Monday, July 4, 2011

POSTALES DEL DF. (22).-

La Residencia de Cecy Domínguez era algo así como una especie de casa de Long Island para la Familia Corleone. Cuando amaneció y miré por la ventana vi que había una torre pequeña que fungía de segundo piso con escalera exterior por donde subían y bajaban niños y a veces una pareja adulta. Cecy vivía con sus hijos y sus  parejas y sus nietos y estaba separada según pude colegir unos días mas tarde. Evidentemente se mantenía con las rentasquizás con alguna colaboración legal del exesposo y posiblemente con los dividendos de sus trabajos astrológicos. Porque Cecy no era autodidacta en los asuntos de los astros: había estudiado en una Escuela que formaba Astrólogos y se había graduado con honores.
La computadora de abajo no funcionaba  y como nunca vino el técnico Cecy me permitió pasar unos pocos imels desde su Laptop. Así que imelié a mis dos amigos de la Florida, USA, y a casi todos los contactos MSN no cubanos para informarles del lugar al que acababa de llegar y a los que prometí reanudar la comunicación en cualquier momento. Solo contestarían la Señora Invitante y los "americanos". Estos llamarían en mas de una ocasión  durante el transcurso de la semana.
La recámara de Cecy podía ser del tamaño de la mía en Santiago y como aquella, estaba absolutamente compacta de objetos de todo tipo. Porque Cecy Domínguez era de esas dueñas de casa que sacrifican espacio en aras de conseguir unos pocos pesos que le ayuden a paliar la "situación" y hacen de una recámara un hogar hacinado. Recuerdo que se la pasaba apoltronada en su gran cama matrimonial y frente a su Laptop y que me dejaba entrar sin camisa y en short y sentarme en el sitio que yo deseara.. Jamás se cuidó de un tirante caído sobre su regazo ni del fondo de la bata de dormir levantado diez centímetros sobre la rodilla. Muy pronto le dije la verdad de mis intenciones inmediatas y me sugirió cuidado por lo complicado que estaba el ambiente en el Norte del país. Me dijo que hacía pocos años había viajado por el Sur de los Estados Unidos con su exesposo y que planeaba hacerlo de nuevo dentro de poco. Incluso, no descartaba la posibilidad de tratar de introducir algunas mercancías para vender. Qué tipo de "mercaderías", querida, pensé.
Dentro de los mails que pasé desde la Laptop de Cecy estaba uno para la michoacana en el que le contaba cuándo había llegado, cuál era mi dirección y teléfono así como las cosas que le había traído. En el fondo esperaba que, estando en su ciudad, bajara sus morros y decidiera verme sin exigirme "motivos" para hacerlo. Como la Chica Astro tenía el teléfono de la casa esperé, pacientemente, a que me llamara para enterarse  de cómo me iba, cuando nos encontraríamos o algo por el estilo. Conocía que estaba preparando una expedición a la Riviera Maya pero no sabía en qué etapa andaba a estas alturas.
Estuve una semana en el Df y fue una semana dura y extraña. Ninguna de las chicas charras asimiló mi llegada a la Megalópolis. Por lo menos durante tres días no tuvimos agua porque se rompió una tubería dos cuadras al Oeste y según Cecy los obreros eran muy "flojos" para el trabajo. De modo que tuvimos que orinar en botellas y dejar las tasas sin descargar hasta que los camiones pipas trajeron agua y Cecy y familia pudieron llenar el aljibe del primer piso.  Recuerdo que había que sacarla con cubos medianos atados con sogas ligeras como mismo hacíamos en los posos de las casas de campo en Cuba y que Cecy retaba a los nietos cuando no querían ayudar. Nunca me permitió hacer ese trabajo. Tal vez yo era un cliente de lujo. De esos clientes que se van muy pronto y no exigen la devolución del dinero. Pero para ella era tan normal que eso ocurriera en la Comuna que me dijo que me tranquilizara e hiciera las cosas como mejor creyera hasta que todo se solucionara. Eres de mucha confianza, aclaró. Sin embargo, creo que estuve sin ducharme un par de días y que en algún momento las verijas se me pusieron pegajosas y solo el agua a granel las salvó de la comezón. Trópico sin agua, un buen tema para Dante. El bache de casi diez años en Chile no pudo hacerme olvidar calamidades idénticas - pero más frecuentes- en la Cuba de siempre.
Casi todo el tiempo llovió sobre el Df y no faltaron las tormentas en medio de un calor de infierno. Una de las tormentas afectó al tendido eléctrico y de nuevo nos cayó encima otra "salación". Sin agua y sin luz. Parecía una ciudad sitiada en "período especial para tiempos de paz" poco después de que hubiera colapsado el "sistema capitalista". Suerte que compartíamos el "status social" con la gente de la manzana y los alrededores.
No puedo precisar los pocos partidos del Mundial de Fútbol que pude ver ni los noticieros en vivo. La teve básica que tenía Cecy era muy limitada, tal vez porque se trataba, en su mayoría, de canales locales. En realidad pasaba tanta hambre y estaba tan desconcertado sin noticias de las mujeres "locales" que el tiempo se me iba en tratar de comerme las cosas del negocio y en ver cómo encontraba otros renglones con algún sabor que no fuera dudoso, amargo, falsamente dulce ni perfumado. Creo que bajé como tres kilos esa semana y que regresé a la "persona que no era" cuando salí de Cuba, según diagnóstico epistolar de Tery.
Recuerdo que cometí, por tanto, uno de los errores mas descabellados que pueda imaginarse. Había probado los tacos acabados de hacer, aderezados in situ y me parecía que eran soportablemente comibles. De modo que me llegué a una taquería que estaba a dos o tres puertas después del negocio de los chamacos y que era atendida por varios taqueros típicos. Mientras charlábamos de fútbol, de beisbol y de Cuba, los cocineros me prepararon una buena torre de tacos con mucho picadillo a precio de "cantidad" y me fui prometiendo regresar. Si aquello me gustaba podía mantenerme lleno y escapar hasta que pudiera compartir con las charras. Le temía mucho a la comida vegetariana de Chica Astro pero consideraba que no tenía por qué exagerar y seguramente daría buena cuenta de ella. Solo que llegué a la recámara y guardé mi cena hasta la hora de la comida, que aquí también seguía siendo sobre las nueve de la noche. Para ese momento las tortillas de maíz parecían discos voladores, papel amarillo petrificado y corteza de jaguey cortada en círculos. El picadillo sabía a rayos sin relámpagos y no descartaba que hubiera sido confeccionado con carne de perros chinos o de mamuts domésticos congelados en la Sierra Madre. Por supuesto que boté el "manjar" a la basura y tuve que regresar al pan con jamonada y al refresco insípido.
Otra tarde gané un poco mas de espacio hacia el Oeste y compré una Pepsi de dos litros en un establecimiento tipo americano pero no pude con los bocaditos "gringos" porque todos contenían queso u otros lácteos  y no los confeccionaban a la carta. Al frente descubrí un sitio donde asaban pollos y había papas fritas y otras viandas e incluso arroz. Al fin me la puso Dios, aplaudí. Lo regenteaba un tipo de media vida, muy serio y profesional pero acequible. Me identifiqué y le conté de la enorme cantidad de pollo asado con papas fritas que había devorado en Santiago de Chile. El charro asaba a las brasas, in situ, pero ahora no tenía arroz. Para comprar mi plato principal debía venir sobre las dos de la tarde y no me lo podía guardar pues no era su estilo aún cuando yo tratara de pagárselo por adelantado. Encontré correcto el precio. Soy fanático del pollo asado. Este pollo asado estaba perfectamente cocinado pero lo habían aderezado con alguna sustancia olorosa. Sabía a perfume bajo su falsa doradez. No sé a qué perfume pero no era a un perfume conocido. Hablo de perfumes de plantas aromáticas. Me comí tres o cuatro pollos asados de toda suerte pero nunca pude hacerlo sin aguantar la respiración. Caramba, ni que fueran asados en París. Y jamás pude llegar a tiempo para  el arroz blanco. Meses más tarde, en el North East de Miami, encontré sabores similares en el pollo asado en un Supermercado haitiano.
Un atardecer Cecy entró a mi recámara. Quería pedirme algo pero solo en el caso de que yo estuviera dispuesto debía complacerla. La pieza que estaba desocupaba era casi idéntica a la mía excepto por la falta de una cama matrimonial y por el hecho de que no disponía de teléfono.Tenía un pedido de arriendo, muy fresco, de un matrimonio relativamente joven. Si yo me cambiaba ella podía alquilarla. Dije que no tenía inconvenientes y me trasladé enseguida. La vista del cubo interior era casi la misma y nunca supe por qué en esta habitación entraba más aire. Sin embargo debía tener cuidado con mi cortina porque el frontis de la recámara ahora era una espacio mas abierto por donde circulaban personas.
Otro de los sitios que frecuenté en el Paseo - esta vez al Este - fue una hamburguesera atendida por una chica rubia y muy parlanchina que las confeccionaba al instante. Era un lugar muy visitado, con tres o cuatro mesas y un televisor que, además, afertaba otros renglones. Podía pasar las hamburguesas, tenían buen precio y de haberme quedado en la capital seguro hubieran sustituido al pollo asado al perfume. Una tarde, cuando regresaba de allí, me encuentro con un muchacho ajado, muy precolombino, que tenía parqueada una carretilla en el filo de la acera, llena de mameyes colorados gigantes. Me dijo el precio cuando inquirí por él y me pareció muy bien así que le pedí que me esperara unos minutos pues no me quedaba casch y además vivía muy cerca. Le conté a Cecy y me dijo que, por supuesto, haríamos ese batido genial que ella desconocía. Pero cuando bajé no habia ni sombras del vendedor autóctono. Se lo había tragado la tierra con carretilla, mameyes y demás. Ni en los Supermercados de Miami he visto después mameyes de tal categoría. Quizás sí en Cuba. Ante sus frutas - que suponía "dulces"- tuve un ataque de nostalgia. Oh, la gran mata de mamey colorado del patio de mi primera casa de campo en la que anidaban sinsontes y pitirres, desde cuyos gajos mi padre me hizo las primeras hamacas con las coyundas y frontiles de sus bueyes y con los catauros de las yaguas de las palmas reales, a cuya sombra me celebraron el único cumpleaños y mi mamá desgranaba mazorcas maíz para hacer harina. La descomunal mata  paría miles de mameyes que degustaba todo el barrio y celebraba cada visitante y aún mi papá podía vender una cantidad razonable a los batideros que venían desde Caibarién. La mata que un día se enfermó y nos regaló la imagen mustia de sus frutas desprendidas con cualquier brisa y que si acaso lograban madurar se pudrían como por efecto de una maldición bíblica hasta que mi padre decidió tumbarla, gajo por gajo, con el fin de aserrarla y usar su madera para hacer puertas, ventanas y cajas para almacenar a arroz. Sin embargo jamás fue aserrada como si sus vetas fueran sacras y recuerdo que el gran tronco alguna vez cedió ante el empuje de tanto fuego provocado y que donde una vez hubo un árbol portentoso luego habría terreno agregado para el cultivo de frijoles y de maíz. Pero sus mameyes no eran, ni por asomo, del tamaño de aquellas delicias que me ofrecía el nahualt en su carretilla desvencijada.
Como algunos Bancos estaban reestructurando sus métodos de cambio de divisas Cecy me prestó quinientos pesos hasta que yo pudiera ir al Centro y cambiara mis dólares o me marchara. Durante la semana conocí a dos de sus hijas y a un hijo así como a algunos nietos muy jóvenes que estaban estudiando. Las mujeres eran muy bonitas y elegantes y parecían del tipo de las mexicanas de la televisión. El hombre tenía algunos razgos típicos y cuando me fijé mejor me di cuenta de que la Cecy sí podía jactarse de su fisonomía "nacional" y entonces pude definir criterios acerca de quién se parecía a quién en esta familia de clase media. También conocí a un pariente que vino para hacer algunas reparaciones a la casa. No creo que Cecy Domínguez pasara de cincuenta y cinco años ni sus hijos de treinta. Pero no soy agorero de almanaques.
Una tarde Cecy entró a mi recámara para decirme que Fedex me llamaba. Recibí la llamada desde los pies de su cama matrimonial. Estaba semitapada. Mientras le decía al rubio charro de los Mil Sindicatos que lo esperaba esta noche Cecy me observaba con detenimiento y recorría toda la parte superior de mi cuerpo con mirada de clarividente. A qué astro me pareceré, pensaba. O me verá como a un Dios sobre el astro. Habrá adivinado mi Signo Zodiacal. Seré solo un Hombre llamando desde su Búnker. Qué seré en el alero de sus sueños.
Cuando le di las gracias, estaba mordiéndose una uña y mirando por encima de mi cabeza hacia la Nada.
Soy un pobre venadito que habita en la serranía.


Julio 4 del 2011.
Miami, Nort West, USA.
Luis Eme Glez.

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