Sunday, July 3, 2011

MUJER Y RECAMARA. (21)._

La noche cayó enseguida sobre el Df. Mientras yo volaba Fedex y la Señora Invitante habían intercambiado mails en los que él le aseguraba que trataría, contra smog y marea,  de encontrarme en la Terminal 2, zona Taxis de Sitio,  y  ella se lo rogaba por todos sus Dioses de la Ribera Occidental. Los quince minutos de retraso del avión  casi hacen fracasar su promesa. Estaba encantado con mi arribo y esperaba mostrarme la ciudad, presentarme a su familia y platicar hasta el agotamiento. 
Fedex me dijo que se sabía la ciudad de punta a rabo pero que el Sur era una zona a la que no estaba frecuentando mucho últimamente. De modo que para no perder tiempo llamó a su casa pidiendo que le pusieran en la ruta exacta a través del GPS. Su hijo lo hizo muy raudo. Viajábamos por una Avenida de cuatro vías con Paseo Central pero a pesar de la noche me di cuenta que estábamos muy lejos de la zona moderna. No había edificios altos, la iluminación era discreta y el tráfico medio conformado por autos viejos y buses del tipo de los que circulan por el interior de Chile. Debía ser hora pico y sin embargo el slogan de ''defensa contra defensa" parecía no tener razón de ser aquí. No me importaba. Pese a la apariencia de charla amena y desenfadada con mis dos acompañantes todavía no había descartado que el viaje acabara en algún tugurio de la salida para Toluca a donde sería conducido con el único objeto de estrangularme, asesinarme y enterrame medio vivo con un cartel en el pecho que dijera "cubano con exaspiraciones de cruzar la Frontera", firmado por el Cartel de la Comuna Presidente Ejidares. No hacía otra cosa que planear mi defensa en caso de que el hablador con seseo cordobés - una verdadera cotorra de la Sierra Nevada, a la que acosé con preguntas "andaluzas"- y el Jerarca de los Mil Sindicatos intentaran quitarme la pluma. Sin embargo colaboraba en la plática con esa confianza atroz que me caracteriza ante segundos y terceros y daba la impresión de que se trataba del encuentro de tres amigos del alma después de mucho tiempo. En un final, a estas alturas del partido,  yo era un tipo con muchas "horas de vuelo", por tanto "internacional", y ningún par de extranjeros iban a sacarme de mis casillas por muy Mecenas sobre Nissan que fueran.
Fedex encontró poco después la "Mueblería Linares" de referencia y tras vencer a  un Paseo que parecía más contemporáneo enfiló una calle stándar custodiada por bellas residencias y se parqueó frente al número de la puerta de que hablaba la dirección que yo traía en la Agenda. Toqué con golpes de nudillos como si se tratara de una contraseña.
La señora que abrió me dijo que me estaba esperando. Era muy bajita y tenía una cara redonda y semisonreía como si estuviera cansada. No le vi rasgos mexicanos aunque el color de su piel  no le desmerecía. Le presenté a mis acompañantes y después de los saludos de rigor Fedex me aseguró que me llamaría en cualquier instante para dar una vuelta por la ciudad. Apreté sus diestras. Si me escapé de esta, me escapo de las demás, pensé. Cecilia Domínguez cerró la puerta con doble pestillo y me pidió que la siguiera. De espaldas, y en short, Cecy se me pareció a muchas de mis alumnas de los años ochenta y noventa del siglo XX conduciéndome a sus camas de la Escuela al Campo para que las peinara.
Primero había una espacio amplio, perfectamente rectangular, que fungía de garaje y de hecho un carro lo estaba ocupando. A la derecha una pared separaba el sitio de lo que pensé eran habitaciones de la casa. Después había como una especie de esquina de desahogo y un pequeño patio interior con árboles que se empinaban entre el cubo del edificio. Entonces entramos a la cocina comedor perfectamente equipada, repleta de cuadros alegóricos en las paredes y con un patiecito exterior para lavar y tender ropa. Recuerdo que contra la pared Sur del comedor había una computadora tradicional con su silla giratoria. Hasta aquí parecía que la charra vivía en una residencia de clase media.
Después venía una escalera de dos tramos en V con descanso y pasarelas de madera trabajada. De nuevo profusión de cuadros en las paredes y plantas ornamentales en tinajas y maceteros. En el segundo piso estaban las habitaciones. Un espacio de dos por dos metros contenía una pequeña Biblioteca, más cuadros y plantas y algunas fotos en las paredes así como algunos diplomas y títulos que tenían en una esquina la foto de una Cecy más joven y menos amargada. Al vuelo alcancé a leer, en uno de los diplomas, la palabra "astróloga". También "esta" le tirará a los misterios del Espacio, me pregunté.
La Dueña abrió una puerta que calculé daba a la habitación Norte. Prendió la luz. Me quedé petrificado. No porque me pensara en el Sheraton sino porque en el fondo no me creía el cuento comercial de la oferta por Internet. La "recámara" era amplia, con su cama matrimonial anunciada, su gran clóset de puertas de corredera y piso agregado, un par de veladores, una mesa velador con un televisor de unas 21 pulgadas y un teléfono fijo en el velador Oriente. El piso era de baldosas beige y las paredes estaban pintadas de un azul cielo. Una ventana con cortinas stándar, de vitral corredizo, daba a un vacío que imaginé el mismo cubo por donde ascendían las plantas del piso inferior. En el techo, una lámpara redonda y sobria, de esas que parecen una torta de aniversario. Dije que me parecía correctísima. Me dijo que la otra habitación estaba desocupada ahora y que la acababa de abandonar un estudiante francés. Aún no sabía que faltaba una tercera, pegada a la mía, y que era la suya propia. Entonces me mostró el baño, al Sur del descanso. Muy normal y tremendamente sobrio, pero con mayólicas por baldosas y arabescos de la vieja época, y una especie de botiquín librero al Este.
Le pagué lo estipulado con el Depósito conveniado y me miró, agradecida, como si se convenciera de que yo era un hombre de Ley, el mismo en el que ella había confiado cuando recibió su SOS de urgencia desde Santiago de Chile. Contó los dólares y los guardó como hubiera hecho un judío ante un estudiante alemán en 1938. Había llegado con muy pocos pesos mexicanos- cambiados legalmente en Santiago- pues la idea era solo emplearlos en el costo del taxi de sitio. Toda mi plata estaba en billetes verdes. Recordé, mientras le entregaba su dinero, al Viejo Jefe diciéndome "poh Lucho, llevái al peruanito de escolta otra vez".
Cecilia Domínguez me bajó de nuevo al piso primero para decirme que podía usar la cocina, el comedor, la lavadora, la computadora y cuanta cosa hubiera en su casa sin problemas. Se lo agradecí pero le aseguré que tenía tanta hambre que era capaz de comerme a Venustiano Carranza con cabalgadura y todo y que necesitaba me llevara o indicara algún lugar cercano donde comprar algunas boberías hasta mañana. Muy amable me dijo que eso era lo que sobraba en los alrededores. No podía seguir dando cuenta de los cuchuflís, so pena de tirar la palabra "regalo" en el estercolero de los protocolos.
Mientras me acompañaba cuadra al Norte apenas podía soportar la tentación de echarle el brazo sobre los hombros. Tanto me recordaba - otra vez- a mis alumnas de los años ochenta y noventa del siglo XX a las que conducía hacia sus camas de la Escuela al Campo para peinarlas en las noches abrasivas. De haberlo realizado seguramente mi codo no hubiera tenido que doblarse. Porque Cecy Domínguez parecía ser de esas mujeres que se sientan sobre una semilla de maguey y le quedan los pies colgando. Había una pareja de chicos en un negocio excelente ubicado poco después de la esquina, en el Paseo. Me identifiqué y les dije que en la próxima semana sería su cliente fijo y el muchacho me ayudó a localizar lo que quería. Las mercaderías no se diferenciaban tanto de las que había en Chile si exceptuamos las complacencias del paladar nacional y estaban perfectamente estuchadas dentro de un sitio con higiene de quirófano. Recuerdo que adquirí cecinas, pan, caramelos y jugos envasados en recipientes plásticos que decían guayaba y mango. Estaba muy lejos de imaginar los sabores que tendrían los sumos de las frutas de aquí y ni por asomo sospechaba el hambre despiadada que pasaría en la capital de México la próxima semana. Los chicos se rieron con algunas de mis salidas y la chica - una morena tipo michoacana con boca de mitad de mamey colorado- me dijo "regrese nomás".
Cecy me entregó las llaves y me explicó cómo asegurar el garaje pues "usted ya sabrá como es la cosa aquí aunque la zona parezca tranquila".Subí solo la escalera, comí ahora sin hambre  y sin paladar lo comprado y recorrí los canales del televisor. Me pareció que eran canales básicos y prioricé un noticiero sobre el Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010 con fondo de Waka Waka y caderas shakíricas.
Recordé mi primer día y mi primera noche en aquel Santiago de Chile del 2001 pero no era lo mismo. Aquella vez el futuro era muy incierto y USA estaba rematadamente lejos en el tiempo. Ahora solo era cuestión de decidir cuando seguir a la Frontera. México era mi mayor victoria en este eterno combate por ganar el Norte franco. Sin embargo mi Presupuesto estaba diseñado para treinta días. Debo admitir que no sospechaba, ni por asomo, lo que el porvenir me depararía en materia de encuentros con amigas mexicanas.
Finalmente me duché, apagué la luz y me dormí al instante. Era el siete de Junio del 2010 y acababa de volar mas de diez mil kilómetros. Nadie sabía, fuera de mis dos amigos de la Florida, que ya no estaba en una nación llamada Chile. Mañana les pondría sobre aviso. Y a las charras.
Máquina 501, la que corrió por Sonora.

Julio 2 del 2011.
Miami, North West, USA.
Luis Eme Glez.

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