Sunday, June 26, 2011

ALGODONALES COMO ELEFANTES BLANCOS.(20).-

Fuera de mis lecturas sobre el Norte chileno, el Altiplano, la literatura regional y los magníficos documentales de la Televisión Nacional de Chile sabía muy poco acerca de la Geografía de esos lares. Aún así me atreví a situar algunos protagonistas de Vicio de tus ingles allí y creo que salieron airosos de la prueba. Pero la teoría se estrella contra la visión real del desierto aunque se viaje a trece mil metros de altura. Ni los cosmonautas del Apollo 11 hubieran desestimado las vistas selenitas que se observaban desde el Jumbo.
Detrás de varias millas de arenales inhóspitos surcados por ríos secos y cubiertos de espejismos fantasmagóricos aparecían montañas enormes custodiando valles inmensos de color gris mate con fondo de nadas alucinantes. Otras veces me daba la impresión de que los ríos fluían con cierta cantidad de agua desprendida de las montañas y que los valles eran violados por carreteras de dos vías serpenteando entre colinas y ventisqueros. Siempre un paisaje monótono en sus meandros de ilusión con su color de yerba quemada y su infinitud espacial. Otras veces la ilusión óptica me regalaba tonos azules livianos y humo en desbandada y atisbos de ciudades fantasmas con fondo de eternidad gris hasta que el avión ganaba unos kilómetros y otra vez los recuerdos sabidos de Valles de la Luna, Telescopios Gigantes, arenales despiadados y hombres taladrando minas en la más remota soledad. Silencio atroz a trece mil metros de altura para vuelo crucero.
Mis esperanzas de poder adivinar Arica y su Morro se volvieron nada en la visión inexistente de Tacna en Perú. Añoraba pasar por donde mi chica desnuda había esperado al sunami. Evidentemente volábamos en dirección Norte Noroeste y eso quería decir que en pocos minutos el Pacífico reemplazaría al paisaje lunar quedado a nuestras espaldas y de nuevo se pudrirían en mis agendas truncas las imaginadas visiones de  Machu Picchu y El Cuzco, Iquitos y la Cuenca Amazónica, el resto de América Continental.
Pero fuera del paisaje "lineal" abajo,  la congestión de nadas eternas  es casi la misma en la ruta del Oeste. Uno sabe que vuela sobre el mar porque todo se acabó y está asistiendo a una ilusión desgarradora de vacío total. Las nubes errantes simulan amplios paisajes movibles hacia ningún lugar y se confunden con los espejismos de la lejanía y sus ínfulas de montañas azules y playas ignotas sin horizontes. Siempre ese anticolor gris claro con tenues tonos azul cielo y la sensación de que se viaja por entre gotas de vacío extraterrestre y que no se vuela sino que se orbita en "línea". Tal parece que el smog "natural" de la altura Pacífica no deja pasar al Sol porque nada refulge ni nada brilla con la iridiscencia de sus rayos y uno cree que todo el tiempo amenaza la lluvia y que en cualquier instante un aguacero macondiano hará estremecer al avión hasta tirarlo al mar.
Me preguntaba a cuántos kilómetros estaríamos de la costa Pacífica americana pero era capaz de calcular a qué latitud volabamos. Guayaquil, Buenaventura, Ciudad Panamá y la envidia del Canal como herida sublime en la foresta, Puntarenas, Tehuantepec. Sin embargo cada vez que intentaba dejar de observar a mis nadas macabras mientras cenaba las frugalidades del vuelo o solicitaba algún vaso de Coca Cola o de vino o revisaba el televisor para rever  a los chicos de Friends, a Steve Segal y a Jean Paul Van Damme copiados del otro viaje como estigma deleznable en la tarde repetida, claudicaba. Mis ojos regresaban a la derecha, al Este, al sitio en donde estaría la costa centroamericana, ahora solo para ver no ver el gran prisma de nadas exhuberantes, la real eternidad espacial. Suerte que el concierto de aeromozas morenas y peinadas impecablemente hacia atrás, maquilladas hasta el paroxismo, con sus minifaldas exactas, ponían un toque peregrino en el interior del misil transcontinental con sus preguntas e insistencias que trataban de hacer razonable un vuelo mas monótono que los moais de Isla de Pascua.
Para cuando estaba dando cuenta del último cuchuflí sin bañar en chocolate miré el reloj. Eran casi las "ocho de la noche" pero me dije que mejor pensaba "de la tarde" porque no había ni el mas nimio atisbo de oscuridad. Entonces el Jumbo giró a la izquierda y elevó la trompa. Mi ala derecha se inclinó con su peso de turbina y entramos en una zona de nubes blanquísimas y tremendamente compactas.  Ahora el vacío se esfumó y volábamos por entre el humo de un fuego bíblico si el incendio se estuviera produciendo en algún cubículo del Paraíso y Dios solo anhelara fastidiar a los primeros moradores. Era un adorable algodonal de un blanco alabastrino y me daba pena que el avión lo desvirgara con su trompa fálica. Me pareció que disminuía la velocidad y entonces la gente comenzó a salir de su modorra y a sacudir sus cobertores y los niños chillaron ante la irrrupción de la anticalma interior. Cojones, parece que llegamos al DF, pensé. No obstante, al igual que en el vuelo anterior, nadie dijo lo que estaba pasando ni aclaró nada respesto a los tejemanejes del aterrizaje. Era como si el Capitán o los Encargados del Vuelo estimaran que todos los viajeros tenían suficientes "horas de vuelo" como para no tener que ser advertidos. Igual me ajusté el cinturón.
Durante unos minutos más continuamos violando el maravilloso algodonal y me dije que tal vez el piloto maniobraba borracho y estábamos sobre las planicies de Mississippi o sobre el Delta del Nilo y que en cualquier momento veríamos a los protagonistas del Color Púrpura cortejándose entre las matas y a Spielber haciendo señas de que lo dejáramos filmar o a los Faraones gritando que no jodiéramos más pues la última pirámide solo estaba en sus bases porque no era época de grandes guerras y por tanto escaceaban los escalvos y que acabáramos de sacar ese papiro enrollado enorme de arriba porque acabaría por contaminar los últimos algodonales  que habían dejado las plagas sudanesas. Pero cuando finiquitaron las últimas motas blancas la ciudad se ofreció a pocos cientos de metros con sus inmensas avenidas, sus rascacielos, sus forestas interiores y su impronta impoluta. El avión volaba a ras de techos a lo que supuse el Norte franco y lo haría durante varios minutos sobre una ciudad que parecía no tener fin. Porque Santiago de Chile y Buenos Aires, en la noche, parecían poblados comparados con esta urbe indetenible en la tarde de Junio. Cualquier reminiscencia de esa ciudad magalópolis, con sus mas de veinte millones de habitantes, rica y pobre, repleta de smog y de peligros eclécticos, es nada si no se vislumbra desde arriba en su infinitud espacial. Poco antes de tocar pista en la Terminal 2 yo vi a Moctezuma asombrado ante los caballos españoles como máquinas diabólicas de guerra, escuché hablar nahualt, preparar las tortillas y el café, cultivar los callpullis y cuidar las chinampas, nadar en las lagunas, escalar las pirámides y salir a guerrear contra los Reinos de la Competencia. Yo vi a los Curas de las Primeras Revoluciones haciendo sus Pronunciamientos, a la Patria ganada y prostituida, a los Niños de Chapultepec y a las huestes de Sam Houston mordiendo geografías, a Maximiliano amordazado por Juárez y a Carlota muriendo en la nostalgia del aguacate y la papaya, a los Prohombres de las Otras Revoluciones y a los artistas del mural adorando a María Bonita en los Estudios Churubusco, a Manzanero bajo la lluvia dulce  de esta tarde sin ti. Pero para el instante en que estaba vislumbrando a mis dos amigas, flotando como Scherezade en sus alfombras de Guerrero, el avión tocó la pista abrazada por la yerba quemada y la vigilia se trastocó en los intríngulis del desabordaje.
Era un turista cubano con visa válida por seis meses expedida en Santiago de Chile. Por tanto, en tierra charra me sentía muy seguro. Así que me preparé para dar documentos y recibir timbres en cada una de las instancias por venir. Los pasillos se congestionaron de bajantes. Esperé, sin apuro, a que me pasaran por el lado. De todas formas, Talhía y su peinado y minifalda, estaba a mi izquierda conduciendo al rebaño al túnel primermundista y a veces me acariciaba con su mano indicadora. Olía a begonias silvestres, casi a amígdalas.
Los pasajeros adelantaban muy poco en el túnel repleto. De pronto una mujer se cae y la gente le deja espacio y un hombre se agacha para socorrerla. Una pareja también le rodea. La mujer se levanta y se sacude la cabeza. Sólo un desmayo, dice alguien. Por algún motivo la mujer se vuelve. Es rubia. Se trata de la mujer del tatuaje en su espalda olimpíca. Los espaldares sublimes son capaces de hacerte caer en el túnel de un aeropuerto. Aleluya. Cuando la fila interior se pone en marcha de nuevo, una mirada se vuelve al lugar del affaire. Es una cara superconocida de la televisión y de cuanto medio informativo existe. Es un rostro controvertido y famoso. Tiene que ser él, aunque se ve más viejo y más delgado que cuando es entrevistado en los programas deportivos. Caramba, ese maquillaje. Ese es La Volpe, digo en voz alta y lo que digo suena a interrogación. A mi lado, otra voz, con acento bonaerense, dice "sí, el técnico argentino de fútbol, el mismo".
En la puerta un funcionario muy informal solo pide los pasaportes, los hojea como al descuido y ordena seguir avanzando. Sigo a los viajeros sin preguntar. Sé que irán a donde debo ir yo también. No preciso de carros para equipaje pero en honor a la verdad mi jaba está muy llena de regalos y la siento pesada entre los amplísimos salones de la Terminal 2. Que no tienen la majestuosidad futurista de los del Antonio Merino pero que sí los estimo mas elegantes que los del  Ezeiza con sus falsa sobriedad atemperada en  tonos impersonales y sosos. Parece que caminamos por una ciudad subterránea y me maravillo ante tanta vitrina comercial criolla y tanto mural continuado y tanta cosa auténtica. Ahora la monotonía étnica del Sur da paso a aun verdadero mosaico de razas como si en Ciudad México se juntara medio mundo para partir o desplazarse por la urbe y el país. Todo es un desacompasado gorjeo en las miles de lenguas universales y los vestidos de Dior se mezclan con los tejidos de Guadalajara y los turbantes del Sahara se frotan contra los jeans de Texas, los pulóvers de Veracruz y los shorts de Tampico. La Terminal 2 es una Babel. Elijo uno de los innumerables buroes de recepción para hacer mi entrada oficial a México. Otro funcionario calcado al de la puerta se muestra afabílisimo cuando pide mis documentos y estampa timbres en mi pasaporte nuevo fabricado aquí y con validez hasta el 2014. Dice "bienvenido a México y que disfrute este semestre". Solo por curiosidad y por no olvidar el arte de la ironía pregunto "puedo viajar a dónde desee" y el burócrata responde "pos claaaro, hombre". También a la frontera Norte, pienso. Luego me daría cuenta de que en esta Terminal fue muy difícil encontrar hombres y mujeres trabajadores que no tuvieran el color chocolate, los rasgos y la estatura del mexicano promedio. La gente de la meseta del Anahuac. Y entonces recordé a aquel mexicano acomodado de mi infancia, que vivía en una casa muy bonita del centro de Caibarién cuando yo era campesino y todavía no soñaba con vivir en la ciudad. Le decíamos "el mexicano" y cada mañana venía en su motoneta Vespa a Plateros a buscar una cantina de leche. Era un hombre como de 1.68 cm, con tendencia a gordo y con la piel de un chocolate apergaminado y de labios notables. Me encantaba como hablaba el español, lleno de eses y de eres muy claras y con aquel "cantaíto" que tanto nos place a los cubanos.
Recuerdo que me dijo una vez que era de Yucatán y que iba periódicamente a su país. Estaba casado con una cubana y atendía muy bien a todos los que iban a  su casa y a los que se detenían en el portal cuando caminaban hacia el centro de la ciudad. Los funcionarios de la Terminal 2 eran como él. Mas allá de su lugar de origen.
Para llegar a donde debían explicarme como recuperar mi equipaje tuve que pasar de nuevo mi jaba por el scáner. Me pidieron la dirección de residencia en el Df y el nombre de la Compañía que me había llevado a Buenos Aires. Aseguraron que muy rápido tendría mis cosas en el lugar indicado. Usé un baño excelente, atendido por un mexicano menos "funcionario" y cuando salí me miró con la mirada que debió tener el aseador de Moctezuma ante las cabalgaduras de los hombres de Hernán y le dije "le sirve igual un dólar pues no traigo pesos". Asintió y tomó el billete con la furia de un recaudador de impuestos.
No deseaba preguntar como se llamaba por teléfono de modo que Cecilia se quedaría sin la nueva de mi arribo. Sabía que ahora tenía que poner en ejecución la última parte de mi Agenda. Buscar un taxi de sitio que me llevara a la Comuna Presidente Ejidares. Enseguida me indicaron. Había alguien contratando uno y me puse detrás. Desconozco si rentar taxis es un trabajo más "blanco" pero el caso es que del otro lado del buro había una mujer treintona, castaña y con rasgos celtas. En el preciso instante en que voy a amarrar el contrato del taxi de sitio una voz dice a mis espladas "Luis Manuel González" y la siento como que está hablando a manera de interrogación. Sé de lo que se trata. Así funciona el Misterio de la Vida. Me vuelvo. Se trata de un hombre bajito, envuelto en carnes sin llegar a ser gordo, rubio, con espejuelos y larga camisa de cuadros donde predomina el rosa. Tú eres Fedex, exclamo. Lo digo eufórico y lo saludo con un apretón de manos que hubiera hecho lagrimear al mastodonte estibador Filingo de mi pueblo (1). La castaña celta nos mira y le digo que ya no es necesario su taxi de sitio y se entera de que acabo de llegar de Argentina y que por milagro de último segundo mis esperantes están aquí. Fedex me presenta a un amigo que le acompaña, más alto y con rasgos foráneos. Fedex, si exceptuamos el acento "puro," parece un escocés que ha dejado la Capitanía de un barco ballenero para dedicarse a buscar cubanos en la Terminal 2. Nos vamos por un largo pasillo y salimos a la calle. Anda en un Jeep Nissan, azul. Me siento detrás. Le doy la dirección de mi "recámara". Mientras preparamos la charla que sabemos vendrá me doy cuenta de que cuando rompíamos la barrera del algodonal sobre el DF estaba pensando, inconcientemente, en el magnífico cuento de Ernst Heminway Colinas como elefantes blancos.
Durante tu vuelo me comuniqué con la señora chilena, mi esposa mejoró y le dije que te esperaría. Así que nos dirigimos a donde se toman los taxis de sitio a ver si teníamos suerte y acabamos de llegar hasta aquí.
Por eso mucha gente cree en Dios. Y otros se libran del peligro de viajar solos por la gran ciudad al lado de un chofer extraño por muy conductor de taxi legal de sitio que sea. Sonriendo, imaginé a la michoacana esperando por mí en la Terminal 2, temiendo por el pasajero como si la vida fuera un circo donde a veces las cosas ocurren al revés. Mi amigo es andaluz, dijo Fedex. Genial, dije, pensando en que a pesar de haber volado de día no había redactado un Diario.
Cielito lindo.

(1).

Oí hablar de Filingo allá por 1972. Mis compañeros del Preuniversitario que vivían en Caibarién a veces lo citaban para hablar de su fuerza descomunal. Filingo era estibador del Puerto y jugaba con los sacos de azúcar de 200 libras como si fueran bolsas de algodón. Tenía más de seis pies y más de 225 libras. Una noche invitó a una chica a salir a bailar y a tomarse unos tragos. La chica aceptó la invitación. Así que bailaron algunos boleros y bajaron unas cuantas cervezas Hatuey. La chica estaba encantada y al filo de las 2 de la madrugada Filingo le dijo "bueno, nos fuimos". La muchacha dijo "no te preocupes, yo me voy sola, tú vete a descansar". Filingo la miró, incrédulo. Te vas sola, dices,  a dónde te irás sola, chica". "A mi casa". Filingo se restregó en su silla. No hablarás en serio, verdad, le preguntó. Claro que hablo en serio, mi casa queda muy cerca y es muy tarde, tienes que trabajar mañana. Filingo lanzó una risita socarrona. Entonces no iremos a mi casa a terminar lo que empezamos aquí, inquirió. A terminar qué, Filingo, qué es lo que ha empezado aquí, la chica intentó levantarse de su asiento. No, no te pares, le ordenó el atleta, así que piensas que me vas a dejar plantado después de tanto baile y de tanto trago, de verdad que no sabías a qué venías a este sitio, eh, muchacha, de verdad que no lo sabías. Qué tenía que saber?. Filingo respiró hondo y volvió la cabeza hacia la cantina. Cantinero, gritó, tráeme una Hatuey sin abrir. El cantinero se la trajo. Filingo la colocó en el centro de la mesa y puso su mano derecha, abierta, sobre la tapa metálica. A ver, déjame ver si entendí, me estás diciendo que no iremos a mi casa y a mi cama a revolcarnos hasta el amanecer. La mujer - que evidentemente había aceptado la cita como una cita sin segundas lecturas - respondió que ella no había prometido nada y que lo sentía si él se había hecho esa idea. Filingo bajó la cabeza, miró hacia sus piernas y volvió a respirar profundo. Cerró su mano derecha sobre la tapa de la botella de cerveza. La abrió de nuevo y colocó sus dedos pulgar e índice sobre su borde y giró suavemente. La tapa - herméticamente cerrada - se desprendió de su soporte de vidrio y Filingo la levantó y la puso a la altura de su cabeza. La observó sonriendo. La chica admiró la acción. Pero como para todos en el pueblo la fuerza despiadada del estibador era algo tan rutinario que todo el mundo aceptaba sus proezas como algo natural, no hizo ningún comentario y solo dijo "tómatela tú, yo me voy". Filingo estiró su mano con la tapa de la botella entre sus dedos y se la acercó hasta diez centímetros de su cara. Después inclinó su cuerpo y le habló tan cerca que ella sintió su aliento cálido y alcolhólicamente dulzón. Si levantas tu culo de esa silla te juro que te pasará algo muy parecido a esto, jadeo. Entre sus dedos índice y pulgar la tapa de la botella se jorobó y después él continuó frotándola hasta hacerla un cilindro. Sobre la mesa las esquirlas de corcho del interior de la tapa cayeron como polvo de estrellas. Sólo dí vámonos a tu cama y podrás levantar tu lindo culo de esa silla, pidió. La mujer era buenas entendora. Dame la mitad de esa Hatuey, anda, hijo de puta, tú ganas.


Junio 26 del 2011.
Miami,  North West, USA.
Luis Eme Glez.






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