Thursday, March 24, 2011

Entrevista con la flamenca.-(3)


                                          ...rechazar el Poder.

El ciudadano nicaraguense que vende boletos de la Polla Chilena de Beneficiencia no estaba en su local de Rancagua con Bustamante. No porque fuera lunes sino porque se toma el día que estime conveniente y solo suele ocurrir que no reciba salario. El periodista prefería llamar de un teléfono público que tiene sobre un mesón azul, pegado a la ventanilla de cristal, lejos de los compradores de sueños. Donde nada interrumpa las voces que llegan desde cualquier lugar de Chile a cambio de sus interrogaciones buscando un trabajo profesional tan onírico como un billete premiado. Esta mañana intentaba con alguien que ofrecía atender cabañas en El Quisco a nivel de puertas adentro. Aunque no era una pega profesional si  uno se atenía al eufemismo “estudios universitarios”, sí era una profesión con toda la dignidad que otorga recibir un sueldo ejerciendo una actividad decente. A las puertas de los cincuenta y con el sobre de los proyectos intelectuales lacrado con jugo de caucho sintético no le desagradaba comenzar una existencia bucólica a la orilla del mar ejercitando los músculos para que pudieran responder a las exigencias futuras del laboreo del intelecto no renumerado. Entre la magia de Isla Negra y las locaciones de los filmes monumentales el fantasma cierto del antipoeta recolectando memorias imperecederas era una invitación a los saltos mortales desde el aeroplano de la nada.
Flamenca no estaba ahora tras la cebra metálica de la puerta velando la rebeldía hormonal de la perra. Sentada en la escalera se acurrucaba contra la pared huyendo de algo que rodaba por el muro frontal.
_ Esa araña- dijo.
Donde señalaba solo había un hueco en desuso de un enchufe olvidado. Y el amarillo ocre de la pared. Como dijo “araña", el periodista observó el rincón y vio a los niños de ingreso convalecientes de sus picadas.
_ Casi en el piso- insistió.
La araña parecía algún organismo unicelular de los tiempos pre Big Bam mirada desde el espejo del telescopio de Monte Palomar. Se acercó para descubrir sus patas, restos de medusas muertas en las aguas iniciales.
_ Es de rincón?.
_ No sé, pero todas son peligrosas y tienen veneno.
El periodista no compartía esa opinión. Jamás oyó decir de arañas venenosas que no fueran de rincón y eso había ocurrido en Chile. En su país solo la peluda era temida pero no creía su picada fuera letal. Recordaba a uno de sus tíos ofreciéndose de pista de carrera y al bicho negro caminando su cuerpo con sus pasos pesados de tentáculos curvos perdiéndose en la yerba mojada mientras la familia se persignaba o sonreía.
_ Voy a matarla- amenazó la Diva.
_ No fastidies, mujer. Si apenas se ve y seguro vive en el enchufe.
_ Puede picarme y me afecta demasiado. Incluso es capaz de saltarme encima.
Aún estaba de pie con la bolsa de las compras en la mano. Comenzó a subir los escalones. La araña iniciaba la ascención de la pared. Iba para el enchufe.
_ Mátala- ordenó.
Mas allá de la didáctica de los canales de Cable relativos era amante de la Naturaleza y por tanto salvador de las especies. Había aplaudido con creces la hermosa sorpresa de la bahía sureña y sus ballenas azules nadando en el santuario elegido.
_ Ni por los encantos de tu cuerpo de sílfide cometeré un arañicidio.
_ Oh, milindo.
_ Verás.
 Extrajo su llavero y seleccionó la mayor de las llaves. Como si fuera a clavar una banderilla apuntó debajo del bicho y lo empujó al norte de la pared. Obediente se dirigió a su casa en el refugio olvidado del enchufe. Se volvió para decirle “ves” y por nada chocan los rostros porque Flamenca, aparentemente agradecida, se había parado y estaba lista para contar una historia de arañas. Casi acorralado se quedó contra la pared, con el hombro sobre el escondite de la araña. Pero ella no lo advirtió.
_ Espérate, milindo, que estuve a punto de perder este ojo- con el dedo índice circunnavegó su ojo izquierdo.- Una picada en la base de la nariz que me afectó por reflejo. Apenas veía, me mataba el ardor y  se puso tan rojo que  parecía una cereza madura.
_ Cómo sabes que era de rincón?.
_ No, si no sé. Es que son venenosas, te inyectan el veneno.
_ Tienes que ser alérgica.
_ No, para nada. Te digo que son venenosas.
Letanía con picada de araña. Buen título para obertura de músico clásico aficionado a los insectos.
_ Ojalá el nuevo Gobierno ordene construir, tanto como casas antisísmicas, casas redondas.
_ Y eso para qué?.
_ Para que se acaben las “esquinas”.
_ La otra picada fue aquí-. Se ladeó y  pasó la mano por una zona indefinida entre la cadera y la rodilla derecha.- Se te ocurren cada cosas, milindo…
_ Dónde? - inquirió.
_ Aquí, poh.-. Ahora la mano marcó su territorio pero él deseaba escuchar que lo nombrara.
_En la nalga.
_ Ah.
_ Me inyectaron para extraer el veneno. Cuando digo que eres malo…
_ Doctor o doctora?.
_ Un doctor.
_ Te desinoculó por encima de la ropa?.
_ Cómo se te ocurre?.
_ Se me ocurre.
_ Con la falda levantada.
_  Cómo pudo soportar la visión de pera madura ofrecida a sus ojos clínicos?.
Flamenca sonrió con la risa satisfecha de las Divas que necesitan ser piropeadas pero que quieren marcar una barrera en la pista de la confianza. Sin embargo, como toda Vedette, sabía que existen cosas inlogrables.
_ Qué hombre no envidiaría a ese doctor inyectando tus nalgas.
_ No hables alto que pueden oírnos.
_ Que pueden “oírte”, querida.
_ No veo por qué podrían envidiarlo.
_ Se trata de un hombre clavando tu trasero, Dios mío.
_ No, espérate, que eso me recuerda al hijo de Yarur.
El periodista escuchó “Yarur” como asociación porque no había acabado la disgreción médica.
_Nunca pensé dedicarme a las ciencias médicas pero después de esta ensoñación glútea viviré de las nostalgias imaginadas.
Flamenca se pegó a su cuerpo y solo en el último instante separó su mano venuda de su tórax. La conocía tanto que la supo vulnerable hoy, abierta a los montones de historias que le faltaban por contar. Así que  intentó sentarse en el último escalón pero ella comenzó de pie. A esa distancia tan certera no era mas que una mujer frizando los sesenta en combate perpetuo contra las hordas que intentaban romper sus formas apolíneas.
_ Yarur- dijo.- Los “Yarur”?.-repitió.
_ Si, la familia árabe.
_ La “mata”?.
_ Por lo menos del Clan Yarur.
_ Affaire de faldas?.
_ Por ahí, milindo, por ahí.
_ Creí que habíamos agotado “hombres de tu vida”- bromeó.
_ No creas en lo imposible.
_ Otra vez tu afán de Poder?.
_ Tal vez, pero rechazado ahora.
_ Me sirve.
Flamenca acomodó su pierna lastimada contra la puerta. No necesitó de un levantamiento de cabeza ni de unos ojos cerrados pata traer los recuerdos.
_ Mi  modista y su marido planearon irse a la playa en el verano de 1969. Me invitaron y les acompañé con la condición de que me consideraran parte de la servidumbre. Porque ellos veranearían en la casa de playa de los Yarur a cambio de atenderla como agregados a la dotación habitual. Por tanto yo hacía lo que se me pedía- que era harto poco, realmente-  y pasaba casi todo el tiempo bailando y metida en el agua. Salía con una amiga del matrimonio. Los árabes apenas venían a la casa y cuando eso ocurría era en las noches, muy tarde, o a deshoras. Yo sabía quiénes eran pero los evitaba. No estaba en fase de cazadora de galanes ricos y solo me divertía. Los Yarur eran muy conocidos y hoy son una de las familias mas opulentas de Chile. Ni tan siquiera vivía la euforia levantada por la una y mil veces campaña electoral del Doctor tratando de llegar al fin a La Moneda. Una tarde regresaba sola por la carretera de la costa sobre los acantilados y siento que un auto viene detrás pero no acababa de pasarme. No tengo miedo nunca, sin embargo, aceleré. No desconocía la atracción que ejercía a mis veinte años y algo y tenía que eludir acosos todo el tiempo. Al fin el auto me alcanzó, me pasó y se detuvo delante. Se apeó un gran buenmozo y después de la conversación de rutina, el galanteo de oficio y las conocidas salivas de semental, me dijo que me llevaba para donde fuera. Pero, milindo, yo sabía quien era el apuesto chofer y por nada del mundo diría donde estaba alojada ni qué hacía. Mi orgullo es un orgullo extraño. Si el hijo de Yarur estaba intentando conquistarme como hombre obnubilado ante una belleza atardecida, desde que “supiera,” no desistiría, pero entonces iba a tratarse de intentar tomar a una mucama como parte de la dote familiar. Me negué con el pretexto de la caminata vespertina no sin antes prometer el siempre encuentro del mañana incierto. Por suerte mi amiga pedaleaba hacia nosotros y él se despidió hecho una mar de amabilidad.
_ Si  te divertías y no tenías nada que perder y el tipo era un melocotón con piernas, por qué el rechazo?.
_ No se trata de un rechazo técnico. Se trata de orgullo ante un hijo de papá magnate que jamás vería detrás de una conquista fácil. También se trataba de no estar ni ahí en ese instante.
_ Entiendo.
_ Fíjate que un día mamá recibió a  una persona que quería que conociera a alguien para ver un asunto de negocios. Acababa de regresar de la playa y de reintegrarme a la vida social de Santiago que me daba mi trabajo. Fui con mamá a contactar a  Don Alguien. Era un vejete pelado, con papada y con la conversación calma que luego haría famoso a Marlon Brando como el Padrino. Por algún motivo no cuajó el negocio y el abuelo logró que mamá le diera su teléfono por si “pasara algo en el futuro”. Sabíamos que no pasaría nada pero se lo quedó. A los dos días llamó porque quería visitarnos. Mamá tenía mucha visión de empresa pero no carecía de un magnífico corazón. El hombre había quedado choqueado con la hija y quería pedir su mano. Entiende, pololear con todas las de la Ley. Te repito, yo sabía qué provocaba pero aseguré que no pensaba en amores de momento porque tenía planes muy ambiciosos en el mundo de la alta costura. Don Corleone dijo que pondría el mundo de la moda a mis pies y sobre mi cuerpo y que nada mas tenía que pedir o sugerir. Para calmarlo le dije que lo agradecía y que lo tendría en cuenta pero que de momento solo estaba interesada en hacer comerciales para las cadenas de cine como rostro de la Tienda. Dijo que era amigo de Chaplin y que tenía acciones en Fox y que analizaba la compra de algunos cines en Santiago y en Beiruth. El acento conque hablaba el español y la mención de la ciudad mediterránea oriental me ayudó con el parecido que le venía encontrando con cierta cara reciente. De alguna manera nos zafamos del viejo verde pero tuve que aceptarle un regalo. Dijo que escogiera el vestido de mis sueños y que dispusiera de sus cheques en blanco. Lo prometí. Sabes, puedo negarme a ciertas cosas pero nunca a regalos caros sobre todo si son fashion. Ese fin de semana se apareció sin avisar y cuando abrí la puerta me preguntó de sopetón que si ya había elegido. Mamá le saludó como si se tratara de un hermano y lo mandó sentar. Me miró inquiriendo con su mirada oscura, dos ojos palpitantes bajo un par de cejas selváticas. Dije que sí si se trataba de su regalo prometido. Se trataba de eso, dijo, pero había algo más. Planeaba dar la vuelta al mundo en un crucero de lujo y ya que no le aceptaba como novio deseaba lo hiciera como amigo. No creo que ese año existieran las damas de compañía profesionales pero me sentí como una de ellas ante tal proposición. Porque hay hombres ricos en verdad imbéciles. Como si se pudiera escapar de la violación en la compañía de un hombre rechazado en medio del mar, en los hoteles, donde quiera que la resistencia sea nula. Porque cuando una mujer “actúa” en la felación está siendo violada realmente. Expresé de nuevo mis agradecimientos y aclaré que hasta las piscinas me mareaban. Mohamed sugirió el tour aéreo y antes de que pudiera exponer mi próxima dificultad para acompañarlo mamá dijo que padecer de vértigo era herencia familiar. Me preparaba para negarme a un viaje por tierra pero el señor se echó a reír con ironía y nos invitó a una de las grandes tiendas de Santiago, que por supuesto no sería la mía. Allí extrajo su chequera y dijo “elige”. Elegí una maxifalda verdeazul, con descote, y firmó delante de nuestros ojos. Qué apellido crees qué vimos?.
_ Cierto acento, cierta ciudad medioriental, cierto parecido, fácil.
_ El mismísimo padre, milindo. Pero este sí insistió hasta agotar “stoks”.
_ Descontando que no te gustara cambiar pañales, qué te lo impidió ahora?.
_ Eso y que el tour mundial no incluía a mamá en ese viaje.
_ Porque habría otros?.
_ Claro.
_ Qué diferencia con Pourcell en Portillo.
_ Pourcell era un caballero conquistador y una se daba cuenta que no pensaba en su dinero cuando galanteaba.
_ Cómo definirías a Yarur padre?.
_ Un...cómo se llaman los camelleros del desierto?.
_ Beduinos.
_ Me gusta beduino. Yarur senior era un beduino acaparador.
_Realizó el tour?.
_ Claro. Yarur no era hablantín, la voz de su billetera era palabra sagrada. Se llevó a una secretaria. Mas joven que yo.
_ Qué sabes hoy de esa familia?.
_ No mucho. Menos que de la de Pourcell. Solo sé que la historia familiar es de novela, que comienza en Belem y que es una zaga de éxitos. Que hoy mismo se codean con los Angelini, con los Solari, con los Piñera…
El periodista repasó en su mente algunos datos de los Yarur. Pero no los compartió porque no pensaba le importarían. Belem, Imperio Otomano, vida modesta con algunas tierras, desprecio por el Ejército como empleo seguro en épocas de guerras constantes. El sueño americano- porque también hay un sueño americano “del Sur”- y una madre enviando al hijo de diecinueve años a Chile encargado de su hermano de doce y una esposa dejada atrás con un niño de meses. Santiago no parece cosmopolita a un hombre que sabe de Estambul y de Jerusalem y donde parece los negocios no han de prosperar y decide marcharse a Oruro, en Bolivia, donde están los parientes de la madre y es posible comenzar a invertir. Pero Oruro y la Paz son muy altos y Olambi no soporta el clima y regresan a Santiago para construir el gran Imperio Textil que llegó a asombrar al presidente Alessandri. Vástagos ganadores. Con biografías curiosas. Amador expropiado por Allende porque "la Ley está por encima de la amistad" y Amador esperando a que Pinochet le devolviera lo quitado por el amigo. Jorge fulminado en 1991 mientras da el discurso que conmemora a la Asociación de Banqueros.
_ Pudiera ser Luis Enrique el chofer de la playa?.
_ No se, milindo, tiene que ser uno de los tres. O algún bisnieto.
 Flamenca descongeló la pierna enferma para reacomodarse contra la pared. El periodista simuló un movimiento para mirar atrás y vio a la araña descender desde su guarida. De modo que también se reacomodó para cubrir su descenso. Oyó como Muñeca ladraba al barullo de la calle pero la puerta estaba cerrada y la Bailaora tenía más en su mochila de nostalgias. Sin hambre y acosado, escuchó con interés, advirtiéndole que seguía contándole cosas perfectamente publicables.
_ No, fíjate que mamá arrendó una casa a un señor judío y por un capricho de obrera con ganas de ganar plata me vi involucrada.
_ Hablamos de su regreso de Estados Unidos y de los apartamentos regalados a ti, a sus hermanos y a los parientes cercanos.
_ Sí, espérate, que también le quedaron para arrendar.
Al periodista no le daba la cuenta a menos que hubiera equivocado la cantidad de casas adquiridas o que su valor le permitiera agrandar el número en aras de alquileres. Pro no dijo  nada.
_ Digamos, los años ochenta.
_ Epoca de viajes, un poco mas de turismo y los tiempos de mis contactos con las Compañías de Aviación, los militares y déjame decirlo para ti, los políticos.
_ Una beldad sobre los treinta que dominaba ciertas artes marciales y se vanagloriaba de poseer el máximo Dan en la cama.
_ Ni tanto, milindo.
_ Involucrada.
_ Un buen día el arrendatario mandó buscar a mamá. Fuimos pensando en escuchar alguna queja importante. Mamá siempre me llevaba con ella. No quería perder a un inquilino rico que había convertido la casa en oficinas. El Apóstol pidió que pasáramos y lo hice detrás de mamá. Cuando el señor me vio se quedó petrificado y se irguió en su butaca de cuero rojo. Mamá se sentó cansada de esperar el protocolo y le imité. La mirada del hombre se trasladó a mi butaca art noveu y me sentí la novia de Mauricio Babilonia espantando mariposas amarillas. Así debio ser la Mirada de Moisés cuando oyó la primera voz. Mamá dijo “usted dirá” y el hombre, sin dejar de mirarme, contestó “necesito una  aseadora”, “Para cuándo”."Ya mismo, señora”. Mamá agregó que se ocuparía de eso desde ahora y comenzó a despedirse. El hombre no dijo nada y cuando me volví aún me miraba con cara de súbdito de Abraham. En el elevador mamá me apuró porque temía nos pidiera el teléfono “por si apareció la aseadora”. Tenía razón, porque en la calle, entrando al taxi, escuchamos una voz grito que bajaba desde el piso diez. Salía de la boca del judío pero no le hicimos caso. Quizás porque no todas las voces que bajan de las alturas son importantes por muy judíos que sean sus locutores. Donde quiera que pueda ganar unos pesos ahí estaré siempre y aunque tenga todo el orgullo del mundo puedo arrodillarme ante un cheque en blanco o ante una orden de pago. De modo que le dije a mamá que no buscara a nadie porque yo le haría el aseo al judío en el tiempo que me quedara. Mamá me conocía muy bien y me tomó la palabra. Llamó al señor del décimo piso y le dijo que la esperara porque ya tenía a la mujer para la limpieza. Esta vez bajó al lobby y nos esperó sentado. Lucía impeque. Con terno y pelo engominado, cuando se levantó de su butaca parecía un primer actor en espera de la próxima toma. Ahora pudo distribuir sus miradas, tal vez porque los hombres nunca salen de sus obnubilaciones sino que cohabitan con ellas. Sonriendo dijo que esperaba se tratara de un chiste de mamá. Puedo asearle las oficinas si me paga, dije, con autoridad. Al fin lo asimiló y dijo que podía empezar al otro día. Era un hombre sobre los cuarenta, regio de verdad, pero prescindible, suponía. “Para qué nos gritaba la otra tarde”, preguntó mamá, solo para comprobar su hipótesis. “Me había quedado sin su teléfono”. “Y sin la posibilidad”, pensó mamá. Al otro día me presenté luego de una sesión de fotos publicitarias y le pedí las cuestiones. El cobro de la primera semana incluyo cien dólares de propina y casi mata de envidia a las oficinistas del pago que me dijeron que en años no habían recibido aumentos y mucho menos aguinaldos. Eran muchachas hermosas y decidí callar. Y me arrodillé, de pie, ante la Diosa Fascinación. Parecía que trabajaba con el Moro de Santiago. Como era una etapa en que estaba libre, acepté el flirteo de Salomón. Acosador nato sin harén, debí bregar duro para evitar la cama. En realidad no era su aseadora. Contrató a otra y me dejó labores de secretaria especial y su sueño era que abandonara el modelaje y me fuera a vivir con él. Lo que no quería decir que definiera correctamente mi status en caso de aceptar. Sería yo como una especie de amante complaciente, no sé, una aprendedora del perfecto arte que formaría a la futura esposa. Dije que estábamos muy bien así pero esa noche penetró en mí con ínfulas de fauuo insaciable quedado en la mitad del segundo empuje con una extraña flacidez que me sacó de juego donde era parte y no esperaba ser juez. Simulé un éxtasis total. El considero que había estado estupendo teniendo en cuenta que no hablé. Tal vez medio seducida no me importaba jugar a un juego sin árbrito. Déjame decirte que Mario Lipztak era un potentado de la Hotelería. Alguien con grandes proyectos inmobiliarios que traspasarían las fronteras.
_ Por lo menos era “potentado” en algo.
_ No seas malo, milindo. No estaba enamorada ni interesada y por tanto no me importaba. Lo tomaba como un “musical”, en tus palabras, pero un musical mas o menos serio por las características que tenía. No lo juzgaba, él suponía que lo hacía bien y me encantaba que me dijera mi “rica latina”. Poco suspicaz para este tipo de relación inevitable, nunca supe si estaba casado o si tenía otras. Teníamos una convivencia sui géneris y daba la impresión de que la aceptábamos como hecha a la medida. Estoy hablando de una impotencia parcial. No era infrecuente que perdiera reciedumbre en medio del acto ni que tuviera que acabar exitándose afuera. Si no podíamos recomenzar entonces  acudía a infinitas destrezas que no tenían que ver con su incapacidad sino que se trataba de algo innato en un fantasioso de primer nivel, algo así como la demostración de que un pene es importante pero no lo es todo. Mi placer no variaba porque yo no andaba buscando un maestro de lo “otro” pero no dejaba de celebrar sus mañas. Una madrugada, cansado de intentar levantar presión se la jugó con sus armas secretas. Parece que vio un gesto mío de resignación hastiada y se levantó y salió al balcón. Lo alcancé y mordí su boca judía y besé sus dedos bursátiles y acaricié sus tobillos. Pero no pudo evitar el llanto torrentoso y me separó empujándome tiernamente por los pechos. Me dejarás por eso, preguntó. Por qué, dije. Como un niño se acunó en mi regazo y siguió gimiendo. Tú sabes, agregó. No sé, aseguré. Acababa de comprender que yo lo quería suficiente como para mentir muy bien pero que era incapaz de mantener una charla de esa índole. Vamos a la cama, pidió. Entonces me hizo el amor tres veces mientras me decía “quiero que te vayas al Mac Alisther de Miami”. La Cadena Mac Alisther tenía su Base en la costa occidental de la Florida y era uno de los escalones que acababa de vencer en sus sueños de grandeza. Su plan era que yo lo regenteara y que le dedicara dos horas cada día de mi tiempo porque pensaba trasladarse a Estados Unidos cuando estuviera listo el Imperio y pudiera competir con la Hidra Hilton. Por segunda vez dije que estábamos bien así y que no abandonaría a mamá por nada del mundo, que delegara en otros socios o en su hermano. Esa mañana me hizo pedir una licencia de urgencia a la Promotora y me llevó a una Clínica privada en el Oriente de Santiago. Fruncí el ceño en la entrada y me palpé el vientre y él se dio cuenta. No se trata de eso, dijo. Dentro, le pidió a un doctor de apellido Levy que me lo contara. Tiene diabetis y puede morir en cualquier momento, argumentó. Me eché a reír. Es verdad, dijo Mario. Todos podemos morir en cualquier momento, sentencié. Entonces supe por qué era su tratamiento y le dije que no se preocupara porque solo era cuestión de seguir las órdenes del médico y llevar una vida normal como cualquier diabético. Hablas como un ser humano y no como una mujer que me ama, estalló en el auto. Era verdad pero le callé metiendo la mano en su bragueta. Te comprendo, agregó. Cuando me despidió en casa dijo que Sergio no abandonaría los bufetes por ningún paraiso hotelero. No creía en su muerte inminente y lo olvidé. No soy una mujer escatológica. Pensaba estaba pasando por una crisis de hipocondría o que la noticia velada del Doctor Levy para que no “exigiera” tanto a su paciente era una advertencia.
_ Sergio Lipstak- murmuré.
_ Sergio era poco mas joven que Mario pero buen mozo igual. Seductor irresistible según las oficinistas del pago. Cariñoso conmigo, no pasaba de considerarme “la chica de su hermano”. Lo que no le impidió dejarme una nota en el bolso una tarde de invierno. Pasó a saludarme al estudio fotográfico para modelos publicitarios. Dijo que me notaba demasiado esbelta y desenfadada y que las mujeres que se dejaban ver así no eran felices del todo. Me pareció que me ocurría lo contrario. No es la tuya una felicidad de estudio sino de exteriores, abundó. Ironicé expresando que creía lo suyo eran los bufetes y no el cine y respondió que lo de los hombres selectos era todo y era nada. Poco dada a los enredos filosóficos riposté que debía entrar para la última sesión y fue entonces que metió su tarjeta en mi bolso. Espero nos encontremos alguna vez en un sitio especial sin la víbora de la prisa, leí. No supe entonces si Sergio deseaba poner el gorro a su hermano o si se preparaba para su muerte y quería a la beldad latina en la malla sagrada de la familia. Guardé la nota y la olvidé con mas ánimo de coqueta indiferente que de mujer adorada. Pero no creas que miré hacia atrás cuando se marchó. Me molesta la sal.
_ Las estatuas no se convierten en estatuas- interrumpí , maravillado de su información bíblica detalle Viejo Testamento.
_ Gracias, milindo. Mario falleció dos meses después cuando estaba considerando el viaje a Miami si podía ser convoyado con la compañía de mamá. Mis sentimientos por su deceso andaban confusos y desconocía qué tipo de sufrimiento colmaba a mi corazón. Solo sé que lo sentía porque la muerte de cualquier ser humano me disminuye y nunca pregunto…
_...preguntas por quién doblan las campanas.
_ …doblan por ti.
_ También la muerte ronda a las luces que rondan a la vida.
_ Demasiado vueltas, milindo,  y no se demora en sus regresos. Fíjate que yo pensaba bastante en Sergio y sabía que haber atesorado su nota era una aceptación tácita de la cita. Durante el funeral apenas coincidimos y solo se limitó a llevarme con las amigas de la infancia que ahora trabajaban con los hermanos Lipztak o estaban casadas con altas personalidades de la Banca. Recalcó “son mis amigas”, algo que pude comprobar al sorprender una definición terminal que lo incluía. “Es que no puede por la enfermedad, por  eso viaja tanto a la Clínica Mac Alisther”, decía una morena de ojazos semitas. Como no dijo “es que no podía” no tuve dudas. Entonces supe también que el nombre Mac Alisther incluía algo mas que hoteles. Seis meses después del funeral lo llamé. No quería pensar en impotencias ni condenas a muerte por enfermedades congénitas. Aceptaría la cita porque Sergio Lipztak me gustaba mucho. Salió la secretaria. Debo continuar?.
_ No, querida, pero no llores.
_ Pasó mucho tiempo, milindo. Deja que la parca ronde en sus noches de. Tendrá que darme la batalla de su “muerte” porque no soy fácil de vencer. Flamenca levantó la mirada al fin y la vio. La araña andaba sobre el hueco del enchufe sin sospechar que una muerte sin guadañas le acechaba.
_ Olvídala- le pedí.
_ No vive ahí donde dices.
_ Anda de ronda.
_ Ves?.
El periodista tuvo tiempo de pensar en la Mary, anonadada ante la noticia de la diabetis de Claudio al borde de los doce años. En la Viky, perdiendo la libido al centro de la década cinco, impotente ante unas hormonas negadas a trabajar. En las Organizaciones Mundiales que luchan contra el mal tal vez sin pensar en el “mal”.
_ La diabetis es un mal crónico, perfectamente controlable- aseveró.
_ A menos que no sea “perfectamente” crónico.
_ Los judíos no comen cerdo.
_ Se trataba de judíos avinagrados, milindo. Y tenían fobias por los alimentos light.
“Allá” hubieran dicho “judíos aplatanados” y alimentos “como retama”.
_ Desconocía que podía gatillar la impotencia.
_ Yo también.
_ A ver.
_ En el 2003 hacía una visita dirigida de turismo a una oficina de televentas. Una amiga me la había conveniado. Sabía que ya estaba leyendo el  Tarot con honorarios y me dijo que tenía a alguien para recomendarme. Nada menos que el Jefe de la Oficina, un joven de larga trenza y botas altas. Le consulté en casa de la amiga y las Cartas decían que padecía una grave enfermedad que lo esclavizaba a dietas insoportables. Tengo diabetis, gruñó. La amiga me había presentado a su polola en su oficina. Una belleza colorina de caderas de yegua y boca de sandía fuera de temporada. La noticia me hizo compadecerla si parecía “que era verdad”. Así que me la jugué. Volví a tirar las Cartas. Cayó una espada mirando al sur. Perdóname, que esto es muy serio y solo te me estoy “adelantando”. Veo otro problema, amigo, le dije. Qué vé. Disfunción eréctil. Qué es eso. Trastornos hormonales. Hábleme en español. No se te para. El muchacho casi se levanta sin intención y frunció la boca y me miró como si me quisiera estrangular. Pero detrás de la rabia pude ver la otra cara de su máscara. A qué viniste, milindo, le pregunté.  A que me viera el futuro.  Veámoslo ahora. Para la diabetis veo solución si no violas las prescripciones. Aunque no lo dije recordé que habían pasado mas de veinte años de lo “otro”. Seguí en silencio. Al fin dije “ocho lucas”. Fíjate que el chico me miró con tanto desconsuelo que me conmovió hasta los tuétanos. Y, dije. Cómo va eso que me dijo. Demasiado joven para habituarse al Viagra u otros estimulantes de turno, decidí optar por una receta cordillerana que cayó en mis manos de casualidad poco después de la muerte de los hebreos. Así que el diabético siguió con su insulina presta y sus aparatos portátiles cortesía del Plan Auge pero agregó yerba de clavo como agua común. Cuando lo volví a ver su novia estaba embarazada y se había olvidado de las dietas malditas. Les acompañé a Donde Augusto en el Mercado Central porque quería tener una última cena con mariscos y locos degustada en un santo plato con quien había destrozado un complejo terrible con un poco de agua infusionada.
Mientras Flamenca se reacomodaba sobre la cadera enferma el periodista recordó los primeros días de su llegada a Chile. Gallego Poch lo llevó a donde el Gran Chef Gerente Dueño Don Augusto para ver si tenía algo de trabajo disponible. Era un hombre de media vida que empezó de cero y para el 2001 acaparaba gran parte del Mercado Central y lo frecuentaban altas personalidades de todos los mundos. Recordó los olores de los bichos del mar que no soportaba a menos que fueran crustáceos y que aún les podía prescindir y a los hombres y mujeres trabajando con los cuchillos y  las ollas, con sus chágaras y sus fuegos y ls mesas llenándose al filo de las dos de la tarde y a Don Augusto diciendo que me venga a ver mañana a medio día y él creyendo en citas programadas de fondo de mundo y regresando una y mil veces para escuchar las mismas palabras que se dicen en todas las latitudes cuando las mentiras se enseñorean en los sitios de la indiferencia.
_ Oí que la señora de la casa tiene principios,
_ Principios de qué?- . Ahora Don Augusto era el hijo diciendo papá está en una reunión, vuelva mañana.
_ De diabetis.
_ Y final de ilusiones?- agregué.
Quise decir menopausia pero ella también era rehén del almanaque aunque se jactaba de estar bien viva.
_ Habla bajito que nos pueden oír.
_ Te pueden “oír”, querida.
Cuando miró a la pared supe un par de cosas. Por hoy había terminado y la araña reptaba por algún lugar de la pared. Hizo una finta y se escapó de su gardeo a presión.
_ No la mates.
Pero caminó hacia Poniente y retornó al Sur. Retó a Muñeca por hurgar en el tragante y levantó la mano. El periodista  aún estaba lejos.
_ Son venenosas- dijo.


Marzo 6 del 2006.
Providencia,
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.

No comments:

Post a Comment