Es todo, milindo.
Muñeca pasó como una exahalación por entre sus piernas. Flamenca le entregó un cilindro de cuartillas atadas con una liga naranja.
_ Cumplo mi palabra, milindo. Me pediste redactar lo que me falta y ahí está. Exprimí la mente y no me entregó nada más de imprtancia.
_ Gracias, Bailaora.
La perra se frotó en sus rodillas. Cuando fue a acariciarla vio a una perra sin cabeza, con un embudo blanco incrustado en el hocico. Le pareció la boca gigante de un rinoceronte distorcionada por un efecto especial de George Lucas.
_ Para que no se lama la herida.
_ Era cáncer?.
_ No, pero sí era un tumor grandísimo.
_ Ojalá no le haya impedido concebir.
_ No siempre, querido, el pedigree garantiza el flujo correcto de óvulos.
_ Es una perra joven. Hay que pedir un trabajo extra a ese veterinario.
_ Veremos. Me voy, milindo, porque me esperan dos clientes lejanos.
_ Buena suerte.
Cuando Muñeca se ladeó para seguirla vio la herida sobre el muslo izquierdo. Una raja oscura por donde salió la protuberancia que se pensaba era un cáncer. Chocó con la puerta y salió al patio. Hasta donde se lo permitía la puerta enrejada de la calle.
Cuando pensaba iniciar la tercera hojeada a las notas de Flamenca y se sentía profesor de Literatura revisando exámenes en su Patria tocaron a la puerta. Empujó sin esperar.
_ Oye, milindo, se me quedó algo arriba. Vino un auto por mí. No te burles de mi redacción porque se puede aprender del Maestro pero jamás imitarlo.
_ Tranquila, lo haces muy bien.
Antes de ascender por la escalera con sus pasos cortados, se volvió y le hizo un guiño y lo señaló con el dedo índice como hace Joey en Friends.
De modo que dejó para la noche la redacción final de unas notas que marcaban muy bien el adorable axioma de la simpleza aparente. Su pase actoral a lo Mat Leblanc no le autorizaba aún a desempolvar sus récords. Pero acaso Max Brod no hizo un gran favor a la Humanidad al desobedecer a Kafka?.
A media noche colocó la Olimpia en la esquina más lejana de la mesa escritorio y comenzó a trabajar. No se trataba de decantar cuartillas estilo Stefan Zweig sino de tratar de hacer al texto un poco más literario. Cuando estaba quitando la liga que sujetaba al rollo de hojas manuscritas recordó a aquella actriz que enseñaba a poner un condón en el show televisivo de Taty Pena.
Muñeca.
Es verdad que Muñeca es propiedad de la dueña de la casa pero no la cuida nunca ni le importa un rábano. Me exige ocuparme a mí y aunque tal vez tengas razón cuando dices que es parte del pago de mi arriendo lo hago por amor porque es mi única amiga, quien comparte mi soledad. Cansada de alertarla acerca de la bola en su muslo y ante su indiferencia a lo “estás loca, eso no es nada” la llevé al Veterinario, a una Clínica Privada muy regia. Me dejaron hablar, milindo, así que la operaron gratis, un trabajo que costaba no menos de cincuenta lucas. Qué no conseguiré yo, milindo. El supuesto embarazo de la perra que demoraría la operación hasta el parto solo era un pretexto. Fíjate que no ha dado lucha con el embudo plástico y pese a eso logró lamerse la herida. Es cierto que la lengua es cicatrizante pero el doctor lo hizo para que no se quitara los puntos. Sin embargo está sanando sin los antibióticos prescriptos porque la Señorona “no tiene plata para eso” mi dios del cielo. Pero, milindo, carne de perro al fin, Muñeca saldrá adelante de esta y no pierdas la esperanza de que un buen semental pueda hacerla mamá.
Anemia.
Ahora no tengo dudas, el hambre me provocó la anemia. Sobre todo el hambre selectiva. Tener la guata llena algún minuto no es alimentarse. Y hubiera sido peor, amigo, sin tu inmenso corazón. Pero estoy muy bien, nunca me enfermo, soy una roca. Deja ver si cuando esos médicos flojos regresen al trabajo me hacen un buen chequeo. Sé que tenías razón- como “casi siempre”- al alertarme de que estaba descuidando detalles esenciales de mi salud. Pero “descuidar” cosas es mi estilo y sé que nada hará cambiar eso a estas alturas de mi vida. Espero que mis Cartas, mis recuerdos materiales y algún extra todavía me ayuden a pagar esta pieza y a adquirir algún alimento de urgencia. Que dentro de lo bien que me siento a veces creo que se me escapa la vida en cada tramo de escaleras, es verdad. Pero de algo he de morir y sé que mamá me espera en el cielo, no temo a nada porque nada ha de quitarme lo vivido.
El Diputado.
Tú le llamas así. Bien. Es Economista reconocido. Fue de la gente pre 1970, está casado y es feliz. Creo que ni sus frecuentes viajes al médico del ex de la Dehesa le quitan el sueño. Tan determinante sigue siendo que hace poco disertó sobre Economía Internacional y Planes Domésticos junto a lumbreras del Ramo. Lo vi en la Tele. Tienes razón, milindo, pues en verdad se parece al DT alemán, Jurgen Klisman. El Dipunomista anda por 64, siempre me llama y me invita cada mes a algún sitio acogedor donde no deja de darme treinta lucas y agregados para taxi y propinas. Tal vez me lo de siempre pero hay más atardecer que incendio de sol en las mañanas. Amigo- puedes decir mi ex, si lo desearas- entrañable hoy y pituto infalible. Cuando necesité una radiografía de cadera urgente y la demora era opresiva, su sola presencia en la Clínica resolvió el problema. Una de las secretarias que siempre me decía “todavía, señora, espere”, se quedó pasmada y me pidió sus señas y le dije “todavía no, jovencita, espere”. Cuando supe de ciertas cajas con mercadería que estaba dando la Municipalidad a personas de la tercera edad le pregunté qué sabía de ello. Altiro me consiguió la mía aunque yo sea de la segunda edad. Al llegar por la Caja los empleados me dijeron “sí, pero para el mes que viene”. La simple mención del Econotado -oh, mi querido Profesor- abrió las tapias del “mes en curso”. Me llega cada mes y el que me la trae me la sube a la pieza, algo que tú también has hecho. Sabes en qué auto me la traen casi siemrpre?. En el del Alcalde. Como no cocino la cambio por cosas terminadas en restorants y hasta a la propia enemiga de Muñeca. No creo se trate de un amor imposible, no señor. Apenas es un amor permanecido que no puede pasar a primeros planos, un amor de tras bastidores donde los actores se sienten muy bien, sabiendo que no lastiman a nadie porque están por encima de falsos convencionalismos. Hasta dónde llegará?. No sé. Pero no importa, milindo, estamos atracados a puerto seguro y la carne anda de ronda sobre los atardeceres apacibles. No soy la “segunda” porque mi diseño es otro. Tú sabes quien soy.
La Casa.
Llegué a esta casa por error. Llamé creyendo que alguien necesitaba una buena lectura de Tarot pero se trataba de una oferta de arriendo. Igual vine a verla y me encantó. Siempre deseé vivir por aquí, cerca de las plazas de mi infancia y juventud, a la sombra de la Torre Entel, con el decorado de Cerro San Cristóbal entrando a la ciudad. Vivir en una pieza más amplia y más independiente. Desde que vendí la casa, la operación de la cadera y los contratiempos no sé lo que es vivir tranquila. Sin embargo no tenía la plata que me exigía la Señora, que era esta misma, y no faltaron las exigencias “decídase porque otros esperan”. De alguna manera conseguí el dinero y me quedé. Conoces gran parte de las humillaciones por las que pasé y las que faltaran quizás no fueran muy literarias que digamos. Pero no me iré, no quiero tener más de los mismo. Pasé de cincuenta lucas mes a sesenta de un plumazo. Sin explicaciones o consideración. Pero todavía no era suficiente para la voracidad sin límites de la Señora. Una buena mañana la nieta me retó delante suyo y me dijo que no podía seguir abusando de su abuela pagando tan poco por una pieza con closet, tan amplia y con una vista única de la Cordillera. Y agregó “de ahora en adelante serán setenta y como usted calienta agua y gasta corriente extra serán setenta y dos”. Magnífica escudera teledirigida, milindo. Imagina, soy la única que paga extra y tal vez la que más paga por un closet medio comido por polillas y un baño mediocre que en el fondo es un baño público. Pero bueno, la mano del Diputado no llega a todo. Mira quienes son estos subarrendatarios “amorosos y humanos”, milindo. La susodicha nieta se embarazó de un cabro que la dejó y como no puede pagar más que una fracción de lo que le exije la Ley a la guagua, lo están demandando. El gallo, supercalifa, ya tiene a otra “embaracoa”. No lo soportan y sabes qué, están esperando a que llegue por su hijo. Solo que no están solos. Están acompañados por los tiras pues el pobre infeliz está delatado. Como si se tratara de la captura de un delincuente acabado de fallar en un Secuesto Express. Desalmados. No enjuicio su derecho sino la bajeza. Dime a quién arriendas y te diré lo que valen. Mi mayor satisfacción es poder pagar el mes en dos tandas, cancelar sus almuerzos ocasionales y disfrutar como la perra me adora en tanto la ignora cuando se hace la cariñosa en la puerta de la calle al regreso de algún fin de semana con su hija. Tienes razón, no es mucho, pero de poquitos también vivimos los mortales a quienes nos ha tocado perder en la recta final. De aquí solo me sacará el médico o me sacarán con las piernas por delante y ojalá, de eso ocurrir, que tú, milindo, tengas algo que ver.
Poder de la mente.
La gracia de mi mente-heredada- se manifiesta a los diez y siete años. Diez años después de haber sanado al niñito de que te hablé me encuentro con el mismo doctor en una Clínica. Charlamos de aquello y le cuento algunas pocas experiencias sin importancia. Me sugiere “estudiar” para qué explote mejor mi “gracia”. Ya te hablé de esa etapa, así que demos un saltito. El destino quería que el matasanos no se esfumara de mi vida. Poco después de la muerte de mamá nos reencontramos en su propia Clínica. Anda con una mano encogida, como si estuviera lisiada. Altiro “lo vi” y te lo juro, milindo, por la memoria de mamá, que lo curé en un santiamén. Creí que me levantaría un Monumento en la Ciudad Médica tras tanta alabanza y agradecimiento y tanto repetir “lo sabía, lo sabía, tienes un gran don y tienes que ejercer”. Ocurre que había logrado un éxito rotundo con una extremidad que se negaba a enderezarse pese a todos los intentos de la ciencia terrenal. Sin embargo, mi viejo doctor parece que reanalizó el milagro al que acababa de asistir y se cubrió de celos- no sé si decir "profesionales”- y me dijo que no creía haber sanado por mi intervención sino qué era un evento casual. No dije nada. Solo expresé “fue gratuito, Doc” y me dispuse a marcharme. Me detuvo con la cantilena de que trabajara con él y el asunto de la clientela y demás. Cuando estoy trabajando con mi mente siempre le pido a mamá que se “manifieste”. Lo hace con golpes y sonidos de derrumbe. Los “chancasos” tan necesarios en mi trabajo. Deseo citar dos de esas manifestaciones. La señora que no pagó la clase de kárate en mi pieza porque estuvo a punto de hacerse cuando escuchó el ruido y los chancasos y durante una visita de Tarot a una residencia a donde llevé una bonita cacerola de las que mamá coleccionaba. Cuando “pedí”, la casa por nada se derrumba. Luego me dirían que se asustaron, que los ruidos demoraron en acabarse pero que les había ido muy bien después del sortilegio de mis cartas.
Papá.
Fíjate que papá era un bohemio natural. Carreteaba todo el tiempo con mis hermanos como si fueran sus amigos. Separado de mamá por las buenas, a veces venía a la casa para comer y hasta se quedaba. De él heredé la bohemia, la locura, el despiste y el desinterés. En verdad no éramos tan cercanos. Papá vivía al día, asiéndose a lo que apareciera en su camino. Una noche hacía de vendedor callejero y lo asaltaron. Tanto le golpearon que por nada muere y estuvo a punto de perder un ojo. Le convencí de denunciar el caso a Carabineros para que encontraran a los desalmados. Dijeron que harían lo posible pero eso llevaba tiempo. Como los ratis me conocían, me pidieron -diría “me ordenaron”- no tomar la justicia por mi mano y por nada del mundo acudir a las artes marciales. Nadie se ocupó de papá. Excepto yo. Lo hice como si nunca hubiera abandonado la casa. Lo cuidé como Isabel a Paula. Muy pronto le detectarían cáncer hepático - los doctores aseguraron que por la golpiza salvaje y yo agrego que por exceso de tragos- y duró un mes. Agonizando me dijo “Chuta, cómo me hubiera gustado conocerte más , hija mía". Papa encargó a una de mis tías que se ocupara de mí. No lo permití como no fuera en aspectos simples. A su muerte me lo dejó todo y no era poco. No quise nada. Papá muere poco antes que mamá. Desconozco que tíos o tías o primos o primas quedaron con esa fortuna y no me interesa.
Mamá.
En mi pieza tengo un altar con imágenes de Jesús, la virgen de Lourdes, un Buda, una pirámide pétrea chica, la foto de mamá y el ánfora que guarda sus cenizas. Algún día verás todo eso. Mamá pidió ser cremada y todos los hermanos debimos firmar para autorizarlo. Con uno de sus hermanos y su señora la trajimos del cementerio. Hay que ver como el fuego puede convertir en polvo un cuerpo en un segundo, dios mío. Me hubiera gustado haber olido su carne chamuscada pero desistí de llegar a tanto. La misma noche de su muerte dormí en su cama personal, la misma que conservo y ocupo hasta hoy y espero hacer por el resto de mis días. Mamá no dormía en la cama grande porque decía que era una “cama de hippies”.Vaya usted a saber, milindo. Estamos unidas en la muerte: antes y más allá de ella. Espérate, que tengo un trío de eventos más relacionados con el poder de nuestra mente. El robo de la casa del Arzobispo de Santiago se convirtió en un caso sin salida y tanto como irresuelto se trató de un supercaso superenigmático. Un amigo policía me llamó para ver si podía aportar algo. Supongo la mentalista de Chimbarongo- a la que admiro harto-fuera una niña para la época. Como no preciso el año no puedo recordar de qué prelado se trató pero puede haber sido Raúl Silva Enríquez. Acepté porque valía la pena ayudar a un hombre santo. Llego, miro y me concentro. Pido. Tras los ruidos y chancasos digo que veo a un hombre grande, pelado, con gafas, subiendo una escalera. Cuando regreso alguien de Inteligencia exclama “chuta, ese tipo existe”. No cobré nada por el trabajo. Una mañana me levanté con la seguridad de que ganaría el Premio Mayor de la Polla Chilena y me fui donde un banquero judío y le pedí abrir una cuenta a costa de esa posibilidad. El hombre dijo ok casi que por curiosidad ante la profesía de una beldad criolla- cómo no iba a “creer” un judío- y la abrió para mí. Fueron dos millones cien mil, una barbaridad para la época. Hablo de los ochenta. Abrí una cuenta “oficial” en el Banco Israelíta y adquirí acciones legales y compré regalos a familiares y a amistades. El hebreo era joven, buen mozo y poseía todo el Poder para conquistar mi corazón. Me moría por salir con él. La relación fluída tras mi éxito con el Premio nos vinculó mucho. Me di cuenta de que estaba enamorada. Un día me invitó al Casino de Viña. No podía creerlo. Dándomela de gran dama, puse condiciones. Que no contactáramos dentro porque él era casado y no quería lastimar su matrimonio. Tanto agradeció mi gesto que dijo “eres única” y me sentí Grace Kelly en otro Casino. La relación duró ocho años porque a pesar de querernos y respetarnos tanto, él tuvo que salir del país a raiz de la ascención de Allende y el terremoto de las nacionalizaciones. Se fue a Londres, donde estaba parte de su familia y las grandes casas bursátiles. Ahora bien, lo que no dejó de hacer mi judío errante antes de marcharse fue adquirir todo lo que pudo en los remates provocados por el éxodo de los que huían ante los cuatro jinetes del apocalipsis socialista que se nos venía encima. Desconozco que fue de tales propiedades. Nos despedimos en el Hotel Carrera y dijo “no vuelvas la vista, por favor”. Me regaló un cubrecamas de lana que nunca estrené- una preciosidad- y qué conservo arriba. Nunca más supe de Gamaliel. Durante el Gobierno de Frei Montalva se produce el acontecimiento histórico conocido como el Tacnaso. El protagonista fue un militar llamado Roberto Viaux Marambio, quien enojado por ser dado de baja mientras era Jefe en Antofagasta escribe al Presidente quejándose de la mala actuación del Ejército en general. Negado a ser sustituido se pone al frente de militares desafectos y se acuartela en el Regimiento Capitalino de Tacna. Pide, además, la renuncia de dos altos personeros. Frey responde decretando el estado de sitio. Por suerte este impasse no pasó a mayores aunque Viaux fue juzgado y condenado mas tarde por eventos diferentes. Yo tuve algo que ver con el personaje. Se hizo muy famoso a raiz del Tacnaso. Supimos que convalecía de una operación de hernia en el Hospital Militar y solo por estar en onda y acercarnos al Líder de la Asonada nos vamos con mi cuñada a visitarlo. Encachado el gallo, marcial, muy guapo e imponente. Sin pudor, mi cuñada le coquetea, pero ay, mal de sangre- como esas Farfanes de tu país de qué me has contado- el castrense vuelve sus ojos hacia mí. De modo que repetiría las visitas sola. Muchos lo visitaban pero era a mí a quien “veían”. Sobre todo su abogado, un señor que trataba de candidatearlo para los comicios de 1970. Me desesperaba su encamamineto y el no poder coincidir nunca. Nuestras conversaciones tenían su trasfondo mientras estábamos solos pero era imposible la soledad perfecta. Hasta que tiene que ir al baño y entonces lo sigo dispuesta a salir de aquel impasse infinito. Cuando sale lo atrapo contra la pared y lo beso largo y ardiente en la boca, un beso serio que responde y no nos importa que nos miren. Mi cuñada, que me acompañaba ese día, exclama “serás Primera Dama”. No, eso lo sería, en todo caso, Delia Igualt Ossa, pero hay cosas que no pueden evitarse. Parece que esos días Viaux estaba separado porque nadie íntimo le visitaba. Solo me tranquilicé después del beso y era una suerte única poder tocarlo. Pero Roberto es un golpista y está esperando sentencia. Por tanto la DINA comienza a ocuparse de mí. Me doy cuenta cuando se fingen periodistas y tratan de interrogarme. Qué soy, su amante, su secretaria, su guardaespaldas, su amiga, qué pinto en su vida. Si soy de o estuve en Talca, desde cuando lo conozco, qué Dan tengo en artes marciales. Nuestras familias se conocen, son amigas. Digo que no se preocupen, que sé no tienen facha de periodistas, qué vayan por mi Academia nomás. No lo hacen y medio que me olvidan hasta que Viaux sale del Hospital y se ausenta de la ciudad sin comunicarlo a nadie. Entonces me abordan en mi departamento y me interrogan sin ambajes. Debo ser cómplice de su escapada. En realidad había dejado de verlo y amenazo con contratar a un abogado que “sabe” muy bien de nuestra amistad. Sin embargo le doy pistas de donde no debe estar. Cuando el hombre del Tacnaso reaparece es para consultar a mamá porque yo le había hablado de sus poderes y sus cartas mágicas. Mamá lo ve y le dice “te darán cinco años de extrañamiento y te deportarán a un país latinoamericano sin costas pero tendrás otra condena por algo de lo que te vanagloriarás". Lo juro, mamá dio en el mismísimo clavo, en la costura, como dirías tú. Eres profesional de la Historia y sé que sabes qué ocurrió con Viaux. Mamá solo no pudo ver que Patricio Alwin le devolvería la ciudadanía pero tal vez eso era demasiado obvio. El Diputado me dijo que murió en el 2005 y recordé de nuevo aquel beso contra la pared y a mamá leyéndole las cartas. Oh, milindo, un grande hombre que estuvo a punto de alcanzar Poderes Ilimitados. Lo amé con amor de colegiala y te juro por la sagrada memoria de mi madre que jamás volví a besar así antes de los cincuenta años. No puedo precisar si Max Marambio, el amigo de “tú” Presidente, es pariente auyo.
Salvador Allende.
Cuando Allende gana las presidenciales de 1970- y tengo qué admitir que ya era hora, tras tanto intento- soy Promotora Turística y estoy en contacto con varias Compañías Aéreas. Especialmente con Aeroflot, que por cierto incrementaría su cuota de mercado en el próximo trienio. Su Jefe principal en Chile era un mozo para respetar, seductor en grado superlativo, un "proletario soviético" como para desayunárselo en Plaza Italia. Se trató de una relación tórrida, como dices tú, glamorosa, como digo yo, entregativa, dios mío, como dice quién. Sé que siempre digo me “enamoré”, pero este era otro amor diferente. Quienes lo hayamos experimentado sabremos de qué pasta está hecho. Lenin era casado y lo decía como si hablara de una cacería de zorros siberianos. Eso no mató la pasión. Se la pasaba hablando de Rusia- pocas veces decía Unión Soviética- y sus inviernos bochornosos, de sus veranos en la parte meridional, de cómo las mujeres tenían títulos como los hombres y ganaban los mismos salarios, se la pasaba parloteando del país más grande del mundo, de la primera potencia especial y deportiva. Nunca vi a hombre tan orgulloso de su patria, no sé si tú, milindo. Pero dejemos de momento a Stalin. Para el instante en que el régimen del Doctor está colapsando- y creo que lo estuvo desde sus primeras proclamas-me afilio al Sindicato de las Cazueleras. Porque jamás he negado que soy una mujer de Derecha. Pero no entiendas por Derecha UDI, RN, ALIANZA u otra palabra de esa rara parafernalia de Partidos que nos gastamos.Que quede bien claro, yo soy del Partido de Mí General. Así que se me podía ver en toda manifestación contra La Unidad Popular y no fue extraño que una vez las cámaras me captaran junto a mamá y que la foto apareciera en una revista canadiense publicada en el Pacífico de aquel país y reproducida en La Nación. He perdido ambos ejemplares, milindo. Alguien nos informó. En honor a la verdad, no nos molestaron por eso. Gritábamos tres consignas , a saber. Oye. Allende, borracho, en Cuba está tu lacho. Todo sube todo baja, métete al Gobierno por la raja. Allende, tírate pal lao, Allende, reculiao. Para sabotear, hacíamos papas rellenas con cuchillas Gillette y las lanzábamos en y desde Cerro Santa Lucía. Eran días difíciles pero emocionantes. Tener la libertad de protestar es algo invaluable. No podíamos permitir la continuidad del statu quo porque era ir contra nuestra semilla. En los días últimos de 1973 mi amor de Aeroflot me hace una invitación especial para celebrar algo “muy grande e inolvidable que ocurriría en mi país”. No recuerdo por qué no pude asistir. Semanas después, cuando supimos del Plan Z, no me quedaron dudas. Para ese entonces, Rasputin estaba en su querida patria grande, saboreando helados en la Plaza Roja con las mujeres que ganaban lo mismo que los hombres en la euforia de la Nueva Era. Con el rabo entre las piernas porque Chile era, hasta ese momento, el único país que había sido capaz de echar a las turbas soviético cubanas . Poco antes de que la Dina comenzara a preocuparse de mis relaciones internacionalistas tuve que hacer desaparecer, con mamá, documentación comprometedora que había quedado en el apartamento que alquilaba a un alto personero comunista casado con su nieta. Por supuesto que el Pronunciamiento- tú le llamas como quieras- del General Pinochet y soldados fieles a nuestras tradiciones republicanas sacó a Aeroflot de Chile y creo que a Cubana de Aviación. Como estoy acostumbrada a amar sin esperanzas, asmilo el golpe y me preparo para un nuevo amorío entre persecusiones descaradas por tiendas, supermercados, Academias y en los bajos de mi apartamento. No sé nada del ruso pero sigo en contacto con otras Compañías de Aviación. Una tarde, asqueada de ser seguida, encaro a un detéctive en Paseo Ahumada y antes de pronunciar palabra alguna le muestro la revista canadiense y el diario La Nación. El tipo sonríe y dice “lo sabemos”. Entonces estallo “no webeen más, por favor, déjenme vivir, acaso son imbéciles, sepan que si lo pudiera meter clandestino en Chile me lo acostaría otra vez”. El detéctive se echo a reír y me invitó a salir. Dije no. No porque le faltaran encantos sino porque carecía de Poder.
Del tintero.
Una de las mejores amigas de mamá también lo era mía. Pero yo era, quizás, un poco más su confidente. Poco antes de morir me contó esta historia. Había perdido al esposo y sus dos hijos en un incendio forestal en el sur mientras andaban de camping y aunque seguía siendo de la alta sociedad apenas podía vivir con tales recuerdos. Decidida a suicidarse a lo bonzo estaba pensando que locación elegir cuando conoce a un señor que le doblaba la edad y era crak de las Inmobiliarias durante una subasta de objetos históricos en beneficio de niños con leucemia. Ocure que también era viudo y casualmente su esposa también había fallecido tras un escape de gas doméstico que la mantuvo en coma con quemaduras de tercer grado por mas de un año. Tenía tres hijos con vidas independientes a los que apenas frecuentaba como no fuera por asuntos de negocios. Parece que el dolor mutuo por la acción del fuego les devolvió la vida que se les estaba yendo y cuando él se lo propuso aceptó casarse. Mi amiga andaba por cuarenta años y comenzó a obsecionarse con tener un hijo. Solo que esta pasión tardía- por lo demás normal en una mujer fértil con los antecedentes que te cuento- nació después que un joven comenzó a trabajar como obrero en la casa de campo de la Sexta Región, una de las tantas que poseía el señor por todo el país. Allí se iban cada fin de semana con devoción religiosa. A veces iba ella sola o acompañada de algún hijastro. En la casa había dos domésticas peruanas, una cocinera pehuenche y un jardinero mayor. Al esposo no le interesaba esto pero desde que le faltaba la volvía loca con llamadas y faxes porque la idolatraba. La única condición impuesta por él fue que no tuvieran hijos en ningún caso porque no soportaría que quedaran huérfanos antes de conocerlos de verdad y no creía que otro retoño pudiera suplantar la pérdida de ella. Para ese momento ella compartía sus criterios. Pero cayó en los brazos del joven, arrebatado igual por tener un hijo con ella. La contagió, imagínate, milindo. Y armaron la trama. La “trampa”, si quieres. Con setenta años, el esposo tenía potencia relativa y hasta podía considerarse un buen amante. Sabía que podía gestarla fácilmente, de modo que esa noche lo llamó a la terraza superior de la mansión de Lo Curro para darle un ultimatum. O tenían un hijo o pedía la nulidad. Entonces él le confesó su secreto. Unas paperas inclementes tardíamente medicadas le habían dejado estéril cuando buscaban una niña. Podía permitirle que acudieran a un banco de esperma y eligieran las características del donante, su salud impecable y se inseminara y tuviera al hijo. De todas maneras nunca conocerían al padre y ya verían a la hora de dar explicaciones. Mi amiga comenzó la carrera actoral. Al fin pudo dejar de usar los anticonceptivos que él le exigía en su mentira y que no eran otros que el famoso gel americano que yo le daba. Me encargué de que fuera gestaba con semen guaso en el Banco de Esperma pero abortó el quinto mes porque algo impedía a su útero soportar al feto mas allá de ese tiempo. El obstreta no recomendó un segundo intento y mi amiga perdió todo interés en el semental de Pichilemo. El esposo se dio cuenta que a partir de ahí no fue más que un cadáver a su lado. Poco después el amante fue despedido porque se ausentó una noche en que se perdieron dos caballos de raza y mi sufrida amiga se marchó donde sus padres en Valdivia, ciudad en la que creó una Fundación de Caridad mantenida hasta su muerte poco antes de la de mamá. Dicen que en su tumba el epitafio cierra con la palabra Santa. Porque, milindo, todos los santos no tienen por qué tener un pasado impoluto.
Liturgia.
No creas, también he pensado alguna vez en el suicidio. Lástima que ello sea parte del romanticismo y del siempre asombro con el misterio de la muerte. Tenía veintiséis años cuando uno de mis enamorados me dice que no puedo acompañarlo al aeropuerto porque llegaba sus esposa. Enloquecí porque me estaba enamorando y desconocía eso. Es un enamorado sin estela y puede quedar sin detalles, milindo. Pensé quitarme la vida pero antes de hacerlo decidí visitar a una iglesia para desahogarme. Me tocó un cura joven y me dio verguenza confesar lo que me pasaba y más aún lo que pensaba hacer. De pronto el padre, guapísimo- parecía el padre, el hijo y el espíritu santo, que dios me perdone- deja de decir “sigue, hija, sigue” y me abraza y aprieta y acaricia toda y me besa a la fuerza. De alguna manera logro escapar de sus sermones de oyente encendido. Pero no he acabado mi confesión y mi cuerpo siente algo inusitado, así que regreso al otro día. El suicidio podía esperar si sería para toda la vida. Mientas espero- también hay colas en los lugares sacros- oigo decir cómo otros curas confiesan tocando y palmoteando la carne joven y cuando entro se lo digo. El curita propone separarnos de esos lugares"blasfemos y paganos” porque eso “está muy mal”. Aún pienso que está arrepentido de lo de ayer. De modo que me lleva a una capilla ardiente con sus coronas y su féretro y pide a los deudos que abandonen el lugar porque hay confesiones “que tienen que hacerse a la vera de la muerte digna, en silencio y soledad absolutas”. Nada mas quedarnos solos se repite lo del día antes pero con mayor intencidad y menos resistencia de la aspirante a mártir. Mi alma quería escapar pero a veces las almas tienen poco que opinar ante los designios de un cuerpo explotado. Todavía puedo ver a los familiares del muerto mirándonos mientras me arreglo el pelo e imaginar los retortijones de aquel en su cajón sagrado. Aleluya, Dios mío. Al domingo siguiente le pedí a mamá que me llevara a misa. Asombradísima por esta petición, muy amorosa y galana, me lleva. Me iba preguntando en qué iglesia de Dios me había metido y recordaba las historias que me contaba una amiga profesora del Decamerón y no dudaba en que había sido “confesada” en el sitio de Satanás. El fauno con hábitos despotricaba contra la inmoralidad. No fui más. Así que me queda una confesión a medias y un suicidio inconcluso. Pero Santiago es chico, milindo. Nos encontramos poco después en la calle. Conducía un Huevito que le regaló una beata, algo así como una motomóvil con techo. Le acepté un picnic a la mansión católica de los suburbios orientales, una especie de Castelgandolfo en miniatura. Para qué seguir, si me besó hasta la sombra. Un buen día debo ir a un almacén porque es allí donde parece hay algo que necesita mamá. Un grupo de mujeres hablan de cierto cura joven y guapo, amante supremo y en cuyas manos han caído todas. Porque parece que el celibato no lastra el concepto de libre albedrío si este se practica a puertas cerradas. Solo que las puertas fueron creadas para estar abiertas. Un sábado le llamo para decirle que el domingo no iré. Por qué, inquiere. Porque mañana te pediré, fuera de tu iglesia, que te cases conmigo. Jamás le vi. Mi cuerpo está tocado, milindo, también por los santos óleos.
Ambiente de casa.
Los otros- y los extranjeros- me han tratado mal en esta casa (eso creen ellos) por su complejo de inferioridad y por mi indiferencia. La señora y su amanuensa porque carecen del garbo que me sobra. Tú eres otra historia, milindo. Tú eres la suma de todo y de todos, un cura con sotana deportiva para quien la liturgia es folklore y los enredos de la carne son algo por investigar en los cubículos de la Duda, tú eres ese descomprometido que has firmado los papeles que te atan al libre albedrío como tiene que llevarse.
Epitafio.
No pude estar en La Dehesa para cuadrarme ante Mi General. No estoy orgullosa del conato de los sexos en La Moneda. Pero tampoco desorgullosa. Mi corazón estuvo donde no pudo mi cuerpo. Se acabó la huelga médica pero no me he chequeado. Me faltan clientes y no sé cómo he de pagar la renta. El Diputado está de gira. A veces no puedo controlar el sfínter y tengo sueños raros donde mamá es solo una sombra chinesca con una mano movida en el aire nublado de la Nada. Y tú, milindo, chuta, no sé de que cresta sustancia estás hecho y mucho menos de que Poder hablo cuando te nombro.
Hasta la leyenda de mis fábulas.
Diciembre 9 del 2006.
Providencia.
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.
Luis Eme Glez.
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