Saturday, August 6, 2011

POSTALES DEL DF. (23)._

Fedex se apareció poco después de las ocho de la noche. Yo estaba en la calle desde hacía unos minutos. Abrí la puerta y me senté a su lado. Le conté como me había ido en el breve espacio en que "sí estuve" y él aseguró que su mujer se recuperaba del acoso del trigémino con la velocidad de Hugo Sánchez en el Real Madrid de aquella época. Vamos a buscar a un amigo, dijo. 
Fedex manejaba raudo por la misma Avenida por la que me había traído a la casa de Cecy como si se tratara de un piloto de Fórmula 2. Te voy a llevar a Coyoacán y a Tlalpán para que eches un vistazo al Centro Histórico. Yo sabía de esos nombres "auténticos" y recordé como fastidiaba con la michoacana en las noches de MSN citando e inventando nomenclaturas en las que las vocales brillaban por su ausencia y las consonantes porfiaban por entorpecer mis  cuerdas vocales. No podía explicarme cómo el volcán que vio "nacer un campesino" no se llamaba Parixtkutlinxt y ella se moría de la risa recordándome la "simpleza" del español que hablábamos en Cuba.
En algún momento doblamos al Este y la ciudad entonces se vació de avenidas y de edificios altos y solo fueron unas calles largas y desteñidas custodiadas por paredes planas y postes de la luz como falos obtusos en la noche de Junio. Me parecía que estábamos en zona con Estado de Sitio o en alguna locación preparada para filmar un remake del Chicago de Al Capone. Sin embargo había una iluminación soberana y las estrellas brillaban sin preocupación sobre la ciudad inabarcable. Fedex se detuvo cuando giró de nuevo al Oeste y aparecieron unos árboles ralos en la acera. Nos apeamos para entrar en una habitación amplia donde había maquinaria de imprenta. Me presentó a un hombre con barba, relativamente joven, bastante "celta"y me dijo que en el pasado su familia había tenido que ver con esta industria. Hablaron de algo a solas y en silencio y continuamos el viaje porque, evidentemente, este Gutemberg criollo no era el amigo del que me había hablado.
El hombre ya esperaba en la esquina y abordó el Jeep. Le cedí el asiento delantero a fuerza de convencimiento. Era un tipo de más de seis pies, cetrino, medio calvo, encamisado y con el hablar pausado del hombre de mi pueblo que era de Veracruz. Rápido me di cuenta que tironeaba al idioma con soltura y que citaba frases sagradas con unos meandros casi barrocos que bordeaban las religiones clásicas sin compremeterse con ninguna.Le calculé unos cincuenta años y parecía tan afable como los subalternos de Moctezuma ante los primeros españoles. Cité algunos eventos de mi biografía y viaje y les parecieron tan impactantes que les vio ribetes cinematográficos.
De pronto las calles se llenaron de adoquines, las paredes de flores y herrajes y un olor a Colonia inundó el espacio medido. Mientras Fedex trataba de encontrar un parqueo en la zona congestionada por la gente y los autos recordé a "mi" Santiago de Chile porque las parejas se besaban en la boca con total abstraimiento y los vendedores situaban sus cosas en las aceras aunque sin la algarabía del pregón austral. Al fin nos detuvimos en un espacio exiguo "oficial",  al lado de un restorant y Fedex dijo que luego regresaríamos por la zona. Entonces caminamos hacia Coyoacán.
Sabía que el sitio era una de las grandes Bases de la Bohemia capitalina y rematadamene visitado por gente del mundo entero. Lleno de cafés en las aceras y caminantes con melena y pantalones entubados, con trenzas y batilongos árabes, con short y pulóvers tropicales, de parejas abrazadas y gays desenfadados. Coyoacán, esa noche, no me pareció un lugar del México auténtico. Nueve de cada diez transeúntes parecían europeos o al menos muy poco cetrinos y de "rasgos" macionales. 
Desde una explanada con adoquines observamos una de las iglesias más antiguas de México, según Fedex, y detrás de sus rejas plomizas pude ver a Cortés y familia visitándola para la Misa Dominical porque muy cerca de allí el Peninsular había tenido una de sus muchas casas esparcidas por lo que luego sería Df. También tuvieron casas Frida y Rivera, dijo el Amigo, desde su calva soberana. Esperé mi turno por si los charros no citaban a otro ilustre extranjero que había vivido muy cerca de donde nos encontrábamos. Me llegó. También vivió Troski. Ah, sí, el ruso al que mataron los bolcheviques, asintió el Amigo. Fedex sonrió como si recordara que yo era "nativo" de un país con esa ideología aunque no la profesara. Pero tal vez estaba elucubrando que en los tiempos que corrían Luis Miguel optaba por las casas en las costas. Evoqué la casa "doble", casi minimalista y bahu bahu, ordenada construir por la pareja, donde vivieron mucho tiempo, y que ahora era uno de los mueseos mas emblemáticos de la ciudad
En la calle que custodiaba a la Iglesia por el Este una gran muchedumbre bailaba al son de tambores y metales una danza inacabable que me retrotraía a nuestras congas carnavaleras sin que el ritmo tuviera la estridencia abracadora de aquella. Las parejas danzaban separadas y cuando estaban por machihembrarse se separaban como si el contacto físico les provocara escozor. Los bailadores eran jóvenes y hacían de la calle su tablado y de la vestimenta desenfadada una manera de versionar la tradición. Es una danza azteca, dijo Fedex. Los aztecas del hoy no necesitaban atuendos del ayer para bailar al son de los albores. Danza nueva, pensé.
Recorrimos algunas otras plazas antes de llegar a una especie de Palacio naranja con gran frontis y un par de pisos enventanados precedidos por una fuente tradicional. Había casas de dos o tres plantas con balcones a la calle y gente asomada y los adoquines se presentaban muy bien conservados así como la pintura de las edificaciones. Todo colonial, dijo Fedex, como tu Habana. Como "mi Habana" si "nuestro" Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal, hubiera podido restaurar en serio con el presupuesto de que disponía, cortesía de la Unesco. En un final las zonas solo se "parecen". Porque las Formaciones Económicas y Sociales son capaces de romper semejanzas aunque las arquitecturas hayan estado signadas por los mismos constructores. Vamos a comer y  a tomar una cerveza, dijo Fedex, al parecer, hastiado de las charlas históricas y políticas que nos estaban provocando  aquellas locaciones con tanta historia a cuestas que podían acaparar intenciones por tres o cuatro noches más.
Conoces los tacos, preguntó el rubio de los Mil Sindicatos. Solo en teoría, respondí. Dudaba en poder degustarlos teniendo en cuenta que eran confeccionados a partir del maíz y nada mas de pensar en harinas se me encogía el paladar. Verá usted que le encantarán, Don Luis, agregó el Sabio Cetrino. Me di cuenta que caminábamos por la calle de dos vías que acabábamos de transitar buscando parqueos. Estaba compacta de autos y apenas quedaba un pasillo por en medio y me preguntaba la manera de salir que tendrían aquellos choferes mexicanos. Después de desdeñar dos o tres restorants (en realidad, no sabía cómo llamar a las taquerías) entramos a uno, amplio, hermoso y decorado con murales típicos y artesanías profusas. Había mesas para cuatro clientes, con mantel, una barra y el lugar donde preparaban los tacos al lado. Sobre la mesa había un portatarros lleno de botellitas de colores repletas de lo que pensé serían condimentos "taqueros". Dije que pidieran para mí lo que pidieran para ellos pero que anhelaba tremendamente tomarme una Corona "in situ" pues en Chile la cotizada cerveza mexicana competía casi en igualdad de condiciones con la Cristal y con la Austral. No hay problemas, chavo, dijo Fedex desde su camisón a cuadros. Y agregó "ahora verás que llega un dúo y comienza cantar Si nos dejan y Por debajo de la mesa y cuando crees que darán un concierto de boleros clásicos se despiden pasando el cepillo". Me eché a reír. En Cuba cantaban hasta el desmayo: porque tenían un sueldo. Y nada de cepillo, como no fuera en el misterio del secreto, el miedo y la intriga.
De pronto llegaron las tortillas color papel de envolver, muy delgadas y como espolvoreadas con alpiste. Fáciles de separar y llenar de un picadillo que olía muy bien. Me pareció que podía dar cuenta de algunas sobre todo porque estaban calientes. El par de charros empezó a despedazarlas con hambre pantagruélica y cuando me di cuenta que estaban tan ricas les imité en la confección y creo que debo haberme zampado como cinco con dos Corona de "nación", exhuberantes. Sin embargo esa noche no aprendí a taquear si tenemos en cuenta lo que me ocurrió poco después en la Taquería del Paseo.
Mientras Fedex y el Amigo Sabio disertaban acerca de su religión - una mezcla de Tantra, creencias orientales y el mas ortodoxo cristianismo, repleta de símbolos, perendeques, signos y profesías y esperanzas - arribó el dúo premonizado. Trajeados de negro, con camisa blanca y corbata sobria, dos guitarras españolas y peinado engominado hacia atrás con raya lateral. Tan circunspectos como Juan y Júnior antes de Anduriña. Siempre he creído que los españoles y los mexicanos nacieron, entre otras cosas, para cantar. El dúo no me decepcionó. Además, me encanta la edad dorada del bolero mexicano y por agregación, toda la música mexicana. Fedex no solo no me dejó pagar la cuenta ni parte de ella sino que me impidió colaborar con los artistas ambulantes. Ya lo harás cuando estés en Miami y yo te visite, sonrió.
Durante el regreso en busca del Jeep, el Sabio dijo "bueno, Federico, y qué le estamos buscando a Luis, tan preparado el hombre". Luis seguirá a Estados Unidos muy pronto, dice. Asentí. No me quedaría en México por nada del mundo después de tanto avatar pasado pero me sentí agradecido de que alguien se interesara por mi presente acabado de conocerme cuando cientos de personas en Chile habían pasado por mi lado en la pasarela del trabajo profesional sin siquiera volver la vista.
Dejamos al Amigo en el mismo sitio donde le habíamos recogido y Fedex me depositó en la puerta de la casa de Cecy Domínguez. Me llamas por cualquier inconveniente, sí. Te llamaré muy pronto para que salgamos por el día, volvió a prometer. No sé por qué me sentía con este tipo como si se tratara de un viejo amigo al que hubiera encontrado después de varios años. Ok, hermano, le dije. Mientras me bañaba recordé que me quedé sin saber en qué trabajaba el amigo de Fedex, un hombre al que le seguía calculando unos cincuenta años. Se da un aire a Rabindranath Tagore, concluí. Porque, tanto como individuo mexicano nato, me recordaba más a aquella pareja de indios que llegó a la Fábrica de Vainas para tratar asuntos de negocios a fines del 2009.
Un grano de polen en Coyoacán trigal. Suficiente por ahora. Abrí mi Pasaporte. Seis meses de visa. Por lo menos treinta días en la capital de México.
Lo que ha pasado allá en la Hacienda de La Flor.


Julio 26 del 2011.
Miami, North West, USA.
Luis Eme Glez.



No comments:

Post a Comment