Mientras esperaba el par de fotos tamaño pasaporte en el Estudio del Centro de Santiago recordé aquella imagen del Che Guevara que el Gobierno cubano había develado a raíz de la partida del Comandante argentino hacia Bolivia para tratar de levantar una Guerilla revolucionaria a finales de los años sesenta del siglo XX. Era una foto cariátide en donde el gaucho aparecía casi translúcido y calvo. Con esa imagen entró al país aunque después la olvidaría en la Sierra de Nhancahuasú para centrarse en el parto magistral de Korda. Nadie tuvo acceso a los documentos restantes pero me daba la impresión de que su caso se parecía mucho al mío si descontamos que mi foto no tenía que ser trucada. El Hombre Agencia me mostró una serie de papeles perfectamente editados en los cuales la persona que había sido yo quedaba sepultada en el baúl de los recuerdos. Había erigido una estatua a partir de mis señas particulares y de mi foto actual. Me pareció fantástico. Agregó que solo le quedaba esperar por la certificación del Hotel en donde me "alojaría" en Ciudad de México y que entonces me llamaría para que fuera a la Embajada con su hermano. Charlamos hasta de fútbol y nos pareció que aquella descarga escatólgica mía relacionada con el "arma a elegir" había quedado en el ayer como una anécdota. Me presentó a una peruana joven que acababa de entrar a trabajar como Secretaria porque la otra estaba con Licencia de Maternidad y me acompañó a la escalera del elevador. Es su amante, me había dicho el hermano, muy bajito. Todavía los albañiles trataban de reparar las grietas de las paredes y malvivíamos entre réplica y réplica y volví a sentir el Ruido de Aquella Noche mientras la gran casa vctoriana flotaba como si imanes poderosos la dirigieran desde tierra y para mí la muerte parecía ser la certidumbre mayor del mundo. Toma el elevador, webón, bromeó. No jodas, acere, sonreí. En la Alameda me sentí un hombre viejo pero asumí que acababa de entrar en las Ligas Mayores de la Clase Media chilena por obra y gracias de unos papeles verdes. Regresé a pie. Pero ya "tenía" auto.
Me reuní con los pocos arrendatarios que quedaban y les dije que teníamos derecho a estar por lo menos un mes mas en la Casa hasta conseguir otra pieza porque como muchos no habíamos sido informados a tiempo se suponía que todavía no había comenzado a "correr" el mes que planteaba la Ley de la Vivienda Enmendada en el año 2003. Prometieron no abandonar el barco y quise creerles.
Recuerdo que la habitación de la Flamenca estaba siendo habitada por un peruano que trabajaba de nochero en un restorant y por su tía. Flamenca había muerto de manera imprevista a raíz de una hernia estrangulada que se agregó a la desnutrición crónica y yo había sufrido mucho su pérdida pues no me enteré de su ingreso en el Hospital Salvador y aunque luego pude visitarla allí tampoco supe de su deceso. Seis de los cuentos que conforman Vicio de tus ingles hablan de su vida, de su estancia en la Casa y de su relación conmigo. El compatriota del peruano seguía viajando a Chiclayo mientras preparaba el regreso definitivo y la habitación del frente siempre se la pasaba clausurada y vacía aunque yo tenía la llave para cualquier impasse en la conexión a Internet. Era una familia correcta y decente e hicimos buenas migas muy rápido y comenzamos a planear nuestro futuro en caso de que nos siguieran dejando solos. Esperábamos al Dueño para tratar de convencerlo de que nos permitiera quedarnos un poco más. Les conté que estaba en trámites para partir hacia México y él me confesó que tenía proyectos con Italia en ese sentido.
Mi Jefe me dio permiso "incondicional" cuando el Hombre Visa me llamó para decirme que todo estaba listo y que me esperaba mañana para que fuera a la Embajada charra. Así que con su hermano cogimos el Metro hasta Las Condes y nos tiramos frente a la Escuela Militar. Hacía tiempo que no visitaba a la Comuna de Barrio Alto pero la recordaba muy bien pues era el habitat de mi amigo el Extranjero y la geografía a la que vine tanto cuando llegué al país toda vez que la Señora Invitante vivía muy cerca. Si Plaza Italia es el Primer Mundo en Santiago de Chile, Las Condes es el Post Mundo. La Embajada mexicana estaba a una cuadra al Sur de la Avenida Apoquindo y cuando nos dirigíamos allí miré la Cordillera sin nieve, parduzca al medio día, y recordé las tantas veces que había salido a Avenida Irarrázabal en los atardeceres de Nuñoa solo para contemplar los tonos cenizos de su impronta. Sentía miedo. Mi Expediente "correcto e irrechazable" no me daba suficiente seguridad. Tenía conciencia de que estaba burlando a una Embajada de un país amigo y aunque acciones como esta se realizaban cada día millones de veces en todo el mundo me sentía exprimido y extraño. Ya lo he dicho: cuesta demasiado rebelerse contra el diseño con el que uno ha nacido y ha sido criado y educado. Pero me dije "gracias Maquiabello por tus teorías del fin y los medios" y entramos al lobby. Acaso no estaba condenado a "luchar hasta la muerte"?.
Había una mexicana madura y grande y rubia en la recepción y nos envió a la salita sobria de lo que llamó "el Consulado". Una pareja actualizaba sus documentos y la persona que esperaba sentada fue llamada al interior. Miré al fondo de la Oficina principal. Sentado, un funcionario como de cuarenta años, castaño y de ojos claros, miraba su ordenador. "Debe ser el chileno que conoce la Señora Invitante", pensé. Estaba atendiendo un joven aindiado con el pelo como el de Rodolfo Valentino en una de sus fotos clásicas si Rodolfo no se hubiera peinado hacia atrás. Me llamó. El Hermano me acompañó al mostrador e hizo una breve introducción sin consultarme. Dije a qué iba y lo que quería. Con menos nervios ahora, acudí a mis limitados estudios de actuación. El charro me pidió los documentos. Los hojeó todos. "Le falta el Permiso de Trabajo, cuando lo tenga regrese por aquí mismo", me dijo. Me pareció demasiado circunspecto. Madre mía. Me senté para mirar el noticiero de CNN en español que ofrecía un televisor stándar desde la pared Oriente del Consulado. "Bueno, es solo un detalle, Lucho", me dijo el Hermano. Un detalle, un detalle, repetí, vamos, compadre.
El Líder de la Agencia me dijo que había sido su error porque subestimó ese documento entre tantos otros papeles relativos. Le creí y no me molesté para nada esta ocasión. Eso podía pasar. En la tarde tenía varios clientes con destino a "Canadá" y antes de marcharme le dije que no quedaba otra alternativa que redactar otro documento para mostrar mis vacaciones porque para cuando estuviera listo el Permiso de Trabajo aquellas habrían caducado. Lo comprendió y me dijo que tendría ambos papeles lo mas pronto posible. Salí de su Oficina muy tranquilo. Evidentemente cada documento tenía que ser "elaborado" o "comprado" y por eso demoraba aún cuando la madeja de contactos trabajara a full y con harta profesionalidad.
Principiando Abril los arrendatarios nos dejaron solos sin que tal acción les llevara a darnos explicación alguna. La Señora había conseguido algo cerca de Ricardo Matte y solo esperaba ver que hacía con la perra Muñeca pues el nuevo local no tenía espacio para ella. Los tres pisos de la Casa en la que había vivido los últimos años de mi vida estaban desolados y tristes, repletos de detritus, ajados y sucios, desmantelados, pasando por el tiempo con una soledad de tumba. Incluso uno de los arrendatarios que guardaba su carro de chucherías en el frente se había llevado una planchas metálicas que ocultaban parte de la Casa alegando que eran de su propiedad. Lo que no pudo hacer un terremoto de grado bíblico lo había hecho una estampida de inquilinos. Me pregunté si la Bailaora no se hubiera muerto igual ante tanta desolación. Entonces me reuní con el peruano y la tía. Vivíamos en un barrio relativamente "bueno" pero todos sabían en la zona que la casa estaba deshabitada y sola y era un verdadero peligro dejarla abandonada a cualquier hora. De modo que decidimos que ellos la cuidarían por el día y yo en la noche hasta que él llegara al filo de la madrugada de su trabajo. La tía era una obra de arte decorativa pero su presencia no sería insignificante. Planeamos que después bajarían para la pieza del Inca que al fin había regresado al Perú entre deudas públicas, acciones extrañas y grandes proyectos bursátiles según aseveraciones de la Señora de la Casa.
El Dueño se apareció un sábado a media mañana. Era un tipo joven que pensaba remodelar toda la Casa para realquilarla. Nos dijo que podíamos quedarnos una semana mas hasta que consiguiéramos otra pieza. Según su versión la Señora le debía 18 millones de pesos porque desde hacía años no le cancelaba y se había cansado pues le dio una oportunidad para liquidar al menos una parte el último año y no solo no lo había hecho sino que había agrandado la deuda histórica. Entonces, para qué tanta queja con quienes no pagaban como "correspondía", para qué tanta colación hecha para vender, para qué tanto llanto porque no le alcanzaba la plata, me pregunté en voz alta. 18 millones de pesos eran más de 36 000 us y con esa cantidad yo hubiera fundado una colonia futurista en Groenlandia y vendido hielo a los países del Oriente Medio. Pero ya no importaba que nos permitiera quedarnos esa semana maldita. El caso es que estábamos solos en una casa inmensa deshabitada. Teníamos que irnos. El muchacho me pidió que habláramos con el Dueño para que nos dejara para siempre si de todas formas remodelaría para volver a rentar o que al menos prolongara la estancia por un mes. Se lo dijo él mismo pero el hombre no transó aunque se dio cuenta de que podíamos acogernos a la Ley de los 30 días previos. Mi gran problema era que atesoraba casi seis mil dólares en la Casa y el total de mis propiedades, algunas de las cuales tenían suficiente valor como para tratar de conservarlas e incluirlas en mi presupuesto de salida de Chile. Le prometí abandonar mi cuarto en una semana. Ya lo he dicho: encontrar una pieza en Santiago es muy fácil.
Sin embargo durante dos anocheceres y una tarde no pudimos elegir nada adecuado. Mi Jefe, notando mi desesperación por la inseguridad de mis propiedades me dijo al tercer día "por qué no vienes para la Fábrica, Luis, y te acomodas en la pieza que hace de sala de vestuario y después veremos". Como me quedé callado, agregó "aquí no te costará nada, te ahorras el pasaje de la locomoción y de paso ahorras para tu viaje, me cuidas la Fábrica cuando yo no esté el fin de semana, qué te parece". Me parecía bien realmente pero todavía no dije nada. "Televisión Cable yo tengo e Internet la ponemos con una llamadita a la Compañía". Aún seguí callado. "Si quieres después buscamos una pieza cerca, como tú digas". Déjame intentar un día más, respondí. Porque vivir allí equivalía a perder una pizca de independencia individual si aceptamos "independencia individual" en el sentido absoluto.
Dos días después me cambié para la Fábrica que ahora estaba en la Comuna de San Miguel, poco más al Sur del centro de la ciudad. Lo hicimos en dos viajes en la camioneta Peugeot de mi Jefe y nos ayudó uno de los peruanos. Más que por todas las bondades que me había ofrecido el Viejo lo hice porque esperaba fuera por muy poco tiempo y porque para mí lo mas importante era estar cerca del lugar donde trabajo. Y aquí no estaba cerca: estaba en el lugar mismo. Me despedí del último arrendatario y le deseé suerte porque sabía que el Dueño le había concedido una prórroga. Estaba protagonizando mi quinta mudada en Santiago de Chile. Para entonces solo la periodista nortina (1) me visitaba algunas veces y las llamadas telefónicas de los buenos tiempos se habían espaciado mucho. Mis contactos de Internet seguramente se estarían preguntando qué había pasado con aquel cubano "tan informado, tan dulce y tan simpático". Palma Nitelli, ya he dicho, se había casi cansado de mi apatía general y en vistas de que mi prioridad suprema era viajar hacia los Estados Unidos había optado por relanzar su vida en materia de hombres. Me lo diría una tarde en que me llamó para saludarme y yo simulé un enojo animal porque me "había tenido que enterar" a través de una tercera boca. Te lo iba a decir, expresó.
Pocos días después el Hombre de la Agencia me llamó porque mis papeles estaban listos para presentar en la sede de la Embajada de la República de México.
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
(1). Pamela Ayala.
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
(1). Pamela Ayala.
Abril 10 del 2011.
Miami, USA.
Luis Eme Glez.
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