" en el potrero de Nene" o "ahora en el de Justino, verás cómo sale enseguida". Yo andaría por seis o siete años y me moría porque papi me llevara a ver al "elicóltero". Todavía desconozco por qué sus promesas de llevarme se quedaron en eso. Tal vez pensó que me asustaría igual que con las llamaradas lejanas de los campos de caña ardiendo bajo los mechones de los alzados. Cuando cogieron a Arnoldo Martínez y la zona fue declarada libre de alzados se vaciaron las trincheras del Río, se acabaron las latas de leche condensada y el helicóptero despegó para siempre de los potreros.
Hermano, quiero irme el día 14, podemos ir por un boleto de guagua, le dije y pregunté a Fedex. No podía creerlo. Pensaba que nos faltaba tanto por conocer en la capital de México. Incluso esta misma tarde quizás fuéramos a las pirámides. Insistí. Fedex me hizo caso pero dijo "está bien, vayamos, igual aún puedes arrepentirte y cambiamos la fecha de los pasajes". La Oficina expendedora estaba en el propio Aeropuerto. Nos dirigimos a la Sección "Norte". Compré un pasaje para las 9 de la noche del 14 de Junio. Sabía que era harto lejos hasta Reynosa y aunque me moría por viajar de día deseaba llegar temprano a la Frontera. El boleto me costó poco menos de cien US, cancelado en moneda mexicana.
La tarde se iba y yo me preguntaba cómo habría quedado el partido de fútbol y Fedex manejaba veloz por una Avenida nueva para mí que en algún momento se hizo mas amplia y comenzó a reptar sobre puentes muy largos que unían mogotes de vegetación profusa elevados sobre abismos de espanto en los que las casas se veían como libélulas ninfas. Calculé que viajábamos al Este y una cadena de cerros tupidos me hizo pensar que la ciudad acababa aquí. Fedex me explicó que esos abismos habitados jamás habían sido tapados por deslizamientos como ocurría en otros sitios del mundo, tal vez por la firmeza de la tierra compactada entre tanta vegetación virgen. No quería imaginar qué pasaría después de una diluvio macondiano con esos moradores del fondo del puente.
Fedex no me decía a donde nos dirigíamos. La ciudad se estranguló en algunos recovecos y al igual que en Santiago de Chile evadió mogotes y cerros y encontró valles y pasos angostos y continuó gateando al infinito. De pronto doblamos a lo que supuse era el Norte y entonces enfilamos por una calle de dos vías, con muchas curvas y edificaciones de una planta en donde los anuncios de pequeños negocios pululaban al azar. Estábamos en algún suburbio de la gran ciudad pero no pude ver pobreza extrema y sí a la gente transitando y trabajando con toda la dignidad del mundo. En Chile este lugar hubiera sido una "población" y quizás, como aquí, el peligro se enseñorearía por doquier. Durante mas de una hora viajamos por urbanización similar, custodiados por los breves mogotes a nuestra derecha, en silencio, como si Fedex anhelara que yo viera al otro ente capitalino mas allá de mis teorías defesinas. En algún momento pasamos otro puente menos abisal y la calle se amplió para marcar sus cuatro vías y pensé que estábamos yendo de nuevo al Oeste de la urbe. Entonces la arquitectura nos reacostumbró al DF clásico y Fedex se detuvo ante un establecimiento con amplia puerta de entrada a un parqueo. Introdujo el Jeep mientras el diplomático y yo esperábamos en un bar lateral. Nos dirigimos al frente de la calle en tanto yo iba mirando la torre que se elevaba sobre lo que estimé era un lobby casi con la solvencia del lobby del Hilton. Entramos a un elevador. Subimos.
Estamos en el Worl Trade Center de México DF, Luis, y vamos a merendar. Desconocía que en Ciudad México hubiera otra Torre con ese nombre ( casi sentí verguenza por tan bestial desinformación) pero mirando muy bien a mi alrededor el único con barba media era yo y por lo demás no se escuchaban ruidos de aviones ni acentos ibrahínicos.
Aunque no le encontraba sacralidad alguna al lugar el botones me pidió quitarme la gorra. Otra vez, me dije. Obedecí. Estábamos muy altos según pude colegir tras las paredes encristaladas. Nos sentamos en una mesa circular y otra vez padre e hijo solicitaron una merienda opiparísima que incluía helados. Acepté uno de naranja piña y otra toronjada vertida en vaso pequeño. Mientras destrozaba la crema con la cucharita me doy cuenta que la vista monumental de la ciudad desde la altura se me trastoca y que estoy viendo otra perspectiva. Fedex capta mi movimiento de cabeza y sonríe. Estamos girando, digo. Sí señor, girando lentamente y daremos la vuelta completa. "Pero se mueve", bromeo. Porque sucedía que estábamos merendando nada mas y nada menos que en el Giratorio más grande del mundo desde cuyos espacios amplísimos se puede observar una vista de 360 grados de la megalópolis a la altura de 47 pisos. La Torre es el punto más descollante de un sitio que se conoce como Hotel de México y es, entre otras cosas, un gran Centro de Convenciones y un lugar donde la Cultura se enseñorea como Dama del Tiempo. Desde el colapso de las Torres Gemelas en Nueva York es el edificio que cuenta con mas metros cuadrados de superficie espacial y todavía está entre los edificios mas altos de Latinoamérica y ostenta la primicia en Avenida Insurgentes. Es, por demás, un edificio "inteligente", dada sus características aequitectónicas de última generación. Recordé que hacía muy poco tiempo en Santiago de Chile se había acabado de erigir el rascacielos más alto de Latinoamérica. El Milenium, con sus 51 pisos, en la zona de Sanhattan, Barrio Alto. La Torre charra anda por 50 pisos y 207 metros de altura. Me pasé casi diez años soñando con visitar el Giratorio de Providencia en Santiago pero jamás fue posible por los mas diversos motivos. Parece que yo tenía que pasar la Línea del Ecuador para que algunas cosas se realizaran.
Oscurecía en el Df y no esperamos a que el Giratorio cubriera sus 360 grados. Jamás se borrarán de mi cerebro las miríadas de lumínicos, la ciudad extendida hasta lo incognocible y los autos como amebas del Día Primero pugnando por romper los intríngulis de un tráfico despiadado. Me recoloqué la gorra cuando entramos al elevador. Fedex me dijo que a esta hora ya no era razonable visitar las Pirámides y que, por favor, retrasara el viaje unos días si de todas formas ya estaba en territorio libre. Dije que lo sentía pero que ya estaba decidido. Volvería, casi que le aseguré. Me llamas para venir por tí, llevarte a mi casa para que conozcas al resto de mi familia y también llevarte a la Terminal Norte. Ok, contesté.
Cecy Domínguez me dijo que alguien de Miami estaba muy enojado porque yo no estaba para una llamada conveniada. Que la persona había prometido llamar cada cierto tiempo. Lo hizo poco después de mi regreso. Era el hombre de Fort Myers. Le expliqué donde había estado. La abogada de Inmigración le había dicho que pasara con mis documentos, los entregara y solo dijera la verdad hablando nada mas que lo necesario. Se trataba de una información supersosa y me pareció que la había dado un clon de Perogrullo pero la acepté de buena gana. Le dije que saldría el 14 de Junio a las nueve de la noche para llegar a Reynosa el 15 sobre las once o las doce de la mañana. Expresó que tenía un viaje para San Antonio, Texas, y que si le era posible vendría a recogerme a la Frontera. Sugirió darme un correo de una amiga en Laredo pero decidimos que no era importante.
Miré mi correo en la Laptop de Cecy. Nada especial como no fueran los cientos de correos chatarra - comerciales de siempre. No podía aceptar que estuviera respirando el mismo aire viciado de una ciudad donde residían el par de charras y que no desearan saludarme. Me pregunté si me había comportado tan remal dentro de mi especial manera de ser y de actuar. Acaso mi humor selectivo, ácido y confundible, me seguiría ocasionando tantos quebraderos de cabeza. Tendría que tomar tan en serio la vida como la parte contraria. O simplemente las cosas no siempre ocurren como uno cree que van a suceder.
Me bañé con calma. La tevé básica me dijo que Korea del Sur había vencido 2 por 0 a Grecia y aseguraban que era una de las sorpresas del Mundial. En la habitación del frente sus moradores se movían como autómatas a la espera de la telenovela de turno. Intenté dormir.
Si nos dejan.Agosto 21 del 2011.
Miami, North West, USA.
Luis Eme Glez.
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