El Presupuesto para Junio me permitía adquirir algunos regalos simbólicos para mi par de amigas mexicanas. De modo que me fui al Centro de Santiago en donde había un Establecimiento que ofertaba renglones folklóricos. Lo hice con mi amigo Yerno después de haber agotado otros sitios en donde predominaban las artesanías y la plástica naif. Andaba tras algo textil. Para la mujer interesada en los Astros compré una polera roja y dediqué un libro sobre Benny Moré que me había sido enviado por una de mis más exquisitas chicas MSN (1). El texto había sido escrito por su ex esposo cubano con el que tenía un niño de cuatro años en Puerto Rico y lo hice como homenaje a la rabia que le tenía por asuntos que tienen que ver con estados de ánimo insuperables. Mi querida Guajíbara lo desconoce aún pero sé que cuando se lo diga se morirá de la risa. De toda suerte conservo otro del mismo autor con un poco mas de valores literarios. Por lo demás el libro sobre el Bárbaro del Ritmo podía ser reenviado aunque solo fuera para publicitar la obra de un autor poco conocido que combinaba su Disidencia Política con intentos literarios y al parecer no le iba tan mal teniendo en cuenta la facilidad conque podía publicar en Casas Editoras de alcurnia. La mujer destinataria tenía muy buen gusto en materia de libros y esperaba le interesara una biografía sui géneris sobre uno de los mas connotados músicos cubanos de todos los tiempos, buena parte de cuya carrera había transcurrido allí. Creo que ese año el ex de mi amiga boricua estaba enredado con otro título.
Para la muchacha de los ojos michoacanos conseguí un vestido hermoso de raros arabescos elastizados y tirantes, elemental para el verano. Desde hacía mucho tiempo le tenía un trabajo en cobre con motivos guasos chilenos, rectangular, de unos treinta centímetros por veinticinco. Como yo, no era fanática del oro y sus sucedáneos. Adoraba el cobre en la medida en que yo lo hacía con la plata. Incluso me aseguraba que sus perendeques eran del metal rojo. Agregué el libro Cuentos Peregrinos, del Gabo, solo como un símbolo exquisito, pues la Corista era una lectora consumada de obras maestras. Curiosamente este texto también me había sido regalado por una mujer chilena al partir y ante el temor de perderlo en la gran aventura que me esperaba decidí tomar esa decisión. La mujer del Sur no lo sabe y aunque no creo se muera de la risa cuando se lo cuente sí lo aceptará como la manera mas digna de conservar una joya literaria. De todas formas, regalar un libro a cada chica charra estaba en los planes.
Recuerdo que mi amigo Yerno estaba incursionando en dos tipos nuevos de productos y que le encargué muestras de cada uno para incluir en los regalos. Cuando llegué a su casa me tenía seis cajas de cuchuflís stándar y bañados en chocolate, otras tantas de alfajores enchocolatados y tres de Palometas, una especie de empanadilla delgada, crocante y azucarada. Cada producto estaba envasado de manera muy profesional y no dudaba le fuera excelentemente bien en el futuro. Me enteré que su Nana acababa de morir en una playa de Cuarta Región mientras descansaba en casa de su hija. Tenía mas de ochenta años y la recuerdo respondiendo a mis preguntas jocosas relativas a Puerto Month, la ciudad que la vio nacer. La recuerdo también como recuerdo a mi abuela paterna y a las abuelas ilustradas de los Cuentos de la Mamá: largo vestido, zapatos lisos, moño recogido y algún objeto en la mano. Había sido Nana de cuatro generaciones de familiares de Yerno y nunca se había casado. Ese día le regalé mi celular Alcatel a su hija de nueve años que venía llevando la orfandad con la tranquilidad de una niña inteligente y bella que todavía no sabe que alguna vez ha de morir.(2).
La Señora Invitante me había pedido que no dijéramos nada a la ciudadana peruana de mi partida a través de otro Contacto porque ella se encargaría de eso mas tarde. Me pareció bien aunque me hubiera gustado contárselo en primera persona. Como ella no podía "bajar" a tal precio lo entendería sin predisposiciones. De modo que tal acción me perdió al merolico que se quedaría con mis pertenencias. Pedí, pues, a Yerno me llevara por algunas de las muchas Ferias de la capital de Chile para tratar de rematar todo a cualquier precio. Ya había regalado algunas poleras, pantalones de vestir y jeans a mis dos socios peruanos, así como vendido a precio de ganga otros pocos objetos de cierto valor. Mientras almorzábamos en un sitio escogido en compañía de su hija - quiso invitarme - Yerno me dijo que se quedaba con mis cosas. Le dije que estaba muy bien y que sería un honor dejarle propiedades muy importantes. Así que montamos en el Hyundai libros, revistas, mi colección de música selecta variada en donde predominaban baladas exclusivas, películas en VHS y DVD y otros detalles nostálgicos. Por nada del mundo los aceptó como regalo y a regañadientes acepté cuarenta lucas (unos ochenta us). También dejamos muy bien guardados, en un armario de entretecho, unas cuatro cajas con mis notas chilenas de los casi diez años de estancia en el país, cuyo valor es más hechológico y sentimental que artístico.
Con mis electrodomésticos fue diferente. Mi Jefe se quedó con casi todo a precio de remate. Recuerdo que mi gran Phillips plano de 24 pulgadas lo destinó a una "amiga" especial. En cuanto a mi DVD Motorola, mi equipo de música Phillips ensamblado en México y la computadora Pentium 3 con todos sus agregados, debo decir que su hijo, desde la ciudad matriz de la Cuarta Región, regateó a través de su madre en Santiago como Moro de Venecia hasta quedarse con el trío a un costo casi ridículo. Me hicieron un gran favor pírrico al permitirme salir de ellos en la propia Fábrica. Tres días antes de volar el yerno de Yerno vino por los muebles que conservaba desde el año 2005 así como por otras cosas que había atesorado y que no tenían precio para él. Vale destacar algunos libros y un motor pequeño que me había dejado el Inca para que se los enviara en algún momento y que consideré innecesario dado el poco valor que poseían. Tenía una pequeña ánfora azulada con montones de monedas chilenas de a peso. Se la regalé a la señora de mi Jefe. De una u otra manera cada una de mis cosas se quedaron en manos que las usarían o guardarían como recuerdo de alguien que había sido una buena persona durante casi una década en el Fondo del Mundo.
No podía dejar de despedirme de mis dos mujeres chilenas. De mi par de chicas especiales y únicas. Hacía mucho tiempo que no las veía e incluso los contactos telefónicos se habían espaciado. La Poetisa Irreverente estaba conviviendo con un hombre en su casa y Piel de Angel andaba solitaria como la mayoría de las veces. Me llegué una tarde de invierno amenazante a la casa de Piel en el suroeste de Santiago. Le había telefonado para avisarle de mi partida y pedido que convocara a Poetisa. La casa estaba igual a la primera vez que la había visitado para lavar mi ropa, con su portal y su patio trasero y el hermoso naranjo que siempre me recordaba a Vicente Blasco Ibáñez y sus novelas de Valencia. Llevaba los cinco tomos de Adiós al séptimo de línea, de Jorge Inostroza, otros textos importantes que ella me había prestado en los albores y una Biblia de Reyna Valera que Poetisa también me había entregado muchos años atrás. Se los devolví. No quería que esas joyas corrieran riesgos innecesarios. En casa de Piel no estaban sus hijos ni el nieto Ferna, al que dejé de ver cuando todavía era un niño inquieto. Sí estaba una amiga y la madre, una linda vieja sana y jocosa con la que alguna vez me tomé una botella de vino Gato Negro. Almorzamos, nos hicimos algunas fotos en pareja y cuando me fui prometí escribir y enviar imágenes de mi vida futura en los Estados Unidos. Creo que ninguno de los tres podía creer lo que estaba a punto de realizar después de casi diez años y mucho menos aceptar, a pesar del tiempo transcurrido, que jamás hubiera pasado "nada" desde el punto de vista técnico. Piel sonreía, desde el daguerrotipo de aquellas palabras mías de la génesis "cómo no te da verguenza ser tan bonita, mujer" que tanto prometían y que alguna vez habrían de convertirse en su labios perfectos en "cubanito de mi alma". Poetisa estaba operada de uno de sus pequeños quistes en el lado izquierdo del rostro y me quedé helado cuando me dijo que "era canceroso" pero que estaba bajo control. Tantas veces habíamos hablado de ellos temiendo por su posible crecimiento. Tantas veces los recorrí entre pensamientos despeñados e indecisiones peregrinas bajo el incendio verde de sus ojos increíbles. Debajo del puente peatonal aún me dijo "tú no quisiste, querido, yo hubiera llegado incluso hasta el amor platónico". Cuando la perdí de vista una nube ocultó al sol.
La Señora Invitante anheló un Pisco y la convidé. De modo que almorzamos junto a su hija separada (3) y al nieto en la saleta de la casa heredada. Recuerdo que el ex esposo andaba como un autómata por el resto de las habitaciones. Al mirarlo me dije que ni remotamente hubiera sospechado de su apariencia física. Solo había escuchado su voz por teléfono pero no entró para saludarme. Ella me dijo que estaba medio loco en broma, pero recalcó "no tan en broma". Aseguraba que trataba de imponer sus derechos maritales por vivir bajo el mismo techo pero ella se mantenía en sus trece. Júramelo, sonreí. Optó por una cajetilla de Belmont. Le ayudé con ella porque aunque había dejado de fumar tras mi alejamiento de los carretes capitalinos a raíz de mi huelga de hambre y de la ruptura piadosa con Poetisa Irreverente todavía añoraba el humo y las chupadas de fin de semana entre tragos de Pisco, papitas fritas, maní salado y los olores soberanos de las mujeres chilenas Repitió que estaría en el Aeropuerto el día de mi vuelo y me acompañó al Paradero de Avenida Grecia pegado al Stadium Nacional. Al Este, como siempre, la Cordillera refulgía, invicta, con sus tonos extraños.
Cuando llegué a la casa y prendí la computadora había un mensaje del amigo mexicano. "Lo siento, hermano, mi esposa acaba de ingresar al Hospital con dolores muy fuertes en el trigémino, no puedo hacer nada". Esa noticia podía mutar mis planes de vuelo. Porque no viajaría en ningún caso sin una recámara segura.
Al otro día la Señora Invitante expresó que no le gustaba esta noticia de última hora pero que teníamos que estudiar otra variante a explotar. A mí tampoco me gustaba para nada y hasta comentamos la posibilidad de que el "gran amigo" solo fuera un payaso prometedor de cosas imposibles. Una llamada a la Agencia de Viajes fue contestada por la rubia de marras. Me dijo que si posponía el vuelo perdería una cantidad razonable de dinero. Me quedaban dos días para resolver. Estaba dispuesto a perder dinero en un cambio de fecha pero llegar a rumbo al DF no lo haría por nada del mundo. Lo único bueno de posponer la salida era la posibilidad de despedirme de algunas mujeres art decó que todavía estaban en agenda.
Entonces se me ocurrió una idea. Buscar un cuarto en la capital de México vía Internet. Y me fui a Google.
El agua anda descalza por las calles mojadas.
(1). Yazmín Pérez, filóloga, de Camuy, Puerto Rico.
(2). Anaí Morbach.
(3). Paola Dibán.
El agua anda descalza por las calles mojadas.
(1). Yazmín Pérez, filóloga, de Camuy, Puerto Rico.
(2). Anaí Morbach.
(3). Paola Dibán.
Junio 6 del 2011.
Miami, Nort West, USA.
Luis Eme Glez.
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