Había suficientes conejos en el Valle pero esa tarde la puntería se rebeló contra su nivel profesional de cazador premiado en las lides de caza deportiva de conejos silvestres. Cada animal saltaba en el instante exacto en que la bala debía matarlo como si se burlara de su empeño. Se trataba de conejos color tierra, grandes, y aunque no le permitían acercarse mucho le pareció que eran bichos redondeados como si pertenecieran a otra especie. De pronto la llanura se vaciaba de conejos y solo era la sabana condenada entre los cerros, compacta de matorrales bajos y yerba quemada y el sol detrás casi apagado en el alero de la noche. Entonces regresaban los conejos y saltaban los matorrales, siempre separados como si no formaran una familia y él insistía con sus disparos disciplinados, colocóndolos en el centro correcto de la mira telescópica y siempre el animal evitaba el plomo y maromeaba y se perdía hacia las faldas de la Cordillera. Se dio cuenta que le quedaban pocos cartuchos y cuando un conejo saltó sobre su sombrero solo vio algo parecido a una fuente de ensaladas color tierra que caía y rebotaba lejos y se esfumaba al Este y no le disparó. Sacó el mapa y marcó el sitio de los nuevos conejos para que los naturalistas de la Universidad vinieran y decidieran de qué se trataba. Parecía una geografía especial porque muy cerca moraba el chupacabras y aseguraban había una gran serpiente en un jardín privado escapada de una caja de circo que había encantado el norte del Valle y lanzado a dos primos hermanos al incesto y habían aparecido raros especímenes que atormentaban la inteligencia y la paciencia de los biólogos. Era una tarde para el olvido pero no sería la primera vez que los bichos ganaran la batalla de la muerte contra la certera puntería de su genio por muy esquivos y extraños que se mostraran al borde de la noche. Su amiga íntima esperaba en la cabaña por un par de conejos precordilleranos que justificaran el empeño de la receta turca para conejo estofado con algas lacustres y pimentón de ladera de volcán. La chica aseguraba era un afrodisíaco y en verdad él no había estado tan activo las últimas noches. De modo que siguió el fabuloso rastro de los conejos voladores y cuando se dio cuenta estaba subiendo el primer cerro y siguía ascendiendo y todavía bajó a un semivalle y subió más, inconsciente en medio de la desesperación por los animales desaparecidos. Detrás, el incendio del sol se convirtió en neblina y la luz hizo mutis y le cayó un silencio claustral y no había conejos y no sabía cómo regresar. Se recostó contra el tronco de un espino gigante y se preguntó cómo diablos le había pasado aquello. Cuando alguien respondió del otro lado de la línea se dio cuenta que la carga expiraba y entonces pasó algo invisible haciendo un gran ruido como de manada de murciélagos rabiosos y les lanzó el celular. El rebaño volvió con ruidos agregados y sin dardos que lanzar les llenó de maldiciones. Porque aunque no los veía sabía que eran los conejos voladores del Valle Nebuloso. El verano no era estación de precordillera y sintió el frío de la altura. Registró su mochila. Le quedaba un cigarro y tuvo que inspirar hasta el cansancio porque el encendedor entregó su última gota de energía. No quedaban bocaditos ni bebidas y comenzó a fumar tratando de comprender el misterio de la noche que lo cobijaba en medio de la recua de conejos incapturables. Pero no pudo. Ahora el ruido llegaba de arriba y al mirar una nube compacta se posó en el follaje pelado del gran espino y él pensó que si se paraba podía tocarla con la mano. Tenía el rifle cargado y lo cogió lentamente y sin dejar de observar al suelo lo rescostó contra su hombro y metió el dedo en el gatillo. Sonrió al pensar en la amiga íntima porque la pose era de suicidio con solo desviar el cañón unos centímetros. No se trataba de un suicidio pero sí tenía relación con la muerte porque estaba seguro de que ahora algún conejo burlador caería en sus pies, perforado y tan muerto como su celular, su encendedor y el oprobioso contenido de su mochila. En el instante exacto del disparo otra vez la explosión de la desbandada y un estremecimiento cataclísmico de todo el árbol de espino y la nada arriba como no fuera una elipse de luz azulada que se hizo perfectamente circular cuando la cosa se movió y parecía que dentro del círculo había cuatro radios en cruz. El hombre miraba al norte, confiado, y se veía bien, como si aquello irradiara toda la luz que faltaba. Pero no era un conejo volador. Los radios interiores eran dos alas, una cola y una cabeza con pico. De primera instancia consideró que se trataba de otra especie nueva del Valle Nebuloso. Pero cuando el espacio interior del objeto se llenó como si las alas crecieran se levantó y apuntó. Entonces la cosa se desprendió del copo del espino y rompiendo las ramas deshojadas se estrelló a sus pies. De todas formas él disparó al vacío para espantar a los conejos. En la tierra había un cóndor real, iluminado, bocarriba, moribundo, jadeando con el pico semiabierto y los ojos cerrados. Todo era luz en el cóndor y él podía auscultarlo como si encima hubiera una ampolleta. Dos horas después había liberado al ave de los artificios y supo que alguien tendría que tomar en cuenta muy seriamente los acontecimientos trascendentales que se venían produciendo en Valle Nebuloso. Amaneciendo oyó al helicóptero y comenzó a caminar porque sabía que no podrían localizarlo mientras no llegara al Valle Precordillerano. El cóndor lo seguía a pie. Llevarlo en el hombro hubiera sido una mala imitación pirata. Caminaban lentamente porque los músculos de sus muslos estaban atrofiados y había amplias manchas negruzcas debajo de sus alas. El helicóptero aterrizó en un claro del monte y ella le ofreció un suculento desayuno con conejo ordinario de La Vega aderezado con limón de Chiloé y pimentón de Antofagasta. El dijo que desconocía ella supiera pilotear y ella dijo que también pero que se había atrevido con las lecciones de Internet para aspirantes a piloto y que si el cibernético de Angelina Jolie en Lara Crofft lo había hecho por qué no ella y él insistió para saber de dónde había sacado la nave y ella dijo que la había robado del aeródromo de la Llanura Calcinada y él le preguntó que si ese aeródromo no era el de los ufólogos y ella dijo que sí pero que por salvarlo a él robaría hasta la momia cordillerana y además no podía soportar la tentación de ver como reaccionaba después de este conejo zasonado con pimentón antofagastino capaz de parar a un cadáver y de seguir parando cosas hasta el fin de los tiempos. Tal vez se tratara de una paradoja o de una ironía pero ellos no podían dejar de pensar en la Operación Helicóptero y mucho menos en los dueños de la nave, encantados de haber sido plagiados por la mujer adicta a la Red, muy satisfechos de que alguien pusiera en duda la sacra licencia que hace inviolable a la propiedad privada. En el estrado había un Juez joven, famoso por haber comandado el sonado caso del hombre que violaba buscando sangre compatible. A su derecha, dopados, un cóndor real y un conejo precordillerano. A su izquierda, dos especialistas en Ufología. En la sección para acusados, un Ingeniero Cibernético y tres de sus colaboradores. Al fondo de la sala copada, la esbelta cheff de conejos afrodisíacos y enchilado de cóndor y el cazador burlado. El periodista sacó la Notebook y garabateó un título. La leyenda del OVNI a la chilena. Y un subtítulo. Leyenda del Objeto volador sí identificado,
Octubre 21 del 2005.
Providencia.
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.
Luis Eme Glez.
No comments:
Post a Comment