Me gustas cuando sueñas porque estás inausente.
La esposa del catedrático dijo esta vez es para siempre y no es una frase hecha.No te niego mi amistad pero te quito mi cuerpo. Sabes que estoy localizable y dónde. Desde el auto él sintió el bocinazo y salió al porche. Un resumen en tu correo. Sin agravios. El Peugeot se perdió y lo último que vio fue el Puente de la Escuela Militar recortado contra los cerros del sur entre la niebla del amanecer. Las letras góticas, azules y pequeñas, ladraban su verdad en la pantalla de la IBM. Detesto la palabra Todo pero déjame emplearla por última ocasión. Todo me lo diste, nada me negaste. Para ti ambos vocablos son algoritmos y están ceñidos a tu praxis. Mis labios todos están secos. Mi cuello se olvidó de manos de hombre. Mi ombligo exilió sus latidos. Las vibraciones de mi cuerpo quedaron en la remota elocuencia de unos nervios lastrados. Entre mis piernas anidan las telarañas del dolor y mi clítoris es apenas un cuerno que no muge y estoy desglandulada y seca. Haré un monumento equino a tu indiferencia y te desrecordaré la suma de mis noches. No es que no me hayas dado lo anterior. Es que me lo negaste. Si pudiera odiarte sería por eso. Sé que te seguiré viendo en cada plana internacional y alguna vez asistiré a la Buena del Teorema que gestas en algún lugar de tu intelecto. Me alegrará. Revisaró el correo para ver tu síntesis-respuesta. Pero puedes apostar a que estaré buscando tu firma discordante, esa que me desatará de un matrimonio soso, signado por tu semen y la voracidad de mis ovarios. Como sabemos muy bien que el respeto no es amor, no digo más y callo. Excepto que la niña es de ambos y disculpa la cursilería. Cuando ella llegó a la otra casa de la playa su correo estaba listo. Vínculo disuelto. Y una palabra. Correcto. El sábado se fue al fundo de su abuelo y cuando bordeaba el lago la dulce iridiscencia de las aguas le hizo llorar. En un final nunca pensó que el matrimonio fuera para siempre. Un matrimonio para siempre no es mas que la suma de varios matrimonios parciales para nunca. Que me perdone el Padre por no haber podido cumplir la tierna letanía que juré a su vera. Hasta que la muerte nos separe es una frase que se pronuncia de pie pero se piensa en la mas descabellada de las horizontalidades. Perdón. Por lo menos no mató la benévola humedad de mis ojos de mujer. Despierta, hija. Sé que estás llorando, mamá. Pero no se trata solo de llorar, niña. El piano llegará, descuida. No lloro por eso, mujercita. Cuidado mamá, un burro. No me hagas reír. Mas allá de los lagos las araucarias quemadas hacían desolador un paisaje de ensueño. Tras los árboles mustios otra vez la vegetación y la casona minimalista que había diseñado el amigo de Niemeyer. El piano de cola llegó el martes y los guasos con jeans y poleras verdes lo trasladaron hasta el pequeño valle intracordillerano de la costa donde estaba la cabaña que construyó el bisabuelo como escondite en las ingloriosas épocas de los asaltos piratas desde Chiloé. El jueves se fue con dos completos, tres empanadas y una botella de vino casero a tratar de concluir de una vez su propia versión del Himno Nacional y ver de qué manera lograba redactor esa historia macabra de la prima que aseguraba tener introcido el miembro de su esposo muerto y que además estaba encaprichada en tener un embarazo único. Era su única oportunidad de convertirse en compositora o novelista. Podía publicar cuando lo deseara. Pero quería trascender y sabía que aún su prosa no estaba lo suficientemente pulida como lo estaba la composición musical . Tienes dieciocho años, acabaste la Media y tienes la inteligencia de tu padre. Ahí te dejo, sin charlas huecas ni consejos inútiles. Todo vale excepto un vientre hinchado sin plan. Si no me llamaras por algo el Doctor llega en la tarde. Si fueras al río, ten cuidado porque hay pirañas. Las trajo Fabricio del Bajo Amazonas y aunque les cuesta adaptarse aseguran que ya se han comido doscientas reses. La inteligencia de mi padre y el fuego infernal de quien sabes. Los fuegos no son infernales, no seas pesimista. Se fue en una Mountain Bike y los gallos del Doctor cantaron su requiem por el arte. De espaldas, pedaleando, parecía una mujer cansada en los Puentes de Madison. Pero cuando dejaba las piernas tranquilas en los pedales no era mas que la profesora de música que jugaba con las teclas como con un abanico de besos y soñaba con versionarlo todo tras el influjo rebelde de sus dedos. Cuando la chica entró en su correo había una palabra en caracteres romanos. Cuídate, linda. Escribió descuida y cerró. A esa hora se imaginó al padre con su Barbie de silicona en la azotea. Aspiraba a ser Química Farmacéutica y los sucedáneos no eran una buena opción. La sociedad estaba tan horrendamente civilizada que los académicos de todas las lenguas reunidos en un fiordo noruego el latoso otoño pasado habían decidido borrar una palabra del esperanto. Imposible. Su amigo predilecto, el hijo del banquero cantábrico, se lo había dicho. La Barbie se corría como cordera en celo y los derechos exclusivos de sus quejidos espasmódicos habían sido adquiridos por Ana Kurnikova ante la indiferencia proverbial del que tuvo una experiencia religiosa. Sin embargo, aún para ella la civilización occidental no pasaba por la adquisición de un Súperman de plexiglás. Cinco años luego tal vez la carne pudiera dar paso al artificio. En lo inmediato sus hormonas eran terriblemente gatilladas por la carne hecha hueso en el momento justo. Se estrujó sobre la tasa del hinodoro como en una danza mahorí y supo que había acabado. Mis padres podrán ser incompatibles pero jamás me enseñaron que cagara otra cosa que no fuera la misma mierda de todos. Mientras halaba la cadena vio reflejado su trasero moreno en las aguas inquietas y arremolinadas. Parecía una medusa desayunando corales en Juan Fernández. Y pensar que ya no es virgen. Pensar que ya no es virgen porque fue consumido y usado. Pero si me atengo a la opinión autorizada de la doctora belga una mujer no ha sido desflorada mientras no haya sido poseída por un falo de al menos doce centímetros. Soy, pues, doblemente virgen. Lo juro por los futuros teoremas y las futuras ecuaciones algebraicas de papá. Lo juro por los sagrados dedos de mamá buscando el sueño inconcluso de renovar el Himno Nacional. Juro por cada una de las pirañas del río que solo introduciré en mi chauchera un peso que pase de esa medida. Que me perdonen las doce tribus y los doce apástoles y mis doce abortos, pero detesto al número doce con odio de profanador de horóscopos. Entró otra vez al correo del padre. Papá, mándame una de tus reglas asirias. Dos horas después leyó la respuesta. Está en el tercer compartimento de tu bolso, princesa. Menos mal que no está en el compartimento doce. Que el catedrático se hubiera desprendido de aquella jolla de museo adquirida en un remate matemático en Ovalle el año antespasado era, mas que muestra fehaciente de su amor de padre, condescendencia de hombre que sabía. Por la noche asomó tarde la luna y una lechuza se posó en el cordel de la ropa. Llegó a la ventana. No había luz en la residencia del Doctor. Midió muy bien el consolador.Once centímetros y medio. Lo metió en el vaso de mantequilla y lo chupó con placer de walkiria lésbica agregando su saliva joven al grandioso universo de las lubricaciones gélicas. Empujó sus pezones y lo deslizó entre sus pechos, bajando lentamente hasta el ombligo floral, valle de piel con tal capacidad erógena que había pensado regalar una idea a su madre relacionada con una historia erótica que tenía en mente. Haciendo círculos bajo la gimnasia inconciente de sus caderas fue cerrando la elipse y empujó el botón. Como si un caballo de una sola pata trotara un átomo de su vientre y controlando el galope siguiera bajando hasta no poder mas con el juego y entrar, de sopetón, en el húmedo corral de su destino. Demasiado pequeño para ser usado dos veces lo tiró al hinodoro, donde las aguas, ahora, se burlaban de su desazón, nadando la quietud de la media noche. El Doctor estaba en la azotea mirando un tubo de ensayos cuando ella pasó hacia el río. Movía la cabeza como si no pudiera encontrar la diminuta partícula que esperaba conquistar esta primavera. Zarandeaba el tubo y ella pensó que se trataba de un termómetro gigante y que tal vez el hijo tendría fiebre. Hace demasiado frío y se perdió el sol. Recuerde que son aguas semitermales, Doctor. No lo creas. Se trata del calor que dejaron tus antepasadas con sus falsas bacanales en nombre de la medicina. Chillán queda muy lejos. Lejísimo. Me arriesgaré. Deja dormir al niño. Estoy hablando bajito. No, el niño está en el río. Es verdad que hay pirañas. No es cierto.Las pirañas odian el olor ancestral a entrepiernas. Pero hay camarones negros y les encanta enredarse en los pubis jóvenes. Tendré cuidado. Dile al niño que te de un chíclet, llevó doce. O más. Ella sabía que el Doctor trabajaba desde hacía años en una vacuna contra el dolor de uñas encarnadas y apenas había logrado una pomada amarilla para aliviar resfríos de verano que nadie quería producir y por tanto no podía patentar. Pero le deseaba suerte. El Doctor trabajaba por hobby. El Museo Clandestino de Momias Preincaicas lo tenía cotizando en la Bolsa de Pom Peng con alzas constantes bajo pantalla de industria salmonera. Había unos escalones de piedra que bajaban hasta el lecho del río que allí era una gra poza playa rodeada de vegetación enana en las riberas y mas allá una foresta compacta que a duras penas dejaba pasar al sol. Miró antes de poner el pie en el primer escalón y antes de pisarlo observó al río. Regresó el pie, se apoyó en una rama baja y se detuvo en el niño que estaba bocabajo con las manos extendidas y la cabeza rubia en el alero de las aguas. Parecía un nadador posando para la versión femenina de Sports Ilustrated y también un águila guagua planeando a ras de suelo. También parecía un anticristo descrucificado pero decidió obviar la imagen. El niño tenía, según su padre, doce chíclets o más. Era un cuerpo infantil pero a la distancia podía ver como sus músculos se organizaban luchando por madurar y establecer las formas definitivas. Un hermoso querubín hombre que no veía desde el año pasado cuando una uva verde se trabó en su garganta y el Doctor necesitó un alicate de electricista para extraerla del fondo del esófago. Esa tarde él vestía una trusa blanca con arabescos café y se le marcaba un paquete tan asombroso que ella pensó se trataba del resto de las uvas. Olvidó el atragantamiento pero aquel bulto posible debajo de la tela horadó su memoria por el resto del año. Ahora él estaba bocabajo, habían pasado doce meses y no tenía interés alguno en contemplar su lindo trasero asoleado y húmedo. Porque sabía que el interés se pierde si del otro lado de los sueños no espera un atolondrado animal de galaxia listo a perforar los mundos por venir. Solo conque el chico se voltera estaría en el centro mismo de los sueños. Desde el farallón no se veía la casa del Doctor y se pensó la bella gringa repitiendo una escena de la Isla Azul. Brokie Shields tropical. Bajó deprisa y le miró de pie. Los homóplatos se movían al compás de la respiración saludable y a veces sus dedos arañaban, como al descuido, la piedra arenisca de la orilla. Nada más. Se sentó a esperar que despertara. O se voltera, Muchas veces detuvo su mano en el camino casi irresistible de la caricia. Es un niño con ínfulas de hombre. Un hombresito dejando de ser niño. Del otro lado estaban los chíclets, regados en la hermosa desbandada del desenfado. Los contó. Había veinticinco y era un buen número. Enseñada a no tocar lo ajeno los dejó allí como si formaran parte de la vacuna que buscaba el padre. Eran chíclets de manzana y la etiqueta decía que habían sido fabricados en Groenlandia sin patente estadounidense. Lo que no importaba. El niño no despertó ni se movió. Y ella, renuente a romper el embrujo natural del póster, se marchó a esperar su segunda oportunidad sobre las aguas. En un final, acababan de empezar las vacaciones y la poza esmeralda seguiría siendo el escenario donde se librarían las batallas futuras con el chico bocarriba. El Doctor estaba en el patio fotografiando mariposas gigantes argentinas recién llegadas para el apareamiento. Qué tal los chíclets. Está dormido, creo que muerto, por qué me dijo que eran doce. Solo una divagación con el cénit. Sueña con ser hombre. En cualquier minuto cumple doce. Lo viste arañar la arena. Sí. Ves. El primer síntoma de acariciar espaldas hembras. Cómo será el síntoma final. Cuando se levante y deje una huella hollo bajo su cuerpo. Entiendo. Te gusta la fotografía. No, me gustan las mariposas, qué grandes son. Argentinas, de Jujuí. Me regala una ampliación de trece por veinticinco. Vale, mañana. Gracias. Si decidieras acostarte con alguien hasta dónde llevarías la edad. No sabía que la edad se llevaba. A cuestas y pesa demasiado. Te acostarías con un hombre de más de cincuenta. Sí, a dormir la siesta. Y al despertar. Le limpiaría la baba y le dejaría una nota chao abuelo. Mas que darte a luz tu madre te clonó. Por qué no me deja, mejor, imaginar hollos en la arena. Bueno, queda en casa. Para qué fotografía maraposas. Fotografío mariposas, con i. Sí, deben ser una especie de dinosaurios australes. Sé para que lo hago. Le dejo esta tarjeta. Mientras se alejaba el Doctor leyó. Clínica Siquiátrica Collaique, atención gratis Fonasa. Cuando la chica cerró la puerta veranda, el Doctor bajó hasta su trasero enfundado en pesqueros deshilachados color tortuga lacustre y sonrió. Recordó entonces la desnudez del hijo cuando debió corregir dos músculos del prepucio de su pene para hacerlo un judío legalmente sano. Y no la compadeció. Al otro día, ella esperó, mirando por algún resquicio de la ventana encortinada, que el niño saliera. No había hecho otra cosa que leer la revista Selecciones en la sección de chistes. Sobre las cuatro brotó del porche con una toalla hawaiana enroscada en la cintura, descalzo y con una gorra sin copa y de vicera azul. Caminaba como Pinochet antes del zarpazo y le pensó de cinco pies seis pulgadas. Demasiado desarrollado aún para tener sangre polaca y fibras judías en su cuerpo de ninfo helénico educado bajo la batuta del hombre de Santiago especialista en temas griegos. La toalla vibraba como todas las toallas sin enseñar nada del otro lado de los sueños. Pero ella esperaba que debajo anidara una adorable anaconda de Cordillera de la Costa. En medio de la tricotomía del espejismo niño hombre recuerdo ella no experimentaba nada libidinoso. Solo curiosidad lista a la descarga con el menor motivo. La chica vivía el irresistible encanto de la espera pautada. Media hora después salió y se detuvo en el farallón. El Doctor no estaba aunque el enjambre de mariposas casi impedía ver la mansión. Ojalá no fueran mariposas, me recuerdan demasiado la novela de Gabo Márquez. Perdón, son guaguas de dinosaurio. El niño nadaba con fuertes brazadas hacia Oriente y regresaba con estilo pecho al sitio de dormir bocabajo. No salía del agua ni nadaba de espaldas. Solo se ponía a su nivel y retornaba al ejercicio. Ella deseaba que saliera, se tendiera y y se volteara para bajar y asistir a un despertar glorioso. Cuando el chico de los chíclets salió lo hizo caminando de espaldas y ella pensó que estaba rebovinando una cinta en cámara lenta en un aturdido viaje a la semilla. Se arrodilló, se acostó bocabajo y se quedó dormido. Desde arriba ella vio el filme anterior y para el momento en que decidió no se voltearía el Doctor dijo es hermoso, eh. Sin inmutarse preguntó qué es hermoso, señor. Mi hijo. Dónde está. Qué te ocurre. Nada. No me dirás que no lo miras a él. A quién. Al chico. Vengo para mirar las aguas tranquilas y a buscar bocetos en la corriente para mamá e imaginar mariposas inmensas revoloteando sin cesar, nada mas veo. Por qué no me preguntas qué más investigo. Tómelo como tal. Hay una variedad de abejas que polinizan pétalos de copihue desfallecido. Qué bien, se las donará a la ONU para la campaña Pro Africa, para qué sirven. Cuando violo a una niña engreída no queda rastro de AND en mi semen y borro toda memoria de la mujer objeto. Eso sí puede patentarlo quizás, tendrá mucha venta en Santiago Centro y en Alto Hospicio. Solo quería que lo supieras. Qué lástima, esperaba que me sorprendiera con algo terminal contra el Sida. Soy del Partido de Malthus. Sé quien era ese, no se equivoque. Lo sé. Le conseguiré una cita con el Instituto de Neurología de La Habana. No esperes que se despierte porque no lo hará. Qué jugo de balata le inyectó. La arena está demasiado dura para hacer hollos. Tiene que llover hoy mismo. La chica miró al cielo por entre el poco epacio de las hojas. Se ve bueno el tiempo. Lloverá pasado mañana al amanecer. Extrajo una bolsa naranja del bolsillo trasero del short deshilachado. Se la mostró. Sabe qué es, Doctor. El Doctor la auscultó como si reconociera a un páncreas. Una bolsa con hormonas estimulantes. No, Doctor, se trata de un gas seximógeno que fabrican los chinos para controlar la natalidad y se usa, además, contra desalmados que pronostican el tiempo como pitonisos impotentes. Anote estas direcciones en Viña del Mar y pregunte por sus efectos. Dos bolsas por tres drogas. De verdad que lloverá pasado mañana. Con absoluta seguridad. Cómo lo sabe. Me pican las axilas. Rásqueselas entonces. Te tomo la palabra. El Doctor bajó sus manos hacia el cierre y ella se volteó. Comenzó a caminar. Me gustaría vieras mis axilas. Tengo ojos en el trasero y las estoy viendo. Detesto las axilas de abuelos. Voltéese. Con la bolsa china. El médico guardó su instrumento y ella se perdió tras el montículo de piedras. Pero no se volvió por fidelidad. No quería asistir a la visión fantasmagórica de otro miembro que no fuera el animal de arena que escondía el niño de los chíclets debajo de sus espaldas olímpicas. Puso el reloj para las seis. Era pasado mañana y debía llover hoy. Se fumó un Visceroy, se masturbó sin orgasmo con la ducha de teléfono y se sentó en la ventana a esperar el alba. Cuando fue técnicamente de día estaba nublado. Mientras desayunaba huevos con cecinas de Antofagasta y Pepsi embotellada en Bolivia apoyada en el marco de la ventana sintió la humedad del aire. Y enseguida las primeras gotas de la estrenada primavera. El goteo se mutó diluvio y a lo lejos algunos truenos despistados cumplieron su viejo oficio de seguir a los relámpagos. Se vistió con el traje de baño que le ragaló el hijo del banquero. Una diminuta tanga californiana negra con ciruelas naranja. Mas qué hilo dental se trataba de hilo púbico y cuando miró la tenue frugalidad de sus pezones apenas cubiertos se sintió corista malaya y vedette neoyorkina y nudista carioca. Entonces escuchó el golpe de la puerta en la casa del Doctor y vio al niño que salía haciendo ejercicios y contorcionando el torso como un Jim Kelly efebo al sur de su destino. Iba desnudo y ladeado y ella no veía nada como no fuera a la lluvia empapando su cuerpo esbelto recién crecido. Dos horas después aún llovía y ella estaba a su lado esperando el despertar último repitiendo la escena que ya duraba casi una semana. El niño levantó las nalgas y se apoyó en las manos y en la punta de los pies. Miraba a la tierra con fijeza de cirujano austríaco. La chica bajó la cabeza buscando el promontorio fálico despreocupada porque sabía que él solo vivía para el ritual de la iniciación. No vio nada y se irguió. Eso le perdió la imagen brillante que se despegó del vientre y se hizo túrgida y recia como una barra de titanio enriquecido. Lentamente se dejó caer hasta quedar paralelo a la arenisca de la orilla. Permaneció inerte durante tres minutos. Repitió el juego de la expresión corporal y se dejó caer de nuevo. Ella observaba su cabellera suelta y estaba segura de que esta vez sí iba a ocurrir. Yo también sabía que llovería. Yo igual. Te lo dijo papá. Sí. Le creíste. No. Trajiste la regla prehistórica. Sí. Voy a correrme. Para que mire al hollo. En eso sí creíste. No. Mira. El chico se corrió sin voltearse o darle la cara. El centro exacto de su estatura estaba hollado como si Jack Niclaus se dispusiera a recoger un tiro perfecto. Ella pensó que se trataba de la maqueta dejada por un perforador artesiano. Perfectamente cilíndrico y escandalosamente profundo. Se ablandó la tierra. Si es tan dura como dice porque debiste esperar por las lluvias. Se trata de un rito real, de una Iniciación Preatacameña, papá trabaja en un Tratado sobre el tema que piensa publicar en mayo la Editorial Sexoguara Mondadiro. Me daba la impresión que era cosa del Griego. No, ese hombre es otra cosa y todavía no sabemos en verdad por qué está para la India. Siempre supe que estabas ahí pero no podía violar las reglas. Tampoco violé las mías. Eso es bueno. No es un rito. Lo sé. Cuándo te voltearás. Ahora. Tenía la boca fina y los ojos almendrados y bien delineados labios. Era, sin embargo, un tipo interesante, recordable, atractivo y de nariz normal. Para este instante ella no sabía si estaba dejando de ser niño, era ya un hombre o pasaba por una simbiosis sin explicación. Su rostro y su cuerpo se modificaban con urgencia con cada minuto que transcurría como si fuera presa de algún efecto especial salido de la mente privilegiada de George Luckas. Bajo su ombligo una peluza de choclo y un gran valle de lana púbica en desarrollo constante. Entonces lo miró. Separa los muslos. La protuberante culebra se liberó de sus prejuicios exhibiendo un gran manojo de arterias porfiadas y venas tormentosas que arropaban a una maraña de nervios de grosor impresionante. Es como un hilo curado de volantín observado desde un primer plano con cámara de aumento. Pensé que lo primero que escucharía sobre él sería menos deportivo pero no deja de complacerme. Entonces piensa que la veo como un gasoducto recién terminado con cabeza de boa de aluminio. Eso está mejor, saca tu regla de medir y no esperes que doble el tamaño. Era una regla babilona de treinta sestercinios que era el equivalente del centímetro stándar, según la opinión de su padre. Apenas sobraron una líneas. No intentes exitarme hasta las doce y un minuto. Faltan seis minutos y quiero que te desnudes. La chica se desnudó sin pararse. No siento nada ahora. Imagino. Tómala, así es el ritual. Ella la tomó sin deseo al principio. A las doce todo intento manubocal había fracasado. Era un magnífico animal en reposo esperando por la consumación del rito. Suéltala. El minuto restante fue una contorción del cuerpo joven como si le recorriera un orgasmo sublime, una delimitación definitiva de las formas adultas, otra sonrisa terminal. Cuando ella salió del ensismismamiento él estaba erecto como las columnas de Trajano y duro como los palafitos de las Islas y ella abrió los ojos hasta el dolor como si solo así pudiera mirar al mundo nuevo que la sorprendía esa tarde bajo la lluvia pronosticada por un agorero de escalpelo, cámara y nigromancias turbulentas. No tienes que medirla así. Por qué. Cuántos chíclets eran. Veinticinco. Bien, que edad crees que acabo de cumplir. Ella no podía dejar de decir doce y lo dijo. No, doce y un minuto. Ella le besó la corniza y sujetó la base como si se apoderara de la empuñadura de un sable samurai. El Doctor estaba haciéndole la autopcia a una hormiga de Neuquén en la azotea cuando ellos pasaron cogidos de la mano. El chico se volvió antes de entrar a la casa de la chica y saludó al padre con los dos pulgares levantados. El Doctor devolvió el saludo pero miraba hacia la casa con una mirada indefinida. Luego bajó la cabeza y empezó a suturar. Tienes una mancha oscura en el perineo. Sí. Tienes un clítoris pequeñito como lengua de colibrí. Sí. Tienes un lunar apaisado entre los pechos, del lado izquierdo. Tienes un dispositivo intrauterino. No, me falta desde antier. Tienes una muela tapada con platino enriquecido. Sí. Tienes un piercing de oro en el labio menor derecho. Sí, Díos mío, cómo cresta sabes todo eso. Eres exquisita y única. Forma parte del rito inicíaco. No, se trata de lo antiritual. Es demasiado para una sola tarde. Entra, que está lloviendo. Está bien, pero cómo puedes saber tanto de mis intimidades. Pregúntale a mi padre.
Septiembre 21 del 2005.
Providencia,
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.
Luis Eme Glez.
..por qué no acabas de admitir que estás remat
ReplyDeleteadamente loco?.