Saturday, June 25, 2011

SOBRE LA CORDILLERA. (19)._

Otra vez un vuelo nocturno. Ahora decidí no escribir ningún "nochario". Solo me quedaba imaginar la inmensa línea de montañas debajo y desear que el avión pasara sobre el sitio por donde Neruda se fugó de su país en los tiempos en que fabricaba sus primeras residencias terrestres. Sonreí al pensar que tal vez también volara por donde la gran águila real había destrozado la impedimenta del circo surinamés y desde donde podían olfatearse los efluvios divinos del Jardín de Fresnoconia. Coloqué la revista variada que leía en la mesita divisoria y mientras observaba el abismo evoqué mi último affaire con el Gurú de las Visas Pagadas.
Cuando le telefoneé para decirle que mi visa estaba aprobada se puso eufórico y me pidió si podía adelantarle la plata que faltaba. Dije que no tenía el casch en mis manos y que ese no había sido el acuerdo. Expresó que estaba bien entonces pero prometí ver qué podía hacer si en el fondo sus gestiones postreras habían sido excelentes. Se me ocurrió jugarle una broma piadosa. En realidad tenía el dinero en bolsas, bien guardado en la pieza, pero había demasiado suelto pequeño y muchas monedas. Calculaba cambiarlo para darle billetes grandes. No, rectifiqué. Llevémosle mucho menudo y billetes de valor ínfimo a ver si alguna vez cuenta el "delivery" del cubano al que le tiene "tanta confianza". Así que preparé algunas bolsas organizadas y salí para la oficina de Santiago Centro. Parecía mas bien alguien que hará un depósito bancario o quien tratará de que le den billetes por suelto en algún almacén de media cuadra. Esta ocasión no llevé "escolta."
Gurú no estaba en su Búnker. Sí dormitaban- o charlaban- como casi siempre, su hermano y la secretaria inca. No pregunté si andaba para la "embajada del Canadá" porque eso era, a estas alturas, tremendamente intrascendente. Recuerdo que ante su demora en regresar bajé para hacer una gestión de último minuto y dejé la bolsa sobre uno de los asientos de su oficina. Les dije a los dos de qué se trataba. Finalmente me marché después de hablar por teléfono con él y contarle. Dos horas después telefoneó a mi pieza. Faltaba dinero. Dije que estaba jodiendo. No, Luchito, falta plata, fíjate si se te fue en algo que traías. Repetí que contara bien pues por su necesidad del casch tuve que llevarle el dinero de la manera que podía ver. Agradeció pero insistió en que me fijara "bien". Comencé a molestarme y repetí que no bromeara después de tanta aventura en este largo camino por la Visa. Cuando volvió con la letanía aclaré que seguro su hermano y la secre le estaban fastidiando, sobre todo cuando esa plata era parte de sus salarios atrasados. Repitió que no, que faltaba plata. Casi exasperado insinué que mandara por la Policía de Chile para que tomara las huellas dactilares de su hermano, de su secre, las suyas propias y las mías. Y que en su defecto, y sin ningún respeto, esos dos personajes le habían sustraído lo que faltaba porque no podía hacerme esta mierda al final del túnel.  Parece que esta frase lo bajó a la tierra. Dijo que lo dejáramos así, que no había problemas. Qué va, hermano, nada de dejarlo así, sabes que tienes la plata completa  o estás admitiendo que acabas de ser robado por tus subordinados, no puedo creer que trates de cagarme. Dijo algo incoherente y colgamos. Oh, esa idiosincracia que casi me mata entre tanto gesto voluble y tanta acción correcta. Si pensaba que lo cobrado era poco, por qué no lo dijo desde el inicio del negocio. Esta carta jugada en la hora cero era una acción deleznable sobre todo por pensar que yo era un pez que podía morder un anzuelo contaminado. El no sospechaba la cantidad de biajacas que yo había cogido en la canícula de Agosto en el río de mis sueños. Además, desconocía lo "mañoso" que soy para complacer a mi paladar y que pienso mucho antes de morder cualquier anzuelo. Al parecer, Gurú quería "cagarme" o si no dejar la impresión de que yo era el "cagador". Cuando le conté a la Señora Invitante no lo podía creer. Por un solo motivo: la palabra de Luis Eme es sagrada.
Es harto curioso que su próxima llamada fuera para decirme que su contacto en Ciudad Juárez necesitaba "de trescientos us de adelanto más una foto stándar para "preparar" mis papeles de paso de la Frontera". Agradecí su "bella" gestión pero dije que no llegaba a eso y que, además, suponía que la Ley de Ajuste Cubano me favorecería. Solo había cambiado de anzuelo pero a estas alturas yo no quería pescado.
De pronto vimos un incendio debajo y lo supuse Buenos Aires. Pero el avión escoró hacia lo que pensé era el Sur franco y se tendió en la pista en un santiamén. La dulce aeromoza me regaló la revista "como excepción". Bajamos por una escalera de metal y extrañé el túnel. Me imaginé Ché Guevara regresando a su capital después de ser entregado a las autoridades por Ovando porque no era Octubre. No habían pasado más de ochenta minutos de vuelo y calculé la gran ventaja que acababa de "probar" sobre el ranqueadísimo Mercedes Benz de Gallego que demoraba veinticuatro horas Pampatravieza desde Santiago de Chile. De nuevo pasaron mi bolsa por un scáner y aunque sonó la chica no le dio importancia y me indicó el camino por donde debía llegar a la Sala de Espera del vuelo de Aerolíneas Mexicanas del otro día. 
Era un túnel largo y con meandros, alfombrado de gris. Me parecía que transitaba por las catacumbas térmicas de Caracalla o por los vericuetos de los primeros cristianos en Turquía la Vieja. Al final el túnel se abrió en grandes salones, tiendas, bares y galerías perfectamente iluminadas. Me tiré en lo que creí era una "antesala" de la Sala, solo. A esa hora había poca gente y solo después de la media noche comenzaron a llegar los viajeros. Detrás de unos enormes vitrales veía parte de las pistas y algunos aviones pero no recuerdo que desde la Sala saliera ningún pasajero. Ahora las chicas argentinas trapeaban el piso de baldosas con el trapo de balleta colocado sobre la T del palo y no como las chilenas que hacían un hueco y lo dejaban caer por él. Las gauchas hacían como las cubanas: y como algunas "cuequeras" a las que había enseñado cómo "era mejor" la limpieza de los pisos. De haber llegado a Buenos Aires en los años cincuenta del siglo XX  Benny Moré apenas hubiera tenido que cambiar la letra para cantar pero que bonito y sabroso limpian el piso las argentinas mueven la cintura y los brazos igualitico que las "cubinas".
Hacía un frio glacial. De modo que seguí con mi jácket vino de uso, comprado en La Vega Central. Comencé a cazar a alguna chica que se acercara en solitario para intentar un pedazo de charla pero la única que lo hizo se tiró sobre dos butacas en posición de fakir  y daba la impresión de que cualquier estorbante sería enviado a la rechucha. Me conformé con verla dormir. Poco después de la media noche me atacó el hambre. Me subí al restorant. Regio y carísimo. Montones de manjares confeccionados con harina costaban una enormidad y eran tan pequeños como Maradona. Una Coca Cola era inalcanzable y comprar un caramelo podía volverme indigente. Recuerdo que el dólar estaba a tres y algo pesos argentinos y en todo expendio del Ezeiza  los productos vagaban por el Cielo. Yo estaba en la Luna de Valencia. Así que complementé con cuchuflís lo que había seleccionado muy bien. Destripé una de las cajas destinadas a regalos. De las que no estaban bañadas en chocolate. Aún me quedarían algunos tubos para el vuelo.
Sobre las diez de la mañana del siete de Junio pregunté que cómo se iba para la Sala de Espera de mi vuelo de las once y cuarto. Ahora los túneles dieron paso a amplios pasillos custodiados por zonas de ventas múltiples y me moría de pesar ante la imposibilidad de agregar algún regalo argentino a mi frugal stok "nacional". Malditos Kirchners, sonreí. Tras caminar una Babilonia de mercadillos preciosos entré a mi Sala. A esa hora estaba mediada y me senté en lo que imaginé era el Sur, en una butaca contra un gran vitral. Estaba cansado, con hambre extraña y exhausto por las horas en vano. "Matao", como decimos en la Isla. Sin embargo me quedaron fuerzas para mirar a la pista y a sus talleres de mecánica y sobre todo al manojo de carricoches rarísimos que se la pasaban corriendo de un lado para otro. Tan sui géneris que me recordaron a los "autos" de los Picapiedras o a los que hubieran usado sin complejos los protagonistas de La Máquina del Tiempo. Desnarizados, con el volante a la derecha, sin cama y sin capó, con tres ruedas, el acabóse. Andaban como despavoridos, casi siempre en la misma dirección y me pregunté cómo Cortázar no escribió sobre tales "artefaccopios". Al fondo había potreros y yerba chamuscada. Le pedí a una chica con rasgos tipo Mercedes Sosa que me hiciera algunas fotos para el recuerdo y lo hizo con la pasión de Tina Modotti ante el pene de Julio Antonio Mella en Xochimilco. Hay una por ahí, suprema, donde simulo una dormidera "real", tirado al abandono, sin dar "pendolá".
Para cuando el estado de ánimo era algo así como un estado vegetativo me cambié para una butaca del centro de la Sala. Enseguida dos parejas anglos me pasaron por delante y se sentaron a mi derecha. Recuerdo que una de las chicas, rubias, estaba asiento de por medio y siempre que se inclinaba para charlar con sus acólitos se le levantaba la corta polera y al final de su espalda ámbar, sobre unos flequillos paradisíacos, un tatuaje negro me ponía la carne de cuervo edgaralainpóeico en tanto mis pobres dedos hacían malabares en la caricia imposible. Aún puedo ver su columna vertebral bordeada por los músculos sobre sus costillas y la pendiente donde comenzaban sus nalgas y se adivinaba el surco primigenio. Pero ya se sabe que las ensoñaciones son efímeras. A mi siniestra se sentó un semigordo con ropa deportiva cara y cuando me pareció que trataba de decir algo como pretexto para principiar una conversación de rutina oigo mi nombre por los altavoces. La Migra Charra que me partió la siquitrilla, pensé, haciendo de la broma una coartada. Había un buró mediano en el borde izquierdo de la Sala donde estaban dos chicas trabajando para el vuelo. La rubia con acento rioplatense me pidió unos datos y mis documentos y me dijo que "Lan Chile no había traído mi equipaje todavía pero que trabajaban en eso". Oh, yo era un "trasbordo", caray.
No vi nada extraño en eso, por tanto. El semigordo dijo que a él le había pasado lo mismo, hacía poco, en París, que no me preocupara porque en caso de no salir con mis bártulos de Buenos Aires me los llevarían a mi casa en el DF con toda seguridad. Cuando estábamos por disertar acerca del deporte cubano y de la mala gestión "eterna" de las autoridades mexicanas con todo lo que no tuviera que ver con el fútbol, el boxeo profesional y quizás "ahora" con el golf, gracias a lo conseguido por Lorena Ochoa, volvieron a llamarme por audio. No acababa de llegar mi equipaje y era culpa de Lan Chile, pero que estuviera tranquilo pues hasta el último minuto estarían tratando de embarcarlo. Parece que el atleta del Bosque de Chapultepec se dio cuenta que el tatuaje de la rubia me tenía en ascuas pues se calló. Las dos parejas reían de algo muy hilarante pero mi inglés no daba para tanto.
El vuelo no salió a las once y cuarto. Cuando los viajeros comenzaron a pararse para desentumecerse y abordar me llamaron otra vez. Ya no habría equipaje. Me tomaron algunos datos más, me prometieron que lo tendría en el DF muy rápido y la otra chica, morena y con acento charro me dio un pedazo de papel duro con un número en el que decía "ojo, cubano". Solo tres horas después me convencería de que se trataba de una copia que aclaraba que yo era el tipo desequipajado. Tanto era el temor de volar a México a pesar de todos los amarres legales que me llevaban allí.
Como era un vuelo de alcurnia, de tirada larga, pues pasamos por el túnel. Era un Súper Jumbo- creo que alguien dijo que un 747- de tres hileras de asientos  de a tres butacas. Fui conducido a la butaca derecha de la hilera central, cerca de la proa, asiento de por medio con una mexicana que tenía cara de no querer hablar con nadie ni aunque se tratara del Maximiliano bueno. Me coloqué la jaba entre las piernas, observé todo el interior del monstruo y otra vez me pregunté de que manera aquello podia levantar vuelo, estabilizarse y aterrizar. Desilucionado por no viajar en la ventanilla decidí pedir a la aeromoza me permitiera cambiarme para mi derecha en donde había un espacio libre. Pero solo lo haría cuando los campos que rodean a Ezeiza  y algunas urbanizaciones que imaginé suburbios de Buenos Aires se perdieron en el borde inferior de la ventanilla. Cuando a la señora de al lado se le derramó lo que creí era una copa de vino sobre su regazo no me atreví a socorrerla: tenía la mirada que debió tener la Malinche cuando Cortés no le hacía caso.
Desconozco la capacidad del Jumbo que nos llevaba pero me atrevería a asegurar que volaba como al noventa por ciento de sus posibilidades. Y como el "Jumbito" que me trajo de Santiago de Chile, este también tenía su televisor frente a mí. Pedí a San Cadenadecable que no pasaran las mismas series y películas.
Cuando la adorable aeromoza- el vuelo contaba con varias, que se la pasaban caminando a lo largo de la nave, preguntando y trayendo cenas y golosinas- me dejó mudarme para la ventanilla el paisaje abajo era desolador y todavía yo tenía esperanzas de ahora sí ver, de día, la geografía sudamericana. Caramba, me dije, disculpa Borges por no haber visitado tu tumba ni releído tu Historia de la Eternidad. Perdón Fangio, por no haber tocado tu bólido de carreras. Siento tanto, señores Perón, no haber podido venerar sus lápidas desde donde todavía una nación sueña con sueños imposibles. Qué lástima, Martín Fierro, no haber intentado trepar a algún ombú capitalino. A ti aún puedo verte otro día, Estela Rabal. Mucha suerte, Facundo Cabral. Maradona, tú tienes una iglesia y los Dioses, dicen, son inmortales.
En el televisor había un filme de Steve Segal y la aeromoza que se parecía a mi amiga michoacana si esta hubiera tenido quince años menos me nubló la visión. Era el mismo que habían pasado en el vuelo anterior. Ni los dioses paganos resuelven nada. Miré al vacío.
Era un paisaje desértico. Calculé que volábamos sobre el Norte de Chile y ello no era buen augurio porque el Pacífico estaba al doblar del oasis. Me entretuve mirando el ala derecha y su descomunal turbina colgada debajo. El avión bacheaba, indudablemente, y  a veces parecía que se detenía. Ay mi madre, me susurraba entre una sonrisa quebrada y el milagro de saber que era "casi" seguro que llegaríamos al DF poco más de nueve horas después.
Continué mirando el paisaje lunar al Sur de mi Bolsa de Regalos. Casi una hora mas tarde no había ni rastros de mar y me contentó saber que en un flat estaríamos sobre tierras peruanas. Pero ya he dicho que me equivoco más de lo deseado.
En un rincón del alma.


Junio 25 del 2011.
Miami, North West, USA.
Luis Eme Glez.

No comments:

Post a Comment